Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.

Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.


Nezuko escuchaba, seria, a su hermana. Sumiko había ido a buscarla de nuevo a su habitación en la Mansión de las Mariposas y le estaba explicando sobre la misión que le acababan de asignar.

—Vas a acompañarnos, ¿verdad?—preguntó Sumiko, maldiciendo internamente lo mucho que su voz había temblado mientras preguntaba eso.

Nezuko no respondió, se quedó mirando a la otra chica en silencio. Sumiko se mordió el labio, nerviosa y desvió la mirada. Suspiró un poco, interpretando todo eso como una respuesta. Se encaminó hacia la puerta, dando la espalda a la demonio, por lo que no vio que esta fruncía el ceño y la miraba, aún más enfadada que antes.

—¿Y ya está? ¿No vas a intentar siquiera convencerme para que vaya?—El desdén y el resentimiento teñían la voz de Nezuko—¿Qué pasa? Te va a acompañar Kanao, ¿a que sí?

—¿Y qué si fuera así?—replicó Sumiko, hastiada ya de todo eso, pero, con las palabras de su amiga bien presentes en su mente.

Sus palabras, tal y como era de esperarse, sólo complicaron aún más la situación. Nezuko apretaba los puños y tenía la cara roja de rabia. Resoplaba con fuerza y su mirada transmitía, a la perfección, la ira que sentía.

—No te creía capaz de ser tan egoísta, Sumiko.

—¿Qué acabas de decir?—preguntó la mayor, creyendo haber oído mal, girándose y observando a su hermana.

—Que te estás portando como una verdadera egoísta.

—¿¡Por quererme relacionar con otras personas de mi edad!?—medio gritó Sumiko y Nezuko, por primera vez, la miró con cierta sorpresa—¿Qué pasa? ¿Es que acaso no puedo?

—¡Sí, por eso mismo!—gritó Nezuko, recuperándose rápidamente—¡Los prefieres a ellos antes que a mí!

La puerta de la estancia se abrió, antes de que Sumiko tuviera ocasión de responder a eso, y Rengoku entró. Lucía bastante serio, algo nada propio de él. Tenía los labios firmemente apretados y su ceño estaba ligeramente fruncido.

—Deberíamos irnos ya, Sumiko, no podemos retrasarnos más—comentó, mirando de reojo a Nezuko.

—Sí, lo siento, Rengoku. No pretendía demorarme tanto.—Sumiko salió deprisa de la habitación, con la cabeza gacha, evitando mirar a su hermana y a su maestro.

Nezuko avanzó hacia la cesta que, al entrar, Sumiko había dejado al lado de la cama, pero la voz del hombre la detuvo.

—Es mejor que, esta vez, te quedes aquí—dijo Kyojuro y la demonio se giró a toda velocidad. La mirada del Pilar de las Llamas, si es que era posible, se había tornado más seria.

—No, yo voy con vosotros.

—No te estaba preguntando la opinión, es una orden—replicó el Pilar de las Llamas.

—No voy a dejar a mi hermana ir sola.—Nezuko no pensaba dar su brazo a torcer y se hizo más pequeña para entrar en la cesta. Se metió y miró a Kyojuro—.No la voy a perder a ella también.

Pero, Kyojuro, en vez de acercarse a coger la cesta, se dio la vuelta para salir, ignorando completamente a Nezuko, que, irritada, le estaba llamando. La chica, no viendo otra opción, salió, atropelladamente, de la cesta, pero, antes de poder dar siquiera un paso hacia el adulto, Rengoku había abierto la puerta, permitiendo que algo de luz solar bañase la habitación.

Nezuko dio un salto hacia atrás, siseando molesta y enseñando los dientes al ver la luz del Sol. Y Rengoku aprovechó eso para salir, cerrar la puerta y dejar a la chica ahí. Tampoco hizo caso cuando, desde el otro lado de la puerta, Nezuko comenzó a llamarle a gritos, exigiendo al Pilar de las Llamas que volviera a buscarla.

Pero Kyojuro se marchó sin más, dejando ahí a la chica.


Sumiko estaba esperando a su maestro en la entrada. Kyojuro se acercó a ella, serio. Había escuchado desde el principio la discusión entre las dos hermanas y quería hablar de ello con su pupila.

—¿Y Nezuko?—preguntó la joven enseguida, al percatarse de que Kyojuro no cargaba con la cesta.

—Se queda aquí, es mejor que no nos acompañe.

—Oh…—murmuró Sumiko, no sabiendo muy bien qué decir.

Kyojuro se detuvo a su lado y la observó, aún manteniendo esa expresión seria—¿Es la primera vez que te dice algo así?

Sumiko, que había estado a punto de abrir la puerta para salir, se detuvo bruscamente y, al cabo de unos segundos, negó.

—Ya veo—murmuró Kyojuro, con cierta sequedad. A su mente estaban acudiendo todas las veces que, en las primeras misiones, Nezuko había insistido en hacerse más fuerte. Ya entonces, la actitud de ella le había resultado preocupante. Quedaba claro que el comportamiento había escalado a peor. Posiblemente fuera culpa suya, por no haberlo atajado cuando tuvo ocasión.

—¿Qué debo hacer?—preguntó la joven, esperando algún consejo del adulto. Kyojuro miró al frente, pensativo.

—No creo que hayas hecho nada malo—comenzó diciendo y, antes de añadir algo más, abrió la puerta—.Creo que el problema reside en tu hermana.

Los dos salieron al exterior. Sumiko estaba seria, con el ceño fruncido, ponderando las palabras de Kyojuro—.Pero no puedo no hacer nada.

—Los demonios son criaturas especialmente obsesivas—comentó Kyojuro mientras cerraba la puerta, se giró y volvió a mirar a la chica. No hacía falta decir más, quedaba claro lo que él estaba implicando. Que Sumiko era el objeto de obsesión de Nezuko.

Sumiko abrió la boca, tratando de encontrar un argumento para negar aquello, pero no acudía nada a su mente. Cerró la boca, rindiéndose ante la evidencia.

—Se lo comentaré a Shinobu cuando regresemos de la misión—le contó Kyojuro. Ella sabría, mejor que él, como manejar algo así. O eso esperaba.

Sumiko no dijo nada más y comenzó a andar, con la mirada fija en su cuervo, que volaba por el cielo, indicando el camino que debían tomar. Kyojuro suspiró un poco y la siguió, tenía la sensación de que las cosas sólo iban a empeorar.

Pero ahora no podían detenerse a pensar en eso. La misión que tenían entre manos era mucho más importante. La vida de personas inocentes estaba en juego.

Los dos aceleraron el ritmo y el cuervo, respondiendo inmediatamente, comenzó a volar más rápido. Tenían que llegar antes de que anocheciera a una casa de glicina. Alcanzar su destino les tomaría, si iban a buen ritmo, cinco días.

—Pero de momento, lo mejor es que no le des vueltas—aconsejó Kyojuro un rato después.

—No sé si podré—reconoció la joven.

—Tienes que hacerlo—dijo Kyojuro, serio, mirándola de reojo.

—Lo intentaré—prometió ella. Aunque no sonó convencida en absoluto y Kyojuro se dio cuenta enseguida. Pero no comentó nada, podía llegar a entender, en parte, cómo se estaba sintiendo la joven.

Ninguno de los dos dijo algo más. Prestaron más atención al cuervo, procurando no perderlo de vista, pues acababan de entrar en un frondoso bosque de coníferas y, las hojas de los árboles, apenas podían ver al ave.

También tenían que estar pendientes del terreno, para evitar las ramas de los árboles y las rocas que había por el camino. Kyojuro, al ser el más rápido, lideraba la marcha y Sumiko hacía lo que podía por no perderle del todo de vista.


Zenitsu se detuvo ante la vivienda que tenía, grabado en la puerta, el símbolo de una flor de glicina. En un árbol cercano, notó, tres cuervos reposaban mirándole fijamente. Suspiró un poco, no le sorprendía ser el último en llegar. Aunque al menos había podido llegar antes de que anocheciera, pensó el joven, aliviado.

Con cierta resignación, avanzó hacia la puerta y tocó la madera varias veces. Esperó un par de minutos y una anciana abrió. La mujer observó su uniforme y asintió.

—Es un placer recibirle, cazador—murmuró la mujer, apartándose. Era una anciana entrada en años, con el pelo blanco recogido en un moño, vestía un kimono y un obi de un color gris apagado y, para andar, necesitaba la ayuda de un bastón.

—Muchas gracias por su hospitalidad—respondió, con respeto, el chico. Entró y siguió a la anfitriona por la vivienda, hasta que se detuvieron ante una puerta.

—Le están esperando aquí—dijo la mujer, apartándose un poco.

Zenitsu asintió y, cuando ella se marchó, abrió la puerta y entró. Gracias a su fino oído ya sabía que quiénes estaban ahí eran Inosuke, Rengoku y Sumiko.

—¡Hola!—saludó, sonriendo un poco, contento de verles bien.

—¡Monitsu!—exclamó Inosuke, que, hasta ese momento, había estado intentando que Rengoku aceptase enfrentarse a él.

—¡Mi nombre es Zenitsu!—contestó, inmediatamente el joven de cabellos rubios. Aunque no tardó en olvidarse de eso, algo más importante captó su atención. Podía escuchar, en el sonido de Sumiko, cierta tristeza. Y tampoco veía, por ningún lado, a su hermana.

—¡Pues ya estamos todos!—intervino Rengoku, tomando las riendas al momento—. Pasaremos aquí la noche y saldremos al amanecer.

—Tengo una pregunta—confesó Zenitsu—, ¿no nos va a acompañar Nezuko esta vez?—Le había extrañado eso. Con lo unidas que estaban las dos hermanas, algo muy grave debía haberle pasado a Nezuko para no estar ahí.

—No, no vamos a requerir su ayuda esta vez—respondió el Pilar de las Llamas, evasivo, sin querer dar más explicaciones. Zenitsu asintió, notando enseguida cómo el sonido de Sumiko se tornaba aún más triste.

—¡No necesitamos ayuda de ningún demonio!—exclamó, con energía, Inosuke.

—¡¿Te quieres callar?!—le chilló Zenitsu—¿¡Cómo puedes ser tan insensible!?

Sumiko rió un poco ante eso, aunque, a todos los presentes, no se les escapó la poca energía que había tras esta. Parecía casi forzada. Y no era lo típico en ella.

—Me alegra veros bien—comentó la muchacha, tratando de calmarlos.

—¡Por supuesto que estoy bien! —dijo Inosuke—¡Esos demonios no pueden conmigo!

—He pedido antes que nos trajeran algo para cenar—contó Kyojuro—. Cenaremos y nos iremos a dormir.

—De acuerdo—aceptó Sumiko, tratando de sonreír un poco, con algo más de sinceridad, aunque le costó más de lo que esperaba. Había estado a punto de decir que no tenía hambre, pero, de haberlo hecho, sólo hubiera preocupado al resto. Y eso era lo último que quería. Por el olor que desprendían los tres quedaba claro que ya les había preocupado lo suficiente.


La cena transcurrió de manera accidentada. Por petición de Kyojuro, les dieron comida suficiente para alimentar a más de veinte personas e Inosuke, viendo lo mucho que el Pilar de las Llamas estaba comiendo, se lo tomó como si fuera un reto y trató de comer más rápido y mayor cantidad que el adulto. Tratando, en numerosas ocasiones, de robar comida de los platos de Zenitsu y Sumiko.

Y ahora, cuando todos estaban intentando dormir, no dejaba de quejarse, gritando prácticamente, de que le dolía el estómago.

—¡¿Quieres callarte de una vez?!—gritó Zenitsu, perdiendo completamente la paciencia con su compañero. —¡Te lo mereces, por glotón!

—¡Cállate tú, cretino!

—Tenéis mucha energía para lo tarde que es—comentó Rengoku, incorporándose un poco y lanzando, a ambos jóvenes, una mirada cargada de reprobación—.Pero ahora es momento de dormir.

—Lo sentimos—se disculpó Zenitsu enseguida, avergonzado por su comportamiento. Dio la espalda a Inosuke y cerró los ojos, tratando de dormir. El chico con la cabeza de jabalí se dispuso a protestar, pero, al ver la mirada que el Pilar de las Llamas le dirigía, se contuvo e imitó al rubio.

Rengoku volvió a tumbarse y, al igual que el resto, trató de dormirse. Un rato después, la única que quedaba despierta era Sumiko. Daba vueltas en la cama, tratando de conciliar el sueño, pero, por más que lo intentaba, era incapaz.

Miraba al techo de madera, en silencio, con los ojos abiertos. Lo había intentado todo y nada sirvió. Su mente no la dejaba descansar, estaba preocupada por lo ocurrido, horas antes, con su hermana. Y aún no había olvidado lo que Rengoku le había dicho.

Cerró los ojos y volvió a intentarlo, tenía que conseguirlo, se dijo. Si no descansaba bien, al día siguiente iba a estar agotada.


El primero en levantarse al día siguiente fue Rengoku. El adulto sonrió un poco y, sin el más mínimo arrepentimiento, avanzó hacia la ventana y descorrió las cortinas, permitiendo que la luz solar iluminase la habitación. Los tres jóvenes comenzaron a protestar enseguida, encontrando molesta la luz, que les daba de lleno.

—¡Venga! ¡Arriba los tres!—les dijo Rengoku, sonriendo ligeramente ante sus reacciones.

Sumiko se incorporó y se frotó los ojos, al final había sido capaz de dormir unas horas, aunque se había pasado parte de la noche despierta. Esperaba que no se notase demasiado, pero, con la mirada que Kyojuro le estaba dirigiendo, no las tenía todas consigo. Y agradeció que no dijese nada al respecto.

Zenitsu e Inosuke, algo a regañadientes, se levantaron también y bostezaron, aún con algo de sueño.

—Aún nos queda camino por recorrer—les contó Kyojuro—.Desayunaremos y nos marcharemos rápido.

Dejó a los tres solos, alegando que iba a ver si la dueña de la vivienda estaba despierta. Sumiko cogió el pasador con forma de mariposa y, de manera involuntaria, pensó en Kanao y se preguntó qué estaría haciendo la otra chica en esos momentos.

No se dio cuenta de que Zenitsu, con cierta sorpresa, la miraba fijamente. El chico se había percatado del cambio en el sonido de la joven y, también, en el aumento de los latidos de su corazón. Era algo que reconocía perfectamente, Zenitsu se había topado anteriormente con gente con ese mismo sonido.

—Si os parece bien, entraré yo primero al baño a lavarme—dijo la chica. Los dos muchachos asintieron y Sumiko salió, dejándolos solos.

—¡Yo no pierdo tiempo con esas cosas!—exclamó, con orgullo, Inosuke. Zenitsu alzó una ceja y le miró sin entender.

—¿A qué te refieres?

—Lavarse es una tontería, ¿no crees, Monitsu?

—¡Por última vez, mi nombre es Zenitsu! ¡Y eso que acabas de decir es una guarrada!—chilló el rubio, indignado—¿¡No me digas que tú no te lavas!?

—¡Por supuesto que no!

—¡Eres un cerdo! ¡Un guarro!—Zenitsu no salía de su asombro, ¿cómo podía existir alguien tan poco higiénico?

Inosuke le miró sin entender. Se sentía insultado, pero no veía nada malo en no lavarse, ¿qué tenía de malo? Pero antes de poder preguntarle, la puerta se abrió y Rengoku entró.

—¿Ocurre algo?—preguntó el hombre. Desde el pasillo había podido escuchar sus gritos.

—¿Qué tiene de malo no lavarse?—quiso saber Inosuke. Zenitsu, al escuchar esa pregunta, comenzó a expresar, en voz baja, su incredulidad ante lo ignorante que era Inosuke.

—Pues, aparte de que no estás limpio y hueles mal, puedes coger enfermedades con más facilidad—contestó Rengoku, sin tapujo alguno. Lo último lo había aprendido gracias a Shinobu, que siempre procuraba lavarse las manos antes de atender a sus pacientes y mantenía su equipo médico en impecables condiciones.

—¿Huelo mal?—preguntó Inosuke, confuso, mirando a los dos. Levantó el brazo derecho y comenzó a olerse la axila. No olía nada raro, así que no entendía por qué Monitsu se quejaba tanto.

—¡Apestas!—exclamó Zenitsu, sin cortarse lo más mínimo. No lo había querido decir antes, por educación, pero ya no pensaba quedarse callado más tiempo.

—Un buen baño te vendría bien—.Rengoku, aunque más delicado que el joven, fue sincero.

—¿Y cómo se hace eso?—preguntó Inosuke.

La llegada, en ese momento, de Sumiko, fue una bendición para Zenitsu, que, con tal de no responder a eso, aprovechó y se quiso marchar para lavarse, pero, para desgracia suya, Inosuke fue con él, exigiéndole que le explicase cómo se bañaba uno.

Rengoku miró, sonriendo ligeramente, a su alumna—¿Te encuentras mejor?—le preguntó.

—Algo—admitió la joven. Descansar, aunque fueran pocas horas, le había sentado bien y despejó ligeramente su mente.

—Me alegra oír eso.

Sumiko asintió y le miró—Lamento haberle preocupado, Rengoku.

—¿Cómo no voy a preocuparme del bienestar de mi alumna?—preguntó él. Era algo natural. Después de todo, ambas eran responsabilidad suya.

—Bueno, visto así…—murmuró la chica, insegura.

—Con permiso—oyeron que, desde la puerta, la anciana decía. Traía dos platos, en apariencia bastante pesados, llenos de comida que, con cierta dificultad, les entregó.

Sumiko y Kyojuro los dejaron en una mesa que había cerca y, sin pensarlo dos veces, siguieron a la mujer a la cocina, para cargar ellos con el resto de platos.


Shinobu miraba con cierta sorpresa a Nezuko. Había entrado un momento en su habitación, con intención de cambiar las sábanas de la cama y no había esperado encontrarse, casi de bruces, con la joven.

—Parece que a Rengoku se le olvidó avisarme de esto—comentó, esbozando una sonrisa forzada—Que mente más olvidadiza tiene, ¿no crees, Nezuko?

—Me ha dejado aquí a propósito.

—Oh, vaya—Shinobu se llevó la mano al mentón—.Me pregunto qué habrá pasado para que tome esa decisión.

—No lo sé—respondió, de manera bastante tajante y casi a la defensiva, Nezuko. Shinobu observó esa reacción con curiosidad, tomando nota de todo eso.

—Aún así, me extraña que tu hermana no protestase, con lo unidas que estáis…—quizá estaba presionando más de la cuenta, pero Shinobu deseaba ver su reacción ante eso.

Nezuko apretó los dientes, furiosa ante la mención de Sumiko. Se mordió, con cierta rabia, la lengua, haciéndose algo de daño en el proceso—.A mí también—contestó la joven, seria.

Shinobu, sin añadir más, se puso a retirar, bajo atenta mirada de la demonio, las sábanas de la cama. Ya había visto lo que deseaba, aunque, hubiera deseado que la reacción de Nezuko hubiera sido diferente.

—Avisaré al resto de que estás aquí—comentó la Pilar de los Insectos, cargando con las tres sábanas.

—No hace falta, no me voy a mover de aquí.—Nezuko no tenía ganas, en esos momentos, de ver a las demás. No pensaba fingir ser amable con ellas, menos si se trataba de Kanao, todo era culpa de ella a fin de cuentas.

—Aún así, ¿no crees que es mejor que lo sepan?—insistió Shinobu, con suavidad.

—No, en verdad, me da igual —dijo Nezuko, subiéndose a la cama y sentándose, con las piernas pegadas a su pecho. Ni siquiera prestó atención a que Shinobu se iba y la dejaba sola.

¿La habían dejado atrás por no ser más fuerte? No lo entendía. Sumiko había prometido tantas cosas y, por el momento, no había cumplido ninguna. Y ahora, encima, la dejaba ahí sola. No podía negar que, desde que su hermana mayor entró al Cuerpo, se había hecho más fuerte. Pero ella, pese a ser un demonio, no había cambiado nada. Ni siquiera tenía una de esas técnicas de sangre.

Quizá, quizá si conseguía desarrollar alguna, la dejasen acompañarlos en la siguiente misión. Pero, ¿cómo podía conseguir una? La vía rápida era alimentarse de humanos, aunque eso sería contraproducente. Pondría a Sumiko en una mala posición y, en esos momento, no necesitaban más enemigos.

Tenía que pensarlo con calma. Pero no se iba a quedar más tiempo de brazos cruzados, estaba claro que tenía que hacer algo y rápido. No iba a permitir que algo como lo ocurrido ese día volviera a repetirse.

¿Y si, por no ir con ellos, Sumiko terminaba herida?


Sumiko reprimió un grito de dolor cuando, una de las cuchillas que el demonio le había lanzado, se hundió en su hombro.

Les estaba resultando más difícil de lo esperado acercarse para decapitarlo. Aunque habían conseguido evacuar, gracias a la rápida reacción de Rengoku y la policía, a la gente de la zona, el demonio les estaba lanzando, de manera indiscriminada, los objetos afilados que era capaz de sacar de su piel.

El demonio, que tenía piel cetrina, llevaba el torso al descubierto, llevando únicamente unos pantalones puestos. En teoría no debería haberles resultado demasiado complicado vencerle. Pero el problema era su habilidad.

Apretó los dientes, enfadada. En sí, no era una técnica de sangre poderosa, pero pasaban más tiempo esquivando que atacando. Y ninguno de los tres parecía ser lo suficientemente veloz como para evitar todo con soltura, y el demonio, en más de una ocasión, había apuntado a puntos vitales.

Zenitsu tenía heridas en las piernas e Inosuke, aunque había tenido más suerte, tenía algunas heridas superficiales en el abdomen. Pero, por lo demás, estaban relativamente intactos.

La joven se concentró y comenzó a correr, al mismo tiempo que Zenitsu, hacia el demonio. Esquivaron las dagas que este les lanzó y, por fin, consiguieron acercarse lo suficiente. El demonio, a juzgar por su expresión de terror, debió darse cuenta de que estaba en peligro.

—¡Respiración de las Llamas, primera forma!—exclamó la chica, enarbolando su espada.

—Respiración del Rayo, primera forma—dijo Zenitsu.

Los dos cargaron al mismo tiempo contra su enemigo, pero fue el chico el que, gracias al tipo de respiración que usaba, más veloz que la de las llamas, llegó antes y consiguió decapitar al demonio de un tajo certero.

La cabeza del demonio rodó un poco por el suelo varios metros hasta que se detuvo. Y pronto, todo el cuerpo del ser se convirtió en ceniza, dejando únicamente los pantalones que había llevado puestos.

Inosuke, que se había quedado parado sin hacer nada, observaba impresionado a sus dos compañeros. Él no había sido capaz siquiera de atacar en condiciones y el rubio, a quien Inosuke consideraba el más débil, fue capaz de matar muy rápido al demonio.

—¡Sois dignos de ser mis subordinados!—exclamó Inosuke, y los otros dos, sin entender de qué estaba hablando, le miraron confusos.

—¿De qué habla este ahora?—preguntó Zenitsu, girándose y mirando a Sumiko, quién, al no saber qué decir, se limitó a encogerse de hombros mientras que el chico con cabeza de jabalí reía, orgulloso de su ocurrencia.

—¡Muy bien hecho!—Rengoku, que por fin volvía de evacuar a la gente, sonreía, satisfecho al ver que habían sido capaces de matar a ese demonio—.Los heridos ya están siendo atendidos, así que no tenéis nada de lo que preocuparos.

—Menos mal—murmuró, aliviada, Sumiko. Antes de que llegasen, el demonio había herido a un número considerable de los transeúntes, pero, al menos, no hubo víctimas mortales que lamentar.

—Bueno…—Zenitsu no pudo evitar sonar algo decepcionado. El éxito de la misión implicaba que volvería a ir cada uno por su lado—.Una cosa, ¿qué os parece si, a partir de ahora, nos vamos escribiendo cartas?—Era la mejor forma de mantenerse en contacto.

Sumiko, para alivio del rubio, aceptó enseguida. Inosuke, en cambio, aunque no se negó, lo hizo parecer como si le estuviera concediendo un honor a Zenitsu, aunque, por esa vez, el joven decidió dejarlo pasar.


Aoi, que había estado terminando de entrenar, junto a Giyuu, la última postura de la Respiración del Agua, temblaba ligeramente mientras escuchaba lo que su cuervo, una hembra llamada Hinata, le decía.

Por fin, el momento que tanto había estado temiendo y deseando a partes iguales, había llegado. Su primera misión, después de mucho tiempo. Giyuu, que había estado a su lado, escuchando también, se giró y, serio, la observó fijamente, consiguiendo poner aún más nerviosa a la joven.

—Deberías ir a avisar a Shinobu—aconsejó el Pilar del Agua—.Que sepa que nos vamos a ir.

Esa forma de hablar captó el interés de Aoi y despertó su curiosidad—¿Va a acompañarme, Tomioka?

—No veo por qué no. Después de todo, tu misión es en mi territorio.

Aoi asintió, tenía bastante sentido si se paraba a pensarlo—.Muchas gracias—dijo, en cambio, y se fue, deprisa, a buscar a Kocho.

Entró en la casa y, por costumbre, fue primero a ver si estaba en el despachó. Pero, la puerta de la estancia estaba abierta y no había ni rastro de la mujer. Frunció algo el ceño, extrañada, a esas horas, Kocho solía estar ahí. Pero, no viendo más remedio, fue a ver, si por algún casual, estuviera en la sala de entrenamiento con Kanao o con Hinatsuru y Makio.

Pero tampoco tuvo suerte, aunque sí estaba Kanao, practicando con su espada, junto a Hinatsuru y Makio, seguía sin haber señales de su maestra. Algo desconcertada, se acercó a las otras chicas.

—Kanao, ¿sabes dónde está Kocho?—preguntó Aoi—.Llevo ya un rato buscándola y no soy capaz de encontrarla.

Hinatsuru y Makio, aunque no dijeron nada, observaron con cierta curiosidad a Aoi. Aunque la primera no tardó en esbozar una sonrisa.

Kanao bajó la espada de madera y miró a Aoi—.Salió a buscaros al patio hace nada, ¿de verdad no te la has cruzado por el camino?

—Si la hubiera visto, no te estaría preguntando—señaló Aoi, tratando, y fallando miserablemente, de esconder su irritación ante el absurdo de la pregunta de Kanao.

—Supongo, sí.—Kanao, como era habitual en ella, no parecía haberle dado demasiada importancia a eso. Últimamente, había notado Aoi, su amiga tenía la cabeza en las nubes.

—Bueno, pues me voy a buscarla, no te interrumpo más, Kanao, gracias—dijo, atropelladamente, Aoi y, sin esperar respuesta de la otra joven, se marchó.

Regresó a donde había dejado a Tomioka esperándola. Y vio, nada más salir, a Kocho hablando con él. No podía ver la cara de la mujer, pues estaba de espaldas a ella, pero, parecían estar tratando un tema bastante serio.

Hubiera deseado pasar desapercibida, pero Tomioka se había dado cuenta ya de su presencia.

—Ya está aquí, Shinobu—dijo, alertando a la mujer de su presencia. Shinobu se giró y sonrió un poco al verla.

—Ya me ha informado Giyuu sobre la misión que te han asignado—comentó la mujer, acercándose—. Mucha suerte, Aoi, estoy segura de que serás capaz.

Aoi, en ese momento, fue capaz de esbozar una sonrisa temblorosa. Por fin se incorporaba oficialmente al trabajo de campo.

—Muchas gracias, Kocho. Por todo, por acogerme aquí y permitirme aprender algo de medicina—dijo Aoi. Debía mucho a esa mujer y, en esos momentos, era más consciente que nunca de eso.

—Aoi…,¿es verdad que te vas?—preguntó alguien desde la casa. Al girarse los tres vieron que, ahí, asomadas ligeramente, estaban las tres niñas pequeñas que asistían a Shinobu, Naho, Sumi y Kiyo.

La expresión de Aoi, al escuchar la pregunta, se suavizó y, andando despacio, se acercó a las tres. Cuando estuvo parada frente a ellas, extendió los brazos y ellas, llorando, se tiraron sobre la joven, abrazándola con fuerza.

Mientras que Shinobu miraba la escena algo enternecida por esa muestra de afecto, Giyuu parecía estar bastante incómodo, pues había desviado la mirada y parecía encontrar, en esos momentos, muy interesantes los árboles de glicina que había en el jardín.

—Sí, me han asignado por fin una misión—respondió, finalmente, Aoi, consiguiendo con ello que las pequeñas llorasen aún con más fuerza—.No os preocupéis, no me pasará nada—aseguró la chica, limpiando, como pudo, las lágrimas de sus ojos con un pañuelo que tenía en el bolsillo derecho del pantalón del uniforme.

—¿L-Lo prometes?—preguntó, entre sollozos, Sumi. Aoi asintió, seria.

—Os lo prometo, antes de que os deis cuenta, estaré de vuelta aquí. Ya lo veréis.

Eso pareció calmarlas algo y, con evidente desgana, se separaron de la mayor.

—¿Has avisado a Kanao y a las demás?—quiso saber, en ese momento, algo más tranquila, Kiyo.

—No, la verdad es que no—reconoció Aoi. Había estado en la misma habitación que ellas, pero, al haber estado tan centrada en encontrar a Kocho, se le había olvidado decirles aquello—¡Ahora vuelvo!—exclamó, antes de entrar de nuevo en la casa, corriendo en dirección a la sala de entrenamiento.

Shinobu, al ver aquello, rió un poco. Le resultaba bastante divertido todo eso y no fue capaz de contenerse más. Aunque no le llevó mucho tiempo serenarse.

—Cuídala, por favor, Giyuu—pidió, seria, mirando a su compañero.

—No te preocupes, Shinobu—aseguró Tomioka. Cuidar de aquellos de menor rango era, después de todo, parte de sus funciones como Pilar.

—Me siento más tranquila sabiendo que va contigo.

—Me sobreestimas—dijo, serio, Giyuu. No era tan bueno como ella estaba dando a entender. Desvió la mirada, incómodo, en realidad, no sabía aún cómo sentirse. Hacía tiempo que alguien no confiaba en él de esa manera.

Shinobu abrió mucho los ojos, sorprendida al oír eso—Yo creo que no—declaró, tajante, la mujer—.Te he visto en combate, ¿recuerdas?

Giyuu, quizá descolocado por la confianza en la voz de su compañera, no supo cómo responder a eso. Y la mirada que le estaba dirigiendo Shinobu no admitía réplicas. La actitud de la mujer le estaba resultando desconcertante de verdad.

Y él no sabía cómo tomarse todo eso aún. Lo agradecía, pero no comprendía aún la razón de todo eso. Pero, internamente, deseaba que no terminase. Le hacía sentir que no era odiado, algo que, por la actitud de Iguro y Shinazugawa, había llegado a pensar.

—Deberíamos irnos—dijo, en cambio, Giyuu. Shinobu asintió y se apartó un poco. Acompañó a ambos hasta la salida del lugar y, hasta que no desaparecieron ambos de su vista, no volvió al interior de la vivienda.


Bueno, y hasta aquí es el vigésimo primer capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.

Así que, nos vemos el mes que viene con el vigésimo segundo capítulo.

¡Hasta la vista!