Disclaimer: De Horikoshi todo, excepto los OCs que no se reconozcan.

Hoy os dejo todas las notas al final del capítulo, que pesan un montón para andarlas cargando todo el rato :P. Muchísimas gracias por leer y comentar.


GRATITUD

Izuku ha perdido la noción del tiempo y no sabe qué hora es. Los han despojado de todos sus bienes personales en la puerta de acceso a los calabozos, asegurándose de que no tienen ningún dispositivo de apoyo más. Incluso los audífonos de Katsuki, así como los trajes y objetos de apoyo de los cuatro héroes profesionales y los uniformes de los seis reclutas, relojes, cinturones, joyas y cualquier cosa que se asemeje. Al menos, les han proporcionado unos pantalones y una camiseta de algodón limpios, la celda huele a desinfectante y la temperatura es agradable.

La sensación de que todo ha descarrilado y se ha salido de control no abandona a Izuku. El plan inicial era exponer a Shimizu y a Yotsubashi delante de toda la nación, para neutralizar así el plan de la Comisión de Seguridad Pública y Detnerat, no que todo el mundo creyese que su intención era dar un golpe de estado, como ha oído decir antes de que los arrestasen. Que Shimizu y Yotsubashi hayan desatado sus Dones, comprende Izuku, causando caos y destrucción y poniendo en peligro la vida del primer ministro, no va a ayudar en absoluto a que su iniciativa se perciba de forma positiva.

Una vez arrestado, Izuku no ha podido hablar con Katsuki, ni tampoco con ninguno de sus amigos. Lo cierto es que, más allá del hecho de esposarlos y trasladarlos hasta unos calabozos situados en el mismo edificio donde se ha desarrollado el acto, los agentes de policía los han tratado con respeto durante el trayecto. Los han conducido por el pasillo de celdas, cerrando la puerta tras él, sin permitir que se despida, y lleva desde entonces preocupado por los demás. No sabe dónde están exactamente, pero a juzgar por los ruidos de las puertas y las órdenes amables de los policías que ha escuchado después de que a él lo dejasen en su celda en primer lugar, deduce que no deben estar muy lejos y que la estancia no es demasiado grande.

Sentado en el catre, Izuku apoya la nuca contra la pared. Dos lágrimas más se deslizan silenciosamente por sus mejillas, irritadas por la salinidad de todas las anteriores. En el tobillo, rozándole la piel, se cierra el supresor de Don que le han puesto, igual que al resto.

—¿Izuku? ¿Estás bien? —La voz de Hatsume suena en el pasillo, tentativa, tras un sollozo más fuerte de Izuku.

Al oírla, Izuku se incorpora en el catre, acercándose a la puerta de su celda. Lo cierto es que el calabozo parece más bien improvisado. Quizá haya sido así, alguien con un Don de construcción que trabaje en el complejo. O tal vez sólo pensaban en poder aislar puntual y temporalmente a alguien conflictivo en el propio edificio, no está seguro. O simplemente son antiguos y no tienen uso regular.

Hasta donde sabe, el sitio ni siquiera debe ser un lugar estrictamente militar, sólo un edificio público lo suficientemente grande para acoger un evento de las características que ha organizado la Comisión de Seguridad Pública para licenciar a todos los reclutas. Eso explicaría por qué la celda, aunque dispone de un catre, un lavabo pequeño y un retrete estratégicamente situado para proporcionar intimidad, no está equipada con una puerta blindada. Es más bien una estancia básica y sencilla, más apropiada para albergar provisionalmente prisioneros poco peligrosos que encierros largos.

La puerta es sencilla, de rejas, en contraste con el hormigón que la rodea, y está en un extremo de la celda, que mide apenas unos diez metros cuadrados en total. El espacio entre rejas, que se cruzan perpendicularmente, no es muy grande, pero le permitiría sacar una mano. No lo hace, porque no quiere dar pie a empeorar la situación, pero poder ver el pasillo le alivia un poco la sensación de encierro.

Izuku atisba el pasillo. Desde donde está, puede ver que una de las dos celdas tiene el portón abierto, pero no el interior. En la otra, aferrándose con ambas manos a la reja y una expresión preocupada, está Mei. Para verla, dado que las puertas no están frente a frente, probablemente para dar más intimidad al preso o aislarle, Izuku tiene que encajar la frente entre los barrotes y mirarla de reojo.

—¿Cómo estás? Te he oído llorar —dice su amiga, mostrando su alivio en el rostro al verle.

—Estoy… —La voz de Izuku se rompe, incapaz de continuar. No puede evitar sollozar más fuerte, apartando la cara para limpiarse las lágrimas. Su amiga lo mira con comprensión—. Le prometí a mamá que volvería sano y salvo…

Al menos esta vez, salvo el chichón en la cabeza que se hizo contra All for One y que ya no le duele, no tiene ningún daño físico más. Ni él, ni ninguno de sus amigos. Aunque alberga dudas acerca del hipotético regreso a casa.

—Que volvería… Le dije que… Quería honrar la promesa, honrarla a ella también, pero…—Los sollozos le impiden terminar una frase, así que Izuku cierra los ojos y aprieta la frente contra las rejas, respirando profundamente.

—Izuku, vamos a salir de aquí —dice Mei, que está más tranquila que él, hablando despacio y remarcando las palabras.

Izuku gira la cabeza hacia ella. La ve borrosa, por culpa de las lágrimas que llenan sus ojos. Se las enjuga con el brazo derecho antes de volver a mirarla. Su amiga sonríe tristemente, pero tiene los ojos secos y no hay nada que indique que esté insinuando ningún plan de fuga. Tampoco los interrumpe nadie. Si hay algún guardia vigilándolos, ninguno de ellos puede verlo y no interviene ni les impide hablar entre ellos

—Tú crees que hemos hecho lo correcto, ¿verdad? —Izuku medita la respuesta varios segundos, porque ya no está seguro de nada. Pero después asiente, decidido, recordando la imagen de Musutafu en llamas, otra de Katsuma llorando, una más de Katsuki arrodillado en el asfalto con la chaqueta de Best Jeanist…

—Había que pararlos. Lo que han hecho… Son responsables de la muerte de muchísima gente, han puesto en peligro a todo el país. Podrían habernos matado. A nosotros, nuestra familia, amigos, hogares… A Katsuma… —«Podrían haberlo matado. Y yo no tengo brazo izquierdo por su culpa», piensa, dolido y frustrado.

—Yo también lo creo. Todos los que hemos participado en esto lo creemos. Ingenium y Hawks tampoco parecían contentos con el resultado, pero parecen honrados. Es probable que comprendan…

—Pero el plan era mío. Soy yo quien propuso hacerlo así, mostrarlo al mundo para que nadie pudiera ocultar la verdad —musita Izuku, arrepentido.

—Ni se te ocurra echarte la responsabilidad a las espaldas —advierte Mei, adivinando los remordimientos que torturan a Izuku—. Estamos juntos en esto. Todes. Había que hacerlo, tu plan era bueno y lo hemos hecho. Era lo correcto —repite, tratando de convencerlo.

—Gracias, Mei. Por creer siempre en mí —dice Izuku, emocionado.

—Todo saldrá bien, Izuku. Ya verás. Ten fe. —Mei sonríe, un poco más optimista.

—¿Te das cuenta de que en nuestra relación tú eres la alegre y yo el llorón? —pregunta Izuku, bromeando para aligerar el ambiente. No le apetece pensar ahora en las consecuencias futuras, le basta con las actuales.

—También tú eres el generoso. —Izuku pone los ojos en blanco. Los siente hinchados y doloridos. Con un suspiro cansado, se sienta en el suelo, apoyando la espalda contra la reja—. Yo… No es que no crea en los mismos valores que tú. Es sólo que a veces me cuesta entenderlos como tú lo haces. Tú lo ves siempre claro, eres un faro que brilla con intensidad, al que seguir cuando se trata de justicia. Acuérdate del profesor Watanabe. Tú tenías clara la injusticia mientras yo aún buscaba explicaciones. Haces de mí una mejor persona, Izuku.

—Mei, yo…

—Y ahora vas a ser modesto y humilde, porque encima lo haces sin darte cuenta. Das asco, tío. —La carcajada de Mei reverbera en el pasillo e Izuku se sonroja—. Por eso en el complejo te cogieron cariño tan rápido. El resto estábamos en él en parte por voluntad propia, pero sobre todo porque nos tocaba. Tú estabas porque realmente querías estar allí, de verdad creías que debías ayudar a solucionar todo este entuerto. Por eso eres tan buen héroe.

»No has deshonrado a tu madre, Izuku. Al contrario, has hecho lo correcto, incluso por encima de tu bienestar físico o de lo que el resto pudiéramos pensar. Y lo has hecho sin dejar a nadie atrás ni perjudicar a terceras personas. Has dado más a este país que muchos de sus héroes en todos estos años. No te arrepientas jamás, Izuku, pase lo que pase a partir de ahora.

—Te quiero mucho, Mei —dice Izuku, con otro sollozo agarrotándole garganta, sin saber cómo contestar a su amiga.

—A cambio, yo te hago mejor inventor —responde Mei, en tono ligero, aunque tiene la voz tomada—. La verdad es que es una pena no tener un destornillador para desmontar estos supresores de Don. Estoy segura de que podría mejorarlos. Qué ironía que estén usando en nosotros los dispositivos que ha diseñado la misma empresa cuyas miserias acabamos de exponer en público, ¿verdad? No me parece que Detnerat hiciese un buen trabajo con ellos. Como utilizasen el mismo principio en Gunkanjima, toda esta conspiración ni siquiera les habría hecho falta.

—El propio Yotsubashi admitía en uno de los correos electrónicos que había un fallo crónico en la barrera —recuerda Izuku, sonriendo ante la forma de gestionar la situación de su amiga—. Esto es lo que te hace especial a ti. Eres la mejor inventora que conozco, Mei. Si Detnerat llega a contar contigo en sus filas, habría temblado todo el país.

—Seguramente, ya sabes que cuando me sumerjo en diseñar a mis bebés me olvido de todo y de todos, y no soy consciente de lo que me rodea —asiente Hatsume—. Pero para eso estás tú, para mantenerme los pies en el suelo y anclarme a la realidad. Tú no habrías dejado que me convirtiese en un cómplice de ellos, por mucho talento que tenga.

—Yo también consideré la idea de trabajar para ellos y hacer mis prácticas allí.

—Si llegas a entrar antes de que pasase todo esto, habrías descubierto su plan con esa cabecita tuya, esa intuición asombrosa y tu sentido de la justicia.

—Me sobreestimas demasiado.

—Y tú siempre te subestimas —contraataca Hatsume, pero Izuku sonríe, negando con la cabeza.

—No. Al menos, ya no tanto. —Apretando los labios, piensa una vez más en su madre. En lo que pensará si sale en las noticias expuesto como un terrorista o un villano. En lo angustiada que estará si ha visto lo ocurrido en directo—. Sólo espero que mamá no esté preocupada.

—Tu madre te conoce. Nos conoce a ambos. No dudes que no creerá ni por un momento que hayas hecho algo malo.

—Yo tampoco lo creo —admite Izuku—. Pero no quiero que piense que me ha ocurrido algo malo. Me gustaría poder hablar con ella. Estoy asustado, porque no sé lo que va a pasar, pero… Me siento bien. Me siento un héroe.

La admisión contribuye a que el pecho de Izuku se libere de presión y pueda respirar mejor. Los dos guardan silencio pensativo durante un rato. Izuku cruza las piernas, subiendo el tobillo con el supresor de Don encima de la rodilla para examinarlo mejor. Enseguida, ambos se embarcan en una conversación técnica sobre su composición. Izuku lanza ideas a Mei, ayudándola a analizarlo y aportando ideas para mejorarlo, seguro de que en cuanto regresen a la normalidad, si eso llega a ocurrir, la chica querrá introducir cambios o diseñar uno más eficaz desde cero.

.

La celda es demasiado pequeña. Katsuki la cruza en dos zancadas furiosas en cada dirección, buscando canalizar su rabia de otra forma que no sea despotricar a voces hacia el pasillo e insultar a todos y cada uno de los policías, héroes y políticos que han preferido encerrarlos ahí sin mediar palabra.

«Poner las cosas fáciles», repite para sí mismo como un mantra, buscando convencerse de que Iida ha sido tan sutil en su mensaje como Shouto al avisarle de que hable con Yaoyorozu. «Poner las cosas fáciles», como sinónimo absurdo de reprimir un carácter que sabe que, si bien no es el caso de Iida o de Yaoyorozu, otras personas pueden utilizar en su contra como agresivo, como bien aprendió durante su adolescencia y primeros años de profesión, gracias a Best Jeanist. «Poner las cosas fáciles».

Ya llevan varias horas encerrados en las celdas. No es la primera vez que Katsuki o Shouto se ven privados de su Don. El profesor Aizawa lo borró en algunas ocasiones durante su aprendizaje en la U.A. Siempre, eso sí, de forma breve, tanto tiempo como el solitario héroe pudiese aguantar sin parpadear como máximo. Es un vacío. De pronto, algo que debería estar no está. Una nada indescriptible que se instala en su interior allí donde, desde que tenía cuatro años, siempre ha habido explosión.

Amajiki y Togata, en cambio, no han llegado a experimentarlo nunca. Desde donde está, Katsuki puede escucharlos conversar en voz alta, comparando la desazón que eso les provoca. Resopla al percatarse de que, de todos ellos, el único que no va a notar ninguna diferencia con respecto al supresor, esa incomodidad de que falta algo en su interior, es precisamente Izuku. Irónicamente, un chico sin Don ha ayudado a salvar todo un país lleno de personas con Don que lo discriminaban y por eso ahora ellos han terminado, al menos por ahora, igualados a él.

Y comprende, por fin, algo que Izuku intentaba explicarle. En una sociedad con Dones, no tenerlo es un castigo. No por la mera falta de él, sino porque todo, hasta las condenas penitenciarias, van enfocadas a ello, sin cuestionar la peligrosidad o potencia del Don. O siquiera si lo tiene, como ha sido el caso de Izuku. Si la sociedad considera que la privación del Don es una condena, no tenerlo también lo es. «Una asociación lleva a la otra y genera el prejuicio», piensa Katsuki, frunciendo los labios y entornando los ojos.

—¿Qué diría Fat Gum si nos viese aquí? —pregunta Amajiki cuando la conversación languidece.

Katsuki, que ha estado paseando nervioso por el escaso espacio de la celda, se acerca a la verja de la puerta. Amajiki y Togata están en las dos que tiene frente a él, pero sólo puede ver con claridad a Togata. La forma en la que la voz de Amajiki llega ahogada por el muro de hormigón y el golpeteo suave que se oye, le hacen deducir que ha apoyado la frente en la pared que lo separa de Togata.

—Estaría encerrado con nosotros —responde Togata, tan inasequible al desaliento como Amajiki al optimismo.

Katsuki piensa en qué habría dicho Best Jeanist. Afortunadamente, como iba con su traje de héroe, no llevaba puesta su chaqueta. La ha dejado, junto al resto de pertenencias personales de los demás, como el estuche de Izuku, a salvo en una consigna, esperando recuperarlas más tarde, así que no se la han quitado con el resto de sus pertenencias y las granadas, pero ahora le gustaría tenerla para abrigarse con ella. La temperatura de la celda es agradable, pero el frío que siente en su interior no tiene que ver con ella.

Con un resoplido, Katsuki concluye que Best Jeanist no habría llegado a estar dentro de la celda. La forma de ser del héroe habría hecho que actuase de una forma más similar a Iida o Hawks, llamando a la prudencia y estableciendo planes más diplomáticos.

Aunque duda que hubiera surtido efecto. Se habría alargado, como lo hicieron los entrenamientos a civiles, hasta que la situación desbordase. Es por eso que la diplomacia nunca se le ha dado bien a Katsuki. Prefiere la acción directa. Best Jeanist lo sabía y, a su manera, lo aprobaba, aceptando sus diferencias como elementos enriquecedores.

Lo echa mucho de menos; a pesar de que en su día a día no trabajaban demasiado juntos, el héroe siempre estaba ahí para asesorarlo y aconsejarlo.

—Yo estoy de acuerdo con Mirio. Fat Gum no se habría quedado atrás —responde la voz de Shouto, más lejana que las de los otros dos. Sorprendido, porque no sabía que estaba cerca, Katsuki trata de atisbar por el pasillo, pero no lo ve. Probablemente, por cómo suena, esté en el mismo lado del pasillo que él.

—¿Estás bien? —pregunta, un tanto ansioso, aunque por su tono deduce que es así.

—Sí. —Katsuki oye un murmullo más lejano, y la voz de Shouto contestando. Alguien más está cerca de él. Deseando que sea Izuku, habla en voz alta, para hacerse oír bien.

—¿Quién es?

—Denki Kaminari —responde Shouto, comprendiéndole, como siempre, al instante.

—¿Está bien? —pregunta. Está decepcionado de que no sea Izuku, pero contento por saber de uno de sus reclutas. Se siente responsable de ellos. Y orgulloso. Muy orgulloso.

—Un poco asustado y con malestar por el supresor de Don, pero está bien —asegura Shouto. Katsuki asiente, aunque este no puede verlo, aliviado, porque el bienestar de los chicos y chicas le preocupa más de lo que está dispuesto a admitir. Tanto como el de Izuku, de quien no sabe nada desde que ha visto que lo encerraban en una de las celdas, el primero de todos, y al que no ha vuelto a ver. Estaba cabizbajo y triste, pero su amiga Hatsume estaba cerca de él y confía en que eso le ayude a pasar el mal trago.

—He estado pensando —dice Togata al cabo de un rato. Katsuki levanta la cabeza, atento, pero este no está hablando con él, sino con Amajiki—. No habría que cerrar la agencia. A Fat Gum le habría gustado que tú te la quedases.

—Para eso, tendríamos que salir de aquí. Y no creo que nos vayan a dejar en una buena temporada —responde Amajiki, pesimista. Katsuki pone los ojos en blanco y vuelve a resoplar, esta vez cerciorándose de que los otros dos le oyen. Ambos le ignoran.

—Esto es algo temporal. Estoy seguro.

—Eres demasiado optimista —protesta Amajiki.

—Y tú un pesimista redomado —se burla Togata.

El héroe sigue en la puerta de su celda, sonriendo. Siempre sonríe, a Katsuki a veces le recuerda a All Might. Si alguien hubiese podido sucederlo, de no haber ocurrido lo de Kamino, Lemillion habría sido esa persona. Durante sus primeros años de ejercicio, Katsuki lo había envidiado, consciente de la popularidad del héroe entre la población. Su sonrisa no podía competir con la de Togata al tranquilizar a la gente. No transmitía lo mismo y no era, ni de lejos, similar a la de All Might. Aunque aquellos celos se desvanecieron años atrás. Llegar al puesto número uno del ranking de héroes había contribuido a ello, desde luego.

—Eras su pieza clave, confiaba en ti y eras su mano derecha. Prácticamente ya gestionabas la agencia tú, Tamaki. —Por las palabras de Togata, Katsuki comprende que están retomando una conversación anterior, quizá mantenida durante su propio duelo por el fallecimiento de Fat Gum.

—Yo no podría ser el líder.

—Él querría que tu recogieses su testigo. Tú y Kirishima siempre fuisteis sus predilectos. —Al oír la mención a Eijiro, Katsuki sonríe, nostálgico. Se imagina perfectamente a su amigo poniéndose del lado de Togata, insistiendo a Amajiki también para que acepte.

—Kirishima sí sería un buen líder e imagen de la agencia —dice Amajiki, lo cual hace que Katsuki se ría entre dientes, negando con la cabeza para sí mismo.

—Dudo que Kirishima quisiese regresar —dice Togata—. Y, además, ese no es el punto, Tamaki. Tú eres el héroe que la gente asocia con la agencia de Fat Gum.

—Ni soñéis con que el pelo pincho vuelva —interviene Katsuki, alzando la voz—. Está muy a gusto y feliz con su vida. Yo siempre pensé que acabaría echando esto de menos y volviendo, pero resulta que no.

También echa de menos a Eijiro. Trabajó varios años para Fat Gum, junto con Amajiki, antes de que Togata se uniese a la agencia para sustituir su marcha. Sin embargo, fue el más listo de todos. Tras casarse con Mina, ambos decidieron retirarse de la escena profesional. Poco antes de retirarse, justo después de que Shimizu asumiese la presidencia de la Comisión de seguridad pública, Eijiro había dicho que la nueva dirección de la entidad tras el incidente de Kamino no le agradaba y ahora Katsuki puede corroborar que la intuición de su amigo era, sin duda, acertada.

Aún así, gracias a la relación con el resto de sus amigos y antiguos compañeros de trabajo, ninguno de los dos ha perdido el contacto con el resto. Sin duda, su amistad es más fuerte con Shouto o el propio Katsuki, pero Eijiro y Mina siempre han estado presentes en las reuniones de exalumnos y se han preocupado al ver noticias de misiones complicadas donde alguno estuviese implicado.

Katsuki no ha podido verlo desde que empezó todo, a pesar de que habitualmente quedan los fines de semana, salvo que le corresponda patrullar. La evaluación de Katsuki de las últimas semanas es que su vida consiste en echar de menos: a Izuku, a sus padres, a Eijiro, a Best Jeanist… Cada uno de ellos duele de una forma diferente. Porque a sus padres o a Eijiro y a Mina podrá verlos en algún momento, salvo que todo salga de la peor manera posible. Con Best Jeanist no volverá a estar, pero está seguro de que en algún momento el recuerdo sobrepasará al dolor a la hora de recordarlo. E Izuku…

—Por supuesto que yo estaría contigo —está diciendo Togata. Katsuki se ha perdido parte de la conversación, abstraído en sus pensamientos.

—Si es así… Si tú pones la cara bonita y yo mi Don, podría funcionar. —El pasillo de celdas se queda en silencio unos segundos, estupefacto. Luego, una pequeña risa recorre la estancia, procedente de la celda de Shouto, y paulatinamente se le unen las carcajadas de Katsuki y Togata. Entre las risas, Katsuki oye a Shouto explicarle a Kaminari lo ocurrido, aunque duda que el chaval conozca lo suficiente a Amajiki para entender el chiste.

—¿Acabas de bromear, Tamaki? ¡Acabas de bromear! —Togata ríe más fuerte, celebrando su pequeña victoria.

—Claro que sí. Vamos a salir de aquí —masculla para sí mismo Katsuki, más optimista después de que el ambiente se relaje, dejándose caer en el catre, demasiado pequeño para su estatura.

«Vamos a salir de aquí. Nadie va a impedirme ver a mi familia, a Eijiro o a Izuku», piensa, determinado a defenderse como sea posible de las acusaciones que quieran emplumarles.

.

Desde la celda, Hitoshi puede ver a Uraraka frente a él y sabe por ella que Sero está a su derecha, del mismo lado que él. Ninguno habla. Sí se oyen murmullos en el pasillo que indican que otras personas sí lo están haciendo, pero no sabe si sus compañeros o los policías que los han llevado hasta allí. Ha escuchado con atención, tratando sin éxito de distinguir la voz de Denki.

Preocupado por Denki, Hitoshi se ha dejado caer de espaldas en el catre. No hay mucho que ver en la celda: es individual, tiene un catre con una sábana delgada y limpia, además del retrete y el lavabo. Con el uniforme de color blanco gastado que les han proporcionado, sin la bufanda y el distorsionador de voz que le ha facilitado Midoriya y, sobre todo, sin su Don, se siente un tanto desnudo.

Ni Sero ni Uraraka hablan.

La relación de Hitoshi con Uraraka es extraña, porque siente que la conoce desde hace un mes y no es así. Apenas han cruzado palabra desde que derrotaron a la Alianza de Villanos, después de una torpe presentación, iniciativa de la propia chica, que no lo conocía. Aunque miró de reojo a Midoriya al hacerlo, así que ha deducido que este sí le había hablado de su existencia. Y, al igual que Sero o Denki al principio, no ha parecido desconfiar de él ni estar ofendida por su comportamiento con respecto a su amigo.

Desde el catre apenas puede ver a la chica salvo que esta se asome a la puerta, pero la última vez que Hitoshi miró, Uraraka estaba sentada a los pies del colchón, mirándose las palmas de las manos con expresión seria.

Sabe cómo se siente.

La sensación es extraña. Nunca se había cuestionado cómo funcionan los supresores de Dones que ha visto en algunos de los villanos que aparecen en las noticias, después de que un héroe o heroína los capture y ahora se pregunta si es así como Midoriya se siente todo el tiempo.

Vacío.

Es una percepción más que algo tangible, porque su Don no se manifiesta físicamente. Supone que Sero no ha perdido los dispensadores de sus codos, igual que Uraraka sigue teniendo las yemas de sus dedos, pero a los tres les falta algo. Hitoshi no está acostumbrado a utilizar su Don, pero este siempre está ahí, latente. Puede sentirlo si se concentra en él, no sólo cuando alguien responde una pregunta y su voluntad queda expuesta al control de Hitoshi. Igual que no piensa a menudo en su estómago, pero si se detiene a escucharlo cuando tiene hambre puede escucharlo crepitar.

Ahora, de pronto, no hay forma de encontrar lo que debería estar ahí. Es similar a un picor molesto, sólo que está en un lugar tan recóndito que no hay manera de alcanzarlo y aliviarlo. O no está y es esa ausencia lo que lo hace más incómodo.

Los supresores de Dones, Hitoshi lo sabe bien, porque siguió con una mezcla de interés y miedo su publicidad, fueron un invento de Detnerat. Posiblemente el dispositivo que los puso en el panorama empresarial de la nación, a juzgar por lo que han sacado al descubierto ahora. En su momento, le provocaron cierto interés: la posibilidad de anular su Don, de poder relacionarse con personas sin evitar preguntas, de tener incluso citas sin recelos. Pero también desconfianza: un cambio de legislación en un momento oportuno, y nada impediría que sean utilizados contra gente como él.

Ahora que Hitoshi sabe que alguien como Denki está dispuesto a contestar sus preguntas sin miedo, a exponerse a su Don, y aun así seguir confiando en él, y que lleva uno de esos dispositivos en el tobillo, no tiene esa dualidad. Como ha intuido siempre, no es un problema de su Don y Denki es la prueba de ello.

Sin embargo, el vacío del supresor es incómodo.

Tanto como para no poder conciliar el sueño en condiciones. Sin ventanas ni relojes, que midan el paso del tiempo, no sabe si en el exterior es de día o de noche. Su cuerpo sí parece intuirlo, porque en algún momento, a pesar del estrés, le invade la somnolencia.

Se sumerge en un sueño intermitente y superficial, desvelándose cada lo que cree que son pocos minutos y, entremedias, revive los momentos en los que ha huido o peleado contra el nomu de la Alianza de Villanos. En el sueño, busca su Don, tratando de emplearlo en el monstruo, para despertarse sobresaltado al no encontrarlo, incapaz de pelear en un sueño ya convertido en pesadilla.

Se rinde en algún momento, levantándose para estirar las piernas. O, más bien, caminar en pequeños círculos, pues el cubículo es estrecho y no da para mucho. Al asomarse a la puerta, ve que Uraraka sigue sentada al pie del catre, pero ahora tiene las manos entrelazadas entre las rodillas y mira al infinito, pensativa. Percibe el movimiento de Hitoshi, porque levanta la cabeza y esboza media sonrisa en su dirección, tranquila y cortés. Luego, mira hacia donde está Sero, al que Hitoshi no puede ver, y asiente una sola vez, por lo que deduce que el otro chico también está desvelado.

Quizá es porque ninguno de los tres está especialmente nervioso, más allá de las circunstancias, pero se respira cierta paz. Hitoshi no está muy seguro de cómo son los trámites legales, pero sí sabe que no pueden retenerlos indefinidamente y que en algún momento tendrán que dejarles contactar con un abogado. Sabe que algunos villanos acaban encerrados antes de cualquier otro proceso para impedir que reincidan, pero es algo infrecuente desde que los supresores de Don existen, salvo en casos como los de la Alianza de Villanos, de psicópatas peligrosos y devastadores más allá de sus Dones. La alternativa es mucho más aterradora e implicaría que todo el gobierno, no sólo la Comisión de Seguridad Pública, estaría corrupto hasta niveles insospechados, algo que Hitoshi considera poco probable.

Cuando el estómago le ruge, hambriento, sí se impacienta. Significa que, al menos, han pasado encerrados entre ocho y diez horas. Vuelve a oír murmullos en el pasillo, y ahora está relativamente seguro de que viene de otras celdas, porque cree identificar la voz de Hatsume. O, al menos, de una mujer joven que no es Uraraka, a quien ve todavía en su celda, poniéndose en pie para estirar los músculos anquilosados tras haber pasado varias horas sentada en la misma posición.

El ruido de botas pisando con firmeza en el suelo de piedra anticipa la llegada de los policías. No son los mismos que los han llevado hasta allí, porque Hitoshi ha memorizado alguna de las caras y ninguno de ellos le es familiar. Además, una de las agentes, la que parece encargarse del dispositivo policial, tiene Don similar al de Ichinose, excepto porque ella es un felino y no un perro, y está seguro de que no estaba entre las personas que los arrestaron. Cuando precisamente esta agente se detiene ante la puerta de su celda, aplicando el dispositivo electrónico que la abre, Hitoshi se acerca lentamente, tratando de parecer inofensivo y se coloca de espaldas, ofreciendo las muñecas para ser esposado nuevamente.

—Al revés —le indica la mujer, con voz amable. Hitoshi se vuelve, perplejo, y la agente le esposa las manos delante de las caderas, en una posición mucho más cómoda que cuando los trajeron. Al menos, puede rascarse la nariz si le pica, lo cual es un avance. Junto a ellos, los agentes que escoltan a Uraraka y Sero están haciendo lo mismo—. Vamos —ordena escuetamente, haciendo que todos se pongan en marcha.

Con las piernas pesadas por el cansancio y los calambres, Hitoshi, Uraraka y Sero siguen a los agentes a través del pasillo.

.

La luz que entra por las estrechas ventanas del lugar al que los han llevado tras sacarlos de las celdas, complementando la iluminación artificial, no permite a Izuku distinguir si es por la mañana o por la tarde. Ha conseguido conciliar el sueño un rato y tiene hambre, pero no sabe si ha pasado una tarde y una noche entera o sólo unas pocas horas.

Es una sala amplia, tampoco demasiado grande como la del acto, donde ya hay algunas personas vistiendo uniforme militar y policial. Mei está esposada, pero a Izuku le han dejado la mano derecha libre. No hay ninguno más de sus amigos cuando llegan a la estancia, pero no tardan en ver entrar a Ochaco, Shinsou y Sero, que se muestran aliviados de verlos. Los cinco intercambian algunos susurros rápidos, aprovechando que los policías no parecen interesados en separarlos.

Ochaco y Sero muestran una tranquilidad serena. No resignada, porque ambos sonríen y se muestran optimistas cuando Izuku les pregunta cómo están tras las últimas horas, pero sí sosegada. Shinsou está más callado que ellos, y también más serio, pero responde con un asentimiento sincero cuando le preguntan si se encuentra bien. Preocupado por la expresión ansiosa de su rostro, Izuku está a punto de insistir una vez más, pero en ese momento entra Katsuki en la sala y se centra en él, reprimiendo el deseo de correr en su dirección y cerciorarse de que está bien.

Escoltados por los policías, tras él caminan Shouto, Togata, Amajiki y Kaminari, que apresura el paso en cuanto divisa a Shinsou. El rostro de este pasa de la seriedad al alivio cuando Kaminari se detiene frente a él, pálido y ojeroso, y entrelaza los dedos de sus manos torpemente, a pesar de las esposas. Kaminari se alza sobre la punta de sus pies y deposita un beso suave y breve en los labios de Shinsou, que acaricia con su frente la de él mientras hablan en voz lo suficientemente baja como para no ser oídos por el resto.

Katsuki se dirige directamente al lado de Izuku. Tiene ojeras y el pelo, habitualmente en puntas, un tanto despeinado, pero tiene mejor aspecto que Kaminari y Amajiki. Frunce el ceño, airado, pero es más un complemento a su expresión habitual que algo novedoso. Examina a Izuku, con su fulgurante y rojiza mirada, hasta asegurarse de que está bien. Izuku balbucea, buscando tranquilizarlo. Antes de abandonar la celda se ha lavado la cara en el pequeño lavabo para que no quedasen rastros en su rostro de las lágrimas de las horas anteriores y ahora oscila su peso de una pierna a otra, nervioso, hasta que Katsuki asiente conforme, dando su examen por concluido y el estado de Izuku con satisfactorio.

—Esto no parece un juicio —dice Izuku en voz baja, un poco menos inquieto ahora que vuelven a estar todos juntos, examinando con la mirada el resto de la sala.

—Si lo fuese, sería el juicio más irregular de la historia —responde Katsuki, imitándolo y negando con la cabeza—. Habría sido más fácil hacernos desaparecer en las profundidades del Tártaro y decir que fuimos víctimas de los otros dos, de haber querido hacer eso. No, creo que esto es lo que va a determinar si habrá o no un juicio. —Se vuelve hacia Izuku, observándolo con una expresión extraña.

—Estás… ¿Estás bien? Quiero decir…

—Estoy perfectamente —asiente Katsuki—. ¿Y tú? ¿Te han tratado bien? —Izuku se encoge de hombros, porque no ha hablado con nadie en las últimas horas que no sea su mejor amiga—. ¿Qué tal está tu brazo?

—¡Bien! —La venda está un poco sucia por fuera y Katsuki aprieta los labios cuando la mira, apreciándolo, pero no dice nada. Izuku no sabe qué decir para que la conversación no muera, ahora que lo tiene cerca, pero tampoco tiene oportunidad, porque las puertas vuelven a abrirse.

Reconoce al primer ministro de Japón, escoltado por Hawks y varias personas más, vestidas con trajes que delatan su pertenencia a un cuerpo de seguridad. Los siguen Yaomomo, que lleva un brazo en cabestrillo, e Ingenium, un hombre de aspecto envejecido y agotado, varios militares de alto rango, un policía superior en la jerarquía a todos los demás presentes y algunos hombres y mujeres en ropa formal que los siguen con pasos apresurados. Gracias al aspecto externo de su Don, Izuku reconoce a uno de ellos, con traje y corbata: el señor Miyashita, de Detnerat. A juzgar por cómo lo mira Hatsume, Izuku comprende que ella también lo recuerda.

Instintivamente, Izuku y los demás se alinean en una fila, enderezan las espaldas y alzan las barbillas cuando el primer ministro y su escolta se detienen frente a ellos. El político, que los examina con gravedad y una mirada que brilla con un destello de inteligencia, es tan bajito como Izuku, el de menos estatura de todos ellos excepto Uraraka, pero su presencia es tan imponente como la del propio Shouto, que se alza al lado de Katsuki con expresión impasible y ojos fríos.

—Héroe Shouto —dice el hombre con aspecto de anciano cansado, arrastrando las palabras—. Endeavour todavía no está lo suficientemente recuperado como para acompañarnos hoy, pero me he podido reunir con él y relatarle lo ocurrido aquí ayer, dado que no ha visto la televisión. También he aprovechado para explicarle por qué usted no se había comunicado con él y asegurarle que se encontraba bien. —Hace una pausa, como si esperase que Shouto interviniese, pero este sólo aprieta los labios, clavando la mirada en el hombre, que suspira con agotamiento—. Me ha encargado que le diga que se siente orgulloso de usted y que no le pesan sus actos sino los suyos propios. Añadió que se alegra de que, a pesar de todo, Shouto haya podido encontrar un camino justo que él fue incapaz de enseñarle a nadie, ni siquiera a sí mismo. —Los ojos de Shouto brillan durante un momento y un nubarrón oscuro cruza su expresión, pero recupera la compostura inmediatamente y asiente con cortesía.

—Muchas gracias, señor Mera.

Todos se quedan en un silencio expectante. Izuku alterna la mirada entre el primer ministro, que sigue examinándolos a todos con interés; Hawks, que hace un mohín infantil con los labios; el señor Mera, que suspira una vez más, cansado; y Yaomomo, que esboza una ligera sonrisa en la comisura del labio cuando cruza su murada con la de Izuku. Al menos, ahora sabe que han transcurrido muchas horas, las suficientes para que la pelea contra Yotsubashi y Shimizu haya quedado en el día anterior. Probablemente, dada la claridad que entra por las ventanas, sea muy temprano por la mañana.

—No nos queda mucho tiempo, primer ministro —dice una mujer, tras este, que asiente y carraspea.

—Vaya lío montaron ustedes anoche —dice tras unos segundos. Por un instante, a pesar de que es más joven que el señor Mera, se asemeja a un abuelo severo. Después, desvía la mirada del grupo y la fija en Izuku—. ¿Tú eres Izuku Midoriya? ¿El chico sin Don que ha conseguido engañar a los héroes profesionales? —Izuku, que había estado a punto de contestar verbalmente a la primera pregunta, balbucea cuando llega la segunda, no muy seguro de que deba responderla.

—Se comportó como se esperaba de cualquiera de los civiles reclutados. Si la culpa es de alguien… —masculla Katsuki en su lugar.

—Es suficiente —lo interrumpe el primer ministro, con la cortés sonrisa congelada en el rostro y Katsuki se calla, mostrando los dientes en una mueca disgustada—. Desde ayer, he estado reuniéndome y hablando con mucha gente. Ha sido una noche larga. Mi gabinete de gobierno, el señor Miyashita, que ha accedido amablemente a colaborar con nosotros y abrirnos las puertas de Detnerat, el señor Mera, que ha hecho lo propio con la Comisión de Seguridad Pública y, por supuesto, con Hawks, Creati, Ingenium y Endeavour… que parecen tenerles a todos ustedes en alta estima. —Al decir esto, el primer ministro vuelve a mirar a Izuku, y sus ojos chispean.

»Era necesario reunir todas las piezas posibles del información antes de trasladarlas al Trono del Crisantemo, que ha seguido con atención lo ocurrido desde que todas las cadenas de televisión interrumpieron su programación habitual para emitir especiales en directo sobre lo que estaba sucediendo. Programas —añade, con una expresión malhumorada que en seguida es sustituida por la cortesía previa— que continúan en este preciso momento.

Izuku agacha la cabeza durante unos segundos, preguntándose si su estrategia de mostrarle al mundo entero lo que ocurría para eliminar cualquier posibilidad de conspiración. «Elegir a la persona equivocada para contárselo supondría su triunfo y les ofrecería en bandeja nuestro silencio», había dicho Shinsou, mostrándose de acuerdo con él, tras exponer su plan a los chicos. Por eso, vuelve a alzar la barbilla, dispuesto a asumir las consecuencias, repitiéndose a sí mismo que han hecho lo correcto exponiendo la corrupción de Detnerat y la Comisión delante de todo el país, topándose una vez más con la mirada inquisitiva del hombre más poderoso del país tras el mismísimo emperador.

—Han sido unas horas de arduo trabajo, pero creo que, por fin, ya tengo toda la información que necesitaba para decidir qué hacer con ustedes —dice el primer ministro tras una larga pausa, hablando lentamente—. Se han saltado los cauces legales, traicionaron a la Comisión de Seguridad Pública, atentaron contra su principal representante, avergonzaron a todos los héroes encargados por la seguridad del país, hicieron uso de sus Dones sin autorización, destrozaron una sala pública durante su pelea, pusieron en peligro la cabeza del gobierno y la estabilidad política del país… —Izuku parpadea, incapaz de arrepentirse de nada. A su lado, Katsuki inspira aire profundamente, airado, y Uraraka asiente levemente, con resignación. Aprovechando que él no está esposado, Izuku tiende la mano hacia Katsuki, entrelazando los dedos con los suyos en un intento de tranquilizarlo. Un poco más allá, Togata y Shouto levantan la barbilla. El primero, incluso, llega a sonreír de medio lado.

»Y nos habéis salvado a todos. —El primer ministro se inclina en una reverencia profunda, en señal de respeto—. En nombre de la nación nipona y del Trono del Crisantemo os expreso el más profundo agradecimiento y reconozco la enorme deuda que tenemos con vosotros.

Izuku abre los ojos de par en par, estupefacto.

Tras el primer ministro, sus acompañantes lo imitan. Todos ellos, desde el señor Mera hasta el último de los policías, pasando por los héroes profesionales, el señor Miyashita, los asesores políticos y todos los militares presentes en la sala, independientemente de su rango. Incluso los policías que los han escoltado y que ahora esperan un poco apartados, desprevenidos, acaban inclinándose hacia los diez esposados. Un silencio solemne y respetuoso invade la sala. Izuku está a punto de imitarlos y devolverles la reverencia, pero Katsuki le empuja con el hombro, llamando su atención, y niega con la cabeza bruscamente.

Izuku exhala el aire que ha estado conteniendo tan rápidamente que se marea. Parpadea más rápido, tratando de digerir la sorpresa por las últimas palabras, pero dos lágrimas se derraman por sus mejillas igualmente. Su cuerpo oscila, momentáneamente desorientado, pero los dedos de Katsuki aprietan su mano con fuerza, devolviéndolo a la realidad.

Al terminar la reverencia, Izuku se ve obligado a soltar la mano de Katsuki, porque varios policías se acercan a ellos, retirándoles las esposas y los supresores de Don. Con el rabillo del ojo, Izuku puede ver cómo algunos se cercioran discretamente de que sus Dones funcionan correctamente: Shouto deja que una película de hielo recubra su mano derecha, varias chispas restallan en la palma de Katsuki, Togata se hunde unos centímetros en el suelo y luego vuelve a salir de ellos, Kaminari permite que una leve corriente eléctrica le recorra el cuerpo y Ochaco se aplica a sí misma su propio Don durante apenas un segundo.

—Entonces, ¿qué va a ocurrir? —pregunta Mei, con aplomo.

—Nos habéis puesto en una tesitura difícil —añade el primer ministro, pensativo. Su rostro sigue siendo como el de un abuelo severo, pero su expresión se ha suavizado a la de alguien bondadoso, que le recuerda a Izuku a algún anime de su infancia—. Para empezar, está el hecho objetivo de que, sin vosotros, la Alianza de Villanos probablemente habría asestado un gran golpe a nuestra sociedad. Además, todo el mundo ha visto en directo cómo salvasteis al primer ministro y deteníais a los villanos. Dos veces.

—Además, nadie podría calificar algo como lo que hicisteis como un acto de villanía o terrorismo, sabiendo ahora que no sabíais en quién podíais confiar. Y que sí habíais contactado con algunos miembros de la Comisión —dice Hawks, señalando a Yaomomo con la cabeza.

—Sería inmoral sostener algo así —aporta el señor Mera.

—Trataros como terroristas, juzgaros por lo que habéis hecho… aparte de tremendamente injusto sería un suicidio político —dice el primer ministro, sonriendo de forma sincera por primera vez, celebrando su broma privada—. El consenso es considerarlo una intervención estándar contra villanos. Poco ortodoxa, pero eráis héroes profesionales o civiles reclutados al servicio del país. Por tanto, estáis exentos de responsabilidad penal. La versión oficial es que la Comisión de Héroes había detectado las anomalías y planificado la intervención. De esta manera, podremos pasar por alto las implicaciones directas e indirectas de otras personas. —La mirada del primer ministro se dirige brevemente a Yaomomo y Hawks, pero ninguno se muestra avergonzado, sino más bien orgullosos—. Eso sí, me temo que todos tendréis que testificar en los juicios de Yotsubashi y Shimizu y que no obtendréis un reconocimiento similar al de ayer más allá de este agradecimiento privado.

—¿Qué va a pasar con esos dos? —pregunta Katsuki, desabrido.

—Hay que dejar que la justicia haga su trabajo, pero dada la información descubierta, sus propias declaraciones y los testigos… no hay mucho margen de duda sobre su culpabilidad. —Quien responde es el policía, el que tiene el rango más alto y que sonríe con amabilidad y, para sorpresa de Izuku, agradecimiento genuino—. Desde luego, no van a poder recuperar sus antiguos cargos.

—¿Eso quiere decir que la Comisión de Seguridad Pública y Detnerat van a seguir activas? —dice Katsuki, cabreándose.

—Cerrarlas serían golpes muy duros a la sociedad. Golpes que le afectarían personalmente, Dynamight.

—No me importa —contesta Katsuki, pero el primer ministro niega con la cabeza.

—Claro que sí. Las imágenes de ayer, las del complejo de Osaka… han dado la vuelta al país. Al mundo entero. Dos veces. Habéis convencido a la gente de que los héroes siguen protegiéndolos —recalca el primer ministro—. Es importante que la gente sepa que los héroes están ahí después de limpiar la institución a la que pertenecen. Os habéis encargado de que todo el país confíe en los héroes. En todos vosotros. Dad crédito a su fe.

—La Comisión no tiene por qué desaparecer —interviene Izuku, llamando la atención del primer ministro y de Katsuki—. Bastaría con que sea una institución realmente pública. Gubernamental y sometida a control parlamentario.

—¿Un Ministerio de Héroes? —pregunta el primer ministro, con interés.

—O una Secretaría que dependa del Ministerio del Interior —dice Izuku, encogiéndose de hombros—. No Defensa, porque los héroes no pueden ser utilizados como armas de combate, pero…

—Igual que la policía depende de los asuntos internos del país —aprueba el policía, interviniendo por segunda vez.

—Los informes sobre su inteligencia y tesón son más que justos, señor Midoriya. —El primer ministro sonríe a Izuku, que se sonroja y agacha la cabeza—. Es muy buena idea y ya la estamos considerando. Hawks… —El héroe sonríe cuando lo mencionan, mirando al frente— me ha recordado una promesa acerca de no repetir los errores del antecesor de la señora Shimizu y que tanto daño le hicieron a él, a los héroes profesionales y a la sociedad en general. Estoy dispuesto a renovar esa promesa e incorporar la Comisión de Seguridad Pública a la normalidad democrática y el control del gobierno y el parlamento, como cualquier país se merece. La señorita Yaoyorozu ha accedido a liderar esa transición. Y… quien sabe, quizá algún día una persona sin Don llegue a gestionar la Comisión.

Algo, en la expresión del primer ministro, en su gesto o en la forma en la que lo ha dicho, conecta en la mente de Izuku, que abre los ojos de par en par, atónito.

—¿Usted…?

—Tenemos mucho en común, me parece. Es un secreto de Estado que sólo saben unas pocas personas. La mayoría aquí presentes. Ojalá, señor Midoriya, construya usted un futuro donde alguien no tenga que esconderse y disimular por ser lo que es y quien es.

—Yo… —Anonadado, Izuku balbucea algunas incoherencias.

—Además de esto, hemos decidido que el señor Miyashita, con su amplia experiencia y trayectoria, se haga cargo de la crisis de emergencia en Detnerat. Es importante que los objetos de soporte de los héroes y civiles de este país sigan existiendo —continúa el primer ministro, como si no acabase de golpear emocionalmente a Izuku tan fuerte que lo ha dejado sin palabras.

—Será un honor para mí. —El señor Miyashita hace una leve reverencia, sonriendo—. Afortunadamente, Yotsubashi era el CEO, pero no el propietario de la mayoría de las acciones, con lo que podremos seguir tomando decisiones y trabajando sin él. Se espera que el consejo ejecutivo apruebe mi candidatura como nuevo CEO lo antes posible.

—¿Y cómo sabemos que no estabas metido hasta las orejas? —pregunta Katsuki, entrecerrando los ojos con sospecha. Izuku lo mira, escandalizado, pero Shouto sonríe con afecto a su amigo.

—Afortunadamente, era una ambición personal del propio Yotsubashi. Como ya se ha dicho, hemos puesto toda la información necesaria al servicio del gobierno, buscando la máxima transparencia —responde Miyashita afablemente—. Me comprometo personalmente a estar a la altura de la valentía y la cordura que ustedes han demostrado en las últimas semanas.

—Entonces… ¿ya está? —pregunta Shouto. Se está frotando las muñecas, donde las esposas lo han rozado—. ¿Nos vamos a casa?

—¿No más juegos absurdos en lugar de dejarnos hacer nuestro trabajo? —lo apoya Katsuki.

—Recuperaréis vuestras pertenencias personales, desde luego, y os conducirán a algún sitio donde podáis asearos y comer algo antes de que os marchéis, pero el plan de despliegue de la Comisión de Héroes ha sido cancelado y todo el personal civil está siendo devuelto en estos momentos a sus lugares de origen con un reconocimiento a su colaboración —asiente el primer ministro, sonriendo.

—Aunque me temo, señor Shinsou, que afortunadamente para su estatus legal, el distorsionador de voz es irreparable —apunta Mera.

—¿Y la bufanda?

—Devuelta a su legítimo dueño, que te envía sus mejores deseos y su orgullo —dice Yaomomo.

—Lo sabía, ¿verdad? —pregunta Togata, dirigiéndose al primer ministro. No parece enfadado sino divertido—. Lo que íbamos a hacer.

—Me temo que no. Aunque temía que la situación explotase por algún lado sin poder hacer nada para evitarlo —admite el primer ministro.

—¿Sabía lo que esos dos tramaban? —pregunta Katsuki, en tono acusador. Izuku se acerca más a él y entrelaza de nuevo los dedos de su mano derecha con los del héroe, apretándolos en un mudo intento de apoyarlo y calmarlo.

—Hawks tuvo a bien informarme puntualmente de sus sospechas sobre lo ocurrido tras el incidente de Osaka —dice el primer ministro—. Y yo sospechaba lo suficiente como para escuchar lo que tuviera que decir.

—¿En serio? —pregunta Kaminari, incrédulo y atónito.

—Uno no llega al gobierno sin sabiendo analizar el entorno social y político. Igual que vosotros teníais vuestras sospechas y llegasteis a vuestras conclusiones, yo hice lo mismo. —El primer ministro es educado, pero contundente—. Una faceta de ser político consiste en estar informado de todo. Otra, en saber cuándo actuar. Detnerat es uno de los principales pilares de nuestra economía y la Comisión un gran valor sociopolítico, derrumbarlas repentinamente no es la decisión que yo habría tomado, por oportuna que haya sido vuestra intervención.

—Eso suena casi como si nos hubiese utilizado —dice Ochaco, frunciendo el ceño con desagrado.

—Más bien todos hemos aprovechado el curso de los acontecimientos haciendo lo que creemos que es correcto, incluso en este momento. —El primer ministro mira a su alrededor con un gesto de resignación.

—Señor ministro, se ha terminado el tiempo. —La misma mujer que al principio de la conversación lo ha apresurado, interviene de nuevo. Izuku comprende que es su jefa de gabinete y sólo está velando por la agenda del político.

—Gracias, Takahashi —asiente el primer ministro, volviéndose una vez más hacia Izuku y sus compañeros—. Habéis hecho un trabajo encomiable. Lo que necesita esta nación para recuperar el lustre perdido desde que el símbolo de la paz se retiró son héroes confiables como vosotros. Deben recordar que todo lo hablado aquí es secreto de Estado hasta que se haga público a su debido tiempo. Ahora, si me disculpáis, me requieren otros asuntos.

—No. No somos héroes —murmura Shinsou, de forma audible. El primer ministro, que había dado por concluida la conversación, se gira hacia él con un gesto de fingida sorpresa.

—Claro que lo son. No tienen ninguna licencia que lo diga por escrito, que es a lo que usted se refiere, pero por supuesto que son héroes. Lo sabe todo Japón. Si lo desea, solicitaré a Ingenium y Creati que se ocupen de formalizarlo adecuadamente para que conste como tal en los documentos que sean necesarios.

—Un héroe que no puede utilizar su Don no es un héroe —insiste Shinsou. A su lado, Kaminari se acerca más a él, apoyándolo a pesar de su cara de susto.

—Tendrán que obtener licencias si desean ejercer, por supuesto —dice el primer ministro, frunciendo el ceño.

—Eso no es justo —interviene Izuku. Cuando la atención de toda la sala se centra en él, desaparece el impulso que lo ha llevado a interrumpir el intercambio de palabras. Aun así, hace el esfuerzo—. Ni suficiente. Ha dicho usted que quiere que construyamos un futuro donde nadie tenga que esconderse y disimular por ser lo que es y quien es. Eso no va a suceder por sí solo, sin cambios. La Alianza de Villanos no habría tenido el impacto que ha tenido de haberse hecho las cosas de otra forma. Cuando All Might venció en Kamino, las cosas no eran así, pero las semillas ya estaban plantadas. Desde entonces, sólo ha ido a peor.

»Si seguimos discriminando a varios sectores de la sociedad, aquellos que no tenemos Don, o que puede parecer villanesco o que el aspecto físico no sea normativo, habremos acabado con la Alianza de Villanos, pero antes o después el sistema se desmoronará. Aparecerá otra persona con cantos de sirena lo suficientemente encantadores como para engañar a una multitud lo suficientemente grande. —Un codazo de Katsuki le indica que ha bajado el volumen hasta murmurar para sí mismo, pero el primer ministro, serio y con la mirada bailando entre Shinsou y él, parece haber comprendido lo más importante.

—Entonces, habrá que aprovechar la coyuntura para… —El primer ministro sonríe afablemente, pero Izuku tiene la sensación de que es un gesto practicado infinitas veces, no uno sincero. Al fin y al cabo, es un político y está haciendo política.

—Midoriya tiene razón —dice Shinsou con serenidad—. No es suficiente aprovechar una coyuntura. Tiene que haber un cambio profundo. No basta con que alguien sin Don pueda llegar, haciendo malabares sobre su identidad, a gobernar un país. Ni debería ser necesario perder un brazo o desempeñar hazañas que a ninguna otra persona se le exigen para ser reconocido como un héroe. Es injusto, como ha dicho Midoriya. Ni él ni yo tuvimos permitido presentarnos de forma ecuánime para obtener una licencia de héroes hasta que pusimos en riesgo nuestra integridad física en un momento de crisis. Cualquier persona debe, al menos, poder intentarlo sin hacer ese sacrificio.

—No dudo que ustedes abrirán un nuevo camino y que las academias estarán más dispuestas a…

—Francamente, creo que el problema va mucho más allá —gruñe Katsuki—. No bastará con abrir nuevas plazas en las academias, o que las agencias entrenen intensivamente para aumentar el número de héroes. Eso es mirar al futuro a corto plazo. Hay que ir más allá. La gente tiene que aprender a utilizar sus Dones y habilidades. Incluso los que no tienen un Don tienen mucho que aportar a la sociedad. Y tener las mismas oportunidades de ser un héroe. Para eso hay que acabar con nuestros prejuicios. Empezando por los propios.

—Las semillas ya están plantadas. Si aprovechamos la oportunidad y trabajamos duro, podrán germinar. No siempre un niño sin Don puede ver a alguien que ha llegado a la cumbre de éxito en una sociedad de Dones —dice Izuku, todavía impresionado por la revelación de que hay un ministro dispuesto a exponerse ante ellos como alguien sin Don.

—Y pronto habrá una persona con un Don que afecta al físico al frente de una de las principales empresas de su sector en el país —añade Shouto, hablando pausadamente.

—No basta con ponernos de ejemplo de superación, tiene que haber herramientas reales, formas de que las nuevas generaciones no crezcan en un mundo segregado que acompañen y refuercen —concluye Izuku.

El primer ministro ladea la cabeza y entrecierra los ojos, meditabundo. Shinsou parece sereno y Katsuki se alza a su lado con aire protector, pero Izuku respira un poco ansioso. Su corazón late a tal velocidad por el atrevimiento de hablarle así a un primer ministro, una de las mayores autoridades del país, que está a punto de salírsele del pecho.

—Comprendo. Creo que tienen razón. Tendré en cuenta todo lo que me han dicho. Desde luego, necesitamos gente como ustedes en la sociedad, que hablen y planteen cara a la injusticia del sistema. Si toda la población fuese así, el país se recuperaría de esta situación en un tiempo récord.

—Lo es —dice Izuku—. La gente es capaz de eso y más, si tienen la oportunidad y la sociedad no les empuja a los márgenes. No estoy hablando de una utopía. Claro que seguirá habiendo villanos: gente que utiliza su Don, dinero, fuerza física o posición social para cometer delitos y oprimir a otras personas. Por eso los héroes siguen siendo necesarios, pero no si son un elemento discriminatorio más, el que está en la cima de la opresión.

El primer ministro se queda callado durante un largo rato, en un silencio que nadie, ni siquiera la señora Takahashi, interrumpe, a pesar de que es obvio que la agenda del primer ministro lleva retraso con respecto a su horario.

—Abrir las agencias y las escuelas de héroes a todo el mundo. Cuotas y exámenes que garanticen que personas sin Don o con Dones que hoy día no son apreciados puedan acceder a ellas en igualdad hasta que llegue el momento en que no sean necesarias. Impulsar un departamento desde la Comisión de Seguridad Pública que se encargue de la formación y supervisión del uso de los Dones de las personas civiles y crear programas de educación que combatan la discriminación hacia las personas sin Don desde la infancia. Oh, sí, y desvelar el secreto de Estado que hemos compartido, para que cunda el ejemplo y haya referentes. Por supuesto, esto son medidas concretas —dice el primer ministro, mirando alternativamente a Shinsou e Izuku, que tragan saliva, sin apartar la mirada de él—. Habrá que buscar nombres atractivos, traspasar fondos en los presupuestos y esas cosas, más generales. Y seguro que eso hace que surjan nuevas y mejores ideas. Las agencias tendrán que participar también. Abrirse al mundo. —El primer ministro se dirige a Shouto, Togata, Amajiki y Katsuki al decir esto—. Si saben aprovechar la coyuntura, quizá podríamos asistir a nuevos tiempos. No es bueno mirar al pasado para replicarlo, porque lo que funcionaba con un símbolo de la paz no funcionará en momentos diferentes.

»¿Les parece un buen comienzo?

Tanto Shinsou como Izuku asienten, incapaces de pronunciar una palabra más.

—Entonces, es hora de que nos despidamos. Una vez más, gracias a todos por su lealtad y por velar por la seguridad del país.

Tras una reverencia menos formal que la que les ha dedicado en el agradecimiento que todos se apresuran a devolver, incluido Katsuki, que todavía desconfiado apenas se inclina, el primer ministro abandona la sala, seguido por Hawks, Takahashi, Miyashita y la mayor parte de la gente, incluidos los policías y militares, pero Yaomomo e Ingenium se quedan, sonriendo la primera y un tanto avergonzado el segundo, dispuestos a guiarlos hasta el lugar donde asearse, comer y recuperar sus pertenencias, tal y como les han prometido.

En cuanto se quedan solos, Izuku se gira hacia Katsuki, envuelve su cintura con los brazos y esconde la cara en su pecho, incapaz de contener el fuerte sollozo de felicidad y nerviosismo que le sube por la garganta. Las grandes manos de Katsuki se posan tentativamente en su espalda, devolviéndole el abrazo y estrechándolo más cerca de él, en una presa de brazos firmes que hace sentir a Izuku más protegido que nunca durante esos segundos, demasiado cortos, antes de separarse de él, preocupado por estar mojándole la camiseta.

Shouto se acerca a la Yaomomo, interesándose por su brazo roto y Togata y Amajiki empiezan a charlar con Ingenium. Kaminari y Shinsou, que se han apartado unos metros y mantienen una conversación que Izuku deja de observar, avergonzado, al verlos intercambiar otro beso en los labios. Ochaco, Mei y Sero se acercan a Katsuki e Izuku, las dos chicas reclamando poder abrazar a su amigo, preocupadas por sus lágrimas y felicitándolo por su valentía y Sero palmeándole la espalda efusivamente. Los cinco comienzan a hablar entre ellos, aun con retazos del nerviosismo de minutos antes.

—Ha sido raro, ¿verdad? —pregunta Ochaco, que parece impresionada.

—Weón, Hitoshi y tú habéis estado bacán —dice Sero, frotando el corto cabello de Izuku a modo de felicitación—. Yo temiendo que la cosa se hubiese puesto penca y vosotros comiéndoos a los choritos con limón.

—No he entendido nada —ríe Izuku, mezclando las risas con sus lágrimas. Katsuki también sonríe cuando Izuku lo hace, suavizando sus facciones, y eso hace que este se sienta un poco mejor.

—¿Sabéis? Voté al weón en las últimas elecciones. —Sero arruga la nariz, todavía mirando distraídamente hacia la puerta. Luego sacude la cabeza—. La verdad es que no sé cómo habría manejado yo esto de estar en su lugar. Como la weas, seguramente.

—Pues yo no sé si lo votaría en las siguientes —murmura Ochaco, negando con la cabeza.

—Es un hombre muy inteligente —dice Mei, reflexionando en voz alta—. Le da miedo que todo esto le cueste las próximas elecciones, pero ha visto cual puede ser el resultado. La sociedad está más que preparada para este cambio. Lo necesita. Y él no va a desaprovechar la oportunidad de pasar a la historia como el hombre que lo impulsó. Y si es así, habrá que votarlo, aunque hayamos conocido la faceta menos agradable de la forma de hacer política tras las puertas cerradas.

Feliz porque todo haya terminado, por fin, Izuku sigue riendo a la vez que se seca las mejillas, contestándole algo sobre que el día de las elecciones queda muy lejano para tomar esa decisión tan pronto y Mei deja escapar una carcajada, abrazando a Izuku y revolviéndole el pelo también, contagiándose de su alivio.

.

Después de disculparse con todos y de agradecer a Katsuki su paciencia y confianza en una conversación que ha terminado por sacarle de quicio, Iida ha guiado a los chicos hasta un cuarto de baño donde pueden asearse y cambiarse. La ropa que les devuelven, la que llevaban el día anterior, está limpia y huele a un detergente neutro. Los chicos comparten unas duchas y un vestuario común, mucho más atestado que el de las dos chicas que han ido con Yaoyorozu y, cuando salen, ambos héroes los llevan a una sala donde pueden sentarse a desayunar.

Tras consultar su recién recuperado reloj, Katsuki deduce que los han sacado de las celdas al amanecer y que deben haber permanecido en ellas unas doce o trece horas, como mínimo. A él se le han hecho eternas y, a juzgar por los retazos de conversación que sus audífonos captan, al resto también, aunque la luz del día y la alegría haga que la experiencia palidezca como un mal sueño al amanecer.

Izuku está sentado a su lado. A veces, mientras habla, entusiasmado, se abraza el muñón de forma inconsciente con la mano derecha, pero lo suelta para comer con apetito. No ha dejado de sonreír y hablar desde que se ha convencido de que todo ha terminado. Ahora, inclinándose sobre la mesa para verlo al otro lado de Hatsume y Uraraka, está felicitando a Shinsou e interrogándolo sobre el distorsionador y su funcionamiento durante la pelea del día anterior.

Al verlo tan relajado, tanto él como todos sus compañeros, Katsuki exhala un suspiro de alivio e intercambia una mirada con Shouto, sentado frente a él, alegrándose al ver que, por primera vez en días, sus ojos expresan algo más que tristeza, preocupación y pesar. Sabe que es pronto y que su situación tardará en mejorar del todo, pero ese pequeño atisbo de felicidad le gusta.

—¿Está todo bien, Katsuki? —pregunta Izuku en voz baja, volviéndose hacia él con cara de preocupación después de que Katsuki asienta a una de las estúpidas bromas de Kaminari en lugar gritarle furibundo—. Estás más callado de lo usual.

—Estoy bien —masculla Katsuki. Izuku asiente, poco convencido.

—Gracias por seguir mi plan ayer, en medio de aquel caos. —Katsuki lo mira con una ceja alzada. Izuku insiste—. Seguiste mi plan, aunque no lo conocías. Me defendiste delante del resto. Confiaste en mí. Gracias.

Los recuerdos de Izuku protestando y enfrentándose a él cada vez que Katsuki ha pretendido dejarlo atrás, incluso antes de saber que no tenía Don, se mezclan en su mente, contrastando con la sonrisa franca y alegre de Izuku.

—Si era un buen plan, no veo por qué no seguirlo.

—Gracias también por… el cable con el primer ministro —añade Izuku, que parece estar determinado a alargar la conversación, ajeno a la incomodidad de Katsuki frente a tanto agradecimiento que no cree merecer.

—Eres un héroe, Deku. Nunca debí dejar que pensaras que pretendía insinuar lo contrario. —Izuku lo mira durante unos instantes, intrigado, y luego suelta una carcajada alegre y asiente, aceptando sus crípticas disculpas y provocando que el estómago de Katsuki cosquillee, sin apetito, a pesar de que apenas ha comido.

Por primera vez en su vida, una vez esfumada la adrenalina que lo impulsa hacia adelante, Katsuki no está seguro de absolutamente nada, sus pies no tocan terreno firme y su pecho va a reventar. Y, aunque no está muy convencido de que le guste la sensación de vulnerabilidad que eso le produce, tampoco lo está de que sea desagradable.


Notas. Muchas notas hoy:

- Dije que faltaban dos escenas del final de Mulán que me encantaban. Esta es una evidentemente. Por fin he llegado a ella *baila*. Siento si alguna persona creyó que iba a salir el emperador y esa era la idea inicial, pero me pareció más coherente así en cuanto a cómo se han tratado la figura de que Japón tiene un jefe de Estado emperador y también un primer ministro que gobierna.

- Hablando del primer ministro (SPOILERS INDIRECTOS DEL MUNDODISCO AQUÍ) está fortísimamente inspirada en dos cosas del Mundodisco, de Terry Pratchett. Una de ellas sale de una revelación de Regimiento monstruoso, una adaptación de Mulán que me flipa y que ha tenido más influencia en este fic de la que parece (sólo que se confunde con partes de la propia película). Sobre todo, aunque no lo creáis, en la camaradería y forma de compartir cosas del grupito de reclutas y su relación con los demás. La otra es la forma de negociar de el Patricio con Vimes al final de varios de los libros, una vez resuelto el caso. Terry, te queiro muchísimo y te echo mucho de menos, por eso te leo y te escribo constantemente. Si os gustó Mulán, no puedo dejar de recomendaros Regimiento monstruoso (se puede leer independiente). Yo lo voy a releer en los próximos días, por si alguien se anima y quiere comentarlo o quiere que le pase el ePub.

- Sobre la escena de la referencia. La melodía que suena en Mulán después de que el emperador y su consejero echan la bronca a Mulán y Li Shang y le agradezca con una reverencia, se llama Gratitude. Sólo son los primeros 30 segundos, pero siempre que la oigo me pone los pelos de punta y me saca lágrimas, porque además de la escala ascendente y trinufal, comienza con unos acordes de la suite de Mulán que son preciosos y cuentan por sí mismos la evolución de la protagonista. De ahí el título del capítulo.

- Los tres primeros PoV de este capítulo los escribí los últimos (sí, ya sé que he dicho esto de otra escena de Shinsou más atras, pero es que en ese momento esta parte no existía, el final de este capítulo estaba al final del otro, sin transición), hace unos meses. Mientras estaba releyendo para saber bien cómo corregir un capítulo anterior, me pareció que faltaba ALGO que dejase respirar unos segundos. Y empecé a explorarlo. Una de las cosas que me faltaba era esta conversación de Izuku con Mei. No es la última, pero sí necesitaba que Izuku dijese en voz alta una cosa. Que fuese mi pequeño héroe llorón, pero por las razones correctas. Katsuki evolucionando un poquito más y Shinsou siendo un adulto con Uraraka vinieron solos, sin llamarlos. Y así nació este capítulo. Todo el PoV de Izuku, por cierto, está reescrito, no conserva más que un par de frases de los cuatro o cinco párrafos originales del capítulo anterior.

- Hablando de capítulos, este hace que la historia ya tenga más de 350k palabras publicadas. El documento principal ya sobrepasa las 450k, lo que quiere decir que con los 13 capítulos extras todavía hay un buen rato de lectura xD. La decisión de no dividir más capítulos que tomé el otro día y obligarme a acabar sí o sí en el 60 ha hecho, por cierto, que este capítulo crezca hasta casi las 11k palabras sin dividirse, convirtiéndose de momento en el capítulo más largo del fic y uno de los dos que, hasta ahora, han sobrepasado las 10k (el otro es el 38, el primer capítulo de este arco y que tiene unas 150 palabras menos que este). Muy lejos de las 7k de media que tenían los iniciales xD.

- ¿Huele a final? Porque es el final xD. Hemos llegado al destino y lo estamos viendo. Todavía nos queda guiar el barco a la orilla y bajar de él, no os preocupéis. Tardaremos tres capítulos más en dar por concluida la historia principal y dejar paso a los 13 capítulos extra. Gracias a los cambios imprevistos, se ha dado una carambola muy bonita. La intención inicial siempre ha sido que el último capítulo del fic se publique en el cumpleaños de Izuku, por varias razones. De ahí que, aunque haya aumentado el número de capítulos durante la corrección, en lugar de alargar el tiempo de publicación he optado por hacer dobles publicaciones. Pues resulta que esos cambios y dobles publicaciones, sin querer, han hecho que el último capítulo de la historia principal, el 47, coincida con el cumpleaños de Katsuki. Qué bonito, ¿no? No sé, me gusta. Trataré de adelantar la publicación lo más posible para que "quepa" dentro de su día (que cae en jueves). Y está guay, porque de hecho los siguientes tres capítulos, sin los extra, podrían perfectamente fungir como epílogo de la historia y... ¿Qué? ¿Que cómo va a ser el epílogo de la historia si los personajes del ship principal ni siquiera se han bes... YA SABÍA YO QUE HABÍA ALGO Q-