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ESPEJISMO

25. Aprehendidos

Aleya ya se ha alejado una considerable distancia.

-Tonta.- se dice a sí misma, sin dejar de avanzar -Al permanecer demasiado tiempo entre los humanos, has desarrollado la capacidad de sentir todas estas emociones, pero jamás podrás experimentar el amor. ¿Quién podría amarte?

Suspira.

-He traicionado a mi Diosa, pero no me arrepiento. Al menos, pude palpar un poco ese maravilloso sentimiento.

Trastabilla y cae.

De inmediato las sombras se agolpan en torno a ella. La luz que logra colarse entre esas aparatosas sombras, se va extinguiendo lentamente, pero no así un ferviente deseo que surge del corazón de Aleyda.

-Si... se me pudiese conceder… una nueva… oportunidad… desearía… experimentar el amor… desearía… convertirme… en… humano.

La oscuridad es total, finalmente.

-¡Resiste Aleyda!

Miguel Ángel llega tempestivamente. Estando a dos pasos de las almas, repentinamente siente un ligero mareo y casi pierde el equilibrio, pero continúa la marcha.

-Con permiso… Con permiso.

Se abre paso empujando a las almas y llega con Aleyda.

-¡Aleyda!

Se inclina junto a ella y le toma pulso en la muñeca.

Las sombras se agolpan nuevamente.

Aleyda no tiene pulso.

Rafael avanza un poco más allá de donde está Splinter.

-Espera Rafael.

-Lo sé Sensei, pero si no aparecen en dos segundos…

De entre el círculo de almas, salta Miguel Ángel cargando en sus brazos a Aleyda.

Splinter, Rafael y Donatelo miran atónitos cómo Miguel Ángel se eleva hacia el cielo, cómo se gira y les da la espalda y cómo aterriza sobre el risco donde yacen Leonardo y Yuder.

Se escucha una fuerte caída.

-Fue un aterrizaje forzoso.- dice Rafael al escuchar el fuerte golpe.

-Hijos, intentemos llegar arriba nuevamente. Los Noris se aproximan.

Se reúnen los tres y voltean para quedar de frente al risco, se toman de las manos y suben lentamente.

Logran escuchar el arremolinar del agua por el avance los Noris, pero ya están lejos de ellos.

Aterrizan con suavidad sobre el risco.

En cuanto aterrizan, ven que Miguel Ángel no se mueve, y tampoco Aleyda, se acercan a ellos rápidamente.

Rafael quita a Aleyda de encima de Miguel Ángel.

Splinter revisa a Miguel Ángel y Donatelo a Aleyda.

-Miguel Ángel está inconsciente, pero bien. Tan cerca estuvo de los Mitzles, que perdió todas sus fuerzas. Afortunadamente consiguió llegar hasta aquí.

-Dios mío…- susurra Donatelo -Ella no respira.

Splinter y Rafael se mortifican al oírle decir tan desalentadoras palabras.

Donatelo no pierde tiempo: coloca sus manos bajo el esternón de ella. Va a aplicar la resucitación.

-¡Aléjate de ella!

Los tres voltean al escuchar una potente voz.

Ocho individuos altos y de apariencia similar a la de la Itzama Aleyda, están a poca distancia de ellos.

-Y estos, ¿de dónde salieron?- Rafael se pregunta en voz alta.

Ninguno de los tres se dio cuenta de la llegada de esos hombres.

Cuatro de ellos se acercan y uno amenaza a Donatelo con el arma que trae entre las manos.

-Aléjate de la Itzama Aleyda.

-Pero ella…

Otros dos se acercan a Leonardo y dos más a Yuder.

Todos traen largas lanzas.

El hombre avanza temerariamente hacia Donatelo, él no tiene más remedio que levantarse y hacerse a un lado.

Enseguida ese hombre toca a Aleyda con la punta de la lanza, de la que sale un pequeño destello de luz. Ella sufre una sacudida ligera y deja escapar un suspiro.

Respira nuevamente.

-¿Qué fue lo que hizo?

-Sólo restablecí un poco de su energía perdida. Estará bien, al menos hasta que vea a la Diosa Kimnale.

Los ojos de ese individuo brillan con malicia.

-¡Yuder! ¡Vamos! ¡Levántate!

Otro individuo pincha un costado de Yuder. En la punta de la lanza también aparece un pequeño resplandor.

-¡Aah!- se queja Yuder al recuperar el conocimiento; es como si hubiese recibido una pequeña descarga eléctrica.

-¡Levántate!– ordena nuevamente el individuo.

Mientras Yuder se pone de pie, Aleyda, que ya se ha levantado, es alejada, por dos de esos hombres, de los cuatro intrusos, quienes son vigilados por los otros dos que permanecen con ellos.

-Por favor, dejen ir a los mortales… Ellos… yo los traje… Ellos… No es su culpa.

-Le pido que guarde silencio Itzama Aleyda. Ya le explicará a la Diosa Kimnale sobre sus acciones.

-Sensei…- dice Miguel Ángel que apenas está despertando -¿Y Aleyda?

-Ella está bien hijo, gracias a ti.

Miguel Ángel sonríe de gusto por haber podido ayudar.

-¿Puedes levantarte?

-No.- responde sumamente cansado, pero logra sentarse -¿Ellos… son de la… Guardia de Kibalch?- pregunta al ver a esos individuos corpulentos y armados.

-¿De la Guardia? Yo supongo que sí Miguel.- responde Donatelo -No se presentaron así mismos. Es recomendable seguir sus instrucciones, o empeoraremos nuestra situación.

-¿Escuchaste, Rafa? Nada… Nada de querer darse a la fuga.- le propone Miguel Ángel, a pesar que siente que se desmayara.

-Haré de cuenta que no escuche.

-Conservemos la calma, hijos.- pide Splinter -Confiemos en que Itzama Aleyda remediará los posibles malentendidos que hemos provocado con nuestra presencia en este mundo que es ajeno a nosotros.

-Ustedes, guarden silencio.- ordena un guardia.

Rafael le mira con cara de pocos amigos, pero se aguanta el coraje.

Uno de los que vigilan a Leonardo, lo examina con detenimiento.

-¡Vaya Yuder! ¡Esta vez te luciste! ¡Qué magnifico ejemplar le llevarás a la Diosa Kimnale!

-Eso mismo… espero… que opine la Diosa.- dice Yuder, apenas recuperándose.

-¿Un ejemplar, que le llevará a la Diosa Kimnale?- le pregunta Aleyda, desconcertada.

Yuder se limita a sonreírle.

-¡Explíquese! ¿Qué quiso decir que llevará a Leonardo con la Diosa Kimnale, si ella…?

-Itzama, no me obligue a hacerle entender usando la fuerza; le he pedido que guarde silencio.- le advierte uno de los que la custodian a ella.

Aleyda accede. Estando con la Diosa, ya le explicará a ella todo. Ellos sólo obedecen.

-¡Vamos!- ordena uno que parece ser el comandante de ese comité de bienvenida.

Aparecen a los pies de cada grupo, un círculo luminoso que, sirviendo de plataforma, se eleva, llevando por los aires a los prisioneros, a Yuder y al Mitzel, que sigue inconsciente.

En El Kibalch no sopla ninguna brisa, pero las ropas de los guardias y las bandanas de las tortugas ondean por la pequeña corriente de aire que se forma por el desplazamiento de las plataformas circulares que los conducen hacia una construcción que ya no está lejos.

Pareciera que han transcurrido horas, pero sólo han pasado unos minutos, y Leonardo no despierta.

Miguel Ángel le mira con tristeza.

Rafael se le acerca y se arrodilla a su lado.

-Tranquilo Miguel,- posa una mano sobre el hombro de él -está bien.

-Entonces, ¿por qué no ha despertado?- pregunta sin apartar la vista.

-Los Mitzles son seres muy sensibles.- interviene un guardia -El alma ha abandonado el cuerpo, pero al llegar aquí, adquiere la forma corpórea que tenía cuando estaba en la Tierra, al igual recobra la capacidad de discernir, de sentir y de percibir, salvo que estas capacidades se duplican; es necesario, ya que requerirá de toda la entereza adquirida durante su vida, para que logre llegar cuanto antes con la Diosa Kimnale. Si le toma demasiado tiempo, puede convertirse en un Nori y…

-Esa parte ya la sabemos.- Rafael aclara.

-El golpe que recibió,- sonríe burlonamente el guardia -fue demasiado para una creatura tan frágil, sobre todo viniendo de su hermano.

Rafael y Miguel Ángel, incluso Splinter, Donatelo y Aleyda voltean a verle.

-¿Cómo sabes que…?- pregunta Rafael, sorprendido.

El guardia inmediatamente apunta con la lanza a Rafael, obligándolo a recordar, a regañadientes, que debe guardar silencio.

A Aleyda no le está gustado nada cómo están transcurriendo las cosas. Primero, los guardias actúan como si conocieran a Yuder, ahora, demuestran que conocen a las tortugas. ¿Cómo es que están enterados de todo esto?

¿Qué es lo que está pasando?

Sólo espera que la Diosa Kimnale termine pronto con todo este caos.

Miguel Ángel agacha la cabeza, acongojado.

Se recrimina haber tenido tan estúpida idea. Hubiera mandado a dormir sólo a Yuder, y a Leonardo le hubiese hablado para convencerlo de regresar con ellos a la Tierra, pero creyó que así iba más fácil llevárselo y no perder más tiempo. Ahora sólo espera no haberle herido gravemente. No ha ayudado en nada a su hermano mayor. De haber estado con él todo el tiempo, como se lo prometió a Aleyda, él hubiera evitado a cualquier precio que Yuder lo hiriera tan feo en el hombro. Ahora… su propia mano lo ha lastimado.

Un estorboso nudo se forma en su garganta y sus ojos se humedecen.

No ha hecho nada por su hermano, en cambio Leonardo… siempre… siempre…

Muy a su pesar, las lágrimas logran escabullirse de su corazón y resbalan por sus mejillas.

Rafael lo abraza.

-Tranquilo hermanito, has hecho lo que pudiste.- susurra con delicadeza.

Miguel Ángel corresponde al abrazo. Aferra a Rafael con fuerza y esconde su cara, que se le cae de vergüenza, en el plastrón de su hermano.

Nadie dice nada porque en los corazones de cada uno de ellos ha aparecido la vergüenza también, reconociendo que tampoco has sido de mucha ayuda. Permanecen en silencio, escuchando el quedo sollozo de Miguel Ángel; y aunque quisieran decir algunas palabras de confort para Miguel Ángel y para sí mismos, no pueden hablar.

Aleyda se reconforta pensando en que finalmente Yuder recibirá el castigo que merece. Lo han apresado, y esta vez, no tiene manera de escapar.

Yuder no aparta la vista del lugar donde arribarán.

Incluso, sonríe.

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