Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.

Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.


Aoi observaba, curiosa, a Giyuu encender una fogata para calentarse durante la noche. Habían avanzado todo lo posible durante el día, pero, al caer la noche, aún le faltaba mucho para llegar a un pueblo, así que decidieron parar a descansar ahí.

El Pilar del Agua se había encargado de pescar en un riachuelo cercano peces para cenar. En esos momentos, aprovechando la lumbre, estaban asando pescado. Los habían ensartado, por la boca, en varios palos, para así poder manejarlos con soltura

—No sabía que supiera pescar—comentó Aoi, en un intento de iniciar conversación.

—Mi maestro me enseñó—respondió, escuetamente, Giyuu, dando la vuelta a los peces, para que se hicieran del otro lado también.

—¿Su maestro?—repitió Aoi, no se había esperado esa respuesta. Y, a decir verdad, le generaba cierta curiosidad.

—Urokodaki—añadió el hombre, aunque no parecía muy dispuesto a entrar en más detalles.

Aoi asintió, y, tras ver que Giyuu cogía uno de los pescados, le imitó. Sopló un poco para no quemarse y le dio un pequeño bocado.

—¡Está muy rico!—comentó la muchacha, sonriendo un poco, contenta. Giyuu, en cambio, se limitó a seguir comiendo sin decir nada.

Aoi, que ya sabía, gracias a Shinobu, que el Pilar del Agua era alguien de pocas palabras, no le dio mayor importancia a eso. Aunque, cuando terminó de masticar, Giyuu la miró.

—Me alegro, hacía tiempo que no los preparaba.—Después de decir eso, él siguió comiendo como si nada.

—Oh, vaya… .—Optó por decir Aoi, no sabiendo muy bien que responder ante eso. Decidió seguir comiendo, para así evitar tener que hablar más.

Giyuu, tras terminar con su pescado, la miró, manteniendo aquella expresión indescifrable tan característica suya—.Yo me encargaré de hacer guardia, deberías aprovechar para descansar.

El tono del hombre no admitía réplica alguna, así que, Aoi, tras dejar en el suelo la chaqueta roja que llevaba y doblarla un poco para poder usarla de almohada, se tumbó, reposando la cabeza sobre su prenda de ropa. Y cerró los ojos.

Giyuu la observó un momento, pero, al poco, volvió a prestar atención al fuego, tenía que asegurarse de que no se apagase.

Todo eso despertaba recuerdos en Giyuu. Memorias de las que, desde que tenía once años, había estado huyendo. Alzó la mirada y contempló las estrellas. Parte de él deseaba seguir escondiéndose y renegando de todo. Pero, no sabía si, en sus circunstancias actuales, se le iba a permitir eso.

No lamentaba haberse acercado a Shinobu y tratar de ayudarla con todo el asunto de su hermana. Lo que desconocía era lo que le había motivado a hacer algo así, no cuando él tenía por norma no relacionarse con sus compañeros. Se había limitado a seguir ese impulso e, inesperadamente, Shinobu insistía en relacionarse con él después de eso.

Aunque a Giyuu no le cabía la menor duda de que, en el momento en el que supiera la verdad, optaría por pasar de él. Y, en el fondo, no era que él mereciera otro trato. Bajó la mirada y observó, en silencio, a Aoi. Ni siquiera sabía por qué había aceptado enseñarle a ella la undécima postura del agua o acceder a acompañarla. Había sido cosa de otro impulso.

¿Qué le estaba pasando últimamente? No estaba seguro, y, tratar de averiguarlo, le producía vértigo. Él no era así, y, el hacer cosas a las que no estaba acostumbrado, le resultaba preocupante.

—Gracias—dijo, en ese momento, Aoi, consiguiendo sobresaltar a Giyuu, quien había estado tan sumido en sus pensamientos que no se había dado cuenta de que ella había abierto los ojos.

—¿Por?—preguntó segundos después, cuando se hubo repuesto de la sorpresa.

—Ser enseñada personalmente por un Pilar es un gran honor—comentó Aoi, como si se tratase de lo más obvio del mundo.

—No soy como ellos—Giyuu repitió las palabras que, por años, llevaba diciendo. La muchacha, al escuchar eso, frunció el ceño, extrañada y confusa.

—¿A qué se refiere?—preguntó, finalmente, la chica.

—A eso mismo—respondió el hombre, sin dar ningún detalle que arrojase luz sobre sus palabras.

Aoi contuvo un suspiro, se sentía tentada de seguir preguntando, pero, hacer eso con alguien del rango de Tomioka, podía parecer irrespetuosa. Y, lo último que quería era enfadar a uno de los Pilares.

—¿Qué rango tienes?—quiso saber Giyuu, cayendo en la cuenta que, en ningún momento le había preguntado eso ni Shinobu se lo había dicho.

—Mizunoto—confesó, tras un rato largo, Aoi. Tenía las mejillas algo rojas, por la vergüenza y evitaba mirar a su acompañante.

Pero Giyuu no dio muestra alguna de encontrar aquello vergonzoso, pues siguió, como si nada, hablando—entiendo—dijo, sin más. Y siguió estimulando las llamas de la pequeña fogata—.Pero, te vuelvo a decir, deberías descansar un poco, o mañana estarás demasiado cansada.

—¿Y usted?—preguntó Aoi, reprimiendo un bostezo.

—No es la primera noche que paso en vela—comentó él. En una ocasión había llegado a estar cuatro noches sin pegar ojo. Así que, estar una noche sin dormir, no era nada.


Rengoku y Sumiko se detuvieron ante la entrada de la Mansión de las Mariposas, por fin habían vuelto de su misión. Y, aunque, Kyojuro había aplicado, en su momento, primeros auxilios a las heridas que ella recibió, era mejor que fuera atendida por profesionales. Había ofrecido eso mismo a inosuke y a Zenitsu, pero ellos insistieron que, con ir a alguna casa de glicina serviría. Normalmente Kyojuro habría insistido, pero esa vez cedió casi enseguida.

—Ve directamente a la enfermería—le ordenó a Sumiko, adoptando un semblante serio—.Y, hasta que yo no te diga lo contrario, no quiero que entres a ver a tu hermana.— Sumiko, que no se había esperado eso último, abrió la boca, con clara intención de protestar, pero su superior no se lo permitió—.Es una orden —añadió Kyojuro, severo.

La chica bajó la mirada y asintió. Rengoku, visiblemente satisfecho, avanzó hacia la puerta y la abrió, siendo seguido por una silenciosa Sumiko.

Shinobu, que había estado en la habitación más cercana a la entrada, se asomó al oír que la puerta se abría. Sonrió un poco al ver a Rengoku y a Sumiko. Se fijó en las vendas que cubrían el hombro derecho de la joven.

—¿Qué tal la misión?

—Bien, no fue nada demasiado complicado—respondió Kyojuro—Pero, si es posible, me gustaría que le revisases el hombro. Aunque la herida no era profunda, es mejor que le echases un vistazo, porque, bueno…

—Tus habilidades como médico dejan mucho que desear—completó Shinobu, lanzando esa pulla como si nada. Rengoku hizo una mueca, algo avergonzado, pero no contradijo las palabras de su compañera. Rió algo, nervioso.

—¿Puedo encargarme yo?—preguntó, tímidamente, Kanao, que, al escuchar que alguien llegaba, se había acercado a ver quien era.

—Claro.—Shinobu aceptó enseguida y las dos chicas se retiraron rápidamente, camino de la enfermería. La mujer, aprovechando que estaban solos, se giró y miró al Pilar de las Llamas—.Creo que se te olvidó comentarme algo antes de iros a esa misión, ¿no crees, Rengoku?

—Cierto, sobre eso quería hablarte—confesó el hombre, sacando provecho de que ella hubiera iniciado el tema.

El semblante de Shinobu se tornó serio—.Mejor que tratemos ese tema en mi despacho—dijo, y, sin esperar a ver si el hombre la seguía, comenzó a andar hacia allí. Aunque pronto, como confirmación, escuchó las pisadas de Rengoku detrás de ella.

Cuando llegaron, mientras Shinobu se sentaba en su silla, Kyojuro cerró la puerta. Después, avanzó hacia donde ella estaba y se sentó frente a la mujer.

—Consideré que lo mejor era dejarla aquí—confesó, sin rodeos, él.

Shinobu, puso ambas manos en la mesa de madera y le miró, curiosa—¿Y eso por qué?

—La actitud de Nezuko para con su hermana me preocupa—siguió explicando Kyojuro—.Roza la obsesión.

Shinobu frunció el ceño, pensando en lo que acababa de oír—¿Y qué piensas hacer?—preguntó. Después de todo, ellas dos eran responsabilidad de Kyojuro.

—¿Qué crees que debería hacer?—quiso saber él. A decir verdad, se sentía algo perdido con todo ese asunto y, no estaba seguro de cómo manejarlo. Necesitaba saber qué pensaba ella al respecto.

Shinobu suspiró un poco—Es un tema bastante delicado, pero, sinceramente, no creo que sea beneficioso para Sumiko mantenerse en esa situación.

—Entonces, la mejor solución es separarlas—dedujo, inmediatamente, Kyojuro. Haría lo más beneficioso para su pupila.—¡Muchas gracias, Kocho!

Hablar con ella había sido, sin duda, la mejor decisión. Se fue a levantar, pero la voz de Shinobu la detuvo.

—Eso, me temo, sólo te serviría temporalmente. No estarías atajando la raíz del problema—le advirtió Shinobu y el hombre se detuvo bruscamente.

Kyojuro volvió a acomodarse en la silla y la miró—¿Qué propones?

—Ya sabes como son los demonios—dijo ella—.Y creo que, lo que les ocurrió, desató ese comportamiento por parte de Nezuko. Pero no creo que atienda a razones.

—Creo que me equivoqué—reconoció Kyojuro—.Pensé que, por no comer humanos, era diferente a los demás demonios.

—Rengoku…—Shinobu no sabía bien qué decir a eso. No creía que fuera completamente cierto eso, pero, saltaba a la vista que su compañero lo lamentaba. Puso la mano derecha sobre la de él, atrayendo su atención—. Creo que, por el momento, es mejor hacer lo que has dicho. Mantenerlas separadas.

—Pero…,¿no sería mucha molestía para ti tenerla aquí?—preguntó Kyojuro, sintiéndose completamente perdido y aferrándose a la única opción que veía.

—No, no te preocupes—mintió Shinobu, apiadándose de él. A decir verdad, le daba pena ver a alguien tan alegre y positivo así. Pero tenían que ponerle solución a ese problema, antes de que fuera a más.

—Gracias, Kocho, te debo una, de verdad —murmuró Kyojuro, incorporándose de la silla. Y, esa vez, la mujer no le detuvo. Se levantó también y fueron hacia la puerta.

—Rengoku, ¿para qué están los compañeros, si no es para ayudarse?—preguntó Shinobu, sonriendo un poco, aunque no saliera tan sincera como a ella le hubiera gustado.

—¡Cierto!


Kanao retiraba con cuidado los vendajes del hombro de Sumiko. Estaban en la enfermería y Sumiko estaba sentada en una de las camas, mientras que Kanao había acercado una de las sillas y se había colocado frente a ella, para poder atenderla bien.

La joven hizo una mueca de dolor cuando Kanao terminó de retirar las vendas y comenzó a examinar el corte.

—¿Te duele mucho?—preguntó Kanao, levantando la mirada y observando a su amiga.

—Un poco—reconoció Sumiko mientras la otra chica comenzaba a limpiar la herida con un desinfectante, retirando cuidadosamente las pelusillas que, a causa de la venda, habían quedado pegadas en la piel.

—¿Lo puedes mover bien?—prosiguió preguntando Kanao, seria.

—Sí, claro—respondió Sumiko, moviendo ese brazo para demostrarlo. Eso tranquilizó bastante a su amiga. Kanao fue a un armario cercano y cogió un rollo de vendas y unas tijeras.

Senjuro, que acababa de entrar, cargaba con varias cajas. Sonrió un poco al ver a las dos chicas, aunque, al reparar en el hombro de la chica, su rostro reflejó preocupación.

—¿Qué pasó?—preguntó, aunque se sintió algo estúpido ni bien terminó de hablar. Era bastante evidente lo que había ocurrido.

—Gajes del oficio—trató de bromear Sumiko, aunque, a juzgar por las caras que ponían los otros dos, no tuvo demasiado éxito, así que cambió de estrategia—.No te preocupes, no es nada, Senjuro—estuvo a punto de añadir que había pasado por cosas peores, pero se mordió la lengua a tiempo.

Kanao, una vez que terminó de poner la venda nueva, se apartó de Sumiko y ella se colocó bien el uniforme, abotonando la parte de arriba. Parte de ella quería ir a ver cómo estaba Nezuko, pero las palabras de Rengoku seguían bien presentes en su cabeza. Y no podía desobedecer a su superior, menos cuando había sido tan claro.

—¿Qué tal todo por aquí?—preguntó, mirando a Kanao, en un intento de distraerse.

—Bien, como siempre—murmuró Kanao, no había pasado nada fuera de lo común. Senjuro, que seguía colocando los repuestos de medicamentos que hacían falta, las miró de reojo.

—¿Y mi hermano, Sumiko?—preguntó el chico, interviniendo en la conversación.

—Con Kocho, creo que tenían que hablar de algo importante.

—Vaya…— murmuró Senjuro, y, cuando terminó de colocar todo, se marchó, dejando de nuevo a las dos chicas solas. Durante todo ese intercambio de palabras, el chico se había mantenido extrañamente escueto.

—¿Le ocurre algo?—preguntó, extrañada, Sumiko. Conocía lo suficiente a Senjuro como para saber que, cuando actuaba de esa manera, era porque algo le preocupaba.

Kanao se encogió de hombros. No es que coincidiera mucho con el chico, pese a vivir en la misma casa, cada uno se dedicaba a lo suyo—.No lo sé—admitió.


Aoi observaba, curiosa, al Pilar del Agua. Llevaban días viajando juntos y apenas habían intercambiado palabras. Tomioka sólo hablaba cuando era estrictamente necesario y nunca más de la cuenta, iba siempre al grano.

No por ello resultaba un compañero de viaje desagradable. Aoi tampoco era una persona habladora y agradecía, aunque no lo hubiera dicho, todo eso.

—¿Estás cansada?—preguntó, en ese momento, Tomioka, deteniéndose con cierta brusquedad. Sólo entonces Aoi fue consciente de lo que ocurría. Se había ido quedando cada vez más atrás.

—No, no—respondió apresuradamente—.Sólo estaba algo distraída—reconoció la joven.

Giyuu asintió y, tras esperar a que llegase a su altura, retomó la marcha. Esa vez, notó enseguida Aoi, yendo más despacio.

La chica miró un momento al cielo, estaba despejado y no había ni una sola nube. El Sol brillaba con fuerza pese a lo temprano que era. Se acercaba el verano y amanecía muy temprano ya. Lo que les permitía aprovechar más horas de luz para avanzar.

Aunque, el día anterior había llovido con fuerza, y apenas fueron capaces de cubrir terreno. Se habían visto obligados a refugiarse y esperar a que amainara.

—Deberíamos llegar esta noche—comentó Giyuu, serio—¿Estás preparada?

—S-Sí, claro—la voz le había temblado, pero, en el último momento, había sido capaz de controlarla.

Giyuu la miró, en el más completo silencio, y asintió—.Lo harás bien—dijo, en un intento de animarla.

Aoi respiró profundamente y trató de alejar los nervios. Había estado entrenando para eso, no podía dejar que el miedo la dominase. Por la gente que confiaba en ella, tenía que ser capaz.

Ya no podía dar marcha atrás, lo único que podía hacer era encargarse de ese demonio y, una vez terminase la misión, volver a casa.

—Vamos, no podemos entretenernos más tiempo—indicó Giyuu y retomaron la marcha.


Tamayo dio un sorbo pequeño a la taza del té que sostenía en su mano derecha. Después de haber modificado su cuerpo, lo único que toleraba, aparte de la sangre, era aquella bebida.

Estaba sentada en el suelo, con las rodillas dobladas. Sobre el suelo de tatami verde, delante de ella, había extendidas varias cartas.

Las había guardado durante mucho tiempo en un cofre. Atesoraba esa correspondencia que, cuatro siglos atrás, había mantenido con el hombre que fue el cazador de demonios más poderoso.

—¿Se encuentra bien, Tamayo?—Yushiro la miraba, preocupado, desde la puerta. No se atrevía a entrar en la estancia.

—Sí, claro—contestó ella, distraída, mientras alargaba el brazo y cogía una de las cartas. La leyó en silencio y estaba tan centrada en eso, que no oyó que el otro demonio se acercaba y se sentaba frente a ella, mirando con curiosidad los folios de papel.

—¿Seguro?—Yushiro no sabía que estaba ocurriendo. Conocía bien a esa mujer y nunca la había visto así. Tamayo no era dada a sentir melancolía.

—Te acuerdas que dije, cuando conocimos a Sumiko Kamado, que me recordaba a alguien?—preguntó la mujer, dejando la carta con el resto y recogiéndolas con mimo.

—¡Claro que me acuerdo!—respondió Yushiro. Aunque hubiera pasado ya tiempo, se acordaba perfectamente de esas dos hermanas.

—Me temo que no fui completamente sincera con ellas.—Tamayo no había contado algunas cosas. Los años la habían convertido en una mujer desconfiada y cauta. Y, estando esa otra chica delante, no había querido divulgar nada. Ni siquiera a Yushiro.

El demonio tragó saliva, nervioso, siendo consciente de que, fuera lo que fuese, Tamayo tenía sus razones para no contarlo—.No tiene por qué decirme de qué se trata si no quiere.

—Ocurrió hace cuatro siglos ya—explicó Tamayo, haciendo caso omiso a las palabras del otro demonio—.Conocí a alguien que estuvo a punto de derrotar a Muzan Kibutsuji.

—¿¡Qué!?—gritó Yushiro, abriendo mucho los ojos. De todas las cosas que se había esperado, esa no entraba en su lista.

—Se llamaba Yoriichi Tsugikuni—siguió diciendo la mujer—Uno de los mejores, por no decir el mejor, espadachín que ha existido.

—¿Y qué le pasó?—preguntó Yushiro—.Si era tan bueno, ¿por qué no acabó con Muzan?

—Estuvo a punto—reconoció Tamayo—Pero, aunque logró incapacitarle de un solo golpe, Muzan fue capaz de dividir su cuerpo en pequeñas partes y huyó.

—¿Pero qué tiene que ver eso con Sumiko?—quiso saber él, frunciendo un poco el ceño.

—Durante mucho tiempo, hasta su muerte, estuvimos intercambiando cartas.—Tamayo, ya acostumbrada a la impaciencia de su compañero, no se inmutó, y siguió hablando—En una de ellas me contó que había conocido a un matrimonio.

—Antepasados de Sumiko y Nezuko—dijo Yushiro, entendiendo por fin por dónde iba el asunto. Tamayo asintió, seria.

—Le regaló los pendientes de hanafuda al patriarca de la familia—reveló la mujer, mirando a Yushiro—.Y le enseñó la respiración que él usaba. La Respiración del Sol, la más poderosa y la primera en ser creada.

Yushiro se quedó en silencio, asimilando todas esas revelaciones, pero, tras mirar la expresión de Tamayo, se dio cuenta de que aún quedaban cosas por contar.

—¿No debería contarle todo esto a ella?—cuestionó Yushiro, algo confuso.

—Esto no es algo que pueda contar por cartas—replicó Tamayo.

—Hay más aún, ¿verdad?

Tamayo asintió—.Pero creo que es mejor que te lo cuente otro día.

—Gracias, aún así, por contarme esto—dijo Yushiro. Conocía a esa mujer desde hacía dos siglos y sabía bien lo mucho que a ella le costaba hablar de su pasado. Aunque él siempre respetó eso y nunca hizo intento alguno de indagar.

Alegando tener que limpiar la casa el chico se fue, y dejó sola en la estancia a Tamayo, sumida en sus pensamientos. Desde su encuentro con las dos hermanas había algo que, por más que lo intentase, no terminaba de desaparecer de su mente.

Le preocupaban las intenciones de Muzan. Sí, estaba claro que al matar a parte de la familia Kamado, había intentado hacer desaparecer el legado de Yoriichi, pero, ¿por qué, si había tenido a las dos únicas supervivientes delante suyo, no las había matado? Con lo poderoso que era, algo así le hubiera tomado un par de segundos.

—¿Qué es lo que planeas, Muzan?—preguntó la mujer en voz alta para sí misma. Y no estaba segura de querer saber la respuesta.


Muzan observaba, serio, a Nakime y a Kaigaku. Los dos demonios estaban arrodillados ante él, con la mirada clavada en el suelo. Había hecho a la demonio convocar a Kaigaku a la fortaleza infinita, pero tenía planes para los dos.

—Kokushibo me ha informado de que ya has cumplido con lo que te pedí—dijo Muzan, centrando la atención en el antiguo cazador de demonios.

—Así es, mi señor—coincidió el joven, respetuoso. Escuchó cómo el hombre se acercaba a él y se detenía enfrente.

—Levanta la cabeza—ordenó el rey de los demonios y Kaigaku, con cierto miedo, obedeció. Muzan le sujetó con la mano izquierda el mentón, inmovilizando su rostro y llevó la otra mano hacia su ojo izquierdo.

Ni bien lo tocó con el dedo índice, Kaigaku chilló de dolor. Sentía como Muzan estaba haciendo algo ahí, pero en lo único en lo que podía pensar era en el dolor que estaba sintiendo.

Muzan se apartó entonces, y la sensación dolorosa comenzó a disminuir hasta que, segundos después, desapareció por completo. Kaigaku jadeaba un poco, y, temblando, se llevó la mano a su ojo izquierdo.

—Te he otorgado el rango de Cuarta Luna Inferior—dijo Muzan mientras se acercaba a Nakime y repetía el mismo procedimiento con ella, sin embargo, al contrario que Kaigaku, la mujer no chilló y aguantó estoicamente. Muzan le acababa de otorgar el puesto de Tercera Luna Inferior.

Algo apartados, las otras tres Lunas Inferiores estaban pendientes de todo eso. Aunque Enmu parecía indiferente a lo que estaba ocurriendo, Kanae y Rui fruncían el ceño, evidentemente molestos. Esos dos habían obtenido rangos más elevados que ellos.

—Si tanto os molesta—susurró Enmu, procurando que Muzan no les oyese —.Ya sabéis lo que hacer, ¿no?

—No hace falta que nos lo recuerdes—siseó Rui, mirándole enfadado.

Kanae, en cambio, no prestó atención a las palabras de Enmu, ni siquiera se molestó en mirarlo. Su rostro no reflejaba lo que estaba pensando. Se limitaba a observar a los dos nuevos integrantes.


Giyuu y Aoi se detuvieron a los pies de la montaña. Según lo que les había dicho el cuervo de la joven, los cazadores que se habían internado montaña arriba desaparecieron y lo único que quedó de ellos fueron restos a medio devorar.

En un intento por recabar algo más de información estuvieron haciendo preguntas por el pueblo cercano al lugar. Los habitantes sospechaban de que todo era obra de algún animal salvaje. Un oso o, quizá, una manada de lobos. Y habían ofrecido una cuantiosa recompensa para la persona que pudiera poner fin al problema antes de que hubiera más víctimas.

—¿Preparada?—preguntó Giyuu, serio, mientras veían cómo el Sol se iba ocultando y comenzaba a caer la noche.

—Sí—dijo Aoi, ya no había vuelta atrás. Tenía que ser capaz de matar a ese demonio o seguiría habiendo más víctimas inocentes y dependía de ella poner fin a eso.

Los dos se adentraron en el lugar, comenzando el ascenso de la montaña. Miraban al frente, atentos a cualquier sonido inusual, pero, por el momento, lo único que podían escuchar eran animales. El ulular de las lechuzas y los búhos rompía el silencio y les acompañaba en su camino.

Pero no había rastro alguno del demonio, aunque Aoi no esperaba tampoco que fuera a ser sencillo. Miró al frente, podían ver gracias a la lámpara de aceite encendida que sostenía Giyuu.

Se la habían dejado en la casa de glicina que había en el pueblo y Aoi estaba agradecida, de no haber sido por eso, hubieran estado completamente a oscuras y no habrían podido cumplir la misión correctamente, con la Luna tapada por las nubes apenas se veía algo. También les habían dado algunas provisiones. Nada difícil de transportar.

—¿Tienes hambre?—quiso saber Tomioka, rebuscando en el morral de cuero negro que llevaba. Sacó un trozo de queso y, sin esperar respuesta de ella, se lo tendió.

—Gracias—murmuró Aoi, dando un mordisco al queso. Sonrió un poco, era su favorito, queso de cabra. Giyuu asintió y volvió a mirar al frente, quería darse prisa y acabar cuánto antes con la misión.

Siguieron avanzando, pendientes de sus alrededores, buscando cualquier rastro que les pudiera conducir hasta el demonio. Habían enviado a los cuervos también a buscar por el aire. Ellos dos solos tardarían demasiado en recorrer la montaña entera.

Aoi terminó de comer el pan y, para sentir algo más de confianza, llevó su mano derecha a la empuñadura de su arma. Lo haría, mataría a ese demonio. Todo el entrenamiento con el Pilar del Agua no habría servido de nada si no fuera capaz de hacer algo tan sencillo. Tenía que demostrarle que era capaz, y no sólo a él, también a Kocho y a Kanao. Estaba segura de que, ambas mujeres, se sentirían más tranquilas una vez hubiera sido capaz de superar completamente ese miedo que le provocaban los demonios.

—He encontrado un rastro—anunció, en ese momento, Giyuu. Se había detenido y, con la lámpara alumbraba una parte del camino. Aoi se acercó y, al mirar el suelo, vio las manchas de sangre. Tragó saliva y siguió al hombre mientras iban buscando más sangre por el suelo.

Siguieron andando en esa dirección, esperando ser capaces de dar, tarde o temprano, con el demonio.

Aoi trataba de contener las ganas de vomitar. Sí, habían sido capaces de dar con el demonio tras mucho rato andando. Lo habían encontrado devorando a una de sus víctimas. Y Aoi recordó entonces, vivamente, el motivo de su miedo. Miró de reojo a Giyuu, asustada, pero el hombre se mantenía impasible, casi como si estuviera acostumbrado a ese tipo de escenarios.

Lo bueno era que el demonio estaba tan centrado en comer que no se había dado cuenta de su presencia.

—¿A qué estás esperando?—preguntó Giyuu, serio, reparando que ella aún no se había movido—¿Vas a esperar a que termine y desperdiciar esta oportunidad?

Aoi desenvainó el arma, las manos le temblaban, pero Tomioka tenía razón, era mejor aprovechar ese momento. Mientras siguiera sin prestarles atención podría matarlo sin problema.

Tomó aire y, sin pensarlo más, se abalanzó contra su enemigo.


Bueno, y hasta aquí es el vigésimo segundo capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.

Así que, nos vemos el mes que viene con el vigésimo tercer capítulo.

¡Hasta la vista!