Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.

Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.


Douma observaba con escaso interés a las dos mujeres paradas delante de él. Pese al tiempo transcurrido aún seguían sin ser capaces de encontrar pistas sobre la flor que tanto ansiaba Muzan.

Tampoco era que, siendo humanas, pudieran hacer gran cosa. Así que, dentro de sus capacidades, no estaba tan mal. Si tan sólo su señor compartiera esa opinión, y no era el caso.

Lo que no le agradaba era tener la atención de Muzan sobre él, prefería cuando podía actuar por su cuenta sin problemas. Suspiró un poco y esbozó una sonrisa, centrando su atención en las humanas.

—Lo habéis hecho muy bien— les dijo —Estoy seguro de que estaréis hambrientas y querréis descansar. He pedido que os cocinasen algo.

—Muchas gracias, sumo sacerdote —dijeron las dos al unísono y, tras hacer una reverencia, se retiraron.

Douma se estiró, tenía algo de hambre, ir a cazar no le vendría mal, pensó mientras salía de la sala y avanzaba por el pasillo hasta detenerse ante una de las habitaciones. Tocó un par de veces y entró.

Ahí, mirando por la ventana, estaba una mujer alta. Tenía la piel de un tono verde aceituna y el pelo oscuro con las puntas rosa pálido, le llegaba hasta la cintura. Se giró y sus miradas se encontraron. La esclerótica de la mujer era completamente negra, mientras que sus ojos eran de color púrpura, con las pupilas rasgadas como las de una serpiente. Vestía un kimono rosa, con un obi blanco.

—¿Cómo te encuentras, Kanae? ¿Tienes hambre?

La demonio se relamió los labios ligeramente y sonrió —.Un poco. Iba a salir a cazar ahora, ¿tú?

—También, ¿quieres que vayamos juntos?

Kanae se encogió de hombros, le resultaba indiferente aquello, lo importante era poder alimentarse. Douma tomó aquel gesto como una afirmación y sonrió un poco.

—Pues vamos, querida.


Sumiko se frotaba ligeramente el costado, desde que habían salido de la casa le molestaba bastante, aunque no lo había expresado en voz alta. Cargar con Nezuko metida dentro de la cesta desde que había amanecido tampoco ayudaba.

—¡Ojos de canica, dame mis espadas de una vez! —El chico con cabeza de jabalí, que se había presentado como Inosuke Hashibira, seguía insistiendo con eso, no dispuesto a parar de dar voces.

—Ya te he dicho que no-replicó Rengoku, con más paciencia de la que Zenitsu y Sumiko tendrían.

— ¡¿Pero tú eres subnormal o qué!? —gritó el chico rubio mirando al otro —¿¡Cómo te atreves a hablar así a uno de los Pilares!?

—¿¡Qué es un pilar!? —respondió a voces Inosuke.

Los otros tres se le quedaron mirando, la pregunta les había cogido por sorpresa e Inosuke no tardó en darse cuenta de eso.

—¿¡Por qué coño me estáis mirando así!?

Zenitsu tenía cada vez más claro que no soportaba a alguien así, le sacaba de sus casillas, ¿cómo se podía ser tan ignorante? ¿Había vivido bajo las piedras o qué?

—Puede ser que no lo sepa —murmuró Sumiko, al rato, sintiendo algo de pena por él.

Inosuke se la quedó mirando, gruñó algo ininteligible y siguió andando, adelantando a los tres.

Kaname, el cuervo de Rengoku, se posó entonces en el hombro de su dueño.

—¡Hay una casa de glicina cerca! —informó el ave con energía. Inosuke, que no quitaba la vista al animal, se acercó a ellos.

—¿Puedo comérmelo? —preguntó, al mismo tiempo que alargaba el brazo, con intención de coger a Kaname.

—¡No, me temo que no puedes! —exclamó Rengoku, mientras se apartaba y comenzaba a andar en la dirección que le señalaba el cuervo.


Ubuyashiki escuchaba en silencio a su mujer. Amane le estaba leyendo la carta que Kyojuro Rengoku le había enviado.

—¿Qué sugieres, Kagaya? —preguntó la mujer una vez acabó.

El hombre se quedó pensando, el Pilar tenía razón en que esa clase de comportamientos no eran aceptables. Pero, al mismo tiempo, conocía las circunstancias de Hashibira y sabía que era cuestión de que se acostumbrase a convivir con otros humanos.

—Creo que, esta vez, con un aviso bastará —decidió el hombre —.Pero si se vuelve a repetir se aplicará una sanción.

Amane asintió y comenzó a redactar la respuesta diligentemente. Desde que su marido había quedado ciego era ella la que se hacía cargo de ese tipo de cosas, actuando como la representante.

Silbó y Kaname se posó en su brazo. la mujer aprovechó y ató la misiva a su pata. El animal salió volando.

—Ya está —dijo ella mientras ayudaba a su marido a levantarse.


Un chico joven vestido con el uniforme de los cazadores de demonios corría todo lo deprisa que podía. No aparentaba más de dieciséis años, tenía el pelo largo azabache recogido en una coleta y sus ojos azules denotaban el miedo que sentía en esos momentos. Su frente estaba perlada de sudor y su respiración agitada, pero aún así no se detenía.

Tenía que huir, antes de que le encontrasen. Era noche cerrada y apenas veía lo que tenía delante de él.

Se había caído numerosas veces y, en una de esas, había perdido su katana. No tuvo tiempo de buscarla, su única opción era correr y esperar que no le dieran alcance sus perseguidores.

No lo comprendía, ¿en qué momento se había torcido todo?, ¿Por qué les habían asignado una misión que, más que para un Kanoe, era para alguien que tuviera el rango de Hinoe o superior?

Había enviado a su cuervo a pedir ayuda, aunque cada vez tenía menos esperanzas de llegar a salir con vida de ahí. Se había perdido, tan centrado estaba en huir que no prestó atención por dónde iba. Ni siquiera ahora era capaz de saber en qué dirección tenía que ir para salir del monte.

No quería morir, apenas había vivido diecinueve años. No era justo, ni siquiera había sido capaz de vengar a su familia. Y tampoco iba a ser capaz de vengar a sus compañeros caídos.

Escuchaba los pasos cada vez más cerca, no importaba cuánto corriera, no era capaz de dejarlos atrás. Comenzó a llorar de pura desesperación. Iba a morir.

Le perseguían sus compañeros, presas de la técnica de sangre del demonio al que habían acudido a matar. Ahora no eran más que marionetas suyas y, si la cosa seguía así, pronto correría su mismo destino.

Tropezó con una roca en el camino y casi cayó al suelo. Gritó de dolor cuando la hoja de una katana atravesó su hombro derecho.

—¡Lo siento, Takeshi! —gritó Kagome, la chica que le había atacado. Ella también lloraba, pero no podía detener sus movimientos.

El cazador no respondió y trató de continuar huyendo, ignorando la pérdida de sangre que sufría. Pero su compañera extrajo el arma de su hombro y volvió a atacarle, esta vez atravesando su costado izquierdo.

Desde lo alto de un árbol, dos demonios observaban aquella escena sonriendo divertidos.

Tenían aspecto de niños de no más de diez años. Un chico y una chica bastante parecidos físicamente. Ambos tenían el pelo y la piel blanca y vestían kimonos de ese mismo color.

La chica tenía el cabello largo recogido en dos coletas y el otro demonio, en cambio, lo tenía corto.

Ambos estaban pendientes de lo que ocurría y no se levantaron hasta que el cazador estuvo muerto.

—Bueno, pues creo que ya está —murmuró la demonio tirando de uno de los finos hilos que salían de sus dedos, provocando que el cuello de la humana de abajo se retorciera hasta causarle la muerte.

—Sí, ya no queda ninguno con vida.

—Vendrán más-le advirtió ella —¿No sería mejor que nos fuéramos ahora que estamos a tiempo, Rui?

—¿Sugieres que huyamos? —Pese a la ira que se denotaba en la voz de su acompañante, ella no se quedó callada, arriesgándose a hacerle enfadar aún más.

—Sí. Estamos llamando demasiado la atención, y ya sabes lo que eso significa.

—Este es nuestro hogar-insistió él, esperando dar por zanjada la conversación con eso.

—Podemos construir otro en otro lugar —le rebatió la demonio enseguida.

Rui la observó serio. Veía el miedo en la mirada de ella y no le gustaba en absoluto.

—No somos tan fuertes como tú —razonó ella —.Además, si envían a alguno de los Pilares…

Rui no respondió y simplemente se fue de ahí. La demonio suspiró, hastiada, lo había intentado, pero esperaba que eso le hiciera reflexionar. Ni siquiera él, por mucho que ostentase el puesto que tenía, sería rival para uno de los Pilares. Esperaba que se diera cuenta de eso.


Kyojuro leía serio la respuesta que le había mandado el patrón. Fruncía algo el ceño, le habría gustado poner un castigo serio, pero no podía desobedecer algo así y lo sabía.

Esperaba que otro incidente así no volviera a producirse, aunque tampoco podría estar pendiente. Completada la misión, sus caminos se separaban, simplemente estaban descansando en el mismo sitio, una vez amaneciera, Sumiko, su hermana y él volverían a la casa de su familia.

Rengoku quería ver cómo iban las cosas ahí, asegurarse de que su hermano estaba bien. Aunque su última conversación le dejó un mal sabor de boca, sabía que Senjuro tenía razón.

Se asomó por la ventana, no estaba siendo capaz de conciliar el sueño, suspiró un poco y trató de aclarar sus pensamientos. Quería ayudar a su hermano, pero no sabía cómo hacerlo, ¿pedirle que se fuera a la Mansión de las Mariposas? Por muy tentadora que esa idea le resultase, antes tendría que hablarlo con Kocho y tampoco sabía si sería buena idea dejar a su padre solo.

Había prometido a su madre en su lecho de muerte que ayudaría a otros, que dedicaría su vida a eso, pero ni siquiera podía salvar a su propia familia. Se estremeció un poco, y se abofeteó mentalmente, no podía dudar ahora.

Era un Pilar, contaban con él para hacer bien su labor. ¿Qué diría su madre si le viese dudar de esa manera?


Senjuro retiró la cazuela del fuego. Estaba algo tenso esa mañana, no había sido capaz de dormir bien la noche anterior y tenía ojeras. Tampoco ayudaba el hecho de que su padre estuviera en casa.

Aunque se le diera bien evitarlo, eso era algo que no siempre era posible. Sin embargo, si tenía suerte, su padre dormiría hasta pasado el mediodía.

Con su padre nunca se podía estar completamente seguro y menos cuando se acercaba el aniversario del fallecimiento de Ruka.

Esperaba que su hermano se abstuviera de visitarlos por estas fechas, el humor de Shinjuro sería aún más volátil que de costumbre y si ya de por sí se volvía más impredecible tras cada visita de Kyojuro…

Pensando en su hermano no pudo evitar recordar su última conversación. Había sido demasiado duro con él, pero era hora de que aceptase la verdad.

Se sirvió algo de té en una taza y dio un pequeño sorbo al líquido, saboreando la infusión. Le ayudaba a relajarse algo. Últimamente no se deshacía de la sensación de que no iba a llegar a ninguna parte en la vida, quería ser de utilidad al Cuerpo, como siempre había hecho su familia, pero, ¿cómo?

Se quedó un rato pensando en eso, hasta que recordó la existencia de los ocultos. Era su única vía, se dijo, tratar de entrar ahí, así al menos ayudaría a alguien y no se quedaría sin hacer nada.

Además, así no tendría que volver a poner un pie en esa casa. No le guardaba rencor a su padre, pero vivir bajo su techo se hacía cada vez más insoportable.

Sonrió un poco al pensar en ese futuro. Sí, estaba decidido, haría eso, sólo tenía que decírselo a su hermano y estaba seguro de que a Kyojuro no le resultaría complicado mover algunos hilos para eso.

Con esa determinación en mente, dejó la taza en la mesa y fue deprisa a su habitación. Abrió uno de los cajones de su escritorio, cogió un papel y una pluma y comenzó a redactar una carta para mandarla.


Inosuke agarraba con fuerza la manga derecha de Sumiko, por ser la persona más cercana a él. Habían abandonado la posada del pueblo minutos antes, y se sentía incómodo viendo a la gente.

No estaba acostumbrado a estar en sitios así. Se sentía completamente perdido, todo era nuevo para él.

—¿Qué es eso? —preguntó, con menos energía de la habitual, cuando una persona tirando un carro pasó cerca de los cuatro.

Mientras la chica se lo explicaba, Zenitsu le miraba con incredulidad, ¿de dónde había salido ese esperpento?, pensó mientras el chico con la cabeza de jabalí bombardeaba a Sumiko con preguntas.

Rengoku reía, encontrando todo eso bastante divertido. Cuando llegaron a la salida del pueblo se detuvieron un momento para despedirse y, por fin, Inosuke soltó la manga de Sumiko y se apartó de ella.

—Ha sido un placer conoceros —dijo la joven, sonriendo un poco, contenta.

—¡Lo mismo digo! —exclamó Rengoku, observando a los dos chicos —¡Espero que os vaya bien en vuestras misiones!

Zenitsu hizo una mueca al escuchar esa palabra. Misiones. Les tenía verdadero pavor.

—¡Pues claro que me irá bien! ¡Soy el rey de la montaña!— Inosuke, pasada su timidez anterior, volvía a ser tan ruidoso como siempre. Y el rubio volvió a dudar de su cordura.

—¡Ese es el espíritu, joven Hashibira! —coincidió Kyojuro —¡Hasta la próxima!

Inosuke les observó alejarse y se giró para mirar a su compañero.

—¿Qué vas a hacer ahora, Chinitsu?

—¿Eh? Mi nombre es Zenitsu —dijo con calma el otro, tratando de no perder los papeles.

— ¡Eso he dicho! ¡Monitsu!

— ¡Ze-nit-su!

— ¡Pesado! ¡Que lo he dicho bien!


El cuervo con la carta de Senjuro les alcanzó cuando llevaban varias horas viajando. Se posó en el hombro del Pilar de las Llamas y extendió la pata con el papel, a la espera de que se lo quitasen.

—¿Una carta? —murmuró Rengoku mientras, con cuidado, la desataba y la extendía para leerla.

—¿Es una misión? —quiso saber, curiosa, Sumiko.

—No, es de mi hermano —contestó Kyojuro, doblándola y guardándola en el bolsillo izquierdo de su pantalón.

Sumiko se abstuvo de preguntar al percatarse de que no estaba dispuesto a decir más. Aunque su silencio le hizo temer que hubiera ocurrido algo malo.

—Vamos, me gustaría llegar antes de que se hiciera de noche.—Ni siquiera sonreía ya, notó la chica preocupada, pero asintió y trató de acelerar el paso para ponerse a la altura de su maestro, que, sin darse cuenta, iba bastante deprisa.


Senjuro se sentó frente a su hermano en el suelo de la habitación. Kyojuro y Sumiko habían llegado hacía menos de una hora y ni bien entraron, el mayor le indicó que quería hablar con él.

Tragó saliva cuando Kyojuro sacó la carta del bolsillo y se la mostró.

—Me he decidido ya sobre eso —se defendió antes de que el otro tuviera oportunidad de hablar.

El Pilar suspiró un poco y le miró —.Senjuro, puedes dedicarte a cualquier otra cosa, no tienes por qué servir al Cuerpo.

— ¡Pero es lo que quiero!-exclamó con energía el joven —¡Es lo que ha hecho la familia por generaciones!

Kyojuro volvió a suspirar —.No es una obligación, ¿sabes?

—Quiero hacerlo. —Senjuro no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer —.Tengo que ayudar de alguna manera, aquí no hago más que perder el tiempo.

—¿Es por lo de padre? —preguntó Kyojuro tras un segundo de vacilación.

—No del todo, simplemente quiero ayudar —confesó Senjuro—. Sé que, para ser parte de los ocultos, hay que tener conocimientos de primeros auxilios. Se siguen encargando de impartirlos en la Mansión de las Mariposas, ¿no?

— No lo sé, tendría que preguntarle a Kocho.

—¿Puedes escribirle cuánto antes?

—Claro. —Kyojuro se levantó, estaba claro que su hermano no iba a cambiar de opinión. Al menos siendo de los ocultos no estaría tan expuesto como si fuera parte de los cazadores.

—Gracias, hermano. —Senjuro sonreía contento y aliviado de haber conseguido el visto bueno del mayor. Sólo por eso merecía la pena, se dijo Kyojuro. Pero ahora quedaba la parte más desagradable de todo.

—Seré yo quien se lo diga a padre —le indicó el Pilar, serio. Senjuro palideció algo al acordarse de Shinjuro, pero asintió, ese tipo de cosas se le daban mejor a él.


—¿Y qué? —preguntó Shinjuro, completamente desinteresado. Sin molestarse siquiera en girarse y mirar a su hijo a la cara.

—Se vendrá conmigo a la Mansión de las Mariposas.

—¿Y eso a mí qué me importa? —repitió el adulto, dejando el libro que ojeaba a un lado —¿Quieres que os dé la enhorabuena? Los dos sois unos inútiles y no vais a llegar a nada en la vida.

Kyojuro le miró, serio—. Creo que deberías, al menos, animarle a seguir ese camino.

—¡Cállate! ¡No eres más que un mocoso que no sabe nada! —le gritó Shinjuro, perdiendo los estribos y agarrando la tinaja de sake y tirándosela. Kyojuro la esquivó con facilidad y esta se estrelló contra la pared, rompiéndose y manchando la zona donde impactó.

-Senjuro vale mucho y si ese es el camino que quiere seguir… . —Shinjuro no le dejó terminar de hablar, pues siguió profiriendo insultos. Kyojuro, sin inmutarse, se levantó. No había forma de razonar con él.

Salió sin decir más y, cuando se quedó solo, Shinjuro se relajó y volvió a su posición anterior.

Así que los ingratos de sus hijos por fin habían decidido abandonarlo completamente. Ese pensamiento le hizo soltar una risa llena de amargura. Años criándolos, sacándolos adelante como podía y así se lo pagaban. Malditos desagradecidos de mierda.

Allá ellos. Que hicieran lo que les diera la gana, él no se haría responsable de sus idioteces. Alargó el brazo y cogió otra tinaja de sake, la abrió y dio un largo trago.


Shinobu escuchaba seria a Kyojuro. Senjuro estaba a su lado, nervioso, incapaz de mirar a la mujer a los ojos.

—Puedes pasar un tiempo de prueba aquí, ayudando a Aoi a atender a los heridos —propuso Shinobu —Es la mejor manera de aprender y, si pasados varios meses, sigues queriendo formar parte de los ocultos, yo misma te recomendaré al patrón.

—¡Muchas gracias!

Shinobu rió ante ese entusiasmo. Vendría bien alguien con esa actitud, pensó.


Bueno, y hasta aquí es el octavo capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.

Así que, nos vemos el mes que viene con el noveno capítulo.

¡Hasta la vista!