Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.
Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.
Kagaya se encontraba tumbado en su futón mientras su esposa, diligentemente, le cambiaba el paño húmedo de la frente por uno nuevo. El patrón llevaba enfermo desde la noche anterior, con una fiebre demasiado alta.
Con cuidado, Amane le retiró el termómetro de la axila derecha y comprobó la temperatura que marcaba. 39ºC. Demasiado alta aún, aunque, al menos, no eran los 41ºC que había tenido durante la noche.
Era buena señal que hubiera descendido algo, pero Amane no se hacía ilusiones. Eso no significaba que él estuviera fuera de peligro. Ni mucho menos.
—Madre, el médico ya ha llegado—anunció Hinaki, una de sus hijas, asomándose un poco y mirando, preocupada, a su padre.
—Tráelo aquí—ordenó Amane, seria, apartándose un poco de su marido y mirando a su hija. La niña asintió y se marchó rápidamente. La mujer volvió a prestar atención a Kagaya. El hombre seguía temblando y sudaba bastante.
Amane le limpió el rostro con un paño y, cuando la puerta volvió a abrirse, dirigió la mirada hacia allí. Un hombre de cabellos canosos entró, seguido de Hinaki. El médico cargaba un maletín, notó entonces Amane. Era un médico al que, debido a la delicada situación de Kagaya, habían recurrido ya otras veces. El doctor Hiiragi.
—Su hija me ha puesto en situación ya—dijo el hombre, dejando el maletín en el suelo—.¿Le ha dado a beber agua?
—Sí, hace un rato.
—Bien, bien—murmuró Hiiragi, sacando un estetoscopio de su maletín. Amane, sabiendo ya lo que tenía que hacer, retiró un poco el kimono de su marido, dejando el pecho al descubierto—.Gracias—dijo el médico y comenzó a auscultarlo.
Amane se apartó un poco para dejar espacio y que pudiera atenderle bien. El doctor fruncía el ceño, y la mujer se temió lo peor. La salud de Kagaya nunca había sido buena y, en los últimos meses, enfermaba con relativa facilidad.
Hiiragi se retiró el estetoscopio y la miró—.¿Podemos hablar en privado?—pidió, serio. Ella asintió y los dos se levantaron, saliendo de la habitación, dejando a Hinaki con su padre.
Los dos se marcharon hasta el despacho de Kagaya y Amane cerró la puerta tras ellos, mientras trataba de prepararse mentalmente. No dudaba del hecho de que iba a recibir malas noticias.
—Su salud sólo irá empeorando desde ahora—declaró, con pesar, el médico—.Lo siento mucho, pero es cuestión de tiempo que él…
—¿No hay nada que pueda hacer?—le interrumpió ella. Ya había escuchado suficientes veces que su marido moriría joven. No necesitaba escucharlo una vez más.
—Aunque pudiera, ¿qué clase de vida llevaría?—cuestionó Hiiragi. No le agradaba nada decir eso, pero, a esas alturas, no veía otra opción.
—Entiendo—dijo Amane, intentando no sonar demasiado cortante o seca—. Muchas gracias por su ayuda.
—Hay ciertas sustancias que pueden…
—No. Kagaya no quiero eso. Ni yo tampoco—sentenció Amane. Lo habían hablado ya y su marido se había negado en rotundo. Y, como esposa suya que era, Amane debía respetar y aceptar su voluntad.
—Entiendo, entonces, no hay mucho que pueda hacer por ayudar—reconoció Hiiragi—.Manténgale hidratado y, si volviera a subirle la fiebre, no dude en avisarme.
Amane asintió y, en silencio, le acompañó a la salida. Observó cómo el médico se iba y mantuvo una expresión neutra en su rostro, conteniendo las emociones que sentía. Ahora más que nunca tenía que ser fuerte, por sus hijos, y no podía permitirse el lujo de desmoronarse. Maldecir a Muzan por ser el causante, indirectamente, de la enfermedad de su marido, no ayudaría a nadie.
Ahora, lo único que podía y debía hacer era permanecer al lado de su marido hasta el final. Y lo haría.
Hinaki observaba, preocupada, a su padre. La noche anterior su estado había sido mucho peor y Nichika y ella tuvieron que ayudar a su madre a preparar un baño de agua helada para él. Y Amane también había necesitado su apoyo para llevar a Kagaya hasta allí.
No había sido fácil ver a su padre en ese estado, casi delirando, pero, en esas circunstancias, no les había quedado más remedio. Hinaki agradecía que ninguno de sus hermanos pequeños lo hubiera visto así. Era demasiado duro.
Quitó el paño húmedo de la frente de su padre y, tras mojarlo en la palangana de agua fría que su madre había dejado ahí, lo escurrió y se lo volvió a colocar en la frente. Observó en silencio la marca que cubría casi completamente su rostro.
No había otra cosa que pudiera hacer, nada podría curar la dolencia de su padre. Se giró y miró a la puerta cuando esta se abrió. Dos de sus hermanos pequeños, Kiriya y Kuina, entraron y se acercaron a ella.
—Hinaki, ¿cómo está padre?—preguntó Kiriya, tratando de no mirar a su padre.
—Se recuperará—respondió Hinaki. Quería convencerse a sí misma de eso, pese a saber, en el fondo, que su padre sólo empeoraría.
Los dos niños se miraron, dudosos. También eran conscientes de la verdad, al igual que ella, habían sido testigos de su deterioro. Pero ninguno fue capaz de llevarle la contraria en ese momento.
Amane llegó en ese momento y vio a los tres niños. Suspiró un poco y se acercó.
—Hinaki, vuestro padre está tratando de descansar, es mejor que salgáis—les dijo, hablando en un tono de voz bajo.
Los tres niños asintieron y se fueron de la habitación, dejando a Amane cuidando de Kagaya.
Ayane arrastraba el cuerpo montaña arriba. Lo había envuelto con sus telas para hacer más fácil el traslado. Tenía algo de prisa, Rui y los demás la estaban esperando en la casa en la que se refugiaban.
Observó de reojo a su víctima. Una cazadora de demonios que había estado rondando por el lugar. A Ayane no le había quedado más opción que acabar con su vida. Al menos parecía que era la única que estaba por ahí.
—Me falta poco para llegar—dijo mentalmente, al sentir, por el vínculo, la impaciencia de Rui—Era una cazadora. Ya la he matado.
—Está bien, pero no te demores, apenas faltan unas horas para que amanezca.
—Descuida, no tardaré mucho—repitió Ayane. Al oír que algo se acercaba a ella a toda velocidad, se detuvo y aguzó el oído. Parecían pasos. De tres personas que se acercaban a su posición. Corriendo, si tenía en cuenta la cadencia de los pasos. ¿Serían más cazadores? —Temo que tardaré un rato. Creo que vienen más.
Ayane sintió que Rui decía algo, pero apenas prestó atención, pues, por los pelos, pudo que esquivar a la chica que, con su katana había intentado rebanarle el cuello.
Soltó el cuerpo que cargaba y examinó a la humana. Una chica joven que vestía el uniforme de los cazadores.
Se estremeció al sentir a dos humanos más detrás de ella y miró de reojo. Emanaban un aura que la ponía nerviosa. Nunca se había topado antes con humanos que le dieran tan mala espina.
Eran un hombre y una mujer, jóvenes también, aunque más mayores que la que le había atacado. Sin más remedio, Ayane se preparó para luchar.
Esquivó el envite del hombre y, aprovechando que la mujer quedaba sola, Ayane se lanzó contra ella sin pensarlo mucho.
Esa decisión, precipitada, fue la que sentenció a la joven demonio. La mujer, en un abrir y cerrar de ojos, desenvainó su katana y, aunque no llegó a rebanarle la cabeza, le hizo varios cortes en su pecho.
Ayane se detuvo, confusa ante eso. Y se miró, las heridas ocasionadas ya se estaban cicatrizando.
—Podías haberme cortado la cabeza—murmuró, sin entender. No fue capaz de decir más. En ese momento sintió náuseas y, sin poder evitarlo, vomitó ahí mismo. Sangre.
Ayane se limpió con el dorso de la mano, aún sin comprender qué era lo que estaba sucediendo. Los demonios no vomitaban. Y mucho menos sangre. Abrió mucho los ojos entonces y se llevó las manos a la garganta. Comenzaba a resultar complicado respirar y empezaba a sentir pánico. ¿¡Qué le había hecho esa mujer!?
Giyuu, pese a saber que Shinobu peleaba utilizando veneno, nunca había tenido la ocasión de ver cómo funcionaba este.
A la demonio se le habían marcado las venas. De un desagradable color negro y acababa de vomitar sangre. Los ojos habían comenzado a sangrar y, a juzgar por la manera en la que se llevaba las manos a la garganta, parecía estar asfixiándose.
Preparó su katana. En esos momentos, lo mejor, lo más misericordioso, era poner fin al sufrimiento que ese ser estaba padeciendo. Tomó aire y lo expulsó por la boca, se movió rápidamente hacia la demonio y la decapitó.
—G-Gracias…—susurró Ayane con sus últimas fuerzas, mirando a Giyuu. El Pilar del Agua asintió levemente y, tras limpiar la katana, la guardó en su vaina.
—No hacía falta que la decapitases, Giyuu —comentó Shinobu, acercándose a él—. Hubiera muerto sin más.
—Lo sé, pero me pareció que esto era más rápido—reconoció Giyuu, mirándola. Shinobu le observó, sin decir nada, y asintió.
—Bueno, lo importante es que he podido probar el veneno—dijo la Pilar de los Insectos, con eso le bastaba.
Kanao observaba el lugar donde había estado el cuerpo de la demonio. Este ya había desaparecido por completo, no quedando prueba alguna de su existencia. La joven no podía olvidar la expresión de agonía del ser. Había parecido casi humano,
—Deberíamos buscar un lugar para pasar la noche—comentó Giyuu, mirando al cielo. Estaba demasiado oscuro como para viajar.
—Podemos descansar en la casa de glicina del pueblo.
Kanao les miró, callada. Y, cuando los dos adultos comenzaron a correr montaña abajo, les siguió.
Giyuu iba delante, liderando la marcha, seguido de cerca por Shinobu, y Kanao cerraba la marcha.
Rui permanecía inmóvil, callado, mirando la pared. Llevaba un buen rato así y ninguno de los otros demonios había hecho el esfuerzo de intentar hablar con él. Sentían la ira que devoraba al demonio a través del vínculo que les unía.
Y tampoco era algo extraño. Minutos antes, todos habían podido sentir la agonía que Ayane sufrió antes de morir decapitada. Había sido como si todos sus intestinos se derritieran. Una sensación que les dejó sin respiración. Percibieron el dolor y el miedo de Ayane como si fuera el suyo propio.
Y Rui, desde que el vínculo que les unió a Ayane fuera cercenado, había estado así. Repasando una y otra vez los últimos instantes de vida de su hermana, grabando a fuego en su mente el rostro de su asesina.
Apretaba los puños, clavándose las uñas en las palmas de las manos, haciéndose heridas y provocando que estas, antes de curarse solas, sangrasen un poco.
—Me he quedado con tu cara, hija de puta—siseó Rui. Vengaría a Ayane, le causaría cien veces el dolor que su hermana había sentido.
—Rui… .—murmuró su madre, acercándose.
—No—la cortó él, enseguida. No quería escuchar palabras de consuelo. Lo único que le aliviaría sería hacer justicia y matar a su asesina.
La mujer se quedó callada. Desvió la mirada, cuando sintió los ojos de Rui clavados en ella.
—La vengaremos—dijo otro de los demonios jóvenes y Rui asintió. Pero para eso, ahora más que nunca, necesitaba hacerse más poderoso.
—Eran Pilares—declaró la Quinta Luna Inferior. Sabía reconocer a uno cuando lo veía, la energía y la presencia de esos humanos era diferente a la del resto de los humanos.
—¿Los tres?—preguntó, con miedo en la voz, uno de los demonios más joven.
—No, sólo los dos adultos—dijo Rui, serio—.Tenemos que irnos de aquí.
Esa montaña ya no era segura. No podían arriesgarse a seguir cazando ahí y atraer de nuevo la atención de algún Pilar. Rui había creído que, con la muerte del Pilar que custodiaba ese territorio, todo estaría más tranquilo y no tendrían problemas. Pero se equivocó y Ayane lo había pagado con su vida.
Volver a pensar en su hermana hizo que el odio que Rui sentía aumentase. Iba a disfrutar matando a esa mujer. Tampoco permitiría que otro miembro de su familia muriera a manos de los cazadores.
Kanae se limpió la sangre de los labios con el dorso de su mano izquierda. Douma la observaba comer con una sonrisa. Estaban en el edificio en el que la Luna Superior tenía su culto.
—Me alegra que hayas tomado la decisión de volver, querida.
—Era lo mejor—reconoció ella, encogiéndose de hombros—.Aunque no tengo pensado quedarme mucho tiempo.
Se movía constantemente, apenas estando más de un par de días en un sitio. No era seguro, aunque había evitado encontrarse con otros cazadores, eso no significaba que no estuvieran intentando darle caza personalmente.
—Bueno, siempre tendrás un sitio aquí—dijo Douma, aunque sonaba algo decepcionado. No podía negarlo, le había tomado cierto cariño a esa mujer.
—Gracias.
Douma asintió y se apartó un poco, dejando a la mujer terminar de comer. Cogió uno de los libros que había en la estancia y comenzó a leer con calma. Pronto, el único sonido en esa habitación era el que producía Kanae al comer.
—Hay algo que me gustaría preguntarte—comentó la Luna Inferior y Douma alzó la mirada del libro y le prestó atención—.Tenía entendido que los demonios olvidaban su vida humana al convertirse.
—Normalmente, sí. Nuestro señor se encarga de bloquear nuestros recuerdos—explicó Douma—Pero con las Doce Lunas hace una excepción. Salvo casos puntuales.
—Yo conservo los míos desde que me convertiste—confesó ella. No le había contado eso antes.
Douma, interesado, cerró el libro y, tras dejarlo en su sitio, se acercó a ella. La mujer fruncía el ceño un poco, como si algo le preocupase.
—Aunque es un poco extraño que Muzan te permitiera eso, no te recomiendo darle muchas vueltas—aconsejó el demonio, serio—.Y espero que eso no te suponga un problema a la larga.
—Sé que debería odiarte. Por lo que me hiciste—murmuró ella, apenas prestando atención a sus palabras—.Pero no tengo motivos, ya no.
—¿Y eso por qué?—preguntó él, curioso.
—Era débil. Cuando era humana y, gracias a ti, ahora soy mejor, más fuerte—admitió Kanae, levantando la mirada y observando al otro demonio.
—Todos los humanos lo son. Pero tú ya no eres débil.
—Lo sé, aunque aún no soy lo suficientemente fuerte—declaró ella, seria.
—Pretendes ascender de rango—dedujo él, sonriendo un poco, complacido.
—Quiero entrar en las Lunas Superiores.
La sonrisa de Douma se hizo aún más amplia. Ese era uno de los rasgos que más le gustaban de ella, su ambición. Y la idea de tenerla como compañera era tentadora. Había algo que llevaba tiempo rondando su mente, sobre todo después de saber lo que Rui, una de las Lunas Inferiores había hecho.
—Puedo ayudarte con eso—comentó él. Pediría permiso antes a Muzan, no era algo que pudiera hacer sin su visto bueno—.Pero, primero, tengo que pedir permiso a Muzan.
—¿Y de qué se trata?—quiso saber ella, interesada.
—Si te doy algo de mi sangre, es posible que puedas controlar el hielo, al igual que yo, aunque no a mi nivel.
—No sabía que algo así fuera posible.
—No es lo habitual—admitió Douma, encogiéndose de hombros. Esperaba que Muzan accediera a eso—. Pero, cambiando de tema, te recomiendo ascender entre las Lunas Inferiores. Cuando ocupes el primer puesto, ya podrás plantearte entrar en las Superiores.
—¿Y si no lo consigo?
—Pues no lo consigues. Nada te impediría volverlo a intentar.
Kanae asintió, eso era cierto. Fallar no sería el fin del mundo, aunque esperaba no verse en esa situación. Miró de reojo a Douma, él confiaba en ella, en que iba a ser capaz de conseguirlo tarde o temprano.
—No fallaré—dijo ella, entonces. Entrenaría lo suficiente y se haría más fuerte.
Douma la observó, callado, y, con cierto cariño, acarició la mejilla de la mujer. Siempre había sido consciente de que, el hecho de no tener emociones, le convertía en una anomalía, una abominación.
Y así había sido, hasta el combate contra Kanae. Llevársela y convertirla en demonio no fue sólo porque le viera potencial. Era la primera vez que alguien sentía compasión por él. Un sentimiento al que Douma, por ese entonces, era completamente ajeno.
Durante un tiempo creyó que lo había hecho por el parecido de Kanae con esa mujer. Kotoha, pero, a medida que tuvo la oportunidad de conocer más y mejor a su nueva compañera, se había dado cuenta de lo diferentes que eran. Kotoha había sido patética, siempre dependiendo de otros, mientras que Kanae era, completamente, lo opuesto. Y eso le gustaba mucho.
No se arrepentía de haberlo hecho, de haberle otorgado la oportunidad de ser demonio. Cada vez estaba más seguro de que Kanae debía permanecer a su lado.
Enmu caminaba por los vagones del tren con calma. Sonreía, divertido, ante lo que veía. Desde que había comenzado a alimentarse de la gente que viajaba ahí se había vuelto más poderoso. Aunque había notado que la presencia de cazadores de demonios en el tren aumentaba.
Pero, por muchos que mandasen, ninguno podía escapar a su técnica de sangre. Ni siquiera lo veían venir. Enmu se aseguró, desde el primer momento, de no dejar pistas sobre su presencia.
Se detuvo ante los reclutas que habían mandado. Un hombre y una mujer que vestían el uniforme de los cazadores. Se relamió un poco, se moría de ganas de degustar su carne. Faltaba poco para que pudiera comer.
—Ya destruí sus núcleos—comentó la niña que trabajaba para él. Estaba sentada frente a esos dos y le miraba con evidente desagrado y miedo. No era algo que al demonio le importase, después de todo, en cuánto se cansase de ese modus operandi se desharía de ella. Tarde o temprano eso pasaría.
—Ya lo sé—dijo Enmu, satisfecho. Tenía que reconocer que, para ser una humana tan joven, se le daba bastante bien.
—¿Me puedo retirar ya?—preguntó ella, levantándose y apartándose de él. Nunca se le había dado bien disimular lo que pensaba de él.
Enmu se encogió de hombros y la niña aprovechó para marcharse deprisa de ahí, dejando al demonio solo en el vagón. No había nadie más ahí, así que Enmu podía comer con tranquilidad sin que otro humano le fuera a interrumpir.
Se arrodilló frente a la mujer y le desabotonó la chaqueta negra, se la retiró e hizo lo mismo con la camisa, dejando completamente al descubierto su cuello. Se inclinó sobre este y lo mordió, seccionando la carótida.
Arrancó un trozo de piel y carne, masticó con ganas y tragó. La mujer ni siquiera se inmutó, sus ojos, aunque abiertos, estaban completamente vacíos, carecía de voluntad y no reaccionaba ante estímulos externos.
Retiró algo más la ropa de la mujer y siguió devorando, poco a poco, a la cazadora.
Amane leía callada los últimos reportes que, gracias a la policía y a varias personas más que trabajaban para la familia, habían recibido. Tal y como se temía, la actividad demoníaca había ido en aumento en los últimos años. Y casi no tenían suficientes cazadores para cubrir todos esos posibles avistamientos.
Y seguían sin descubrir el motivo tras el asesinato de la familia Kamado, al punto de, tras no obtener más pistas, tener que abandonar esa investigación. A fin de cuentas, tenían asuntos de mayor importancia de los que hacerse cargo.
No atravesaban un buen momento, y Amane sabía que, en la siguiente reunión, tendría que informar a los Pilares sobre el empeoramiento de la salud del patrón. Contuvo las lágrimas como pudo, no podía llorar, por mucho que su marido estuviera ya a las puertas de la muerte. Sus hijos no debían verla así. Tenía que ser fuerte por ellos.
¿Debía adelantar la reunión con los Pilares e informarles? La idea resultaba bastante tentadora para la mujer, sabía cuánto apreciaban a Kagaya y tampoco deseaba ocultarles eso. Y quizá pudiera aprovechar para ir llevando a su hijo en esas reuniones y que se hiciera completamente a la idea de lo que significaba liderar el Cuerpo de Cazadores de Demonios.
Aunque no pudiera comprender su desazón, llevaba varios días con la terrible sensación de que, para los cazadores, se avecinaban días aún más oscuros y que, más que nunca, debían estar preparados.
Bueno, y hasta aquí es el vigésimo cuarto capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.
Así que, nos vemos el mes que viene con el vigésimo quinto capítulo.
¡Hasta la vista!
