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Espero que les gusté este capítulo, porque hay una breve pelea, y ahora que he estado escribiendo, me he dado cuenta que se me complica narrar los trancazos. A ver qué tal quedó.

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ESPEJISMO

5. Susurros inquietantes

Después de aclarar el pequeño malentendido, todos van a ocupar sus asientos.

En eso, Leonardo cambia de parecer, y se dirige a la compuerta trasera acomodándose la bandana sobre la frente, ya que las ranuras de ésta no coinciden con sus ojos, se quita de prisa las muñequeras y las rodilleras porque no se ajustan a su nueva constitución física; los arroja a un lado.

-Hay problemas.- Leonardo voltea para apremiar a sus hermanos mientras toma el soporte para sus katanas y lo acomoda lo mejor que puede sobre la sudadera.

-¿Cómo sabes?- pregunta Miguel Ángel.

-Si sabe lo que nos conviene en nuestras vidas, es natural que sepa que hay problemas.- Rafael tuerce una sonrisa, como diciéndole que es broma.

Leonardo capta, y le sonríe también.

-Pero Leo, ¿estás en condiciones de pelear? Tú eres…- Don le recuerda su condición actual.

-Por supuesto.

Rafael, de un rápido movimiento, le pasa un brazo por el cuello, lo estrecha firmemente y lo aprisiona.

-A ver si es cierto. Záfate de ésta.

Por mucho que lo intenta, Leonardo no consigue zafarse.

-No… hay… tiempo… para… esto.- dice ahogado.

-Mi antiguo hermano ya se hubiera librado.

-No…

-Ya suéltalo.- Miguel Ángel se acerca y deshace la llave.

Una vez libre, Leonardo se aleja de Rafael para respirar sin más complicaciones.

-Ni aguantas nada.

-Con tu nueva constitución física, - explica Donatelo - has perdido un poco de masa muscular, lo que te resta fuerza, pero tu agilidad debe permanecer intacta. Aún así, creo que no deberías arriesgarte, involucrándote en una pelea.- sabe que su hermano mayor no desistirá en luchar si alguien está en problemas, pero no pierde nada con intentarlo.

-Vamos.-

Ya recuperado, Leonardo va por sus katanas que yacen en un soporte.

Conociéndolo como lo conocen, Rafael, Donatelo y Miguel Ángel no le discuten más, pero en una fugaz mirada de los tres, acuerdan en estar al pendiente de él.

Después de que las tres tortugas se quitan las estorbosas ropas y toman sus armas, salen presurosos.

Ha anochecido, y aún sopla aire.

-Por aquí.- Leonardo guía a su equipo como si supiera exactamente hacia donde ir.

-Ahora resulta que puedes ver el futuro.- dice Rafael.

-No veo el futuro, es… una sensación que me dice que hay problemas.

-¿Cómo un sexto sentido?- le cuestiona Donatelo -Improbable.

-¿Y qué tal si es cierto, Don? Yo le creo.

-Gracias por el voto de confianza, Miguel.

-Pues te diré que me puedes pagar con… tú ya sabes qué.

-Claro.

-¡Sí!- Miguel se felicita a sí mismo por obtener lo que tanto ha deseado, o al menos el consentimiento.

Corren por un callejón, suben una escalera de incendios ágilmente. Llegan a la azotea del edificio y corren, corren tan rápido como pueden, librando todos los obstáculos. Saltan de esa azotea a la siguiente. Continúan corriendo.

Leonardo va adelantándose a sus hermanos, dejando a Rafael, Donatelo y Miguel Ángel rezagados, como si ellos no tuvieran una buena condición física.

¿O será que Leonardo es más veloz?

-¿O soy muy lento, o Leo corre demasiado rápido?- pregunta Donatelo.

-¿Ya lo notaste?- Rafael aprieta el paso tanto como puede.

-¡Oye Leo! ¡Yo no puedo ir tan de prisa!- Miguel Ángel intenta llamar su atención.

Pero Leonardo no escucha la queja. Llega al borde del edificio y salta. No es muy larga la distancia que separa ambas construcciones, pero él toma un buen impulso, y casi cruza completamente la siguiente azotea.

Los rezagados se detienen, sorprendidos.

-¡LEO, ESPERA!-le grita Rafa, al pasar el asombro.

Leonardo por fin se detiene y voltea. No puede creer que estén tan separados de él. Con una mano les indica que sigan, que los espera.

Hasta que lo alcanzan.

-Qué lentos.– se mofa Leonardo –Parecen tortugas.

-No lo somos. Tú eres demasiado rápido, para ser humano.- le echa en cara Rafael.

-¿Leo, no te diste cuenta del salto que diste? ¡Fueron casi ciento cincuenta metros!- le hace ver Donatelo.

-De acuerdo. Iré a su paso.– ignora el comentario -Ya estamos cerca.

-Iré a su paso.- le remeda Rafael.

Recorridas tres azoteas más, se asoman por el borde de un edificio; ven un gran terreno baldío poco iluminado. Desde las alturas, no ven nada ni a nadie.

-Descendamos.

Van bajando por la escalera con cautela, cuando escuchan unos pasos presurosos. Voltean. No se ve a nadie, pero los pasos se oyen cada vez más cerca.

-De prisa.

Llegan al suelo, y se ocultan tras unos contenedores de basura.

Y esperan.

Se oye un tropiezo y una caída, pero sea quien sea, se levanta y reanuda su carrera.

Pasan unos minutos, y finalmente esa persona llega a la escasa luz que hay en el terreno abandonado.

Es una chica.

De improviso, el aire que corre se torna más frío, lo suficiente como para que el aliento que exhalan los chicos se condense. Se acurrucan en su lugar enseguida que sienten el drástico cambio de temperatura. Excepto Leo.

-Quiten… el aire… aaacon... dicio… nado.- protesta Miguel Ángel temblando de frío.

-Impo… sible… que haga tanto… fríííío. E… estamos en… plena… primmm… mavera!- Donatelo intenta comprender el extraño acontecimiento.

-¡No sssalgas… con lo del cambio… ccclimático!

-¿Tie... nes algu… na otra eeeexplic… cación para esto?

-Exageran. No hace tanto frío.

-¡Me… mendi… go san… sangre calien... te!

Leonardo como es un humano, el frío no le afecta.

Entonces…

-¡Aaah!

Un grito les recuerda el por qué están ahí.

No se dieron cuenta que la chica ha sido rodeada por unos delincuentes. Ahora, los veinte pandilleros que la rodean, la amenazan de muerte.

-Yo me haré cargo de esos abusivos. Quédense aquí.- Leonardo va por delincuentes.

-No… pppodrá… él… ssssolo.- Rafael duda que su hermano salga de ésta, y va tras él.

Los otros dos lo siguen, a pesar de sentir sus cuerpos entumidos.

Leonardo se mueve tan sigilosamente, que los pandilleros no notan su presencia, hasta que derriba a un par de ellos.

Algunos deciden atender al desconocido.

Rafael, Donatelo y Miguel Ángel llegan rengueando a ayudar a su hermano.

Leonardo se da cuenta y voltea.

-¡Les dije que se qued…!- los reprende, pero…

Un brillo que ve de reojo lo obliga a voltear rápidamente.

Cruza sus espadas, deteniendo a tiempo un navajazo que va directo a su garganta, empuja al delincuente golpeándolo con un pie en el estómago esperando derribar, como a pinos en el boliche a los que ya están detrás de su primer atacante, pero no aplicó la suficiente fuerza; el delincuente sólo choca contra sus compañeros. Da un gran salto y pasa por sobre la muchedumbre que se abalanza sobre él.

En un vistazo rápido, observa a sus hermanos que están atacando bastante bien, luego centra su atención en la chica: está siendo golpeada sin misericordia.

Se molesta ante la poca consideración que tienen con una mujer.

Llega hasta donde está otro grupo de maleantes, aterriza con un pie sobre la cabeza de un tipo, y se da impulso para llegar a la cabeza de otro, y así brinca tres veces más, hasta que llega donde está la chica. Aterriza a espaldas del delincuente que golpea a la indefensa muchacha. Levanta sus espadas, listo para deshacerse del abusivo, pero se detiene al escuchar un grito.

Se gira hacia donde proviene el alarido.

Su corazón se detiene un instante.

Sus hermanos yacen en el piso, malheridos.

Los derribaron muy rápido. Es el frío que los ha vuelto vulnerables.

* ¡Tus hermanos te necesitan! ¡Tienes el poder para acabar con todos aquellos que se atrevan a dañar a tu familia! *

Leonardo oye que alguien le habla, lo que provoca que se distraiga.

Un delincuente lo golpea en la cabeza aprovechando ese error.

Leonardo se derrumba, aturdido, quedando boca abajo.

Varios tipos lo rodean y lo golpean por todos lados.

* ¿Eso es todo? *

Dejan de golpearlo, y alguien lo gira con brusquedad. Al instante siente un pútrido aliento cerca de su cara.

Abre los ojos. No enfoca bien, ve todo borroso, todo su cuerpo se queja de dolor... Hay alguien frente a él que se aparta riendo.

-¡Traigan a las criaturas!

Algunos maleantes obedecen, los demás miran mientras otros hacen el trabajo.

"Mis hermanos.", piensa angustiado.

Sacude su cabeza con desesperación.

"¡Eso no es todo! ¡Justo lo que dijo Don, no tengo la fuerza, pero sí la agilidad para vencerlos!"

Y desde el nivel del suelo, aprovechando que nadie tiene un ojo puesto en él, se arrodilla y lacera, con sus katanas, todas las piernas que le son posibles. Derriba a varios.

Otros voltean a ver qué ocurre al oír los quejidos.

En la confusión, Rafael se levanta, aporreado y temblando de frío, pero dispuesto a continuar con la pelea al lado de su hermano, hasta donde sus fuerzas se lo permitan. Al más cercano le hiere una pierna; a otro lo manda a dormir de un puñetazo; a dos más, les hace un corte en el pecho.

"¡Por favor!"

Le implora a su maltrecho cuerpo que resista, pero, por más que lo intenta, no le responde, sus movimientos son torpes, le pesan los brazos, le pesan las piernas, no ve bien, su respiración es acelerada... derriba a algunos más, y el siguiente en desplomarse es él.

-¡RAFAEL!- Leonardo llama a su hermano, alarmado.

Un tubo va con fuerza a la espalda de Leonardo, lo esquiva por muy poco, al girarse, lo corta a la mitad, e hiere el brazo del agresor.

Salta.

Cae entre más maleantes.

Aprovechando las lentas reacciones de los delincuentes, hiere brazos, rostros, piernas, espaldas… los heridos caen y, a pesar de que no son mortales ni profundas las heridas que les ha provocado, son tan cobardes, que no se levantan a seguir enfrentándole, eso le facilita un poco la ardua labor.

Ha atraído la atención de los pandilleros que están junto a sus hermanos.

"Bien."

Un salto más.

* ¿Agilidad? ¿Con eso crees que ganarás esta pelea? *

Cuando salta, es cuando aprovechan los malvivientes más abusados para disparar, pero no atinan al blanco.

Los disparos Leonardo los desvía con sus katanas, y las balas hieren al tipo que está al lado de la chica que yace inconsciente; otros proyectiles derriban a unos más.

Los maleantes dejan de disparar al notar inútil que ha sido.

Leonardo llega a tierra ileso. Se gira a tiempo para desviar, no balas, sino una daga. Choca contra su espada, sale despedida, y se incrusta en la pierna de alguien.

* Tienes el poder para aniquilarlos. ¡Úsalo! *

"No es necesario."

Se distrae nuevamente al escuchar esa insistente voz.

Una bala roza su brazo. Cae de rodillas. Los maleantes que aún están en pie, lo acorralan enseguida.

Su brazo sangra ligeramente.

* ¿Qué no es necesario? ¡Estás rodeado! ¡Estás herido! ¿Y todavía insistes en que no es necesario? *

Alguien apunta un arma a la cabeza de Leonardo.

*Tu espada no detendrá esta bala. Morirás si no lo atacas con tu poder. *

"No… es… necesario", Leonardo respira afanosamente, más por la amenaza que tiene enfrente que por el dolor.

Está por accionarse el arma.

Leonardo no se mueve.

* Si mueres, ¿quién verá por el bienestar de tu familia? *

-¡CALLATE!

En un imperceptible movimiento, Leonardo usa la espada que sostiene su brazo ileso.

Lo único que alcanza ver el delincuente, es como se desbarata en varios pedazos el arma entre sus manos.

Leonardo aprovecha el desconcierto para propinarle una patada en el estómago; otro malviviente más saca su arma, y se da cuenta, pero antes de que él pueda hacer otro movimiento, algo choca contra la pistola y es lanzada lejos, destrozando la mano de quien la sostenía, y algo más da de lleno en la cabeza del malhechor, mandándolo al suelo; voltea hacia donde vino el chako, y ve a Miguel Ángel que se dirige, a duras penas, hacia él, pero su alegría dura poco. Palidece cuando tres tipos encaran a su hermano menor.

-Deténganse.- trata de gritar, pero se le ha secado la garganta al ver que los tres individuos apuntan con sus armas a su hermano.

Miguel Ángel detiene su apuración por llegar donde su hermano, no porque las fuerzas lo abandonen, sino porque no puede avanzar con tres armas apuntándole a escaso medio metro.

El corazón de Leonardo golpea fuertemente su pecho.

Miguel Ángel se pone en posición de guardia, aunque sabe que es inútil, ya que usó sus armas para salvar a su hermano. A tan corta distancia, y sin un sitio donde guarecerse, no hay manera de que escape de la línea de fuego.

*Morirá y será tu culpa. Pudiste salvarlo, pero te negaste a mostrar de lo que eres capaz realmente. *

-¡NOOOO!- por fin la zozobra sale en un grito.

Miguel Ángel cree que está perdido, pero de la nada, Leonardo aparece frente a él, encarando a los malhechores.

Miguel Ángel nota que a Leonardo lo rodea un extraño resplandor dorado. Como le da la espalda, él no puede ver que la mirada de su hermano mayor refleja un profundo rencor.

Los maleantes se asustan tanto, que se quedan petrificados mirando al intimidante muchacho, hasta que un bo arrojado hacia ellos les arrebata las armas de las manos, es cuando reaccionan, y salen huyendo. Los demás también, ilesos y heridos, corren despavoridos.

Por un momento, Donatelo y Miguel Ángel se quedan viendo a su hermano. De nuevo los embarga esa sensación de amenaza.

Tienen miedo de él.

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