N/A: ¡Sorpresa! De vez en cuando, la vida adulta me deja tiempo libre. Capítulo corto, pero importante
Lo que esconde tu interior
XVIII
El tiempo pasaba rápido, casi sin sentirlo, en la nueva rutina en la que se habían instalado. En ocasiones, Hermione sentía una punzada de culpabilidad al darse cuenta de que, pese a la tragedia que se cernía a su alrededor, se sentía bastante a gusto con la vida que llevaba. El trabajo en el laboratorio era entretenido y exigente; la biblioteca se presentaba como un lugar fascinante y lleno de enigmas pendientes de descubrir y Draco… era una persona completamente distinta del energúmeno que la había recibido aquella tormentosa noche que tan lejana se antojaba. Cada día se sorprendía encontrando en él nuevos aspectos que se moría por explorar: su sarcástico e inteligente sentido del humor, sus réplicas crueles y, al mismo tiempo, ingeniosas, su apasionante conversación, capaz de mantenerlos despiertos durante horas.
Y luego estaba aquello. La bruja se avergonzaba al reconocer que cada vez esperaba con más impaciencia las noches en el sofá de la biblioteca cuando, amparado por el tenue fulgor de la chimenea, Draco la conducía a lugares aún desconocidos para ella con sus dedos, sus labios o su lengua. Él siempre era lánguido, suave, delicado y llegaba un punto en el que, invariablemente, se detenía, como si existiera una frontera invisible que no estaba dispuesto a cruzar, o como si portara una armadura de la que no pensaba desprenderse, ni siquiera ante Hermione.
Ante la insistencia de Draco, el domingo se convirtió en su día de descanso, aquel en el que permitían a sus fatigadas mentes descansar de pociones y fórmulas y a sus músculos relajarse paseando por los salvajes jardines de la mansión que, pese a lo avanzado del otoño, se mantenían templados en el apacible clima de la campiña francesa.
–Cuando era pequeño podía pasar horas frente a ese estanque, lanzando piedras, intentando que llegaran más lejos, que rebotaran más veces contra el agua –comentó de la nada un día, mientras caminaban tranquilos por un camino medio oculto entre la maleza–. Siempre intentando ser mejor, siempre tratando de llegar más lejos…
Hermione esbozó una ligera sonrisa.
–¿Pasabas los fines de semana lanzando piedras? ¡Qué pasatiempo más primitivo para un Malfoy!
–Sólo hasta que fui lo suficientemente mayor para montar en escoba: con cuatro años era la única manera que se me ocurría para impresionar a mi padre.
La mirada de Draco se perdió un instante en el cielo, con los ojos extrañamente nublados y Hermione se acerco a él y entrelazó los dedos con los suyos; él no le apretó la mano, pero tampoco hizo amago alguno de apartarse, así que la chica se pegó a él y apoyó la cabeza tentativamente en su hombro.
–¿Lo echas de menos? –se atrevió a preguntar después de un rato inmóviles en aquella postura.
–¿A mi padre? –emitió una carcajada seca, casi como un ladrido–. No, para el maldito bastardo nunca nada era suficiente. Sólo me faltó entregar la vida para salvar lo que quedaba de la familia y ni siquiera eso fue bastante. –Hermione permaneció en silencio, sin atreverse apenas a respirar. Era inusual que Draco se abriera a ella de esa manera–. Pero sí que echo jodidamente de menos volar: la velocidad, el aire en mi cara, sentir que los problemas se quedan a miles de pies de distancia de ti… Creo que la última vez que recuerdo que fui realmente feliz fue volando.
Hermione se mordió el labio, pensativa. La última vez que realmente fue feliz…
– ¿Sabes? Creo que yo realmente no lo recuerdo, no recuerdo cuando fui realmente feliz –y sintió que las lágrimas comenzaban a agolparse en sus ojos– ¿Fue antes de la guerra? ¿Antes de que todo estallara en pedazos? ¿Al recibir el último abrazo de mis padres? ¿Riéndome de una broma con Harry, pensando que podíamos ser dos adolescentes más, sin la muerte respirando en nuestra nuca? No lo recuerdo, Draco, y me da pánico, ¿y si olvido cómo ser feliz? ¿Y si no soy capaz de reconocer la felicidad aunque se encuentre frente a mis narices y me convierto en una vieja amargada, incapaz de disfrutar la vida?
La última oración se le escapó acompañada de un sollozo y cuando Draco acunó su mejilla e inclinó su cabeza hacia ella, se dejó hacer. Dejó que él introdujera su boca en la suya, que se aferrara a sus caderas, frotándolas contra su entrepierna, arrancándole un gemido de placer mientras hundía sus dedos en su pelo plateado, como si fuera su tabla de salvación. Besarle era un modo de evasión similar al que Draco Malfoy encontraba volando a lomos de su escoba.
El atardecer los sorprendió recostados bajo la sombra de un castaño. La cabeza de Draco reposaba sobre el vientre de Hermione y ella acariciaba distraídamente las cicatrices de su rostro, ligera como las alas de una mariposa. La piel bajo sus dedos se sentía suave, en relieve y no pudo evitar inclinarse y depositar un beso sobre una de sus perfectas cejas rubias.
Draco emitió un suspiro de placer. Jamás pensó que alguien pudiera tocarlo así, no después de…
–Fue por ellos, Granger, por mis padres, por salvarlos –estalló con voz ronca–.
–Lo sé.
–Toda la muerte, el horror, la tortura y al final no les sirvió una mierda, ¿sabes? Ella está muerta y mi padre está muerto en vida.
–Lo intentaste, intentaste todo lo que pudiste, siempre te quedará eso, Draco. Siempre tendrás la conciencia limpia de que no quedó nada en tu mano que pudieras hacer.
–¡Eso no sirve, joder! –se incorporó de su regazo tan bruscamente, que Hermione retrocedió sobresaltada– ¿No lo entiendes, Granger? Llevo grabada para siempre la marca de mi fracaso.
Sus ojos grises relampagueaban con una emoción difícil de identificar y Hermione tragó saliva.
–Ella la odiaba ¿sabes?
Enn un ademán brusco, Draco se subió la manga de la camisa, dejando al descubierta la Marca Tenebrosa o lo que quedaba de ella: un patrón entretejido de cicatrices rojas, más violentas que las del rostro, pero tras las que se podía vislumbrar restos de tinta negra formando una mancha con cierto parecido a una calavera. Hermione ahogó una exclamación: era la primera vez que la veía directamente, él siempre era muy cuidadoso y jamás permitía que los puños de la camisa se movieran más allá de sus muñecas, ni aún en sus momentos más apasionadas Desde el principio la odiaba. Mi madre: ella había visto lo que la Marca había hecho con mi padre. Ella me pidió, me suplicó, que no la tomara, pero no hice caso. Quería protegerlos y sabía que esta marca me otorgaría poder, que inspiraría miedo, que nadie se atrevería a tocarnos. Estaba tan equivocado…
Reuniendo todo el coraje gryffindor, Hermione planteó en voz alta la pregunta que estaba comenzando a sospechar.
–Fue por eso, ¿verdad? Por la Marca, por eso te hiciste las cicatrices.
–Siempre tan perspicaz –los labios de Draco esbozaron una sonrisa torcida, cruel, tan similar a la de sus tiempos de Hogwarts que a la chica se le puso el vello de punta–-. Sí, Granger, esas fueron las últimas palabras que me dirigió mi madre antes del destierro, que se avergonzaba de mí, de lo que esa Marca había hecho con nosotros y nuestra familia. Siempre, tan digna tan correcta, Narcissa Malfoy… murió avergonzándose de su propio hijo.
–Draco, no…
–Draco ¿qué? ¿No crees que sea cierto? ¿No crees que lo pensara de verdad? Tú no viste sus ojos, no viste la decepción en su rostro. El último recuerdo de mi madre…
–La sala quemada ¿qué pasó?
–Al Señor Tenebroso le gustaba marcar a sus esbirros concienzudamente, como reses de matadero. ¡Ja! supongo que eso era lo que éramos –durante toda la explicación sus ojos no se apartaban de ella y Hermione era incapaz de desviar la mirada, aunque la intensidad comenzaba a hacerse extenuante emocionalmente–. Lo probé todo: pociones, hechizos, magia blanca, magia negra… nada funcionó, la marca de ignominia, de la vergüenza permanecía allí, como burlándose de mí: era tan inútil que ni siquiera era capaz de deshacerme de ella. Y entonces lo encontré: era un libro antiguo, tan viejo que las páginas se deshacían entre mis dedos.
»Hablaba de la magia del amor, de cómo su poder era tan grande que era capaz de las más grandes cosas, en como el objeto de la persona amada podía salvar a alguien de la perdición. Pensé en Potter, en su madre y como lo salvó de la muerte. Yo, pensé que funcionaría… –hizo una breve pausa, Hermione quería tocarlo, pero no se atrevía–. El anillo de compromiso de mi madre estaba en mi poder, se suponía que yo tenía que entregárselo a la siguiente señora Malfoy, así que no perdería nada por intentarlo. Fui a la sala que en aquel entonces usaba como estudio, en realidad parecía un hechizo muy sencillo, las palabras se escapaban de mis labios… Hubo una luz muy fuerte, calor, mucho calor, y luego… –Draco volvió a cubrirse el brazo con un gesto furioso, se puso en pie rápidamente y murmuró entre dientes– supongo que ya conoces el resto ¿verdad? Ya no soy el niño bonito de Hogwarts y después de todo, resulta que mi madre no me quería tanto como yo pensaba. Ahí tiene su lacrimógena historia Santa Granger, Patrona de los Desgraciados.
Y sin dirigirle una última mirada, dio media vuelta y caminó de regreso a la Mansión.
N/A: ¡Buen finde!
