Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.

Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.


Makio y Hinatsuru escuchaban en silencio las explicaciones sobre la Selección Final. Habían llegado ya al monte Fujikasane, al igual que el resto de aspirantes. Del grupo de cuarenta personas reunidas, ellas dos eran las más mayores, el resto no debían superar los quince años.

—¿Cuántos crees que sobrevivirán?—preguntó Makio. Hinatsuru se encogió de hombros, ni siquiera era algo que se hubiera parado a pensar.

—Tenemos cosas más importantes en las que centrarnos—le recordó, llevando las manos a las empuñaduras de sus dos espadas. Esa había sido la parte más difícil de todo el entrenamiento, acostumbrarse a manejar dos al mismo tiempo. Pero era un requisito indispensable para poder usar la Respiración del Sonido—. Pero no creo que muchos.

Makio asintió, pues ella pensaba lo mismo. En más de una ocasión habían escuchado a Tengen quejarse de los pocos que sobrevivían a esa prueba. De hecho, cuando se presentó él sólo sobrevivieron tres.

—¿Estás preparada?—preguntó Hinatsuru cuando las dos niñas indicaron a los participantes que la Selección Final daba inicio.

—¡Pues claro que sí!—respondió, enérgica, Makio. Aguantar una semana ahí, después de todo su entrenamiento, se le antojaba un juego de niños.

—No te confíes—le advirtió Hinatsuru, mientras las dos corrían, alejándose de la protección de los árboles de glicinas.

Makio, como respuesta, rió. Se sentía eufórica. Ambas mujeres saltaron con facilidad al árbol más cercano y se miraron.

—No tenemos por qué luchar—comentó Hinatsuru—. El único requisito es aguantar siete días.

—Lo sé, pero no vamos a poder evitar tener que enfrentarnos a algún demonio.

—Supongo que tienes razón, pero mejor no entrar en combate innecesarios.

—¿Considerarías innecesario salvar a algún aspirante?—preguntó, curiosa, Makio. El primer impulso de la otra mujer fue negarse, si podían evitar que otros murieran tenían que hacerlo, pero esas palabras no salieron de su boca.

—Lo importante es que vivamos lo suficiente para vengar a Suma y a Tengen. Y para eso tenemos que superar esto, como sea. Así que sí, evitemos combates que no nos incumban.

—Supongo que tienes razón, sí—reconoció Makio. Esa declaración la había pillado desprevenida, pero no pensaba llevarle la contraria—. ¿Y cuando nos venguemos qué?

—Nos retiraremos. Seguir en el Cuerpo no tendría más sentido ya, ¿no te parece?

—Lo tienes todo ya pensado—comentó Makio. Eso ya sonaba más a algo que Hinatsuru haría.

—Llevo tiempo dándole vueltas. Nada más.

—Bueno, no importa. No podemos pensar en el futuro ahora, tenemos que centrarnos en lo que estamos haciendo.

—Tienes razón.


Shinobu salió al patio cargando con una bandeja con varios vasos llenos de agua fresca. Giyuu y Rengoku habían estado entrenando con Sumiko y Aoi desde el amanecer y ahora, pese a que era mediodía, seguían.

—Os vendría bien descansar un poco—comentó la mujer, dejando la bandeja en el poyete. Los cuatro se detuvieron y la miraron. Aoi y Sumiko parecieron especialmente aliviadas y, sin esperar a que los dos Pilares dijeran algo, se acercaron deprisa a Shinobu.

—¡Muchas gracias!—dijo Sumiko, cogiendo uno de los vasos y casi lo vació de un solo trago. Aoi, en cambio, bebió con calma.

—Sumiko, toma el agua con calma. No te la va a quitar nadie—la amonestó Shinobu, aunque, al escuchar que Giyuu y Kyojuro se acercaban, los miró—¿Qué tal el entrenamiento?

—Me cuesta—admitió Giyuu—En cuanto maneje bien la espada con la izquierda me reincorporaré.

—No te sobreesfuerces—pidió Shinobu, seria, procurando no quedarse mirando la manga derecha del haori de su amigo.

El Pilar del Agua asintió y cogió uno de los vasos.

—¿Cómo está Kanroji?—preguntó Kyojuro. La Pilar del Amor era la única a la que Shinobu no había dado el alta aún.

—Ella está…bien—murmuró Shinobu, vacilando un poco—. Es pronto para decirlo, realmente. Una herida así es mejor tenerla controlada por el momento. Podría infectarse.

—¿De verdad son tan poderosas las Lunas Superiores?—preguntó Aoi, tratando de esconder el miedo que sentía.

—Sí—respondió Giyuu, siendo brutalmente honesto.

—Pero no tienes nada de qué preocuparte, Aoi—añadió Shinobu, tratando de suavizar las palabras de su compañero.

Aoi, no demasiado convencida, asintió y volvió a beber un poco de agua.

—¡Tarde o temprano podremos vencerlos!—aseguró Kyojuro, animado. Shinobu le observó sin decir nada. A esas alturas dudaba que existiera algo capaz de hacer que el Pilar de las Llamas perdiera esa positividad.

—Eso espero—dijo Giyuu—. Pero con nuestro nivel actual no es posible.

Aoi desvió la mirada. Quería creer las palabras de Rengoku y Kocho, pero Tomioka parecía tan seguro de lo que estaba diciendo que ella no podía desechar aquello de su mente. Sintió el contacto de una mano en su hombro izquierdo y notó que Shinobu se había colocado frente a ella y la miraba preocupada.

—Tranquila—dijo la Pilar de los Insectos—. Podremos con ellos.

Aoi asintió y Giyuu carraspeó, atrayendo la atención de los presentes.

—¿Ocurre algo, Tomioka?—preguntó Kyojuro, curioso.

—No, no realmente—dijo este—. Es sólo que voy a tener que estar fuera unos días. Hay algo que tengo que hacer.

Shinobu estuvo a punto de ofrecerse a acompañarlo, en su estado, Giyuu no estaba aún en condiciones de enfrentarse a algún demonio, pero, si faltaba ella, no habría nadie que pudiera darle a Kanroji el tratamiento que necesitaba. Lanzó una mirada de reojo a Rengoku, esperando que se diera cuenta y se ofreciera.

—¿Y a dónde vas?—preguntó, en cambio, el Pilar de las Llamas.

—...

Shinobu suspiró un poco ante la forma de comportarse de los dos. Necesitaba paciencia. Mucha.

—¿Por qué no vas con Aoi?—sugirió la mujer.

—Preferiría ir solo.

—Ahora es el peor momento para actuar como un lobo solitario, Giyuu.

—Se trata de algo personal—reconoció, por fin, el hombre de cabellos oscuros.

—Pero si te encuentras con algún demonio…—intentó insistir Shinobu, pero Giyuu la cortó rápidamente.

—Aunque no sea como vosotros y no pueda usar del todo bien el brazo izquierdo, me las apañaré.

—¿A qué te refieres con eso?—preguntó Shinobu, tratando de no sonar irritada.

—A eso mismo—respondió él—. Tengo algo de prisa. Me voy ya.

Y no le dio tiempo a nadie a decir algo, pues Giyuu desapareció en un abrir y cerrar de ojos.


Kanao no estaba segura de que fuera buena idea, pero Sumiko había insistido en que tenía que entrenar más el nuevo estilo de respiración que habían descubierto gracias a Tamayo. Así que ahí estaban, en la sala de entrenamiento.

—¿No deberíamos avisar a Shinobu o a Rengoku?—preguntó Kanao, temiendo que su amiga volviera a sufrir los mismos efectos secundarios de la otra vez.

—¿Por?—quiso saber Sumiko—. Ya les dijimos que estaríamos entrenando.

—Ya, pero…—Kanao contuvo un suspiro y negó con la cabeza. Era evidente que la muchacha no le haría caso.

Sumiko aspiró aire por la boca y se preparó para realizar el primer movimiento. Su intención era realizar los doce que componían la danza que su familia realizaba.

Kanao observó en silencio a su amiga. Sumiko ejecutó sin problemas la primera postura de la Respiración del Sol, pero, al ir a hacer la segunda, el cuerpo de la joven se quedó paralizado y, al igual que la primera vez, cayó al suelo, incapaz de mover un solo músculo. Y Kanao tuvo que morderse la lengua para no recriminarle aquello. En cambio, se acercó a ella con intención de ayudarla a levantarse.

—¿Qué ha sido eso?—dijo alguien desde la puerta. Las dos chicas se giraron y vieron al Pilar de la Niebla. Muichiro había entrado justo para ver a Sumiko haciendo la primera postura—. ¿Qué tipo de respiración es esa?

—Buenos días, Tokito—saludó, con cierto esfuerzo, Sumiko. Apenas era capaz de hablar en ese estado—. La Respiración del Sol.

Muichiro pareció, durante unos segundos, realmente sorprendido por eso. Y en un abrir y cerrar de ojos, se plantó delante de las dos chicas y agarró a Sumiko de los hombros.

—¡¿Cómo sabes hacer tú esa respiración?!

Sumiko, que no se había esperado esa reacción, parpadeó sorprendida, no sabiendo qué responder. Muichiro se iba impacientando ante su falta de respuesta.

—Te he hecho una pregunta. Es de mala educación no responder, ¿sabes?

—Lo siento—murmuró Sumiko—. Mi familia la ha practicado por generaciones.

Muichiro alzó algo las cejas y se quedó pensativo, dándole vueltas a aquello. Miró, con renovado interés a la joven.

—No sabía que tu familia estuviera emparentada con el creador de la respiración original—comentó. Sumiko estuvo a punto de negarlo y explicar que no era así, pero Muichiro siguió hablando—. Eso nos hace familia lejana, supongo.

Sumiko abrió la boca para decir que no, pero, al ver el brillo de alegría en la mirada del chico, se lo pensó mejor. Sería cruel romper esa ilusión.

—¿Os importa si me quedo un rato?—preguntó Muichiro. Las dos chicas negaron y el joven se colocó a una prudente distancia.

Sumiko, que ya se sentía mejor, se levantó y retomó su práctica. No pensaba darse por vencida aún. Tomó aire por la boca y se preparó para hacer la segunda postura. Muichiro y Kanao la observaban con atención.

—Respiración del Sol, Danza de fuego—murmuró Sumiko para sí misma, mientras realizaba, primero, un semicírculo horizontal y después uno vertical. Pero, antes de poder terminar el segundo movimiento, se le escapó la espada de madera de la mano y ella cayó al suelo, pues las piernas le fallaron. Jadeaba, incapaz de tomar aire. Sentía que los pulmones le iban a estallar.

No entendía por qué era tan difícil. Comenzaba a ver borroso sus alrededores y terminó por perder el conocimiento.


Sumiko abrió los ojos y trató de incorporarse. Pero, antes de poder hacerlo, Rengoku, que estaba a su derecha, la detuvo con suavidad.

—Tienes algo de fiebre aún—le dijo el Pilar—. Y has estado durmiendo un día entero.

—¿Eh?—murmuró la joven, desconcertada—. ¿Cómo?

—La sucesora de Kocho y Tokito te trajeron hasta aquí y nos contaron lo ocurrido—siguió explicando Kyojuro.

—Estaba practicando la Respiración del Sol—confesó Sumiko. Ya lo recordaba, se había desmayado en la sala de entrenamiento.

—Deberías tener más cuidado. No puedes hacer sobreesfuerzos de esa manera—dijo él, serio—. ¿Y si esto mismo te hubiera pasado luchando contra un demonio?

—Por eso mismo tengo que seguir practicando— respondió ella—. Tengo que dominar la Respiración del Sol.

—Todo a su tiempo—pidió Rengoku. Los dos miraron hacia la puerta cuando oyeron que esta se abría. Kanao entró, cargando con una bandeja. Llevaba tres tazas llenas de un líquido humeante.

Tenía el rostro lleno de preocupación, pero, al ver que Sumiko estaba despierta, sonrió un poco y se acercó dando zancadas hacia ellos, derramando algo de líquido en la bandeja en el proceso. Shinobu entró detrás de ella y anduvo hasta quedarse frente a Sumiko. Puso una mano sobre la frente de la joven.

—Parece que te ha bajado bastante la fiebre—comentó, aliviada. Miró de reojo a Kanao y sonrió un poco—. Rengoku, ¿podemos hablar en privado?—pidió. Kyojuro, algo confuso, asintió. Los dos adultos salieron y dejaron solas a las dos jóvenes.

—Me preocupaste bastante—reconoció Kanao, cogiendo una silla y colocándola frente a la cama de Sumiko. Se sentó y miró a su amiga—. No lo vuelvas a hacer, por favor—pidió, tomando una de las manos de la joven.

—No puedo prometer eso—dijo Sumiko, seria—. Si quiero dominar esa respiración, tengo que seguir practicando.

Kanao desvió la mirada. Sabía que tenía razón, pero no quería verla así de nuevo. Se preocupó mucho cuando pasó tanto tiempo sin despertar. Hubiera pasado toda la noche a su lado si Shinobu no la hubiera obligado a irse a la cama.

Apretó los puños y trató de calmarse. Sumiko estaba bien, se obligó a sí misma a recordar eso. No importaba nada más. Suspiró y la observó. El pelo de Sumiko era completamente liso y le llegaba hasta la mitad de la espalda. Le había crecido bastante desde que se conocían. Cogió de la mesilla cercana el pasador que le regaló.

—¿Me dejas que te coloque?—preguntó. Quizá estaba sobrepasándose al pedir aquello, pero Sumiko asintió y giró algo la cabeza para facilitarle aquello. Kanao, aún dudosa, llevó ambas manos al pelo de ella y lo fue recogiendo con cuidado en una coleta. Cuando estuvo satisfecha lo sujetó con una mano y con la otra cogió el pasador. Y se lo puso, sujetando así su coleta.

—Gracias—dijo Sumiko, sonriendo un poco—. Lamento haberos preocupado, no era mi intención.

—No es nada.


Kyojuro miraba, confuso, a Shinobu. La mujer le había dicho que tenía algo importante que decirle y él, preocupado, la había seguido fuera de la enfermería.

—¿De qué querías hablar, Kocho?

Shinobu alzó una ceja mientras le miraba. No dijo nada, lo que sólo sirvió para aumentar el desconcierto del Pilar de las Llamas.

—De nada, Rengoku, de nada.

—¿Entonces?—preguntó el hombre, quien cada vez entendía menos lo que estaba pasando. Pero en ese momento, se le iluminó la cara y Shinobu se temió lo peor—. ¡Ya sé! Estoy seguro de que, después de un día entero durmiendo, Sumiko tendrá mucha hambre. ¡Voy a prepararle algo!

—Te preocupas mucho por ella—comentó Shinobu, tratando de distraerle un poco.

—¡Por supuesto que sí!—exclamó Kyojuro, frunciendo algo el ceño por ese comentario—. ¿Qué debería prepararle? Algo de arroz estaría bien, pero necesito combinarlo con algo…

—¿Por qué no vamos a la cocina y vemos lo que hay?—sugirió la mujer, sonriendo un poco. Para alivio suyo, Kyojuro asintió y la siguió sin más.

—Por supuesto que me preocupo por ella—repitió, un rato después, Kyojuro. Estaban a punto de llegar a la cocina y Shinobu no se esperaba que respondiera a aquello—. ¿O me vas a decir que tú no te preocupas por tu sucesora?

—Es mi hermana pequeña—le recordó Shinobu, algo tensa. Kyojuro había sonado extraño, muy a la defensiva.

—Lo sé—dijo el hombre, adelantándose y abriendo la puerta de la cocina. Shinobu, aún algo sorprendida por su actitud, le siguió.


Makio decapitó con facilidad al demonio con una de sus katanas. Habían estado subidas a un árbol cuando, de repente, uno de esos seres saltó y trató de devorarlas, pero la mujer lo despachó con facilidad. Envainó sus armas después de limpiarlas de sangre y suspiró.

Ambas observaron, con poco interés, como se convertía en polvo, dejando sólamente la ropa detrás.

—Esta noche parecen bastante persistentes—comentó Hinatsuru, seria. Ya era el quinto que mataban en un par de horas.

—Bueno, hoy es la última noche, supongo que será normal.

—Puede ser, sí—reconoció la mujer. Tampoco se trataba de algo que le importase, así que no pensaba darle muchas vueltas al asunto.

—¿Cuánto falta para el amanecer?—preguntó Makio, acomodándose al lado de Hinatsuru.

—No lo sé—dijo Hinatsuru. Ninguna tenía reloj para comprobar la hora—. Espero que no mucho.

—Aguantaremos sin problema—dijo Makio, sonriendo ampliamente.

Hinatsuru miró al cielo. Esa noche había luna llena y ninguna sola nube. Incluso eran visibles varias constelaciones. No hacía nada de frío, claro que se acercaba el mes de junio y el aumento de temperatura era notorio.

—Deberíamos movernos. Estar en un sitio más alto, ¿no crees?—preguntó Makio, incorporándose.

—Sí, no es mala idea—accedió Hinatsuru y se levantó también. Las dos mujeres saltaron al árbol más cercano y se agarraron a las ramas para impulsarse hacia arriba. Debían estar a más de seis metros sobre el suelo.


Amane se levantó temprano por la mañana. Con el tiempo suficiente para acompañar a dos de sus hijos, Kiriya y Kuina, hasta la puerta. Ellos dos se encargarían, como llevaban haciendo un par de años, de dar la bienvenida a los nuevos miembros del Cuerpo de Cazadores.

La joven madre sonrió levemente, se sentía orgullosa de ambos. Y, aunque lamentaba poner tanta responsabilidad en niños tan jóvenes, saltaba a la vista lo mucho que eso los había hecho madurar.

Se metió dentro de la casa y fue al patio, hasta el pequeño armario de madera que tenían ahí, en uno de los extremos del bello jardín. Lo abrió y cogió una pequeña palangana de metal. Se metió dentro de casa cargando con ella y fue directamente al baño. La llenó con agua templada, procurando que no estuviera demasiado caliente y, una vez estuvo satisfecha con la temperatura, se encaminó a su habitación.

Como cada mañana, desde que su marido era incapaz de moverse, le lavaría la cara y trataría de aliviar su dolor. Dejó la palangana cerca del futón de su marido y frunció ligeramente el ceño al percatarse de que Kagaya seguía dormido.

No era normal, el patrón siempre había sido una persona madrugadora, de las que se despertaban al alba. Se sentó cerca de él y le observó. Podría ser que estuviera dormido simplemente. Por raro que fuera.

—Kagaya—le llamó, esperando que eso bastase para despertarle—. Ya es de día.

Pero no obtuvo respuesta alguna, ni siquiera se removió. Manteniendo la calma aún, se acercó a la ventana y descorrió las cortinas, permitiendo la entrada de la luz solar. Esta bañó el rostro del hombre, pero Kagaya no mostró reacción alguna.

Desconcertada y comenzando a temer lo peor, Amane se acercó, nuevamente, a su marido. Esta vez lo sacudió ligeramente, procurando no ser brusca. Pero nada. Kagaya siguió con los ojos cerrados, completamente ajeno a los esfuerzos de su mujer por despertarlo.

Llevó la mano derecha a la frente de Kagaya, creyendo que quizá estuviera con fiebre. Trataba de buscar una explicación racional, distinta a la que comenzaba a temer. Pero, nada más entrar en contacto con la piel de su marido, se estremeció. Estaba frío. Completamente helado.

Comenzó a temblar y, a duras penas fue capaz de llevar la mano hasta el pecho de su marido. Rezando por sentir, aunque fuera de forma leve, el latir de su corazón. Pero nada, no percibió el más mínimo movimiento.

Llegados a ese punto, sin darse cuenta, comenzó a llorar. Lágrimas que, pronto, terminaron derivando en sollozos. Las lágrimas hacían que su visión se tornase borrosa, pero no hizo el más mínimo esfuerzo en parar de llorar y, en esos momentos, se limitó a dar rienda suelta al dolor que la invadía.


Bueno, y hasta aquí es el trigésimo capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.

Así que, nos vemos el mes que viene con el trigésimo primer capítulo.

¡Hasta la vista!