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ESPEJISMO
10. La verdad
Terminado el desayuno y lavado los dientes, Leonardo y Miguel Ángel bajan. Todos sus sentidos están alertas y sus armas listas para cualquier ataque.
Si bien desayunaron con calma y se dieron chance de asearse, no ha habido ningún percance, hasta ahora.
Escuchan a Rafael ejercitando sus bíceps.
También escuchan en golpeteo del teclado y el click del ratón. Donatelo debe estar ocupado en algún proyecto.
¿Entonces quién vigila a Yuder?
¿Dónde está?
Esa extraña aura persiste en el ambiente.
Leonardo quisiera asegurarse de que los demás están bien, pero no puede arriesgarse a que su padre y hermanos quieran detenerlos.
Llegan al nivel inferior y se dirigen a la enfermería.
Deben escuchar a Aleyda, escuchar su versión y tener un panorama más amplio de lo que se están enfrentando.
Todo va bien.
Leonardo tiene que estar cerca de Aleyda. A pesar de que el contactarla puede lograrse a distancia, no se siente capaz de hacerlo. Desde que es humano, su fuerza, su resistencia, el proyectar su conciencia fuera de su cuerpo, y quizás otras habilidades, se han visto disminuidas. Él sí deseaba convertirse en humano, pero jamás perder sus habilidades. ¿Por qué entonces le ha sucedido esto?
Llegan a la enfermería, enfundan sus armas y entran.
Caminan hacia Aleyda. Al llegar a la cama en la que ella descansa, se detienen a un lado para contemplarla.
Descansa tranquila. Sus vendajes están limpios, lo que quiere decir que Donatelo ha estado al pendiente de ella.
-Comencemos.
-Aún creo que Sensei, Donatelo y Rafael deberían venir también.
-No si sus voluntades son dominadas; esa aura persiste.
Miguel Ángel asiente, y suspira. Al parecer, están solos esta vez.
Ambos se sientan en el suelo, y colocan brazos y piernas en posición de la Flor de Loto, cierran los ojos, y comienzan con la respiración para desconectar sus conciencias de sus cuerpos.
Tras unos minutos, Leonardo y Miguel Ángel están en un lugar donde no se ve a nadie ni a nada.
Es sólo un espacio infinitamente blanco.
-¿Ya llegamos?
Miguel Ángel le pregunta a Leonardo, pero no le responde. Éste está ocupado examinándose sus manos, sus pies, su cabeza…
-¿Pasa algo?
-Es extraño.
-Yo te veo igual que siempre… eh… sigues siendo el mismo humano.
-Ese es el problema. Estoy proyectando mi conciencia, no mi aspecto exterior; en mi interior sigo siendo una tortuga, ¿por qué estoy proyectándome con este aspecto humano?
Miguel Ángel se encoge de hombros.
Leonardo suspira.
-No importa. Continuemos.
Caminan aparentemente hacia la nada.
Transcurren unos minutos, y el paisaje comienza a cambiar. A sus pies aparecen pedazos de pasto y sobre sus cabezas pedazos de cielo, aquí y allá, esparcidos en la infinidad.
Conforme avanzan, el espacio en blanco va siendo cubierto de verde y azul, hasta que el único color blanco que queda es de las nubes que flotan en un hermoso cielo.
-Qué diferencia, ¿verdad?- observa Leonardo.
-¡Sí! El monótono paisaje en blanco me estaba aburriendo.
-Me refiero al aura. No se percibe como el aura que pesa sobre la Guarida.
Miguel Ángel respira muy hondamente, sostiene un par de segundos el aire, y después lo deja ir.
-Sí. Aquí se respira paz y tranquilidad.
Unos metros más, y a lo lejos divisan una figura sentada sobre un pequeño tramo del suelo cubierto de losetas de piedra; está meditando.
Los chicos se acercan, y en cuanto llegan, se detienen, sin pisar las losetas de piedra.
-Aleyda.- Leonardo la llama con cautela para no sacarla de golpe del trance en el que se encuentra ella.
Aleyda es muy diferente a su aspecto exterior: su aterciopelada piel es color verde agua, y su cabello, sujeto en una coleta alta, es magenta; en su rostro, apenas sobresale una diminuta protuberancia, que debe ser su nariz; sus orejas son largas y puntiagudas; pareciera que no tiene boca, pues no hay siquiera una línea donde debería estar. Trae puesto un vestido blanco con cuello en "v", mangas largas, estrechas por el antebrazo y amplias en la muñeca; la falda que le cubre hasta los tobillos, tiene una abertura a ambos lados.
-¡Wow! ¿Así luce en realidad?- Miguel Ángel susurra entusiasta.
Leonardo asiente.
-Aleyda.
La llama de nuevo.
Aleyda abre los ojos. Son grandes, ligeramente rasgados y color magenta.
-Leonardo.
Dice ella, sin que se pueda verse que mueva los labios, si acaso los tiene.
-Sí.
-Por favor, acérquense.
Se aproximan y se arrodillan frente a ella.
-Percibí sus auras hace instantes. No me parecieron ofensivas, así que les permití continuar su camino. He de confesar mi ignorancia. No sabía que en la Tierra hubiese otras creaturas pensantes además de los humanos.
-Es una larga historia.- responde Miguel Ángel.
-¿Puedes verme como soy en realidad?- pregunta Leonardo con ansiedad; ella asiente -Yo me veo como lo que me han hecho creer. Por favor, tenemos tantas preguntas…
-Y sólo contamos con unas horas antes de que… quuuiiiickkk- Miguel Ángel pasa su dedo índice en forma horizontal por sobre su garganta.
-Eso no pasará.- Leonardo dice estas palabras plenas de confianza; voltea a mirar a Aleyda, sin perder esa confianza.
-Responderé a todas sus incógnitas. Ciertamente me han sorprendido, jamás pensé que fuesen capaces de lograr que sus esencias pudiesen explorar mundos desconocidos fuera de sus cuerpos.
-Somos ninjas; sabemos de estas cosas.- presume Miguel Ángel.
En los ojos de Aleyda emerge una tenue luminiscencia.
Miguel Ángel y Leonardo podrían jurar que es como si les sonriera.
-Me alegra que vinieran.
-Debimos venir porque continúas inconsciente. Necesitamos que nos ayudes a aclarar nuestras dudas respecto a Yuder, y lo que está sucediendo conmigo.
-¡Oh! Le pido disculpas de nuevo. Mis fuerzas se agotaron casi por completo debido a mi último encuentro con Yuder. Me atacó a traición para evitar que yo llegara primero a usted y alertarlo del peligro,- al escuchar esta palabra, Leonardo y Miguel Ángel se inquietan un poco -pero me alegra verle que está bien. Estoy tan exhausta, que no había conseguido contactarle ni por medio de los sueños, ni a través de su conciencia. Perdóneme.- se inclina un momento en señal de arrepentimiento.
-Lamento profundamente que haya estado en problemas por mi causa. Acepte mis disculpas.- Leonardo se inclina brevemente.
-Yo les pido disculpas por interrumpirlos, pero no tenemos tiempo para… ¡Ay!
Leonardo le da un tirón de la bandana de su hermano, y voltea hacia Aleyda.
-Disculpe la descortesía de mi hermano.
Ella asiente.
-Creo – Miguel Ángel sigue siendo descortés -que primero deberías preguntarle si la Diosa Earane te va a degollar.
-Miguel, permite que Aleyda sea quien hable.
-¿Qué es lo que acaba de decir, Miguel Ángel? ¿Mi Lady Earane, lastimar a su hermano?
-Eso nos dijo Yuder.
-Ha afirmado que la Diosa se ha esmerado en entregarme un presente que, de no aceptarlo, moriré por su propia mano. Sinceramente, no creo en las palabras de ese individuo.
-Mi Lady jamás dañaría siquiera el borde su caparazón; puede estar tranquilo.
-Te lo dije.
-¿Ni siquiera el caparazón? Si no tiene.
-Sabes lo que quiso decir.
-Sí, ya entendí.
-Aunque yo no lo vea, sigo teniendo un caparazón.
-Veo que Yuder no ha perdido tiempo. Ha sembrado acertadamente la confusión en su corazón, Leonardo.
-Detesto admitirlo, pero así es. A pesar de que usted me asegura que sigo siendo la misma tortuga de siempre, no puedo verlo, ni mucho menos sentirlo.
-Eso es grave.
-Lo sé.
-Pero sí puede decirnos – aflora de nueva cuenta la impaciencia de Miguel Ángel -cuáles son las verdaderas intenciones de Yuder y, por qué y cómo, mi hermano, que era una atractiva y poderosa tortuga, ahora es un descolorido y debilucho humano.
-Gracias por el cumplido.
-De nada.
-A pesar de su aparente debilidad, ha logrado mantener el coraje para no caer en la trampa.
-¿Trampa?
-Como sucede con todas las cosas, hay un principio. Este dilema en el que se han visto involucrados, también tiene uno.
-Por favor. Cuéntenos.
-Hace mil años…
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