N/A: Hola! Sé que hace mucho que no actualizo esta historia, así que antes que nada tengo que pediros disculpas por la demora. Mi vida ha cambiado un poco: tengo trabajo nuevo, que me encanta, pero al que tengo que dedicarle bastantes horas, así que ya no puedo dedicar a FF todo el tiempo que me gustaría.

Sin embargo, esta historia es especial para mí, le tengo mucho cariño, siempre dije que la terminaría y la terminaré (el índice de capítulos está hecho), aunque no sé cuanto me llevará. Trataré de actualizar con más frecuencia, pero no prometo nada.

Mil millones de gracias a todas las que seguís esta historia y gracias especiales a las que dejáis comentarios después de tanto tiempo!


Lo que esconde tu interior

XVII

Hermione emitió un ronroneo satisfecho cuando sintió que la barba incipiente de Malfoy raspaba su mandíbula; hundió los dedos en su pelo, empujándolo contra ella; tratando de sentirlo tan cerca como fuera posible. Él, por su parte, deslizó los dedos por sus costados, acariciando la porción de piel de su cintura que la tela arrugada de su blusa dejaba al descubierto. Sus pulgares se demoraron describiendo círculos distraídos en sus caderas, pero no fue más allá. Nunca iba más allá, como si existiera una barrera invisible que impusiera límites más allá de los cuales, no le estaba permitido avanzar. Una barrera infranqueable que Hermione temía, al mismo tiempo que se sentía extrañamente compelida a cruzar.

Malfoy y ella se habían acostumbrado rápidamente a aquella nueva dinámica. Por las mañanas madrugaban y trabajaban en el laboratorio con la misma rutina de siempre; después comían juntos, volvían al trabajo un rato más y cuando caía la tarde, se desplazaban a la biblioteca, donde trataban de recopilar la mayor cantidad de información posible sobre magia primigenia y maldiciones ancestrales. Al final del día llegaba el momento que, secretamente, ambos esperaban con más ansias: uno de los dos declaraba que estaba agotado y se trasladaba al viejo sofá tapizado en terciopelo situado en una de las esquinas de la biblioteca; pasados unos minutos, el otro se sentaba a su lado y, sin pronunciar palabra, mediante un acuerdo no verbal tácitamente alcanzado, comenzaban a besarse lentamente, sin prisas, de aquella manera lánguida y relajada que coincidía con la melancólica caída de la luz de aquellas tardes de otoño.

Pasados lo que pudieron ser minutos u horas, jadeando, Malfoy se separó un poco de ella, lo justo para recobrar el aliento. Hermione se encontraba reclinada en el sofá, con su espalda recostada entre los cojines, con la cabeza de Malfoy reposando en su pecho, su cuerpo estratégicamente encajado entre sus piernas. Aunque ambos vestían vaqueros y camisas, aquellas sencillas prendas se sentían pesadas y calurosas, como capas de edredones nórdicos entre ellos.

–Esto es… raro –las palabras de Draco reverberaron contra la caja torácica de Hermione, provocando aquellas molestas mariposas en su estómago.

–¿Hermione Granger y Draco Malfoy besuqueándose hasta el olvido en el sofá de una biblioteca? Vaya, no hace falta que lo jures, Malfoy.

–No hablaba de eso, Granger –con el ceño fruncido, Malfoy parecía muy concentrado en juguetear con el ombligo de ella a través del algodón de su blusa–. Me refiero a… esta paz, esta calma. Sé que ahí fuera el mundo se está haciendo jodidos pedazos, pero tú y yo, en este lugar, tumbados frente al fuego, es como si…

–¿Como si estuviéramos en el lugar correcto y nada más importara? –completó ella por él.

–Exacto –concluyó Malfoy, satisfecho por no ser el único que se sentía de aquel modo. Plantó un beso rápido sobre el esternón de Hermione, pero se apartó rápidamente de ella, al observar su expresión contrariada–. ¿Qué está mal, Granger? ¿He hecho algo incorrecto?

–No, Malfoy –le acarició el lado de su rostro cubierto de cicatrices– ése es el problema: todo se siente demasiado bien… Lo acabas de decir: todo se va a la mierda a nuestro alrededor y nosotros aquí, ajenos a todo. ¡En ocasiones se me olvida lo que tenemos entre manos! ¡Lo único en lo que puedo pensar al cerrar los ojos cada noche, antes de dormir, es en cómo me has tocado esa tarde, en lo bien que se sentían tus labios sobre mí y yo…!

Sus palabras murieron contra la boca de Malfoy que, una vez que hubo finalizado su exhaustivo beso, apoyó la frente contra la suya y susurró.

–Shhh… date un respiro Granger. Llevas desde los once años tratando de salvar el mundo. No tienes por qué echarte sobre los hombros el destino de la humanidad de nuevo. Y si lo haces, al menos puedes permitirte algunos momentos para ti misma.

Hermione arrugó la frente, sopesando sus palabras. Draco se cernía sobre ella: grande, esbelto, oscuro. Sus ojos brillaban, reflejando el fuego crepitante de la chimenea y le pareció vislumbrar una chispa de preocupación en ellos que desapareció tan rápido que pensó que tal vez se lo había imaginado. Se aferró a su cuello, instándole a descender para volver a asaltarle la boca con un avasallador beso. En aquella ocasión, sus labios se encontraron en un ademán violento, necesitado; sus lenguas se enredaron en un batalla por el control de la que ninguno deseaba salir victorioso; Hermione sintió la creciente erección de Draco rozándose contra ella, pero lejos de disuadirla, la impulsó a rodearle la cintura con sus piernas, al tiempo que sus manos se abrazaban a su espalda, buscando el máximo contacto entre sus cuerpos. Él abandonó sus labios para continuar su camino de besos por su mandíbula, su cuello, la porción de su escote que se asomaba entre los botones de la blusa.

–Malfoy, por favor –Hermione gimoteó. Una de sus manos se apoyaba en su cadera, manteniéndola clavada al sofá; con la otra, la tomaba de la nuca, acercándola a él, con sus dedos enredados entre sus mechones de pelo castaño.

–¿Qué, Granger‽ Dime lo que quieres, pídeme cualquier cosa y te la daré.

Hermione no sabía lo que quería, simplemente… más de él. El toque de sus manos se le antojó insuficiente; su olor a pergamino, a madera, a limpio, inundaba sus fosas nasales y enardecía sus sentidos. Malfoy parecía muy ocupado succionando un punto especialmente sensible bajo su oreja, por lo que ella tuvo que tirarle ligeramente del pelo para obligarlo a mirarla.

–Quiero… más.

Como él la miró con expresión interrogante, Hermione tomó la mano con la que se aferraba a su cadera y la dirigió a un punto más al sur, hasta que su pulgar rozó el botón metálico de sus vaqueros. Entonces, cerró los ojos con fuerza y se mordió el labio: aquel era territorio inexplorado hasta el momento ¿y si a él le resultaba una actitud demasiado atrevida, demasiado desesperada? ¿Y su Malfoy creía que ella había ido demasiado lejos, que se había tomado demasiadas libertades? Sin embargo, cuando volvió a abrir los ojos todas sus dudas quedaron disipadas: la mirada de él era ardiente, depredadora.

Malfoy jugueteó un poco con la cinturilla de sus pantalones antes de ir más allá: acarició su vientre con los nudillos, demorando su próximo movimiento. Hermione contuvo el aliento; al percibir su respiración desigual, él arqueó una ceja y detuvo sus caricias.

–Por favor, Draco, tócame…

Él no necesitó mayor incentivo que ése: desabrochó el botón de latón mediante un hábil movimiento con dos dedos –algo que hizo que Hermione se cuestionara brevemente cuántas veces antes habría hecho eso–. Cualquier otra consideración que ella pudiera tener se esfumó cuando el dedo índice de Malfoy describió una raya de arriba a abajo por encima de sus bragas.

–Joder, Granger… ¡estás empapada! ¿Todo esto es por mí?

A pesar de lo novedoso de la situación, el momento resultaba tan excitante que Hermione no pudo evitar el impulso de osadía que la invadió.

–No, en realidad estaba pensando en Marcus Flint.

Draco parpadeó un momento y luego se abalanzó sobre ella, ocultando su rostro en el hueco de su hombro, lamiendo y mordisqueando en cualquier punto que encontró allí.

–Bruja malvada –murmuró entre besos.

Aquella faceta traviesa y juguetona de Malfoy era absolutamente nueva y desconocida para Hermione, pero descubrió que no hacía más que aumentar su deseo por él. El hilo de pensamientos se interrumpió al notar sus dedos tentativos por encima de su ropa interior. Lo cierto era que él llevaba razón: Hermione estaba muy mojada; fugazmente recordó que no estaba depilada ¿y si a él no le gustaba? ¿Y si le desagradaba? No obstante, en aquel momento los dedos de Malfoy se colaron bajo el elástico de sus bragas y cualquier preocupación que pudiera haber tenido se evaporó. No se parecía en nada a cuando se tocaba a sí misma en busca de su elusivo placer. Draco la exploró minuciosamente, tratando de averiguar qué era lo que a ella le gustaba, con la misma paciencia meticulosa con la que trabajaba en el laboratorio. Sus gemidos debieron ofrecerle una buena pista porque de pronto, él tanteó un lugar que la hizo arquearse contra su mano.

–Eso es, Granger, déjate llevar…

Hermione giró la cara para encontrarse con sus labios y Draco volvió a besarla, al tiempo que uno de sus dedos se introdujo en ella, sin dejar de acariciarla. Todo desapareció a su alrededor: la mansión la biblioteca… sólo estaban ella y Draco y sus besos y su toque perfecto.

–Draco… –un último suspiro, una sacudida y se quedó inmóvil, lánguida debajo de él. Malfoy esbozó una sonrisa lobuna y lamió sus propios dedos, uno por uno, saboreando la esencia de Hermione. Luego, se las ingenió para encajarse a su lado en el sofá, tan estrecho que apenas lograba alojarlos a los dos, tumbados de costado.

–Así que ¡wow! –fueron las primeras palabras que logró musitar Hermione, después de descender de su paraíso particular.

Se removió un poco hasta que consiguió mirar a Draco junto a ella con una expresión divertida y alzó la cabeza para depositar un pequeño beso en sus labios. Entonces, fue consciente del prominente bulto contra su vientre que aún pujaba por ser liberado. Se suponía que ahora era el turno de él, ¿verdad? Hermione coló la mano entre el escaso espacio libre entre sus cuerpos y experimentalmente, dio un apretón a su entrepierna. Se sobresaltó cuando, entrelazando sus dedos con los de ella, Draco le apartó la mano.

–¿Q…qué? Yo quería… devolverte el favor.

Draco besó el dorso de su mano.

–No tienes que hacerlo, lo he hecho porque quería, no porque esperase una gratificación de vuelta.

–¡Pero yo quería hacerlo!

–Ya habrá tiempo, Granger. Esta tarde se trataba de ti – no pudo evitar añadir con una sonrisita de autosuficiencia–. Y apuesto a que ahora estás mucho más relajada.

–¡Idiota! –sin fuerzas, Hermione golpeó su hombro juguetonamente, para después enterrar su rostro en su pecho, aspirando su aroma.

Se quedaron mucho rato en esa postura, callados, apretujados, simplemente disfrutando del calor del otro. Fue Hermione la que se atrevió a romper el silencio.

–Llevo años pensando que algo estaba mal conmigo, que algo estaba roto dentro de mí.

Draco la tomó de la barbilla, instándola a levantar la cabeza para poder mirarle a los ojos; sin embargo, no dijo nada, se quedó en silencio, expectante, mostrándole que estaba dispuesto a escucharla.

–Después de la Guerra, todos, en mayor o menor medida, salimos algo traumatizados –comenzó Hermione–: poco a poco la gente empezaba a recuperarse, a dejar atrás todo el horror, a olvidar y empezar otra vez de cero, a seguir con sus vidas, pero yo….

»Sentía un pozo negro en mi interior que era incapaz de superar, la gente a mi alrededor conseguía salir adelante y sin embargo yo estaba siempre en el mismo sitio, incapaz de avanzar.

Una vez que comenzó a hablar, Hermione no pudo contener el torrente de palabras que escapaba de su boca: le habló a Draco de sus padres, de cómo les había desmemorizado y no había sido capaz de devolverles sus recuerdos, le habló de su soledad autoimpuesta, de sus navidades en casa de los Weasley sintiéndose una extraña, como el vecino sin familia al que uno se ve obligado a acoger por caridad.

»Así que acabé pensando que estoy rota, incapacitada para la felicidad. Realmente no recuerdo la última vez que fui feliz de verdad, tal vez nunca vuelva a serlo, o tal vez hay algo en mí que me impide reconocer la felicidad aunque la tenga delante de mis narices… Sin embargo, lo que ha pasado hace unos momentos, lo que hemos vivido… no sé, tal vez no esté tan mal como pienso y haya algo de esperanza para mí, ¿no crees?

Durante el transcurso de su monólogo, Hermione no se había dado cuenta de que había empezado a llorar; no fue hasta que Draco recogió una de sus lágrimas, acariciando muy suavemente su mejilla con el índice, que se dio cuenta de que, por fin, se atrevía a expresar en voz alta su pena por la vida perdida y no recuperada. Lloró un poco más, aferrada a él, empapando de lágrimas su camisa blanca, tratando de calmarse con su olor y el calor de su cuerpo rodeándola. Al cabo de un buen rato, cuando creyó que había recobrado la compostura, inspiró hondo y abandonó su refugio en el cuello de Malfoy.

Él la miraba con una expresión extraña: su mirada, habitualmente impasible, parecía haberse derretido un poco, como la escarcha en primavera, y el gris de sus ojos era más suave, más humano. Se quedó con la vista fija en Hermione por unos instantes y tras comprobar que ella no pensaba añadir nada más, formuló una pregunta inesperada.

–¿Quieres saber mi historia, Granger?

Hermione tragó saliva: desde que había llegado a la mansión, el misterio que representaba Draco Malfoy no había dejado de intrigarla ni de día ni de noche y ahora que estaba a punto de descubrirlo, tenía miedo de lo que podía averiguar. Pero a pesar de todo, ella era Hermione Granger y su naturaleza le impedía permanecer indiferente ante la resolución de un enigma. Por lo tanto, cuando Malfoy se levantó del sofá y enderezó su camisa, ella lo imitó –aunque tenía la impresión de que si se encontraban con Toppy o Millie por el pasillo, ellos sabrían las actividades que habían estado desarrollando en la biblioteca en el mismo momento que advirtieran su apariencia, con el pelo revuelto y la ropa arrugada– y sin pensarlo demasiado, colocó su palma sobre la suya extendida. Draco simplemente sonrió y le dio un ligero apretón para luego salir de la biblioteca y conducirla, a través de los enrevesados pasillos de la mansión, hasta un lugar que Hermione conocía muy bien.

La puerta de la habitación prohibida.


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