Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.

Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.


Rengoku se detuvo vacilante delante de su casa, había decidido pasar a hacer una visita a su familia, pero, ahora que se encontraba ahí, la duda le invadía y se había quedado plantado.

Eso no era lo habitual en él, sin embargo, después de lo ocurrido en aquella fiesta, las cosas habían cambiado. Se parecía más a su padre de lo que le hubiera gustado.

Se había prometido a sí mismo no volver a tomar alcohol, pero ese temor no desapareció, sólo quedó relegado a un rincón de su mente.

Suspiró, no podía quedarse eternamente parado, reuniendo un valor que estaba muy lejos de sentir, avanzó hacia la entrada y giró para dirigirse al jardín, esperando encontrar ahí a su padre o su hermano. Esperaba ver al último, no le apetecía confrontar a su progenitor en esos momentos.

Al ver que no había nadie en el jardín, optó por entrar en la vivienda, utilizando la puerta corredera que daba a la cocina.

Si había suerte su padre estaría emborrachándose en algún bar, pero Kyojuro no pensaba ir a la habitación de este a comprobar si estaba o no.

—¿Senjuro? — preguntó, en un intento de no asustarle, al encontrarse de espaldas a su hermano, atendiendo a algo que había puesto a calentar.

El chico se sobresaltó y se giró. Aunque se repuso enseguida al ver de quién se trataba y sonrió.

—¡Kyojuro! —exclamó el más joven, contento. El mayor se sentó en una de las sillas que había en la cocina y le miró, con mal disimulada preocupación.

—¿Cómo estás?— preguntó directamente Kyojuro.

—Bien —contestó enseguida el más joven, retirando la cazuela del fuego —¿Quieres té? Acabo de calentar el agua.

El hombre asintió y se quedó callado mientras su hermano preparaba todo, ¿se habría estado preocupando más de la cuenta? Senjuro parecía encontrarse bien, pero quería asegurarse —¿Y padre? ¿Cómo ha estado?

Senjuro suspiró, en realidad la respuesta era bastante evidente, pero quedaba claro que su hermano aún necesitaba oírlo-Salió a comprar más alcohol, no creo que tarde mucho.

—Senjuro, ¿de verdad está todo bien? —insistió Kyojuro.

El joven suspiró un poco antes de contestar-Hermano, las cosas llevan mal mucho tiempo-dijo, era momento de hablar sin tapujos de todo eso. Fingir que todo iba bien o el comportamiento de su padre era normal por más tiempo, sólo les haría daño.

Sus palabras fueron capaces de enmudecer al mayor, que abrió y cerró la boca varias veces, tratando de ordenar sus ideas, buscando una respuesta. Senjuro no pensaba dejar escapar esa conversación por más tiempo.

—Pero estoy seguro de que padre mejorará —Kyojuro se había decidido, repitiendo ese mantra.

—Sabes que no es así —le rebatió el más joven terminando de preparar el té y dando una de las tazas de cerámica marrón a su hermano.

—Senjuro…

—No sirve de nada que te sigas engañando. —Quizá estaba siendo demasiado duro, pero Kyojuro tenía que darse cuenta de una vez.

—Tiene que haber una forma de lograr que vuelva— insistió el Pilar de las Llamas, sonaba casi desesperado, como si necesitase aferrarse a esa creencia.

— Lo siento…No puedes salvar a alguien que no quiere.— Senjuro había suavizado el tono, compadeciéndose algo de su hermano.

Kyojuro miró la taza, tenía un nudo en la garganta, sabía, en el fondo que su hermano pequeño tenía razón, pero tirar la toalla con su padre no parecía justo.

Un silencio incómodo se instaló entre ambos, pero ninguno tuvo el valor de romperlo y centraron su atención en la infusión.


Kanao corría todo lo deprisa que podía, tenía que encontrar cuánto antes a Sumiko y a Nezuko. Lo que había descubierto examinando la escena de la última desaparición junto a la policía le preocupaba en exceso. No porque hubiera encontrado una escena grotesca al llegar, era la escasez de sangre, lo limpio que estaba aquel callejón, lo que había activado sus alarmas.

Si como sospechaba, se trataba de un demonio de gran poder, si estaban las tres juntas tendrían más posibilidades de encontrarlo y acabar con él antes de que continuase asesinando.

Apenas prestaba atención a las calles por las que pasaba, completamente centrada como estaba en llegar a dónde había dejado a su amiga.

Tardó un cuarto de hora, con la cantidad de gente a la que tuvo que esquivar se demoró más de lo que le habría gustado, pero, por fin, llegó a la zona del puesto de fideos.

Se detuvo bruscamente, insegura de cómo reaccionar a lo que vio. Sumiko tenía la katana desenvainada mientras que su hermana estaba preparada para atacar. Delante de ellas estaba un hombre con un traje de chaqueta y pantalones oscuros. Llevaba un sombrero blanco. Como estaba de espaldas, Kanao no podía ver su rostro, pero, el aura que emanaba, opresora, delataba lo que era. Un demonio.

Trató de moverse, pero las piernas no respondieron, estaba completamente paralizada. A más tiempo pasaba en presencia de ese demonio, más miedo sentía. Ese ambiente avasallador era demasiado.

Intentó hablar, llamar la atención de las otras dos, pero tampoco fue capaz. Era la primera vez que se sentía así. Quería ayudar, más cuando vio que el demonio avanzaba, con toda la tranquilidad del mundo hacia las otras dos.

Un aroma llegó en ese momento a su nariz y, aumentando su malestar, fue, como si de golpe, no pudiera ver lo que tenía delante. ¿Sería esa la técnica de sangre de ese demonio? No obstante, antes de poder procesar todo lo que estaba pasando, una mano la agarró de la muñeca y tiró de ella hacia atrás.

—¡Vamos! ¡No tenemos mucho tiempo! —le siseó una voz masculina. Alguien, quien la agarraba, comenzó a correr, arrastrándola consigo.


Yushiro paró de correr cuando llegaron a una zona bastante apartada de la ciudad. Miró de reojo a la humana, una cazadora de demonios, a la que había salvado. La soltó con cierta brusquedad y se apartó, sólo lo había hecho porque Tamayo se lo pidió.

Sonrió un poco, al ver que la susodicha llegaba, se acercó. La mujer agarraba a Nezuko y a Sumiko de la mano y parecía estar bastante alterada.

—Entremos ya, Yushiro— le pidió y girándose hacia las tres chicas, con cierto tono de disculpa, añadió —Os explicaré todo con calma una vez estemos a salvo —prometió.

Así fue como los cinco se encontraron, apenas cinco minutos después, en un salón, de estilo occidental.

Era una habitación de tamaño mediano, con una mesa de madera en el centro, con seis sillas alrededor.

Varias lámparas, en las paredes de color blanco, propocionaban la iluminación necesaria.

—Lamento haber sido tan brusca antes —dijo la mujer —Mi nombre es Tamayo—se presentó.

Era una mujer de facciones amables, no demasiado alta, más o menos de la misma estatura que Shinobu. Tenía el pelo oscuro recogido en un moño que resaltaba su rostro. Los ojos, de tono violáceo, rebosaban amabilidad.

—Sois demonios —comentó Nezuko, mirando a sus salvadores, desconfiada. Eso hizo que las otras dos se tensasen, pues, a simple vista, no lo aparentaban.

Tamayo suspiró un poco al escuchar eso —.Así es, pero llevamos tiempo huyendo de Muzan— confesó. Aunque sonase difícil de creer, quería contar la verdad.

—¿Y esperas que creamos eso? —le espetó Nezuko, adelantándose de nuevo a las otras dos.

— ¡¿Cómo te atreves a dudar de la palabra de la señora Tamayo?! —gritó el otro demonio, Yushiro, ofendido por el tono empleado por la joven.

—Yushiro, por favor —le aplacó la mujer, sin perder la compostura-Escuchadnos primero, por favor.

Sumiko y Kanao intercambiaron una mirada, ninguna de las dos estaba completamente convencida, pero era cierto que les habían salvado.

—El demonio que os habéis encontrado antes —explicó Tamayo—.Era Muzan Kibutsuji.

Kanao abrió mucho los ojos al escuchar cómo pronunciaba ese nombre y se quedó unos segundos, esperando algo, cosa que no pasó desapercibida para la mujer.

—Hace mucho que di con la manera de contrarrestar la maldición— explicó la mujer —Así como una manera de subsistir sin necesidad de comer carne humana, aunque necesito sangre humana-al ver las caras que ponían las tres, se apresuró a añadir-Llevo mucho tiempo ejerciendo como médico y obtengo la sangre a partir de donaciones voluntarias.

—¿Qué maldición? —preguntó confusa Sumiko, no había escuchado antes sobre eso.

—Los demonios creados por él no pueden pronunciar su nombre, ni revelar información o morirán de una manera horrible—aclaró Kanao.

—Oh… —Sumiko no sabía bien qué decir, sonaba excesivamente cruel—. Pero eso no explica por qué nos ayudaste.

Tamayo alzó la mirada y clavó sus ojos en la chica, fijándose sobre todo en sus pendientes y en la marca que tenía en la frente.

— La verdad es que me recordaste a alguien que conocí hace mucho tiempo —admitió— ¿Dónde conseguiste esos pendientes?

Sumiko llevó la mano derecha a su oreja derecha y acarició, con cariño, ese pendiente—.Son una herencia familiar, ¿por?

Tamayo sonrió, con cierta tristeza, pero no respondió a la pregunta—Nos hemos estado escondiendo de Muzan por mucho tiempo —repitió— Hace tres siglos que, gracias a que realicé ciertas modificaciones en mi cuerpo, pude librarme de su control —explicó.

Nezuko la miró, curiosa, tiempo atrás, cuando estuvo en aquel coma durante dos años, ella había hecho algo similar, así que no le resultaba, en el fondo, tan difícil de creer, aunque no pensaba admitirlo, además, eso no significaba que fueran de confianza.

—Llevo tiempo intentando crear una cura para los demonios— confesó Tamayo, seria —.Pero para poder hacerlo necesito sangre de las 12 Lunas.

—Y quieres que te ayudemos —entendió enseguida Kanao, a lo que Tamayo asintió —¿No sería mejor pedirle eso a los Pilares? —preguntó la chica, seria.

—¿Crees que me escucharían? —respondió la mujer con otra pregunta —.Además, prefiero llamar la atención lo menos posible, así que os agradecería que no contarais nada.

Nezuko se removió, algo incómoda, se había fijado en el destello de esperanza que se había alojado en la mirada de su hermana ni bien Tamayo mencionó la posibilidad de obtener una cura.

Lo entendía, pero no estaba segura de si quería eso, pero no era momento de hablarlo, no delante de gente que acababa de conocer.

—Lo haré —decidió Sumiko —Si existe alguna forma de que Nezuko vuelva a ser humana, no puedo desaprovecharla.

-Muchas gracias.—Tamayo sonrió.


Muzan regresaba a la casa en la que, momentáneamente, residía. Había hecho bien en rastrear a esas dos. Ahora tenía una mejor idea de a lo que se enfrentaba. Hacía tanto que no veía a alguien con esa marca…

Podía suponer un problema a futuro, había estado a punto de ponerle solución convirtiéndola también en demonio, pero esa entrometida de Tamayo lo había fastidiado todo.

Podía enviar a varios a rastrearlos, pero dudaba que fuera a dar resultado, esa mujer llevaba casi cinco siglos dándole esquinazo. Era paciente, si tenía que esperar algo más para matarla y conseguir lo que deseaba, no suponía ningún problema.

Además, tenía que pensar que esas dos humanas, Sumiko y la cazadora que la acompañaba, era bastante probable que avisasen a los Pilares de su localización, por lo que se iría esa misma noche.

Mataría a la humana que, sin saberlo, le había ayudado a esconderse y se iría. Su utilidad ya había pasado y Muzan no podía arriesgarse a que hablase de más, aunque por haberle sido útil le daría una muerte rápida.


Uzui leía en silencio la carta que su cuervo acababa de entregarle. Según informes recibidos por Ubuyashiki, un demonio había elegido el barrio del placer como escondite.

Dejó el papel a un lado y se estiró. Iría a echar un vistazo primero, lo mejor era empezar haciendo un reconocimiento del terreno. Pero, debía reconocer, que se trataba de un demonio inteligente. Era el lugar propicio para esconderse, dada la naturaleza nocturna de aquel barrio.

Lo primero sería ponerse ropa adecuada para eso, no pensaba ir con el uniforme, pero tampoco podría llevar sus espadas.

Chasqueó un poco la lengua, tendría que conformarse con kunais y con bombas de humo, no estaba tan loco como para ir desarmado.

Una de sus esposas, Suma, se asomó en ese momento —.Ya está la comida, ¿vienes?

—Sí, sí —dijo y siguió al comedor a la joven mujer. Les explicaría la misión durante la comida, decidió.


Hinatsuru, Suma y Makio escuchaban serias lo que su marido les contaba. Tengen se detuvo un momento para llevarse algo de comida a la boca y beber algo de agua.

—Pues es eso —dijo cuando terminó de masticar. Dejó los palillos a un lado y miró a las tres-Iré primero a reconocer el terreno.

—¿Hay algo que podamos hacer por ayudar? —preguntó Makio. Era una mujer mediana, con el cabello de un tono rubio en la zona del flequillo y oscuro el resto. Lo llevaba recogido en una coleta. Sus ojos eran de color café y tenía la piel de un tono claro.

—No, prefiero que os mantengáis al margen— Tengen no pensaba ponerlas en peligro si podía evitarlo.

Hinatsuru suspiró un poco, su marido tenía esa tendencia. A pesar de que ellas podían luchar también. La segunda esposa tenía una estatura similar a Makio, tenía el pelo de color azabache, largo, recogido también en una coleta. Tenía la piel clara, y los ojos de color violeta.

—Creo que es mejor que vayamos nosotras —intervino de nuevo Makio —Lo tendremos más fácil para infiltrarnos ahí—comentó antes de que Tengen pudiera protestar.

—Estoy de acuerdo— Hinatsuru dijo mientras clavaba la mirada en su marido. Suma tragó saliva, nerviosa.

—Pero, ¿no es demasiado peligroso? —murmuró Suma con un hilo de voz, muy nerviosa. Chilló sorprendida cuando, sin previo aviso, Makio le dio una colleja.

—¡Deja de ser tan cobarde!-la increpó a gritos —¡Eres una kunoichi!

Tengen y Hinatsuru observaban divertidos la escena, Suma protestaba, lo que sacaba aún más de quicio a la otra mujer, que seguía increpándola, pero, en cuánto Tengen habló, las dos mujeres guardaron silencio.

—Antes de hacer nada vosotras, quiero ver a qué nos enfrentamos, el barrio del placer no es precisamente pequeño, el demonio podría ocultarse en cualquiera de las casas de ahí.

—Haremos eso entonces —decidió Hinatsuru, sonriendo un poco. Los otros tres asintieron y prosiguieron comiendo con tranquilidad, antes de que el arroz se quedase completamente frío y resultase incomible.


Kocho escuchaba sumamente seria lo que Kanao y Sumiko le estaban contando. Las dos chicas, ni bien hubieron llegado a la Mansión de las Mariposas, corrieron a buscar a la Pilar de los Insectos.

—A ver si lo he entendido bien, ambas os habéis encontrado con Muzan Kibutsuji, ¿es así? —preguntó Shinobu.

—Sí, así es —dijo Sumiko, al mismo tiempo que Kanao asentía. Shinobu las examinó con la mirada, ninguna de las dos parecía herida, pensó.

—Y fueron unos demonios los que os salvaron —siguió hablando la mujer.

Las dos chicas asintieron de nuevo y Shinobu se quedó pensativa. Encontrarse con el creador de los demonios y salir con vida era algo prácticamente imposible. Le preocupaba que, pese a haber visto su aspecto, las hubiera dejado ir sin más, algo no le cuadraba en todo eso, pero ninguna de las dos parecía estar mintiendo.

Lo primero que se le pasó a Shinobu por la cabeza fue escribir al patrón y contarle todo, pero, cuando recordó la reunión en la que les revelaron lo de Nezuko se detuvo. Miró a las dos chicas y esbozó una pequeña sonrisa.

— Le informaré de lo ocurrido al patrón —prometió— ¿Por qué no vais mientras a ayudar a Aoi?

Abrió uno de los cajones del mueble y sacó papel. El patrón ya sabía de la existencia de esos dos demonios, pensó, al recordar sus palabras aquel día. Se mordió el labio, sabía que guardarse información no sería del todo justo, pero, quizá, por el momento fuera lo mejor.

Agarró un pincel y comenzó a escribir. Detallando únicamente el encuentro de las dos aprendices con Kibutsuji, absteniéndose de mencionar la conversación con Tamayo.

Ni bien terminó, redactó una prácticamente idéntica dirigida a Rengoku, quería que él se enterase cuánto antes de lo ocurrido, no en vano Sumiko era su aprendiz.


Amane leía en voz alta el contenido de la carta que les acababa de llegar. A su lado, Kagaya Ubuyashiki escuchaba con atención, sin interrumpir a su esposa en ningún momento.

—Así que, por fin empieza a dar la cara… —murmuró el hombre, incorporándose con esfuerzo, cada vez le costaba más moverse.

La mujer de pelo claro le ayudó enseguida-No se sobreesfuerce, patrón, por favor.

Kagaya suspiró un poco, cierto era que su salud iba empeorando, los médicos apenas le daban un año de vida y se había mentalizado de que no llegaría a cumplir los treinta, con suerte llegaría a los veinticuatro en su estado actual.

—Pero me preocupa el interés que está mostrando —prosiguió hablando Kagaya. No era normal esa fijación y le inquietaba.

—La investigación de la familia Kamado no arrojó ninguna luz —confesó Amane —Llevan siglos dedicándose al carbón, es lo único que hemos podido saber con certeza.

—Algo tiene que haber —insistió Kagaya-No fue un ataque al azar.

La mujer asintió—. Seguiremos indagando.

—Perfecto. Ahora, por favor, ayúdame a levantarme, quiero visitar las tumbas de los cazadores caídos.

Amane, sin decir nada más, obedeció enseguida y, con cuidado, ayudó a su marido a levantarse.

Era una rutina que seguían todos los días, Kagaya mostraba sus respetos siempre a los que habían muerto en combate. Y, desde que él había perdido la visión, era ella la que se encargaba de recitar los nombres grabados en cada tumba.

—Espero que sea mi generación la que consiga poner fin a todo —murmuró Ubuyashiki mientras los dos abandonaron la vivienda, agarrados de la mano.


Rengoku leyó la carta por segunda vez, todavía sin poder creer lo que Shinobu relataba. Se levantó de manera brusca y su hermano le miró preocupado. El cuervo había llegado hacía varios minutos y, por la expresión de Kyojuro, fuera lo que fuese que hubiera escrito, le había cogido desprevenido.

—¿Ha ocurrido algo? —preguntó, inquieto.

—¡No te preocupes! —contestó enseguida Kyojuro —¡Pero tengo que irme!

Senjuro se incorporó también, y le acompañó a la puerta de la casa. Esa vez, la visita de su hermano había durado menos de lo que le hubiera gustado y, si algo odiaba el joven, era tener que despedirle, sin saber si podría volver a verlo.

Casi como si adivinase el rumbo de sus pensamientos, Kyojuro se detuvo y le revolvió el pelo con afecto.

—¡Volveré pronto! ¡No te preocupes, Senjuro! —Rengoku no dio tiempo a su hermano a despedirse y salió corriendo a una velocidad vertiginosa, perdiéndose en el horizonte apenas un par de minutos después.

El chico suspiró, saltaba a la vista, por la reacción que había tenido su hermano y su abrupta partida que algo había pasado, sólo esperaba que no fuera demasiado grave.


Sumiko entrenaba junto a Kanao, las dos jóvenes blandían espadas de madera e intercambiaban golpes, tratando de desarmar a la otra. Las dos llevaban ya un buen rato así, en la habitación de la casa diseñada específicamente para entrenar.

Aunque la técnica de Kanao con el arma era mucho más pulida y, en más de una ocasión, había estado a punto de ganar, Sumiko se defendía bien.

Shinobu supervisaba a ambas desde la puerta, había llegado hacía un rato y sonreía, contenta por el empeño que ambas ponían al respecto, aunque la balanza se iba inclinando, poco a poco, a favor de su aprendiz. Kanao era mucho más veloz que Sumiko, aunque no igualaba la fuerza de ella.

—¡Señorita Shinobu! —La estridente voz de Kiyo la distrajo y se giró en esa dirección. La niña corría hacia ella, casi sin aliento.

— ¿Ocurre algo? —preguntó la Pilar de los Insectos, quizá hubiera llegado algún herido grave o uno especialmente problemático.

—El Pilar de las Llamas acaba de presentarse.— A la niña, mientras recuperaba el aliento, le costaba hablar —Quiere hablar contigo…insiste que es urgente.

— Gracias, Kiyo. —Shinobu siguió a su asistenta, aunque se aseguró de dejar la puerta de la sala de entrenamiento cerrada.

Kyojuro la estaba esperando, como en ocasiones anteriores, en su despacho, aunque, esa vez, estaba bastante inquieto y, ni bien vio entrar a su compañera, avanzó hasta pararse delante de ella de dos zancadas.

—¡Cuéntame con más detalle lo que ocurrió! —le pidió, sin embargo sonó más como una exigencia-¡¿Están las dos bien?!

—Las dos están ilesas—le trató de tranquilizar ella.

—Los que las salvaron de Kibutsuji fueron dos demonios —le contó Shinobu. Kyojuro abrió mucho los ojos sorprendido y, a Shinobu, en ese momento, le recordó a un búho.

—¿Estás segura de eso? —La incredulidad teñía la voz del hombre y, honestamente, Kocho no podía culparle por ello.

—Es lo que me han contado las dos, sí. Además cuadra con lo que dijo el patrón durante la reunión en la que nos hablaste de Nezuko Kamado.

—¡Cierto! —Él también recordaba la mención de su líder a dos demonios que se ocultaban de Kibutsuji.

Shinobu suspiró un poco, no podía contarle aún sobre la posibilidad de una cura, Rengoku no era precisamente capaz de mantener secretos y la mujer no quería que eso se supiera. No cuando era algo, a ojos de ella, bastante improbable de desarrollar. Además del hecho de que no todos los Pilares lo aceptarían sin más, de hecho, aún la gran mayoría dudaban de Nezuko.

Rengoku, aunque más tranquilo, parecía aún algo preocupado, notó entonces la mujer-Si quieres ir a ver cómo está Sumiko, hace un rato estaba entrenando en la habitación del fondo del pasillo.

El hombre asintió— ¡Iré a verla ahora!— dijo y salió deprisa del despacho.


Sumiko se limpió el sudor de la frente, había acabado agotada de la sesión de entrenamiento, Kanao era una rival formidable y, de hecho, la había terminado por desarmar primero.

—Muchas gracias por el entrenamiento —dijo y Kanao, que había estado guardando las dos espadas de madera en el armario, la miró. Asintió brevemente.

—Ha estado bastante bien— admitió y Sumiko sonrió un poco al escucharla hablar. Kanao la observó y tragó saliva, nerviosa—. Lo siento.

—¿Por qué? —preguntó la joven, sin entender.

—Cuando vi a Kibutsuji, me quedé paralizada —explicó Kanao, llevaba queriendo decir eso desde que habían regresado, pero no había reunido el valor suficiente hasta ese momento.

—No te preocupes, para serte sincera a mí me pasó lo mismo— le confió Sumiko.

Kanao fue a decir algo más, pero antes de tener la oportunidad, la puerta del cuarto se abrió de golpe y entró Rengoku, que sonrió ampliamente al ver a su aprendiz.

—¡Te estaba buscando, Sumiko! —dijo mientras se acercaba a las dos chicas.


Bueno, y hasta aquí es el sexto capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.

Así que, nos vemos el mes que viene con el séptimo capítulo.

¡Hasta la vista!