-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-

ESPEJISMO

17. Hermano vs hermano

-Bueno Leo, - Rafael está ejecutando el plan b -como no cooperas, este es el trato: que te parece… un dedo de Miguel por tu respuesta afirmativa.

Leonardo, incrédulo, abre los ojos de par en par.

Donatelo, con mano temblorosa, acerca la sai al dedo meñique de Miguel Ángel.

-O, ¿qué te parece una oreja?

Ahora la sai apunta a una oreja de Miguel Ángel.

Leonardo intenta levantarse, pero Rafael se lo impide al aferrarle un hombro.

-¿Qué tal un ojo?

La sai va por un ojo.

-No. Creo que me estoy pasando, ¿verdad? Mejor un dedo.

La sai regresa al dedo meñique.

-¿Qué dices, eh?

La sai roza la piel de Miguel Ángel haciéndole un corte superficial, que sangra.

Leonardo cierra los ojos para no ver la delgada línea roja, y mueve sus labios, pero no pronuncia sonido alguno.

-No te escucho.- Rafael dice más irritado.

Leonardo agita desesperadamente la cabeza.

-No, ¿qué?

De nuevo sacude la cabeza.

-¡No es broma, Leo! ¡Habla de una buena vez!

Donatelo hace un corte más profundo. Brota más sangre.

Como si lo sufriera en carne propia, Leonardo siente un angustioso escalofrío.

-Te preguntaré de nu….

Rafael no termina de hablar.

Leonardo levanta la cabeza abriendo los ojos, le mira con rencor.

Rafael sabe que ese rencor no va dirigido a él. Se aproxima más al rostro de Leonardo, y le susurra:

-Es preferible perder un dedo, una oreja, inclusive un ojo… que perderte a ti, hermano…

Los ojos de Rafael reflejan un angustiante pesar.

A Leonardo se le estruja el corazón.

Rafael se aparta.

-Miguel lo comprenderá… y tú también.

Jamás había oído hablar a Rafael tan seriamente… entonces… lo hará.

Leonardo siente venírsele el universo entero encima.

Rafael voltea hacia Donatelo, y asiente.

Donatelo empuña con decisión la sai, lo levanta con precisión, cierra los ojos con fuerza y…

En una fracción de segundo… Leonardo empuja a Rafael (la sai que apunta a su cara, le roza la mejilla abriendo una herida).

… y asesta el golpe.

¡No lo hagas!

La voz interior de Donatelo le grita desesperadamente.

En la última angustiante silaba, Donatelo desvía el golpe, pero percibe claramente que el arma rebana la carne.

Se oye algunos gritos de espanto de la multitud.

Donatelo abre sus ojos, horrorizado; no desvió el golpe lo suficiente…

-Leo…- susurra en un hilo de voz.

-¡Estúpido líder!

Rafael se incorpora. Leonardo lo mandó dos metros más allá, y de un sólo empujón.

Leonardo está sobre el brazo de Miguel Ángel, cubriéndolo con su cuerpo y con la sai incrustada en su hombro.

Donatelo, congelado, ve cómo brota la sangre de su hermano mayor, hasta que Rafael llega y desencaja la sai.

-¡Aaaaah!- se queja Leonardo.

-¡Rafa!- Donatelo le reclama.

El moreno no tuvo ni la más mínima delicadeza para retirar la sai del hombro de Leonardo, ahora brota más sangre.

Rafael aparta a Leonardo de Miguel Ángel, tomándolo del hombro ileso y lo avienta por ahí como un trapo, aparta a Donatelo, y se arrodilla junto a Miguel Ángel.

Miguel Ángel se mueve; está recuperando la conciencia.

Rafael empuña la sai ensangrentada y la dirige hacia un ojo del chico rubio.

-Como quieras, hermano mayor.

-¡Basta!- Donatelo se arroja sobre Rafael, impidiendo que hiera a Miguel Ángel.

Caen lejos y forcejean.

Leonardo trata de levantarse. Todo su ser tiembla de coraje, de miedo, de dolor… Se apoya ayudándose con el brazo ileso, y lentamente se endereza, hasta quedar sentado, con la vista baja y su brazo herido, colgándole, sin vida. No tiene deseos de ver lo que escucha:

Una multitud eufórica por ver tanta violencia.

A dos de sus hermanos pelear como fieras.

Y alguien quejándose de dolor por el golpe que le propinó su propio hermano.

¡No! ¡Definitivamente no quiere ver el infierno al que ha caído!

Miguel Ángel se despierta, desorientado. ¿Qué hace en el suelo?

Se sienta con esfuerzo.

Voltea a un lado para ubicarse. Ve mucha gente que lo observa con atención. Se pregunta por qué, pero la ignora, y sigue sondeando.

Al otro lado, ve a Rafael y Donatelo en una revuelta. Deben de estar jugando a las luchitas. Se soba su cara; le duele de repente, al igual que su mano.

¿Qué hizo que lo no recuerda?

Voltea para otro lado aún sobándose el rostro, y ve a Splinter que se pone de pie con trabajo.

¿Qué hace en suelo también?

Se pone de pie, aturdido todavía.

-¡Qué trancazo debí haberme dado! ¡Pobrecito de mí, me duele todo mi lindo cuerpo!

-Pues sí, eres lindo.- le parece oír, pero también ignora el comentario, o lo que haya sido.

En eso, voltea, y ve a Leonardo en el suelo, también.

-¿Qué les pasa? ¿A qué están jugando que…?- ve sangre en el hombro del chico de cabello negro -¡Leo!

Como de rayo, recuerda lo que ha pasado. Tambaleante, va con su hermano mayor.

Éste, al oír su nombre y reconocer quién es, levanta el rostro, que refleja la alegría de ver que su hermano está bien.

Apenas da unos pasos, y Miguel Ángel presiente esa temible aura. Voltea, y ve a Splinter dirigirse como fiera hacia Leonardo. Cambia su rumbo y va con Splinter.

Leonardo lo sigue con la mirada. Sacude la cabeza, en señal de desaprobación.

-Sensei, espere.- Miguel Ángel intenta detener al adulto de cabello gris que ahora es Splinter.

-¡Miguel Ángel, hazte a un lado! ¡A tu hermano se le agota el tiempo! ¡Aleyda justo está detrás de él!

Miguel Ángel voltea hacia donde está Leonardo, pero no hay nadie con él.

-Pero Sensei…- intenta hacerle recapacitar.

Splinter lo empuja, y cae de sentón.

Leonardo agacha de nuevo la cabeza, muerto de miedo.

Splinter se dirige hacia él, enardecido.

Esta vez no será tan piadoso.

Lleva su puño a su pecho, y solloza, estremeciéndose.

-Earane…- susurra suplicante-… por favor… ayúdanos.

El silencio se hace sentir y escuchar de golpe.

Una calidez nace tímidamente desde el corazón de Leonardo. Es la misma calidez que siente cuando dirige la mirada a la hermosa y pálida niña que se pasea tranquilamente por el cielo nocturno.

Los sollozos y el estremecimiento cesan.

Conforme surge, la calidez cobra fuerza y desplaza todos los inquietantes sentimientos.

La calidez va extendiéndose más allá de su corazón, más allá de su pecho, más allá de sí mismo. Una luz blanca lo envuelve completamente.

Suspira profundamente, y…

Escucha su nombre.

Abre los ojos.

Se pone de pie calmadamente.

Con un ademán de su brazo, ordena a la luz que se expanda abruptamente, abarcándolo todo.

-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-:-