Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.

Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.


Mukago se apartó del cuerpo que había estado devorando. Sentía la presencia de cazadores de demonios acercándose a la zona.

Aunque no le sorprendía haberse visto descubierta. Llevaba días cazando en la ciudad cercana, y el rastro dejado no debía haber resultado difícil de seguir.

Se incorporó completamente y se limpió la sangre de los labios con la mano. Cinco, no eran demasiados y parecían acudir todos desde la misma dirección.

No les tenía miedo y le apetecía un buen combate. Una vez ganase podría alimentarse más y, lo había comprobado, la carne de los humanos que cazaban demonios tenía un mejor sabor que la de los corrientes.

Se relamió sólo de pensarlo. No dejaría pasar esa oportunidad. Se estiró un poco, llegarían en unos minutos.

De un salto se subió a una de las ramas del árbol más cercano, asegurándose de quedar lo suficientemente oculta para no ser vista con facilidad. Aprovecharía el factor sorpresa para matar al menos a uno o a dos.

Aguzó el oído mientras transformaba sus dos brazos en látigos. Si se trataba de cazadores normales sería sencillo, pero si alguno de esos era un Pilar, las cosas se pondrían bastante feas para ella.

Sólo las Lunas Superiores y el propio Muzan sobrevivirían a un enfrentamiento contra ellos. Las Inferiores solían caer con facilidad. Gruñó un poco, no llevaba más de un año en ese puesto.


Obanai observaba con disgusto el cadáver, el demonio lo había dejado a medio devorar y podían verse las entrañas.

Los odiaba con toda su alma, seres semejantes no merecían otra cosa más que una muerte lenta, dolorosa y horrible. Y él se aseguraba siempre de ello.

Si era algo posible trataba de dilatar el combate hasta la salida del Sol. Ver a los demonios arder le proporcionaba un placer indescriptible.

La muerte que proporcionaba con la nichirinto era demasiado rápida, casi piadosa y no la merecían.

Cuando vio que dos látigos carnosos descendían a toda velocidad hacia los otros cazadores que le acompañaban, no se lo pensó dos veces y, antes de que estos pudieran herirlos, Obanai ya había llegado hasta allí y los había cortado con su espada.

Levantó la cabeza y su mirada se cruzó con la de la demonio que estaba ahí, medio escondida en una rama.

No era demasiado alta, si acaso llegaría al metro y medio. Tenía el cabello blanco corto y de la frente le sobresalían dos cuernos. Los ojos, cuyas escleróticas eran completamente rojas, estaban clavados en él y Obanai pudo distinguir en el izquierdo el kanji que la marcaba como Cuarta Luna Inferior.

Perfecto. Al menos esa vez no mataría a uno cualquiera, pensó mientras saltaba hacia ella con su arma lista.

La demonio le esquivó y sus brazos se regeneraron. Al hombre no se le escapó la cautela con la que miraba su espada. Sin darle demasiadas vueltas, cargó contra ella, dispuesto a terminar el combate cuánto antes.

Y esta, a su vez, convirtió de nuevo sus brazos en látigos y, con el izquierdo, agarró su tobillo derecho para desestabilizarle. El Pilar de las Serpientes llevó su espada hasta ahí, en un intento de cercenar aquel miembro, pero el látigo libre se lo impidió, enrollándose en torno a su muñeca.

Iguro gruñó, debía haberse imaginado que algo así iba a pasar. Podía oír a los otros cazadores hablar entre ellos con nerviosismo, preocupados por la situación en la que se encontraba.

—Así que eres un Pilar, por lo que veo. —La demonio había estado también algo pendiente de lo que los otros decían.

Obanai no respondió, estaba más centrado en intentar soltarse, pero, antes de conseguirlo, su enemiga le tiró contra el árbol más cercano y aprovechó eso para intentar huir.

Pero antes de ser capaz siquiera de dar un paso, el humano volvía a estar a su lado. Mukago sintió dolor en su cuello y notó el momento exacto en el que su cabeza se separó del resto de su cuerpo.

Dolía, más que cualquier herida que otros cazadores le hubieran infligido hasta ese momento, ¿sería porque era un Pilar? se preguntó ella mientras su cabeza caía al suelo, justo delante de los otros humanos.

No era justo, apenas había conseguido algo, ni siquiera presentar algo de batalla a aquel humano. Iba a morir, comprendió entonces. No quería, deseaba seguir sirviendo a su señor. Pero ya no había vuelta atrás, su cuerpo y su cabeza se estaban convirtiendo ya en polvo.

Obanai se detuvo cerca de ella y estuvo observando hasta que el cuerpo de la joven mujer desapareció completamente, quedando sólo la ropa como prueba de su existencia.

Pero no sentía el placer de otras veces, al haber otros cazadores delante había tenido que suavizar la manera de eliminar a ese despreciable ser inmundo. Y eso sólo consiguió ponerlo de mal humor. Así que, sin mediar palabra alguna con sus compañeros, se dio la vuelta y se marchó, dejándolos ahí. Ya se encargarían ellos de enterrar el cuerpo de la víctima, eso no era asunto suyo.


Muzan sintió el momento exacto en el que la vida de la Cuarta Luna Inferior llegaba a su fin. Aunque, acostumbrado como estaba a ese tipo de cosas, apenas mostró reacción alguna.

Suspiró un poco, irritado y repasó mentalmente los últimos minutos de vida de Mukago. Como no, un Pilar había puesto fin a su vida.

Ese solía ser su destino, rara era la ocasión en la que alguno de los miembros sobrevivía lo suficiente como para integrar las Lunas Superiores.

Ahora iba a tener que centrarse en cubrir ese puesto vacante. Lo que sería un dolor de cabeza, los demonios se afanarían en conseguirlo, y la gran mayoría ni lo merecerían.

Podía elegir uno personalmente y se ahorraría tiempo que podía invertir en algo más importante. Sabía que Kokushibo había convertido recientemente a un cazador de demonios y las ambiciones que este tenía.

Podía ponerle a prueba, ver si de verdad merecía aquel puesto. Lo más rápido sería darle más de su sangre y ver si aguantaba. Sólo un demonio lo suficientemente fuerte podría hacer algo así.

Pero tampoco quería meter a cualquiera. Era momento de fortalecer a las Lunas Inferiores, no podía permitir que eso se siguiera repitiendo. Lo había descuidado ya demasiado tiempo.

Y también tendría que hacer limpieza de aquellas que no sirvieran para el puesto que ocupaban. Aunque eso significase quedarse sólo con tres o cuatro.

— Nakime, convoca a Kokushibo y al demonio que le acompaña—ordenó.

La única respuesta de la mujer fue tocar un par de veces su instrumento. Y apenas tres segundos después, los dos estuvieron en el lugar.

Kokushibo se arrodilló inmediatamente y el otro, aunque tardó más, terminó por imitarle.

— Mi señor. — Los dos demonios mantenían la cabeza gacha, mirando al suelo. Kaigaku tragó saliva nervioso. Si la presencia de Kokushibo le había parecido intimidante, Muzan era mil veces peor.

—Ha habido una nueva baja entre las Lunas Inferiores —informó, serio, el rey de los demonios, y el chico tuvo que reprimir el impulso de levantar la cabeza y mirarle a los ojos.

—¿Existe la posibilidad de que Kaigaku pase a formar parte?—Kokushibo mantenía su tono de voz sosegado.

—Primero tendría que comprobar que está a la altura —dijo Muzan y, sin previo aviso, clavó uno de sus dedos en el cuello del joven.


Suma apenas estaba consciente. Le dolía todo el cuerpo, debía admitir que su captora podía ser bastante creativa a la hora de torturarla. Después de arrancarle todas las uñas, habían seguido los dientes.

Ahora mismo apenas le quedaban unos pocos. Hablar y comer eran tareas imposibles para ella.

Sintió que Daki se ponía de cuclillas a su lado y la examinaba-Parece que ya no me vas a ser útil-comentó-Una pena, si hubieras respondido a mis preguntas, nada de esto te habría pasado, ¿sabes?

Llevó ambas manos al cuello de la mujer y comenzó a apretar, dejando poco a poco a Suma sin aire, quien empezó a removerse, tratando de removerlas de su cuello y seguir respirando, pero su fuerza, debilitada por la inanición y la deshidratación, no fue rival para la demonio.

Daki suspiró un poco. Ya estaba, no sentía latir el corazón de la humana, se retiró y la observó. Realmente era una pena, si tan sólo hubiera colaborado por las buenas…

Varias cintas emergieron de su obi y agarraron el cadáver. Lo llevaría al exterior, a la vista de los humanos. Sería la forma perfecta para que los que la estaban buscando salieran a la luz.

Adoptó un aspecto humano mientras las cintas se encargaban de dejar el cuerpo cerca de una de las casas más populares, la casa Kyogoku.


Makio se terminaba de preparar, esa noche parecía que iba a ser bastante entretenida, pensó cuando se miró al espejo. Aún no se acostumbraba a verse maquillada. Pero no le quedaba otra.

Podía oír a las otras chicas moviéndose deprisa por el pasillo y a la dueña de la casa dando órdenes. Sonrió un poco y dio los últimos retoques a su rostro. Perfecto, pensó al evaluar el resultado.

Quizá debiera ir a ver si podía ayudar algo al resto, si algo detestaba Makio era quedarse quieta sin hacer nada. Siempre necesitaba estar ocupada con algo.

Así que, con eso en mente, salió de su habitación y buscó a la dueña del negocio, Himiko, la esposa de Hiroki Kyogoku.

Nada más encontrarla, hablando entre susurros con una de las cortesanas, supo que algo no iba bien. La chica, que apenas debía tener dieciséis años, estaba exageradamente pálida y, a juzgar por la cara de horror y consternación de Himiko Kyogoku, no debía ser nada bueno.

— ¿Ocurre algo? —preguntó Makio una vez llegó a su altura. Ambas mujeres la miraron y fue la más mayor la que tomó rápidamente las riendas.

—¿Te acuerdas de Suma, la oiran de la casa Tokito? —preguntó Himiko, seria.

—Claro, ¿ha pasado algo?— Makio comenzaba a sentir un nudo en el estómago y rezaba para que la mujer hubiera aparecido sana y salva.

—H-He encontrado su… . —La joven, que, si la kunoichi recordaba correctamente, se llamaba Homura, temblaba y parecía estar al borde de un ataque de ansiedad. Tampoco hizo falta que terminase de hablar para que Makio entendiera lo que quería decir.

—¿Dónde? —preguntó, interrumpiéndola.

—F-Frente a la casa.

Mierda, Makio tuvo que reprimir el impulso de salir corriendo hacia allí. Asintió y fue hasta la salida del negocio.

Como ya se imaginaba había una muchedumbre agrupada ahí. Makio distinguió a Hinatsuru entre el grupo de curiosos y las dos mujeres intercambiaron una rápida mirada.

En ese momento, Makio pudo, por fin, ver el estado en el que Suma se encontraba.


Hinatsuru esperaba sentada en el tejado de uno de los edificios más alejados de la zona principal del barrio del placer.

Makio debería llegar en cualquier momento, pensó la mujer, tratando de alejar de su mente el recuerdo del cuerpo de Suma. Ni siquiera, por la situación en la que se encontraba, había tenido la oportunidad de llorarla.

Siendo completamente honesta, aún no lo había asimilado. La conocía desde los quince años y tuvieron una misión juntas.

—Hinatsuru— la llamó Makio. Había llegado y la otra mujer había estado demasiado distraída pensando en su compañera caída.

—Tenemos que informar a Tengen —murmuró, tratando de recomponerse, pero no conseguía recuperar la compostura completamente.

—La torturaron— Makio, al contrario que ella, no hacía el menor esfuerzo por contener su rabia.

—Lo sé.

—¿¡Cómo puedes estar tan tranquila!?— la otra mujer le gritó, perdiendo los estribos completamente.

—Quiero vengarla, tanto como tú-confesó Hinatsuru, abrazándose ambas piernas —.Pero si nos precipitamos, no lograremos nada.

—¡No voy a quedarme de brazos cruzados!

—Yo tampoco, pero lo único que podemos hacer es pedirle a Tengen que venga-informarle por carta de lo ocurrido habría resultado demasiado frío. Además que, la muerte de Suma les obligaba a trazar una nueva estrategia.

Ellas no podían luchar contra los demonios. Aunque sus armas, cortesía de Shinobu, estuvieran embadurnadas con veneno para demonios, no habían aprendido ningún tipo de respiración. Aunque se supieran de memoria las distintas formas de la respiración de su marido.


Uzui estaba con Shinobu cuando llegó el cuervo. El Pilar del Sonido había ido a la Mansión de las Mariposas a coger más veneno de glicina cuando vio al ave posarse en el alféizar de la ventana.

Los dos Pilares hicieron amago de ir hacia el animal al ver el papel doblado en su pata, pero este habló-¡Carta para el Pilar del Sonido!

Si Shinobu se percató de la urgencia con la que el hombre la cogía y la desdoblaba no comentó nada al respecto.

—Tengo que irme —dijo Tengen, serio.

—¿Una misión? —se interesó la mujer.

—Algo así, sí.

—Entonces, no te entretengo más —dijo Shinobu —.Si necesitas ayuda no dudes en mandar un aviso.

— No te preocupes. Puedo encargarme solo perfectamente.

—Bueno, si tú lo dices. Confío en tu criterio.—No en vano Uzui era, dentro de los Pilares, de los más veteranos.

—Nos vemos en la siguiente reunión, Shinobu. Cuídate.

—Lo mismo digo. Suerte.

Uzui se marchó corriendo y la mujer suspiró un poco.


Para cuando quiso llegar al Barrio Rojo estaba anocheciendo ya. Tengen, sin perder más tiempo del necesario, saltó a uno de los tejados y comenzó a recorrer el lugar saltando por los edificios.

Según le había escrito Hinatsuru tanto Makio como ella le estarían esperando en la zona más pobre de aquel distrito. No especificaba lo que deseaban hablar con él, pero si remarcaba lo importante que era.

Aunque no quisiera reconocerlo, el hecho de que, en ninguna parte de la carta, hiciera mención a Suma había conseguido inquietarlo de verdad.

Y su temor fue en aumento cuando, al llegar al punto de encuentro, sólo vio a Hinatsuru y a Makio. Y ambas parecían haber estado llorando, escuchar la melodía que procedía de ellas fue todo lo que Tengen necesitó para encajar todas las piezas.

—Es broma, ¿verdad?— Fue lo primero que dijo. No podía ser cierto. Hinatsuru negó con suavidad y las dos mujeres avanzaron hacia él, abrazando a su marido mientras los tres lamentaban el asesinato de Suma —¿Dónde está? —preguntó, finalmente, Tengen. Quería verla y despedirse de ella como merecía.

—Se llevaron el cuerpo varios agentes que vinieron de la ciudad más cercana —contestó Hinatsuru. Aunque a las dos les hubiera gustado ir con ellos o admitir que la conocían, dada la naturaleza de su misión se habían visto obligadas a mantener la boca cerrada.

La ciudad debía estar a varios kilómetros, así que llegar ahí les tomaría unas horas, pensó Uzui. No les quedaba más remedio que irse por el momento y reevaluar su estrategia.

—Pues tendremos que ir —sentenció el Pilar del Sonido y las dos mujeres asintieron.

—No hemos conseguido aún dar con el demonio —le informó Makio cuando emprendieron la marcha.

—Mejor. Con lo bien que se está escondiendo debe ser parte de las Doce Lunas.— Había sido una imprudencia involucrar a sus esposas y terminó por pagar las consecuencias —.No quiero que os involucréis más. Desde ahora, me encargaré yo de todo.

Makio fue a protestar inmediatamente, pero Hinatsuru agarró el brazo derecho de la otra mujer y, cuando tuvo su atención, negó tajantemente. Era mejor no llevarle la contraria, por mucho que ninguna de las dos pensase igual.


Daki sonreía satisfecha. Había seguido a esas dos mujeres en cuánto vio que se iban juntas a una zona apartada.

Para no ser detectada había anulado lo máximo posible su presencia y se mantuvo pendiente de la conversación.

No le hacía falta estar cerca para poder oír lo que decían, tenía el oído lo suficientemente agudo como para escuchar a distancia y, desde luego, fue algo que mereció la pena.

Aunque había tenido que permitir que enviasen un cuervo a su contacto dentro del Cuerpo y se vio en la necesidad de esperar.

Cuando vio a aquel hombre, que vestía el uniforme de los miembros de aquella organización, lo supo de inmediato. Un Pilar. Se había enfrentado a suficientes como para poder reconocerlos a simple vista.

Podría haberles atacado ahí mismo y ganar con facilidad, pero, y esa era la parte graciosa, no era justo. Tenían derecho a lamentar la muerte de esa humana, Daki no les iba a quitar eso.

De todas formas, sabía que volverían tarde o temprano a por ella, así que no le importaba esperar unos días más. Merecería la pena.

Los observó marcharse desde su escondite. Aquel Pilar no había sido capaz de detectarla en ningún momento. Patético, realmente lamentable.

Esperaba que la pelea fuera emocionante. Quería divertirse.


Ubuyashiki escuchaba a su esposa con incredulidad. No podía ser, lo de Kanae ya había sido un golpe suficiente.

Ahora, uno de los aprendices de la Respiración del Trueno se había convertido en demonio. Y él no podía hacer nada por evitar esas cosas. Nada más que dar las malas noticias al hombre que había entrenado a Kaigaku.

—¿Qué he hecho mal, Amane? —preguntó, apenas conteniendo el pesar en su voz.

—Nada. No había nada que pudieras hacer para evitar esto.—Como siempre su esposa era franca con él —.No son culpa tuya las decisiones de otros.

Por mucho que ella tuviera razón, eso no hacía que doliera menos. Consideraba a todos los cazadores sus hijos y, ver como se desviaban del camino, dolía.

—Lo único que puedes hacer ahora es obrar en consecuencia —le aconsejó Amane —.E informar a su maestro de lo ocurrido. Merece saberlo.

Kagaya suspiró, hacía lo posible por mantenerse en contacto con los Pilares retirados, y, ser portador de tan malas noticias nunca era algo agradable, pero no dejaba de ser una tarea necesaria.

—Cierto.— Kuwajima tenía que saber lo que había ocurrido.

—Me pondré a escribir la carta enseguida— le indicó Amane.

—Gracias.

Kagaya se quedó solo en la habitación y contuvo un suspiro. Esa era la parte más desagradable de todo. Cuando tocaba notificar a los allegados las muertes o casos en los que el cazador terminaba convertido en demonio.

Ahora lo único que podía salvar a Kanae y a Kaigaku eran las katanas de otros cazadores. Aunque sus almas acabasen en el infierno, pagando por sus crímenes.


Kuwajima observó sonriendo al cuervo que acababa de llegar. Se acercó con cierto entusiasmo, esperando que fuera la carta que Zenitsu, uno de sus aprendices, le escribía todos los meses para ponerle al día.

Por eso, al poder ver de cerca el papel y reconocer el sello familiar de los Ubuyashiki, frunció un poco el ceño. Rara vez recibía cartas del actual patrón del Cuerpo.

Se había retirado hacía más de veinte años, ni siquiera había llegado a servir ante Kagaya, sino ante su progenitor. Uno de los hombres más respetables que el ex-Pilar de las Tormentas había tenido el placer de conocer.

Dando vueltas a eso, se dispuso a ver el contenido de la carta, curioso por saber qué quería de él.

A medida que iba leyendo, el color de su rostro se iba marchando. Según lo que le contaba Ubuyashiki, uno de los cuervos del Cuerpo había dado aviso de que Kaigaku había aceptado convertirse en demonio.

Dejó el papel a un lado, era demasiado para asimilar. Kaigaku, aunque sumamente orgulloso y temperamental, había sido alguien con mucho potencial y nunca imaginó que pudiera caer tan bajo.

Debía haber hecho algo mal como su maestro. Había fallado estrepitosamente, se dijo. Y la responsabilidad de eso caía en él.

A su mente acudieron todos los momentos que había pasado junto a Kaigaku, entrenando, comiendo juntos, conviviendo en la misma casa. Parecía mentira que, para el joven, hubiera resultado tan sencillo dar la espalda a todo eso.

La responsabilidad final recaía en él, por no haber sabido enseñar correctamente a su discípulo. Y tenía que pagar las consecuencias. Tiempo atrás, cuando era joven e impetuoso había prometido ante el anterior patrón que se rajaría el vientre si algo así llegaba a pasar.

—Es momento de cumplir mi palabra —murmuró para sí.

Tenía que preparar todo para aquello. No tenía miedo a morir, era algo que había asimilado años atrás.

Fue hasta la armería donde guardaba todas sus espadas y cogió el arma blanca más indicada para lo que pensaba hacer.

Dejó el cuchillo ahí mientras iba a coger lo que necesitaba. Parte del ritual requería componer un poema y beber algo de sake antes.

Normalmente se realizaba delante de un asistente, que cortaba la cabeza de la otra persona, pero Kuwajima vivía solo, no había nadie que pudiera hacer aquel papel.

Quizá se lo mereciera, se dijo el anciano.

Cuando tuvo todo lo necesario, regresó a la habitación dónde había dejado el cuchillo y, tras arrodillarse, comenzó a redactar el poema.


Zenitsu se relajó cuando terminó la sesión de entrenamiento del día. Cómo tenía que aprender la Respiración Total Constante, seguía en la Mansión de las Mariposas.

Sus entrenamientos eran bastante variados, bajo la supervisión de la Pilar de los Insectos, que le ayudaba e indicaba los fallos que iba cometiendo.

Ni siquiera podía dejar de practicar durante la noche, era necesario que, hasta dormido, siguiera respirando de esa manera.

Agradecía el apoyo de las chicas, pero cada vez le costaba más mantener ese ritmo.

—Bueno, pues lo dejamos por hoy —dijo Shinobu sonriendo —.Lo has hecho muy bien, Zenitsu. Estoy segura de que pronto lo dominarás a la perfección.

—¿Usted cree? —El chico no lo tenía tan claro, aunque agradecía sus palabras.

—¡Claro!

—Gracias.

—¡Zenitsu!-Senjuro llegó deprisa a la sala. En su mano izquierda traía una carta —¡Ha llegado esto para ti!

—Oh, gracias. —El rubio la cogió. La abriría una vez estuviera en la cama para leerla con calma —.Bueno, pues, entonces nos vemos mañana. Muchas gracias por todo, señorita Kocho.

Se marchó deprisa. No quería demorarse demasiado en leer la carta que, seguramente, le hubiera escrito su maestro. Había perdido las esperanzas de que Kaigaku fuera a responder a alguna de sus cartas.

Cuando llegó al dormitorio que ocupaba, se sentó en la cama y desdobló el papel, comenzando a leer su contenido.


Bueno, y hasta aquí es el décimo cuarto capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.

Así que, nos vemos el mes que viene con el décimo quinto capítulo.

¡Hasta la vista!