Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.
Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.
Mitsuri leía sonriendo la carta. La había recibido días atrás, era de su madre. Desde que se había convertido en cazadora intercambiaba correspondencia con su familia. Y, según le contaba su madre, una de sus hermanas, Hikari, había conseguido comprometerse con un chico un par de años mayor que ella.
Hikari había entrado ese año en edad casadera, tenía ya 14 años y Mitsuri se sentía feliz por ella. Su hermana merecía eso, tener la oportunidad de formar una familia.
Le habría gustado responder enseguida a la carta y dar la enhorabuena, pero, en esos momentos se encontraba camino de la Mansión de las Mariposas. Debido a que Kyojuro estaba de baja por el momento, alguien tenía que hacerse cargo de su aprendiz y el patrón había decidido que fuera ella.
A decir verdad, estaba bastante emocionada. Por fin conocería a la chica que era la sucesora de su antiguo maestro y a la demonio que sobrevivía sin comer humanos.
Deseaba que se pudieran llevar bien. Además vería también a Shinobu, a quien, secretamente, admiraba.
Guardó la carta tras doblarla y reanudó su camino. Le quedaba mucho por recorrer, su territorio era el que más lejos se encontraba de su destino. Para poder llegar tendría que atravesar la región que le correspondía a Obanai.
En circunstancias normales, habría intentado aprovechar eso para pasar algo de tiempo con él y, si se daba el caso, hacer alguna misión juntos. Pero esa vez tenía bastante prisa, ya suficiente era con que llegar le fuese a tomar más de diez días.
Aceleró el ritmo y llegó a alcanzar velocidades que eran imposibles para un ser humano normal.
Aoi avanzaba hacia la habitación de Sumiko, esa mañana le tocaba a ella hacer la colada y estaba recogiendo las sábanas de los dormitorios para cambiarlas por unas limpias. Generalmente era una tarea que solía hacer con Kanao, una quitaba las sábanas y la otra ponía las limpias, pero esa mañana, ni bien hubo amanecido, su amiga se había puesto a entrenar junto a Sumiko.
Entró en el dormitorio y retiró las sábanas enseguida. Dejó el juego limpio sobre la cama y, cargando con las sucias, se dirigió al dormitorio de Nezuko. Siempre dejaba esa habitación para el final. Al principio fue una decisión motivada por el miedo que, con el pasar de los meses, aún habiendo desaparecido ese pavor, se había convertido en una costumbre.
Se detuvo en la puerta y tocó varias veces, para después entrar, sin llegar a esperar respuesta. Nezuko la observaba seria desde la cama y Aoi se fijó que ella misma se había encargado ya de quitar las sábanas. Pero las había dejado de cualquier manera tiradas en el suelo cerca de la puerta.
Aoi se debatió entre dar las gracias por quitarle algo, no mucho, de trabajo o echarle la bronca por la manera en la que las había dejado.
—Las hubiera llevado yo misma, pero… —dijo Nezuko, y Aoi, que había estado cogiéndolas del suelo, se detuvo y la miró.
— No pasa nada, no te preocupes —dijo de manera escueta. En el fondo lo entendía, esa habitación era el único lugar protegido contra el sol de toda la casa.
Nezuko asintió y se acercó —.Si me das las nuevas, las puedo ir poniendo ya.
Aoi asintió y lo hizo enseguida. La demonio las cogió y, sin decir nada más, fue hasta la cama y comenzó a colocarlas. Aoi aprovechó eso para terminar de recoger las sucias y salir de ahí.
Lavar las sábanas era una tarea bastante extenuante. Y Aoi se había resignado a tener que hacerlo ella sola esa vez, no deseando interrumpir a Kanao y a Sumiko. Y las otras tres niñas eran demasiado pequeñas como para ponerse a hacer eso, demasiado colaboraban ya en la casa.
Sumiko estaba algo preocupada. Había estado entrenando junto a Kanao desde el amanecer y todo el tiempo había podido oler la ira y la rabia que predominaban en su amiga. No había comentado nada, pero su preocupación había ido en aumento.
— Esto…,Kanao…,¿ocurre algo? —Se atrevió por fin a preguntar cuando se detuvieron un momento a descansar y a hidratarse.
—No, ¿por? —mintió con soltura la otra, frunciendo algo el ceño. No quería hablar de eso ahora.
— Me he percatado de que, pues…de que estás bastante molesta hoy murmuró Sumiko —.No tienes porqué contarme qué te pasa si no quieres, es sólo que me preocupa.
Kanao suavizó un poco su expresión al oír eso —.Ahora no, pero más adelante te lo contaré, ¿vale?
Eso fue suficiente para aplacar a Sumiko, que asintió, fue a decir algo, pero, en ese momento, los estómagos de ambas rugieron.
No habían comido nada desde el desayuno y, a juzgar por la posición del Sol, debía ser más allá de las doce de la mañana.
—Esto…,¿vamos a la cocina a ver si podemos comer algo?— preguntó, bastante avergonzada, Sumiko.
Kanao asintió y las dos juntas fueron a la cocina. En caso de no haber nada preparado, podrían improvisar algo ellas. Fue entonces cuando se dió cuenta de una cosa, si se daba ese caso, sería la primera vez que preparase algo junto a Sumiko y la chica se encontró deseando que ocurriera.
Entraron en la casa y se encaminaron hacia allí. Pero, antes de llegar, al pasar por el pasillo dónde estaba la enfermería oyeron chillidos. Un chico no dejaba de quejarse de verse obligado a tomar una medicina que no deseaba.
—Pero si no te lo tomas, vas a seguir con dolores. —Senjuro estaba tratando de convencerle de hacerlo vieron las dos chicas al asomarse a ver qué pasaba.
Sumiko reconoció enseguida al paciente. No era otro que Zenitsu. El chico reparó enseguida en ella y, en un visto y no visto, salió de la cama y se acercó a ella. Fue entonces que la chica reparó en las manchas de color azulado que tenía en las manos.
—¡Sumiko! ¡Dile que no me dé esta medicina! —protestaba a gritos el joven —¡Estoy seguro de que sabe horrible!
—¿Qué te ha pasado? —quiso saber ella, haciendo caso omiso a sus súplicas.
—Una técnica de sangre de un demonio, nada grave.
—Y por eso mismo Kocho te ha dicho que te tomes la medicina para que se te pase el efecto— dijo Senjuro, agarrando al rubio del cuello de la camisa del pijama y separándolo de la chica.
— ¡Pero sabe horrible!— protestó el chico mientras se volvía a tumbar.
Senjuro suspiró un poco y miró a las dos chicas —.Ya me encargo yo de que se la tome —aseguró, sonriendo un poco.
—Vale, aunque si necesitas ayuda dínoslo—murmuró Sumiko, mirando de reojo al otro.
—Os avisaré si llegase a hacer falta, no te preocupes.
Zenitsu las vio irse y, resignado, cogió el vaso de la medicina, se lo llevó a los labios y bebió.
—¿Qué le ha pasado a ella?— preguntó haciendo una mueca de desagrado. Estaba más amarga de lo que había esperado.
—¿A Kamado? —preguntó Senjuro y el rubio asintió—.Nada.
—¿Y la otra chica quién es?— indagó Zenitsu. Recordaba haberla visto en la Selección Final, pero no sabía su nombre.
—Kanao Tsuyuri. Es la sucesora de la Pilar de los Insectos.
—Las dos son bastante guapas, ¿no crees?
—S-Supongo —murmuró Senjuro. No es que no se hubiera fijado en eso, habría que estar ciego para no verlo, pero no era algo que se sintiera cómodo admitiendo en voz alta ante alguien a quien no había conocido hasta hacía un par de horas.
Zenitsu miró un momento al techo. Le alegraba haber visto de nuevo a Sumiko y, saber que estaba bien le había aliviado.
— Cuando se te pase el efecto es posible que te toque participar en la rehabilitación —comentó en ese momento Senjuro.
—Qué coñazo. —La idea de tener que hacer ejercicio le resultaba horrible.
A Kanao no se le escapó cómo a Sumiko se le iluminaba la mirada al ver los brotes de sansai.
—¿Te apetece qué hagamos tempura de verduras? —preguntó.
—¡Claro!—El entusiasmo en la voz de Sumiko era evidente.
Las dos chicas se pusieron de acuerdo enseguida. Mientras Kanao preparaba el rebozado de la tempura, Sumiko cortaba los brotes con la experiencia de alguien que había hecho eso con frecuencia.
—Mi familia solía cocinar esto con frecuencia —comentó Sumiko mientras manejaba el cuchillo—.Es mi comida favorita.
Kanao asintió, por su reacción anterior se lo había imaginado. Debían haber sido una familia feliz, pensó en ese momento la joven. Se concentró en lo que estaba haciendo, debía mezclar bien todo.
Cogió un par de huevos, rompió las cáscaras y los vertió en el cuenco en el que estaba el resto de la masa. Removió todo y comprobó que el resultado hubiera quedado bien. Por el rabillo del ojo comprobó que Sumiko había colocado ya las verduras en la harina.
Fue a por una sartén y tras llenarla con abundante aceite encendió el gas en la pequeña vitrocerámica que tenían. Ahora sólo podían esperar a que se calentase. Mientras eso ocurría, Sumiko fue colocando las distintas piezas de verdura en el rebozado que había preparado Kanao.
La chica de ojos morados colocó la mano sobre la sartén para comprobar si el aceite se iba calentando. Para poder freír la tempura tenía que estar bastante caliente y parecía que aún le faltaba un poco.
Una de las niñas, Sumi, entró en ese momento en la cocina, cargaba una bandeja con un par de platos sucios y palillos. Los dejó en la encimera y sonrió un poco al ver a las dos chicas.
—¡Hola! —saludó con alegría— ¿Qué estáis cocinando? —preguntó mientras cogía los platos y los llevaba al fregadero para lavarlos. Las dos jóvenes respondieron enseguida al saludo.
—Tempura de verduras —dijo Kanao mientras volvía a comprobar la temperatura del aceite. Satisfecha ya, cogió unos palillos y sumergió el primer trozo de tempura. Sumiko, al ver que empezaba a freírse enseguida, echó otro. Las dos estuvieron con eso hasta haber metido en la sartén todos los trozos. Aunque después fue Sumiko la que se mantuvo supervisando la fritura.
Sumi miró a ambas, tenía la sensación de que estaba interrumpiendo algo, pero no podía dejar los platos sin fregarlos, así que, sin decir nada, se puso manos a la obra, agradeciendo que no fuera demasiado.
Durante un buen rato ninguna de las tres habló, cada una centrada en una cosa. Sumiko estaba buscando en las estanterías alguna bebida para ambas y sonrió un poco al reparar en las dos botellas del refresco favorito de Kanao y las cogió.
—Ya está listo —anunció la otra joven, cogiendo con los palillos el último pedazo de tempura de la sartén. La retiró del fuego y lo apagó.
Sumi colocó los dos platos para secar y limpió deprisa el par de palillos.
—¡Que aproveche! —les deseó la niña marchándose de la cocina, sin dar tiempo a las otras dos a decir algo.
Sumiko rió divertida por eso y, disimuladamente, Kanao se la quedó mirando.
—¿Dónde quieres que comamos? —preguntó Sumiko cogiendo el plato.
—Hace buen día, si quieres podemos ir al patio.
La otra joven asintió y las dos, con todo lo necesario, salieron hasta el patio y se sentaron ahí, en el poyete de madera y dejaron ahí el plato y los refrescos, entre ambas.
El Sol estaba fuera y no había ni una sola nube en el cielo, era, sin duda, el mejor momento para algo así, pensó Kanao mientras usaba los palillos para coger un trozo. Se lo llevó a los labios y le dio un pequeño mordisco.
—Está muy rico —comentó mientras esbozaba una pequeña sonrisa.
—¡Me alegro! — dijo Sumiko, haciendo lo mismo y probando un poco de la tempura.
Kanae se detuvo un momento a admirar las vistas del lugar. Después de lo ocurrido, había abandonado Hokkaido enseguida.
Aunque tuvo que requerir la ayuda de varias de las mujeres del templo de Douma para poder entrar en el barco sin problemas. Aunque eso había significado pasar más de doce horas dentro de un espacio reducido.
Cuando por fin fue libre, después de pasar un buen rato desentumeciendo los músculos agarrotados, había retomado la marcha, aprovechando que era de noche, esperando poder recorrer la mayor distancia posible antes de la llegada del amanecer.
Y sus pasos la habían llevado hasta ahí. Un pequeño pueblo de mineros. Podía aprovechar para alimentarse, su objetivo no había cambiado y desaprovechar ese tipo de oportunidades sería una tontería.
Se ajustó bien la espada en su obi. No creía que fuera a ser necesario usarla, pero siempre la llevaba consigo en caso de aparecer algún cazador de demonios.
Recorrió el pueblo, fijándose en las distintas viviendas. Gracias a sus sentidos agudizados podía saber el número de humanos dentro de cada una de ellas y estaba buscando una que tuviera como mucho dos. No quería correr más riesgos de los necesarios y, limitando las muertes y no dejando testigos, pasaría desapercibida por el momento.
Cuando por fin encontró una casa que cumplía con lo que deseaba, entró forzando la cerradura con una de sus largas uñas.
Entró en la vivienda y cerró la puerta con suavidad detrás suya. Había solamente dos humanos en la misma alcoba. A juzgar por la manera en la que respiraban, estaban profundamente dormidos, por lo que no supondrían ningún problema.
Se detuvo bruscamente al entrar y verlos. Eran dos mujeres, que, si no se equivocaba, no debían de tener más de veinte años. Gemelas, pensó, al acercarse y ver que eran idénticas.
Por un segundo recordó a su hermana. Levantó la mano derecha un poco rápidamente y sus uñas se alargaron. Con un ademán veloz, hizo un corte en el cuello de ambas, asegurándose de seccionar la carótida.
Retiró algo la ropa de una de ellas, dejando al descubierto su hombro derecho y, con ímpetu, hincó los dientes, desgarrando la piel y el músculo. Masticó satisfecha, el sabor de la carne humana era delicioso, no importaba cuántas veces lo comiera, nunca se cansaría.
Tragó y volvió a morder esa zona, hasta casi llegar al hueso. Durante bastante rato, el único sonido que rompió el silencio en aquella vivienda fue el de Kanae devorando a ambas hermanas.
Mitsuri entró contenta en la Mansión de las Mariposas. Por fin había llegado, estaba algo cansada por el viaje, pero satisfecha. Había avisado de antemano a Shinobu cuando le quedaba menos de un día para llegar y, cuando el edificio quedaba a su vista, su cuervo se había adelantado para avisar a su compañera.
—¿Qué tal el viaje, Kanroji? —preguntó Shinobu que había estado esperando ahí. Esbozaba su misma sonrisa, pero parecía bastante forzada, notó la joven mujer.
—Bien, bien. Es una pena que haya tanta distancia entre nuestros territorios —se lamentó la chica de cabellos rosas mientras rebuscaba en su macuto y le enseñaba una de las cosas que había elegido. Había comprado varios dulces típicos para dárselos. Trató de coger algo de variedad, y en cantidades importantes—.No sé qué os gusta, así que he intentado tener de todo-murmuró Kanroji, malinterpretando un poco la mirada de la Pilar de los Insectos.
—¡No te preocupes! Es un gran detalle por tu parte —comentó Shinobu —.A las niñas les encantará.
—¿En serio?— Kanroji sonrió, aliviada y la siguió al interior de la casa.
—¡Claro!
La Pilar de los Insectos escuchaba lo que la otra mujer contaba. Kanroji hablaba con entusiasmo y se notaba que estaba, como de costumbre, bastante contenta.
—Shinobu, ¿cómo es la sucesora de Rengoku?
—Es bastante amable. Creo que, si se esfuerza, terminará por llegar a ser una Pilar —contestó Shinobu —.Os vais a llevar bastante bien, no lo dudes.
—¿Y dónde está ahora? —preguntó Mitsuri, había esperado poder verla al llegar y que la estuviera esperando.
—Estaba con Kanao, entrenando, me parece. Iré a avisarla ahora, ¿te importa esperar un momento?
—Oh, no te preocupes, ¿ dónde está Rengoku? No me gustaría irme sin saludarle antes.—Así también aprovechaban para hablar.
Shinobu sonrió un poco —.Gira a la derecha al final del pasillo y tercera puerta a la izquierda.
—¡Gracias!
Mitsuri se encaminó hacia allí. Hacía tiempo que no veía a su antiguo maestro y, aunque no faltaba mucho para la siguiente reunión de los nueve Pilares, tener la oportunidad de verlo sin misiones de por medio era agradable. Tener esos, cada vez más escasos, momentos de relajación se agradecía y ella hacía lo posible por sacar provecho de eso.
Se detuvo ante la puerta, podía escuchar a Rengoku y a Senjuro hablando. Levantó la mano derecha y tocó un par de veces con suavidad. El silencio se hizo enseguida y, apenas medio segundo después, volvió a oír la voz del Pilar de las Llamas.
—¡Adelante!
La mujer entró y cerró la puerta tras de sí.
Shinobu se asomó a la sala de entrenamiento y vio a las dos chicas completamente centradas en lo que estaban haciendo. Cerró al entrar, procurando no hacer demasiado ruido, pero ya habían reparado en su presencia y se habían detenido.
Kanao se acercó a ella, posiblemente temiendo alguna mala noticia, pero la adulta sonrió un poco para calmarla y negó suavemente con la cabeza. La chica, que estaba algo tensa, se relajó, aunque no le devolvió la sonrisa.
La Pilar de los Insectos estaba acostumbrada ya a la manera de ser de su hermana pequeña, y no le dio importancia a aquello.
Sumiko, que había guardado las dos espadas de madera en el armario, se acercó entonces. Sudaba y su respiración estaba algo alterada. Debían llevar un buen rato entrenando, pensó Shinobu.
— ¿Qué tal? —preguntó mirando a la joven.
—Bien, bien —murmuró la muchacha. El sudor había pegado el cabello de su frente a esta y se podía ver como la piel brillaba a causa de este. Kanao estaba en un estado similar.
—Me alegra ver que os lo estáis tomando tan en serio —les dijo y luego añadió— venía a avisarte, Sumiko, de que ya ha llegado Kanroji a buscarte. Aunque quizá te vendría bien, a ambas mejor dicho, daros un baño.
Las dos chicas enrojecieron ante eso, algo avergonzadas. Y asintieron enseguida, incapaces de articular palabra. Shinobu rió un poco, divertida, mientras las dos se iban deprisa de ahí.
Sumiko entró al baño con intención de darse un baño relajante. Había esperado suficiente rato como para que Kanao hubiera terminado. Así que al abrir la puerta lo último que se esperó encontrar fue con la susodicha saliendo de la bañera.
Kanao se quedó paralizada, mirando a la otra como si fuera un cervatillo asustado, pero antes de tener tiempo de cubrirse con algo, Sumiko ya había salido de ahí, mientras se disculpaba atropelladamente.
Las dos estaban rojas como tomates. Sumiko se tapó la cara con ambas manos una vez estuvo fuera, nunca en su vida había llegado a pasar tanta vergüenza en su vida. ¿Cómo iba a mirar a Kanao a la cara tras eso?
Había sido su culpa, debería haber llamado antes a la puerta, pero, había estado tan preocupada por el hecho de estar haciendo esperar a la Pilar del Amor, se le olvidó. Sólo esperaba que las cosas entre ambas no se tornasen muy incómodas.
La había visto desnuda, sin nada que la tapase. Enrojeció más al recordar el aspecto de Kanao así. Y deseó darse un golpe contra la pared o esconderse en algún lugar. Lo primero era irse de ahí, ¿y si salía Kanao y la veía ahí?
Nunca en su vida había corrido tanto. Volvió a su habitación y cerró la puerta de un portazo.
Kanao miraba la puerta cerrada del baño. Estaba muy roja, repasando mentalmente lo que había ocurrido. Sumiko la había visto desnuda.
Se tapó con la toalla, aún sentía que el corazón le latía a mil por hora. ¿Qué debía hacer? Algo distraída comenzó a ponerse la ropa, aunque, tan distraída como estaba, no acertaba a abotonarse correctamente los botones de la camisa del uniforme y le tomó varios intentos hacerlo correctamente. Con la chaqueta tampoco tuvo mejor suerte, pero fue capaz de conseguirlo al final.
Se miró al espejo. Sí, tenía todo bien puesto, se dijo mientras comenzaba a cepillarse el pelo y se lo recogía en su característica coleta lateral.
A la hora de abrir la puerta para salir dudó un poco. La abrió ligeramente y, al ver que no había nadie por el pasillo, se marchó deprisa a su habitación.
Por el camino se cruzó con Aoi y suspiró aliviada, podía pedirle a ella que avisase a Sumiko de que ya tenía disponible el baño para usarlo.
—Aoi —la llamó mientras se acercaba— ¿Sabes dónde está Sumiko?
—Me imagino que en su habitación, ¿por?
—¿Puedes decirle que ya puede entrar al baño?
Aoi alzó una ceja y la miró sorprendida. No hacía falta que dijera lo que estaba pensando, Kanao ya se había percatado, así que se apresuró a inventar una excusa —.Es que yo tengo que ir a hablar ahora con Shinobu. Es urgente.
—Oh, no te preocupes entonces, yo me encargo.
Senjuro miraba contento a Kanroji. La mujer se mostraba tan risueña como la recordaba, aunque hubieran pasado ya varios años desde la última vez que la había visto. Y su apetito, que rivalizaba a esas alturas con el de Kyojuro, había aumentado.
Mitsuri, quizá por saber lo ocurrido con su padre, había evitado desde el principio hablar sobre su familia y optó por hablar sobre la última vez que había visto a Obanai, de camino hasta la mansión.
Kyojuro, que apenas había tenido contacto con él, más allá de las reuniones, escuchaba con interés. Si no hubiera visto con sus propios ojos lo dado que era el Pilar de la Serpiente a perder los estribos, habría pensado que era la persona más amable del mundo, o así era cómo lo retrataba su compañera.
Había otra cosa que le daba cierto reparo. De todos, Mitsuri era la que más buscaba tener misiones con Obanai y este sentía un arraigado odio hacia los demonios. No estaba seguro de que fuera a aceptar tener que estar con Nezuko, por mucho que esa demonio tuviera la aprobación del patrón y hubiera demostrado ya de qué lado estaba.
Su preocupación se debió reflejar en su rostro, pues tanto su hermano como Kanroji se quedaron callados, mirándole.
—¿Ocurre algo, hermano? —preguntó Senjuro, sin entender.
—No, no es nada —mintió con más soltura de la que le habría gustado. Lo peor fue que no se sintió del todo mal por eso, aunque trató de convencerse de que se debía a que era una mentira inofensiva.
— ¿Seguro? —insistió Kanroji y Kyojuro asintió. La mujer pareció creerle, pues prosiguió contando aquello y Rengoku se obligó a sí mismo a prestar atención.
Aunque un cuarto de hora después fue de nuevo interrumpida, esta vez por el sonido de alguien tocando la puerta.
— ¡Esa debe ser Sumiko! —dijo Rengoku, contento de que por fin hubiera llegado—¡Adelante!
La puerta se abrió y una chica joven entró. Kanroji sonrió ampliamente, era una monada, pensó, el pasador con forma de mariposa le quedaba muy bien. Se levantó y se acercó a ella enseguida. Aunque ya la había visto anteriormente, no habían tenido la oportunidad de hablar.
— ¡Hola, por fin nos vemos de nuevo! —exclamó —¡Soy Mitsuri Kanroji!
—E-Encantada —murmuró Sumiko, cohibida, dando un paso atrás. El aura que emanaba la otra mujer resultaba intimidante.
—¿Tienes todo listo ya? —quiso saber la mujer de cabellos rosas —.No quiero demorarme demasiado.
—Sólo tengo que ir a buscar a mi hermana y estaremos preparadas.
—¡Bien! Pues te espero en la entrada, ¿vale?
Uzui estaba cada vez más preocupado, había intentado no darle demasiada importancia al principio al hecho de que Suma no mandase más cartas, pero ya llevaba así una semana.
Algo debía haberle pasado, cada vez estaba más convencido de ella. Les había preguntado a Hinatsuru y a Makio, pero ninguna de las dos había sido capaz de aportar nada, tampoco sabían nada al respecto y no podían ir al burdel y preguntar por ella sin llamar la atención.
Por consejo de Hinatsuru había decidido esperar un par de semanas más, si para entonces Suma seguía sin dar señales, iría él mismo a ver qué había pasado. Hacerse pasar por cliente sería pan comido.
Pero la espera se le iba a hacer eterna. Lamentaba haberlas metido en eso y les había rogado a las otras dos que se fueran, que abortaran la misión, lo que había ocasionado una discusión vía carta, pues ambas se habían negado en redondo.
No lo decían en alto, pero compartían su preocupación por el paradero de Suma.
Rui observaba la casa abandonada, había seguido el consejo de su hermana y tras hablarlo con el resto de la familia, habían decidido abandonar el monte Natagumo.
Aunque eso les había supuesto estar durante bastante tiempo sin un lugar fijo al que poder llamar hogar, y sólo recientemente habían sido capaces de encontrar algo medianamente decente donde poder vivir con tranquilidad.
Suspiró un poco, huir había supuesto un golpe a su orgullo, pero los demás habían estado encantados con la idea de marcharse, casi aliviados, pensó al recordar la noche en la que lo hablaron.
Casi parecía que el hecho de compartir sus poderes no les proporcionaba seguridad suficiente, ¿significaba eso que no confiaban en él para protegerles? Cierto era que, dentro de las 12 Lunas estaba en los puestos más bajos. Sí, quizá fuera eso, las Lunas Inferiores morían con relativa facilidad.
Ni siquiera contar con cierto favoritismo por parte de Muzan implicaba que fuera a vivir. Sí, tenía que hacerse más fuerte, tratar de llegar al menos a ser la Primera Luna Inferior y después, si era capaz, la Sexta Superior, aunque con eso último sus posibilidades no eran demasiado grandes, pero podía intentarlo. Tampoco era que fuera a morir en el enfrentamiento.
—¿Ocurre algo, Rui? —Oyó que preguntaba su madre, acercándose a él. La mujer demonio poseía una voz tranquila y no solía hablar demasiado alto. Rara vez daba voces o se enfadaba.
Era una mujer que sacaba dos o tres cabezas a Rui, de figura esbelta. Tenía el cabello blanco largo hasta la cintura. Sus ojos eran de un color verde acuoso. Vestía un kimono blanco con un obi de ese mismo color con motivos florales.
—No, sólo estaba pensando que habíamos encontrado un buen sitio.
—Sí —reconoció ella, parándose frente a él —.Todos parecen estar bastante contentos. Gracias, Rui.
—¿Por? Esta es una decisión que hemos tomado todos —le recordó la Luna Inferior. No había motivo para que dijera eso.
La mujer asintió. Lo sometieron a votación y el único que se había opuesto fue Rui, el resto, los ocho habían estado a favor, así que ganaron por mayoría aplastante.
—¿Vamos adentro?— le preguntó y Rui asintió.
Bueno, y hasta aquí es el décimo primer capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.
Así que, nos vemos el mes que viene con el décimo segundo capítulo.
¡Hasta la vista!
