Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.

Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.


Shinjuro dejó a un lado el recipiente que sostenía. Se había levantado recientemente y ya había comenzado a beber. No era estúpido, sabía de sobra que debía cortar, pero no era capaz.

El sake le proporcionaba un consuelo que nadie más era capaz de ofrecerle. Algo que él necesitaba desesperadamente.

Y tener que aguantar todos los días, consciente de que el día menos pensado llegaría un cuervo notificando la muerte de Kyojuro, no ayudaba para nada. Él prefería beber y olvidar, aunque fuera por cortos espacios de tiempo.

¿Qué importaba la gloria? ¿O el orgullo y el honor? Sólo eran excusas para hacer que la gente se sintiera mejor. Odiaba el hecho de que, siendo joven, él también se hubiera visto deslumbrado por eso. Ahora entendía, a sus treinta y nueve años, que eso sólo terminaba por conducir a una temprana muerte.

Frunció algo el ceño al ver, desde el patio, a su hijo menor barriendo la entrada de las hojas que habían caído. Era él quien se encargaba de hacer las tareas domésticas todos los días.

Casi parecía que no servía para otra cosa. Tenía por hijos a dos inútiles, uno que parecía desear morir joven y el otro que lo único que sabía hacer era limpiar.

¿Qué había hecho él para merecer eso? Apretó los dientes mientras sentía que la rabia le invadía. Se levantó y, andando como pudo, fue hacia donde estaba Senjuro.


Kyojuro se terminó de colocar la ropa que le habían prestado mientras la suya se secaba. Estaban alojándose en la única posada del pueblo. Habían alquilado dos habitaciones para poder descansar el resto de la noche.

No eran demasiado grandes, pero tenían lo imprescindible para poder descansar provisionalmente.

Esperaba que sus uniformes estuvieran secos para la mañana siguiente y pudieran irse. Estornudó con fuerza en ese momento, era bastante probable que, al saltar al pantano para salvar a Sumiko, hubiera cogido algo de frío, pues ese agua había estado helada.

Lo prioritario era ver cómo se encontraba su pupila, se dijo. Su salud en esos momentos era algo secundario. Salió del cuarto y llamó un par de veces a la puerta que tenía enfrente.

—Adelante— oyó a Nezuko y entró. El cuarto de las dos hermanas era idéntico al suyo, observó mientras se acercaba a la cama.

Sumiko yacía ahí, sentada. Seguía estando algo pálida. Nezuko estaba sentada en la cama a su lado.

—¿Cómo estás? —preguntó el hombre, acercándose mientras sonreía un poco.

—Mejor— admitió Sumiko.

Nezuko se incorporó en ese momento y miró seria a Rengoku-¿Podemos hablar un momento en privado?-pidió y el Pilar, tras un instante de vacilación asintió y los dos salieron, dejando a Sumiko sola.

Nezuko se detuvo en el pasillo, seria. Llevaba dando vueltas a lo mismo desde hacía tiempo, y, con lo ocurrido antes, lo tenía más claro que nunca.

—Para ser más fuerte tengo que comer humanos, ¿verdad? —no le gustaba andarse con rodeos, prefería ser directa.

Kyojuro frunció el ceño y la miró—.Ya hemos tenido esta conversación-no le agradaba nada todo eso-Si te comes un humano, sólo uno, perderás el voto de confianza que te ha dado el patrón del Cuerpo.

— ¿Hay alguna otra forma?— preguntó ella, sin darse por vencida.

—No que yo sepa —zanjó Rengoku —.Y te agradecería no volverlo a preguntar eso.

—¿Qué tan malo es querer ser más fuerte? —preguntó Nezuko, molesta por su actitud.

—La misión de los cazadores de demonios es evitar que los demonios sigan campando a sus anchas devorando humanos-le recordó el hombre.

La demonio se mordió la lengua para evitar responder que ella no lo era. Iba a tener que encontrar otra forma de hacerse fuerte, decidió, pero estaba claro que se las tendría que apañar sola.

Rengoku se relajó algo cuando se quedó solo. Nezuko había vuelto a entrar en la habitación. Suspiró un poco, no era que no fuera capaz de entender la postura de la demonio, pero, con esa actitud les ponía a todos en peligro y hacía que él no confiase plenamente en ella.


Muzan se detuvo delante del callejón y, tras mirar a su alrededor, asegurándose de que nadie se fijaba en él, se adentró en el lugar.

El olor de esa zona era asqueroso, había bolsas de basura a ambos lados y, si su olfato no se equivocaba, cucarachas y ratas. Pero eso no era lo que le interesaba.

Apoyado contra la pared para no caerse, había un hombre. A juzgar por el olor que desprendía, estaba borracho, pensó Muzan mientras se acercaba a él.

El humano se giró y sus miradas se encontraron. Los ojos de color castaño del borracho se abrieron como platos y dio varios pasos, descoordinados y vacilantes hacia atrás.

El padre de los demonios no se detuvo, pero tampoco aceleró, consciente de que, en ese estado, su presa no llegaría lejos. No saldría de ese callejón con vida.

Debido a su estado de embriaguez, su víctima tropezó y cayó al suelo. Trató de levantarse, pero fue incapaz de levantarse de nuevo.

Muzan se detuvo frente a él y se puso de rodillas, quedando a la altura del humano. Los borrachos no eran del todo de su agrado, el alcohol afectaba bastante al sabor, pero, tenía la suficiente hambre como para pasar eso por alto en ese momento.

Alzó el brazo derecho y, a una velocidad pasmosa, lo hundió en el pecho de su víctima, atravesando su corazón.

—Nakime —dijo entonces, y el sonido de una biwa, un instrumento de madera tradicional japonés, resonó en el lugar. El entorno se difuminó y ambos, Muzan y el cadáver, aparecieron en la base del rey de los demonios y su guardia personal.

Era un lugar formado por múltiples habitaciones de estilo tradicional japonés. Un auténtico laberinto creado a partir de la técnica de sangre de Nakime, quien tenía completo control sobre este, pudiendo alterar su aspecto y la distribución de las habitaciones con sólo tocar su instrumento.

—Mi señor —saludó con respeto la susodicha. Se encontraba unos metros más arriba de donde Muzan estaba. Sentada sobre la pared tranquilamente.

Muzan, pese a no poder ver el único ojo de la mujer, bien tapado por el flequillo que cubría su frente, sabía que estaba pendiente de él.

—Convoca a Akaza y a Douma —ordenó él entonces, serio. Ella obedeció de inmediato y su instrumento resonó dos veces por el lugar.

El rey de los demonios esperó mientras aparecían en el lugar y se arrodillaban ante él.

—¿Has conseguido información sobre lo que te pedí? —preguntó clavando la mirada en Akaza.

Akaza, la Tercera Luna Superior, era un demonio de apariencia humanoide. Tenía la piel de un tono grisáceo, el pelo corto de un color rosa claro y los ojos de un color amarillento, en los que se podía ver, escrito en kanji, el rango que ostentaba, mientras que sus escleróticas estaban surcadas por finas líneas azules.

Vestía una chaqueta sin mangas de color púrpura oscuro y unos pantalones holgados blancos que le llegaban hasta la rodilla. Los llevaba sujetos a su cintura con una cuerda azul. Iba descalzo, como de costumbre, observó Muzan.

—No, mi señor —respondió Akaza, serio. Muzan asintió, era lo que se había estado esperando, llevaba casi un siglo buscando esa flor y no había sido capaz aún de hallarla.

Douma miró de reojo a Akaza, esperando ver cómo recibía un castigo por parte de su señor por ese fracaso, así que, cuando transcurrieron unos segundos sin que nada sucediera, no pudo evitar sentir decepción.

—Por eso mismo, Douma pasará a hacerse cargo —explicó Muzan —Quiero que hagas uso de las humanas que forman parte de la secta que diriges.

—¡Pero, mi señor…!— comenzó a protestar Akaza, pero la mirada de su señor le hizo enmudecer de inmediato. Si algo odiaba Muzan era esa actitud.

—Es momento de cambiar de estrategia —siguió hablando— Además, he tolerado mucho tiempo lo que estás haciendo, Douma. Es momento de que me demuestres que pueden ser útiles.

—No os decepcionaré, mi señor.—El entusiasmo y la alegría eran evidentes en la voz del demonio rubio. Era la primera tarea importante que recibía Douma desde que se había convertido en demonio.

Akaza, en cambio, no parecía para nada contento, aunque no se atrevía a expresarlo en voz alta.

—Esto es todo por el momento —dijo Muzan, dándoles la espalda, finalizando la conversación.

Nakime tocó dos veces su instrumento para mandarlos de vuelta a su localización anterior. El rey de los demonios se relajó, por fin, aunque sabía que Akaza no daría problemas, pese a su descontento, no le había gustado tener que mandarle esa tarea a Douma.


Douma miró a su alrededor, volvía a estar en su habitación del templo. Se colocó bien en el cojín rojo en el que solía sentarse y miró al frente. Sus seguidores comenzarían a llegar en breve y, por experiencia, el demonio sabía que Muzan esperaba que se pusiera manos a la obra cuánto antes.

Se enderezó un poco. No faltaba mucho para que fuera de noche, quizá saliera a alimentarse un poco. Podría ser que tuviera suerte y se alimentase de una mujer embarazada, que eran las más nutritivas.

Aunque a veces hacía excepciones, siempre y cuando su señor daba el visto bueno, había creado nuevos demonios. Muchos habían durado poco, salvo tres excepciones. Sonrió un poco al pensar en eso.

En ese momento, oyó dos golpes suaves que daban a la puerta.

—¿Sí? —preguntó mientras se colocaba bien la ropa que se le había arrugado algo al levantarse.

— ¿Está listo ya, mi señor?— preguntó una mujer menuda, que le estaba esperando en el pasillo—. Los fieles le están esperando en el templo.

Douma la miró y asintió. Kaede era una de las mujeres que más tiempo llevaba ahí. El pelo, otrora negro, comenzaba a tener alguna que otra cana ya, aunque sus ojos castaños seguían mostrando la misma amabilidad que cuando llegó al templo. ¿Qué debía tener ya? ¿Más de cincuenta años? El demonio, que no tenía la misma noción de los años que los humanos, no estaba seguro de esas cosas.

—Muchas gracias, Kaede —dijo, siguiendo a la mujer hacia allí, dando vueltas mentalmente a cómo encargarles esa tarea.


Akaza dio un puñetazo al árbol más cercano, rompiendo el tronco en el proceso y tirándolo al suelo. Apenas podía controlar la ira que sentía por verse, de nuevo, opacado por Douma. Primero perdía contra él su puesto como Segunda Luna Superior y ahora esto.

¿Y qué si él tenía humanos a su servicio? Eran débiles y morían enseguida, eran criaturas realmente patéticas. Apretó los dientes y siguió andando por el bosque en el que estaba.

Tenía que hacer algo para recuperar lo que había perdido, el problema era que, por más que se alimentaba para ganar más poder, nunca era suficiente, Douma iba siempre varios pasos por delante.

Necesitaba distraerse de alguna manera, no es que tuviera mucho que hacer, pero podría cazar. La euforia de ese momento siempre conseguía ponerle de buen humor.

Se concentró y trató de percibir la fuerza vital de los humanos cercanos, era una de sus habilidades, todo ser viviente emanaba una energía, en función del poder que poseía y él tenía la capacidad de captarla.

Podía seguir buscando la flor, si era capaz de encontrarla antes que Douma, estaba seguro de que, al menos, recuperaría la confianza de su señor.


Sumiko andaba callada por el distrito comercial del pueblo. Había bajado ahí desde la Mansión de las Mariposas, aprovechando que no tenía ninguna misión por el momento.

Quería comprarle un regalo a Nezuko, se acercaba su cumpleaños y la chica quería utilizar su primera paga para tener un detalle con ella.

Lo primero que se le había ocurrido había sido comprarle algo de ropa, pero, dado que, gracias a Shinobu, su hermana tenía un kimono nuevo, quizá fuera mejor buscarle algún adorno para el pelo. Algo bonito con lo que pudiera mantenerlo recogido.

Había pensado en comprarle un lazo o un pasador, pero no terminaba de encontrar alguno que pudiera ser de su agrado.

Nezuko no era una persona ostentosa, así que, lo más seguro sería escoger algo simple, pensó, mientras observaba los productos a la venta, hasta que, una cinta de color rosa captó su atención.

La cogió y la examinó de cerca, asegurándose de que no tuviera ningún desperfecto y sonrió un poco al no ver nada. A su hermana le encantaría, pensó satisfecha.

Se acercó a la dependienta y sacó varias monedas para pagar.


Cuando llegó a la Mansión no le sorprendió demasiado ver que había algo de movimiento. Por desgracia era bastante habitual tener que tratar heridos, en condiciones normales, Aoi, Sumi, Kiyo y Naho solían apañárselas bien solas, pero alguna ocasión, Kanao y ella habían tenido que intervenir.

Olvidándose por el momento del regalo de su hermana, se dirigió directamente a la enfermería. No se quedaría tranquila hasta no estar segura de que no podía hacer algo por ayudar.

El olor a sangre inundaba la estancia, eso fue lo primero que notó la joven. Sólo había dos camas ocupadas, una por el chico del pelo rapado a los lados, al que Sumiko no veía desde la Selección Final, y la otra cama, por otro cazador.

— ¿Qué ha pasado? —preguntó, acercándose a Aoi, quien estaba rellenando una palangana con agua.

—Ah, ya estás aquí, Sumiko —comentó Aoi mirándola de reojo y suspiró—.Nada demasiado grave.

— ¿¡Nada demasiado grave!?-gritó entonces el otro— ¡He perdido tres dedos, joder!

Sumiko le observó —¿Puedo hacer algo por ayudar? —susurró, pero Aoi negó, ya habían terminado.

—No, pero gracias de todas formas —dijo mientras volvía a la tarea, dejando a Sumiko ahí, quien entendiendo que estorbaba, se retiró rápidamente y fue a buscar a su hermana.

La encontró en su habitación, sentada en la cama. La demonio estaba intentando peinarse, pero, la cantidad de enredos que tenía en el cabello estaba dificultando mucho la tarea.

— Nezuko —la llamó Sumiko mientras avanzaba y se colocaba a su lado —.Si quieres, lo puedo hacer yo.

—A ver si tú eres capaz —gruñó la otra, entregando el cepillo y dando la espalda a la mayor. Sumiko reprimió la risa y se puso manos a la obra.

—Tienes más tirones de lo que esperaba —comentó al rato, lo estaba haciendo con la mayor delicadeza que podía, pero, de vez en cuando, Nezuko siseaba a modo de protesta.

Cuando por fin desenredó todo el cabello de su hermana, Sumiko sacó la cinta y comenzó a recoger el pelo de su hermana.

—Te he comprado una cosa —dijo mientras, que con ayuda del cepillo, recogía el pelo en una coleta —.Creí que, teniendo el pelo así, estarías más cómoda-añadió al darse cuenta de que Nezuko no decía nada.

—No tenías por qué —le comentó la demonio mientras se tocaba el pelo recogido.

—Quería —reconoció Sumiko, sonriendo con algo de tristeza. Nezuko la abrazó sin decir nada y las dos hermanas se quedaron así un rato, en silencio.


Ubuyashiki sonreía contento, cada vez que tenía la oportunidad de celebrar la reunión con los Pilares se sentía aliviado. Saber que todos se encontraban bien le quitaba un peso de encima.

Además, ahora mismo, contaba con más Pilares, Obanai Iguro y Muichiro Tokito se habían sumado meses atrás a sus filas y esa era su primera reunión.

Obanai era un hombre menudo, de cabello negro corto y ojos con heterocromía, teniendo uno de color ámbar y el otro de tono celeste. Vestía el uniforme de los cazadores de demonios y un haori a rayas blancas y negras.

Muichiro, un joven de catorce años, tenía el pelo largo, que le llegaba hasta la cintura, era de color negro, aunque las puntas eran de un tono verde menta. Sus ojos, de un color verdoso, se mantenían vacíos, como si el joven fuera incapaz de sentir emociones. Al contrario que el resto de sus compañeros Pilares, no llevaba haori sobre su uniforme.

Aunque su enfermedad le había arrebatado ya la visión, se negaba a que su esposa le relevase de esa tarea. Pensaba seguir acudiendo hasta que su cuerpo no diera más de sí.

—Buenas noches, mis queridos Pilares —saludó mirando al frente.

—¡Nos alegra ver que sigue gozando de buena salud, mi patrón! —la voz de Kyojuro respondió a su saludo y el hombre miró en esa dirección, oriéntandose por la procedencia de esta.

— Muchas gracias, Kyojuro— contestó manteniendo su sonrisa tranquila. Decidió empezar la reunión revelando la existencia de Nezuko a los dos nuevos Pilares. Aunque sus reacciones fueron las que esperaba.

—Los demonios no son de fiar —protestó enseguida Iguro, frunciendo el ceño y mirando a su patrón —.Nuestro deber es acabar con todos.

—Han pasado muchos meses desde que se convirtió en demonio —explicó Ubuyashiki con calma— .Y aún no se ha comido a ningún humano.

Kyojuro se mordió el labio, no había contado a nadie las conversaciones que había mantenido con la demonio y, seguía creyendo que lo mejor era no decirlo. No era que guardar secretos le gustase, pero no quería que eso ocasionase la muerte de la propia Nezuko y de Sumiko.

—A mí no me importa —dijo entonces Muichiro, manteniendo esa expresión vacía.

—Sigo pensando que es un error mantener con vida a un demonio—intervino Shinazugawa.

— Kyojuro, tú eres quien se encarga de mantenerla vigilada, ¿qué opinas?— preguntó Ubuyashiki, esperando que el Pilar de las Llamas pudiera ayudar a disipar esa desconfianza.

—¡Nezuko Kamado no ha lastimado a ningún ser humano! —exclamó enseguida Rengoku—¡Ha ayudado en más de una ocasión a su hermana a luchar contra otros demonios!

—¿Y? Eso no demuestra nada —opinó Iguro, serio.

—Al contrario —intervino, por primera vez, Shinobu—. Tenemos más pruebas de que no lo va a hacer, que de lo contrario.

Kyojuro sonrió un poco, mirando en dirección a la Pilar de los Insectos, agradeciendo su apoyo.

—Así es —concedió Ubuyashiki —.Además queda el asunto del ataque a su familia. Seguimos investigando la razón tras eso, pero, por el momento, lo único que podemos tener claro es que fue personal.

Muichiro y Obanai miraron confusos al patrón, pero este, quizá dándose cuenta de que ellos desconocían aquello, lo aclaró enseguida.

—Muzan Kibutsuji asesinó a toda la familia de Sumiko Kamado y convirtió a una de sus hermanas en demonio —explicó —Por lo que Kyojuro nos contó, dejó todos los cuerpos intactos.


Había sido Kanroji la que había insistido en que todos los Pilares fueran a celebrar la incorporación de los dos nuevos.

— Yo tengo cosas que hacer —se disculpó enseguida Giyu Tomioka, intentando marcharse.

—Oh, vamos —se metió Shinobu —.Tenemos pocas oportunidades así. Socializar un poco no te hará ningún daño.

—Yo no soy como vosotros —insistió Tomioka, que no daba su brazo a torcer aún.

—¿¡A qué te refieres, capullo!?—Sanemi le agarró de la pechera del uniforme. Detestaba a la gente con esa actitud.

—Vamos, por favor, no os peguéis.— Kanroji no aguantaba esos momentos, no le gustaba ver a sus compañeros pelear y trató de separarlos antes de que la situación fuera a peor.

—Exactamente lo que he dicho.—La respuesta de Tomioka no hizo si no que empeorar la situación y, si Tengen Uzui no hubiera sujetado su brazo libre, Sanemi hubiera intentado darle un puñetazo.

—Si él quiere marcharse, no merece la pena insistir.

—¡No debemos pelearnos entre nosotros! —Kyojuro, que había estado observando en silencio hasta entonces, decidió opinar.

Sanemi gruñó y, con desdén, soltó a Giyuu —.Haz lo que te dé la real gana, imbécil.

Giyuu se sacudió algo la chaqueta y, tras despedirse de manera breve de los presentes, se fue sin más.


Rengoku andaba tambaleándose un poco, Shinobu le ayudaba a caminar como podía, apenas era capaz de aguantar el peso del rubio, mucho más alto y fornido que ella.

Pero el Pilar de las Llamas no estaba en condiciones de andar solo en ese estado. Había bebido más sake de la cuenta.

Kyojuro, en esos momentos, andaba riéndose de algo, la mujer había dejado de prestarle atención y centraba toda su atención en avanzar, tenían que llegar a la Mansión de las Mariposas antes de que comenzase a nevar.

—Has tomado demasiado alcohol —comentó al rato, cuando su compañero dejó de reír.

—¡No!-protestó el otro enseguida —¡Estoy perfectamente!

El tono de voz cortante del hombre y el malhumor que destilaban sus palabras pilló desprevenida a Shinobu, quien guardó silencio y trató de seguir avanzando.

—¡Puedo andar perfectamente! —Pero Kyojuro no parecía dispuesto a dejar la conversación.

— Vamos, falta poco para llegar —trató de aplacarle ella, no se lo podía tener en cuenta.

—¡Suéltame! —exigió él, dando un brusco tirón, que provocó que ambos cayeran al suelo.

Shinobu se levantó rápidamente y apretó los dientes. Kyojuro estaba en silencio mirando al frente y parecía haberse dado cuenta de algo, a juzgar por su expresión. Pero, lo que menos esperaba la mujer fuera que rompiera a llorar en silencio.

—¡L-Lo siento! —se disculpó enseguida Kyojuro tratando de levantarse —¡N-No sé qué me pasa!

—Mañana estarás mejor— trató de tranquilizarle con esa pequeña e inofensiva mentira— .Pero tenemos que llegar para que te puedas acostar.

— No quiero que me vean así… —protestó Kyojuro, fallando de nuevo en su intento de levantarse, aunque, esa vez, Shinobu le ayudó y, una vez volvió a apoyar ligeramente al hombre sobre ella, retomaron el camino.

—No te verá nadie —le aseguró ella.

—No…No quiero parecerme a mi padre…—El miedo en la voz de Kyojuro era evidente y Shinobu no supo qué decir. Todos los Pilares eran conocedores de los problemas de Shinjuro con la bebida, pero no sabía cómo reaccionar ante la vulnerabilidad de su compañero.

—Tú no eres Shinjuro —optó por decir, esperando que eso fuera suficiente para calmarle.

Kyojuro la miró —.Gracias…


A la mañana siguiente, despertar fue un verdadero suplicio para el Pilar de las Llamas, sentía que la cabeza iba a estallarle del dolor que sentía. La luz, que entraba desde la ventana, era demasiado intensa y, los ruidos que hacían las chicas por la casa, sólo conseguían aumentar su dolor de cabeza.

Gruñó un poco y se masajeó la sien con las manos. ¿En qué momento pensó que era buena idea beber? La curiosidad había podido con él, queriendo entender el atractivo que el alcohol tenía y lo lamentaba profundamente.

No volvería a beber alcohol de nuevo, ni siquiera estaba seguro de lo que había ocurrido, sus recuerdos se desvanecían y sólo era capaz de recordar los primeros momentos de la celebración.

—Oh, veo que ya te has despertado, Rengoku —comentó Shinobu, que acababa de entrar en el cuarto y cerraba tras de sí —¿Cómo estás?

—La cabeza me va a estallar —confesó, ni siquiera tenía fuerza para hablar con su habitual tono alto.

—Lo suponía, ten —dijo la mujer tendiéndole un vaso de agua y una pastilla —.Esto debería mitigar tu dolor de cabeza.

—Gracias…— El hombre se metió la pastilla en la boca y la tragó dando un pequeño sorbo de agua.

—Acuéstate y descansa-pidió Shinobu —.En un rato, si te encuentras mejor, te traeré algo de comer.

Kyojuro obedeció enseguida, se tumbó y cerró los ojos, no estaba cansado, pero de esa manera se sentía mejor, comprobó con cierto alivio. No, desde luego no iba a volver a beber.


Sumiko escuchaba seria su nueva misión. Se habían reportado numerosas desapariciones en la ciudad de Asakusa y la policía no tenía ninguna pista, lo que les hacía sospechar de que el responsable era un demonio, pues no era la primera vez que estaban detrás de sucesos así.

Le tranquilizaba el hecho de que, para esa misión, la iba a acompañar Kanao. A decir verdad, le gustaba la idea de poder pasar tiempo con la, que a esas alturas, consideraba su amiga.

Kanao había ido a avisar de ello a Shinobu, así que, Sumiko tendría que hacer lo mismo con Rengoku.

Fue a buscarlo y, al no verlo por ninguna parte de la mansión, supuso que estaría en su dormitorio. Entrar y despertarlo si estaba dormido, sería muy descortés por su parte, se dijo la chica. Aunque marcharse sin despedirse también le sabía mal.

Y así se lo hizo saber a Shinobu cuando la encontró hablando con Kanao en el pasillo.

—No te preocupes —la tranquilizó la mujer, sonriendo con amabilidad-Yo se lo diré después.

—Gracias, Kocho —murmuró Sumiko, aliviada.

—¿Tenéis todo ya? —preguntó la Pilar de los Insectos, cambiando ligeramente de tema.

—¡Sí!— exclamó Sumiko, colocándose bien los tirantes de la cesta en la que viajaba Nezuko.

—Para llegar a Asakusa, tendréis que tomar el camino que atraviesa el pueblo hacia abajo. Si vais a buen ritmo, deberíais tardar menos de una semana en llegar-les indicó la mujer mientras las acompañaba hasta la puerta para despedirlas.


Kanao miraba al frente callada, habían parado a descansar un poco tras haber estado todo el día andando. Había anochecido y caía una fina lluvia, que les había obligado a refugiarse en una cueva que encontraron.

No era demasiado grande, pero sí lo suficiente como para poder pasar ahí la noche. Nezuko salió de la cesta y se sentó al lado de su hermana, observando con cierto recelo a la otra chica.

— Nos toca ir a la ciudad de Asakusa— comenzó a explicar Sumiko —.La policía sospecha que hay demonios ahí.

Nezuko asintió y, notando que su hermana mayor parecía cansada, tomó una decisión —.Podéis dormir, yo puedo hacer guardia—ofreció.

Sumiko aceptó de inmediato y se quitó su haori, lo dobló un poco y lo colocó sobre el frío suelo de piedra, a modo de almohada y se tumbó ahí mismo.

Kanao dudó un poco, pero no podía negar que, de andar todo el día estaba algo cansada, así que, terminó por aceptar e imitar a su amiga.

Nezuko, cuando las dos hubieron cerrado los ojos, avanzó hasta la entrada de la cueva y se sentó ahí, mirando al frente, atenta a cualquier sonido que perturbase la tranquilidad de la noche.

Pensaba cumplir bien esa tarea, la seguridad de su hermana dependía de eso, se dijo a sí misma.

La lluvia seguía cayendo, con mayor intensidad, y la demonio captaba el olor a humedad que comenzaba a haber.


Durante los días que siguieron viajando hacia Asakusa optaron por repetir ese esquema. Las dos humanas viajaban durante el día, mientras que Nezuko dormía y, por la noche, la demonio montaba guardia mientras ellas descansaban.

Era la mejor manera de proceder y, las reservas de Kanao sobre Nezuko comenzaban a disminuir, no confiaba del todo en ella, pero sí se fiaba lo suficiente.

Para orientarse bien en el camino les había tocado preguntar a la gente que se encontraban por el camino.

Pero, poco antes de llegar a la ciudad, decidieron, por precaución, enviar un cuervo a la comisaría de policía para anunciar su llegada.

Las dos chicas observaron al ave de Kanao alejarse y se quedaron cerca de la entrada a Asakusa esperando.

—¿Crees que será un demonio poderoso? —preguntó Sumiko.

—Pronto lo sabremos, supongo —murmuró Kanao. No podían dudar tampoco, era su deber encargarse de los demonios.


Muzan leía detenidamente los documentos que tenía delante. Hacerse pasar por un alto cargo del ayuntamiento de Asakusa requería más responsabilidad de la que le hubiera gustado para algo temporal.

Encima, suplantar a un humano tomaba semanas, para conocer bien sus hábitos y su estilo de vida, algo que Muzan trataba de hacer de la forma más convincente posible. Era algo que procuraba hacer con el mayor cuidado.

Y ya se le estaba acabando el tiempo, nunca estaba haciendo eso más allá de unos meses, cuánto menos llamase la atención mejor. Aunque lo importante era limpiar su rastro después, así llevaba esquivando a los Pilares del Cuerpo de Cazadores de Demonios.

Tenía la ventana del despacho abierta, dejando que el fresco de la noche entrase. Podía oír desde ahí el bullicio de la calle.

Levantó la mirada de lo que estaba leyendo al sentir la presencia de un demonio en el balcón. Giró la silla y miró en esa dirección sin alterarse, sabía ya de quién se trataba.

Kokushibo estaba arrodillado ante él, mirando al suelo.

—Mi señor —saludó respetuoso.

—¿Qué ocurre, Kokushibo? —preguntó levantándose y dando un par de pasos hacia él.

—Sumiko Kamado y su hermana están aquí, en la ciudad—le informó su subordinado.


Bueno, y hasta aquí es el quinto capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.

Así que, nos vemos el mes que viene con el sexto capítulo.

¡Hasta la vista!