Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.
Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.
Sumiko cogió al gato que estaba a los pies de su cama. Era un felino con el pelaje calicó y los ojos de color ambar. La chica era la primera vez que veía a ese animal, por lo que estaba segura de que no pertenecía a ninguna de las personas que trabajaban ahí. Pero aún así, llevaba un collar negro, con un extraño papel pegado, así que debía tener dueño.
Pero lo que más atrajo la atención de la joven fue la caja que el animal tenía colocada en su lomo. Dejó al gato en la cama y la abrió, curiosa, queriendo ver qué era lo que contenía. Dentro, pulcramente doblado, había un papel. Sumiko lo agarró y lo desdobló con cuidado.
Se trataba de una carta de Tamayo, comprobó cuando empezó a leer. A medida que avanzaba en su lectura, la chica iba frunciendo más y más el ceño. Lo que le estaba pidiendo esa demonio no era algo sencillo, pero, al mismo tiempo, le picaba la curiosidad por saber qué era aquello tan importante que tenía que contarle.
Tamayo le pedía que su hermana fuera también y que lo mantuviera en secreto. Nadie del Cuerpo podía saber lo que tenían que hablar. Esa última parte dejaba un mal sabor de boca en la joven. Aunque podía aprovechar ahora que los Pilares estaban en la reunión, iba a tener que mentir al resto de las chicas.
Diría que tenía una misión. Esa parte sería relativamente sencilla; lo complicado sería llevarse a Nezuko. Aunque podía decir que se lo había pedido específicamente el cuervo al asignarle la misión.
El gato maulló en ese momento y, de golpe, desapareció de su vista, tornándose completamente invisible. Ante eso, Sumiko no pudo evitar dar un respingo y se levantó bruscamente de la cama.
Guardó la carta, doblada nuevamente, en su bolsillo y avanzó hacia la puerta. Tenía que buscar a Aoi para pedirle que le abriera la puerta del cuarto de Nezuko.
Tras un rato buscándola, encontró a la chica en la cocina, junto a Hinatsuru y Makio. Aoi estaba cortando una zanahoria en la encimera. Mientras, las otras dos mujeres charlaban bastante animadas.
—¡Hola!—saludó, sonriendo un poco. Las tres le devolvieron el saludo y Sumiko se acercó a Aoi—. Esto…, Aoi…
—¿Qué pasa?—preguntó la chica, dejando el cuchillo a un lado y prestando atención.
—Me han asignado una misión—comenzó a explicar Sumiko—, y tengo que llevar conmigo a Nezuko.
Aoi frunció un poco el ceño al escuchar eso y se volteó completamente, casi encarando a la otra chica—. Y quieres que yo te dé la llave— dedujo.
—Sí.
—No sé.—Aoi dudaba si era buena idea—. Creo que es mejor que esperemos a que Kocho vuelva y se lo comentas a ella.
—Pero, Aoi, es una misión—insistió Sumiko—. No puedo demorarme. Y no sabemos cuándo volverán de la reunión.
—¿Estás segura de que te piden que vayas con Nezuko?—insistió Aoi, seria. Sumiko asintió con energía y la chica de las dos coletas suspiró—. Está bien, te creo—dijo, y tras llevar la mano a su bolsillo izquierdo sacó la tan preciada llave. Sumiko la cogió y sonrió.
—¡Muchas gracias, Aoi!—dijo y salió deprisa de la cocina.
Nezuko no esperó a que su hermana terminase de explicar lo que iban a hacer y se metió en el cesto. Sumiko sonrió un poco y se lo colocó en la espalda. Cuanto menos tiempo tardasen en marcharse, mejor. Tenían que dirigirse hasta Nagoya y, según le había dicho Tamayo, Yushiro las estaría esperando en la entrada de la ciudad. El cómo sabría él que llegaban escapaba a la comprensión de Sumiko, pero no pensaba cuestionar las palabras de Tamayo.
—Nos vamos—dijo Sumiko, más para ella misma que para su hermana. Salió de la habitación y se topó con Kanao, que estaba en el pasillo. Al verla, la otra chica ladeó algo la cabeza, visiblemente confusa—. Me voy a una misión—aclaró, enseguida, Sumiko.
—¿Sin Rengoku y con tu hermana?
—Sí, parece ser que es un encargo bastante urgente.
—Ya veo, ¿y a dónde os toca ir?—inquirió Kanao.
—Nagoya.
—Oh, os acompaño entonces—ofreció la chica.
—No es necesario, Kanao. De verdad—trató de disuadirla Sumiko—. Nezuko y yo nos las podemos apañar bien.
—No soportas las ciudades muy pobladas—le recordó Kanao, seria—. Además, si se trata de algo tan urgente, mejor ir las dos, ¿no te parece?
Sumiko, a regañadientes, accedió. Haberse seguido negando habría sido mala idea. Kanao podría haber terminado sospechando y Sumiko no quería jugársela más de la cuenta.
Así que ambas, después de avisar al resto, se marcharon.
Amane se sentó frente a los siete Pilares restantes y los miró. La preocupación era más que evidente en las delicadas facciones de la mujer.
—Recibimos los reportes de la misión—dijo Amane, seria—. No podemos seguir usando las casas de glicina—explicó ella—. Hemos mandado cuervos pidiéndoles que quiten las marcas que las identificaban como tal.
Esperaba que, si no había nada que las marcase como casas de glicina, esos civiles estuvieran a salvo.
—Es lo mejor, sí—opinó Kyojuro—. No podemos poner las vidas de inocentes en riesgo.
—¡Pero no podemos dejar a una Luna Superior campar a sus anchas!— protestó, iracundo, Iguro.
—Entiendo tu frustración, Obanai—dijo Amane—. Pero, en la situación en la que nos encontramos, no podemos hacer otra cosa. Ya hemos perdido a dos Pilares a manos de Lunas Superiores.
—Tenemos que ser más fuertes—intervino Giyuu—. Con nuestro nivel actual no es suficiente.
—Hay algo que me inquieta—confesó, en ese momento, Mitsuri—. ¿Cómo es posible que un demonio pueda utilizar un estilo de respiración?
—Es cierto—apostilló Obanai—¿Y de dónde sale la Respiración de la Luna?
Amane suspiró un momento y cerró los ojos, tratando de serenarse antes de responder a esa pregunta.
—Fue uno de los estilos creados en la era Sengoku—contó, seria, la mujer—. Pero, después de que su inventor se convirtiera en demonio, se consideró un estilo maldito y se prohibió su enseñanza.
Los Pilares escuchaban en silencio aquello, intercambiando miradas de preocupación. Ninguno sabía bien qué pensar sobre eso. Shinobu estaba especialmente acongojada tras darse cuenta de algo.
—Entonces, la Respiración de las Flores también…—Shinobu no tuvo fuerzas para terminar de hablar, pero era más que evidente lo que quería decir.
—Me temo que sí, lo siento, Shinobu.
La mujer desvió la mirada, pero no protestó e hizo su mejor esfuerzo en ignorar las miradas de lástima y compasión que le dirigían sus compañeros.
—¿Existe algún otro estilo prohibido?—preguntó, curiosa, Mitsuri. Para sorpresa de todos Amane asintió.
—La Respiración del Sol—respondió la mujer del patrón—. La respiración original, de la que derivan todas las demás.
—¿Y por qué se prohibió su uso?—quiso saber Muichiro.
—Sólo hubo un cazador capaz de dominarla—aclaró la mujer—. Y ese hombre cayó en desgracia después de perdonar la vida a un demonio.
—¡Alguien así no merece vivir!—exclamó, fuera de sí, Iguro. Y el resto de Pilares le miraron en silencio.
—¿Crees entonces que Rengoku y yo no merecemos vivir?—preguntó, con voz falsamente dulce, Shinobu.
—¡Yo no he dicho eso!—protestó el Pilar de la Serpiente, clavando la mirada en la mujer menuda.
—Pero Rengoku y yo hemos perdonado la vida a un demonio, ¿o lo has olvidado, Iguro?
—¡Vuestro caso es diferente!—insistió él—. No sabemos si ese otro demonio llegó a comerse a alguien o no.
—Por favor, no discutais—pidió Amane—. Ahora, más que nunca, debemos estar unidos.
—¡Lo sentimos!— respondieron, al unísono, los dos Pilares.
Amane reprimió un suspiró. Tenían otro asunto bastante importante que tratar. Ahora que Himejima había fallecido, tenían que hacer algo con su territorio, no podían dejarlo sin la supervisión de alguno de los Pilares. Pero, al mismo tiempo, Amane sentía que les estaba exigiendo demasiado, así que decidió no mencionar el asunto.
Kyojuro y Shinobu escuchaban, serios, lo que Aoi les estaba contando. Habían llegado hacía unos minutos y les había sorprendido no ver por ninguna parte ni a Kanao ni a Sumiko. Y le preguntaron a la chica al respecto.
—Entonces, ¿te dijo Sumiko que tenía una misión y se llevaba a Nezuko?
—Sí, así es—repitió, por segunda vez, Aoi.
—Entiendo, ¿sabes dónde tenía que ir?
—Pues…—murmuró Aoi y trató de hacer memoria—. No, no lo dijo.
Kyojuro asintió e intercambió una mirada con Shinobu. Aunque no era algo fuera de lo común, de haberse tratado de una misión, él debería haber sido informado al respecto.
—No debería haberla dejado llevar a Nezuko, ¿verdad?—murmuró Aoi, comenzando a arrepentirse.
—No pasa nada, estoy segura de que Kanao evitará que se metan en líos—dijo Shinobu, tratando de hacerla sentir mejor.
Kyojuro asintió. Pensaba pedirle explicaciones al respecto. Fue muy claro en su momento con lo de Nezuko. Bajo ningún concepto debían interactuar. Y le había desobedecido. Quizá fue demasiado permisivo con ella antes, ya no estaba seguro de que eso hubiera sido buena idea.
Pero, en esos momentos, sin saber a dónde había ido, lo único que podía hacer era esperar.
—Ah, Kocho—dijo, entonces, Aoi—. Hinatsuru y Makio querían verla.
—De acuerdo, ¿dónde están?
—Las vi en el patio hace un rato.
—De acuerdo—contestó Shinobu y se marchó a buscarlas.
Kanao seguía, seria, a Nezuko y a Sumiko. Estaban ya cerca de la ciudad, por fin. A la sucesora de Shinobu se le había hecho eterno el viaje, Nezuko no lo había hecho fácil. Aparte, la primera noche, había casi obligado a Sumiko a revelar la verdad sobre la supuesta misión.
—La entrada a la ciudad está ahí—informó Sumiko, rompiendo el silencio que había entre ambas.
—Ya lo veo—dijo Kanao y Sumiko, al darse cuenta de lo cortante que sonaba, esbozó una mueca de arrepentimiento—. Quiero que me prometas una cosa— siguió diciendo la joven—. Cuando volvamos, por favor, cuenta toda la verdad.
—Lo haré, no te preocupes—le aseguró ella.
Nezuko se detuvo y miró de reojo a Kanao. Seguía sin gustarle esa chica y no parecía haber manera de separarlas. Se habían vuelto más cercanas el tiempo que Nezuko pasó sin ver a su hermana.
—¿Qué piensas decirle a Yushiro cuando lleguemos?—preguntó Nezuko, interrumpiendo a ambas chicas—. Tamayo fue muy clara con que sólo fuéramos tú y yo, Sumiko.
—Kanao es de confianza—aseguró Sumiko—. Lo entenderán.
La otra joven sonrió, contenta, al escuchar aquello. Sentía una calidez agradable sabiendo que Sumiko confiaba tanto en ella.
Se detuvieron en la entrada y buscaron al demonio con la mirada, aunque con el bullicio de gente que entraba y salía, resultaba imposible distinguir al muchacho.
—¿Alguna de vosotras lo ve?—preguntó Kanao, tras pasar más de cinco minutos ahí quietas.
—Quizá no haya llegado aún—murmuró Sumiko, tratando de contener el mareo que sentía. Estaba algo pálida, notó Nezuko, preocupada.
—¿¡Se puede saber de qué vais!?—siseó alguien detrás de ellas, bastante enfadado a juzgar por su tono de voz. Las tres chicas se giraron bruscamente y se toparon, cara a cara, con Yushiro, que las miraba evidentemente molesto—. La señora Tamayo fue muy clara. Sólo tu hermana y tú.
—Kanao es de confianza—la defendió, inmediatamente, Sumiko.
—Pareces muy segura de ello—comentó Yushiro, mirando de reojo a la chica.
—Lo estoy. Confío en ella.
Yushiro suspiró, no demasiado convencido, pero, si querían tener una oportunidad de derrotar y matar a Muzan Kibutsuji, tenían que darle esa información a Sumiko.
—Espero que no llegue el día en que tengas que lamentar esas palabras.
Kanao y Sumiko fruncieron el ceño al escuchar aquello, pero Yushiro no les dio tiempo para protestar, pues, tras indicarles con un gesto que le siguieran, comenzó a andar.
—Vamos o lo perderemos de vista—urgió Nezuko, yendo detrás de él.
Tamayo dejó la taza de té en la mesa y se sentó frente a las tres huéspedes. Sonreía de manera amable y no parecía molesta por la presencia de Kanao.
—Me alegra volver a veros—confesó, sincera, la mujer—. Lamento haberte contacto con tanta brusquedad, pero era necesario, Sumiko.
—En la carta mencionabas que querías hablar de algo importante—dijo la chica, yendo directamente al grano.
—¿Qué sabes sobre tu familia?—preguntó Tamayo, dejando de sonreír y adoptando una postura más tensa.
—Han sido carboneros desde hace generaciones—respondió, casi sin pensar, Sumiko.
Tamayo asintió y cruzó ambas manos sobre su regazo. Clavó la mirada en el cofre que había en el centro de la mesa y Yushiro, entendiendo lo que quería, lo abrió y sacó las cartas que contenía.
—Hay algo que debo contaros, Sumiko, Nezuko—confesó Tamayo—. Hace mucho tiempo, durante la era Sengoku, conocí al espadachín que creó el primer estilo de respiración, la del Sol. Su nombre era Yoriichi Tsugikuni y estuvo a punto de derrotar a Muzan.
—¿Y qué tiene que ver eso con nuestra familia?—la interrumpió, impaciente como siempre, Nezuko. Mientras que Sumiko y Kanao miraban con sorpresa a la mujer.
—Él me perdonó la vida, pero eso le costó la expulsión del Cuerpo—siguió explicando Tamayo, sin inmutarse—. Mantuvo, aún así, comunicación asidua conmigo. Y, en una de sus cartas, me contó que había conocido a una familia de carboneros—contó la mujer, clavando la mirada en las dos jóvenes Kamado—. Vuestros antepasados, sí. Me dijo que les dejó dos cosas. Sus pendientes de cartas hanafuda y les enseñó a utilizar la Respiración del Sol.
—¡Pero eso no es posible!—protestó Nezuko. Su hermana, aún en silencio, se llevó la mano derecha hacia el pendiente de esa oreja.
—Estos pendientes me los pasó mi padre poco antes de morir—explicó Sumiko, ignorando las palabras de Nezuko—. Y me enseñó un estilo de danza que ha estado en nuestra familia por generaciones.
—¿Una danza?—preguntó, confusa, Tamayo.
—La Danza Sagrada del Dios del Fuego—aclaró la muchacha—Nuestro padre era capaz de ejecutarla desde el anochecer hasta el amanecer—contó, orgullosa de su difunto progenitor—. Pero, cuando le pregunté al respecto, me dijo que la clave era la respiración.
—¿Te acuerdas de cómo era?—preguntó Tamayo, levantándose bruscamente—. Me gustaría poder verla, si es posible.
—Claro.
Tamayo y Yushiro condujeron a las tres muchachas al patio trasero de la casa. Sumiko, por indicación de la mujer, avanzó hacia el centro y desenvainó su arma. Cerró los ojos y trató de hacer memoria y recordar a su padre y los distintos movimientos de la danza. Abrió los ojos y comenzó a usar la Respiración de Concentración.
—Danza Sagrada del Dios del Fuego, Danza Circular—murmuró Sumiko y movió la katana de manera vertical. El filo de su arma se cubrió de llamas mientras realizaba aquel movimiento.
—¡Esa es la Respiración del Sol!—exclamó, sin contener su entusiasmo, Tamayo. Yushiro la miró, no se había esperado eso de ella, pero la mujer sonreía ampliamente, de una manera que el joven nunca había visto antes y de sus ojos caían lágrimas.
En ese momento, el sonido de la katana de Sumiko al caer al suelo les distrajo. Se le había resbalado de las manos y, pronto, sin previo aviso, la chica estaba también en el suelo. Jadeaba con dificultad y no parecía poder moverse.
—¡Sumiko!—gritaron, al mismo tiempo, Kanao y Nezuko mientras corrían hacia ella.
—Estoy bien—dijo, entre dientes y con evidente esfuerzo, la muchacha—. Pero me cuesta moverme ahora mismo, es como si no tuviera fuerza en el cuerpo.
Las dos chicas la ayudaron a levantarse y la llevaron hasta Tamayo y Yushiro. La mujer seguía sonriendo de oreja a oreja, muy satisfecha.
—Eso que acabas de hacer es la primera postura de la Respiración del Sol—le informó Tamayo, que seguía sonriendo.
Fue Aoi la que avisó a Kyojuro y a Shinobu del regreso de Sumiko y Kanao. Los dos Pilares fueron inmediatamente a la entrada de la casa a recibirlas.
Y, para cuando las chicas entraron en el recibidor, ya las estaban esperando. Ambos tenían los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión seria.
—¿Dónde habéis estado?—preguntó Kyojuro, clavando la mirada en su sucesora. Sumiko tragó saliva, nerviosa y trató de pensar una excusa. Kanao debió darse cuenta de sus intenciones pues le dio un codazo y le lanzó una mirada de advertencia.
—Tamayo, la demonio que conocimos en Asakusa, me escribió—murmuró la joven, bajando algo la mirada—. Quería hablar de algo muy importante en persona y nos pidió, a Nezuko y a mí, que fuéramos a Nagoya—siguió contando ella.
—Así que, fuisteis sin avisar a nadie de dónde ibais—completó Kyojuro.
Sumiko dudó, insegura de si decir que eso se lo pidió expresamente Tamayo fuera una buena idea. Así que se limitó a asentir.
—Pero eso no explica que las acompañases, Kanao—intervino, entonces, Shinobu, mirando a su pupila.
—No quería que se metieran en problemas—se excusó la chica.
Shinobu suspiró. De la Kanao del pasado, la que dependía de una moneda para tomar decisiones no quedaba nada ya, lo que le alegraba, pero, a veces, en momentos así, deseaba que no las tomase tan a la ligera.
—Y aprovechasteis que no estábamos—prosiguió hablando Kyojuro. Shinobu le miró de reojo. Pocas veces había visto al Pilar de las Llamas tan serio—. ¿Qué hubierais hecho si se trataba de una trampa?
—¡Tamayo no haría algo así!—protestó, con energía, Sumiko. Kyojuro la observó, para nada contento.
—¿Y cómo puedes estar tan segura de eso?—preguntó—. Apenas la conoces. ¿Cuántas veces la has visto? Sólo una antes de todo esto, ¿verdad?
—Pero nos salvó de Muzan—dijo Sumiko, con menos ganas que antes.
—No quiero que algo así vuelva a repetirse—zanjó el Pilar de las Llamas—. Si vuelve a escribirte, quiero ser el primero en enterarme. Y si te pide que te reúnas con ella, yo iré contigo, ¿queda claro?
—Sí…
—Ahora ve y deja a tu hermana en su habitación.
Sumiko asintió y se fue deprisa de ahí. Kanao, en cambio, se quedó quieta y miró, dudosa, a su maestra.
—¿Yo me puedo retirar?—preguntó.
Shinobu suspiró un poco.
—La próxima vez que algo así pase, por favor, Kanao, avísanos y no le sigas el juego.
—De acuerdo, Shinobu—contestó la muchacha y se retiró también.
La Pilar de los Insectos se giró para decirle algo a Kyojuro, pero el hombre ya no estaba a su lado. Suspiró de nuevo y se marchó al patio, antes de la llegada de Kanao y Sumiko, Hinatasuru y Makio habían querido decirle algo importante.
Las dos mujeres la estaban esperando paradas delante de la roca que les había pedido partir. Y la enorme mole estaba rota por la mitad. Sonrió, orgullosa de ambas.
—¡Enhorabuena!—las felicitó. Ya estaban listas para ir a la Selección Final.
Sumiko cerró la puerta del cuarto de su hermana. Acababa de dejarla ahí. Se giró para irse y, al ver a Rengoku ahí, se sobresaltó pues no le había escuchado acercarse.
—Lo siento. Sé que debería haber avisado antes de hacerlo…—murmuró, le hubiera gustado disculparse antes, pero no se había atrevido.
—No lo vuelvas a hacer, ¿vale?—pidió Kyojuro y, sin previo aviso, la abrazó. Sumiko abrió mucho los ojos, sorprendida—. ¿Me lo prometes?
—Sí.
—Mi deber como Pilar y como tu maestro es protegerte y ayudarte, pero, si me ocultas cosas no lo puedo hacer.
—No lo volveré a hacer. Lo prometo—murmuró ella, arrepentida.
Kyojuro se separó. Parecía estar más animado ya, notó Sumiko.
—¿Y de qué quería hablarte esa mujer?—preguntó el Pilar.
Sumiko le contó todo lo que habían hablado con Tamayo. Y lo que le había pasado después de ejecutar el primer movimiento de la Respiración del Sol.
—Interesante—comentó Kyojuro cuando la joven acabó de relatarle todo—. Aunque, lo que me cuentas puede deberse a que tu cuerpo no está preparado para ejecutar ese tipo de respiración, así que te aconsejo seguir usando la de las llamas. Al menos hasta que seas capaz de usarla sin que tu cuerpo se resienta.
—De acuerdo.
Bueno, y hasta aquí es el vigésimo noveno capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.
Así que, nos vemos el mes que viene con el trigésimo capítulo.
¡Hasta la vista!
