N/A: Holaaaaa! Quería no retrasarme demasiado en esta actualización, así que aquí estoy. Esta vez, POV de Hermione. Como siempre mil gracias a todas las que me léeis, y en especial a las que dejais review:
Carina, Marycielo Felton, Averil Lester, Belen, Guest, Omi Bio, MrsDarfoy, NoraCg, SihayaGreen, cherieblack7, lizze213, AllySan, Lilianne Ethel Nott, sofihikarichan, RbBlack, Vic Black, SamanthaBenitez, Ali TroubleMaker, LuNaChocoO, Monzerrat Gomez, Pao-SasuUchiha y Hanya Jiwaku.
¡Os adoro!
Sin más, ¡a leer!
Lo que esconde tu interior
XVI
Hermione aguantó con paciencia la reprimenda de Millie. La elfina estaba francamente disgustada porque la señorita hubiera salido sin avisar y lo que era aún peor: sin desayunar. Así que la chica se vio prácticamente arrastrada hasta la mesa de la cocina sobre la cual, la aguardaba una montaña de dulces y bollos. Se encontraba realmente hambrienta, así que no hubo que insistirle demasiado para que se sirviera un plato repleto de cruasanes, magdalenas y hojaldres. De reojo, comprobó divertida cómo Draco picoteaba aquí y allá entre las distintas clases de dulces: durante su convivencia, había descubierto que le encantaban los dulces y las golosinas.
Draco. Al pensar en él una repentina oleada cálida le atravesó el cuerpo. Aún no había tenido tiempo de recapacitar sobre lo que había sucedido entre ellos, no obstante, tenía que reconocer que se sentía mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo: como si la nube de oscuridad que habitualmente la acompañaba, se hubiera disipado de repente.
¿Qué pensaría él? ¿Tendría la misma sensación de que algo había cambiado entre ellos para siempre o se había tratado de un espejismo y pronto volvería a ser el Malfoy cínico y frío de siempre?
Pero algo en su mirada era definitivamente distinto: cuando descubrió a Hermione espiándole mientras se atiborraba de chocolate, la dirigió una sonrisa cálida, real, desprovista de cualquier rastro de burla o maldad. De pronto, el día se presentaba con una luz diferente para Hermione.
–Hablé con Harry antes –explicó; en realidad no tenía por qué contarle nada a Draco, pero le apetecía compartir aquello con él–: ha perdido la vista, pero parece bastante animado.
–Granger, es el maldito-niño-que-vivió-dos-veces, si hay alguien que puede con todo esto, ése es Potter.
Hermione se mordió el labio y bajó la cabeza, los ojos de Draco contenían una intensidad inusual.
–Eh… –cuando alzó la vista, comprobó sorprendida que él había abandonado su lugar en la mesa frente a ella y estaba de pie a su lado; la tomó del mentón con suavidad, obligándola a mirarle a los ojos– mírame, Granger. Está bien, todo va a ir bien ¿de acuerdo?
Hermione se levantó: una vez más, de pie frente a él, fue consciente de que Draco era mucho más alto que ella, pero en aquel instante, en lugar de intimidarla, su altura la hizo sentirse protegida, a Draco alzó la mano y la posó tentativamente en su mejilla, Hermione se inclinó hacia él, disfrutando de su contacto, de su calor, como una gata satisfecha ante una caricia.
Él dio un paso más, hasta que únicamente unos centímetros los separaban y entonces acunó su cara con ambas manos. Hermione inhaló aspirando su aroma: a bosque, a lluvia, a pergamino; cerró los ojos, tratando de alejar la idea de que se asemejaba sospechosamente a la amortentia elaborada en sexto año. Los labios de Draco rozaron los suyos y sintió una punzada de culpabilidad por desear que el resto del mundo desapareciese: el Ministerio, la maldición, Gran Bretaña entera podían evaporarse con tal de que Malfoy siguiera besándola así. De lo más profundo de su garganta se escapó un sonido que, en otras circunstancias, la hubiera hecho enrojecer de vergüenza, pero tampoco le importó: todo lo que no fueran los labios de Draco deslizándose por su clavícula había pasado a ocupar un lugar muy secundario en su lista de prioridades. Poco a poco, sin que sus cuerpos se separaran ni un solo milímetro fueron retrocediendo, hasta que la espalda de Hermione golpeó la madera de la gigantesca mesa de roble de la cocina; Draco se apartó lo justo para auparla sobre la superficie y luego se colocó en el hueco que quedaba entre sus piernas. Se permitió un momento para admirarlo: tenía el cabello rubio revuelto –probablemente por su culpa, que no podía mantener las manos lejos de él–, los iris grises brillantes, oscuros, absorbidos casi por completo por los pupilas y los labios, habitualmente de líneas finas y regulares, se hallaban hinchados y enrojecidos. Emanaba una sexualidad salvaje que ella no había percibido jamás en nadie.
Merlín.
La experiencia de Hermione en el asunto era bastante limitada –algunos besos con Viktor, que le resultaron bastante rudos y bruscos, las sesiones de besuqueo con Ron, que les resultaron a ambos incómodas y forzadas y algún escarceo ocasional en el portal de su casa, al despedirse de una de sus esporádicas citas– sin embargo, estaba francamente dispuesta a admitir que los besos de Malfoy estaban muy por encima de la media. Siguiendo un impulso irracional, se inclinó hacia delante y lo mordió en la barbilla, arrancándole un gruñido primitivo que hizo que sus tripas se retorcieran. Una de las manos de Draco, que hasta entonces había estado apoyada en su cintura, bajó un poco, aferrándola de la cadera, acercándola aún más hacia él.
–Si el amo da su permiso, Millie recogerá la mesa del desayuno.
Hermione percibió como él inspiraba hondo, cerraba los ojos con fuerza y se separaba de ella muy despacio, susurrando entre dientes:
–Recuérdame que un día de estos, le retuerza el pescuezo.
A Hermione se le escapó una risilla coqueta, que sonó algo estúpida a sus propios oídos, como de adolescente tontada. Si había un solo ser vivo al que Draco se permitiera manifestar abiertamente su afecto, eran sus elfos, así que estaba segura que aquélla era una más de sus fanfarronadas. La elfina, por su parte, había tenido la consideración de parecer avergonzada y se había puesto enseguida a apilar los platos en un ordenado montón.
–Sí, Millie, recógelo todo –la voz de Malfoy sonaba ronca, una octava por debajo de su tono habitual– y, por el amor de Merlín, acostúmbrate de una maldita vez a hacer notar tu presencia antes de aparecerte de la nada.
–Como el señorito desee –aunque tenía la cabeza gacha, Hermione pudo distinguir que una sonrisilla se dibujaba en los labios de la elfina, al tiempo que se afanaba en colocar unas cucharillas por orden de tamaño.
–Vamos, Granger, es hora de que trabajemos un poco.
Por algún motivo que Hermione no quiso detenerse a analizar, obedecer una orden de Malfoy no le resultó tan molesto como habitualmente.
oooOOOooo
Trabajaron durante un buen rato en el laboratorio en un cómodo silencio, siguiendo la que, a aquellas alturas, se había convertido en su rutina habitual: Hermione cortaba ingredientes y los echaba al caldero, mientras que Draco se ocupaba de remover la decocción burbujeante: unas cuantas vueltas en el sentido a las agujas del reloj y luego a la inversa; de vez en cuando, añadían algún componente adicional hasta que la mezcla adquiría el color deseado.
Inmersa en la tarea, en la cabeza de Hermione hicieron eco las palabras de su conversación previa.
–Oye, Malfoy –él inclinó un poco la cabeza, el único signo que demostraba que la estaba escuchando, porque el resto de su atención estaba concentrada en el caldero frente a él– ¿Alguna vez has montado en avión?
–¡Por supuesto que no! –ante la expresión desconfiada de Hermione, se apresuró a aclarar–: no es porque tenga algún prejuicio contra los muggles o que no desee estar rodeado por ellos, sabes que ya no creo en esa mierda, Granger, es que…
Un leve rubor cubría sus mejillas; a Hermione le resultó tan adorable que tuvo que aferrarse a la mesa metálica para no abalanzarse sobre él y arrebatarle la respiración a besos.
–Me da miedo.
–¿Qué?
–¡Me da miedo! ¿de acuerdo, Granger? Estar en un espacio tan cerrado, rodeado de gente, a miles de pies de altitud…
Malfoy compuso una mueca de repulsión, como si hubieran colocado frente a él un plato de una comida que aborreciera.
–Está bien, Malfoy. Muchísima gente tiene miedo a volar, aunque en tu caso es curioso: el avión es el medio de transporte muggle más seguro que existe y tú, en cambio, eres capaz de volar a cientos de metros, sostenido únicamente en un palo de escoba.
En los ojos de Draco había una expresión tan triste, que Hermione se arrepintió enseguida de lo que había dicho. No cabía duda alguna de que la prohibición de volar representaba un asunto doloroso para él.
–No es lo mismo, Granger –su voz tenía un tono derrotado y en sus labios se dibujó una sonrisa cansada que no llegó a sus ojos–, en una escoba, soy yo el que tengo –se apresuró a corregirse a sí mismo–: tenía el control.
Ese era otro de los aspectos de Malfoy que poco a poco Hermione iba descubriendo: le encantaba tener el control de todo. Ya fuera en la colocación de los frascos en el laboratorio, los libros de la biblioteca o la disposición de los muebles, era excesivamente meticuloso y le encantaba que todo siguiera el orden que él mismo imponía.
–A veces es bueno dejarse llevar.
Malfoy enarcó una ceja y Hermione deseó que la tierra se la tragase: no había pretendido darle aquel sentido a sus palabras, pero ahora que lo pensaba… él pareció darse cuenta de su mortificación porque únicamente esbozó una de sus sonrisas torcidas y negó con la cabeza, divertido a su pesar.
–Créeme, hay lugares a los que me dejaría llevar sin una sola protesta, Granger.
Otra vez ese molesto nudo en las tripas. Parecía que aquella nueva dinámica iba a complicarle a Hermione el poder concentrarse en el trabajo.
¿Pero qué demonios le pasaba? Hacía unas cuantas horas no podía dejar de pensar en Malfoy como el insufrible arrogante con el que se veía obligada a trabajar y ahora… Durante aquellas semanas, había creído percibir en ocasiones que él era mucho más de lo que aparentaba, que bajo su exterior, frío e indiferente se ocultaba una mente compleja, fascinante, un alma atormentada; sin embargo, aquella mañana, él se había mostrado más vulnerable de lo que Hermione jamás hubiera creído posible: Draco le había revelado su verdadero yo, uno que ella, estaba segura, conocían muy pocas personas.
Aquel día algo había cambiado definitivamente entre ellos. La extraña atracción, la curiosidad morbosa que sentía hacia Malfoy se había convertido en algo más: deseaba saberlo todo de él, deseaba borrar de algún modo aquella tristeza eterna que arrastraban sus ojos grises, deseaba que él sonriera con más frecuencia, con aquella sonrisa sincera, real y que ella fuera la culpable de esa volátil felicidad.
Aquella noche cenaron juntos. Era la primera vez, desde que Hermione había llegado a la Mansión que, en lugar de cenar en su cuarto o tomar un sándwich apresurado en la biblioteca, cenaban juntos en el gran comedor en el que solían tomar el almuerzo.
Sin demasiado esfuerzo por parte de ninguno de los dos, hablaron de todo y nada al mismo tiempo. Hermione habló a Draco acerca de la investigación que realizaba por las tardes en la biblioteca, sus descubrimientos acerca de la magia ancestral y primigenia; él la escuchó atentamente, en ocasiones hacía preguntas o sugería nuevas líneas de búsqueda que ella no había contemplado. El reloj dio las doce, sobresaltando a ambos: el tiempo parecía haberse escurrido entre los dedos, Malfoy era un gran conversador y Hermione lamentó que la noche no fuera mucho más larga.
Ascendieron juntos por la gran escalera hacia el piso principal; en un inusual gesto de caballerosidad, Malfoy la escoltó hasta la puerta de su dormitorio. Al posar la mano sobre el picaporte, Hermione tragó saliva, nerviosa. La mano de Draco se apoyaba en su cintura y la instó suavemente a darse la vuelta hasta que se hallaron uno frente al otro, apenas a un suspiro de distancia.
Malfoy acarició su rostro, paseando el pulgar desde la sien a la barbilla y Hermione cerró los ojos, inhalando su aroma: pergamino y colonia cara. Sintió sus labios explorar su boca, mucho más sutil que las veces anteriores. Se aferró a su camisa, tratando de acercarlo más, pero él se limitó a emitir una carcajada juguetona y, tras un último beso que la dejó sin aliento, se separó de ella. Se quedó un momento parada en el umbral de la puerta. Malfoy siguió su camino por el corredor, con su característico modo de andar, despreocupado y elegante; estaba a punto de girar por el recodo del pasillo cuando giró la cabeza y le guiñó un ojo de manera pícara.
–Que tengas dulces sueños, Granger.
Al meterse por fin en la cama, Hermione aún sentía las mariposas revoloteando desenfrenadamente en su estómago.
N/A: Hasta aquí por hoy, ya sabéis que encantaría recibir vuestros reviews y saber qué pensáis.
¡Buen finde!
