Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.

Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.


Amane y Kagaya escuchaban serios lo que el cuervo de Mitsuri les estaba contando, ambos fruncían el ceño, cada vez más preocupados por las noticias.

—¿Qué hacemos, Kagaya?—preguntó Amane. Podía tratarse o no de la Primera Luna Superior. Era demasiado pronto para decirlo.

—Que haya podido entrar en una vivienda protegida por glicinas indica que no es un demonio cualquiera—reconoció el patrón, con esfuerzo. Hablar le costaba demasiado y, si se excedía, solía terminar vomitando sangre. De hecho, comenzó a toser, se había esforzado en exceso para decir aquello. Se tapó la boca con la mano derecha y, al retirarla, observó la sangre que manchaba su palma y se la limpió con un paño que su esposa le dio.

—No podemos enviar a otros Pilares como refuerzo ahora mismo—dijo Amane, mirando a su marido de reojo, preocupada, aunque no lo expresó en voz alta.

—¿Qué sugieres entonces?—quiso saber Kagaya, serio, mirando a su esposa.

Amane se quedó callada. Era una situación muy complicada. Si bien era muy probable que se tratase de una Luna Superior, ignoraban aún sus planes, podía tratarse perfectamente de un ataque aleatorio.

—Creo que es mejor esperar un tiempo y ver qué pasa—opinó, un rato después, la mujer—Y, si la situación sigue, ya enviaríamos a varios Pilares.

—Podemos pedirle a Mitsuri que, de momento, se haga cargo ella—dijo, dubitativo, Kagaya—.Y que nos mantenga informados.

Amane no pudo evitar suspirar aliviada ante esa decisión. Sabía que se arriesgaban a perder a Mitsuri, pero no era que pudieran hacer gran cosa.

—Escribiré la respuesta ahora—avisó la mujer. Kagaya asintió y, con esfuerzo, volvió a tumbarse en el futón. Sudaba profusamente y apenas podía mantener los ojos abiertos. La enfermedad que había padecido hacía poco le dejó aún más debilitado y se pasaba la mayor parte del día durmiendo.

Amane le observó callada, no había nada que pudiera hacer por él. Más allá de asegurarse de que estaba lo más cómodo posible. Se frotó los ojos, llevaba días sin poder dormir bien, pensando que, en cualquier momento, perdería a su marido.

No era que se tratase de algo que no hubiera sabido desde el principio. Siempre lo había tratado de llevar lo mejor posible, pero, ahora que estaba tan próximo, Amane no sabía qué hacer. Se sentía superada y, para colmo, las cosas en el Cuerpo se estaban complicando aún más.

Salió de la habitación de su marido y fue hasta el despacho, se sentó en la silla que había tras la mesa y abrió uno de los cajones, sacando un papel de él. Lo dejó sobre la mesa y, tras mojar la pluma que había en el escritorio con tinta, comenzó a escribir la misiva para Mitsuri.

Cuando hubo terminado, fue hasta la pajarera donde el cuervo de la Pilar del Amor reposaba, cansada del viaje. Silbó con suavidad y el animal alzó el vuelo y se posó en el brazo extendido de Amane, permitiendo a la mujer atar el papel a una de sus patas.

Una vez hecho eso, Urara emprendió de nuevo el vuelo, esta vez de vuelta con su dueña. Amane se metió dentro de la casa.


Kanae y Douma se arrodillaron nada más entrar en la habitación de este último y ver que allí, sentado en una de los sillones del cuarto, estaba Muzan.

El rey de los demonios se levantó al verles y se acercó hasta detenerse frente a ellos.

—¿Has conseguido algún avance con lo que te pedí, Douma?

—No, mi señor. No he encontrado pruebas fehacientes de la existencia de una flor así—contestó el otro, manteniendo la mirada fija en el suelo.

—¿Cómo es posible que algo tan sencillo no seas capaz de hacerlo?—preguntó Muzan, algo molesto—. Te encargué esa misión porque, de todas mis Lunas Superiores, tú eres quien cuenta con más recursos.

—Lo siento mucho, mi señor—murmuró la Segunda Luna Superior. No había mucho más que pudiera decir.

Muzan no dijo nada ante eso. La única esperanza de conseguir salir a la luz del Sol era obtener esa planta. Algo que, en los últimos mil años, no había sido posible. Así que era de esperarse que los demonios dudasen de la existencia de semejante planta. Y él también lo comenzaba a hacer.

Observó a los dos demonios, serio. Había leído antes los pensamientos de ambos y sabía lo que Douma deseaba pedirle. Formar un vínculo entre ellos. No era algo común, los demonios, salvo contadas excepciones, eran seres solitarios. Rui y su familia y los dos demonios que ocupaban el puesto de la Sexta Luna Superior eran los únicos que tenían esa clase de vínculo.

Volvió a prestar atención a Douma. No era que la petición le hubiera pillado completamente de sorpresa. Saltaba a la vista el cambio que la Segunda Luna Superior había sufrido desde que estaba con Kanae. Y concederle lo que pedía sería una forma de recompensar el apoyo económico de Douma.

—Douma, desde que te convertí en demonio me has sido de gran utilidad—comenzó a decir Muzan, serio, notando la sorpresa de Douma ante esas palabras—.Y me gustaría recompensarte por ello, ¿hay algo que desees?

Kanae y Douma intercambiaron una rápida mirada y la Segunda Luna Superior, tras un instante de duda, carraspeó, visiblemente nervioso.

—Me gustaría formar un vínculo con Kanae—declaró, finalmente Douma.

—¿Estás seguro de que eso es lo que quieres? ¿No prefieres que comparta más de mi sangre contigo?—preguntó Muzan, queriendo comprobar hasta qué punto el otro demonio deseaba aquello.

—Sí, es lo que quiero. Estoy muy agradecido por su oferta, mi señor, pero lo que deseo es compartir mi sangre con Kanae.

Muzan asintió. Aún no sabía cómo saldría todo eso, pero, sin duda alguna, resultaba bastante interesante y quería ver qué desenlace tendría.

—Está bien, si eso es lo que deseas, tienes mi permiso para hacerlo.

—Muchísimas gracias, mi señor—dijeron ambos demonios al mismo tiempo.

El rey de los demonios, viendo que ya había solucionado ese asunto, les dio la espalda. Era momento de irse.

—Nakime—dijo y una puerta abierta apareció en medio de la estancia. Muzan avanzó hacia ella y, sin despedirse de los dos demonios, se marchó de ahí. Una vez cruzó la puerta, esta se desvaneció, como si jamás hubiera existido.

Douma silbaba una pequeña melodía mientras cogía, de la cocina, un pequeño plato hondo. Estaba especialmente contento en esos momentos. Examinó el objeto, buscando cualquier posible imperfección o rotura. Al no ver ninguna sonrió, evidentemente contento, y, andando deprisa, regresó a su dormitorio.

Allí, sentada en el suelo, le estaba esperando Kanae, que, nada más verlo, se levantó y se acercó.

Douma seguía sonriendo y le mostró el plato que había escogido. Kanae rió un poco, divertida. Le gustaba ver ese lado de él, verlo tan emocionado por algo así agradaba mucho a la joven.

El demonio dejó el plato sobre la mesa. Hizo crecer la uña del dedo anular de su mano izquierda y, tras colocar su brazo derecho encima del plato, se hizo un corte profundo, permitiendo que su sangre cayese sobre el objeto, hasta llenarlo casi por completo.

Kanae observaba todo eso sin decir nada. Cuando Douma le tendió el plato, ella lo cogió sin vacilar. Y bebió. Nada más tragar la sangre, sintió un dolor atroz, soltó el plato y este se estrelló contra el suelo, haciéndose pedazos.

Estuvo a punto de caer al suelo, pero Douma la sujetó a tiempo. Kanae notó que la cogía en brazos. Kanae protestó por eso, dolorida. El demonio cargó con ella hasta la cama y, con cuidado, la dejó sobre esta.

Se apartó un poco para dejarle espacio. Seguía mirándola preocupado, aunque era normal que su cuerpo mostrase una reacción adversa ante su sangre, esperaba que se le pasase en breve. Tampoco era que le hubiera suministrado una gran cantidad.

Kanae cerró los ojos y, a juzgar por la manera en la que se acompasaba su respiración, se quedó dormida. Eso hizo que Douma se relajara. Era normal, se dijo, nada de lo que estaba ocurriendo indicaba que la otra no fuera a soportarlo. Kanae era bastante fuerte, podría hacerlo.


Kanao acompañaba, dudosa, a Sumiko por la casa. La joven, pese haber estado hasta hace poco en las puertas de la muerte, insistía en volver a entrenar, como si nada hubiera ocurrido.

Y su amiga, consciente de que no iba a atender a razones, había decidido acompañarla para poder estar pendiente de que no le ocurriera nada.

—Kanao, estoy bien, de verdad—dijo Sumiko, deteniéndose y mirando a la otra ía captado el olor agridulce que emanaba Kanao y ató cabos ráòdamente.

—Shinobu quería que estuviera pendiente de ti—improvisó Kanae deprisa una mentira. Sumiko la observó sin decir nada, pero terminó por asentir y retomar el camino hacia la sala de entrenamiento.

Kanao la siguió enseguida. Y no tardó en ponerse a su altura, por impulso agarró una de las manos de la chica para que se detuviera.

—Sólo estoy preocupada por ti—admitió Kanao, desviando algo la mirada al notar que se sonrojaba algo. Sentía el cálido tacto de la mano de Sumiko y eso la ponía nerviosa. Más de lo que ya estaba.

—Estoy bien, de verdad. Nezuko eliminó completamente el veneno.

—Lo sé, pero…—Kanao dudó. Aunque había sentido en sus carnes que ese fuego no quemaba, se sentía inquieta.

En ese momento llegaron a su destino y Sumiko sonrió un poco, tratando de tranquilizar a Kanao.

—¿Te apetece un pilla-pilla?—preguntó, podían mejorar sus reflejos. Kanao era mucho mejor que Sumiko en ese juego, aún no había sido capaz de pillarla, mientras que la otra no tardaba mucho en hacerlo.

—Me parece bien, sí—dijo Kanao y sacó la moneda de su bolsillo. Aunque no la usaba ya, siempre la llevaba—¿Cara o cruz?

—Cruz—decidió Sumiko y Kanao lanzó la moneda al aire y la atrapó con ambas manos. Sin abrirlas aún, colocó la moneda en su palma izquierda y sólo entonces retiró la mano derecha y observó el resultado.

—Ha salido cara. Yo te pillo entonces—anunció Kanao y, sin dar tiempo a Sumiko a reaccionar, se lanzó a por ella para intentar atraparla.

Sumiko, que no se lo había esperado, no tuvo tiempo de apartarse y Kanao cayó encima de ella, terminando ambas en el suelo. Kanao encima de Sumiko. Las dos se pusieron rojas como tomates y Kanao, avergonzada, se quitó de encima.

—¡L-Lo siento!

—¡L-La culpa es mía!—exclamó Sumiko— ¡Debería haber estado más pendiente!

Las dos evitaban mirarse, seguían bastante rojas por lo ocurrido. Y ninguna sabía qué decir exactamente. Kanao recogió algo de su pelo tras la oreja. Sumiko la miró de reojo hacer eso. Gracias a su agudo olfato podía notar lo nerviosa que estaba la otra chica.

—De-Deberíamos seguir—terminó por decir Kanao. No podían quedarse plantadas sin hacer nada.

—Tienes razón—admitió Sumiko y trató de normalizar su respiración para calmarse—.¡Voy!—gritó antes de tratar de pillar a Kanao, quien la esquivó con facilidad.


Hinatsuru suspiró con alivio, por fin habían conseguido bajar de la montaña antes de que se hiciera de noche. Era el entrenamiento que Makio y ella ejecutaban con más frecuencia. Aún sentían que necesitaban fortalecer más sus pulmones.

—Esta vez hemos tardado menos tiempo—comentó Makio, sonriendo. Se habían vuelto más rápidas.

—Sí—dijo Hinatsuru. Jadeaba un poco. Pero aún seguían sin ser capaces de romper la roca. Tenían que perfeccionar aún más la Respiración del Sonido.

Las dos se encaminaron de vuelta a la casa. Iban a darse una ducha antes de ir a cenar. No podían ir de cualquier manera después de haber entrenado. Se habían caído varias veces y sus ropas estaban algo sucias.

Makio tenía manchas de barro en los brazos y en una de las mejillas y el sudor se notaba en su cuerpo. Hinatsuru, en cambio, no se había caído, pero sí había sudado bastante.

Entraron en la casa y, mientras Makio entraba al cuarto de baño a preparar la bañera, Hinatsuru fue a la habitación a coger un cambio de ropa para las dos. Una vez hecho eso entró al baño.

Makio estaba arrodillada sobre la bañera, comprobando la temperatura del agua. Una vez estuvo satisfecha, tapó el desagüe con el tapón y comenzó a llenar la bañera.

—¿Ya tienes todo, Hinatsuru?—preguntó Makio, girándose y reparando en la otra mujer.

—Sí, claro—contestó la otra mujer, dejando la ropa cerca de la bañera. Makio se fue desnudando con tranquilidad y se metió en la bañera.

Hinatsuru dudó un momento, las dos podían entrar sin problema, pero no sabía si era buena idea.

—¿No te metes?—preguntó Makio, mientras cogía el jabón y comenzaba a lavarse las piernas.

—Ah, sí, ahora voy—dijo Hinatsuru, quitándose la ropa y dejándola junto a la de Makio, quien se movió un poco para dejarle espacio.

No habían hecho eso, bañarse juntas, desde la muerte de Suma y Tengen. Lo habían estado evitando todos esos meses. Les dolía su ausencia y habían pasado todo ese tiempo haciéndose a la idea. El entrenamiento al que se habían sometido fue de gran ayuda para distraerse y no estar constantemente pensando en ellos dos.

Hinatsuru se metió en la bañera y suspiró. Cerró los ojos y dejó que el agua caliente la fuera relajando. Estaba agotada tras el entrenamiento.

—¿Me puedes ayudar con la espalda?—preguntó Makio, girándose y dándole la espalda.

—Claro—dijo Hinatsuru y cogió la esponja que la otra mujer le tendía. Comenzó a frotar con ella la espalda de su compañera. Y, por un segundo, Hinatsuru no pudo evitar recordar los buenos tiempos, cuando estaban los cuatro. Y, sin darse cuenta, comenzó a llorar.

Makio la oyó y, preocupada, se giró para mirarla, Hinatsuru se limpiaba las lágrimas con la mano libre, pero seguía sollozando y las lágrimas continuaban cayendo por sus mejillas. La otra mujer la abrazó y trató de consolarla.


Nezuko miraba, seria, a Rengoku. Lo había estado buscando por la casa y, finalmente, lo encontró saliendo del dormitorio de su hermano.

—¿Podemos hablar?—pidió la chica, asegurándose de que el hombre le prestaba atención. Kyojuro asintió y se cruzó de brazos, esperando a oír lo que ella quería—.Ahora que tengo una técnica de sangre podré acompañar de nuevo a mi hermana a las misiones, ¿verdad?

Rengoku, que se había estado esperando aquella pregunta, negó firmemente. Nezuko frunció el ceño, y le miró, sumamente molesta.

—Es mejor que permanezcas aquí, bajo la vigilancia de Kocho.

—¿¡Y eso por qué!?—siseó la muchacha, casi enseñándole los dientes al adulto, pero siendo capaz de reprimir aquel instinto en el último momento.

—Es lo más seguro para Sumiko.

—Lo dudo mucho—replicó Nezuko. Se negaba a creer una mentira tan evidente, ¿cómo iba a ser lo mejor para su hermana eso?

—No todos los cazadores aceptarán tu presencia, no dejas de ser un demonio y…

—¿Y qué tiene eso que ver?—le interrumpió Nezuko enseguida—Yo sólo quiero proteger a mi hermana mayor.

—Sumiko sabe defenderse ella sola—le recordó Kyojuro, sin ceder un ápice.

—¿Crees que no lo sé?—replicó Nezuko—.Yo sólo quiero ayudarla.

—La ayudas si te quedas aquí tranquilamente.

Nezuko, como respuesta, gruñó. No había forma de conseguir que el Pilar de las Llamas cediera y eso comenzaba a ser verdaderamente irritante, casi parecía personal.

—Mira, puedo entender que te preocupe tu hermana—reconoció Kyojuro—.Pero debes entender que es mejor así.

—¿Y cuánto tiempo voy a tener que quedarme de brazos cruzados?—preguntó la joven, seria—Puedo luchar, ahora sí puedo ser útil de verdad.

Kyojuro suspiró, cansado de esa actitud por parte de ella, pero no podía ceder y permitir que se saliera con la suya.

—No importa, es mejor que te quedes aquí, y no te lo voy a repetir de nuevo—zanjó el asunto el Pilar de las Llamas.

Nezuko apretó los puños y sus uñas, afiladas como garras, se hundieron en su carne, provocando que comenzase a sangrar, aunque no tardaron mucho, un par de segundos, en cerrarse esas heridas.

—Tienes mi palabra de honor que, como mi hermana muera en alguna misión, te haré responsable de ello—escupió Nezuko, iracunda.

—¿Me estás amenazando?—quiso saber Kyojuro, apoyando su mano derecha en la empuñadura de su katana.

—No, sólo constato un hecho—dijo la demonio, mirando con desconfianza el arma del cazador de demonios.

—Ten más cuidado con lo que dices—le advirtió el hombre, sin relajarse lo más mínimo.


Kanae despertó sobresaltada y se incorporó. Miró, intranquila, a su alrededor, reconociendo el lugar en el que se encontraba. Era el dormitorio de Douma y estaba sentada en la cama de este.

Estaba sola, no veía al otro demonio por ningún lado y tampoco sabía cuánto tiempo había estado inconsciente. Salió de la cama y tocó el suelo con sus pies descalzos. Aunque notaba lo fría que estaba la madera no se inmutó. No era algo que le afectase, los demonios eran inmunes a las enfermedades, así que no iba a pescar un resfriado.

Sonrió un poco cuando localizó su katana. Douma la había dejado cerca de la cama. Se acercó y la cogió, colocándosela en la cintura, sujetándola con el cordón de su obi.

Se frotó un poco los ojos y se dirigió al tocador que, amablemente, Douma instaló para ella tiempo atrás. Era un mueble de color blanco, con numerosos cajones y un espejo. La demonio se sentó frente al mueble y, abriendo uno de los cajones, sacó un peine y comenzó a cepillarse el pelo.

Cuando hubo eliminado todos los enredones que tenía en su cabello volvió a mirarse al espejo. El pelo le llegaba hasta la cintura y, en más de una ocasión, se había planteado cortarlo por comodidad, pero, cuando llegaba el momento de hacerlo, siempre se echaba para atrás.

Suspiró un poco, lo mejor que podía hacer era recogerlo un poco. Abrió otro de los cajones y sacó una cinta de color rosa. La dejó a su alcance y con ambas manos se sujetó el pelo en una coleta, que sujetó con la cinta.

Se miró al espejo y frunció algo el ceño. Antaño había usado dos pasadores con forma de mariposa, cuando era humana. Cerró los ojos y reprimió las emociones desagradables que amenazaban con aflorar. No echaba de menos esa vida, es más, agradecía haber perdido ese día ambos pasadores. Así no tendría nada que, a diario, le recordase lo que dejó atrás.

Volvió a abrir los ojos y observó su reflejo. No, esos días nunca volverían, tampoco lo deseaba. Prefería permanecer al lado de Douma, aunque eso implicase tener que enfrentarse contra su hermana algún día.

Se giró al escuchar que la puerta se abría, dejando entrar a Douma. La joven mujer sonrió un poco, se levantó y se acercó a él.

¿Te encuentras mejor ya?—preguntó el demonio, preocupado, mentalmente. Kanae, que no se había esperado aquello, le miró, sorprendida.

Sí, claro—respondió ella, hablando también telepáticamente, alzando la mano derecha y limpiando con el pulgar la sangre que manchaba la comisura izquierda de los labios de Douma.

No sólo podía escuchar los pensamientos del otro demonio, notó Kanae en ese momento, también era capaz de percibir las emociones de Douma. Era extraño, pero, al mismo tiempo, resultaba reconfortante. Sonrió, contenta, agradecida de que Muzan les hubiera permitido aquello.

Douma acarició su mano con suavidad, atrayendo, nuevamente, la atención de la mujer.

—Estás preciosa con el pelo recogido así—comentó, fijándose en eso por primera vez.

Kanae sonrió un poco y se apartó de él. Douma la observó, tratando de averiguar lo que estaba pensando ella.

—¿Echas de menos a tu hermana?— preguntó él, curioso, un rato después.

—No—negó la mujer, quizá demasiado deprisa, y añadió—No echo nada de menos de cuando era humana.

—¿Y qué harás si te encuentras con ella?

—Soy un demonio y ella es una cazadora—le recordó ella, seria—.No es que vaya a recibirme con los brazos abiertos.

—Eso no responde a mi pregunta—señaló Douma.

—No sé qué haré—reconoció Kanae. Con el vínculo que les unía era una tontería pretender engañarle—.Cuando llegue el momento lo sabré, supongo.


Mitsuri observaba temblando los restos de la casa. Otra vez había llegado tarde, ese demonio seguía llevando la delantera. Y gente inocente había terminado por pagar con su vida su ineptitud.

Su cuerpo se estremeció cuando comenzó a sollozar, incapaz de mantener la compostura. No sabía cómo se suponía que iba a dar caza a ese demonio. Ni siquiera estaba escondiendo sus actos y, ni con eso, ella era capaz de seguirle el rastro.

Aunque lo más preocupante era que sólo atacaba las casas de glicina. Y Mitsuri temía que no se limitase a destruir todas las que había en su territorio. Suspiró y trató de regular su respiración. Se limpió las lágrimas y, con poco ánimo, entró a la vivienda.

Observaba las paredes con atención, buscando aquella marca de identidad que ese demonio dejaba. La mujer se estremeció cuando vio el kanji de la Primera Luna Superior. Ya sabía que él había sido el causante, pero ver esa marca hacía que se le pusiera la piel de gallina.

¿Cómo se suponía que iba a hacer para encontrarlo? No tenía experiencia en eso. ¿Qué hubiera hecho Rengoku de haber estado en su situación? Lo que estaba claro es que ella no podía sola.

Era cierto que el patrón le había pedido que, por el momento, no pidiera refuerzos a los demás Pilares. Pero, en ningún momento le había dicho que no pudiera informarles de la situación o pedir consejo.

Tragó saliva, si hacía eso no estaría desobedeciendo al patrón, ¿verdad? Vaciló un momento y tomó una decisión. Informaría antes de lo ocurrido y pediría permiso para notificar de la situación a los demás Pilares.

Sí, eso sería lo mejor, pensó, seria, Mitsuri mientras salía a paso ligero de la vivienda. Iría a la posada en la que se estaba hospedando y, desde ahí, mandaría a su cuervo con la carta para el patrón.

Había que poner fin a esa situación cuánto antes. Esperaba que el hombre aceptase y le permitiera pedir ayuda.


Bueno, y hasta aquí es el vigésimo sexto capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.

Así que, nos vemos el mes que viene con el vigésimo séptimo capítulo.

¡Hasta la vista!