Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.
Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.
Kokushibo salió de su escondite cuando se puso el Sol. Durante el día había estado escondiéndose en el interior de una cueva que había encontrado en la zona en la que estaba.
Había decidido comenzar con la misión que Muzan le había encomendado personalmente. Después de pensarlo con frialdad, decidió empezar en la región de Tohoku, una de las más norteñas.
No iría primero a por los cazadores. La mejor forma de poner fin al Cuerpo era ir destruyendo sus recursos. Es decir, las casas de glicina repartidas por el país y, si tenía suerte, encontrar y destruir la aldea de los herreros.
Aunque era consciente de que, al comenzar destruyendo las casas de glicina, atraería demasiado rápido la atención de los cazadores. Pero eso era algo con lo que contaba, además de que, siendo la Primera Luna Superior, no podrían con él. Quizá los Pilares tuvieran alguna opción de vencerle, pero Kokushibo se preguntaba si el Cuerpo estaría dispuesto a perder a varios de sus preciados espadachines más poderosos. No valía cualquiera para un puesto así.
De las tres tareas que Muzan le había encomendado, esa era la más sencilla. Encontrar y convertir en demonio a Sumiko Kamado y hallar la mansión de la familia Ubuyashiki requerían, en cambio, paciencia y un golpe de suerte. Y quizá, haciendo eso primero, lograse lo otro.
Comenzó a caminar hacia la ciudad que había a unos cuantos kilómetros al sur de donde se encontraba. Hirosaki sería un buen sitio para empezar. Al ser una ciudad con tanta población era posible que tuviera más de una casa de glicina.
Hacía mucho que no visitaba un sitio así. ¿Cuándo fue la última vez?, ¿200 años atrás? Sentía cierta curiosidad por ver cómo era esa ciudad actualmente. Había escuchado, en numerosas ocasiones, a Douma comentar acerca de los progresos de los humanos. Aunque, hasta ese momento, nunca se había molestado en ir y verlos personalmente. Tampoco era algo que le hubiera generado preocupación o curiosidad.
Había evitado las grandes ciudades, cuánto menos llamase la atención mejor, y se había dedicado a cazar en pequeños pueblos, no quedándose mucho tiempo en un mismo sitio. Sonrió un poco, parecía un buen momento para cambiar de costumbre, también podía aprovechar para alimentarse un poco.
¿Cuánto ruido haría falta hacer para atraer la atención del Pilar de la región? Quizás si acababa con la vida de un centenar de personas captaría su atención, aunque también podía dejar algún regalo para ese humano, una pequeña firma de autoría del acto. Sería divertido. Sonrió con malicia al pensarlo.
Hacía cuatro siglos no fue capaz de exterminar al Cuerpo y esa era la oportunidad perfecta para enmendar ese error. Tampoco sabía cómo reaccionaría Muzan si volvía a fracasar en esa tarea y no quería comprobarlo.
Nezuko paseaba, nerviosa, por su habitación. Comenzaba a perder la poca paciencia que le quedaba. Llevaba días sin saber nada de su hermana, sabía que estaba en la casa, pero, todas las veces que había intentado salir para verla, había sido detenida por Rengoku o Kocho. Y la acompañaban de vuelta a su habitación. Todas las veces que lo intentó. A esas alturas Nezuko estaba segura de que tampoco estaban dejando a Sumiko entrar a verla.
En una de las paredes de la habitación había marcas de arañazos, Nezuko marcaba ahí los días que llevaba encerrada ahí, sin poder ver a su hermana. No sabía si Rengoku o Kocho lo habían visto cuando la escoltaron de vuelta la noche anterior, aunque tampoco era que le importase.
Gruñó molesta al recordar la discusión que, en su momento, tuvo con su hermana. Tal vez ni siquiera estuviera preocupada por no verla. Posiblemente estuviera pasando tiempo coqueteando con la idiota de Kanao. La veía capaz de eso.
El sólo imaginarlo hacía que le hirviera la sangre. Apretó los dientes, apenas conteniendo su ira. Todo el tiempo que había pasado luchando contra el instinto de devorar humanos, para no perjudicar a Sumiko, le parecía un desperdicio. Cerró los ojos y trató de calmarse. No, no merecía la pena darle vueltas a eso.
Su hermana podría estar comportándose como una idiota, pero seguía siendo eso, su hermana. La única familia que le quedaba con vida. Y su deber era protegerla, no ponerla en peligro.
Con eso en mente, aprovechando que ya era de noche, avanzó hacia la puerta y, procurando no hacer ruido, abrió. Siseó un poco cuando la puerta chirrió. Contuvo el aliento y esperó, nerviosa.
Pero, tras pasar unos minutos y no escuchar llegar a ninguno de los dos Pilares, aprovechó y salió de su dormitorio. Fue directamente a la habitación de su hermana. Abrió la puerta y entró.
Frunció el ceño al darse cuenta de que Sumiko no estaba ahí. Sabía, por la presencia de Rengoku, que su hermana estaba en la Mansión de las Mariposas. Entonces, si no estaba ahí, eso podía significar… . La enfermería. Sumiko estaría ahí.
—Mierda—siseó la joven demonio. Si iba ahí sería descubierta. Se mordió la uña del meñique de la mano izquierda.
—¿Qué haces aquí?—escuchó, detrás de ella, a Rengoku. Frunció el ceño y se giró, para encarar al Pilar de las Llamas.
—¿No es evidente?—preguntó, de manera altiva, Nezuko. Kyojuro, percatándose de ese tono, la miró frunciendo el ceño.
—Venga, te acompaño a tu habitación—dijo él, serio.
—No.
—No te lo estaba preguntando—dijo Rengoku, agarrándola del brazo derecho y tratando de tirar de ella. Como respuesta, Nezuko aumentó su tamaño para oponer resistencia.
—Está en la enfermería, ¿verdad?—insistió Nezuko.
Rengoku no respondió y siguió tratando de sacarla de ahí. Pero, por mucho que le disgustarse admitirlo, no era lo suficientemente fuerte como para ello. No era que destacase entre los Pilares por su fuerza.
Nezuko, que ya no tenía más paciencia, recurrió a lo primero que se le ocurrió. Levantó ligeramente la pierna izquierda y, sin dudar, le dio una patada en la entrepierna. Rengoku, que no había esperado eso, abrió mucho los ojos y dejó escapar un quejido de dolor. Soltó a la chica y se llevó las manos a la zona afectada.
La joven no perdió tiempo y salió corriendo hacia la enfermería. No sabía cuánto tardaría él en recuperarse, así que no iba a desperdiciar el tiempo.
Sumiko sudaba profusamente, estaba tumbada en una de las camas de la enfermería, apenas consciente. El demonio al que se había enfrentado había usado su técnica de sangre sobre ella. Inyectando veneno en su torrente sanguíneo.
Shinobu chasqueó la lengua, preocupada, aunque le había aplicado ya un tratamiento improvisado, este no parecía estar haciendo demasiado efecto. La joven seguía sudando y su temperatura aumentaba.
Podía intentar crear otro antídoto, pero nada aseguraba que fuera a ser eficaz. Había algo que se le estaba escapando. Miró de reojo a Kanao, desde la llegada de Sumiko, la chica no se había apartado de su lado. Y Rengoku, de no haberle pedido ella que fuera a buscar más paños, tampoco lo hubiera hecho.
La puerta se abrió de golpe en ese momento y las dos mujeres miraron hacia allí, esperando ver a Rengoku. Parada en el umbral de la puerta estaba Nezuko, que al ver a su hermana en ese estado, no dudó ni un segundo en cruzar la distancia que las separaba.
Se detuvo deprisa al otro lado de la cama, ignorando completamente la presencia de las dos. Shinobu, de no haber estado en esa situación, habría intentado llevar a la joven de vuelta a su dormitorio. Pero, si Sumiko no salía adelante, al menos podría despedirse de ella.
Nezuko, temblando, tomó la mano libre de su hermana y, sin poder evitarlo ya, rompió a llorar. Comprendía perfectamente lo que estaba pasando, el débil pulso que percibía era indicación suficiente.
Pero, podía salvarla, si la convertía en demonio, aunque Kocho se daría cuenta enseguida de sus intenciones y no lo iba a permitir. Sostuvo la mano de su hermana con más fuerza y cerró los ojos, instintivamente sabía lo que tenía que hacer.
Escuchó las exclamaciones de sorpresa de las otras dos mujeres, pero las ignoró completamente, centrada como estaba en lo que estaba haciendo. Aunque, al no ver lo que la rodeaba, no notó como alguien más entraba y la apartaba con brusquedad, haciendo que cayese al suelo y abriera los ojos, sorprendida.
Giyuu caminaba hacia la enfermería. Quería despedirse de Shinobu antes de irse de nuevo y, ya de paso, preguntarle si le parecía bien que Aoi le acompañase. No es que pensase convertirla en su sucesora. Pero era cierto que llevaba mucho tiempo buscando a alguien que tuviera madera para ocupar su puesto y creía que esa chica servía. O eso esperaba. Le hacía falta madurar aún bastante y adquirir experiencia, pero eso siempre llegaba con el tiempo. Él se encargaría de prepararla para ello.
Aceleró el paso hasta casi comenzar a correr cuando escuchó dos gritos que provenían de la enfermería. Se plantó ante la puerta abierta y abrió mucho los ojos al ver lo que ocurría.
Fuego. Una de las camas estaba ardiendo, pero el fuego era de color carmesí. Una técnica de sangre, comprendió Giyuu. Sin pensarlo dos veces avanzó hacia allí y, con brusquedad, apartó a la chica que sostenía la mano de la joven que estaba tumbada ahí.
Nada más hacer eso, el fuego se extinguió. Giyuu, con cierto miedo, miró hacia allí, esperando haber llegado a tiempo para salvar la vida de la otra joven. Su sorpresa fue mayúscula al ver que tanto ella como la cama estaban intactas.
Shinobu, que se había repuesto de su sorpresa, se hizo cargo de la situación enseguida y se puso a dar órdenes.
—Giyuu, acompáñala fuera, por favor—dijo la Pilar de los Insectos, señalando con la cabeza a Nezuko. Giyuu asintió y agarró a la joven, ignorando completamente sus protestas y, ante sus intentos de resistirse, la noqueó dándole un golpe certero en el cuello y la sacó de ahí, cargándola en brazos.
Shinobu se relajó visiblemente cuando volvieron a estar solas y puso la mano sobre la frente de Sumiko. La fiebre había desaparecido, notó la mujer, estupefacta. Miró a Kanao, que, pese a todo lo que ocurrió, no había soltado la mano de Sumiko en ningún momento.
—No sentí calor proviniendo de esas llamas—respondió la chica, a la pregunta silenciosa de su maestra.
—Eso era una técnica de sangre, pero, ¿cómo?—murmuró Shinobu para sí misma. Nezuko, al no haber comido humanos, no debería haber sido capaz de algo así. Pero lo había hecho. Era algo innegable.
Y parecía haber sanado a Sumiko, aunque a Shinobu no le gustaba sacar conclusiones precipitadas, así que, por el momento, mantendría a la joven en observación.
Kanao apretó algo más la mano de Sumiko, que aún seguía sosteniendo, pese a lo que acababa de acontecer.
—¿Es eso posible, maestra?—murmuró la joven.
—No debería serlo, no.
Giyuu, siguiendo las indicaciones de Aoi, que le había visto en el pasillo cargando a Nezuko, llevó a la joven a la habitación que ocupaba.
Aunque, al doblar la esquina del pasillo para llegar ahí, se encontró con Rengoku tirado en el suelo. El Pilar del Agua alzó una ceja y se acercó, sin soltar a Nezuko, hasta él. Sólo entonces pudo comprobar que el hombre estaba inconsciente y que, a escasos centímetros de él, había un charco de vómito.
Pero, con Nezuko en brazos, no podía atenderle. Así que, el Pilar del Agua se apresuró a entrar en la habitación y dejar a la chica en la cama. Después cerró la puerta y la candó con la llave que Aoi le había dado.
Sólo entonces, con eso solucionado, se acercó a su compañero. Se arrodilló y le examinó de cerca. Rengoku tenía los ojos cerrados y parte del vómito manchaba su boca. Optó por sacudirlo un poco, tratando de despertarlo. Un rato después lo consiguió y Kyojuro abrió los ojos.
—Rengoku, ¿estás bien?—preguntó Giyuu. Rengoku gruñó un poco y trató de incorporarse, temblaba y, al ver que le estaba costando demasiado, Giyuu le ayudó a levantarse, sujetándole con algo de fuerza cuando se tambaleó.
—Sí, no te preocupes.
—Si has comido algo que te haya sentado mal deberías ir a ver a Shinobu—comentó el Pilar del Agua, mirando de reojo el vómito. Iba a tener que avisar a alguna de las chicas para que lo limpiase.
—No es necesario—dijo Rengoku. No tenía ganas de contarle lo que había ocurrido.
—Aun así, deberías ir a verla.
Kyojuro suspiró un poco y se apoyó en la pared para poder andar mejor. Aún le dolía esa zona. Giyuu, que no se había creído eso, le observó con detenimiento.
—Te acompaño—decidió, e ignorando las protestas de Kyojuro, pasó su brazo por sus hombros y emprendió el trayecto hacia la enfermería. No creía que estuviera en condiciones para ir por su cuenta.
Debido al estado de Kyojuro, quien se seguía negando a contarle a Giyuu lo ocurrido, llegar a la enfermería les tomó más tiempo del que esperaba. Tampoco era que Tomioka desease ir más deprisa y empeorar su estado, pues saltaba a la vista que el Pilar de las Llamas estaba algo mareado. Aunque no parecía tener ganas de vomitar, lo que Giyuu creía que era buena señal.
Abrió la puerta de la estancia y entró junto a Kyojuro. Shinobu, que había estado atendiendo a una despierta Sumiko, se giró y, al ver el estado del Pilar de las Llamas, que estaba bastante pálido, se acercó deprisa.
—¿Qué ha ocurrido?—preguntó la mujer, mirando a Giyuu. Sabía que, con lo orgulloso que era Kyojuro, no obtendría una respuesta clara de él.
—Lo encontré inconsciente en el pasillo. Había vomitado—dijo Giyuu. Kyojuro frunció el ceño al darse cuenta de que estaban actuando como si él no estuviera delante.
—¿Has comido algo en mal estado?—preguntó Shinobu, dignándose, por fin, a preguntarle a él.
—No—dijo Kyojuro, mientras que Giyuu, siguiendo la indicación de la mujer, acompañaba a su compañero hasta una de las camas y le ayudaba a sentarse.
—¿Qué te ha pasado entonces, Rengoku?
—Nada.
—¿Debo suponer que has vomitado y te has desmayado por nada?—Shinobu sonreía con esfuerzo. Había olvidado que, dentro de los Pilares, Kyojuro Rengoku era de los más complicados. Su tozudez casi superaba a la de Sanemi, lo que ya era decir mucho.
—¿Cómo está Sumiko?—preguntó, en cambio, Kyojuro. No quería responder a esa pregunta y estaba preocupado por su sucesora. Le había sorprendido encontrarla despierta y así, casi parecía que no le hubiera pasado nada.
Shinobu dirigió una mirada de advertencia a Kanao, quien la interpretó al momento y, algo desganada, se levantó de la silla para después despedirse de los cuatro y salir deprisa. Giyuu, quizá creyendo que él tampoco pintaba algo ahí ya, se dispuso a irse también.
—Giyuu, ¿puedes mantener vigilada a Nezuko mientras hablamos?—pidió Shinobu, seria. El hombre asintió y se marchó rápidamente.
Sumiko, preocupada, se incorporó, no sabía qué era lo que había ocurrido. Pero, viendo que Shinobu no sonreía como de costumbre, dedujo que debía haber sido algo grave. Tragó saliva nerviosa y trató de salir de la cama, pero la mirada de advertencia que Shinobu le dirigió la hizo detenerse.
—Primero me gustaría saber qué te pasó, Rengoku—dijo Shinobu—.Se suponía que estabas vigilando a Nezuko.
—Lo estaba haciendo, sí, pero…—Rengoku se detuvo un momento antes de seguir hablando—.Me dejó fuera de combate—admitió, no muy dispuesto a entrar en detalles. Shinobu alzó una ceja, cuestionando sus palabras.
—¿Cómo es eso posible?—quiso saber la mujer, presionando a Kyojuro.
—Preferiría no decirlo.
—Bueno, no importa—dijo Shinobu, tirando la toalla casi enseguida, eso no era importante ahora mismo—.Como ya te podrás imaginar, Nezuko vino aquí.
—Me lo imaginaba, sí, ¿y qué pasó?
—Tiene una técnica de sangre, Rengoku. Pudo quemar el veneno que le habían inoculado a Sumiko. O esa es mi suposición, me gustaría tener en observación a Sumiko por el momento antes de confirmarlo.
Rengoku abrió mucho los ojos y miró a Sumiko. Había estado a punto de preguntar antes sobre la repentina mejoría de su pupila.—¿Estás segura de lo que dices, Kocho?—preguntó, serio. No tenía sentido que Nezuko hubiera podido desarrollar una.
—Giyuu, Kanao y yo somos testigos de ello, Rengoku.
—Pero, para algo así, Nezuko habría tenido que comer una enorme cantidad de humanos.
—Soy consciente de ello. Pero parece que, de verdad, esa chica es un caso excepcional.
Sumiko seguía callada, asimilando todo lo que acababa de oír. ¿Significaba eso que Nezuko ya no estaba enfadada con ella?
—Habría que informar al patrón—sugirió, enseguida, Kyojuro.
—Sí, supongo—coincidió Shinobu, seria. Aunque intentase convencer a Rengoku de esperar, al menos hasta que tuviera clara la naturaleza de esa técnica de sangre, dudaba que fuera a hacerle caso. No con lo leal que era al patrón.
Kokushibo se detuvo ante la casa de glicina. Le había tomado más tiempo del esperado encontrarla. Pero, por fin estaba ahí. Había encontrado la primera casa de glicina de la ciudad. Llevó la mano hacia el mango de su espada y, con cierto alivio, adoptó su aspecto original. Para poder andar por la ciudad sin llamar la atención se había visto en la necesidad de camuflarse con un aspecto humano, ocultando sus rasgos demoníacos.
Desenvainó su espada, una katana con la hoja de color rojo, adornada con ojos con las pupilas carmesíes. Escuchó gritar a la gente que había a su alrededor, pero les ignoró completamente. Una mujer chillaba, pidiendo que alguien fuera a avisar a la policía.
—Respiración de la Luna, Primera Postura. Luna Oscura: Vigilia de Festival—dijo el demonio mientras movía su arma verticalmente. Del filo salieron numerosas lunas menguantes que avanzaron a toda velocidad hacia la puerta, destrozándola enseguida.
Observó como un cuervo salía volando por una de las ventanas de la vivienda, pero no le hizo caso. Era eso lo que buscaba precisamente. Ignorando al animal, que huía despavorido, avanzó hacia la entrada del domicilio. Entró y se dispuso a buscar a los habitantes de la casa.
Aunque no tuvo que buscar mucho. En medio del pasillo había un hombre esperándole. Era una persona joven, notó Kokushibo y, a juzgar por cómo temblaba, estaba aterrado. Sostenía un cuchillo de cocina, un arma inútil contra él.
El demonio avanzó hacia el humano y se guardó la katana en su vaina. Se detuvo a escasos metros del anfitrión y le miró a los ojos.
—¿Vive más gente aquí?—quiso saber Kokushibo. El hombre apretó los dientes y, sin responder, se lanzó contra él, cuchillo en mano. Trató de apuñalar a Kokushibo en el pecho, pero este se limitó a agarrar su rostro con una mano y apretó. Destrozando el cráneo de su desafortunada víctima en cuestión de segundos.
Hecho eso, tiró de cualquier manera el cuerpo al suelo. Le había dado una muerte rápida, por haber tenido el coraje de plantarle cara. Una forma de honrar su valía.
—¿Padre?, ¿Ocurre algo?—preguntó un niño, abriendo una puerta cercana y asomándose al pasillo. Kokushibo miró en esa dirección. Era un chico, un chaval que, a juzgar por su estatura, debía tener unos ocho o nueve años.
El niño, al verlo, soltó un grito de terror y cerró deprisa la puerta. El demonio suspiró un poco y se encaminó hacia allí. Debía asegurarse de no dejar a ningún humano con vida.
Apoyó la mano en el picaporte y se dispuso a girarlo. Pero antes de poder hacerlo, escuchó un grupo de pasos que provenían de la entrada. Varios humanos acababan de entrar en la vivienda.
—¡Alto! ¡Policía!—gritaron los recién llegados. Kokushibo les miró con poco interés. Seis humanos armados con pistolas. Varios se atrevieron a disparar contra él, pero Kokushibo no les prestó atención, esas armas no podían hacerle ningún daño. Dejó que le dieran con las balas y, ante la mirada horrorizada de los humanos, se sanó en cuestión de segundos.
—¡Es un demonio!—chilló uno de los policías, horrorizado. Kokushibo contuvo las ganas de reír ante eso, ¿acaso su aspecto no era suficiente prueba de su naturaleza? Decidido a continuar con lo que había ido a hacer, volvió a prestar atención a la puerta.
Frunció un poco el ceño al notar que la puerta estaba bloqueada. Cuando sintió que varias balas impactaron de nuevo contra su cuerpo, la Primera Luna Superior perdió completamente la paciencia. Desenvainó de nuevo su katana y se giró, encarando a los policías.
Ejecutó de nuevo la primera postura de la Respiración de la Luna, partiendo por la mitad a los policías. Las paredes y el suelo se comenzaron a llenar de la sangre que manaba de los cuerpos. Kokushibo, satisfecho con el resultado, volvió a prestar atención a la puerta y, sin esfuerzo, la arrancó y la tiró contra la pared detrás suyo.
Entró en el cuarto y observó, con sus seis ojos, los distintos sitios en los que un niño de ese tamaño podría haberse escondido. Debajo de la cama que estaba pegada a la pared o quizá dentro del armario que había en el otro extremo. No pensaba detenerse a mirar. Se detuvo frente a la cama y preparó su arma para atacar.
—Respiración de la Luna. Sexta Postura, Luna Solitaria en la Noche Perpetua: Infierno Eterno—dijo y de su katana salieron numerosas ráfagas de lunas menguantes, que hicieron trizas la cama. Kokushibo estuvo unos segundos pendiente y, al no ver que el suelo se manchase de sangre, se giró hacia el armario.
Tenía que estar ahí. Blandió su arma y, utilizando de nuevo la primera postura, partió el mueble de madera en dos. Esa vez sí pudo ver como la sangre manchaba la pared. El niño había corrido el mismo destino que los policías en el pasillo.
Pero aún faltaba un detalle. Kokushibo no se conformaba aún con eso. Aunque no quedaban ya más humanos en la vivienda, faltaba algo. Tenía que reclamar la autoría de aquel acto. Salió del dormitorio y se acercó a los policías muertos.
Manchó uno de sus dedos de sangre y, en una de las paredes de color blanco, comenzó a escribir su cargo. Quería dejar claro que ese crimen había sido cosa suya. Se quedó satisfecho cuando, en la pared, quedaron escritos los kanjis de la Primera Luna Superior.
Mitsuri observó al cuervo que acababa de posarse frente a ella. No era el suyo, de eso estaba segura, pues no tenía el adorno que le puso en la cabeza, a fin de poder diferenciarlo del resto.
—¿Ocurre algo?—preguntó la joven mujer, creyendo que, quizá, se tratase del cuervo de alguno de los Pilares o de otro cazador de demonios.
—¡Ataque de un demonio a la casa de glicina de Hirosaki!—chilló, por fin, el animal. Mitsuri, que había estado sentada en un banco de madera debajo de una sombrilla, disfrutando un poco de la sombra, se levantó como un resorte.
—Llévame hasta allí—exigió la mujer, de inmediato. El cuervo emprendió el vuelo casi enseguida y Mitsuri comenzó a correr detrás de él. Cavilando sobre la noticia.
No era normal que un demonio atacase esos lugares, solían estar protegidos por árboles de glicina. Sólo uno lo suficientemente poderoso sería capaz de resistir un ambiente tan nocivo para un demonio. Y eso también explicaría que la hubieran avisado a ella y no a un cazador de menor rango.
Así que, era bastante probable que se tratase de alguna de las Doce Lunas. Mitsuri esperaba que se tratase de una Inferior y no de una Superior.
Llegar al lugar de los hechos fue relativamente sencillo. Afortunadamente no estaba demasiado lejos de esa ciudad y el cuervo la había guiado bastante bien. Aunque eso no quitaba que le hubiera tomado casi tres días llegar hasta el lugar.
Toda la zona de la casa estaba rodeada por una cinta amarilla de la policía. Y había varios agentes vigilando y manteniendo a raya a los curiosos que se amontaban cerca. Mitsuri rebuscó en su bolsillo y sacó el carnet que la identificaba como miembro del Cuerpo de Cazadores de Demonios.
Con eso en la mano se acercó a uno de los agentes y se lo mostró. Este lo cogió y lo examinó detenidamente. Luego se lo devolvió y la miró.
—Sígame, por favor, señorita Kanroji—pidió, levantando algo la cinta. Mitsuri se agachó y pasó por debajo. Los dos entraron a la vivienda en silencio. La Pilar del Amor observó, con preocupación, lo destrozada que estaba la puerta—.Ha habido un total de seis víctimas mortales—dijo el oficial en ese momento y Mitsuri volvió a prestarle atención—. Los dos habitantes de la casa y cuatro compañeros míos.
—Lamento mucho su pérdida—dijo Mitsuri mientras llegaban al pasillo y se topaban con los primeros cadáveres. Los cuatro oficiales. La mujer se tapó la boca con la mano derecha, tratando de contener el horror que sentía.
Su mirada se detuvo en lo que había escrito en la pared. Primera Luna Superior. No pudo evitar estremecerse al comprender las implicaciones de eso. Estaba reconociendo la autoría de eso, casi como si se sintiera orgulloso de esa matanza. No era algo habitual, podía tratarse de un engaño, era algo que Mitsuri no podía descartar.
Pero, si era verdad, si la Primera Luna Superior campaba a sus anchas por su territorio, era su responsabilidad y obligación como Pilar poner fin a todo eso y darle caza. Aunque Mitsuri no era idiota, lanzarse a por él sin más no era buena idea. Si lo hacía se arriesgaba a correr el mismo destino que Uzui. Tenía que poner al corriente al resto de los Pilares y esperar refuerzos.
—¡Urara!—llamó la mujer a su cuervo, que, fiel a ella, había estado esperando en el exterior de la vivienda. El animal entró volando y se posó en su hombro izquierdo—.Quiero que avises al patrón de lo ocurrido. Dile que la Primera Luna Superior está por aquí y que necesito refuerzos.
Eso era algo que tenía que hacer. El patrón debía ser informado de lo que estaba ocurriendo. El oficial de policía observaba todo aquello en silencio, no se le escapaba lo preocupada que estaba la mujer, lo que incrementaba su nerviosismo y la certeza de que, lo que había ocurrido en esa casa, era mucho más grave de lo que parecía. Cuando el ave se marchó, Mitsuri volvió a prestarle atención y reanudaron el recorrido por la vivienda.
La mujer, al ver el estado del siguiente cuerpo, estuvo a punto de vomitar. Tenía el cráneo completamente destrozado y, desde donde estaba, Mitsuri era capaz de ver su cerebro. Cerró los ojos y trató de acompasar su respiración, desvió la mirada cuando abrió los ojos, prefiriendo mirar la pared, con tal de no ver ese macabro escenario.
— Señorita Kanroji, al tratarse del ataque de un demonio, no hemos querido tocar los cuerpos—confesó el policía. Era un ataque de una brutalidad extrema, algo que el hombre, en todos sus años de servicio, jamás había visto.
—Entiendo, yo…—Kanroji no sabía qué decir tampoco. Seguía algo conmocionada por lo que había visto.
—Vengará usted a mis compañeros, ¿verdad?— preguntó el agente, sacándola de sus pensamientos. La voz le temblaba y parecía que el hombre apenas era capaz de mantener la compostura.
—Claro que sí—contestó, quizá con más confianza de la que sentía en esos momentos, Mitsuri. Pero no podía dejar que un acto así quedase impune.
—Muchas gracias—murmuró su acompañante. Había sido él quien tuvo que encargarse de la difícil tarea de avisar a las familias de los fallecidos. Y lamentaba no haber podido ser completamente sincero sobre la causa de sus muertes.
Bueno, y hasta aquí es el vigésimo quinto capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.
Así que, nos vemos el mes que viene con el vigésimo sexto capítulo.
¡Hasta la vista!
