Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.
Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.
Kazumi se subió al tren, seria y bastante tensa. Escondida entre su ropa llevaba un punzón muy afilado, obsequio de Enmu para poder destruir correctamente los núcleos de las almas de sus víctimas.
Una tarea que, pese a saber lo horrible que era, seguía haciendo. No quería descubrir qué le haría Enmu si se negaba. Posiblemente la matase, y, si era completamente sincera consigo misma, Kazumi no deseaba morir. Cualquiera en su misma situación hubiera hecho lo mismo, ¿verdad?
Miró de reojo a los pasajeros que ya estaban sentados en los asientos del tren. Tenía que buscar a uno de los pasajeros en concreto. Aunque la única pista que el demonio le había dado era que vestía una chaqueta oscura abotonada, con un kanji en la espalda, y unos pantalones del mismo color. Eso y que llevaría escondida una espada.
Tragó saliva, nerviosa, al recordar eso último, por mucho que Enmu le hubiera asegurado que, siendo una civil, no iba a utilizar ese arma contra ella, la chica no se terminaba por fiar completamente.
Nadie se fijaba en ella, la gran mayoría de los pasajeros estaban ocupados charlando entre ellos, o mirando por la ventana y despidiéndose de aquellos que les acompañaron hasta la estación.
Pero no parecía que en ese vagón estuviera la persona que debía eliminar. Ni siquiera sabía por qué tenían que ir a por alguien así, aunque no tuvo valor suficiente para preguntar el motivo.
Con eso en mente, pasó al siguiente vagón y, con disimulo, fue observando a los que allí estaban. Pero nada, tampoco estaba ahí la persona a la que buscaba. Así que, sin más remedio, cruzó hasta el tercer vagón, deseando tener suerte por fin.
Observó que, en ese momento, ya había varias personas dormidas, indudablemente ya estarían bajo el poder de Enmu y, por un instante, Kazumi se preguntó qué se sentiría estando así. Parecían tan relajados…
Como si no fueran conscientes de lo que realmente ocurría, pero, por esa noche, se librarían. Kazumi localizó por fin a la persona que buscaba y tuvo que contener un suspiro de alivio al ver que ya estaba dormida.
Era un hombre joven que, por su apariencia, no debía llegar a los veinte años. Tenía el pelo largo de color castaño recogido en una coleta. Dormía plácidamente, ajeno al destino que, en unos minutos correría.
Como había hecho en ocasiones previas se sentó frente a su víctima y, de su obi, sacó la cuerda que llevaba escondida. Enmu le había advertido también que algunas personas que llevaban ese uniforme eran capaces de sentir las malas intenciones, así que debía tener cuidado.
Ató primero la cuerda a su muñeca derecha y, una vez se hubo asegurado de que el nudo estaba bien hecho, repitió el mismo procedimiento con la muñeca derecha de ese hombre.
Se volvió a sentar en el sitio de enfrente y cerró los ojos, tratando de conciliar el sueño, siguiendo las instrucciones que, la primera vez que hizo aquello, Enmu le había dado.
Yoshikage miraba confuso a su alrededor, ¿cómo había llegado ahí? Lo último que recordaba era haberse subido al tren, ir a uno de los vagones y sentarse. Pero ahora, sin explicación racional alguna, volvía a estar ante la pequeña casa en la que había crecido.
La nieve caía copiosamente y el viento que aullaba en esos momentos le revolvía el pelo. Uno de los copos de nieve aterrizó en su mano y el joven cazador se estremeció ante el contacto. Parecía real, comprobó, pero eso no explicaba aún nada.
No iba a hallar respuestas a todo quedándose parado ante la casa, pensó, y, aunque no las tenía todas consigo, entró.
Todo era tal y cómo lo recordaba. Una gran mesa cuadrada de madera con una pata ligeramente más corta que el resto, lo que la hacía cojear, y las siete sillas a su alrededor.
La chimenea que utilizaban en invierno para calentarse estaba en su rincón de siempre. Y un cesto de mimbre del que sobresalían varios troncos pequeños se encontraba a su izquierda.
Delante de la chimenea había una alfombra de color rojo, que destacaba sobre el suelo de madera. Las paredes de la vivienda, de un color blanco, reflejaban su antigüedad y se encontraban desgastadas.
Se tensó involuntariamente al escuchar a alguien hablar desde la puerta. Había reconocido la voz a la perfección, pero no podía ser. Se giró, temiendo lo que iba a encontrar.
Su madre, quién había muerto asesinada por un demonio casi una década atrás, estaba ahí. Palideció al verla, tenía el mismo aspecto con el que la recordaba. Vestía el kimono marrón de siempre, sujeto con un obi rojo.
Pelo negro largo, recogido en un moño algo descuidado. Ojos azules, que resaltaban en su rostro, siempre rebosantes de amabilidad. Sonreía con dulzura mientras se acercaba a él.
Sin darse cuenta, Yoshikage comenzó a sollozar con fuerza, y olvidando todas sus penurias desde ese trágico suceso, avanzó deprisa hacia su progenitora y la abrazó mientras seguía llorando y la mujer murmuraba suaves palabras de consuelo y, con un pañuelo blanco, le limpiaba las lágrimas que caían de sus ojos.
—¿Qué ocurre?—preguntó la mujer, preocupada. No era normal que su hijo perdiera los papeles de esa manera. Las veces que le vio llorar habían sido escasas.
El joven no fue capaz de decir nada, las palabras se le quedaban atascadas en la garganta, sólo era capaz de llorar como si fuera un niño pequeño. Pero eventualmente, las lágrimas pararon de caer y él se fue sintiendo más tranquilo.
—¿Estás mejor ya, Yoshikage?—quiso saber su madre, sonriendo un poco, tratando de aligerar el ambiente.
—Sí, no sé qué me ha pasado—murmuró él, avergonzado. Si su hermano mayor le hubiera visto, se habría burlado de él por ser un llorica. Y ya era un hombre hecho y derecho, esas cosas no las podía seguir haciendo.
—No pasa nada.—Ayane, su madre, no parecía preocupada por eso ya, lo que agradeció, no le gustaba hacer sentir mal a su madre—.Lo que te iba a preguntar era si querías acompañarme al pueblo a comprar. Tengo que coger varias cosas y no creo que vaya a poder yo sola con todo el peso.
—¡Claro!
—Genial, muchas gracias, hijo. Ah, y antes de que se me olvide, corre a avisar a Akira para que nos acompañe—pidió Ayane—.Debe estar en el taller, como siempre, ya sabes que cuando se pone a trabajar pierde la noción del tiempo.
Yoshikage asintió y, para no hacer esperar mucho tiempo a su madre, salió corriendo en dirección a la pequeña caseta que estaba a unos metros a la izquierda de la casa.
Kazumi corría por el lugar nevado, tenía que darse prisa en encontrar el límite del sueño, aunque el joven estaba ocupado en esos momentos, pasando tiempo con su familia, nada aseguraba que fuera a permanecer así eternamente. Y ella prefería no correr riesgos innecesarios.
Miró a su alrededor, esperaba que no le faltase mucho, la tormenta de nieve que se había desatado dificultaba su búsqueda demasiado, apenas podía ver lo que tenía frente a ella. Incluso el aliento salía de su boca en forma de vaho.
Apretó la mano derecha en torno al punzón afilado que sostenía hasta que los nudillos se le tornaron blancos. Tenía que estar cerca, se dijo, seria mientras que, con su mano libre extendida, trataba de palpar el borde.
En otras ocasiones, por no ir pendiente, se había llegado a dar de bruces con la barrera. No es que le hubiera dolido, pero no dejaba de ser algo vergonzoso. Sonrió con evidente alivio cuando su mano tocó algo sólido.
Como en ocasiones anteriores no veía lo que tocaba, pero era incapaz de avanzar. Sabiendo que por fin había llegado, enarboló el punzón y, con la habilidad de alguien que lo ha hecho más veces, comenzó a rasgar esa fina membrana hasta crear un espacio lo suficientemente amplio como para poder pasar a la zona del núcleo sin problemas.
Nada más entrar ahí abrió mucho los ojos, sorprendida ante la belleza del paisaje que se extendía ante ella. Un prado de un color verde que parecía no tener fin. Se respiraba una paz y una calma inauditas en ese lugar. Sonrió un poco, se sentía, de golpe, muy relajada, aunque sacudió la cabeza casi al momento, liberándose del embrujo que ese lugar ejercía sobre ella.
Tenía que encontrar el núcleo y destruirlo, se recordó mientras comenzaba a andar, por el prado. Encontrar lo que buscaba le llevó un par de minutos. En el centro del prado estaba el núcleo, un orbe de color blanco de gran tamaño, aunque la chica, sin dejarse achantar por eso, hundió, con decisión, el punzón ahí y comenzó a rasgarlo.
A medida que la brecha se iba haciendo más y más grande, el lugar a su alrededor comenzaba a desmoronarse, como si fuera una simple ilusión, pero, Kazumi tenía la certeza de que, como en ocasiones anteriores, Enmu la sacaría de ahí antes de que su vida corriera peligro de verdad. Y así fue.
Kazumi abrió los ojos de golpe y se incorporó deprisa. Eso era algo que siempre le ocurría, cuando volvía a la realidad, lo hacía con un sobresalto. El corazón le latía más deprisa de lo normal y, algo que comenzaba a ser preocupante, le tomó más tiempo que otras veces darse cuenta de que estaba de vuelta.
Ignoraba a qué se debía eso, en ningún momento Enmu le había advertido de que existieran secuelas por entrar en los sueños de otras personas. Pero, si se concentraba lo suficiente, aún podía sentir el tacto de la nieve en su cuerpo y la sensación de frío. Y, como las veces anteriores, se convenció a sí misma de que era algo normal, una cosa pasajera y que pronto se sentiría mejor.
Desató la cuerda de su muñeca e hizo lo mismo con la del joven. Volvió a meter la cuerda debajo de su obi y, sin mirar atrás, abandonó el vagón, su tarea ya estaba hecha, lo que fuera que quisiera hacer Enmu con esa persona no era asunto suyo.
No volvería a subirse a ese tren hasta que el demonio se lo indicase, pero, hasta ese momento, se mantendría vendiendo periódicos como siempre.
Enmu sonreía satisfecho, todo iba viento en popa. Mejor de lo que había esperado al principio, aunque ese cazador podría haber supuesto un problema, gracias a la chiquilla ya tenía una preocupación menos.
Y es que, la Primera Luna Inferior, no había podido prever que un miembro del Cuerpo fuera a utilizar el mismo tren que él. Pero ahora podría degustar la carne de uno de esos asquerosos humanos y se moría de ganas de ello. El sólo pensarlo provocaba que se le hiciera la boca agua.
De todos los humanos que, durante sus cincuenta años como demonio, había tenido ocasión de comer, los cazadores de demonios eran, sin la menor duda, un auténtico manjar. Su sangre era deliciosa y su carne, la mejor.
Adoptó un aspecto humano, asegurándose de que parecía uno más y, con calma, se dirigió al vagón en el que el joven, aún sentado, miraba al frente con los ojos vacíos, casi muertos.
No sabía cuánto tiempo podría hacer esto sin atraer la atención de otros cazadores, pero pensaba sacarle el mayor provecho posible. Aunque, mientras siguiera con ese modus operandi, no debía tener problemas. Su técnica de sangre dejaba incapacitadas a sus víctimas y, el usar a esa niña humana le evitaba mostrarse. Con todo eso hasta uno de esos molestos Pilares caería con facilidad.
Sonrió al pensarlo, si los cazadores normales sabían de esa forma tan exquisita, ¿qué sabor tendría la carne de uno de ellos? Pero no era un suicida, antes de tener que hacer frente a uno de los Pilares, tenía que ser más fuerte. Lo que implicaba seguir alimentándose. No tenía ninguna prisa, es más, cuánto más tiempo se asegurase de pasar desapercibido, mejor.
Llegó en ese momento hasta el vagón y, con paso lento, se acercó hasta el cazador. Sonrió victorioso al comprobar su estado. Aquel humano había perdido su alma, y no era más que una marioneta.
—Sígueme—le ordenó y el humano se levantó y le obedeció. Los dos hombres abandonaron el tren y salieron de la estación, sin que ninguno de los transeúntes les prestara la más mínima atención.
Eso era algo que no dejaba de impresionar a Enmu, lo poco atentos que estaban a los demás. Con el paso de los años, los humanos se iban volviendo más y más egoístas, lo que le resultaba especialmente divertido y se preguntaba hasta qué punto serían capaces de llevar esa actitud.
Fue con el humano hasta un callejón vacío y oscuro, al que apenas llegaba la luz de las faroles de la calle vecina. Se detuvo y observó a su víctima, esa noche se había ganado un festín, se dijo el demonio, mientras recortaba distancia y, retirando su apariencia falsa de humano, enterraba los dientes en el cuello del cazador, cercenando la vena carótida sin dificultad alguna.
Rui se estiró un poco, y miró a su alrededor, sonriendo ligeramente. El resto de su familia seguía durmiendo, descansando después de haberse comido a un grupo de humanos que habían tenido la mala suerte de pasar por las cercanías de su nuevo escondite.
Se relamió un poco al pensar en lo saciado que se sentía. Habían asesinado a un total de diez humanos, sin dificultad alguna y luego, todos, disfrutaron de la comida. Y Rui comenzaba a estar cada vez más convencido de que irse del monte Natagumo fue una buena decisión.
Aunque ignoraba cuánto tiempo podrían permanecer ahí hasta que enviasen a cazadores contra ellos. Pero no importaba, se defenderían, Rui no iba a permitir que alguien hiciera daño a su familia.
Como miembro más fuerte era su obligación protegerlos. Era algo que había comprendido casi desde el primer momento en el que, por capricho, comenzó a acoger a demonios que necesitaban ayuda.
La única condición que les había puesto era que tenían que parecerse físicamente a él. Hacía todo eso de ser una familia mucho más realista y creíble, lo que complacía enormemente al niño.
Sonrió un poco y se asomó por la ventana. Sentía que las cosas iban cambiando, aunque no sabía aún cómo interpretar el hecho de que su señor les hubiera proporcionado más sangre. Muzan jamás hacía las cosas sin un motivo de peso detrás. Era algo que Rui tenía muy claro. Y, casi desde su creación, el rey de los demonios nunca prestó atención a las Lunas Inferiores.
Sacudió un poco la cabeza, frustrado y frunció el ceño. No, a él no le correspondía cuestionar las decisiones de Muzan, su única función era cumplir con su voluntad. Todo lo demás era secundario.
—Rui, ¿qué haces levantado?—escuchó a su madre preguntar. Se giró y vio que la mujer estaba sentada sobre la manta que usaba como cama improvisada—.Pronto va a amanecer, no deberías estar ahí, en la ventana.
—Ya voy—aseguró el menor y, para tranquilizarla, se apartó de ahí y se acercó a la zona donde el resto dormía. Su madre se preocupaba mucho por esas cosas. Cuando volvió con el resto, notó, a través del vínculo mental y emocional que les unía a todos, como la mujer se sentía más relajada.
—A veces creo que te confías demasiado, Rui—comentó la mujer mentalmente, sabiendo que el chico podía escucharla perfectamente.
—Te preocupas demasiado—contestó él. No era estúpido, sabía de sobra cómo cuidarse.
La demonio suspiró un poco, Rui era demasiado cabezota con esas cosas y costaba mucho razonar con él a veces. Rendida, reconociendo que esa era una batalla perdida, dejó el tema. Se volvió a acomodar en la manta y cerró los ojos.
De momento los cazadores de demonios no sabían de su existencia, así que, mientras fuera así, podrían relajarse. Además, en caso de que se pusieran las cosas complicadas tenían a Rui para protegerlos. Siendo una Luna Inferior, lidiar con cazadores corrientes no era un problema para él.
Rui notó el momento exacto en el que ella se quedaba dormida y volvió a incorporarse. Estaba teniendo problemas para conciliar el sueño, llevaba varias noches dando vueltas a algo. Creía que, para garantizar mayor protección a su familia, era necesario ascender dentro de las Lunas. Aunque su puesto como Quinta Inferior no era malo, a más ascendiera, más poderoso sería.
Quizá, si se esforzaba lo suficiente, pudiera llegar a formar parte de las Seis Superiores, pero, para eso, necesitaba comer más humanos y fortalecerse. Mientras daba vueltas a todo eso, observó, serio, a los otros demonios. Merecería la pena, si con eso se aseguraba que vivieran.
Se tensó cuando sintió que amanecía, pero habían tapado todas ventanas, así que, la luz del Sol no entraría en la vivienda. Pero no dejaba de ser incómodo y desagradable, hasta que no anocheciera, no podrían moverse de ahí.
Sin nada mejor que hacer, se tumbó en su improvisado catre, aunque mantuvo los ojos abiertos, alerta. Al menos hasta que, poco a poco, el sueño comenzó a vencerlo y terminó por quedarse dormido, junto a su familia.
La primera en despertar, ni bien se puso el Sol, fue una de las hermanas mayores. Se incorporó y se estiró un poco, sus músculos estaban algo entumecidos después de haber pasado tantas horas durmiendo, pero, con su capacidad de curarse, las molestias desaparecieron pronto.
Le rugió un poco el estómago. Los demonios, después de una cuantiosa comida, podían pasar días enteros sin sentir la necesidad de volver a alimentarse. Pero, desde su última comida, había pasado ya más de una semana, así que era natural volver a tener hambre.
Se acercó a Rui y comenzó a sacudir su hombro, sin demasiada brusquedad, pero tampoco con delicadeza, hasta que el otro demonio abrió los ojos por fin.
—¿Nos vamos a cazar?—preguntó ella, sin dar tiempo a Rui a incorporarse siquiera.
—¿Ya tienes hambre?—El chico se frotó los ojos, tratando de espabilarse completamente y se levantó.
—Sí, ¿tú no?
—Un poco sí—reconoció Rui y, con ayuda de su hermana, despertaron a los seis miembros restantes de la familia—.Ayane y yo nos vamos a ir a cazar—anunció Rui, serio y los otros demonios asintieron.
—Tened cuidado—pidió la madre, que volvía a estar preocupada. Rui rodó un poco los ojos, algo irritado por eso, pero se abstuvo de comentar algo al respecto. A fin de cuentas, gracias al vínculo que les unía a los ocho, todos podían notarlo claramente.
—No hace falta que te preocupes tanto, madre—intervino, conciliadora, Ayane, tratando de calmar el ambiente—.Sabemos cuidarnos bien, además, no vamos a tardar mucho tiempo.
La mujer asintió y, junto al resto, observó como los dos se marchaban deprisa colina abajo hacia el pueblo que estaba a un par de kilómetros de su escondite.
Era consciente de que Rui, en parte, tenía razón, pero, ella creía que su preocupación estaba más que justificada. Y que, hasta el momento, habían sido afortunados de no encontrarse con cazadores especialmente fuertes. Pero temía el momento en el que alguno de los Pilares diera con ellos.
Las posibilidades de sobrevivir a un encuentro con uno de los cazadores más fuertes del Cuerpo eran casi nulas. Algo que sólo las Lunas Superiores y su señor podían hacer.
—Estamos siendo cuidadosos, no creo que envíen a los Pilares a por nosotros—comentó mentalmente Kai, uno de los hermanos, tratando de calmarla. Era, por apariencia, el más joven dentro del grupo. Aunque, realmente, había sido de los primeros en formar parte de esa familia.
Su aspecto, al igual que todos, era el de una persona excepcionalmente pálida, con algunas marcas rojas en la ojos eran de color caoba y llevaba el pelo corto, cortado al estilo tazón. Vestía un kimono blanco y, al contrario que el resto de la familia, usaba unas sandalias marrones.
—Ojalá siga siendo así todo—respondió ella, en su mente. Llevaba tiempo sintiendo que algo malo iba a pasar, pero no alcanzaba a comprender qué exactamente e inconscientemente lo achacaba al miedo que le inspiraban los Pilares.
Bueno, y hasta aquí es el vigésimo capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.
Así que, nos vemos el mes que viene con el vigésimo primer capítulo.
¡Hasta la vista!
