Kimetsu no Yaiba no me pertenece, es propiedad de Koyoharu Gotouge. Llevaba tiempo dando vueltas a esta idea y me he decidido por fin a escribirla. Espero que os guste y me dejéis comentarios con vuestra opinión. Os lo agradeceré muchísimo.

Sé que llevo tiempo fuera de la plataforma, he estado publicando este fanfic en otra página, pero, tras mucho meditarlo, he decidido comenzar a subirla aquí también.


Mitsuri releía la carta por sexta vez. Estaba tumbada en una de las camas de la enfermería de la Mansión de las Mariposas y le había llegado un mensaje de su familia. Había desdoblado el papel sonriendo, deseando enterarse de cómo les iba. Pero, nada más comenzar a leer, su sonrisa se desvaneció.

Incrédula, había releído la carta varias veces, tratando de encontrar sentido a lo que su madre le contaba. Le estaba pidiendo ayuda para encontrar a sus dos hermanos. Se habían escapado y no sabían nada de ellos.

Se levantó de la cama. No podía quedarse sin hacer nada. Cogió el uniforme de la mesilla, que Shinobu había dejado ahí la noche anterior y, con eso de la mano, se dirigió al cuarto de baño para cambiarse.

Lo hizo en tiempo récord, aunque apenas prestó atención a la hora de abotonarse, lo que ocasionó que, en más de una ocasión lo hiciera mal y tuviera que repetir. Ni siquiera se molestó en trenzarse el pelo, el cual, completamente suelto, le llegaba a la altura de las caderas.

Normalmente habría avisado a Shinobu de que se iba, pero se trataba de una situación extraordinaria y esperaba que lo pudiera entender. Se ajustó bien el parche en su ojo inservible y se dirigió a la puerta.

—No recuerdo haberte dado el alta, Kanroji—dijo Shinobu detrás de ella, justo en el momento en el que la Pilar del Amor se disponía a salir.

Kanroji cerró su ojo, suspiró un poco y lo volvió a abrir. Se giró y miró, seria, a su compañera.

—Lo sé y lo siento, pero me tengo que ir—se disculpó Mitsuri—. Es urgente.

—¿Qué ocurre?—preguntó Shinobu, frunciendo levemente el ceño, abandonando el tono de reproche anterior. Kanroji, las veces que había necesitado atención médica, se comportó como una paciente ejemplar. Todo eso era impropio de ella.

—Mis hermanos se han escapado de casa—murmuró Kanroji, no viendo la necesidad de ocultarlo.

Shinobu, que no se había esperado eso, abrió mucho los ojos y se quedó callada. Avanzó hacia ella y se detuvo frente a la Pilar del Amor.

—¿Hace mucho?—preguntó.

—No lo sé, creo que no—confesó Kanroji—. Me acabo de enterar ahora.

—Si necesitas ayuda, avisa—le pidió. Mitsuri asintió y abrió la puerta, marchándose.


La Pilar del Amor se detuvo frente a su casa y, sin molestarse en llamar, abrió la puerta utilizando la llave que sus padres guardaban bajo una maceta cercana.

Nada más entrar oyó pasos apresurados y su madre se asomó al pasillo. La expresión de esperanza que la mujer había tenido se evaporó al instante.

—¡Mitsuri!—exclamó, avanzando hacia ella, mirando con horror el parche que cubría uno de sus ojos—. ¿¡Qué te ha pasado!?

—No te preocupes—trató de calmarla la joven. Aunque sus palabras no tuvieron ningún efecto. Y la situación no hizo más que empeorar cuando Azumi y Hikari, que estaban también en la casa, se asomaron, para ver qué pasaba, y vieron a su hermana mayor. Pero antes de poder decir algo, Mitsuri siguió hablando—. Asumo que padre sigue buscando. Quiero ayudar con eso.

—Ha estado buscando por el bosque y el pueblo cercano, pero nada. No han tenido suerte.

Mitsuri se quedó pensando, tratando de averiguar dónde podrían estar sus hermanos.

—Se llevaron uno de los cuervos y dos de las bolsas con flores de glicina que nos diste—dijo Azumi, seria.

—Es posible que estén de camino a la casa de algún instructor—dijo la Pilar del Amor. Las tres mujeres la miraron, esperando que añadiera algo más. Mitsuri trataba de hacer memoria. Pero, no conocía a ninguno y tampoco era que hubiera hecho el esfuerzo por saberlo. Kyojuro fue su único instructor.

—¿Dónde?—preguntó Akiko, agarrándola, con algo de fuerza, de los hombros—Sí sabes a dónde han ido, ¿¡qué haces aquí parada como un pasmarote!?

—Es que no lo sé—dijo Mitsuri, tratando de mantener la calma, por el bien de las dos. Saltaba a la vista por las ojeras y legañas presentes en los ojos de su madre que no atravesaba su mejor momento y no podía culparla. Ella misma estaba tratando de mantener un sosiego que estaba muy lejos de sentir.

Pero, si de verdad habían llegado hasta ese extremo con tal de seguir sus pasos, Mitsuri dudaba que hubiera manera de convencerles de volver una vez los encontrasen. Miró un momento hacia la calle. Los cuervos que tenían estaban ahí, posados sobre una barra de madera.

Desde que había recibido la carta hasta que llegó a casa había pasado casi una semana. No estaba completamente recuperada de sus heridas y, por desgracia, tuvo que tomarse con más calma el viaje. Aunque no le dolían ya, sentía molestia y Shinobu fue muy clara. Tenía que tomarse todo con tranquilidad.

—Usaré a uno de los cuervos para que me lleve a la casa del instructor más cercana—decidió la Pilar. Su madre asintió, seria.

—Si los encuentras, por favor, avísanos.


Daiki y Hideki miraban la casa a la que les había conducido el cuervo. Era pequeña, con el tejado hecho de ramas, las paredes de piedra blanca. Tenía una única ventana, a la derecha de la puerta, con barrotes. Daiki se cubrió algo los ojos con las manos para protegerse del sol y trató de escudriñar por la ventana, pero Hideki le detuvo.

—Pues, parece que es aquí—murmuró Hideki. Les había tomado dos semanas llegar ahí. Y muchas noches tuvieron que dormir a la intemperie, pues prefirieron evitar las zonas pobladas, por si les estuvieran buscando.

Daiki se adelantó y llamó a la puerta. Los dos contuvieron el aliento, nerviosos. Pero pasó el rato y no acudió nadie a abrir.

—¿Será que no está en casa?

—¿Quiénes sois vosotros?—dijo un hombre detrás de ellos. Los dos jóvenes se sobresaltaron y se giraron como un resorte. Se trataba de un hombre que cubría su rostro con una máscara roja. Tenía el pelo canoso y vestía de manera sencilla. Un kimono azul, con motivos de olas con espuma blanca y unos pantalones negros.

—Buscamos al instructor que vive aquí—aclaró Hideki, serio—. ¿Lo conoce?

—¿Quién os envía?

—Nadie, ¿lo conoce o no?—insistió Daiki.

—Soy yo—respondió el recién llegado. Examinaba a los dos muchachos con la mirada—. ¿Cuántos años tenéis?

—Quince.

—¿Los dos?

—Sí—respondió enseguida Hideki.

—Mi nombre es Sakonji Urokodaki—se presentó el hombre.

—Hideki y Daiki Kanroji—dijo Daiki, señalando primero a su hermano con un dedo de la mano derecha—. Un placer conocerle, señor Urokodaki.

—Queremos entrenar para ser cazadores—declaró Hideki.

—Primero tendré que ver si tenéis lo que hace falta—les dijo Urokodaki—. Seguidme.

Sin esperarlos el hombre comenzó a correr en dirección a la montaña que había cerca. Los dos chicos, sorprendidos inicialmente por su velocidad, tardaron un poco en reaccionar e ir tras él.

Aunque Urokodaki no desaparecía de su vista, ni llegaba a alejarse demasiado, ninguno de los dos era capaz de seguirle el ritmo. Y el ascenso no resultaba sencillo en absoluto. A medida que iban subiendo les costaba más respirar, era como si el oxígeno fuera disminuyendo poco a poco.

Se habían tropezado y caído varias veces, pero no se detuvieron. No estaban seguros de cuánto tiempo les llevó alcanzar la cima, pero finalmente fueron capaces.

Urokodaki les observaba sentado en una enorme roca que había a un lado del camino. A causa de la máscara ninguno podía saber qué expresión estaba poniendo.

—La prueba comienza ahora—dijo el anciano—. Tenéis hasta el amanecer para descender. Si no lo conseguís, no os aceptaré como mis discípulos.

Dicho eso, y sin darles tiempo a reaccionar, echó a correr montaña abajo, yendo incluso más rápido que antes.

Los dos chicos no se lo pensaron mucho y trataron de seguirle. Parecía demasiado sencillo y esperaban llegar con tiempo de sobra. Y fue ese mismo exceso de confianza el que jugó en su contra, pues, al pisar Hideki un determinado punto del suelo, se activó una trampa y se abrió un agujero en el suelo y el chico cayó. Daiki, agradeciendo que no era demasiado profundo, le tendió la mano y le ayudó a salir.

Sakonji preparaba con calma el desayuno, aunque faltaba todavía una hora para el amanecer el hombre se había levantado ya. De vez en cuando dirigía la mirada hacia la puerta, esperando que, en cualquier momento, llegasen los dos jóvenes.

Removió el contenido del caldero que, con el calor del fuego, se iba calentando. Había preparado un guiso con bastante sustancia, con carne de venado y verduras del huerto que cultivaba en sus ratos libres.

Se retiró ligeramente la máscara, dejando al descubierto su boca y, tras coger un cucharón, probó un poco del guiso. Estaba caliente, pero no hirviendo. Sonrió un poco, contento. Le había quedado rico.

Miró la puerta cuando oyó pasos. Los dos chicos entraron y Sakonji se colocó bien la máscara y les observó. Daiki tenía el pelo desordenado y lleno de ramas y hojas. Su ropa estaba manchada de barro. Hideki, que tenía el pelo en un estado similar, tenía manchas de tierra por el rostro y de barro también, además le faltaba una de las chanclas.

Urokodaki se apartó del caldero y se acercó a los dos. Se detuvo delante de ellos, sin decir nada aún.

—Enhorabuena—dijo, tratando de mantener un tono de voz neutral. Se alegraba de que lo hubieran conseguido. De no haber estado tan sucios les hubiera dado un abrazo, pero no tenía ganas de ensuciarse.

—Lo conseguimos—murmuró Daiki. Estaban exhaustos y apenas podían mantener los ojos abiertos, pero se sentían orgullosos de haberlo conseguido. Estaban a un paso más cerca.

—Tengo un par de mudas que podéis usar. Cambios de ropa y tratad de descansar algo. Mañana nos levantaremos al amanecer—dijo mientras les tendía ropa cómoda para dormir.

Los dos chicos no esperaron a que se lo repitiera. Cogieron lo que les ofrecía y, tras preguntarle dónde estaba el cuarto de baño, se fueron a cambiarse ahí.

Mientras ellos estaban ahí, Urokodaki aprovechó para llenar tres cuencos con el guiso y los dejó sobre la mesa. Los chicos volvieron y los tres se sentaron para comer. Urokodaki se colocó frente a ellos y se retiró la máscara lo suficiente para dejar a la vista su boca.

Daiki y Hideki se fijaron en la cicatriz que quedaba visible. Le recorría los labios verticalmente. Desviaron la mirada antes de que el hombre les llamase la atención por esa descortesía.

—Os enseñaré la Respiración del Agua—les explicó Urokodaki. Hideki abrió la boca y fue a protestar. Esa no era la que ellos querían aprender, pero antes de poder decir algo, Daiki le silenció con una certeza patada en la espinilla. El chico hizo una mueca por el dolor, pero, al menos, entendió el mensaje y no dijo nada.

—Muchas gracias—dijo Daiki.

—No las des, aún es demasiado pronto—le advirtió Urokodaki—. Os espera un duro entrenamiento.—Tras decir eso, el instructor comenzó a comer—. Si no os dais prisa se enfriará la comida.

—Que aproveche—dijeron ambos y comenzaron a comer.


Mitsuri y Hisashi observaban la casa que tenían frente a ellos. Llegar hasta allí les había tomado semanas, pues la mujer tuvo que adaptarse al andar de su padre. El hombre no era tan rápido como ella, lo que les había retrasado, pero él insistió en acompañarla. Y Mitsuri no tuvo el valor de negarle aquello.

—Padre—dijo entonces Mitsuri, atrayendo su atención—. Si los han aceptado como discípulos, no habrá nada que yo pueda hacer ya.

Los instructores no eran miembros activos del Cuerpo, por tanto no tenían la obligación de seguir las órdenes de los Pilares. Sólo respondían ante el patrón.

—Algo podremos hacer, ¿no?

Mitsuri no respondió. Se acercó a la puerta y llamó. Segundos después, un hombre con una máscara Hyottoko roja abrió y se quedó mirando a la muchacha.

—Buenos días, mi nombre es Mitsuri Kanroji—se presentó, respetuosa—. Quería saber si Daiki y Hideki Kanroji están aquí. Soy su hermana y…

—Están entrenando en la montaña—la cortó Urokodaki. Mitsuri tragó saliva, nerviosa. Era lo que se había temido.

—No me importa—intervino Hisashi, acercándose, amenazador, al instructor—. Se vienen con nosotros.

—Padre, por favor—dijo Mitsuri, tratando de aplacarlo antes de que la situación escalase.

—Son mis estudiantes ahora mismo. Hace dos semanas que acepté entrenarlos—dijo Urokodaki, manteniéndose sereno.

Mitsuri se mordió un poco el labio. Si ese era el caso, no podía hacer nada.

—Deduzco por el uniforme que perteneces al cuerpo—dijo Urokodaki observando con interés a Mitsuri.

—Sí, soy la Pilar de la Respiración del Amor. Lamento no haberme presentado antes como es debido—se disculpó Mitsuri.

—Pasad por favor—pidió Urokodaki—. Podemos tomar algo mientras vuelven.


Hideki y Daiki entraron a duras penas en la casa. Estaban sucios y agotados tras descender por la montaña, pero, al ver a su hermana mayor y a su padre, todo ese cansancio se desvaneció. Los dos jóvenes abrieron los ojos como platos al reparar en el parche que Mitsuri llevaba.

Hisashi, nada más verlos, se levantó como un resorte y avanzó hacia ellos.

—¿¡Qué estábais pensando!?—les gritó, perdiendo completamente la compostura—¿¡Os podéis hacer la más mínima idea de lo preocupados que nos teníais a todos!?

—No creímos que hubiera otra manera—respondió, algo altanero, Hideki. Sólo para recibir, segundos después, una bofetada de su padre.

Mitsuri, que también se había levantado, se acercó. Y, quizá con más fuerza de la debida, les separó. Clavó la mirada en sus dos hermanos y suspiró.

—Puedo entender que quisierais entrar al Cuerpo. Pero escaparse de casa no era la mejor manera—les regañó.

—¿Nos vais a obligar a volver?—preguntó Daiki, tenso. Para alivio de ambos Mitsuri negó con la cabeza—. Pero…, ¿qué te ha pasado en el ojo?—preguntó, finalmente, el muchacho.

Mitsuri dejó escapar un largo suspiró y llevó la mano derecha a su parche. Aún no se acostumbraba a él.

—Una batalla contra una Luna Superior, uno de los demonios más fuertes que hay—explicó. Eso atrajo la atención de Urokodaki, que la miró con interés.

—¿Una Luna Superior?—preguntó el anciano, interviniendo en la conversación.

—Sí. La Primera—añadió la joven.

—¿Acabaste con ella?

—Me temo que no. Era demasiado poderoso—admitió Mitsuri y miró de reojo a sus hermanos—. ¿Qué respiración están aprendiendo?

—La del Agua.

—¡Mitsuri! ¿¡No estarás pensando en dejarles que entren al Cuerpo!?—exclamó Hisashi, al percatarse del rumbo que tomaba la conversación.

—No tengo autoridad para impedirlo—le recordó la joven—. Los instructores no son miembros activos del Cuerpo.

—Así es—apostilló Urokodaki, serio.

—Pero, me gustaría saber algo, ¿son los dos afines a esa respiración?—quiso saber. Si no era así, quizá pudiera hacer algo.

—¿Por qué la pregunta?

—Porque si uno de ellos no lo es, me gustaría tener la oportunidad de entrenarlo personalmente.

—¡Mitsuri! ¡Ya basta!—gritó, colérico, Hisashi, pero sus palabras fueron ignoradas.

La Pilar del Amor sabía que esa era su única opción y esperaba ser capaz de convencer a ese hombre.

—He creado un estilo de respiración y me gustaría poder transmitirlo y que no se pierda.

—Puedes buscarte un sucesor por tu cuenta.

—Quiero que sea uno de ellos—insistió Mitsuri—. Deseo que la Respiración del Amor sea enseñada sólo a miembros de la familia Kanroji.

Eso último era mentira, pero algo así no era tan extraño entre los cazadores. Y esperaba que sirviera para vencer las reticencias de Urokodaki.

—Entiendo—dijo el instructor. No era una petición descabellada. Sabía de otras familias que seguían esa tradición.

—¿Puedo ser yo?—preguntó Hideki, serio. No era capaz de ejecutar bien las posturas de la Respiración del Agua pese a las semanas de entrenamiento. Al contrario que Daiki, que no tenía problemas.

La atención de los demás se centró en él, pero el chico no se amilanó y miró a su hermana, esperando que ella aceptase.

Mitsuri intercambió una mirada con Urokodaki. Se sintió profundamente aliviada cuando el hombre asintió, aceptando.

El único que no estaba contento en absoluto con todo eso era Hisashi. Sus hijos no iban a volver a casa, aunque le aliviaba algo saber que uno de ellos estaría bajo la tutela de Mitsuri.

Con ese sabor algo amargo en la boca del padre salieron de la casa los tres. Mitsuri se detuvo cuando estuvieron lejos de la casa y miró a los dos hombres.

—Hideki, aunque he conseguido que Urokodaki acepte, no te nombraré mi sucesor por ahora—le dijo y, antes de que su hermano pudiera protestar, añadió—. Lo haré una vez hayas superado la Selección Final. Y lo mismo con Daiki.

Una vez los dos entrasen al Cuerpo nadie le impediría hacer eso. Y era la mejor forma de asegurarse de que sus hermanos sobrevivían. Si es que pasaban la Selección Final.


Muzan miraba, enfadado, a Kokushibo. Este había acudido a la Fortaleza Infinita para informarle del estado de la misión.

—¿Y has dejado que cuatro Pilares escapasen?—preguntó.

—Si no hubiera amanecido los hubiera matado a todos—dijo Kokushibo, manteniendo la cabeza gacha.

—Eres la Primera Superior, el segundo demonio más poderoso—le recordó Muzan—. ¿Y con respecto a tu otra misión?

—No he encontrado aún a la chica—reconoció el demonio.

Muzan gruñó, cabreado. Le había ordenado dos cosas bien sencillas.

—He planeado todo bien, mi señor—dijo Kokushibo, tratando de aplacarlo—. Ya no tienen a su disposición casas de glicina para que les ayuden.

—¿Y luego qué?

—Encontrar la aldea de los herreros y matar a todos.

Muzan asintió, no demasiado convencido de eso. Esos humanos eran especialmente esquivos. Igual que la familia Ubuyashiki.

—No me falles, Kokushibo.

—No lo haré.


Bueno, y hasta aquí es el trigésimo segundo capítulo de esta historia. Espero que os haya gustado. He decidido que iré subiendo los capítulos mensualmente, para tener suficiente tiempo para ir escribiendo.

Así que, nos vemos el mes que viene con el trigésimo tercer capítulo.

¡Hasta la vista!