N/A: SORPRESAAAA! Apuesto a que no me esperabais hoy por aquí! Yo tampoco pensaba actualizar, pero entre el día lluviosos y que estoy confinada, he sido más productiva que de costumbre.

Como siempre, mil millones de gracias a todas las personas que siguen esta historia, dejan comentarios o simplemente, entran por cotillear y deciden darle una oportunidad, gracias especiales a theo90 y Carina que han dejado revview sin cuenta.

Creo que muchas llevabais tiempo esperando este capítulo, así que espero que lo disfrutéis al menos la mitad de lo que yo he disfrutado escribiéndolo.

Sin más, cuidaos mucho!


Lo que esconde tu interior

XIV

Hermione necesitaba hablar con Harry. Necesitaba saber cómo se encontraba, si estaba sufriendo, si había algo que ella podía hacer para ayudarle. Sabía que los Weasley cuidarían de él, que lo tratarían como a un hijo y se ocuparían de que se sintiera lo más cómodo y seguro posible, pero Hermione conocía a Harry, ambos eran muy parecidos y por eso su relación era prácticamente la de hermanos: él odiaría sentirse impotente, inútil, dependiente de otras personas; Harry querría hacer todo cuanto estuviera en su mano por ayudar, por descubrir al culpable y detener de una vez por todas el avance de la maldición.

Se acercó a la chimenea, tomó un puñado de polvos flu y los arrojó al hueco, al tiempo que pronunciaba con voz clara "¡Grimmauld Place!". Hubo un estallido verde y de inmediato, apareció la cabeza de Ginny levitando en la chimenea.

–¡Hermione! ¿Va todo bien? –el rostro de su amiga mostraba un gesto preocupado. Había ojeras en torno a sus ojos, como si llevara mucho tiempo sin dormir bien.

–¿Qué si va todo bien? ¡Gin he leído el periódico! ¡He visto lo de Harry!

–¿Lo has visto? Mierda… –Ginny se mordió el labio, esbozando una mueca de culpabilidad–. Fue Harry el que se empeñó en no decírtelo, no queríamos preocuparte y teníamos la esperanza de que la prensa no llegara hasta Francia.

–Bueno, pues sí que llega. Lo sé todo, Gin –Hermione estaba indignada: ¿cómo se atrevían sus amigos a ocultarle algo tan importante?–, ahora déjame hablar con Harry.

–Estoy aquí, Hermione –la cabeza de Harry surgió levitando junto a la de Ginny–. No puedo verte, pero lo he escuchado todo.

–¡Harry! –Hermione nunca se había sentido tan feliz de ver a su amigo– ¿Cómo te encuentras? ¿Te duele algo?

–Estoy perfectamente, Hermione, siento como si me hubieran puesto una venda en los ojos, pero aparte de eso, me encuentro fenomenal, de verdad –sólo entonces se dio cuenta de que Harry no llevaba sus características gafas; sus ojos verdes estaban desenfocados, perdidos en el vacío, lo que le hacía parecer perdido y vulnerable. Hermione sintió unas incontenibles ganas de abrazarlo–. Sólo siento que te hayas tenido que enterar, sé que tienes mucha presión encima y no quería alarmarte, pero ya sabes cómo es la gente de El Profeta, siempre metida en asuntos ajenos.

–¡Cómo se te ocurre no contármelo! ¡Eres mi mejor amigo, Harry! –Hermione elevó la voz, que adquirió un matiz peligroso–. ¿Cómo te sentirías si ocurriera al revés y fuese yo la que te ocultase algo así?

–Te dije que se enfadaría –musitó Ginny desde su lugar en la chimenea.

–Hermione, cálmate ¿de acuerdo? –Harry hablaba en el tono tranquilo, sosegado del que está acostumbrado a lidiar con los lances del destino–. De momento, la maldición avanza muy lentamente en mi cuerpo, más allá de la pérdida de visión no he notado nada. Creímos que lo mejor era no alarmarte y dejar que te enfocaras en tu trabajo. Por cierto ¿cómo lo llevas?

–Bien, hemos hecho considerables avances –respondió más animada–, aunque el Ministro nos está metiendo prisa.

–Sí, Kingsley está bajo mucha presión últimamente, pero no se lo tomes en cuenta. Lo principal es que la poción ofrezca todas las garantías –Harry hizo una breve pausa antes de añadir–: y… ¿qué tal con Malfoy?

Hermione agradeció mentalmente que Harry no pudiera ver el sonrojo que se extendía por su cara ante la mención de su compañero; se encogió de hombros, fingiendo una indiferencia que no sentía.

–Bien, ya sabes... es Malfoy.

Al otro lado de la chimenea se escuchó un tremendo estruendo, Ginny acudió alarmada, tratando de determinar la procedencia del ruido.

–Es Molly en la cocina, se ha instalado aquí con nosotros de momento. Está dispuesta a asegurarse que tengo todos los cuidados necesarios –ante la expresó de horror de Hermione, Harry explicó–: no es tan terrible, la mayor parte del tiempo se mantiene al margen y ya sabes que cocina increíble.

Hermione sonrió, aunque el brillo no se extendió a sus ojos. La expresión de su amigo al otro lado de la chimenea se suavizó.

–Escucha Herms, tengo que dejarte, pero quiero que estés tranquila, ¿de acuerdo? Yo estoy bien, ya ves que me tratan de maravilla. Confío plenamente en ti, sé que vas a conseguir crear una poción increíble y que dentro de poco tiempo podré abrazarte.

Ella sintió el picor de las lágrimas amenazando sus ojos, se apresuró a limpiárselos con la manga del jersey.

–De acuerdo, Harry. Y tú prométeme que te vas a cuidar.

–Prometido –hubo un nuevo estrépito de cacerolas, Harry, instintivamente, se giró hacia la fuente del sonido –. Bueno, parece que tengo que dejarte, antes de que conviertan la cocina en un campo de batalla.

–Adiós, Harry. Te quiero mucho.

–Hasta pronto, Herms. Te quiero. Y por favor, ¡cuídate!

Hermione se quedó mirando al hueco vacío de la chimenea hasta mucho tiempo después de que Harry se hubiera desvanecido definitivamente; sentía un inmenso nudo en la garganta, ganas de llorar, de echarse en la cama y no despertar hasta que todo el horror hubiera pasado. Inconscientemente, sus pensamientos se dirigieron a Malfoy: se había comportado como un energúmeno y un prepotente, sin embargo, reflexionándolo en frío, no podía evitar admitir que tenía parte de razón; ella se había marchado sin ninguna explicación, había faltado a su puesto de trabajo sin justificación y encima, le había gritado. Malfoy había pedido perdón por su reacción desmesurada y había sido inusitadamente comprensivo con ella respecto a la situación de Harry: la había concedido tiempo para serenarse y lamer sus heridas, por lo que Hermione comenzaba a sospechar que a ella también le correspondía disculparse por haber abandonado sus obligaciones.

Se preguntó a qué estaría dedicando Malfoy la mañana: era muy probable que estuviera en el laboratorio, trabajando en sus filtros y pociones experimentales. Decidió bajar a comprobarlo –podía preguntar directamente a Millie o Toppy, pero por lo que Malfoy había dicho éstos se habían preocupado mucho por su ausencia y ella no estaba con ánimos para aguantar reprimendas de elfos con complejo de niñera–. Abrió la puerta del cuarto y ojeó ambos extremos del corredor para asegurarse de que no se les escuchaba por allí; cuando comprobó que tenía vía libre, salió al pasillo y se dirigió a la planta baja. Fue al girar un recodo, cuando escuchó una voz refunfuñando:

–¡Debería darle vergüenza, señorita Granger!

Sorprendida, miró a su alrededor hasta que descubrió a quién pertenecía aquella voz: Abraxas Malfoy la miraba desde su retrato, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

–¡Señor, Malfoy! –lo que faltaba para redondear el día era aquello: ponerse a discutir con el cuadro del abuelo fallecido de Malfoy.

–Estoy muy disgustado con usted, señorita Granger –hizo una pausa teatral y continuó, con tono solemne–: dejando de lado el lamentable detalle de su estatus de sangre, pensé que era usted una muchacha sensata e inteligente, muy diferente de esas jovencitas cabeza loca que andan pululando por ahí, oscilando como veletas.

–Disculpe, señor Malfoy –Hermione se hallaba estupefacta – ¿a qué se refiere exactamente?

–¿A qué me voy a referir, muchacha? ¡A mi nieto! –el rostro de Abraxas comenzaba a enrojecer, cada vez parecía más exaltado –. ¡Es el último Malfoy! ¡El heredero de una familia cuyo linaje se remonta varios siglos!

Ella seguía sin saber a qué se estaba refiriendo el hombre, así que decidió permanecer callada y dejar que continuara con su perorata.

–Un hombre respetable, competente, brillante. Con el porte de los Malfoy y la elegancia de los Black y ahora ¿qué tenemos? Un muchacho que no sabe ni dónde tiene la cabeza, vacilante, nervioso, inseguro. Debería haberle visto esta mañana, cuando pensaba que usted se había marchado: dando vueltas por la casa como un loco, gritando descompuesto. ¡Qué indigno! ¡Jamás lo había visto perder la compostura de semejante forma!

–Señor Malfoy yo… sé que he hecho mal –¿en serio Malfoy había actuado así simplemente por pensar que ella se había marchado? Hermione lo dudaba sinceramente: siempre hubiera pensado que Malfoy suspiraría con alivio ante la idea de librarse de ella para siempre –. Mi comportamiento ha sido bastante censurable, precisamente ahora me dirigía al laboratorio a disculparme con su nieto y…

–Sí, seguro: ahora se presentará ante él con esos ojos de cervatilla y él caerá rendido a sus pies, como un cachorrito enfermo de amor – el hombre resopló, adoptando una posición enfurruñada, apoyado en su marco.

«¿Pero qué demonios está diciendo este hombre?» Hermione sintió que las tonterías de Abraxas habían colmado definitivamente su paciencia.

–En fin, señor Malfoy, lamento tener que marcharme.

El hombre la dirigió una última mirada airada y bufó de manera despectiva. Hermione estaba a punto de dar la vuelta a la esquina del corredor cuando escuchó a sus espaldas:

–Si va en busca de mi nieto, mejor busque antes en la biblioteca.


Antes de entrar, Hermione asomó la cabeza por las puertas dobles de la biblioteca. Malfoy estaba repantingado en uno de los sillones de lectura, una de sus largas piernas colgaba por encima del reposabrazos. Parecía muy concentrado en su lectura, sin embargo, debió de sentir su presencia porque alzó la mirada de entre las páginas y la descubrió parada en el umbral.

–¿Querías algo, Granger?

«Ahora o nunca»

–Yo, esto… sí. He venido a disculparme. Por lo de esta mañana –aclaró rápidamente «por qué suenas como una idiota, Hermione?» – Siento que no he sido justa contigo, Malfoy. Al fin y al cabo fui yo la que falté a mis deberes y encima mi reacción fue desmesurada.

–Ah, eso –Malfoy dejó el libro sobre una mesita, adoptó una postura más erguida y comenzó a examinar sus uñas distraídamente –. De acuerdo, Granger.

«¿Y ya está?»

–¿Y bien?

–Y bien ¿qué?, Granger.

–¿Eso es todo lo que vas a decir?

–¿Qué más quieres que te diga? –él se puso de pie y una vez más, Hermione maldijo para sus adentros lo alto que se veía comparado con ella.

–Supongo que entonces, eso quiere decir que aceptas mis disculpas.

–¿Haría alguna diferencia para ti que no lo hiciera, Granger? –Malfoy se acercó a ella, una sonrisa sarcástica bailaba en sus labios –. Imagino que es difícil para ti estar aquí, encerrada conmigo, lejos de casa, de los tuyos. Prisionera en la guarida del monstruo, ¿eh?

La luz de media mañana entraba por los altos ventanales de la biblioteca. Un rayo de sol incidía directamente en el rostro de Malfoy, iluminando sus cicatrices. Resultaba un contraste fascinante: un lado intacto, hermoso, perfecto, como el de una estatua de mármol; el otro, era un lienzo de cicatrices entrelazadas, una historia de dolor y sufrimiento. Hermione recordó las leyendas muggles sobre Lucifer: el ángel más hermoso de todos, caído en desgracia y expulsado al infierno.

Lo miró: sus ojos grises estaban fijos clavados en ella, intensos, penetrantes.

–Bueno, he estado en sitios peores, Malfoy –su voz sonaba extraña, balbuceante.

–¿Echas de menos a Weasley? –soltó Malfoy de repente, tenía una mueca rara: como si hubiese probado algo muy amargo.

–Sí, claro –a Hermione se le escapó una risa incómoda – a él, a Harry y a Ginny…

–Bueno, deduzco que no te tirarás también a San Potter... –en su mirada brilló de nuevo aquel destello cruel que se despertaba a veces.

«¿QUÉ?»

–¿De qué narices estás hablando, Malfoy? Ronald es mi amigo, ¡él va a tener un hijo con Lavender!

Malfoy abrió la boca; su cara adoptó una expresión estúpida, bastante cómica: se asemejaba a un pez boqueando fuera del agua.

–¿No estáis saliendo? Pero tú… ¡le escribiste una carta! –de pronto, parecía muy ofendido con la correspondencia de Hermione.

–Sí, Malfoy –ella habló con el tono pausado de quien se dirige a un niño pequeño para explicarle un asunto complicado –. Suelo escribirles cartas a todos mis amigos.

–¡Oh! –sus normalmente pálidos rasgos se sonrojaron; Malfoy parecía incómodo, incapaz de encontrar las palabras correctas. Hermione pensó que aparentaba ser más joven: un adolescente atribulado sin saber qué más decir –. Yo pensé…

El flequillo le caía sobre la frente. Hermione se pregunto si su pelo, tan rubio y liso, sería tan suave como parecía. Alargó la mano y tomó un mechón entre sus dedos. Malfoy se inclinó hacia su toque, cerró los ojos. Hermione bajó la mano hacia su rostro, rozó sus cicatrices: la piel nueva, rosada, tenía una textura peculiar.

La respiración de Malfoy se aceleró: se acercó un poco más a ella, haciendo que sus pechos se tocaran.

–¿No te repugna? –susurró entre dientes.

–¿El qué?

–Mis cicatrices ¿no te dan asco? ¿repulsión?

Hermione negó con la cabeza en silencio, le acunó la cara entre sus manos. Estaban tan cerca…

Fue Malfoy el que acortó la escasa distancia que los separaba; su boca se hallaba a pocos milímetros y entonces él se detuvo, inseguro, buscando algún signo de rechazo por parte de ella. Hermione dio el último paso: de puntillas, acarició sus labios con los suyos; Malfoy exhaló un suspiró, dejó escapar el aire que estaba conteniendo y se abalanzó sobre ella. Hermione jadeó sorprendida por su arrebato, pero al segundo siguiente, estaba apoyada contra una estantería, con el cuerpo de Malfoy presionado contra el suyo. El beso era acorde al carácter de Malfoy: inmisericorde, avasallador, feroz; su lengua luchó por abrirse paso en su boca, tratando de imponer su voluntad. Una de sus manos aprisionaba su cintura, acercándola más a él, hasta casi lo imposible; la otra estaba apoyada en su nuca, enterrada en su pelo, aferrando sus rizos.

Hermione, por su parte, trataba de seguir el ritmo. En un impulso repentino le mordió los labios y sintió el sabor metálico de la sangre, aunque a Malfoy pareció gustarle, porque emitió un gemido ronco. Entrelazó las manos en su cuello, empujándolo más hacia ella; la boca de él abandonó la suya y Hermione estuvo a punto de rogar por más, pero desechó la idea porque Malfoy concentró toda su atención en su cuello: la lamió, besó y mordisqueó hasta que ella fue poco más que un ser suplicante entre sus brazos.

Cuando él coló una pierna entre sus muslos, buscando la fricción con su sexo a través de la tela vaquera, Hermione emitió un sonido que horas después la haría sonrojarse de vergüenza. Al escucharla, Malfoy alzó la cabeza del hueco de su cuello; la miró, con los ojos nublados por el deseo y tras darle un breve beso en los labios, la alzó en brazos con sus piernas enredadas en torno a su cintura y acortó el espacio que los separaba hasta el sillón. Se dejó caer en el asiento, con ella sentada a horcajadas sobre su regazo, sin ser capaz de dejar de besarla.

Volvieron a mirarse: Hermione sintió que se ahogaría en aquellos ojos grises de tormenta; él le apartó un rizo que le caía sobre la frente y el contacto se sintió más íntimo y familiar que cualquiera de los besos que habían compartido.

Por primera vez desde que había llegado a la mansión, Hermione se sintió en casa.


N/A: Y hasta aquí por hoy. ¿Qué os ha parecido? Me encantaría que me comentarais vuestras impresiones. ¡Dejad un review si también os gustaría que Draco os empotrara contra la estantería de la biblioteca. XD

PD: El próximo capítulo, ¡POV de Draco! Definitivamente, nada va a volver a ser igual...

¡Feliz Domingo!