Disclaimer: De Horikoshi todo, excepto los OCs que no se reconozcan.
Una semana más, aquí vamos. Encauzando el final del arco y prácticamente el de la historia. Se me ha... ¿hecho corto? ¡Qué vértigo! Muchísimas gracias por estar ahí, al otro lado de mi pantalla, leyendo y/o dejando comentarios bonitos, todos ellos.
EL AUTÉNTICO TRABAJO
Un recuerdo que destella en su mente en un fogonazo de terror paraliza a Izuku, superponiendo la imagen del nomu a punto de golpearlo, detenido sólo por el control mental de Shinsou, a la de la enorme mole que ha entrado en la sala, destrozándolo todo a su paso. Abriendo los ojos de par en par, Izuku pierde el aliento durante un instante, horrorizado al ver cómo el monstruo arrasa con facilidad con las personas que estaban junto a la puerta y avanza sin impedimentos hacia el escenario.
—¡Es Yotsubashi! —grita Mei, a nadie en particular, pero es suficiente para sacarlo de su ensimismamiento.
—¿Qué? —Su amiga no le responde, pero Izuku vuelve a mirar a la mole, que ruge cabreada en dirección a la gente que trata de huir de su camino, esta vez buscando los mismos detalles que su amiga ha divisado enseguida gracias a su Don de radar.
La calvicie, la prominente nariz, el rostro anguloso. Todos los rasgos faciales están ahí, excepto el tamaño, que se ha doblado o triplicado, tanto en altura como en envergadura, y la expresión, habitualmente una fría sonrisa de cortés y despectiva educación, transformada en un rictus de furia arrasadora.
Es el CEO de Detnerat. Y va directo hacia ellos. Incluidos Shinsou, Denki y Ochaco, que se han quedado paralizados por la sorpresa y el horror.
—¡Deku! —Por primera vez, Izuku reacciona antes que Katsuki.
Se desprende del brazo con el que este lo ha estado reteniendo a su lado, sujetándolo de forma instintiva cuando se ha desatado el caos y corre hasta el borde del escenario. Salta al suelo con agilidad, rodando para amortiguar la caída y proteger el muñón con el cuerpo y, sin haber trazado siquiera un plan, se tira hacia los pies de Yotsubashi con todo su peso, confiando en tener suficiente fuerza para desestabilizarlo.
No lo consigue, pero sí lo distrae. Al menos durante un segundo, Yotsubashi se tambalea y deja de caminar a grandes zancadas.
Abrazado a su pierna, Izuku mira hacia arriba después de comprobar que, ahora sí, sus amigos han reaccionado y están saltando del escenario para apartarse del camino de Yotsubashi, llevándose a la presidenta de la Comisión con ellos. El hombre, que en persona aparentaba ser algo más alto que en los vídeos de la red y también bastante más calvo, ahora saca varias cabezas a Izuku, mucho más alto incluso que Katsuki o Shouto.
Yotsubashi ruge y, bajo el cuerpo de Izuku, que trata de entorpecerlo, rodeándolo con el brazo derecho y las piernas, alternando estas entre sostenerse firme en su posición y utilizarlas como freno arrastrando los pies por el suelo, los músculos se multiplican de tamaño y el empresario crece más y más. Izuku grita, desesperado, cuando una mano enorme pellizca su brazo derecho y lo levanta en aire con la facilidad de una pluma pese a su férrea oposición. La enorme cara desfigurada del empresario emerge a la vista de Izuku cuando queda a la altura de los ojos del empresario. Lo que más destaca es su prominente nariz, tan larga que casi roza el rostro de Izuku, que aprieta los dientes y se revuelve, tratando de liberarse de su agarre.
—¡Si no dejas de hacer esto, te mataré yo mismo la próxima vez! —Katsuki aparece de pronto a su lado, lanzando una explosión en el rostro del empresario que consigue que este afloje lo suficiente los dedos como para que Katsuki pueda liberar a Izuku y subirlo a su espalda—. ¡Sujétate!
—¡Sí! —Ensordecido por la explosión y con los ojos cerrados para no deslumbrarse con las siguientes, Izuku obedece, abrazando con las piernas la cintura de Katsuki y pasando el brazo derecho por delante de su pecho. Katsuki se mueve con brusquedad en el aire, impulsado por las explosiones de sus granadas, esquivando ágilmente, a pesar del peso extra, los golpes de Yotsubashi.
—¡Se hace grande, pero no es rápido! —grita Izuku, aunque es probable que, dado que su boca está junto al oído de Katsuki, este pueda oírlo perfectamente—. ¡Probablemente, no esté acostumbrado a pelear, así que no puede contrarrestar el peso y volumen de su Don con suficiente velocidad!
—¡Ya lo sé! —vocifera Katsuki, cabreado—. ¡No necesito que me lo digas!
Un par de explosiones más, con menos potencia de lo habitual, hacen comprender a Izuku que Katsuki no está en las condiciones más óptimas para pelear. La sala es enorme, lo cual la hace fría de por sí, ha sufrido el efecto del hielo de Shouto y tiene aire acondicionado, por lo que, aunque Katsuki suda con facilidad y lleva el traje de héroe y las granadas, no ha recogido suficiente sudor en estas como para pelear a plena potencia. Está a punto de gritarle que es mejor que se aparten y elaboren un plan, pero Katsuki, que ha conseguido desorientar por unos instantes a Yotsubashi, ya se está alejando y un segundo después, aterriza detrás del escenario, junto a Ingenium.
—¡Deja de hacer eso! ¡Deja de lanzarte así! —aúlla Katsuki, encarándose a Izuku, nada más tocan el suelo. Izuku abre los ojos de par en par, pero no se amilana y se incorpora todo lo que puede, mirando hacia arriba, a pesar de que su barbilla apenas llega a la altura de los hombros de Katsuki.
—¡Iba a lanzarse sobre mis amigos!
—¡Eso no significa que tú debas lanzarte a por él sin pensar!
—¡No puedes exigirme que no proteja a mis amigos! —protesta Izuku, enfadándose también. La mirada de Katsuki se desvía un momento hacia el muñón de su brazo izquierdo, así que Izuku lo blande delante de él—. ¡No soy un inútil! ¡No lo he sido nunca! ¡Yo también puedo ser un héroe!
—¡No es lo que estoy diciendo, joder!
—¿Qué tal si postergáis la conversación para más tarde? —Shouto aparece a su lado, deslizándose rápidamente sobre el hielo que crea bajo sus pies—. No puedo utilizar el fuego aquí dentro y Yotsubashi es tan fuerte que rompe mi hielo con facilidad.
—¿El primer ministro? —pregunta Ingenium, con tono práctico, ajustándose las gafas para no perderlas cuando active su Don, al mismo tiempo que dirige una mirada curiosa a Izuku.
—Hawks ha alzado el vuelo con él, pero no sé si han conseguido salir. —La gigantesca sala está llena de polvo en suspensión y es un caos de sonido. Como es una habitación sin ventanas, apenas hay luz. Casi toda la iluminación artificial se ha fundido y la niebla de escombros dificulta la visión, aunque Izuku puede ver los destellos de algunos de los focos de las cámaras de televisión moviéndose entre la polvareda. Shouto manda otra barrera de hielo que rodea a varios de los civiles presentes en la ceremonia, dándoles el tiempo justo para escapar antes de que Yotsubashi la destroce con facilidad—. Aunque lo dudo, francamente. Hay que proteger a la gente, la mayor parte son civiles que no han tenido el mismo entrenamiento que nosotros, buscar si hay heridos y evacuar lo antes posible.
—Y parar a ese grandísimo cabronazo —gruñe Katsuki, con el rostro hinchado por la ira, provocando que dos explosiones involuntarias salgan de sus manos.
—Aún tengo el motor izquierdo calado por el hielo —informa Ingenium, que ha estado tratando de arrancar.
—Entonces encárgate de agrupar a todas las personas que puedas y guiarlas a la salida o, al menos, alejarlas de él. Si no podéis salir, dirigíos al fondo, este lugar es lo suficientemente grande como para que podamos retenerlos en esta parte si es necesario —ordena Katsuki. Ingenium asiente, conforme, y sale corriendo del precario refugio que constituye el escenario, esquivando un escombro lanzado por Yotsubashi que rebota en el suelo..
—¿Dónde está Yaomomo? —pregunta Shouto—. Nos vendrían bien ahora mismo unas pocas cuerdas con las que inmovilizarlo. —A Izuku no le pasa desapercibido el destello de dolor que pasa por los ojos de Katsuki tras la máscara, sin duda recordando a su antiguo mentor.
—Si alguno se la encuentra, que se lo diga. —Shouto asiente, sin añadir y crea un suelo deslizante con hielo para marcharse.
—Yo también voy —dice Izuku, sujetando por el brazo a Katsuki cuando este se dispone a seguirlo.
—¡Pues claro que sí, joder! —dice este, y echa a correr hacia Yotsubashi, seguido por Izuku, que trata al mismo tiempo de trazar un plan viable en su cabeza, pues tiene la sensación de que los héroes responden a la situación con el instinto y el entrenamiento—. ¡No te quedes atrás, Deku!
Abrirse paso no es tan sencillo. Yotsubashi se ha desviado de su camino hacia el escenario, probablemente porque ya no queda nadie en él, y está arrasando ahora con las sillas de las primeras filas, ya vacías. Hay gente corriendo, tropezando y tratando de esconderse. Unos metros más allá, las cámaras de televisión siguen grabando y los periodistas gritan por encima del estrépito, sin dejar de informar. Yotsubashi se dirige hacia ellos y Katsuki ruge, tratando de llamar su atención, y se impulsa para ir más rápido, pero el hielo de Shouto llega antes, cercándolo.
—¡Está intentando que vuelva hacia nosotros! —grita Izuku, comprendiendo cuál es la estrategia de Shouto.
—¡Ya lo sé! —responde Katsuki, que se aparta instintivamente cuando una silla plegable, doblada y destrozada, pasa a su lado. Izuku, que lo ha imitado al momento, sin cuestionarse el movimiento, también la esquiva.
Yotsubashi, acosado por los muros helados con los que Shouto intenta redirigirlo, gira un par de veces sobre sí mismo para evaluar la situación. No encuentra salida, pero sí vuelve a crecer tras un grito de rabia que suena tan humano que recuerda a Izuku que no es un nomu, sino una persona con un Don concreto.
La cabeza de Yotsubashi ya llega a rozar el techo de la gigantesca sala y sus manos son tan enormes que parecen capaces de matar a cualquier persona apretándola entre los dedos. Ha aumentado tanto de tamaño, que a pesar de que el espacio es enorme, llena con su sola presencia toda la sección entre el escenario y la sección de prensa. Katsuki se mueve, hacia un lateral, rodeando a Yotsubashi para ayudar a Shouto a acorralar al empresario. Izuku, que sabe que no puede ser de ayuda en ese cometido, mira a su alrededor, buscando a sus amigos por si necesitan ayuda, pero no los encuentra y se maldice por haberlos perdido de vista.
Una breve llamarada, que se congela acto seguido, cortando el paso a Yotsubashi, llama la atención de Izuku, que observa con pasmo cómo el empresario vuelve a aumentar su tamaño de nuevo, aunque esta vez no es tan brusco como la anterior, y una chispa de comprensión se abre paso en su mente.
—¡Crece cuando se enfada! —grita Izuku, corriendo tras Katsuki, que ahora está tratando de acercarse a Yotsubashi sin que este los impacte cada vez que se gira a romper uno de los bloques de hielo de Shouto. Las esquirlas, que se dispersan con fuerza, se clavan en el rostro y el brazo de Izuku cuando le alcanzan, haciéndole daño, pero este las ignora—. ¡Katsuki, escúchame!
—¡Te he oído perfectamente! —«¡Claro! ¡Los audífonos!», recuerda Izuku, aliviado.
Katsuki se detiene y se pone delante de Izuku, de espaldas a él. Apunta cuidadosamente con la granada derecha, utilizando la izquierda para estabilizar el tiro. Cuando dispara, no acierta a Yotsubashi, pero sí hace un gesto de satisfacción cuando un enorme trozo de metal que sostenía los fluorescentes fundidos se desprende del techo, desprendiendo chispas y cristales y golpeando con fuerza en la cabeza calva de Yotsubashi. Este se la frota, atontado, pero no es suficiente para detenerlo.
—Vamos a necesitar algo más grande para dejarlo fuera de juego —dice Katsuki, volviéndose hacia Izuku. Izuku se muerde el labio inferior y abre muchos los ojos, observando la mueca de feroz molestia de Yotsubashi tras el golpe recibido y que, aunque esta vez no está seguro, lo hace parecer un poco más grande.
—¡O algo que lo tranquilice!
—¡Sabía que ya tendrías un plan, nerd! —Un estruendo reverbera en la sala y Katsuki abraza a Izuku, protegiéndolo con su cuerpo de otra lluvia de esquirlas, esta vez de hormigón. Izuku, que sabe que gracias a sus audífonos no necesita gritar para hacerse oír por Katsuki, aprovecha para seguir contándole su idea, susurrando directamente en su oído.
—Si Yaomomo puede fabricar algún tipo de tranquilizante o anestésico… Es posible que lo que provoca el descontrol del Don de Yotsubashi sea el estrés o el enfado. Si es así, es fácil contrarrestar esas hormonas con medicación y anular su Don.
—Está bien —asiente Katsuki—. Tú busca a Yaoyorozu. Es condenadamente inteligente y ha estudiado a fondo la composición de muchas cosas, seguro que tiene algo que pueda servirte. Yo te cubro hasta que la encuentres y le expliques el plan.
—¡Sí! —asiente Izuku, sonriendo con determinación. Su mirada se cruza con la de Katsuki, que también sonríe, pero con malicia y fiereza, la misma expresión que tiene cada vez que tiene que enfrentarse a un villano.
Izuku echa a correr, rodeando la enorme montaña que ya es Yotsubashi mientras Katsuki lo sigue alzando las granadas para realizar fuego de cobertura que haga que el empresario se cohíba en atacarlos. La sala es un caos, pero Izuku decide empezar a buscar por la parte más cercana al escenario. Además de alejarlos de donde los periodistas siguen informando para mantenerlos a salvo mientras trabajan, es la misma zona en la que estaban sus amigos y la propia Yaomomo, así que no deberían estar demasiado lejos. De hecho, incluso si la heroína no está allí, pero encuentra al resto de sus compañeros, a lo mejor el propio Kaminari o Uraraka pueden ayudar a detenerlo coordinando sus Dones en lo que localizan a Yaomomo. Su cabeza bulle de planes alternativos, encontrando combinaciones con los Dones de sus compañeros y de los héroes que los acompañan que podrían contrarrestar a Yotsubashi.
Lo distrae el suelo, que ondea bajo sus pies y lo hace trastabillar.
—¿Qué? —se pregunta, extrañado, y esta vez no hay dudas de que el suelo de concreto se mueve de forma similar a una ola marina, produciendo un efecto visual que obliga a Izuku a parpadear.
Acto seguido, un súbito temblor que estremece todo el edificio lo desestabiliza de nuevo, haciéndolo caer al suelo. Katsuki le ofrece la mano para ayudarlo a levantarse, pero apenas lo ha conseguido cuando el terremoto se repite con fuerza y los derriba a ambos. Un trozo de techo se desprende justo encima de la cabeza de Izuku, que lo ve caer a cámara lenta, incapaz de reaccionar a tiempo y apartarse.
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—¡Espera! —Es todo lo que Hitoshi ha podido gritar cuando Denki lo ha empujado para apartarlo del camino del enorme monstruo en el que se ha convertido el CEO de Detnerat. Ni siquiera consigue reaccionar cuando Yotsubashi alza a Midoriya en su mano.
—¡Muévete! —grita Denki, tirando de su mano—. ¡Hitoshi! ¡Tenemos que movernos!
Hitoshi está a punto de desprenderse de su agarre con un impulso violento, dispuesto a pelear contra la amenaza que es Yotsubashi, pero se detiene cuando ve que Denki no intenta guiarlo hacia la salida o un escondrijo, sino a un punto cercano al estrado, medio destrozado, donde varios militares, los pocos que había en el acto, han rodeado a la presidenta de la Comisión tras alejarla varios metros de Yotsubashi.
Corriendo tras Denki, ellos y las chicas se refugian en un rincón del escenario, sin poder alejarse más del empresario, que está en medio del lugar que deberían cruzar para poder salir de la sala o ser de utilidad a quienes están al otro lado. Entre la neblina provocada por el polvo, puede ver a la gente del otro extremo, borrosa, que sí pueden alejarse, rodeando por detrás a Yotsubashi, impelidos por el grupo de militares. El empresario, que parece más grande que unos segundos antes, ruge algo que resulta ininteligible por el ruido que hay.
—Hay que hacer algo —dice Denki, determinado. Alza el brazo, dispuesto a soltar una fuerte descarga eléctrica en Yotsubashi, pero Hatsume lo detiene sujetándole la muñeca antes de que lo haga.
—¡No!
—Pero…
—Espera. No actúes sin pensar. —Al lado de Hatsume, Uraraka asiente, mostrándose de acuerdo con su amiga. Denki aprieta los labios, frustrado, así que Hitoshi entrelaza los dedos de su mano con la de él, buscando tranquilizarlo, pues él tampoco considera que sea la mejor idea ahora mismo.
Al menos, la presidenta Shimizu sigue bajo el control de su Don, aunque todo haya estallado en caos. Hitoshi la busca con la mirada, preocupado porque los militares o el propio Yotsubashi la golpeen. No la siente lejos, porque el vínculo está nítido en su mente y la ira que esta siente es muy potente. La localiza a un menos de una decena de metros, todavía entre los militares que la han evacuado del escenario y ahora la escoltan. O mantienen arrestada, no está muy seguro de cuál es la situación legal de la presidenta en este momento, pero respira aliviado cuando Yaoyorozu llega junto a los militares. Por la forma en la que se dirige a ellos y estos reaccionan, parece haber tomado el control de la situación.
—Vayamos allí —dice Hitoshi, señalando a la heroína—. Con Yaoyorozu. —Las chicas asienten y esta vez es Hitoshi quien tira de la mano de Denki, que a pesar de su arranque de valentía está nervioso, para guiarlo.
—¿Podemos ayudar? —pregunta Denki, ansioso, cuando llegan a la altura de Yaoyorozu. Esta asiente, dando instrucciones a los soldados para que evacúen a la presidenta hacia el otro extremo de la sala, alejándola del CEO de Detnerat, que en estos momentos pelea contra el hielo de Shouto y sigue creciendo aún más en tamaño y fuerza.
—Entendido, Creati. —dice uno de los soldados. Otro de ellos empuja bruscamente a la presidenta, no demasiado fuerte, apenas una palmada en la espalda, para obligarla a moverse en la dirección donde ellos quieren.
—¡No! —grita Hitoshi, pero es demasiado tarde. El golpe ha sido suficiente para que el vínculo mental que tiene sobre ella se desvanezca. La ira que la mujer le transmitía se desvanece del interior de Hitoshi, y sus ojos, desenfocados, se aclaran a la vez que una mueca de desprecio se dibuja en su rostro.
En menos de un segundo, Shimizu se ha revuelto, deshaciéndose de la sujeción de los dos militares, sorprendidos por su súbita movilidad, y sale corriendo directa hacia Yotsubashi. Hatsume reacciona con buenos reflejos y extiende una pierna, zancadilleándola para hacerla caer al suelo, y Denki e Hitoshi se lanzan sobre ella al instante.
Con una carcajada, Shimizu planta las palmas de ambas manos en el suelo. Hitoshi se mentaliza para ser sacudido cuando ella forcejee, tratando de librarse de ellos, y se prepara para afianzar la sujeción lo más posible. Sin embargo, pierde el equilibrio. El suelo se deforma bajo las manos de Shimizu, crujiendo con fuerza y creando formas onduladas que hacen que Hitoshi tenga que cerrar los ojos, mareado. El temblor los arroja a él y a Denki a un lado, dejando a Shimizu fuera de su alcance.
Hitoshi no es capaz de calcular cuánto dura el primer terremoto provocado por el Don de Shimizu, pero cuando por fin el suelo se detiene lo suficiente para poder sostenerse sobre las rodillas, el caos a su alrededor se ha duplicado y la presidenta de la Comisión no está a la vista. El suelo tiembla una vez más y todo el edificio cruje. Varios trozos de techo caen al suelo encima de Hitoshi, contribuyendo a la niebla que obstruye la visión y el ruido ensordecedor del pabellón. Instintivamente, se cubre la cabeza con los brazos hasta que el la lluvia de escombros cesa. Levanta el rostro, cubierto de polvo gris y, angustiado, no divisa a Denki por ninguna parte. Tampoco a las chicas ni a la presidenta Shimizu. No muy lejos de él, la gente chilla, asustada. Sólo la forma del CEO de Detnerat es lo suficientemente grande como para destacar entre la nube de polvo que lo rodea. Un puñado de sombras, soldados coordinados por Shouto, pelean contra él y lo mantienen lo suficientemente distraído como para que no siembre el caos en el resto del pabellón.
—Levanta. —Yaoyorozu está a su lado y lo ayuda a incorporarse. Hitoshi tose. El suelo vuelve a temblar, pero ahora están más lejos del epicentro o simplemente es más débil, porque no consigue tirarlos al suelo.
—Denki… —Hitoshi tose de nuevo, nota la boca empastada y llena de polvo de yeso y cemento. Siente las rodillas doloridas por la caída y las piernas le tiemblan, pero no se para a comprobar las posibles lesiones, buscando a su alrededor, desesperado, y tratando de zafarse de Yaoyorozu. Una enorme grieta en el suelo, cerca de donde ha caído, le hace pensar lo peor—. ¡Denki!
—Tranquilo, tranquilo. Está ahí —dice Yaoyorozu, señalándolo. Por fin, la voz de la heroína cala en la mente de Hitoshi, que mira en la dirección que esta le indica. Deja escapar un suspiro de alivio al verlo. No está lejos, ha sido el pánico y la polvareda la que le ha impedido distinguirlo antes. Está ayudando a Uraraka a levantarse y, a su lado, Hatsume tiene el ceño fruncido y otea a su alrededor, forzando a su Don a hacer zoom.
—¡Denki! —lo llama Hitoshi, tosiendo de nuevo, con la voz ahogada y la lengua pastosa. Este lo oye y se acerca a él al instante. Aliviado, Hitoshi abre los brazos para acoger entre ellos a Denki, que acepta el abrazo—. No sabía dónde estabas y me asusté —admite Hitoshi en un susurro.
—Oh, esto no es nada comparado con la Liga de villanos —bromea Denki con optimismo, riéndose, y hace que Hitoshi se maraville por el sentido del humor del otro chico, incluso en una situación así.
—Creo que sólo puede hacerlo con las manos —dice Hatsume, interrumpiéndolos. Ambos chicos se vuelven hacia ella, comprendiendo que se refiere a la presidenta Shimizu. Yaoyorozu asiente, dándole la razón—. Así que no puede huir y hacer terremotos a la vez.
—Tenemos que movernos. Hay que impedir que pueda huir. —Los chicos y chicas asienten, sacudiéndose el polvo de la ropa y disponiéndose a seguir a Yaoyorozu.
—Izuku viene hacia aquí con Dynamight —señala Hatsume antes de que puedan moverse, en dirección a un par de figuras llenas de polvo que se aproximan. Midoriya corre por delante del héroe, que camina de espaldas y dispara explosiones en dirección a la monstruosa figura de Yotsubashi.
—Tienes razón —susurra Hitoshi. A su lado, Denki entrelaza su mano con la de él, dirigiéndole una mirada inquisitiva—. Esto no es nada comparado con la Liga de Villanos.
—¡Ah! —Sonrojado, Denki mira a su alrededor también y luego esboza una sonrisa culpable y preocupada—. Bueno, es que eso lo dije porque te veía un poco nervioso. —A pesar de la situación, Hitoshi resopla, disimulando una carcajada. Uraraka, que los ha escuchado, también se ríe.
La tensión y el miedo que agarrotan los hombros de Hitoshi se disipan. El chute de adrenalina de su cuerpo le despierta los sentidos y, aunque no lo repite en voz alta, la situación le parece mucho más controlada que en las dos peleas contra la Alianza de Villanos en las que Hitoshi ha participado. El CEO de Detnerat es una enorme mole que ha herido a algunos militares, pero se mueve con lentitud y no está acostumbrado a pelear. A pesar de que han tardado un rato en recuperarse de la sorpresa, todavía no ha conseguido alcanzar siquiera la línea de los periodistas.
—Creo que no tiene control sobre sí mismo, al menos no completamente —musita Hitoshi, justo cuando Midoriya y Bakugou llegan a su altura—. Creo… Me parece que intentaba llegar al escenario porque es donde estaba su mujer. Pero es… Como una bestia. Se ha desatado su Don, pero no lo está controlado. Es como si tuviera… —Hitoshi duda de si es miedo y quería salvar a la presidenta Shimizu de sus manos, o enfado por callarla y evitar que pudiera decir más datos comprometedores, así que no dice nada más.
—Lo que le hace crecer es estrés, ira o miedo. Quizá todo a la vez —dice Midoriya, en tono práctico, confirmando las sospechas de Hitoshi. Ambos intercambian una mirada durante un segundo, que Midoriya le devuelve con una sonrisa confiada—. Si conseguimos reducir sus niveles de ansiedad, perderá la forma y fuerza. Yaomomo-san, me preguntaba si podrías…
—Sí, he estudiado a fondo los componentes de varios relajantes musculares, anestésicos y medicamentos similares —interrumpe Yaoyorozu, que ha entendido a Midoriya antes de que este se explique—. Aunque no sé si podremos inyectar suficiente cantidad en algo tan grande. Tardaríamos demasiado tiempo.
—¿Y por vía oral? —propone Hatsume.
—El efecto se retrasaría unos segundos más que vía subdérmica, me temo.
—Pero funcionaría —afirma, más que pregunta, Bakugou. Yaoyorozu asiente—. Entonces hagámoslo.
—Hay un inconveniente. La presidenta Shimizu —dice Hitoshi. Bakugou se vuelve hacia él, frunciendo el ceño al anticipar la mala noticia—. He perdido el control sobre ella. Ha escapado.
—Los temblores… —pregunta Midoriya, sin terminar la frase.
—Sí —responden Denki, Hatsume, Uraraka e Hitoshi al mismo tiempo. Midoriya se muerde el labio inferior, pensativo, con una expresión de fastidio.
Fastidio. Hitoshi se obliga a contener otro resoplido al reconocer en el gesto la misma conclusión a la que ha llegado él. Comparado con la Alianza de Villanos, incluso con la presidenta fuera de control, esto no lo impresiona. No ahora que ya ha pasado el susto inicial y está pensando con frialdad.
—¡Mierda! —maldice Bakugou, no obstante, y sus ojos rojos chispean con rabia—. Bien. Yaoyorozu, Hatsume, Uraraka, Kaminari y tú vais con Shouto y os encargáis de este cabrón, entonces. Deku y yo iremos a por esa otra traidora.
A Hitoshi no le da tiempo a asentir. Como si estuviesen acostumbrados a hacerlo todo el tiempo, Midoriya se ha sujetado al cuerpo de Bakugou y este ha acelerado llevándoselo consigo y ambos se sumergen en la refriega. Lanza un par de explosiones al CEO de Detnerat al pasar a su lado, y brama algo en dirección a Shouto, que mira hacia donde Hitoshi y los demás están y asiente.
—¡Hitoshi! —Denki llama la atención de Hitoshi, que parpadea, molesto por haberse distraído. Yaoyorozu ya está creando unas capsulas grandes rellenas de líquido que extrae de sus brazos y habla muy deprisa, trazando el plan de acción que van a seguir. Sujetando las cápsulas que la heroína les proporciona, la escuchan con atención.
No es complicado y están listos en apenas unos segundos. Uraraka utiliza su Don en Hatsume y ella misma. Denki y él evitan que ambas salgan flotando sujetándolas por la ropa. Shouto, que ya ha sido advertido por Bakugou de que iban a intentar algo, ni siquiera les cuestiona qué van a hacer. Cuando Yaoyorozu le avisa con una voz, ordena a los militares, que han estado acorralando a Yotsubashi para que no pudiera moverse en ninguna dirección, que se retiren hacia atrás.
Hitoshi ajusta su distorsionador de voz alrededor de la mandíbula y da varios pasos hacia él.
—¡Rikida Yotsubashi! —grita con la voz de la presidenta de la Comisión. No las tiene todas consigo, pero les ha parecido buena idea distraerlo así. Al fin y al cabo, iba directo hacia ella cuando ha entrado y sigue siendo su mujer.
Funciona. Por un momento, Yotsubashi se detiene y mira hacia abajo, buscando a Shimizu, entornando los ojos para aguzar la vista. Apenas es perceptible, pero disminuye levemente de tamaño.
—¡Midoriya tenía razón! —dice Denki, que está alzando el dedo índice hacia el techo. En la punta se le empiezan a concentrar varias chispas que recorren su mano como fuegos fatuos—. ¡Si se tranquiliza, deja de crecer!
—¡Ahora! —brama Yaoyorozu.
Desde el punto de vista de Hitoshi, todo ocurre muy rápido en cuanto Yaoyorozu da la orden.
Denki suelta a Uraraka, cierra los ojos y canaliza una descarga eléctrica, la más potente de la que es capaz, en dirección a Yotsubashi, que se estremece con un rugido y aporrea el suelo, haciéndolo temblar, pero sin tanta fuerza como para derribarlos. El rayo de Denki lo ha afectado y hace que varios de sus músculos se estremezcan en espasmos incontrolables, pero Hitoshi no se relaja hasta que Yaoyorozu, cumpliendo su parte del plan, cubre a Denki, que está atontado tras utilizar tanta potencia en su Don, con un escudo que fabrica al instante con la grasa de su pecho.
Esforzándose en no pensar en la vulnerabilidad de Denki tras soltar el rayo, Hitoshi se concentra en sujetar con la bufanda de microfibras uno de los brazos y el cuello de Yotsubashi. No tiene suficiente fuerza para inmovilizarlo, pero gracias a lo aturdido que está tras la descarga de Denki, sí puede entorpecerlo e influir en sus movimientos lo suficiente para facilitar a las chicas, que flotan alrededor de Yotsubashi buscando un buen ángulo de tiro. Hitoshi no puede dejar de notar que, a pesar de que Uraraka la ha aleccionado rápidamente antes de poner en práctica el plan, Hatsume se mueve con torpeza, tratando de nadar en el aire, mientras que la primera se desliza con bastante gracilidad y gesto serio y concentrado, fruto del entrenamiento continuo de su Don durante las últimas semanas.
—¡Tira de él! —pide Hatsume.
Hitoshi obedece, ignorando el cosquilleo del sudor resbalándole por la sien y la mejilla y que no puede enjugarse por tener ambas manos ocupadas en la bufanda. Consigue que Yotsubashi retroceda un paso y brame de nuevo. Uraraka aprovecha la situación, lanzando uno de los cócteles hacia la boca de Yotsubashi, pero se estrella contra su mejilla, empapándola de anestésico. El CEO de Detnerat se detiene y parpadea.
Hitoshi contiene la respiración.
Ahora sí es perceptible la disminución del tamaño. Desconcertado, Yotsubashi se seca el líquido con la mano que tiene libre. Ahora, Hitoshi está seguro de que el descontrol lo proporcionan el estrés o la ansiedad, porque que Yotsubashi se enfoque en el líquido del proyectil fallido está haciendo que cada vez sea más pequeño. Incluso así, todavía sigue siendo enorme, por lo que Hitoshi ajusta las tiras de microfibra, rezando porque el empresario esté lo suficiente descontrolado para no ser capaz de intuir qué están intentando. No está muy seguro de que el crecimiento le haga perder inteligencia y el hombre no se caracteriza por ser tonto.
Hatsume tiene mejor puntería a pesar de estar más lejos. Gracias a su Don, ha podido apuntar con mucha más calma. Igual que en una cámara lenta, Hitoshi ve el frasco, del tamaño de su puño, pero diminuto al lado de Yotsubashi, hacer un arco limpio en dirección a la boca de este, que se cierra con un chasquido al deducir qué planean. Reaccionando con rapidez, Hitoshi libera el extremo de la bufanda con la que estaba sujetándole el brazo y, aferrándola con ambas manos, la une a la que tiene enrollada alrededor del cuello de Yotsubashi, tirando de ella hacia atrás con todas sus fuerzas para estrangularlo.
Justo antes de que el frasco se estrelle contra la cara de Yotsubashi, este boquea de forma instintiva, intentando buscar aire al mismo tiempo que vuelve a crecer.
—¡Sí! —celebran Uraraka y Hatsume cuando el frasco entra, rompiéndose al golpearse dentro de la boca. Yaoyorozu les ha explicado que ha utilizado un compuesto a base de azúcar, similar al que utilizan en los sets de filmación para imitar al vidrio sin riesgos.
«No corta y se deshace con la saliva, funcionará incluso aunque no se rompa». Yaoyorozu lo ha comentado con la normalidad de quien hace este tipo de cosas a menudo, mientras que Hatsume ha expresado su admiración por lo inteligente de la resolución del problema.
Hitoshi libera la bufanda de microfibra durante un instante, el necesario para que Yotsubashi trague saliva, y luego vuelve a cerrar su presa, apretando los dientes en un gesto de triunfo.
Enfurecido, Yotsubashi crece de nuevo. Hitoshi clava los pies en el suelo, utilizando todo su cuerpo como contrapeso para impedir que se mueva, sin demasiado éxito. Al cargar contra el escudo de Yaoyorozu, lo hace con tanto ímpetu que arrastra consigo a Hitoshi. La heroína apoya el escudo en el suelo, delante de ella y Denki, sosteniéndolo con firmeza, sin ceder cuando Yotsubashi lo golpea con fuerza. Uraraka ha cancelado su Don y tanto ella como Hatsume han caído al suelo, rodando para amortiguar la caída, pero la primera está vomitando por el mareo que le provoca el uso continuado de su Don en sí misma y Hatsume no tiene nada que pueda emplear para ayudar a Yaoyorozu ni a Hitoshi.
—¡La bufanda! —le grita Hitoshi, soltando uno de los extremos. Hatsume asiente, comprendiéndolo al instante, y sujeta la tira de microfibra que ha soltado para tirar de ella también, pero el peso y la fuerza combinadas de ambos son suficientes. Yotsubashi descarga un segundo golpe en el escudo y Yaoyorozu chilla de dolor.
—¡Joder! —exclama Hitoshi, frustrado y jadeando por el esfuerzo.
El suelo a su alrededor se hiela justo cuando Yotsubashi levanta el brazo por tercera vez. Crece hasta congelarle el brazo, pero el hielo se rompe con la tensión de los músculos. Otra oleada de hielo lo reemplaza inmediatamente y Shouto se une a Hitoshi y Hatsume, sujetando las tiras de ambos, una con cada mano, uniendo su peso al de ellos.
—¡Está cediendo! —dice Hatsume, con una carcajada. Hitoshi la mira con los ojos desorbitados, pero la chica sigue riendo y tirando de la bufanda—. ¡Funciona, Shinsou! ¡Se está deteniendo!
Aunque consigue romper el hielo una vez más, el tercer golpe no llega a caer sobre el escudo. El decrecimiento de Yotsubashi, casi imperceptible al principio, se acelera en cuanto el efecto del cóctel de medicamentos que ha fabricado Yaoyorozu se extiende por su cuerpo. El brazo con el que iba a golpear cae al suelo, inerme. Hitoshi resbala en el hielo, cayendo al suelo y arrastrando la bufanda consigo, pero ya no es necesaria.
En apenas unos segundos desde que Hatsume ha avisado, Yotsubashi es nada más un hombre alto, con una calvicie notoria y una nariz prominente que parpadea con lentitud, un poco desconcertado y que casi no opone resistencia a la sujeción de Shouto.
—Ha sido un buen trabajo —dice el héroe y, aunque su tono es impasible, Hitoshi es capaz de leer en sus palabras la felicitación implícita. En contraste con su inexpresividad, un bloque de hielo que restalla como una explosión inmoviliza los pies de Yotsubashi. Algunos militares se acercan corriendo, apresurándose a esposarlo con bridas. Hitoshi sospecha que el cóctel de medicamentos, diseñado para una bestia gigantesca, es excesivo para el actual cuerpo humano de Yotsubashi, que más que dócil o aturdido está prácticamente inconsciente.
Hitoshi se pone en pie, recoge la bufanda y la enrolla alrededor de su cuello. A sus pies está el distorsionador que Midoriya le ha fabricado. Roto. Lo ha arrastrado la bufanda consigo, descolocándoselo, y ha caído al suelo con él, saltando en varias piezas. Una sensación de impotencia le invade, porque ha sido realmente útil, pero arrincona sus sentimientos por ello para concentrarse en sus compañeras.
Hatsume está ayudando a Uraraka a levantarse. Yaoyorozu ha dejado caer el escudo al suelo y se sujeta el brazo, jadeando. La forma anómala en la que este se dobla indica que está fracturado. A su lado, justo donde el escudo ha aguantado lo peor del embate de Yotsubashi, Denki babea, con la mirada desenfocada. Sintiéndose culpable por el sacrificio de la heroína, Hitoshi se disculpa.
—Gracias, Yaoyorozu-san —susurra cuando Yaoyorozu le quita importancia.
—Es parte del trabajo de ser una heroína, ¿no? —La sonrisa de Yaoyorozu es brillante y nostálgica—. Se me había olvidado un poco… lo que era estar en medio de la acción. Demasiada oficina en los últimos años.
—Da igual —insiste Hitoshi, sujetando a Denki, que aún está aturdido y balbucea palabras incoherentes, y limpiándole la saliva que le resbala por la comisura del labio con la manga de su camisa—. Gracias por protegerlo aun a costa de tu brazo.
—Mi brazo se curará en un periquete —dice Yaoyorozu, que está generando una tablilla y vendajes. Hatsume, que ha sentado a Uraraka en el suelo con la cabeza entre las rodillas, la ayuda a inmovilizar el brazo adecuadamente hasta que puedan obtener ayuda médica—. Y llámame Yaomomo. Si peleamos juntos y nos cubrimos las espaldas, somos amigos.
—Gracias —dice una vez más Hitoshi, con la voz ahogada. El caos de la sala ha disminuido ahora que Yotsubashi está fuera de combate y sólo hay gritos y jaleo en la puerta de entrada más cercana, la misma que el empresario ha derrumbado al entrar, pero no se ve qué ocurre desde donde están. Hitoshi aprieta los dientes, dudando en si acudir para ayudar, pero Yaoyorozu niega con la cabeza, adivinando sus pensamientos.
—No nos necesitan. Puede tener un Don poderoso, pero la presidenta Shimizu no es un problema para Bakugou. Ni siquiera hemos vuelto a notar un temblor durante el combate. —Hitoshi asiente, abrazando la cintura de Denki para acercarlo más a él. Este sonríe todavía, pero la expresión estúpida de su cara está empezando a desvanecerse, indicando que no tardará en recuperar el control de sí mismo—. Es mejor que ayudemos a las personas que puedan haber resultado heridas por el terremoto o los escombros.
—¿Hitoshi? —pregunta Denki. Suena igual que alguien a quien le han anestesiado la boca en el dentista, pero sus ojos ya tienen lucidez—. ¿Ha salido bien?
—Sí —responde Hitoshi, exhalando un suspiro de alivio—. Ha salido bien. Lo has hecho genial, Denki.
—Bien… —Denki se ríe entre dientes, todavía un poco aturdido—. Es que no me pareció que el rayo lo atontase lo suficiente.
—Fue perfecto. —Hitoshi acerca su rostro al de Denki y lo besa en los labios suavemente—. Lo has hecho genial. Todos lo hemos hecho genial.
—¡Yeah! —dice Denki aún con tono atontado, parpadeando con lentitud. A pesar de la situación, Yaoyorozu, Uraraka y Hatsume sueltan una carcajada. Hasta Hitoshi sonríe cuando Denki, ya dueño de sus propios músculos de nuevo, le devuelve el beso.
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Katsuki e Izuku no tardan en encontrar a Makomo Shimizu. No se ha repetido ningún otro terremoto que pueda ayudarlos a localizarla, pero la intuición de Katsuki le grita que eso es debido a que está tratando de huir.
—¡Va a querer salir de aquí! ¡Hay que avisar a los que están en las puertas! —grita Izuku, para hacerse oír, llegando a la misma conclusión que él.
—¡Ya lo sé! ¡No me digas qué tengo que hacer! —responde Katsuki.
—¡No puede haber traspasado la línea de los periodistas o nos habríamos enterado! —dice Izuku, impasible a su orden.
—¡Ya lo sé, nerd!
Afortunadamente para ellos, las puertas de entrada y salida cumplen también la función de puertas de emergencia, y es lo primero que los militares, policías y miembros de seguridad presentes en el pabellón han asegurado tras la irrupción de Yotsubashi, así que si Shimizu quiere abandonar la sala, va a tener que pasar por delante de todos ellos. Incluido Iida, que está ayudado a coordinar la evacuación del personal civil. Con él están Togata, Sero y Amajiki, que organizan a la gente que sale para que no se apelotonen. Los tres tienen en el rostro un gesto de preocupación.
—¡La presidenta Shimizu! —grita Katsuki en su dirección cuando aterriza junto a ellos. Lo miran con gesto desconcertado—. Ha escapado del control mental de Shinsou y no sabemos dónde está.
—Por aquí no ha pasado —dice Iida al instante, y Katsuki respira aliviado. Aunque Iida trabaje para la Comisión de Seguridad Pública, es un héroe íntegro y no la habría dejado escaparse después de haber oído lo que ha hecho. Fuera del grupo que han formado para desmantelar la conspiración de Shimizu y Yotsubashi, es probablemente el único miembro de la Comisión en el que confiaría.
—¿Esta es la única salida? —pregunta Izuku, queriendo asegurarse. Se está mordiendo el labio inferior y mira hacia el suelo, pensativo. A estas alturas, Katsuki ha aprendido a identificar la expresión y no subestimarla: tiene una idea.
—Sí —confirma Iida—. El resto de puertas siguen bloqueadas, por eso estamos evacuando a la gente por aquí. Pero no he estado aquí todo el tiempo.
—Nosotros hemos llegado al mismo tiempo que el culiao de Detnerat —dice Sero inmediatamente—. No ha salido nadie que no haya sido evacuado por los pacos.
—Hablando de eso… ¿Qué carajos ha ocurrido? —pregunta Katsuki, cabreado. Se suponía que él y Amajiki eran los encargados de mantener a Yotsubashi fuera del pabellón y luego retenerlo cuando las pruebas en su contra fuesen suficientes para arrestarlo.
—Fue cuando estaba hablando por teléfono —informa Amajiki, apesadumbrado—. Todo iba según el plan, pero al colgar tenía abierta una red social donde uno de los medios estaba retransmitiendo en directo. —Katsuki asiente. Contaban con que las interferencias provocadas por Kaminari les diesen tiempo a desarrollar el plan sin interrupciones, pero no impidiese que se retransmitiese. Al contrario, que todo el mundo pudiera verlo era esencial—. Y cuando ha visto lo que estaba ocurriendo…
—El weón se ha puesto nervioso. Y ha empezado a crecer más que la cresta. Nos ha atacado, pero yo he podido aguantar el golpe gracias al «Barricade Tape» —dice Sero, mientras Amajiki asiente para darle la razón. Katsuki esboza una media sonrisa orgullosa, porque ese movimiento lo ha aprendido entrenando contra él—. Suneater ha tratado de contenerlo con sus tentáculos, pero ha habido un momento que ha sido imposible.
—Lo siento mucho. Era demasiado fuerte —murmura Amajiki, pero Togata lo consuela, abrazándolo por los hombros y murmurando algo en su oído.
—Tuvo que soltarlo —explica Sero a Katsuki, con una mueca de resignación—. Su tamaño era cuático y su fuerza… Rompió mis cintas de celofán sin problema cuando intenté retenerlo. Si Amajiki no llega a soltarlo, podría haberle arrancado los tentáculos de cuajo.
—Pretendía hacerla callar. A la presidenta Shimizu —aclara Izuku, todavía pensativo—. Es como suponía, su Don se dispara con el estrés. Pero eso da igual, ya están encargándose de él. Tenemos que impedir que Shimizu huya.
—No puede salir por aquí sin pasar por aquí, salvo que destroce alguna puerta, en cuyo caso la podríamos localizar en cuanto lo intentase —afirma Iida.
—Puede hacerlo. Con el edificio entero, incluso. Provoca algo así como temblores sísmicos con lo que toca —dice Izuku.
—En ese caso, la atraparemos antes de que vaya muy lejos o lo consiga —dicen Iida y Katsuki a la vez. Katsuki mira a Iida, que se ajusta las gafas con el dedo, tan envarado como siempre, y asiente con una sonrisa de camaradería. Cualquiera de los dos puede moverse a más velocidad que una persona corriendo, con ellos dos es imposible que escape.
—Suneater puede organizar el resto de la evacuación —añade Iida en tono pragmático—. En el pabellón sólo quedan militares, tus reclutas y los periodistas. El resto de nosotros podemos empezar a rastrear toda la sala hasta encontrarla.
—No —dice Izuku. Iida lo mira, sorprendido por la determinación del chico. Katsuki aprieta los labios para no burlarse con una carcajada de la cara de estupefacción de su colega.
—Bienvenido al mundo del nerd, cohete —dice, petulante, disfrutando con la expresión de desconcierto de Iida.
—Está desesperada. La hemos puesto en evidencia en público y está intentando huir hacia adelante en lugar de entregarse —añade Izuku, que ni siquiera lo ha escuchado—. Si no ha intentado salir ya es porque no quería irse aún. O bien está elaborando un plan para utilizar la distracción que está provocando su marido a su favor o bien espera que creamos que ha salido de aquí y bajemos la guardia. En cualquier caso, en cuanto vea que Yotsubashi es derrotado, va a intentar salir y tenemos que impedírselo.
—Lo que él diga —dice Katsuki, aguantándose otra carcajada cuando Iida abre y cierra la boca, descolocado por la conclusión de Izuku.
—De acuerdo —asiente Iida, todavía un poco inseguro. Se vuelve hacia los siguientes soldados que escoltan a un par de hombres trajeados y llenos de polvo y, mientras Amajiki les indica hacia dónde deben dirigirse al salir, los hace formar una barrera delante de la puerta, alerta a cualquier intento de fuga.
Katsuki e Izuku miran a su alrededor. Los otros han conseguido dominar la situación, porque de pronto hay menos caos y Yotsubashi está decreciendo. Katsuki sonríe, triunfal, y observa a Izuku, esperando intercambiar una mirada con él para felicitarle por su buena intuición, pero Izuku está serio y concentrado buscando cualquier rastro de la presidenta Shimizu, con los labios apretados y los ojos entrecerrados.
Gracias a eso, reacciona antes que Katsuki. Una cresta formada por el hormigón subyacente del suelo, quebrado por el súbito terremoto que retumba a su alrededor, se eleva hacia ellos a toda velocidad. Izuku salta hacia Katsuki, empujándolo y derribándolo contra el suelo para evitar que los trozos de suelo se le claven en las piernas.
—¡Joder! —masculla Katsuki, cabreado por haberse distraído.
—¡Ahí delante! —grita Izuku echando a correr en paralelo a la cresta que ha formado el pequeño terremoto localizado.
—¡Nerd, espera joder! —Katsuki reacciona unos segundos más tarde que él, pero una vez de pie, gracias a las explosiones, se pone rápidamente a la altura de Izuku.
Saliendo a medias de su escondite entre un montón de escombros, la presidenta Shimizu golpea con una mano en el suelo, provocando otro temblor localizado que se manifiesta en forma de cresta, esta vez mucho más alta, casi tanto como una persona, que va directa hacia Izuku. Este se desestabiliza, a pesar de haberla evitado con facilidad, pero Katsuki ya está a su lado para ayudarle a conservar el equilibrio.
—¡Hay que obligarla a centrarse en nosotros! —grita Izuku, sin mirarle, volviendo a lanzarse contra la presidenta.
Katsuki comprende. Cada ataque que dirija hacia ellos es un ataque que no dirige hacia la puerta, o hacia los periodistas que se interponen entre ellos y el resto del pabellón, así que deja que esta vez Izuku esquive el siguiente ataque por su cuenta, rodando por el suelo, y se lanza también hacia adelante. Un muro de tierra y cemento se levanta delante de él, pero Katsuki, que ya ha acumulado sudor suficiente en las granadas para utilizar las explosiones a plena potencia, lo desintegra en un segundo.
—¡Utiliza los temblores de manera localizada! —grita Izuku.
—¡Ya lo sé! —responde Katsuki, malhumorado, esquivando otra cresta de piedra—. ¡Es una profesional, ¿recuerdas?!
—¿Qué?
—¡Que ella sí ha entrenado su Don, así que no tengas piedad! —Izuku no responde, pero Katsuki ve de reojo que asiente con determinación, saltando antes de que el siguiente ataque le alcance.
Al contrario que Izuku, él no ha olvidado que todas las personas que pertenecen a la Comisión de Héroes se han graduado como héroes, incluso aunque no hayan ejercido o no lo hagan en la actualidad. Como la misma Yaoyorozu, Mera o el propio Iida, desde los puestos administrativos hasta la propia presidencia, todos los puestos de trabajo están ocupados por gente que ha entrenado en las academias o de forma independiente en una agencia. Saben utilizar su Don y tienen estrategias ofensivas o defensivas, aunque no las utilicen a menudo o nunca se encuentren en situación de necesitarlas.
Los ataques que está utilizando la presidenta son tan localizados que el resto de la sala no tiembla, como ha ocurrido al principio, pero es capaz de mantener a ambos a raya. Al menos si continúan peleando desde el suelo. Katsuki considera la idea de elevarse para atacar desde arriba, pero entonces dejaría a Izuku expuesto el tiempo suficiente para sufrir un ataque que no pueda esquivar.
—¡Tienes que atacar desde arriba! —grita Izuku, que también se ha dado cuenta.
—¡Que no me des órdenes! —Con una explosión, destroza un trozo de tierra que ha salido del suelo al lado de Izuku, intentando atraparlo para luego atacarlo con otra cresta. La presidenta, cuyos ojos enrojecidos de rabia transmiten un desprecio que puede ver Katsuki desde su posición, planta las manos en el suelo—. ¡Va a hacer que tiemble todo el edificio otra vez!
Katsuki se lanza hacia Izuku, que se aferra a él sin protestar, y dirige varias explosiones potentes hacia el suelo para impulsarse en el aire. Apenas sus pies han dejado de tocar el suelo, este tiembla con violencia hasta que Togata aparece delante de la presidenta, emergiendo del suelo con un salto. Con la fuerza del impulso de su Don, encaja un puñetazo en la barbilla de la mujer, derribándola hacia atrás. Katsuki aterriza en el suelo inmediatamente, pero cuando llegan a su altura Togata tiene a la presidenta, aturdida por el golpe, inmovilizada y controlada.
—Los temblores no se sienten cuando estás atravesando todo y te da igual cómo se mueva la tierra —explica Togata con sencillez, mirando a Izuku, que mira boquiabierto y lleno de admiración al héroe.
—Cállate e inmovilízala en condiciones. Puedes contarle cómo funciona tu Don más tarde —gruñe Katsuki, malhumorado, pero aliviado de que todo haya terminado por fin.
Togata se vuelve hacia Amajiki, haciéndole un gesto para que él y Sero acudan a asegurar el control sobre la presidenta. Estos se apresuran a acercarse y, gracias al Don del recluta, apenas tardan unos segundos en tener las muñecas y los tobillos de la mujer aprisionados.
—Deberíamos pedirles un supresor de Dones —empieza a decir Amajiki, pensativo, pero un fuerte ruido de pasos que corren por el pasillo lo interrumpe.
Katsuki, como el resto, se vuelven hacia la puerta, preocupados por qué puede ocurrir ahora. Izuku se acerca un poco al cuerpo de Katsuki, pero cierra el puño derecho con determinación, dispuesto a enfrentarse a lo que llegue ahora.
—¡Que nadie se mueva!
—¡A menudas horas, bastardos! —brama Katsuki, cabreado.
Un grupo numeroso de policías, armados con armas de fuego. Katsuki, que no es un experto, no es capaz de distinguir cuán potentes son, pero no necesita hacerlo para saber que un dedo nervioso apretando un gatillo puede suponer un problema para cualquiera de ellos. Cautelosamente, imitando a Sero, Togata y Amajiki, levanta las manos en señal de rendición al mismo tiempo que busca con la mirada a Shouto, Iida o a Yaoyorozu. No ve a la heroína, pero el Shouto está negando con la cabeza y levantando las manos también a unos metros de distancia al mismo tiempo que Iida se acerca a discutir con el que parece el policía al mando de la operación.
—¿En serio van a arrestarnos? —pregunta Katsuki, desabrido, cuando Iida se acerca a ellos con cara de circunstancias, adivinando a qué conclusión han llegado.
—Habéis violado tantas normas que ni yo tengo claro que… —dice el héroe, con la voz impregnada de dudas.
—¡Iida, no me jodas! —grita Katsuki. Shouto, cabizbajo, con el ceño fruncido y los labios apretados, niega con la cabeza—. Dijimos que Shouto y yo asumíamos toda la responsabilidad.
—Habéis salido por la televisión nacional haciendo algo que podría catalogarse de golpe de estado. Es lo que ha alegado el capitán —murmura Iida, con la mirada perdida en un punto indefinido encima del hombro de Katsuki. Este lo conoce lo suficientemente bien como para saber que eso significa que Iida no está de acuerdo con el arresto, pero que no va a impedir que otros cumplan la ley.
—Sabes que no es así.
—Entonces, tendré que explicárselo —dice Iida, recuperando la compostura y ajustándose las gafas sobre el puente de la nariz—. Pero necesito que me pongas las cosas fáciles, Katsuki.
—Las chicas… —Es Izuku el que habla, con la voz impregnada por el pánico—. Shinsou, Kaminari y…
—Están ahí atrás —musita Shouto, levantando el rostro. Ha tendido las manos hacia atrás, dándose media vuelta, para permitir que uno de los policías ajuste una brida alrededor de sus muñecas—. Estaban ayudando a Momo, que estaba herida tras la pelea. Iida, habla con ella y asegúrate de que esté bien —insiste. Katsuki aprueba el movimiento, es lo suficientemente sutil como para no delatar la posición de la heroína, pero no tanto como para que Iida, por literal que pueda ser a veces, no lo capte.
—Me encargaré de ellos ahora mismo —asiente Iida, mirando una última vez a Katsuki con el ceño fruncido, como preguntándose si puede fiarse de él.
—Ve, carajo —le dice, molesto, gruñendo con fastidio cuando ve que Hawks también se está acercando a ellos, escoltado por dos militares, reflejando gravedad en el semblante.
—Chicos…
—Si no vas a…
—¡Katsu! —lo reprende Shouto con voz suave. Katsuki patea el suelo, con rabia
—Son órdenes directas, no podemos desobedecerlas —dice Hawks, sin rastro de su habitual sonrisa optimista.
—¿El primer ministro está bien? —pregunta Iida, un poco ansioso.
—A salvo —asegura Hawks, apretando los labios en una sonrisa apesadumbrada.
Amajiki y Togata también están siendo esposados. Varios policías, que han seguido a Iida, se acercan ahora con Hatsume, Kaminari, Shinsou, Uraraka y Yaoyorozu. Esta última queda libre, en manos de un par de policías que ayudan a evacuarla. Shinsou, que tiene las manos levantadas, está dejando que le quiten la bufanda de Aizawa y el distorsionador de voz que Izuku ha fabricado para él, hecho añicos.
«Ponérselo fácil», piensa Katsuki, con amargura. Izuku tiene su única mano levantada, y sus ojos están abiertos de par en par, más asustado ahora que durante el combate.
Suspirando con resignación, se quita las granadas, las apoya suavemente en el suelo y luego imita a sus compañeros, dejando que le aten las muñecas con una brida. Al menos, piensa, cualquiera de los cuatro con formación profesional puede librarse de ellas fácilmente. Sin embargo, antes de que la idea lo tranquilice, nota un objeto cerrándose sobre su tobillo derecho: un supresor de Don, similar a los que están colocando en la presidenta Shimizu y Yotsubashi.
—Deberíais haber encontrado otra forma —dice Iida a Katsuki cuando este le mira, airado e indignado por el supresor.
—¡No me digas lo que debería haber hecho! Ahora que sabes la verdad es fácil pensar que habrías sido receptivo, pero no es cierto.
—Probablemente tienes razón —admite Iida. Katsuki le enseña los dientes en una mueca fiera, pero lo distrae Izuku, a su lado.
—No es necesario eso, yo no tengo… —No ha terminado la frase, pero es tarde, el policía ha cerrado el supresor en su tobillo derecho, inútil, antes de que pueda explicar que no tiene Don.
—¡No tiene Don, imbéciles! —grita Katsuki, sin poder contenerse. Sin embargo, eso no provoca que se lo quiten—. ¿Es que no habéis escuchado nada?
—Katsu… —repite Shouto.
—Está bien, Katsuki —dice Izuku, sonriendo—. Me están tratando como al resto, ¿no? Para lo bueno y para lo malo.
Sonriendo. Una sonrisa triste, resignada y un tanto arrepentida, pero sonríe para tranquilizar a Izuku. «Y por los Dones que lo consigue», piensa, respirando profundamente.
—¿Es necesario? —pregunta, aun así. Iida aparta la mirada y Hawks asiente con gesto profesional, mordiéndose el interior del labio. Katsuki vuelve a enseñarles los dientes, dispuesto a gritarles otro poco, pero la que ocurre con Izuku vuelve a distraerlo y disipa parte de su enfado, transformándolo en preocupación.
—Señor, sus manos —ordena a Izuku el mismo policía que le ha colocado el supresor que, asustado, tiende la mano derecha y balbucea algo incoherente.
—¡No ves que no tiene mano izquierda, pedazo de inútil! —El policía, sin dudar, amarra la mano derecha de Izuku a su propia mano izquierda, convirtiéndolo así en su prisionero.
Han transcurrido sólo unos minutos, pero el pabellón ya está lleno de militares y policías, incluso algunos hombres en traje que dan órdenes. Y están todos arrestados junto a un adormilado Yotsubashi y una rabiosa Shimizu que los mira con odio. Un cortés toque en el hombro por parte de uno de los policías le indica a Katsuki que quiere que camine hacia la salida. Un buen puñado de policías.
—¿Adónde nos dirigimos? —pregunta uno de los policías de más rango, dirigiéndose directamente a Hawks.
—Al Tártaro. Órdenes expresas del primer ministro. La vista de Katsuki se nubla, viéndolo todo rojo, sin poder creerse que vayan a llevar allí a sus civiles, pero Hawks no le da lugar a protestar—. Sería peligroso para la nación y la democracia permitir que, ahora mismo, ingresen en una cárcel normal.
—¿Y a los héroes y los civiles? —pregunta el policía, asintiendo en conformidad. El corazón de Katsuki, que había empezado a latir a toda velocidad, se ralentiza, provocándole que las sienes le duelan por el chute de adrenalina.
—Los calabozos bastarán por ahora. —El policía asiente de nuevo y hace una seña al resto del escuadrón—. Encárgate de que se hagan los trámites legales necesarios para ello y que se siguen los cauces correctos para no vulnerar su presunción de inocencia. Ingenium, ¿puedes encargarte? Debería regresar con el primer ministro, su escolta no puede dejarlo a solas demasiado tiempo en circunstancias tan volátiles.
Notas del autor y curiosidades.
Sí, el título es The Real Work, de la OST de Mulán xD. Inesperado, ¿eh?
Originalmente, Shindo estaba en la trama, en el bando de los reclutas. Es un personaje que me gusta MUCHÍSIMO, sobre todo por el ShinDeku. La cosa es que aquí el ShinDeku no tenía cabida y esta historia la proyecté al mismo tiempo que otro BKDK, que dudo que llegue a escribir, donde Shindo e Izuku han tenido una relación previa, así que decidí reservármelo para aquella historia. Para cuando tuve que asignarle un Don a la presidenta de la Comisión, decidí que bien podía quedarse con el de Shindo. De hecho, estuvo a punto de llevar el mismo apellido y dar a entender que era su madre, pero me pareció una tontería insustancial y lo acabé descartando. Su nombre viene de un personaje de Kimetsu no Yaiba y su apellido de la mánager del Karasuno de Haikyu.
Nunca había necesitado preguntarme cómo esposar a una persona sin mano o brazo hasta que escribí el final de este capítulo (y esa escena es de las últimas que escribí, jnuto con las del capítulo siguiente). Pues sí, resulta que, al menos en España, se hace así.
