Disclaimer: De Horikoshi todo, excepto los OCs que no se reconozcan.

¿Es necesario que diga que el título corresponde con Mi dulce y linda flor? Jajaja. Siempre me ha hecho muchísima gracia esa canción en Mulán. No dejan de ser un puña'o de imbéciles cantando sobre lo hornys que están, mientras la pobre Mulán intenta poner un poco de raciocinio y el resto se ríe de ellos. Además, marca el punto en el que la película se pone seria y oscura (de hecho, no tiene final, se corta abruptamente). Sin embargo, no creo que pueda decir lo mismo del fic, ¿no? Así que, como llega tan "tarde" el título, lo reservé para una de las escenas que más me gustaba.

Muchísimas gracias por los comentarios y por estar ahí, ¡os quiero un montón!


UNA DULCE Y LINDA FLOR

Los ojos de Izuku rebosan de lágrimas. Katsuki resopla, exasperado, porque ya se ha dado cuenta de la facilidad que tiene el chico para llorar, pero no aparta la mirada cuando un par de gotas resbalan por sus mejillas, sonrojadas por la determinación, deslizándose junto a las comisuras de sus labios apretados por el enfado.

Izuku tiene razón. Y Katsuki lo sabe.

Por supuesto que lo sabe. Eso es, precisamente, lo que más rabia le da. Cómo le ha dicho a Izuku, él mismo ha despreciado y acosado compañeros durante la infancia y la adolescencia por no tener Dones, algo más frecuente en aquel momento que ahora. Ni una sola persona de su entorno personal o profesional, hasta la llegada de Izuku, es alguien sin Don. Y el propio Izuku accedió a él porque todo el mismo, incluido Katsuki, creyeron firmemente que Izuku tenía un Don. Todas las pistas de que no era así estaban ahí desde el principio, pero ha sido mucho más fácil dar por hecho que alguien tiene Don a pensar que alguien puede llegar hasta donde ha llegado Izuku sin uno, aunque sea débil o poco útil.

Incapaz de quedarse quieto, Katsuki recorre la sala de lado a lado a grandes zancadas, tratando de aclarar las ideas de su mente, y luego se detiene enfrente de Izuku, con todos los pensamientos atascados dentro de su cabeza, sin saber cómo expresarlos en voz alta. El chico suspira profundamente, se enjuga las lágrimas de las mejillas y, ahora sí, parece mucho más tranquilo y menos enfadado que tras la pelea.

—¿Y si intervenimos? —pregunta Katsuki de pronto, acuclillándose delante de Izuku de nuevo y resistiendo la tentación de secarle la siguiente lágrima que vuela sobre las pecas de sus mejillas y que aterriza en su labio inferior, enrojecido por la costumbre del chico de mordérselo—. ¿Qué ocurre si intervenimos, Izuku? Llego, le reviento dos explosiones a la presidenta de la Comisión de Héroes y le rompo la enorme nariz al otro. Posiblemente pueda hacerlo, soy el mejor jodido héroe de este país, ni siquiera sospecharían de mí al acercarme a ellos, hasta que fuese demasiado tarde para frenarme. ¿En qué me diferenciaría eso de los villanos?

—En nada. Así sólo los convertiríamos en víctimas a ambos —niega Izuku con un hilo de voz. Katsuki asiente con la cabeza, odiando la situación. No le ha gustado desde el primer momento, no quería los reclutamientos de civiles ni le parecía bien lo ocurrido, pero Izuku, combativo, no acepta la derrota y hace un mohín mientras piensa otro argumento—. El libro que hemos mencionado antes…

—¿El de Stain? —Izuku asiente—. Stain es un villano. Escoria que asesinaba a aquellos por una idea que parecía justa.

—La idea en sí no era mala. Los medios eran horribles, pero no invalidan la idea. —Katsuki mira a Izuku con incredulidad, pero este levanta la mano para pedirle paciencia—. No estoy de acuerdo con Stain, no defiendo sus ideas. Pero han calado. La sociedad quiere utilizar sus Dones, quiere que los héroes sean héroes vocacionales y no personas ocupadas en complots políticos o económicos.

Katsuki, que no se siente cómodo con la idea de asumir el ideario de Stain de manera alguna, hace una mueca de desagrado, descubriendo los dientes en un gesto que, es consciente, imprime ferocidad a su rostro, pero Izuku se limita a sonreír levemente con la comisura derecha del labio y el rostro de Katsuki se suaviza, comprendiendo a qué se refiere.

—No sería lo mismo que All for One… —dice, muy despacio, observando a Izuku, que niega también.

—All for One quería aprovecharse de quienes sufren la incomprensión y la intolerancia. La gente… —Izuku duda y baja el tono de voz, murmurando para sí mismo. Katsuki ladea la cabeza para escucharle mejor, entornando los ojos, pero los audífonos que el chico diseñó para él son tan eficaces que captan el sonido y puede escucharlo claramente—. La intolerancia y la incomprensión son… pasos extra que forman parte del camino de la gente que no es capaz de darlos. Por eso es tan complicado. Si todo el mundo nos uniéramos, independientemente de nuestros Dones… Separar y señalar provoca inseguridad y la inseguridad explota con violencia. Esto sólo ha sido una chispa que hemos apagado a tiempo, pero es cuestión de tiempo que haya más. —Levanta la cabeza súbitamente, mira a Katsuki con sorpresa durante un segundo, como si recordara su presencia ahí—. All Might siempre se entregaba en cuerpo y alma, sin dejar de sonreír. Por eso era el símbolo de la paz: la seguridad que transmitía era suficiente para que todo el mundo se quedase tranquilo. La gente alababa sus principios, su convicción. Yo podía ser un niño sin Don, pero miraba a All Might y creía que podía vivir en un mundo como el suyo. Creía en esa convicción que él llevaba tatuada en el alma como si fuera mía, incluso aunque siguiera siendo un niño sin Don. Podía soñar.

—Con ser un héroe. —Izuku asiente y sonríe tímidamente, sonrojándose. Katsuki, que estaba escuchándolo con seriedad, imita inconscientemente su mueca—. Sin duda, esto no habría ocurrido hace quince años. No porque All Might habría acabado con la amenaza de la Liga de Villanos al instante, sino porque la gente no habría escuchado su mensaje viciado. La Comisión no se habría atrevido a contradecir su acción directa, desde luego.

—Quizá esa sea la solución. La base de una sociedad de personas con superpoderes está en la confianza en los héroes. Tenemos que devolver a la gente esa confianza. Y, al mismo tiempo, escuchar y ceder.

—Que la gente pueda usar sus Dones —murmura Katsuki, comprendiendo.

—Cambiar el sistema, que el Don deje de ser un elemento discriminatorio.

—Veo por dónde vas —dice Katsuki, sentándose sobre los talones para apoyar los codos en las rodillas y la barbilla en los brazos. Izuku estira la mano derecha y peina torpemente uno de los mechones rubios que le cae sobre la oreja antes de negar, abatido.

—Tienes razón, Katsuki. Sería lo ideal, pero no puedes llegar y patearles el culo. Que el fin sea aceptable no significa que los medios sean correctos. Habría que encontrar un medio correcto para conseguir un fin aceptable, es algo tan importante como conseguir dicho fin.

Las luces del complejo se encienden, interrumpiendo su conversación al hacerlos mirar hacia el techo a los tubos fluorescentes que parpadean un par de veces antes de estabilizarse. Estaban tan concentrados que ninguno de los dos se ha dado cuenta de que la luz diurna que entra por las estrechas ventanas de la parte superior de la pared ha disminuido.

Katsuki se incorpora. Extiende la mano hacia Izuku, que la acepta sin dudar, y tira de ella para levantarlo. El chico se queda de pie justo frente a él y es el turno de Katsuki de intentar esconder los mechones alborotados, más cortos que los de sus recuerdos, del pelo verde de Izuku detrás de las orejas, apartándoselos de la frente para despejársela. La última vez que lo vio, el chico tenía el pelo quemado y chamuscado, pero ahora está saneado y ha empezado a crecer, disparándose en todas las direcciones. Izuku se muerde el labio inferior, que se enrojece inmediatamente, y luego lo lame, haciéndolo brillar. Katsuki sabe que no lo hace conscientemente, pero el simple gesto hace que pierda el hilo de sus pensamientos para no llevar el dedo pulgar al labio y acariciarlo.

—Será mejor que vayamos a ver si nos dan de cenar —dice Katsuki, carraspeando para aclararse la voz.

Izuku lo acompaña a exigir las raciones de la cena y, tras ayudarlo a repartirlas entre sus antiguos compañeros de escuadrón, recogen a las chicas en su dormitorio y vuelven a reunirse todos en la habitación de los chicos para cenar.

El ánimo está mucho más decaído que antes de la conversación, pero se anima cuando Shinsou, con gesto desinteresado, informa a Izuku de lo que Shouto le ha pedido que haga con su Don. Izuku, incapaz de disimular su entusiasmo, se embarca con él en una conversación sobre las posibilidades de conseguir algo así. Hatsume hace un comentario burlón, pero Shinsou, que ha fruncido el ceño y escucha atentamente a Izuku, asintiendo con gravedad, e Izuku, que tan pronto parlotea como murmura para sí mismo, no la escuchan, y son Sero, Uraraka y Kaminari quienes deben continuar la broma.

La velada no se alarga demasiado. Tras la batalla, ninguno ha descansado apenas y están agotados, así que cuando las chicas se disponen a regresar a su dormitorio, Katsuki también se levanta del suelo, desde donde estaba siguiendo la conversación de Izuku y Shinsou sobre un hipotético artefacto que pudiera facilitar su objetivo. Izuku, aparentemente ensimismado en la conversación, inmediatamente levanta la vista hacia Katsuki en cuanto este se mueve y se apresura a incorporarse también, sacudiéndose las perneras del pantalón con la mano derecha.

A pesar de la animada charla, Izuku se ensimisma mientras caminan por el pasillo en dirección a la habitación de Katsuki. Este lo observa de reojo, pendiente de su rostro, que se ha fruncido en un mohín pensativo, y de sus labios, que tiemblan levemente. Tarda unos segundos en darse cuenta de que sólo está murmurando para sí mismo, tan quedo y tan rápido, que apenas los mueve. Está a punto de interrumpirlo, de exigirle que hable en voz lo suficientemente alta como para poder participar él también en esa conversación unilateral, pero llegan a la puerta del dormitorio e Izuku levanta la cabeza, mirando a Katsuki a los ojos.

—Hay una forma —susurra, casi con temor, cuando Katsuki cierra la puerta tras ellos, aislándolos del pasillo. Sin embargo, sus ojos brillan con determinación. Luego se muerde el labio, frunce el ceño y, aunque Katsuki aún no ha reaccionado, agacha la cabeza y murmura para sí mismo, esta vez a un volumen lo suficientemente alto como para que pueda escucharlo—. Podríamos intentar una transición. El problema es la Comisión de Héroes. Tenía razón All for One en eso: está podrida por dentro y esto lo demuestra. Hoy ha sido esto y mañana será otra cosa, pero si pudiéramos llegar a algo más democrático, que involucre a todas las partes y se examine a sí mismo… Podría funcionar. —Mira de nuevo a Katsuki al decir esto último.

—Tienes una idea concreta de cómo hacerlo —comprende Katsuki, sintiendo vértigo en el estómago cuando los brillantes ojos verdes de Izuku se clavan en los suyos.

—Necesitamos conseguir pruebas. Pruebas objetivas, que sean incontestables —dice Izuku. En su voz se imprime el mismo entusiasmo que unos minutos antes, mientras hablaba del Don de Shinsou—. Si tuviéramos pruebas, podríamos arrestar a los villanos y ponerlos en manos de la justicia.

«Podríamos», ha dicho Izuku. El mero hecho de que tras la discusión este siga considerándose un héroe a sí mismo hace que Katsuki sonría con fiereza, dispuesto a escuchar cuál es la idea en lugar de rebatirle la ilusión que destella en su mirada.

—En realidad, todos los elementos necesarios ya están ahí, sólo habría que cambiar las partes del sistema que no funcionan. Si los héroes toman la iniciativa como guías, no sólo como policías o fuerza de combate, pueden ser los propios ciudadanos quienes salvaguarden su funcionamiento y lo vigilen. En esencia, para un héroe no cambiaría mucho: seguiría combatiendo los villanos que atenten contra la sociedad. En esta ocasión, sin excluir a nadie, construyendo un mundo donde todas las personas, no sólo los héroes, puedan aprender a utilizar su Don y sean libres de hacerlo, sin prejuicios.

—¿Y los que no lo tenéis? —pregunta Katsuki, curioso por saber cuánto de la utopía de Izuku ha calculado.

—Dispositivos de apoyo —dice Izuku, levantando la mano derecha y cerrándola en un puño, como hacía con su guante—. Si necesitas que tres personas salten una pared, le das a cada uno una escalera que puedan utilizar con su estatura, pues aquí también.

—Vaya mierda de explicación, nerd —se burla Katsuki. Izuku se sonroja, pero sonríe, demostrando que ha captado su tono de broma.

—Un mundo más justo donde el uso del Don esté democratizado y donde los mejores Dones no tengan prevalencia sobre los demás, donde no haya jerarquías, yo no estaría abajo del todo —continúa, hablando cada vez más rápido—. Alguien como Shinsou tendría las mismas oportunidades que alguien como tú, sin tener que reprimir una parte de sí mismo. Las personas con Dones que modifican su apariencia serían más libres de destacar y potenciar esas partes de sí mismos, mucho mejor que acudir a alguien como All for One para que te extirpe el Don o pelear para imponerte por encima del resto.

Katsuki mira fijamente la expresión entusiasmada de Izuku. Lo que plantea no es fácil, va mucho más allá de salvar a la gente con una sonrisa, de pelear contra el villano que utiliza su Don para atracar una joyería. Pero suena mucho mejor que reclutar a un puñado de civiles para combatir unos villanos liberados previamente con tal de hacer negocio. «Al cuerno la interferencia con la política», piensa con fiereza, deseando que la idea de Izuku sea buena, tanto como lo fue la de tirar el edificio encima de Twice.

—Puedo pelear por esa idea —asiente finalmente, cuando Izuku lo mira con intensidad, buscando su aprobación. Izuku recompensa su respuesta con una enorme sonrisa y luego lo abraza brevemente, rodeándolo con el brazo derecho y apoyando la cara en su pecho durante un segundo. A Katsuki apenas le ha dado tiempo a reaccionar para corresponderle e Izuku ya se ha separado.

—Entonces, creo… creo que tengo un plan.

—Por supuesto que lo tienes, nerd. —Katsuki sonríe con fiereza, recuperándose de la sorpresa y siguiendo el ritmo desbocado de las emociones de Izuku.

—Podemos revertirlo, aprovechar el mismo clima que han creado, para decantarlo a nuestro favor. Hablar de aceptación en lugar de miedo. Pero tiene que enterarse todo el mundo. Hay que dejar en evidencia el plan de la Comisión y de Detnerat para que la alternativa sea obvia y podamos trastocar la dinámica de poder.

—Tú lo has dicho, necesitamos pruebas.

—Pues consigámoslas. Yendo a la fuente —dice Izuku, adelantándose a la obvia cuestión de Katsuki, que aún así entorna los ojos, no muy seguro de que esa parte suene sólida—. Vamos a necesitar la ayuda de todos y todas. Buscar un buen momento. Y unos pocos materiales. Y hablar con Hatsume. Ojalá tuviese aquí mis herramientas —lamenta Izuku, y su cara muda a un gesto de tristeza. En ese instante, Katsuki lo recuerda.

—Espera un momento, nerd. —Abre la taquilla donde tiene las escasas pertenencias que tiene consigo en el complejo, entre las que están su equipamiento de héroe, los audífonos que Izuku fabricó para él y, por supuesto, la mochila de tela que contiene el estuche de herramientas que este dejó atrás cuando lo trasladaron al hospital.

Katsuki ha guardado el estuche todas estas semanas. Algunas noches, no todas, lo ha sacado del armario y se ha tumbado en la cama, mirándolo, abriéndolo y cerrándolo, acariciando las herramientas. La tela que las envuelve tiene un aroma característico que Katsuki asocia a Izuku, a su presencia, y también a un taller de trabajo. No tiene muy claro qué es lo que le ha llevado a mantenerlo consigo, exactamente. Debería habérselo dado a Hatsume, que es la mejor amiga de Izuku y habría podido entregárselo de vuelta al regresar a casa, pero de alguna manera Katsuki sentía que deseaba conservarlo un poco más de tiempo y nunca ha terminado de decidirse a desprenderse de él.

—¿Es…? —Ahora, Izuku abre los ojos de par en par. Katsuki asiente y le tiende la mochila en silencio, sin intención alguna de disculparse por no habérsela devuelto antes.

—Cuando te trasladamos al hospital, se quedó en la tienda. Nadie recordó llevarla consigo y dejártela allí, así que la recogí —dice Katsuki secamente, tan poco dispuesto a admitir que él sí se había acordado y había vuelto a por ella intencionadamente como lo ha estado de disculparse. O revelar que ahora conoce exactamente cada herramienta y su posición dentro del estuche.

—¿Y la has guardado todo este tiempo? Incluso entre cambios de complejos —murmura Izuku, impresionado. Katsuki no contesta, porque es obvio que lo ha hecho—. Jopetas, Katsuki… —La voz de Izuku suena emocionada incluso a pesar de lo infantil de la palabrota y se muerde el labio inferior, provocando que se enrojezca, para contener las lágrimas que le asoman por los ojos, pero es un esfuerzo inútil.

—Eres un llorón —dice Katsuki, pero el tono de voz, que planeaba burlón, sale más suave de lo que esperaba.

—Creía que las había perdido —susurra Izuku, con la voz ahogada—. Me las regaló…

—Tu madre —asiente Katsuki—. Me lo contaste.

—Son muy importantes para mí.

—Ya lo sé, nerd —dice Katsuki, impaciente por tener que señalar lo obvio.

Por segunda vez, Izuku se abalanza sobre él y lo abraza. Se queda estático mientras Izuku le rodea la cintura con el brazo, poniendo la frente contra su pecho a la vez que ahoga un sollozo. Recuerda aquella otra ocasión en la que Izuku lo ha abrazado, tras el incendio del complejo. A diferencia de la de hace unos minutos, en aquel momento sí supo reaccionar, devolverle el abrazo. Ahora también lo hace, hundiendo los dedos en el cabello de Izuku con una mano tan grande que le abarca la nuca entera, durante unos segundos, sosteniendo el rostro del chico junto a su pecho hasta que, lo que parece un instante después, este se separa, enjugándose una lágrima de emoción.

—Muchas gracias, Katsuki.

—Sonriamos a la gente —dice este, en respuesta, con la garganta anudada. Carraspea para aclararse la voz y no sonar como el propio Izuku, que todavía solloza—. Devolvamos las sonrisas a la gente y ganemos las del resto también.

—Como All Might —asiente Izuku, sonriendo y llorando.

—¿Vamos? —pregunta Katsuki a regañadientes, porque de pronto no quiere que él e Izuku abandonen esa habitación, ni en ese momento ni nunca más, pero Izuku asiente y ambos se ponen en marcha.

Sorprenden a Shinsou y Kaminari practicando el Don del primero en la litera superior. El labio inferior de Kaminari tiembla y una gota de sudor recorre la sien de Shinsou. Sero, que está tumbado encima de su cama, se apresura a ir a buscar a las chicas en cuanto Izuku resume su plan y Katsuki se va antes de que regrese con ellas. Confía en Izuku para detallar el plan y convencerles, él tiene otra tarea y es urgente, no cree que tengan suficiente tiempo como para perderlo.

—¡Shouto! —Este se vuelve hacia él cuando Katsuki irrumpe en la habitación de Endeavour. Lo ha buscado primero en la suya, pero estaba vacía. La habitación estaba en silencio cuando ha entrado, pero Endeavour está despierto y gira la cabeza para verlo. Katsuki lo ignora—. Necesito hablar contigo.

—¿Ha ocurrido algo? —Shouto se levanta inmediatamente. Endeavour empieza a protestar, pero ninguno de los dos lo escucha.

—Necesito acceso a un taller de trabajo. —Shouto levanta las cejas y mira a su padre. Katsuki ha acudido a ellos porque, aunque él sea el héroe número uno y Shouto ocupe el segundo lugar, Endeavour ha ostentado el segundo y el primer puesto los suficientes años como para tener mucha más influencia dentro de la Comisión que ellos dos.

—¿Midoriya? —Katsuki asiente, pero Shouto suspira y niega con la cabeza. Katsuki gruñe, frustrado. En la ocasión anterior, fue Endeavour, a través de Shouto, quien consiguió la autorización para darle acceso a Izuku al taller. No fue necesaria prácticamente ninguna explicación: «Uno de mis civiles necesita un dispositivo para su Don y es capaz de fabricárselo» bastó para convencer a los miembros de la Comisión.

—No va a ser posible —murmura Endeavour con dificultad.

—No hables —lo reprende Shouto secamente—. Tiene las cuerdas vocales quemadas y la charla de antes lo ha empeorado. La garganta entera, en realidad. Ambos podemos respirar aire muy caliente, pero él no puede enfriarse como yo. —Katsuki asiente, pero su problema no está resuelto. Saca del bolsillo la lista que le ha hecho Izuku de los materiales que necesita. Había pensado que quizá el acceso al taller no era posible, pero contaba con poder entrar y coger lo que fuese necesario, pero Shouto vuelve a negar con la cabeza—. Nos vamos, Katsu. Volvemos a casa. Me ha avisado Yaomomo, acaba de enterarse hace unos minutos. Al final de esta semana, como máximo. Esperarán a mañana por la tarde, quizá pasado mañana a primera hora para anunciarlo oficialmente, pero lo ocurrido hoy ya ha sido televisado. Tal y como habíamos previsto. La Comisión ya ha anunciado que pondrá a Detnerat al frente de la división de objetos de apoyo, porque se han detectado numerosos incidentes con artilugios de fabricación casera durante las últimas semanas, en ausencia de los héroes.

—¡Mierda! —maldice Katsuki, que ve que el tiempo se les escapa de las manos.

—Querrán hacer una ceremonia antes de mandar a los civiles a casa, algo que pueda salir por la televisión. Propaganda gubernamental. Seguramente condecoren gente y honren a las tropas civiles. Queda bien en pantalla.

—Eso puede ser justo lo que necesitamos —murmura Katsuki para sí mismo, pensativo. Shouto lo mira con un gesto inquisitivo—. ¿Puedes avisar al resto de que necesitamos hablar? Tengo… en realidad, él tiene un plan. El nerd. Izuku. Midoriya. Y creo que puede funcionar. Pero necesitamos esto. Bueno, el nerd lo necesita. —Shouto coge la lista y la lee atentamente, asintiendo mientras lo hace.

—No podemos pedir un taller. No hay razón para que lo hagamos, ya no tenemos un conflicto en ciernes y sí una empresa que desea dominar el mercado —dice Shouto cuando termina de leer. Katsuki frunce el ceño, pero no le da tiempo a maldecir—. Pero no dudo que Yaomomo puede conseguirnos esto.

—Joder, no se me ocurrió pensar en eso.

—Katsu… —Shouto duda y Katsuki sabe por su tono y la expresión que puede ver a través de las vendas de su rostro que va a hacerle una pregunta personal—. ¿Esto es porque Midoriya te gusta?

—No sé qué tiene que ver eso ahora —responde Katsuki, que lleva semanas, desde antes del desastre de Musutafu, intentando activamente no pensar en ello.

—Estuviste de un humor terrible el tiempo que no ha estado. Ahora ha vuelto y pareces lleno de energía otra vez… Entusiasmado. Ya sospechaba que le tenías un aprecio especial, pero…

—¡No voy a hablar contigo de eso, mierda! Es sólo que el nerd le da demasiadas vueltas a las cosas y ha tenido una idea que puede funcionar y solucionar toda esta mierda, o al menos intentarlo.

—Está bien si te gusta, Katsu —dice Shouto, paciente.

—¡Vete a la mierda! ¡Y deja de llamarme así! —Airado, Katsuki se da media vuelta para salir de la habitación, pero Shouto lo detiene sujetándole de un brazo.

—Está bien, lo siento. No debí haber preguntado. Sólo… Quería asegurarme de que estás manejando bien todo este asunto y estás siendo objetivo.

—¡Ni siquiera te he contado la idea!

—No. Pero si la apoyas, no puede ser mala. Confío en ti, Katsu. Hagamos una cosa. —Shouto fotografía con su teléfono la lista de Izuku y teclea rápidamente en su teléfono. No tarda en pitar de vuelta. Lo interrumpe el sistema de megafonía del complejo, anunciando que las luces se apagarán en unos pocos minutos y que, al día siguiente, el desayuno se servirá en el comedor con normalidad—. Avisaré a Mirio y Tamaki también y nos lo contáis a todos a la vez.

—¿El material? —El teléfono de Shouto vuelve a sonar en ese momento.

—Yaomomo dice que la lista no es lo suficientemente exacta, pero que con unos pocos datos más puede crearlo todo.

—Que venga a mi cuarto en cuanto pueda, entonces, y hable directamente con el nerd —ordena Katsuki, abandonando inmediatamente la habitación y dejando atrás a un desconcertado Shouto, que resopla y le sigue con la mirada.

.

Han apagado todas las luces del complejo hace casi una hora, pero Hitoshi no puede dormir. Está agotado, más de lo que recuerda haberse sentido nunca. Le duele la cabeza, por el esfuerzo y el uso continuado de su Don, pero también nota los músculos de piernas y brazos resentidos, probablemente debido al agarrotamiento de la tensión y la concentración.

Incómodo, se mueve en busca de una postura mejor, lo cual hace que el colchón cruja, delatando su insomnio. No le preocupa despertar a sus compañeros, porque sabe que ni Sero ni Denki están dormidos. Ninguno de los dos está respirando con esa cadencia tranquila que caracteriza su sueño, y tampoco se oye el ronquido leve, casi un ronroneo, de Sero; ni los suaves resoplidos de Denki, que inspira una cantidad enorme de aire de forma espaciadamente regular. Como él, ellos también deben estar inquietos.

La litera no tarda en crujir de nuevo, y la cabeza de Denki aparece por el borde de la escalerilla, tal como ha supuesto que ocurriría en cuanto el ruido de su colchón ha revelado que seguía despierto. Hitoshi lo observa, incapaz de distinguir los detalles de su rostro más allá del brillo eléctrico de sus ojos amarillos, aunque ya se le ha acostumbrado la vista a la oscuridad, mientras Denki salva el borde de la cama y el colchón se hunde bajo su peso.

—Al mínimo ruido extraño que oiga, juro que os tiro un cubo de agua fría —dice Sero con voz queda y risueña. Hitoshi confirma sus sospechas, no hay rastro de somnolencia en su voz.

—Calla, idiota. —La confianza de Denki con Sero extrañó a Hitoshi la primera vez que los vio interactuar juntos. Denki y el chico moreno, ostensiblemente mayor que ellos, han desarrollado una inusual amistad en las semanas que han pasado juntos.

Hitoshi ha podido observar que se cuentan todo y que no tienen problemas para hablar de cosas personales delante del otro. Ahora tiene más asimilada su estrecha amistad, pero siempre le asombra que Denki no parece tener tapujos para hacer cosas por las que a Hitoshi le costaría decidirse incluso si estuviesen a solas.

Justo como en este momento, que Denki se está deslizando debajo de la sábana de Hitoshi, empujándolo con la cadera para hacerse hueco, sin ningún titubeo.

La cama es estrecha para dos chicos adultos y caben a duras penas, tan cerca el uno del otro que Denki enreda una de sus piernas entre las de Hitoshi y este tiene que pasar un brazo por debajo de la cintura del otro chico. Ambos se quedan quietos, frente a frente, con las narices casi rozándose, cuando Denki termina de acomodarse. Hitoshi siente el calor del cuerpo del chico rubio, intenso, casi una quemazón en las partes de su cuerpo que se rozan, aunque sea a través de la tela de la ropa que usan para dormir. También arde su mano cuando tantea el brazo que Hitoshi tiene encima de la sábana hasta encontrar sus dedos y entrelazarlos con los suyos.

Frunciendo el ceño, Hitoshi lo observa con atención, tratando de distinguir en la oscuridad las facciones de Denki para saber si está bien. Está preocupado por él. Han estado entrenando durante varias horas, interrumpidos sólo por Midoriya y Bakugou cuando han llegado con la cena y después, de nuevo por ellos, cuando han entrado en el dormitorio como un vendaval. Midoriya apenas ha tenido tiempo de explicarles con exactitud su idea mientras Sero iba a por las chicas, porque enseguida ha sonado la megafonía avisando del apagado de luces, así que ha tenido que exponerles los puntos más relevantes en la oscuridad, lo suficiente para que todos tengan algo que pensar durante la noche. Todos menos Denki, claro.

«Me apunto», ha dicho, sin vacilar, en cuanto Midoriya ha expuesto que tenía una idea, antes incluso de que Sero hubiese podido ir en busca de las chicas. Lo había dicho a la vez que se frotaba las sienes con una expresión de molestia, probablemente debido a que Hitoshi había roto el vínculo de su lavado cerebral de forma brusca, sobresaltado por la irrupción en el dormitorio. Todavía preocupado por el bienestar de Denki, Hitoshi ha escuchado el resumen de Midoriya y también había asentido antes de que las chicas llegasen, porque él tampoco se ha quedado muy conforme con la conclusión de la conversación anterior, determinados a no hacer absolutamente nada con un tema tan grave.

Sero, Uraraka y Hatsume han tardado un poco más en asentir una vez Midoriya ha vuelto a comenzar su explicación, pero Hitoshi comprende su conflicto interno. Sero fue el primero que protestó cuando los héroes decidieron no hacer nada con la información que les habían dado y es una persona noble y valiente, así que sólo ha necesitado un poco de espacio para decidir participar en el plan con una sonrisa decidida. Hatsume y Uraraka han escuchado a Midoriya y luego han asentido con una lealtad inquebrantable. Hitoshi envidia un poco esa lealtad que, además, puede ver que es recíproca. Aunque, ahora, esa envidia por haberse sentido solo durante su vida, sin tener a alguien como Hatsume, se disipa por la forma en la que Denki lo mira en la oscuridad, sin dejar de sonreír, con la misma lealtad con la que ha reaccionado al plan de Midoriya en la parte relacionada con el Don de Hitoshi.

«¿Y si la voz importa?», había planteado Midoriya. Hitoshi ha negado con la cabeza, pero Denki, entusiasmado, ha asentido. Cuando Hitoshi ha fruncido el ceño, un poco exasperado, el chico rubio había sonreído con orgullo.

«Me estoy resistiendo porque habíamos pensado que era la mejor forma de enfocar su entrenamiento, pero creo que podría contestar», ha dicho, ignorando las protestas de Hitoshi. «No es necesario elucubrar, podemos probar».

Un poco receloso, todavía con la imagen de Denki frotándose las sienes, Hitoshi había accedido a utilizar su Don en él una vez más, a oscuras, bajo la mirada expectante de los demás, pero no ha dado el resultado esperado por Midoriya. No exactamente, al menos.

«¿Veis? No es posible». En esta ocasión, ha buscado una pregunta más sencilla y menos comprometedora, el nombre de su mejor amigo, dando por hecho que, si se trata de que la otra persona realmente esté dispuesta a responder.

«Todavía. Pero vas a conseguirlo, estoy seguro», ha respondido Denki, y toneladas de confianza en su voz. «Esta vez era diferente, aunque no podía hacerlo, notaba las ganas de contestar».

«A lo mejor era tu deseo, más que su Don», había opinado Hatsume, pero Hitoshi estaba más preocupado por Denki, que volvía a frotarse las sientes.

Hitoshi se ha acercado a él, preocupado, pero sus ojos, que lo han mirado con un brillo insólito, lo han abrumado y no se ha atrevido a cogerle de la mano. Como Midoriya ha entrado de sopetón mientras entrenaban y, cuando se han marchado todos, las luces estaban apagadas, a Hitoshi no le ha dado lugar a disculparse con Denki por haber escogido una pregunta que, aunque despierta su genuina curiosidad, pertenece a los tiempos que el chico decida establecer en su peculiar relación.

«Tiene sentido». Ajeno a las miradas de Hitoshi y Denki, Midoriya había seguido pensando, murmurando para sí mismo al mismo tiempo que Hatsume le ponía en las manos un trozo de papel y un bolígrafo, proporcionados por Yaoyorozu, que acababa de llegar al dormitorio.

«Oh, Izuku sabe todo lo que se pueda saber de los Dones de todo el mundo que conoce, créeme. Se dedica a observarnos constantemente y es capaz de recordar cualquier información que des al respecto», había explicado Hatsume tanto a la heroína como al resto de los héroes, que han vuelto a invadir la habitación, iluminándola débilmente con la linterna de un par de teléfonos móviles. «Es una obsesión, dudo que no tengas un par de páginas en alguno de sus cuadernos más antiguos».

«Quizá si pudieras ordenarle a alguien que diga algo que quiere decir o conteste a alguien que quiere contestar…», había murmurado Midoriya para sí mismo. «Al fin y al cabo, tu Don consiste en controlar mentalmente, así que deberías poder hacer que una persona se comporte como una marioneta. Si tienes límites es porque tu Don no es lo suficientemente fuerte. Los Dones se fortalecen con el uso y llevándolos al límite, así que tendrías que entrenar lo más posible, enfocándote en conseguirlo».

El ofrecimiento de Denki de entrenar con él ya lo había anonadado. El de Midoriya, dispuesto a tratar de ayudarlo a mejorar su Don, lo ha dejado mudo. Midoriya, a quien Hitoshi señaló como inútil, nombrándolo Deku, dispuesto a exponerse a su Don para ayudarlo a entrenarlo, y anotando en su cuaderno todos los detalles posibles acerca de su funcionamiento. Ni siquiera es algo puntual, el hecho de que haya escogido Deku como nombre de héroe dice mucho de él.

Afortunadamente, Hatsume ha salvado la situación recordándole a Izuku cuál debería ser su tarea. Los tres no han tardado en estar inmersos, junto a una de las linternas encendidas, planificando la parte técnica de la idea. Un recuerdo que parece muy lejano, de Hatsume diciéndole en una camioneta que no conoce a Midoriya, lo ha asaltado mientras los observaba trabajar y dibujar en un plano, escuchando apenas a los héroes que discutían la viabilidad de la idea.

Al final, ha sido Shouto quien, ante el emocionado parloteo de todos, cada vez menos cauto para no ser escuchados fuera del dormitorio, ha impuesto la razón y aplazado los demás planes y tareas hasta la mañana. Tan rápido como se ha llenado, el dormitorio se ha vaciado, dejando a los tres chicos descansar y a Hitoshi a solas con sus pensamientos, donde sus emociones acerca de Midoriya pronto han sido reemplazadas por la preocupación por el bienestar de la mente de Denki tras el uso continuado de su Don en él y esa extraña relación que tienen entre ellos y que no sabe bien cómo va a gestionar si la torpedea con los entrenamientos.

—Estaba pensando… —comienza a decir Denki, pero duda en el último momento.

—Eso sí que sería un milagro bacán —se burla Sero. Denki, lejos de ofenderse, se ríe quedamente y lo ignora. Sus dientes blancos relucen en la oscuridad cuando sonríe, rivalizando en brillo con el amarillo chispeante de sus ojos. Su flequillo rubio, apenas sujeto por un par de horquillas para que no le caiga en la frente, también destaca levemente.

—Estaba pensando en nombres de héroes. —Hitoshi entorna los ojos y Denki se apresura a seguir hablando—. Vas a necesitar uno. Todos lo tenemos, te dará suerte.

—Ni siquiera creo que pueda hacer lo que Midoriya espera…

—Claro que sí —lo interrumpe Denki, con un susurro excitado—. Antes he estado a punto. Mañana practicaremos desde que nos despertemos, todo el tiempo. Lo conseguirás, ya verás. —El optimismo de Denki es contagioso. Tanto, que Hitoshi asiente, invadido por el convencimiento del otro chico—. Bien, verás. He pensado en Enigma. —La ceja de Hitoshi se levanta involuntariamente y, al parecer, están lo suficientemente cerca como para que Denki lo vea, incluso a oscuras, porque se apresura a sugerir el siguiente—. ¿Imperio?

—¿Cómo en Harry Potter? —susurra Shinsou, un poco horrorizado.

—Tienes razón, no. ¿Puppet Master?

—Suena a heavy metal.

—Mind Break. —Hitoshi niega levemente, un poco disgustado. Son nombres que transmiten acciones negativas que implican manipular o romper—. ¿Brain Controller?

—Yo estaba pensando… —Denki se calla al momento, expectante, pero Hitoshi duda. Lleva pensándolo desde que han sacado el tema, tras la batalla, pero le suena ridículo, así que no está convencido. Sin embargo, la sonrisa entusiasmada de Denki, brillante en la oscuridad, y la enorme confianza y lealtad que siguen transmitiendo sus ojos, junto a algo más, algo potente que calienta el pecho de Hitoshi, le incitan a seguir hablando—. Mindjack. El mentalista.

—Mindjack —repite Denki, muy despacio, paladeando el alias—. Me gusta. Mindjack. Sí, creo que te pega.

—Todavía no estoy seguro de que quiera…

—No importa. Siempre puedes escoger otro. —Denki sigue mirándolo con intensidad, sonriendo. Hitoshi se lame el labio inferior, un poco abrumado por todo lo que transmite en sus expresiones el chico rubio—. ¿Quieres entrenar un poco antes de dormir?

—Es mejor que descansemos. ¿Cómo… cómo te encuentras?

—Estoy bien.

—Antes he visto que te molestaba la cabeza, que te frotabas las sienes —insiste Hitoshi. Nunca ha visto a alguien reaccionar así tras utilizar su Don. Claro que, hasta ahora, sólo lo ha utilizado en un par de villanos, accidentalmente durante su infancia y en Midoriya y algunos compañeros más durante el festival deportivo. Ninguno durante tanto tiempo seguido y todas ellas personas que estaban demasiado cabreadas como para preguntarles después por los posibles efectos secundarios, de habérsele ocurrido—. Lo siento mucho. ¿Te duele la cabeza?

—Es… una sensación extraña —admite Denki, en tono tranquilizador—. Como si alguien te tocase el cerebro con un dedo y empujase levemente. No, no es una descripción muy adecuada, suena más pegajoso de lo que es. Más bien sientes un vacío interior, pero la cabeza llena. No, no me duele, sólo es desconcertante —se apresura a asegurar cuando Hitoshi abre la boca para insistir en su pregunta.

—Lo siento. No ha sido buena idea.

—No digas tonterías. Vamos a seguir entrenando, tienes que fortalecer tu Don —dice Denki, determinado. Hitoshi aprieta los labios, pero Denki sonríe—. Estoy bien, ¿de acuerdo? Va todo bien. Ha funcionado mejor esta última vez. —Hitoshi levanta las cejas, interesado—. Cuando me has preguntado cómo se llama mi mejor amigo, había una parte de mí que sí quería contestar y ha estado a punto de hacerlo, aunque no haya podido. Es extraño, tu Don. Creo que Midoriya tiene razón y si lo fortaleces un poco más…

—Midoriya quiere disociar la voz de la orden —murmura Hitoshi, pensativo.

—Entonces, quizá mañana deberías hacer la pregunta en voz alta, pero dar la orden con la mente.

—O debería preguntarte Sero a la vez que yo te ordeno responder, para disociar la pregunta de la orden —dice Hitoshi, sin molestarse en explicar que la orden, aunque él la verbalice por una mera cuestión de falta de costumbre, es trabajo del Don, no de la voz.

—Podemos intentarlo ahora —propone Denki, pero Hitoshi vuelve a negar, aunque imagina que Sero está despierto todavía. Sin embargo, este no habla, quizá para concederles intimidad—. Al final no he contestado a tu pregunta —añade, aunque en su rostro desvaído por la oscuridad no se refleja más que una sonrisa leve y excitada.

—En realidad, no debía haber preguntado eso. —Denki hace ademán de llevarle la contraria de nuevo, pero Hitoshi ha pensado sobre ello—. Sé que era una buena pregunta, pero podría haber fastidiado… haberlo fastidiado. Esto. Lo que quiera que sea. No quería estropearlo, pero no lo pensé.

—No lo has fastidiado —lo tranquiliza Denki—. De hecho, puedes volver a preguntarme. Sin Don —aclara, aunque Hitoshi no lo necesitaba, lo ha comprendido perfectamente.

—¿Quieres que te pregunte?

—Más bien quiero contestarte. —Incluso en la oscuridad, el tono avergonzado de Denki y su sonrisa blanca le hacen saber a Hitoshi que este se ha sonrojado, independientemente de la valentía de sus palabras.

Hitoshi traga saliva. Es consciente de la trascendencia del momento. La presencia de Sero en la parte de abajo, que por su respiración sigue sin dar muestras de estar dormido, lo hace todo más extraño, pero a Denki nunca parecen importarle esas cosas, igual que no parece importarle cogerle de la mano, aunque haya más gente delante, o buscar estar a su lado constantemente.

—¿Por qué me coges de la mano, Denki?

—Porque me gustas —susurra el chico, con la voz estrangulada por la emoción.

La oscuridad le impide a Hitoshi ver claramente la panoplia de emociones que Denki suele mostrar y eso, a pesar de que le parecía mareante apenas unos días antes, es algo que echa en falta. El flequillo rubio, que ha escapado de la sujeción de las horquillas que lo sostenían, hace cosquillas en la frente a Hitoshi cuando Denki salva la escasa distancia que los separa muy despacio y posa sus labios sobre los de Hitoshi. Se demora en ellos varios segundos, sin moverse. Sus labios son cálidos y arden al contacto de los de Hitoshi, que nunca ha sido más consciente de su sentido del tacto y de las sensaciones que despierta en su piel. Al apartarse, Denki se queda más cerca que antes. El aliento con olor a dentífrico mentolado de Denki se mezcla con el de Hitoshi y acaricia su nariz y mejillas con calidez.

—Me gustas mucho, Hitoshi Shinsou —repite Denki. Sonríe, aunque está tan cerca que Hitoshi no puede verle la boca, sólo los brillantes ojos amarillos que chispean con la misma emoción que él siente en su estómago y pecho.

A Hitoshi también le gusta Denki. Desde que le trajo a la habitación el tsukune con teriyaki que había apartado de su propio plato. Desde que, a pesar de escuchar qué le había hecho a Midoriya, no lo había culpado ni se había apartado. Desde que le dijo que le parecía una persona estupenda y le aconsejó hablar con Midoriya. Desde que le besó en la mejilla, aliviado por encontrarlo sano y salvo. Desde que entrelazó sus dedos con los de Hitoshi, transmitiéndole su enorme cariño con franqueza.

—Todavía no he hablado con Midoriya. Para disculparme —dice Hitoshi repentinamente, al recordarlo. En la cama de abajo se oye la risa sofocada de Sero, pero Hitoshi lo ignora, porque le preocupa no haber seguido el consejo de Denki y que este lo juzgue ahora.

—Admito que no es lo que esperaba oír ahora. —Denki también se está riendo y no parece enfadado por lo abrupto de su cambio de tema.

—Quiero decir que todavía no me he disculpado con él. No… Tú… Tú crees que soy buena persona, pero todavía no he hablado con Midoriya para disculparme.

—Eres buena persona, Hitoshi. —«Incluso a pesar del Don que tengo. A pesar de mis errores», piensa Hitoshi, emocionado.

No sabe cómo Denki es hábil para transmitir su optimismo tan bien y admira su capacidad de pensar bien de todo el mundo con tanta facilidad. Si no le hubiese visto utilizar su electricidad, habría pensado que su Don consiste en eso, precisamente. Aunque quizá, igual que Bakugou parece explotar cada vez que habla, Denki se desliza por su entorno como la electricidad a través del ambiente, electrizando a todos los que le rodean.

—Tú también me gustas —dice finalmente Hitoshi, dándose cuenta de que lo ha pensado, pero no lo ha dicho en voz alta.

Denki vuelve a tomar la iniciativa para darle un beso. Esta vez es más largo, más profundo y un poco más húmedo. La lengua de Denki es suave y fresca, quizá por el dentífrico, cuando lame la de Hitoshi, pero despierta un calor en el interior de Hitoshi que se extiende hasta la punta de los dedos de las manos y los pies. En el pecho, la sensación de aleteo de mariposas de la que tanta gente ha hablado a su alrededor y que él nunca había llegado a sentir y mucho menos comprender, hace que se sienta tan lleno que casi le cuesta coger aire.

No es consciente de cuánto tiempo transcurre mientras se están besando, pero sí que todos sus problemas para dormir desaparecen y, en algún momento, las piernas de ambos se enredan aún más, estrechando el contacto, los resoplidos satisfechos de Denki acarician sus mejillas y se acompasan con la respiración de Hitoshi, las manos de ambos buscan la espalda del otro para acariciarla y acercarse y, a pesar de lo estrecho de la cama, ambos descansan mucho mejor que cualquier otra noche anterior.

.

Izuku trabaja con determinación. La habitación de Katsuki, como la de los chicos, también tiene la luz apagada. El complejo funciona de forma similar a un hospital, sin luces independientes en cada habitación, pero Yaoyorozu ha sido previsora y, además de todo lo que le ha proporcionado a Izuku, ha incluido una potente lámpara que ahora ilumina con un amplio círculo de luz blanca el estrecho escritorio donde este está enfrascado con sus herramientas.

El espacio del dormitorio es más pequeño de lo habitual, porque la totalidad de materiales que Izuku le ha pedido a Yaoyorozu, muchos más que los iniciales de la lista que le había proporcionado inicialmente a Katsuki, están marcados con números y desperdigados por el suelo a falta de sitio en la mesa. A pesar del aparente desorden, están cuidadosamente colocados y, cuando Izuku se levanta a por alguno de ellos o se lo pide a Katsuki, sabe exactamente dónde lo ha depositado.

La parte más complicada ha sido convencer a los héroes profesionales. Katsuki se ha empleado a fondo, exasperado cuando ellos han puesto los mismos inconvenientes que inicialmente le puso él a Izuku, pero al final han accedido, creyendo genuinamente en la viabilidad de la idea de Izuku. Aliviado, Katsuki no ha respirado tranquilo hasta que ha conseguido convencerlos.

Ahora, tumbado en la cama, Katsuki aprovecha para observar a Izuku. Él no tiene nada más que hacer. Con el complejo a oscuras, ni siquiera puede desahogarse entrenando. Odia las esperas, sobre todo aquellas que son inevitables.

Apenas puede ver la parte derecha del rostro de Izuku, iluminado por el círculo de luz. Sus ojos concentrados hacen que la frente se le arrugue y unos pocos mechones de pelo se le adhieren a las orejas, húmedos por el sudor. Se muerde el labio inferior, sobre todo cuando coge uno de los diminutos destornilladores de su apreciado estuche y las piezas, que parecen todavía más pequeñas entre sus dedos. Katsuki está convencido de que a él se le romperían o perderían. Sin embargo, Izuku trabaja con habilidad y concentración, con una determinación que ya ha podido observar en los entrenamientos que ha compartido con él. Enfoca el ensamblaje de cada una de las piezas como un reto, igual que sacarle a él del tatami o dominar una técnica con su guante.

Sus rizos verdes brillan también con intensidad, pero Katsuki no puede apartar la vista de la boca de Izuku. Es lo más expresivo que ha visto nunca. Tan pronto se muerde el labio como lo lame con la lengua, humedeciéndolo frecuentemente. Son rojos, están llenos y sonríen, incluso cuando está concentrado trabajando. A veces se ve la punta de su lengua asomar por la comisura del labio, y entonces vuelve a lamerlos. Katsuki lucha por mantener su respiración tranquila y a raya, pero la oleada de excitación que le invade el vientre se lo pone muy difícil, así que aparta la vista.

Sin embargo, no hay muchos más sitios donde mirar en la habitación y la figura de Izuku atrae sus ojos una y otra vez.

La espalda, marcada por los pliegues de la enorme camiseta del uniforme de Katsuki (ninguno ha recordado pedirle ropa de su talla), deja ver por el amplio cuello de la prenda los músculos del cuello y los hombros, definidos gracias al entrenamiento al que Katsuki lo ha sometido durante su estancia en el complejo y a la delgadez del chico, que se ha acentuado durante su mes de ausencia. Las mangas le cuelgan, incluso recogidas, por debajo del codo, e Izuku se las aparta con impaciencia cuando le molestan para trabajar. Utiliza el muñón, y en una ocasión los dientes, para ayudarse a realizar tareas que habitualmente habría hecho con ambas manos, pero lejos de frustrarse, parece decidido a encontrar nuevas formas de hacerlo por su cuenta.

Un diminuto tornillo cae sobre la superficie del escritorio, rebota y, tintineando, cae al suelo, rodando hasta perderse de vista. Izuku resopla y se enjuga el sudor de la frente mientras se levanta, con fastidio, pero Katsuki ya se ha adelantado y está recogiendo el tornillo y tendiéndoselo. Al menos, en eso sí le puede ayudar.

—Deberías descansar —dice Katsuki. Izuku, que por un momento ha puesto una expresión extraña en el rostro, niega con la cabeza. Katsuki comprende entonces que el optimismo y la determinación de Izuku también tiene límites, que todavía está acostumbrándose a su nueva situación—. Eh, no pasa nada. A todos se nos caen las cosas de vez en cuando.

—Podría ir más rápido. —Izuku se encoge de hombros y se abraza el muñón, pero no lo hace con hostilidad, sino con tristeza. Katsuki sabe que, por la razón que sea, está evitando el tema de utilizar una prótesis cada vez que alguien lo menciona, así que no dice nada al respecto—. Si al menos tuviese una impresora…

—Podemos avisar a Yaoyorozu si necesitas más material. —Izuku y Yaoyorozu han trabajado un buen rato juntos, diseñando las piezas que este necesitaba. A todos los efectos, la heroína funciona como una impresora humana.

—Tengo todo lo que necesito, en realidad, pero parte del trabajo que haría la impresora tengo que hacerlo a mano y con esto resulta el doble de difícil —protesta Izuku, abrazándose de nuevo el muñón.

Katsuki se queda en silencio, observando cómo Izuku se frota el muñón y luego los ojos, pellizcándose la nariz. Los labios, unos minutos antes brillantes por la humedad de la saliva, ahora parecen resecos y cuarteados y las ojeras se extienden desde sus ojos verdes hasta los pómulos.

—Es muy tarde. Descansa, nerd. Seguirás mañana por la mañana. —Izuku mira la cama, cuyas sábanas están arrugadas y descolocadas porque Katsuki ha estado tumbado encima de ellas todo el rato. Ahora Katsuki se arrepiente de no haber ofrecido su ayuda antes, suponiendo que si Izuku la precisaba la pediría en primer lugar—. Yo dormiré…

La verdad es que no hay otro sitio donde dormir. La cama es estándar, del mismo tamaño que las de las literas de las otras habitaciones, pero a Katsuki se le queda pequeña. Para Izuku es suficiente y la necesita más que él, pero el suelo está lleno de las piezas y herramientas de Izuku.

—Prefiero terminar. Así podremos probarlo cuantos antes y empezar a entrenar con ello. Aunque... todavía no tengo con qué programarlo, necesitaré pedir a Hatsume su teléfono.

—¿Su teléfono?

—Sé que tiene varias aplicaciones de programación de código. Son básicas, pero bastarán por ahora. No tengo ningún ordenador y, aunque en mi teléfono tenía las mismas aplicaciones, no lo tengo desde… —Desde el ataque al complejo de Musutafu, Katsuki lo recuerda bien, aunque Izuku no termine la frase.

—¿No te bastaría el mío? —pregunta, sorteando los obstáculos para llegar hasta la pequeña taquilla metálica que hace las veces de armario y rebuscar hasta encontrar su teléfono móvil. Apenas lo mira desde que está en el complejo, más que para escribir a sus padres o a Eijiro de vez en cuando y tranquilizarlos. Ahora tiene un buen puñado de llamadas y mensajes de ellos, seguramente preocupados por las noticias, pero los ignora, tendiendo el teléfono a Izuku.

—Las aplicaciones cuestan dinero. —Izuku se sonroja y niega con la cabeza.

—Ese no es problema. Dime cuáles son y voy instalándolas mientras tú terminas de trabajar —dice Katsuki. Izuku parece dudar, pero asiente.

Se vuelve a sentar en el escritorio y le va indicando las aplicaciones que debe instalar. Katsuki, de pie a su lado, resistiendo la tentación de moverse a su alrededor, sigue sus instrucciones, configurando algunas de las aplicaciones y tecleando algunos mensajes en respuesta, un poco arrepentido por no haberse acordado de su teléfono antes.

Observa que, a pesar de lo que había creído inicialmente y de que Izuku se apaña como puede, sí es cierto que se frustra cada vez que no puede utilizar ambas manos. Sin decir nada, comienza a ayudarlo a sostener el artefacto que está fabricando cuando Izuku tiene que acoplar, pegar o atornillar piezas. Está tan cerca de él que puede oler el champú neutro que utilizan en el complejo para ducharse, y sentir el calor de su cuerpo a través de la ropa allí donde sus cuerpos se rozan cada vez que se asoma por encima de él o por un lateral para sostenerle una pieza o poner el dedo en un trozo de plástico y metal e impedir que se mueva mientras Izuku trabaja en él.

—Podrías haber pedido el material para ti —dice Katsuki en voz baja unas horas más tarde. Han trabajado en silencio, interrumpido sólo por Izuku para pedirle materiales o herramientas o agradecerle puntualmente la ayuda, pero ahora el suelo está despejado y todo el material que unas horas antes ocupaba el suelo de la habitación ahora está condensado en un objeto más pequeño de lo que Katsuki había imaginado con todo el material que ha requerido.

Izuku levanta la cabeza del teléfono de Katsuki, que está utilizando para programar el código del software que va a ir en el objeto. Se muerde el labio, una vez más, y Katsuki piensa, levemente cabreado, que si vuelve a hacer eso antes de contestar una pregunta suya, es capaz de utilizar sus propios dientes para mordérselo. Afortunadamente, Izuku está concentrado, ajeno al tren de pensamientos de Katsuki, porque se frota el muñón una vez más, pensativo.

—No era prioritario ahora mismo.

—Podrías haberlo pedido igualmente —insiste Katsuki.

—No marcará la diferencia. Esto sí. —Izuku se levanta, nervioso. Katsuki se aparta un paso hacia atrás, para dejarle sitio, pero Izuku no parece saber dónde ir ni para qué se ha levantado, sólo se remueve nervioso.

—Está bien. No volveré a mencionarlo —dice Katsuki, exasperado. El tono brusco no parece molestar a Izuku, que se detiene y vuelve a abrazarse el muñón—. Está amaneciendo. ¿Seguro que no prefieres dormir?

Izuku niega con la cabeza. Duda unos segundos, Katsuki puede verlo en sus ojos y está a punto de insistir, pensando que si lo repite sí aceptará, pero Izuku vuelve a morderse el labio inferior y lamerlo con la lengua, tan rápido que Katsuki casi cree habérselo imaginado en la penumbra de la habitación, iluminada solo por el foco y la escasa luz grisácea que precede al final de la noche. Pero no, ahí está el labio, rojo, lleno, brillante. Un labio que, como la comisura de la boca de Wendy en el libro que su padre Masaru leía a Katsuki cuando era pequeño, parece esperar algo más que sólo una mirada.

No llega a decir nada.

Una vez más, es Izuku quien da un paso adelante, pasando los brazos alrededor de la cintura de Katsuki y escondiendo la cara en el pecho y apretando con fuerza. Y una vez más, a Katsuki no le da tiempo a corresponder, porque Izuku le ha pillado desprevenido. Cuando por fin consigue enviar la orden a sus brazos de envolver al chico con las manos y no soltarlo hasta que el peso que siente en el pecho se haya desvanecido, Izuku se ha separado un paso de él, sonrojado, mordiéndose el labio, frotándose el muñón, toda la sucesión de movimientos que Katsuki ya conoce y tiene aprendidos de memoria.

—¿Qué haces, nerd? —pregunta en cambio, en modo defensivo automático. No sabe por qué reacciona así, aunque la verdad es que nunca se ha visto en una tesitura similar. Izuku se encoge de hombros, ruborizado y cabizbajo. Katsuki pone la mano en su hombro. Izuku levanta la cabeza y Katsuki, con un nudo en la garganta, se arrepiente del tono que ha utilizado, pero es incapaz de salvar la distancia que lo separa de nuevo. Izuku parece comprender, porque sonríe un poco, haciendo que los ojos le brillen a pesar del cansancio.

—Apenas me falta un poco para terminar —murmura Izuku con voz avergonzada, sentándose de nuevo al escritorio y concentrándose en teclear en el teléfono de Katsuki.

Ya ha salido el sol cuando Katsuki, que se ha quedado inmóvil, de pie, mirando trabajar a Izuku, incapaz de apartar la vista de él, ve que este se queda dormido sobre la mesa del escritorio, rendido de puro agotamiento, con la cara apoyada en el hueco del codo del brazo derecho. Sucede en unos segundos, pero Katsuki lo contempla en cámara lenta. Izuku ha ido bostezando cada vez más, frotándose los ojos, pasándose el brazo por la frente, hasta que ha caído profundamente dormido, sin transición desde la vigilia hasta el sueño.

Katsuki no se mueve hasta que un resoplido casi inaudible hace que una de las hojas de papel de la mesa vibre.

Primero recoge diligentemente las herramientas de Izuku y las coloca en el estuche de tela. Lo ha examinado tantas veces mientras pensaba en él que conoce de memoria el lugar de cada una de ellas. Lo cierra y lo ata con la tira que las asegura para que no se muevan y lo deja junto al objeto en el cual ha estado trabajando Izuku, para que pueda encontrarlas nada más despertar.

Después. con sumo cuidado para no despertarlo, Katsuki lo carga en brazos. Se sorprende de lo ligero que es. Ha peleado contra él varias veces y sabe que Izuku puede emplear su peso con bastante eficacia, pero en este instante, dormido, parece una dulce y delicada flor, frágil en sus manos con los labios rosados destacando en su rostro ahora que los ojos están cerrados. Katsuki, acostumbrado a levantar pesas y cargar con unas granadas de varios kilos en cada brazo, sostiene el cuerpo exánime de Izuku con la facilidad con la que sujetaría un muñeco. Izuku se acomoda instintivamente entre sus brazos, como un niño pequeño. Con un movimiento mimoso, esconde la cara en el hueco del cuello de Katsuki, que siente su aliento cálido condensarse en finas y diminutas gotas en el músculo de su hombro, y posa la mano derecha en su pecho.

Sosteniéndolo con un brazo bajo las rodillas y otro tras la espalda, Katsuki se queda quieto un par de minutos, estrechándolo contra sí, escuchando los latidos del corazón de Izuku contra los suyos y la cadencia de su respiración tranquila y calmada. Izuku ni siquiera se mueve, de lo agotado que está. Hunde la nariz en sus rizos verdes y aspira, lamentando una vez más la pérdida de su cabello largo por culpa del incendio. Huele al champú neutro, como antes, pero a Katsuki le da igual, porque cree percibir algo más por debajo, algo que es Izuku. Este parece notar algo, pero no se despierta, solo murmura en sueños de manera ininteligible y Katsuki, que se siente culpable por estar abrazándole así cuando unos minutos antes no ha sabido reaccionar a su abrazo, se gira para depositarlo encima del colchón con suavidad.

La luz entra por la ventana sin persiana ni cortinas, pero no despierta a Izuku. Katsuki lo arropa con las sábanas, cubriéndole hasta la barbilla. En sueños, Izuku se gira, se envuelve en las sábanas y se acurruca en posición fetal. Inclinándose hacia él, Katsuki le recoge un mechón, se lo coloca tras la oreja en un gesto ya familiar y después se sienta en el suelo, apoyando la espalda y la nuca en el borde de la cama. Está tan cansado que, a pesar de lo incómodo de la postura, se queda dormido al instante, con una plácida sonrisa, reflejo de la de Izuku, en el rostro.


Nota final: ¿Se puede tener capítulo preferido propio de algo que escribe uno mismo? Porque si se puede, creo que este sería uno de los míos. Pobre Katsuki y su constipado emocional, menos mal que Izuku tiene arrestos. También es que Izuku aquí va un poco como una moto, jajaja, y no le da tiempo a reaccionar nunca. Ains... Estamos a puntito de embarcarnos en las últimas escenas de acción del fic, me da un poco de vértigo.