Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.

Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.


Sumiko se detuvo ante la habitación de su hermana. Había esperado a que su maestro estuviera ocupado con Senjuro para poder ir ahí. Quería, al menos, agradecer a Nezuko el haberle salvado la vida. Apoyó la mano en el pomo y lo giró, pero no sirvió de nada. La puerta estaba candada.

Soltó una maldición por lo bajo. Kocho no estaba, así que la llave para entrar la tenían que tener Aoi o Kanao. Si tenía suerte la tendría la primera, pero si la llave estuviera en manos de Kanao sería complicado que accediera. Esperaba que le permitiese eso, después de todo comenzaba a echar en falta a Nezuko. Suspiró de nuevo. Iba tan metida en sus pensamientos que, al doblar la esquina, no vio a Muichiro y estuvo a punto de chocar. Pero el chico la evitó con soltura, haciéndose a un lado.

Suspiró, ¿acaso iba a tener que ir a hurtadillas? Mucho estaba arriesgando ya y no estaba segura si quería hacer enfadar a Rengoku. A regañadientes se apartó de la puerta y, a paso lento, con evidente desgana, se fue alejando.

Podía intentar convencerlo de llevarla ya a l—Deberías tener cuidado por dónde vas— la amonestó el Pilar de la Niebla.

—Lo siento, lo siento—dijo, enseguida, la chica, avergonzada. Muichiro asintió y la observó alejarse rápidamente.

Se estaba aburriendo mucho ahí, sin hacer nada. Sólo estaba en la Mansión de las Mariposas porque quería esperar a que el grupo de Pilares volviera. Quería saber cómo era enfrentarse a una Luna Superior. Era mejor estar preparado, por si, en un futuro, él se encontraba a alguno de esos demonios. Así, mientras no le asignasen una misión, se quedaría ahí. Los asesinos de Hokkaido podrían aguantar un par de semanas sin él.

De momento se dedicaba a matar el tiempo andando sin ton ni son por el lugar. ¿Debería pedirle a Rengoku que entrenase con él? No sería mala idea. Con eso en mente, comenzó a buscar al Pilar de las Llamas.


Rengoku lo escuchaba, sonriendo como de costumbre. Muichiro lo había encontrado en el jardín, en compañía de su hermano.

—No vendría mal entrenar un poco—comentó el adulto. Nunca se había batido en duelo antes con alguno de sus compañeros Pilares. No por falta de ganas, pero, con el estilo de vida que llevaban era complicado verse—. Sígueme, iremos a la sala de entrenamiento—siguió hablando, sin borrar esa sonrisa de su rostro.

Senjuro, quizá por lo ocurrido la última vez que se vieron, lo observaba con recelo, aunque sin atreverse a expresar su descontento. Muichiro miró de reojo al otro Pilar. De no haber estado Rengoku delante, hubiera llamado la atención al chico por eso. Pero no quería ganarse la enemistad o reprobación de uno de sus compañeros.

Rengoku miró a su hermano, pero, antes de poder decir algo, Senjuro se adelantó—. No pasa nada, hermano. Puedo aprovechar para seguir con los cuadernos.

—Oh, ¿de verdad no pasa nada?—preguntó el mayor, dudoso. Senjuro le restó importancia y forzó una sonrisa.

—No te preocupes—insistió—. Nos vemos luego. Mucha suerte con vuestro entrenamiento.

—¡Gracias!

—¿Vamos allí ya?—preguntó Muichiro, sin molestarse en responder a lo dicho por Senjuro.

—Sí, claro—contestó Kyojuro, dándose la vuelta y entrando a la casa, seguido del Pilar de la Niebla.

Les llevó un par de minutos llegar hasta aquella sala. Nada más entrar, vieron que estaba ya ocupada. Kanao y Sumiko estaban practicando sus reflejos con el juego del pilla-pilla, aunque al escuchar el sonido de la puerta al abrirse, ambas se giraron y les miraron, parando automáticamente.

—Buenos días, Rengoku, Tokito—saludó Sumiko, inclinando ligeramente la cabeza. Kanao imitó ese gesto enseguida.

—¡Buenos días!—exclamó, con entusiasmo, Rengoku—. Veo que vosotras también habéis madrugado hoy.

—Nosotras ya habíamos terminado—farfulló Kanao, hablando con voz suave y apenas audible. Sumiko la miró, sin entender por qué decía esa mentira—. De hecho, ya nos íbamos, ¿verdad, Sumiko?

—Claro—respondió la otra chica, siguiendo el juego a Kanao. Rengoku torció un poco el gesto, pero asintió.

—Bueno, pues nos vemos luego entonces—intervino Muichiro, apenas inmutándose por eso. Y las dos chicas se marcharon.

Rengoku fue hasta el armario que había en la estancia y lo abrió. Cogió dos espadas de madera de ahí y, tras girarse, le lanzó una a Muichiro, sin avisarlo previamente. El chico lo cogió sin dificultad.

Los dos se colocaron en posición y Rengoku, tomando la iniciativa, cargó contra él, obligando a Muichiro a parar el golpe con su espada.


Giyuu avanzaba corriendo en la retaguardia, pendiente, al igual que el resto, de cualquier ruido extraño. Era noche cerrada y los demonios estarían campando a sus anchas.

Kocho estaba a su lado, seria, pendiente también de sus alrededores. Giyuu la miró de reojo. Avanzaban con agilidad. Sanemi iba delante, encabezando la marcha, Himejima ocupaba el flanco derecho y Mitsuri, el izquierdo.

—Hace una noche maravillosa, ¿no crees, Giyuu?

—Bueno, cada vez va haciendo más calor—admitió el hombre. La temperatura era agradable, aunque aún era necesario ir algo abrigado. Shinobu asintió y, antes de que Sanemi les llamase la atención, volvió a estar pendiente de lo que les rodeaba.

Gracias a la información que les habían ido proporcionando distintos cuervos, fueron capaces, no sólo de confirmar que su enemigo era, efectivamente, la Primera Luna Superior, sino también de mantener un control de la zona en la que estaba. Decidiendo con precisión, teniendo en cuenta el ritmo al que se movía, donde interceptarlo.

—Estamos cerca ya. No os distraigais—los amonestó, con amabilidad, Gyomei.

—Tenemos que detenerlo—intervino Mitsuri. Cada vez que el cuervo les informaba de otra casa de glicina caída, el humor de la mujer se había ido volviendo más taciturno—. No podemos permitir que siga haciendo eso.

—Lo sabemos, Kanroji— dijo Giyuu.

—Nos aseguraremos de que ese cabrón pague por lo que ha hecho— le aseguró Sanemi, esbozando una sonrisa tenebrosa. No pensaba tener compasión con ese cabrón. Miró de reojo a sus compañeros. No podía tener mejor equipo para eso, pensó. Por muy mal que le cayese Tomioka, no podía negar que, a su manera, era un fuera de serie. Confiaba también en Shinobu y Himejima. Aunque no sabía si Kanroji estaría a la altura.

—Gracias—contestó Mitsuri, seria.

En ese momento salieron del bosque y vieron, a unos doscientos metros, una casa de estilo occidental, con el sello de la casa de glicina.

—Hemos llegado—comentó Shinobu, llevando la mano derecha a la empuñadura de su espada.

—Falta menos de media hora para el amanecer—informó la Pilar del Amor tras consultar su reloj.

Cuando estaban a menos de cinco metros de la vivienda, vieron como un demonio salía de esta. Era un varón de alta estatura, con el pelo, de color negro, recogido en una coleta que llegaba hasta casi sus caderas. Llevaba un kimono violeta y negro y unos pantalones negros. Pero lo que más llamó la atención de los Pilares fue la katana que blandía en su mano derecha. Una nichirinto con el filo de color carnoso, que tenía ojos a lo largo de toda su hoja.

—¡No me jodas!-exclamó Sanemi, sin poder evitarlo.

Los cinco Pilares desenvainaron sus armas, atrayendo, por el sonido, la atención del demonio. Y, al hacerlo, los humanos pudieron ver su rostro inusualmente pálido y los tres pares de ojos que tenía. Dos de esos ojos, los que estaban en el centro, tenían el kanji de la Primera Luna Superior.

—Sois todos Pilares, ¿cierto?—preguntó el demonio, sonando bastante satisfecho.

—¡¿Y a ti qué te importa?!—gritó, como respuesta, Sanemi, cargando contra él, tratando de cortar su cuello. Pero fue repelido con facilidad por el demonio, quien se limitó a mover su espada horizontalmente y, del filo salieron medias lunas. El Pilar del Viento soltó una maldición y se tiró al suelo, esquivando el ataque por los pelos, mientras que el resto, para evadirlo, se tuvieron que hacer a un lado.

Sanemi, en un intento de aprovechar su posición, trató de hacerle un tajo en las piernas, pero Kokushibo saltó hacia atrás, esquivándolo. Giyuu y Himejima se unieron a la pelea en ese momento y, junto a Sanemi, cargaron contra el demonio.


Sumiko, en un intento de distraer a Kanao, terminó por organizar un picnic improvisado en el jardín de la Mansión de las Mariposas. Con ayuda de las tres asistentas de Shinobu y de Aoi había probado a cocinar nuevos platos. Aunque el teriyaki de pollo le terminó quedando más hecho de lo que le hubiera gustado, al menos no se le quemó.

Y ahí estaban las dos, sobre un mantel de color azul oscuro que Sumiko había tomado prestado de la cocina. Aunque Kanao apenas probaba un bocado y estaba bastante distraída, asintiendo de vez en cuando a lo que la otra chica decía. Ni siquiera se percató del momento en el que Sumiko guardó silencio.

Se dedicó a comer en silencio, mirando, de vez en cuando, de reojo a su amiga, tratando de encontrar las palabras adecuadas para calmar a Kanao. Pero no se le ocurría nada, más allá de las típicas frases de aliento. ¿Debería sugerir que entrenasen? No, quizá no fuera buena idea, pensó Sumiko.

Tenía que improvisar algo, huir, aunque sonaba bastante tentador, no era la mejor opción. Miró de reojo a Kanao. La otra chica seguía sin probar bocado y estaba distraída. Suspiró un poco y miró al frente.

—Estoy segura de que volverán—terminó por decir Sumiko, optando por esas palabras. Eran Pilares, tenían que regresar con vida.

—Kanae nunca volvió—musitó tan bajo Kanao que la otra chica tuvo dificultades para escucharla.

—¿Kanae?—preguntó, confusa, Sumiko.

—La hermana mayor de Shinobu—aclaró su amiga—. Se enfrentó a la Segunda Luna Superior y no volvió.

—Lo siento. No lo sabía… .

—A ninguna nos gusta hablar de eso.

Después de decir eso, Kanao volvió a quedarse en silencio, sentada al lado de Sumiko, quien se sobresaltó algo cuando sintió que la otra chica apoyaba la cabeza en su hombro izquierdo.


Mitsuri saltó hacia atrás, evitando a duras penas el ataque del demonio. La situación no pintaba bien para ellos. Himejima estaba tirado en el suelo y, desde la distancia a la que estaba, la mujer no estaba segura si respiraba o no. Sanemi tenía varios cortes en su pecho, aunque había detenido el sangrado las heridas parecían bastante profundas. Giyuu había perdido el brazo dominante cuando intentó proteger a Shinobu, quien, por lo menos, estaba más o menos intacta, su haori estaba roto a la altura del hombro izquierdo y manchado de sangre y tenía heridas en el rostro. La Pilar del Amor había tenido peor suerte, había perdido el ojo derecho hacía varios minutos.

No estaban en condiciones para luchar así. El veneno de Shinobu, aunque podía detenerlo por varios segundos, no era lo suficientemente potente como para matar a una Luna Superior.

Miró de reojo a Shinobu y a Giyuu. Él no estaba consciente y la mujer, con esfuerzo, aprovechando que Sanemi estaba luchando, había apoyado al Pilar del Agua contra el tronco de un árbol, poniéndolo lejos de la batalla.

Mitsuri tomó aire y se lanzó también a luchar, aunque no pudiera calcular bien las distancias ahora mismo tenía que seguir.

—Me esperaba más de los Pilares— se mofó el demonio, bloqueando con facilidad a Mitsuri, y dejando que la hoja del arma de Sanemi se hundiera en su brazo izquierdo, hasta casi el punto de rebanar su extremidad.

Sanemi gruñó algo entre dientes, pero intentó no ceder ante esa provocación. Podía ver, detrás de su enemigo, como el Sol comenzaba a asomar por el horizonte y no pudo evitar sonreír victorioso. Tenían, por fin, la victoria cerca. Sólo debían evitar que el demonio huyese, El Pilar del Viento se negaba a permitir que esa batalla fuera en vano. No cuando tenían la oportunidad de acabar con el segundo demonio más poderoso.

Miró de reojo a sus compañeros, sólo podía contar ahora con la ayuda de las dos mujeres y rezaba a toda divinidad que conocía que fuera suficiente.

—¡Kocho, Kanroji! ¡VAMOS!—gritó, a pleno pulmón, el hombre. Las dos mujeres asintieron e inmediatamente se lanzaron al ataque.

—Respiración de la Luna—murmuró el demonio, preparándose para defenderse, tenía tiempo dada la distancia a la que estaban los tres humanos—. Decimocuarta postura, Catástrofe. Luna Creciente— dijo y, tras girar sobre sí mismo trescientos sesenta grados, salieron ráfagas de medias lunas en todas direcciones.

Shinobu soltó una maldición y saltó para esquivarlo, aunque palideció al darse cuenta de algo. Al hacer eso había dejado completamente desprotegido a Giyuu.

—R-Respiración del Agua, undécima postura— oyó que decía su compañero y, sabiendo lo que hacía aquel movimiento, se sintió algo aliviada, consciente, por lo ocurrido antes que, aunque no pudiera anular todo el impacto, sí podría disminuir su potencia lo suficiente como para que no fuera letal.

Mitsuri chilló en ese momento. A causa de tener sólo visión en un ojo no fue capaz de esquivar correctamente todo. Sanemi, al contrario, no tuvo problemas para evadir las ráfagas.

El demonio, que se había dado cuenta de que estaba amaneciendo, aprovechó eso para huir. Sanemi, que se dio cuenta enseguida, trató de perseguirlo, pero la voz de Shinobu le detuvo.

—Shinazugawa—le llamó la mujer—. Necesito que me ayudes con los heridos.

El hombre apretó los dientes y estuvo a punto de protestar, hasta que tuvo ocasión de prestar verdadera atención al estado de Mitsuri y Tomioka. Y fue consciente de los destrozos que la batalla causó. La vivienda estaba completamente destrozada y, en el bosque varios árboles habían sido cortados y caído al suelo

Pero eso no importaba ahora, lo que tenía que hacer era auxiliar a sus compañeros. Se acercó a Shinobu y se arrodilló cerca de ella. Shinobu estaba examinando el ojo de Mitsuri. Aunque su rostro no revelaba nada, Sanemi sabía que no tenía solución, la mujer no recuperaría la visión nunca.

—Venda las heridas de Giyuu, por favor—pidió la Pilar de los Insectos, mirándole un par de segundos, antes de volver a prestar atención a la otra mujer.

—Yo puedo hacerlo solo—protestó enseguida Tomioka, buscando en la bolsa de Shinobu los ventajes.

—Giyuu—el tono de voz de la Pilar de los Insectos se tornó cortante—. En tu estado actual no puedes.

Sin previo aviso y con nada de delicadeza, Sanemi le quitó las vendas, le retiró el haori y tras desabotonar y retirar la parte de arriba de su informe comenzó a vendarlo, ignorando completamente las protestas del otro Pilar. Cuando acabó le colocó la chaqueta por encima y miró a Shinobu.

—Espero que con esto sirva. Ya sabes que no tengo puñetera idea de estas cosas.

—Voy a vendarte a ti ahora—dijo Shinobu, cogiendo de su mano derecha el rollo de vendas. Sanemi rodó los ojos y se retiró la chaqueta, dejando a la mujer trabajar—. Los ocultos estarán aquí pronto— le contó ella.


Muichiro esperaba en la entrada de la Mansión de las Mariposas junto al resto. El cuervo de Shinobu llegó antes para avisarles de que los Pilares volvían de la misión. Aunque, cuando le preguntaron sobre el estado de ellos, el animal había evadido tener que responder marchándose.

Y ahí estaban, esperando a que llegasen los cinco. Los primeros que llegaron fueron un grupo de ocho miembros de los ocultos, cargando con una camilla enorme. Sobre ella, cubierto con una manta había un cuerpo.

Rengoku abrió mucho los ojos al ver aquello y apretó los puños. Desvió la mirada y cerró los ojos. Muichiro, en cambio, no mostró ninguna clase de reacción. Las seis chicas se miraron, preocupadas, sabiendo lo que pasaba, pero sin saber bien qué decir. Tampoco les dio tiempo, pues, en ese momento llegaron los demás.

Sanemi tenía el pecho completamente vendado. Mitsuri tenía vendas cubriendo su ojo derecho, mientras que Shinobu tenía algunas tiritas cubriendo partes de su rostro, y no llevaba puesto su haori. Giyuu iba detrás de ella, con vendas que cubrían su hombro derecho y parte de su pecho.

Kyojuro se acercó dando zancadas y Shinobu, con expresión derrotada, negó—. Nos vimos superados, Rengoku— confesó la mujer.

—Lo importante es que habéis sido capaces de regresar casi todos.

En ese momento, Kanao se abalanzó, llorando sobre Shinobu, quien la abrazó con fuerza.

—Estás viva, Shinobu…—murmuraba una y otra vez la joven, llorando a lágrima viva por el alivio que sentía.

Aoi y las tres asistentas se acercaron también y, cuando Kanao se apartó, abrazaron también a la mujer.

Shinobu suspiró un poco y miró a sus compañeros—¿Podemos hablar dentro?—pidió—. Aunque he aplicado primeros auxilios y les vio un médico después, tengo que revisar las heridas de nuevo.

—Claro, vamos—dijo, enseguida, Aoi, adoptando un tono más profesional, mirando de reojo a los tres Pilares heridos.


Lo primero que hizo Shinobu nada más llegar a la enfermería fue echar al resto, quedándose sólo Aoi y ella con los heridos.

Sanemi acompañó, extrañamente callado a Mitsuri, a una de las camillas. Giyuu, testarudo como de costumbre, se quedó cerca de Shinobu, miraba a su alrededor, visiblemente incómodo.

—Mi herida no es tan grave. La cautericé, ¿recuerdas?

Shinobu frunció un poco el ceño al escuchar eso, pero le ignoró, centrándose, en cambio, en retirar las vendas del ojo de Mitsuri y abriendo con cuidado este, lo revisó. Aoi, incómoda ante una herida tan grave, trató de distraerse revisando las heridas de Shinazugawa.

—Sientáte en la camilla, Giyuu—ordenó Shinobu, sin girarse. Este suspiró un poco y terminó por hacer caso. Se sentó y se quedó mirando a la pared.

Aoi revisaba con ojo crítico las heridas, ya cosidas, del pecho de Sanemi—. ¿Qué ocurrió, Kocho?—preguntó la joven. No podía hacer nada más allá de revisar que no hubiera infección, saltaba a la vista que ya les había atendido previamente un médico

—Ya lo dije, no estábamos preparados—confesó Shinobu—. Creímos que siendo cinco podríamos sin problema, pero se ve que no.—La mujer se apartó en ese momento de Mitsuri—. Ya te puedes bajar, Kanroji. Pero recuerda que vas a permanecer en observación una buena temporada.

—Pero…—Mitsuri se calló bruscamente al ver la mirada de advertencia de la otra mujer. Desvió la mirada, intimidada.

—Esa herida no es poca cosa, Kanroji—la amonestó Shinobu—. De hecho, las de ninguno de vosotros lo son.

—Yo puedo seguir con mi trabajo sin problemas—discutió Shinazugawa. ¿Qué más daba tener más cicatrices en el pecho? Él nunca se había cortado en esconder esas heridas de batalla.

Shinobu, que estaba retirando las vendas de Giyuu, no respondió. Sabía que caería en oídos sordos con Shinazugawa. No era, ni sería la última, vez que tenían esa conversación y todas tuvieron el mismo resultado.

—Ten cuidado. Ya hemos perdido a Uzui y ahora a Himejima. No vaya a ser que tu perdición resulte ser tu estupidez—comentó Giyuu entonces, mientras Shinobu examinaba su muñón, comprobando que no se hubiera infectado.

—¿¡Qué has dicho!?

—Tiene razón, ¿sabes?—intervino Shinobu, notando que Aoi aprovechaba que había terminado para retirarse—. Aoi, por favor, pídeles a Rengoku y a Tokito que vengan—le dijo antes de que la joven pudiera llegar hasta la puerta. La chica se giró, la miró y asintió, marchándose deprisa.

Shinobu se sentó en una de las camillas libres. La misión había sido un completo fracaso, no sólo habían perdido a Himejima, Giyuu y Kanroji tardarían mucho en volver a estar en condiciones.

—Nos ha dicho Aoi que queríais hablar con nosotros—dijo Rengoku entrando en la enfermería, seguido por Tokito. Debían haber estado cerca, por lo poco que habían tardado.

—¿Qué pasó?—preguntó Muichiro, fijándose bien en el estado de sus compañeros.

—Nos vimos superados—admitió, a regañadientes, Tomioka—. No esperábamos un demonio que usara un estilo de respiración.

—¿Qué acabas de decir?—inquirió Kyojuro, creyendo haber escuchado mal.

—Usaba un estilo de respiración—confirmó Mitsuri, la voz le temblaba un poco—. Nunca había escuchado sobre la Respiración de la Luna.

Kyojuro, que recordaba ese nombre de haberlo visto en los cuadernos de los Pilares de las Llamas, abrió mucho los ojos. Muichiro estaba en silencio, dando vueltas a lo que acababa de oír.

—Tuvimos suerte de que amaneciera poco después—siguió hablando Giyuu.

—¡Lo que necesitamos es otro plan!—gritó Sanemi, furioso—. ¡Hablaremos con el patrón y nos organizaremos de nuevo!

—Tenemos que ser más fuertes si queremos tener alguna opción—le contradijo Tomioka—. Es evidente que con nuestro nivel actual no es suficiente.

—Igualmente tenemos que informar al patrón—opinó Shinobu, seria.


Bueno, y hasta aquí es el vigésimo octavo capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.

Así que, nos vemos el mes que viene con el vigésimo noveno capítulo.

¡Hasta la vista!