Disclaimer: De Horikoshi todo, excepto los OCs que no se reconozcan.

Hoy, capítulo tempranero. Mis vacaciones terminan cuando empiezan las del resto de personas y hoy toca trabajar, jajaja. Muchísimas gracias por vuestros comentarios :*


ESCUCHA A TU CORAZÓN (PARTE I)

Al traspasar la barrera hacia el exterior, iluminado por los últimos retazos del verano que se refleja en la superficie del mar, Hitoshi agradece los calurosos rayos del sol que le abrasan la piel helada. Los gruesos muros aíslan la cárcel de Tártaro del calor exterior y, aunque en invierno la temperatura apenas desciende de la actual y se mantiene constante, en verano el contraste del frescor interior y el calor exterior es notoria. Incluso aquí, en medio del mar, con el agua helada del mar salpicando y enfriando el ambiente. A pesar del sol y el calor, un escalofrío estremece a Hitoshi, que desearía haber llevado una chaqueta consigo.

No es sólo el frescor del interior de la prisión, que en realidad garantiza una temperatura agradable a todos sus residentes, ni tampoco la humedad salina que impregna el aire. Algunos de esos escalofríos los despiertan los sentimientos de rechazo que le provoca entrar en la cárcel. Aunque sabe que dentro, en algún lugar recóndito de los últimos niveles, los de mayor seguridad, están contenidos Shigaraki, Toga, Twice y Spinner, no tiene ni idea de dónde están exactamente ni si ha pasado por delante de sus celdas. Ni lo desea, pensarlo le produce un escalofrío. También sabe, por Aizawa, que Stain está cerca de la sala donde interrogan al nomu superviviente de la Alianza de Villanos, pero no ha llegado a ver ningún preso en persona más allá de Kurogiri.

Las visitas a Tártaro siempre le despiertan desasosiego porque, a pesar de que los pasillos huelen a limpio, las celdas de los niveles superiores que ha visto abiertas y vacías parecen cómodas y la temperatura interior es constante, la opresión y el encierro son palpables. Que Kurogiri esté siempre amarrado con una camisa de fuerza que lo retiene en una celda que le impide utilizar su Don, aunque no lleve supresor, no ayuda a mitigar su inquietud. Quizá porque hubo unas horas angustiantes en las que creyó que podría ingresar en la prisión, ahora es más consciente que nunca de lo fina que es la línea que separa a veces la reinserción del punitivismo. O la contención de la tortura.

Con su habitual tono pragmático, Aizawa se ha preocupado de explicarle, antes de ir por primera vez, que cada celda es personalizada según el Don de quien la ocupa, dependiendo del nivel de inmovilidad que precisa, pero no había sido consciente de lo que eso implicaba ni había pensado en la palabra tortura hasta verse sentado frente a Kurogiri, separados por un panel de un material transparente resistente que le permite ver su contención. La curiosidad le había llevado a preguntar al salir de la prisión por primera vez cómo están inmovilizados presos como Shigaraki, comprendiendo que debe tener sus manos inutilizadas de algún modo.

«Además de un supresor de Don», le había explicado Aizawa, lacónico, antes de señalar que la construcción de Gunkanjima, con una barrera que permitía anular los Dones sin excesiva incomodidad para los reclusos había sido motivada por la necesidad de poder contener personas con Dones peligrosos que tuvieran que cumplir condena menoscabando lo menos posible su integridad física.

«A qué precio», había murmurado Hitoshi, para sí mismo.

«No creo que la corrupción que la derribó contase con ella en sus planes en ese momento», había sugerido Aizawa, con tacto.

«Al menos nadie ha pensado en mutilar a alguien para impedir que utilice su Don», había dicho, con un punto de amargura, Hitoshi, con una náusea subiéndole por la garganta al pensar que sería sencillo cortarle la lengua para inutilizarle el Don sin quitárselo. La expresión sombría de Aizawa lo había inquietado aún más. «Porque nadie lo ha pensado, ¿verdad?»

«Cortarle un dedo a alguien como Shigaraki para impedirle utilizar su Don sólo provocaría que este evolucionase hasta ser capaz de manifestarse de otras formas», había dicho Aizawa, zanjando la conversación.

Un chófer de la Comisión de Seguridad Pública los espera a él y a Aizawa en el espigón de acceso a la prisión para llevarlos de regreso. El aire acondicionado está encendido, pero los rayos del sol han calentado el interior del vehículo y, durante la mayor parte del trayecto, Hitoshi se relaja en el asiento trasero, disfrutando del calor invadiéndole el cuerpo y reequilibrando su temperatura.

Viajan en silencio. Nunca hablan cuando Hitoshi acompaña a Aizawa a Tártaro. A Hitoshi no le parece incómodo. Incluso le alivia. La gente suele parlotear constantemente, sobre cualquier tema, para llenar los silencios, salvo que él haga una pregunta. Aizawa no habla salvo que tenga algo importante que decir y contesta todas las preguntas de Hitoshi.

Los entrenamientos con él también son cómodos. Aizawa le da unas pocas indicaciones, Hitoshi intenta llevarlas a cabo y luego el profesor sugiere algunas correcciones. La pérdida de la pierna no le ha impedido seguir instruyéndole, aunque actualmente sólo se encarga de Hitoshi y no tiene ninguna clase asignada como tutor en la U.A. Eso provoca que Hitoshi se esté especializando más en movilidad que en pelea física, salvo cuando Aizawa convoca a algún otro profesor para darle una clase concreta, pero le gusta lo que está aprendiendo.

Aun así, viéndole supervisar los entrenamientos desde una silla de ruedas, Hitoshi ha pensado que es una pena que no utilice una prótesis. Con su estilo de pelea, la bufanda de microfibras, el Borrado y los demás artilugios que emplea para tener ventaja en las peleas cuerpo a cuerpo, el profesor podría volver al panorama profesional con una prótesis básica sin ningún problema. Hitoshi mismo duda de poder esquivarlo, a pesar de los entrenamientos de la última semana. No le ha preguntado porque no quiere romper la confianza que tiene con su mentor y, además, no está seguro de que no sea demasiado pronto. Al fin y al cabo, Midoriya lleva varios meses de recuperación y todavía no ha empezado a utilizar una, pero no le ha preguntado si tiene que ver con la curación del brazo.

—No haremos ninguna visita más. —Hitoshi, que tenía los ojos cerrados, con el rostro orientado hacia el sol que entra por la ventanilla, se vuelve hacia el profesor, sorprendido tanto por la interrupción del silencio como por el contenido de sus palabras. Está mirando hacia el paisaje que se desliza velozmente por su lado de la ventanilla.

—Todavía podemos seguir intentándolo, profesor, estoy seguro de que podemos hacer más progresos —dice Hitoshi, perplejo. Han hecho varias visitas a la prisión en las últimas semanas, desde que regresaron a casa, y cada una de ellas han constituido un pequeño progreso.

Aizawa no responde. Tampoco aparta la vista del paisaje el resto del viaje.

Inquieto por el estado de ánimo de su profesor, que es más sombrío de lo que recuerda de sus tiempos en la U.A., Hitoshi acaricia la bufanda de microfibras en un ademán nervioso que ya empieza a ser común, por mucho que Aizawa se lo señale para corregírselo.

No tiene licencia para utilizarla y, por tanto, se supone que su uso está limitado a los entrenamientos, pero Aizawa le hace llevarla cuando visitan Tártaro también. «Para que te acostumbres a lo que será tu traje profesional y lo sientas una parte más de ti», le ha dicho al preguntarle al respecto.

Sí es cierto que está cada vez más cómodo con la bufanda y su uso ha mejorado mucho. Ya no es tan tosco como cuando ni siquiera se le ocurrió utilizarla a modo de zancadilla contra Yotsubashi, en lugar de tirar de ella con fuerza bruta. Por supuesto, no tiene la pericia de Aizawa, que le recrimina su falta de paciencia, argumentando que sus años de práctica son una ventaja que va a tardar en recortar.

El entrenamiento de su Don es otro tema. Sólo tiene oportunidad de practicarlo en las visitas a Kurogiri. Aunque ya no están en el complejo, Denki se ha ofrecido más veces, pero las pocas veces que se han visto en las últimas semanas Hitoshi no ha querido usar el tiempo que pasan juntos en causarle dolores de cabeza y entrenar.

Sumergido en sus pensamientos, Hitoshi no se percata de que han llegado a su calle hasta que el chófer frena suavemente el vehículo, estacionando a pocos metros de la puerta del edificio donde vive. Reprimiendo el impulso de desperezarse, desenreda la bufanda para quitársela del cuello, pero Aizawa lo detiene:

—Esto es para ti. —Aizawa le tiende un papel, doblado en dos. Hitoshi, intrigado, lo sujeta entre los dedos, no muy seguro de que sea algo bueno—. La licencia provisional que os prometió el primer ministro.

—¿Lo prometió? —pregunta Hitoshi, que debido al estrés de aquel día no recuerda sus palabras concretas al respecto.

—Eso parece. Yaoyorozu ha tenido que crear una excepción para emitirlas, conforme a la legislación que regula las academias, por eso han tardado tanto. —Hitoshi lee el documento rápidamente. No es demasiado largo y las firmas y sellos están debidamente signadas. Es un héroe profesional con licencia provisional—. Todos tus compañeros recibirán la suya en los próximos días, por correo postal, pero el otro día estuve con Yaoyorozu y se le ocurrió que, dado que íbamos a vernos, te gustaría tenerla cuanto antes.

—¿Debería mantenerlo en secreto hasta que les lleguen las suyas? —pregunta Hitoshi.

—A lo sumo se van a enterar mañana o pasado mañana. —El profesor Aizawa se encoge de hombros—. Te quedas la bufanda, al menos hasta que puedas tramitar los permisos necesarios y puedas permitirte que te hagan una con las características que necesites en función de lo que vayas aprendiendo.

—¿Me la quedo? —Hitoshi está tan desconcertado que apenas atina a procesar toda la información.

—La licencia provisional os exige la supervisión de un héroe profesional. Imagino que la mayoría de tus amigos enmarcarán la licencia y será el recuerdo palpable de un reconocimiento que nunca existió, pero tú has seguido entrenando conmigo, así que tienes que trabajar mucho si quieres aspirar a convertirla en una licencia definitiva. Cada vez te mueves mejor, pero tu dominio de la bufanda deja mucho que desear y apenas has practicado tu Don.

—Yo…

—A partir de ahora, trataremos de cuadrar tus entrenamientos con las prácticas de combate de la clase de 3A. Quiero que te enfrentes a Sato. Sabe cómo funciona tu Don y él es fuerza bruta, será un buen aprendizaje para ti, si consigues dominarlo con el Brainwash —dice Aizawa, impertérrito—. También harás prácticas de rescate, sigilo y combate en equipo con el resto de la clase.

—De acuerdo, Aizawa-sensei —asiente Hitoshi, nervioso y emocionado por la perspectiva.

—Los exámenes para la licencia son dentro de unos meses, tienes tiempo de prepararte, pero no te confíes. —A pesar de los párpados caídos, de la apatía habitual del profesor y del tono hastiado de su voz, hay un brillo en sus ojos por primera vez en semanas que Hitoshi no lo había visto nunca y que contrasta con su pesimismo al anunciar que no van a volver a Tártaro.

—Sobre Kurogiri… —plantea, tentativamente.

—No creo que haya nada más de información que podamos extraerle —dice Aizawa en tono seco. Hitoshi espera, por si añade algo más, y está a punto de insistir de nuevo, pero al final se despide con un asentimiento y un agradecimiento breve al conductor, y se baja del coche. El profesor baja la ventanilla cuando Hitoshi pasa a su lado—. No queda suficiente de él ahí dentro.

Hitoshi se detiene a su lado. Ha percibido el dolor en la voz de Aizawa. Se muerde la mejilla, pensando antes de responder.

La idea de Aizawa ha funcionado y Shouto tenía razón cuando le aconsejó entrenar. Ha progresado muchísimo con su Don. El límite que Hitoshi creía infranqueable, hacer que una persona hablase, ha resultado ser cuestión de intentarlo con tesón. Ahora es capaz de hacer que Kurogiri responda sus preguntas. No las que contesta con docilidad cuando llegan, permitiendo a Hitoshi utilizar su Brainwash, sino aquellas que en los interrogatorios estándar sólo reciben silencio por respuesta.

Así, han averiguado mucho sobre las actividades de la Alianza de Villanos durante su fuga. Han podido escuchar los detalles sobre la muerte de Neito Monoma, que Kurogiri registró en una desconexión mental que no ha sabido explicarles. También incriminarlos por el asesinato de Manual. Han descartado la existencia de más nomus y han tomado nota de las sospechas de All for One acerca de su uso por parte de quien les hubiese liberado y los planes que pretendía desplegar si conseguía desestabilizar el poder. Todo ha quedado registrado como parte de la instrucción del juicio que aumentará las condenas de los miembros de la Alianza de Villanos que han sobrevivido, pero sobre todo el que sentará en el banquillo de acusados a Yotsubashi y Shimizu.

Sin embargo, hay una barrera que apenas han conseguido traspasar: la de la personalidad que Aizawa busca. Hitoshi se ha esforzado en buscar el hilo de la voluntad que la identifica, de color blanco azulado, en el enredo caótico que supone el nomu. Ha obtenido algún éxito: conseguir que el Don de Shirakumo se manifieste en forma de nubes que nada tienen que ver con la neblina negra que rodea a Kurogiri, que reconozca su propio nombre y que afirme conocer el de Shouta Aizawa. Pero eso ha sido todo. La conciencia del antiguo amigo de Aizawa, cuya historia ha conocido a retazos al escuchar al profesor hablando a Kurogiri para despertarla en su interior, está tan deshilachada como la voluntad del nomu. En el interrogatorio de hoy, de hecho, sólo han dado vueltas en círculos alrededor de información que ya les había proporcionado.

—No es él. —Aizawa levanta la vista hacia Hitoshi, que lo mira tratando de no reflejar la compasión que siente en sus ojos. Él tampoco querría verla—. Pero se alegra de verle cada vez que vamos, Aizawa-sensei. —Esto es cierto. No se lo ha dicho al profesor desde aquella primera vez, tras la batalla, porque no ha querido hurgar más en la herida.

No está muy seguro de que decírselo sea lo correcto. Ha sabido unir los detalles que conoce para saber que una gran amistad unía a Aizawa y Present Mic con Shirakumo. El segundo está muerto, el propio Kurogiri ha relatado, impasible, su asesinato tras la fuga de Gunkanjima. Del tercero ni siquiera queda alguien con suficiente empatía como para suavizar la confesión ante el evidente dolor de Aizawa al escucharla. Quizá habría sido mejor callárselo. Permitir que Aizawa haga el duelo que corresponde por sus amigos y su pierna y retome su vida. Pero él sí habría querido saberlo, de estar en su lugar.

—Gracias. Igualmente suspenderemos las visitas durante un tiempo. —El tono de Aizawa es un poco más determinado—. Por ahora, nos centraremos en tu entrenamiento y en que no pierdas el ritmo de tus estudios. Ya veremos qué nos depara el futuro después.

Aliviado, porque pensar en el futuro le parece algo muy positivo para el profesor Aizawa en estos momentos, Hitoshi sonríe con cortesía y hace una breve reverencia. Aizawa se despide con un asentimiento antes de subir el cristal. El coche no arranca hasta que Hitoshi no ha entrado en el portal.

Escribe a Denki y se mete en la ducha. Su novio ya ha contestado cuando sale. Hitoshi paladea la palabra, porque hasta ahora nunca ha considerado siquiera la idea de tener algo parecido. Los novios y las novias eran una cosa que les ocurría a otras personas que no tenían Dones peligrosos. Que no temían que un chaval adolescente decidiese utilizar su control mental en un momento íntimo.

Denki confía ciegamente en él. Contesta directamente sus preguntas, sin tapujos, sin cuestionar nunca ni dudar de las intenciones de Hitoshi, ni siquiera cuando las manos de ambos han explorado debajo de los calzoncillos del otro. Hitoshi se ha relajado tanto gracias a su relación con él que ahora hace preguntas más a menudo, sin el trabajo mental de estar analizando todo lo que dice todo el tiempo para que no parezca que está utilizando su Don. Al descanso que esto supone se le suma la confianza cálida y fresca que le llena el pecho, tanto que parece que no va a poder más aire, y le vacía el estómago con la sensación de vértigo que provoca saltar de un edificio alto que le despierta estar pensando en Denki todo el tiempo.

—¿Vas a salir con Kaminari? —le pregunta Ojiro, adivinándolo al verlo arreglarse más de lo usual. Hitoshi asiente—. Salúdale de mi parte.

—Y de la mía —añade Ichinose, que acaba de llegar a casa de trabajar y está descalzándose en la entrada.

Ojiro conoce a Denki del complejo. A ambos les gusta hablar de ello cuando se ven, recordando algunas anécdotas previas a la llegada de Hitoshi. Ichinose bromea, con una pizca de envidia al escucharlos, diciendo que parecen dos abuelos hablando del servicio militar de su juventud. Hitoshi ha intentado explicarle que, en realidad, sólo están idealizando recuerdos puntuales y que la mayor parte del tiempo no fue agradable, pero su argumento pierde fuerza porque al decirlo él suele pensar en el primer beso que compartió con Denki, a oscuras en una litera. Y, si en ese momento sentía desazón por lo que estaba ocurriendo o tenía miedo, no lo recuerda, pero sí los labios electrizantes de Denki, su sonrisa descarada y sus ojos brillantes.

El interés que Denki despierta en Ojiro e Ichinose va un poco más allá de que Denki haya pasado un par de noches en la habitación de Hitoshi cuando va a verlo a Musutafu los fines de semana. Tiene más que ver con que, aunque llevan compartiendo piso varios años, es la primera vez que le conocen una pareja. Entusiasmados, revolotean alrededor de ambos con entusiasmo. A Hitoshi no le molesta en exceso, pero prefiere estar con Denki a su ritmo y sin presiones.

—Se queda a dormir, así que podréis dárselos por la mañana vosotros mismos —dice Hitoshi, poniendo los ojos en blanco cuando Ojiro silba, celebrándolo.

—Un solo ruido y os aseguro que aporreo la puerta hasta derrumbarla —advierte Ichinose, provocando que Ojiro suelte una carcajada.

—Oh, no puedes chafarles la cita, Ichinose —dice Ojiro, guiñándole un ojo a Hitoshi, que resopla, exasperado.

—No es una cita —aclara, de mala gana, frunciendo el ceño. Los otros dos chicos son un poco mayores que él y, desde que sale con Denki, se comportan como idiotas con ese tema, burlándose y celebrando. No obstante, le gusta esa camaradería, es mucho más agradable que el ambiente enrarecido que impuso la Liga de Villanos justo antes de que Ojiro se marchase, reclutado—. Hemos quedado con Midoriya, Hatsume, Sero y Uraraka.

—Oh, salúdalos también —dice Ojiro, sonriendo con nostalgia.

—Se alegrarán de saber de ti —dice Hitoshi, despidiéndose mientras se calza.

Es la primera vez que van a verse los seis después de que los liberasen. Ojiro también ha quedado, un par de semanas antes, con los amigos que hizo en el complejo, pero ellos hasta ahora no han sacado tiempo. Ni siquiera sabe bien quién lo ha organizado, aunque sospecha que el hecho de que haya sido Denki quien lo ha avisado a él tiene mucho que ver.

El autobús de Denki no ha llegado cuando Hitoshi entra en la zona de dársenas de la estación, mirando el reloj para constatar que va con retraso. Teclea rápidamente en su teléfono para avisarlo de que ya está esperándolo y apoya el hombro contra una columna, cerrando los ojos y disfrutando de la música que suena a través de sus auriculares. El teléfono vibra, probablemente con la respuesta de Denki, pero Hitoshi no abre los ojos, porque no ha oído llegar ningún vehículo.

Suspira, disfrutando de la dulce impaciencia de la espera, que hasta ahora no había experimentado nunca.

Denki es de Shizuoka, pero estudia en Osaka. Hitoshi no lo supo hasta que todo terminó, cada uno volvió a su casa y Denki tuvo que regresar a Osaka para reanudar sus clases. También fue cuando se dio cuenta de que le saca un par de años: Denki está en su primer año de carrera e Hitoshi en el último.

—¿Quién soy? —Unas manos cálidas, que le transmite una chispa de electricidad estática al tocarlo, le cubren los ojos. Hitoshi sonríe, lo hace todo el tiempo cuando se trata de su novio. Aunque no ha escuchado llegar al autobús, no necesita adivinar. Puede oler su desodorante deportivo, demasiado llamativo, notar la suave corriente eléctrica que lo recorre de forma casi constante y conoce a la perfección el tacto de las yemas de sus dedos.

—Hola, Denki. —Hitoshi se quita los auriculares, dejándolos caer descuidadamente. Las manos abandonan su rostro.

Hitoshi abre los ojos y Denki ya está delante de él, moviéndose como un niño inquieto: rubio, con el mechón negro que parece un rayo en un lateral, prolijamente peinado, unas gafas de sol que no impiden ver sus ojos ambarinos y una blanca sonrisa enorme en los labios. Lleva una chupa de cuero vegano, su favorita, y unos pantalones que se ajustan a las piernas y se cierran en los tobillos, dejándolos al aire unos centímetros, sin cubrir la zapatilla deportiva ni llegar al calcetín, que no se ve

—Estás muy guapo.

—Tú también. —Denki se pone de puntillas y le sujeta el rostro para besarlo. Hitoshi rodea su cintura con los brazos, atrayéndolo hacia él y alargando más el beso. Pierde la noción del tiempo hasta que el ronroneo del motor del autobús en el que debería haber llegado Denki los interrumpe. Hitoshi levanta una ceja, curioso, y Denki se ríe con una carcajada—. Perdí el autobús. Iba a llamarte para decirte que no podría venir, porque el siguiente tardaba un par de horas en salir, pero un taxista me interceptó en la estación.

—Te interceptó —dice Hitoshi, pausadamente. El recuerdo de Midoriya y Uraraka contándoles su experiencia en Osaka y las lejanas sesiones de terapia en grupo regresan a su mente. Tras regresar, ha retomado las sesiones con su psicóloga, que ha decidido espaciarlas más que nunca y no ha vuelto a mencionar la terapia de grupo.

—Literalmente, te lo juro. —Denki se vuelve a reír y, para Hitoshi, su carcajada suena como dos copas de cristal entrechocando entre sí—. Sabía que había perdido el bus y dijo que tenía que estar contigo hoy.

—¿Conmigo?

—Bueno, en verdad, no dijo tu nombre —dice Denki, encogiéndose de hombros dentro del abrazo de Hitoshi—. No lo sabía, creo. Sólo que el chico con el que había quedado necesitaba hoy mi presencia, que no podía dejarte sólo. Y se ofreció a llevarme hasta un pueblo cercano. Por lo visto, por allí pasaba otro autobús en dirección a Musutafu que podía llegar a tiempo de coger y que era más directo, así que llegaba a la misma hora. No veas cómo conducía, iba a toda velocidad, pero era perfecto. Parecía saber exactamente cuándo un semáforo iba a ponerse en verde o por dónde iba a aparecer un hueco para meterse y adelantar.

—Qué estresante —murmura Hitoshi en voz baja. Se pregunta si realmente Shinichiro Miki no sabía que el chico con el que iba a encontrarse Denki era él, si ha olvidado su nombre o si directamente no ha querido asustar a su novio mostrándole conocer demasiados detalles personales.

—En realidad, ha sido emocionante. —Denki le quita importancia con una carcajada. Riendo, ambos salen de la estación agarrados de la mano y se dirigen caminando hasta el restaurante donde han quedado con los demás. Queda un poco lejos, pero tienen tiempo y a Hitoshi le gusta pasear con Denki. Eso les permite hablar mucho mejor que cuando utilizan el transporte público, más agobiante por las personas que les rodean—. Y un poco raro, porque cuando le he preguntado sobre lo que ha dicho, se ha limitado a decirme que es algo de su Don. Como luego he tenido que subir corriendo al autobús, no me ha dado tiempo a preguntarle nada más.

—Tienes razón, suena emocionante —coincide Hitoshi, aliviado porque su novio haya conseguido estar con él. El frío de Tártaro y la conversación con Aizawa sobre Shirakumo se han quedado dentro de su pecho como un cubito de hielo que no ha deshecho el agua caliente de la ducha ni el calor del ambiente, pero sí el abrazo y los besos de Denki.

—Y me va a dar material para contar anécdotas durante semanas. ¿Te parece mal? —pregunta Denki, examinando su expresión. Hitoshi niega, ordenando sus pensamientos.

Después, mientras caminan, Hitoshi le habla a su novio de las sesiones de terapia de grupo, de todos los años de tratamiento psicológico y de cómo ha retomado las consultas con su antigua psicóloga. Es un aspecto de su vida que, hasta ahora, Denki desconocía. No era un secreto, simplemente, no había habido un momento en el que contarlo. La reacción de Denki no se hace de esperar. Aprieta la mano de Hitoshi con fuerza, acercándose a él tanto que sus pies casi tropiezan al caminar, como si quisiera agradecer con contacto físico la cercanía emocional que Hitoshi le está brindando, escuchando atentamente e intercalando preguntas curiosas cada poco tiempo. También le habla de Shinichiro Miki y de cómo cree que es este ayudó a Uraraka y Midoriya cuando estos fueron a Osaka a avisar del peligro. Al terminar de hablar, Hitoshi se siente libre y ligero y en los ojos amarillos de Denki hay un brillo más intenso que nunca al felicitarle por ser capaz de verbalizarlo.

—¡Claro! —exclama Denki, riéndose—. ¡No lo recordaba! O sea que nos hemos cruzado cuatro de nosotros con él, por separado, sin conocerle. ¡Qué casualidad!

—Supongo que forma parte del funcionamiento de su Don. Aunque probablemente Midoriya sabría explicarlo mejor.

—¿Y dices que iba con vosotros a las sesiones para aceptar vuestro Don? ¿Por qué? Él parece usarlo sin problema, ¿no? —Hitoshi se encoge de hombros, no muy seguro de cuál puede ser la respuesta.

—Hoy has ido a Tártaro, ¿verdad? —pregunta Denki tras caminar unos minutos en silencio, cambiando de tema con una discreción extraña en él, salvo cuando sabe que Hitoshi ha visitado la cárcel, porque es plenamente consciente de la incomodidad que le supone—. ¿Qué tal ha ido?

—Hoy no hemos conseguido nada. —Hitoshi recuerda las palabras de Aizawa—. Eraserhead ha dicho que no volveremos. Al menos por ahora.

—Vaya. ¿Y eso?

—No lo sé. Creo… Me parece que le duele hablar con Kurogiri. —Una de las cosas que más le gusta de ser el novio de Denki es que puede hablar con él de cualquier cosa. Por primera vez en su vida, no necesita guardárselo todo para sí mismo ni temer contar un secreto, porque confía en que Denki va a respetar sus confidencias. Su psicóloga también le daba una confianza similar, pero el vínculo es muy diferente y novedoso para Hitoshi—. He mejorado mucho con mi Don, tanto que hemos conseguido toda la información que nos habíamos propuesto, no creo que podamos sacarle mucho más. Lo que sabía ya nos lo ha contado.

—¿Y lo de su amigo? El de Eraserhead, quiero decir.

—Ese es el problema. Creo que no quedan restos suficientes de su personalidad dentro de Kurogiri que podamos rescatar. Por más que he intentado sacarlo a la luz, ayudarlo a imponerse sobre las otras voluntades… —Hitoshi niega con la cabeza—. No es Shirakumo. Me parece que Eraserhead lo ha entendido y por eso no quiere volver. Es doloroso, pero una parte de su amigo sigue ahí dentro, aunque no pueda disgregarse de las otras voluntades y tomar el control del cuerpo.

El día que consiguieron que crease nubes, las mismas nubes que habían sido, según Aizawa, el Don de Shirakumo, Kurogiri había formado algo como un rostro, hecho de neblina gris. Un rostro jovencísimo, más que Hitoshi, que había sonreído tristemente. Se lo cuenta a Denki, describiéndoselo.

—Creo que el profesor ya había tomado la decisión ese día. —Tras ese punto de inflexión, sólo han vuelto dos veces más, centrándose exclusivamente en seguir el interrogatorio estipulado por la Comisión de Seguridad Pública.

—Quizá no insistir sea lo mejor, entonces —dice Denki, comprendiendo. Es algo que siempre fascina a Hitoshi. Ahora es un experto en leer en el rostro de Denki todo lo que este siente como si fuese un libro abierto. Por eso sabe que, a pesar de los pocos detalles, ha comprendido la situación perfectamente.

—Supongo.

—No estás muy conforme. —No es una pregunta. Hitoshi resopla. Parece que Denki es capaz de leerle a él también, ahora que se ha acostumbrado a su aparente inexpresividad.

—Tengo la sensación de que Eraserhead necesita gestionar su propio duelo. Kurogiri se alegra cuando estamos allí. Colabora, incluso, sin oponerse al interrogatorio. —Aunque, con honestidad, Hitoshi no está seguro de que esto sea un rasgo de personalidad.

—¿Crees que es bueno que lo vea, entonces?

—Creo que volverá, eventualmente. —Hitoshi se encoge de hombros—. No sé si es positivo o no, pero un tiempo para asimilarlo tampoco le vendrá mal.

—Sabes mucho de estas cosas —dice Denki, apretándole la mano cariñosamente, en tono de admiración.

—Son muchos años de terapia —bromea Hitoshi.

—Y has mejorado tanto con tu Don que has podido hacer salir al amigo de Eraserhead. ¡Molas un montón, Hitoshi!

Avergonzado, Hitoshi se sonroja por el elogio de Denki. No le da lugar a contestar porque Hatsume y Uraraka están saludándolos desde el otro lado de la calle y se unen a ellos en los últimos metros que los separan del restaurante. Eso no impide que Denki siga elogiando el desempeño de Hitoshi con su Don con las dos chicas, aunque sin mencionar el Tártaro en esta ocasión.

.

—¿Va todo bien, Deku-kun? —La pregunta de Ochaco lo sobresalta y da un respingo. En la mesa, todos lo miran a él. Hasta hace un momento, estaban charlando animadamente, porque oía sin escuchar el sonido indefinido de sus voces. Ahora se ruboriza, percatándose de cómo Kaminari y Sero intercambian una mirada divertida entre ellos, Shinsou lo mira con intriga, Ochaco con preocupación y Mei, a su lado, se ríe entre dientes.

Esboza una sonrisa culpable: ha vuelto a distraerse. Le ha pasado a menudo en las últimas semanas, de ahí la carcajada presumida de Mei. Ha interrogado a Izuku exhaustivamente hasta que este se lo ha contado, por supuesto. Siempre hace lo mismo. Lo avasalla, igual que cuando se encontraron por primera vez, pero luego también está ahí para tenderle una mano y ayudarlo a levantarse del suelo. Su carácter extrovertido y bromista a veces desconcierta a Izuku, cuando oscila entre se burla amistosamente de él, forzándolo a salir de su zona de confort, a colaborar con sus diseños e inventos. Ella siempre tiene algo que aportar y, aunque es mucho más talentosa que él, tiene interés siempre en escuchar los aportes de Izuku en los que ella proyecta.

—Lo siento. No estaba escuchando. —Izuku siente que las mejillas le arden de vergüenza por lo maleducado que suena, pero no tiene mucha más solución que disculparse—. Lo siento mucho —repite una vez más.

—Hatsume-san nos estaba contando su colaboración con Creati, po —aclara Sero con una expresión simpática que indica que lo perdona.

—¡Ah, sí! —asiente Izuku con entusiasmo, aferrándose al cabo que le ofrece su amigo—. Le va muy bien. ¿Verdad, Mei?

—Eso ya lo he dicho yo, Izuku —responde la chica en tono malicioso y otra carcajada recorre la mesa. Izuku está a punto de pedir perdón de nuevo, pero Mei le resta importancia con una palmada en la espalda.

Lo cierto es que Izuku está muy orgulloso de ella. Al contrario que él, Mei no está interesada en ser una heroína, nunca lo ha estado. Mientras que para Izuku, entrar en el departamento de apoyo de la U.A. fue un premio de consolación, para ella constituyó la lotería de su vida. Por eso, la sensación de plenitud de Izuku cuando el primer ministro reconoció que eran héroes, incluso si eso significaba hacerlo constar por escrito, Mei la experimentó al leer el correo electrónico que le había adjuntado Yaomomo con una oferta para trabajar con ella.

—Es genial que hayas tenido esta oportunidad —interviene Kaminari, salvándolo con una sonrisa. Izuku asiente, entusiasmado. Mei siempre ha sido mejor inventora que él y le supera en inventiva, habilidad y productividad y se merece que haya gente que lo reconozca profesionalmente.

—Una heroína que es capaz de crear cualquier material que haya estudiado y una inventora capaz de diseñar objetos con cualquier material es una combinación brutal —dice Ochaco, expresando la misma admiración que Izuku, en voz alta—. Pero Yaomomo no tiene agencia propia, ¿verdad?

—No es compatible tener intereses privados si quiere trabajar en una entidad pública como pretenden que sea la Comisión —dice Shinsou.

—Entonces, ¿la Comisión va a abrir su propia empresa de soporte? —pregunta Kaminari, perplejo.

—Sí —asiente Mei, lanzándose en una explicación sobre unos planes que Izuku ya ha escuchado varias veces, no sólo a su amiga, sino también en las tertulias televisivas y los creadores de contenido más influyentes de internet en Japón—. Otros países están hablando de adoptar la idea y crear instituciones públicas similares.

—Suena muy bien —asiente Shinsou, complacido.

—Y creo que va a marcar la tónica general a partir de ahora: las agencias podrán disponer de sus propios inventores en plantilla, especializados en las necesidades de los héroes y trabajando proactivamente en el enfoque de la agencia, pero la empresa pública obligará a que las agencias privadas sean competitivas y no acaparen el mercado —añade Mei, entusiasmada—. Podrán ofrecer sus servicios a otros héroes y agencias, por supuesto, incluso a la Comisión, pero la existencia de una empresa pública y ciudadana permitirá que cualquiera, incluso héroes solitarios como Eraserhead, puedan acceder a los dispositivos que precisen. ¡Es el futuro y ya está aquí!

—Pero eso arruinará a Detnerat. Y a las empresas más pequeñas que ella, ¿no? —plantea Kaminari, frunciendo el ceño.

—Nada que no esté ocurriendo ya —dice Shinsou, sin ocultar el desdén.

Tras la batalla contra Shimizu y Yotsubashi, al regresar al exterior, todos se habían topado con la realidad: al revelar lo ocurrido, el mercado bursátil de las empresas de soporte se había derrumbado. La confianza de la gente, quebrada, había repercutido también en la viabilidad económica. Miyashita, que ya ha sido confirmado como nuevo CEO de Detnerat, ha tenido que impulsar cambios profundos en la empresa, que está evolucionando a un modelo cooperativo a partir de la gestión por parte de empleados.

—¡No! Al contrario, salvará el tejido empresarial. —Izuku se sonroja, ha sido demasiado expresivo, pero quiere demostrar que ahora sí está prestándoles atención—. La empresa pública asegurará no sólo la competitividad, sino también la confianza de la población. Además, de esta manera el Estado no dependerá de intereses privados a la hora de diseñar contenciones como la de Gunkanjima, reduciendo las probabilidades de que vuelva a ocurrir algo similar.

—Y eso permite a la Comisión ser mucho más eficaz evaluando los objetos de soporte de las agencias y empresas privadas antes de darle su autorización —añade Mei, asintiendo—. Estamos diseñando protocolos y requisitos a cumplir estandarizados que, hasta ahora, eran meramente reclamos mercantiles, lo cual aumentará la seguridad de los diseños y su uso.

—Eso es algo bacán —dice Sero, que está escuchando con atención.

—Y necesario. Ahora que la gente va a poder utilizar sus Dones con una simple declaración responsable tras el registro y que habrá entrenamientos en las etapas académicas adaptados a través de héroes profesionales, va a haber un aumento en la demanda en objetos de apoyo que ayuden a canalizar, contener o amplificar los Dones de cada persona —explica Mei.

—Eso quiere decir… ¿que yo podría acceder a una bufanda de microfibras como la de Eraserhead? —Mei asiente.

—Mejor, incluso. Es posible que tú tengas unas necesidades diferentes a las de Eraserhead, quizá la diferencia de altura, o la fuerza física. Estoy seguro de que hace años que nadie revisa ese diseño y que podría mejorarlo. ¿Es porque quieres una propia? —Izuku conoce lo suficiente a su amiga como para saber que en lo que ha dicho hay implícita no sólo una invitación, sino también un deseo. Se alegra de que, por fin, Shinsou y Mei vayan limando sus asperezas, sobre todo por parte de ella, por mucho que le agradezca la lealtad que la chica le ha demostrado durante años. Al fin y al cabo, no cree que sea justo para Shinsou, después de todo lo ocurrido, seguir pagando por unos actos que no ejecutó solo él.

—Bueno, ahora mismo tengo la de Eraserhead, que me la ha cedido y la licencia provisional no me permite utilizar objetos sin supervisión para…

—¿Puedo verla? ¿Vas a entrenar con ella? Si me dejas ver un día, estoy segura de que podría introducirle mejoras —interrumpe Mei.

—¿Tienes una licencia provisional y no me lo habías dicho? —aúlla Kaminari, tratando de hacerse oír por encima de la chica.

—Sí, me la ha dado Eraserhead hoy. Al resto os llegará en un par de días, según me ha…

El caos que estalla en la mesa tarda varios minutos en aplacarse lo suficiente para que Shinsou pueda explicarles lo ocurrido. Acto seguido, vuelve a llenarse de gritos de celebración y exclamaciones felicitando a Izuku y Shinsou que hacen que otras personas del restaurante los miren con censura y un camarero les llame la atención.

Una licencia provisional de héroe.

Izuku se distrae de nuevo, pensando en ella. Él sí recuerda a la perfección las palabras del primer ministro, pero como han pasado varias semanas sin noticias de ello, no ha creído que fuesen a ser más que eso, una propuesta lanzada al aire. Para Izuku ha sido suficiente consuelo y ánimo el reconocimiento explícito que las acompañó, aunque la idea de tener un papel que lo certifique es muy emocionante. Todos los demás han preferido continuar con las vidas que tenían antes del reclutamiento y han regresado a sus trabajos y estudios o, como Mei, han aprovechado las nuevas oportunidades que se les han presentado; pero para él y Shinsou, una licencia provisional es una puerta abierta de par en par a un sueño, no sólo un reconocimiento tácito de sus méritos.

Mientras Mei interroga a Shinsou, tratando de averiguar más sobre el cambio legislativo que ha habido que implementar para poder expedir las licencias provisionales, Izuku piensa en todos los demás cambios que están llenando el espacio informativo desde hace semanas. Pronto, gracias al amplio apoyo de la Cámara de Representantes, las excepciones como Ochaco, hasta ahora fuertemente reguladas por licencias, no existirán. Todo el mundo podrá declararse responsable de su Don y utilizarlo. Todavía habrá algunas restricciones para impedir que una ayuda más voluntariosa que acertada entorpezca el trabajo de los héroes profesionales y ponga vidas en peligro, pero los días de no poder utilizar jamás el Don se han terminado.

Es un cambio tan brusco que Izuku había temido que fuese demasiado. Sin embargo, sabe por su madre que, aunque todavía queden semanas o meses para que las nuevas leyes se aprueben y entren en vigor, en ciertos entornos ya ha dejado de estar mal considerado utilizar el Don. Por ejemplo, su madre puede utilizar su pequeño poder de atracción en el trabajo, en lugar de agacharse. Tanto, que ha mejorado su dominio sobre él en apenas unos pocos intentos, suficientes para aumentar la precisión y el tamaño de los objetos.

Incluso personas como Shinsou, que tienen Dones invasivos, y que seguirán sin poder utilizarlos en otras personas, sí tienen la libertad de usarlo responsablemente en situaciones de emergencia justificadas. Izuku, además, está seguro que normalizar el uso de los Dones de forma responsable hará que la desconfianza hacia las personas con Dones más conflictivos disminuya paulatinamente. Habrá también gente que quiera aprovechar las nuevas leyes para beneficio personal o justificar fraudes y delitos, pero eso ya era algo que ocurría antes y cuyas medidas para atajarlo siguen funcionando.

—Y tú, Midoriya, ¿qué planeas hacer con tu vida, weón? La licencia provisional es justo lo que querías, ¿no? A lo mejor puedes presentarte al examen para una definitiva por tu cuenta —pregunta Sero.

—Sí… Yo… —Izuku titubea, porque su capacidad para hacer planes tenía prevista toda una hipotética cadena de acciones que llevar a cabo en una tesitura improbable como esa, pero la revelación de Shinsou le ha pillado tan de sorpresa que no es capaz de reaccionar.

—Si hay alguien que puede conseguirlo en primer lugar, eres tú, Deku —dice Ochaco, con fe.

—Está la carrera, el proyecto de fin de curso, las prácticas… Son muchas cosas, así de repente, y tengo mucho de qué ponerme al día… Se lo prometí a mamá —dice, sonrojándose nada más decirlo, porque se siente como un niño pequeño al hacerlo. Sin embargo, el resto asiente, comprensivo.

—Eso está choriflay, weón —dice Sero, mirándolo con media sonrisa—. Haces bien en priorizar lo que ya tenías empezado en lugar de correr como pollo sin cabeza.

—Claro, papá —responde Mei, poniendo los ojos en blanco, utilizando la edad de Sero para burlarse. El chico, no obstante, lo acepta con deportividad, brindando con el vaso. La carcajada del resto permite a Izuku respirar tranquilo de nuevo, fuera del foco principal de la conversación.

Está seguro de que Inko se va a alegrar tanto como él de su licencia provisional. Es cierto que le ha pedido que conserve los pies en el suelo y no se precipite en dejar lo que ya ha conseguido a un lado para abrazar impulsivamente lo que se presente, e Izuku está intentando cumplirlo, porque cree que es un buen consejo, no porque se lo haya prometido.

Al llegar a casa, había encontrado a su madre asustada. La incertidumbre de saber qué había ocurrido tras ver en la televisión lo que Izuku y sus compañeros habían hecho, y la falta de noticias la había mantenido en vela toda la noche. Izuku se había arrojado a sus pies, pidiendo perdón por haberla disgustado, lamentando más que nunca no haber podido ponerse en contacto con ella para tranquilizarla.

Pero su madre se había arrodillado frente a él, atrayéndolo a un fuerte abrazo, mientras susurraba entre lágrimas. «Mi héroe, mi pequeño héroe».

«Lo siento mucho. Sé que lo que hicimos no fue lo más ideal, pero…»

«Has cumplido tu promesa. Estás sano y salvo, Izuku», lo había interrumpido su madre, todavía llorando. Izuku había unido sus lágrimas a las suyas. «Me has honrado a mí, a la nación y has conseguido algo muy importante, hijo mío. Estoy tan contenta de que hayas vuelto, tan orgullosa de ti, de todo lo que has hecho y conseguido…»

La posibilidad de convertir en definitiva la licencia provisional, de ser una de las primeras personas sin Don en hacerlo, a pesar de que no quiere considerarse un símbolo, lo atrae mucho, pero además del argumento que ha dado, tiene que considerar que sigue faltándole un brazo, que no tiene material para fabricarse objetos de apoyo que suplan su falta de Don y que no hay manera de entrenar por su cuenta más allá de mantener la forma física. También es cierto que ha perdido demasiados meses, prácticamente un curso entero, en la universidad. Mei tiene un talento enorme, y es capaz de sacar las asignaturas con facilidad, sobre todo las prácticas. Y muchas de las teóricas las conoce ya por mera intuición. Sin embargo, Izuku necesita centrarse y recuperar el tiempo perdido.

Tampoco es la única propuesta que debe considerar. Igual que Mei con el trabajo ofrecido por Yaomomo, Izuku ha recibió dos emails. Aún no ha contestado a ninguno de los dos, a pesar de tenerlos marcados en su bandeja de entrada como correos de alta importancia.

Uno es de Ingenium, solicitándole formalmente su colaboración para organizar charlas y talleres en colegios, institutos y universidades en el marco de sensibilización que la Comisión quiere impulsar el siguiente curso escolar. Según le explica, precisan de alguien sin Don que les ayude a enfocar algunos de los contenidos y creen que sería positivo realizar pruebas sobre el terreno para después formar a quienes vayan a realizar dichos talleres. Al final del correo, en un tono más personal, la ha admitido que no conoce a nadie con las características de Izuku, esto es, sin Don, disculpándose por ello y asegurándole que su propia experiencia puede resultar inspiradora para otras personas.

Izuku no ha sabido qué pensar después de leerlo y sigue sin saberlo. El documento adjunto, un borrador del proyecto con mucho trabajo por realizar aún, le ha gustado más que la responsabilidad de ser la única persona en un entorno profesional en la cual Ingenium puede pensar. Los objetivos a conseguir van en completa consonancia con los cambios que buscan implementarse a nivel legislativo, prometidos por el primer ministro: que las personas no tengan que reprimir su Don, programas de educación y sensibilización desde la Comisión de Seguridad Pública que trabaje estrechamente con los colegios e institutos. Hablar de utilizar el Don, potenciar las habilidades y, al mismo tiempo, sensibilizar contra el acoso y la marginación de las personas cuyos Dones son percibidos como poco estéticos, negativos o, directamente, que carecen de él, como Izuku, desarrollando otras habilidades e incentivándolos y motivándolos a trabajar en sus mejores cualidades para equiparar a todas las personas le ha recordado a Katsuma, que con su Don y una formación adecuada de la sociedad, podrá aspirar a completar un examen de acceso a una escuela de héroes que ahora mismo no pasaría.

El otro correo era de la agencia Dynamight, ofreciéndole un puesto de inventor en plantilla similar al de Mei, pero dentro de la empresa de Katsuki.

No sabe si ha escrito el correo personalmente o alguna persona de su equipo administrativo. Por lo formal de la oferta, Izuku imagina que es lo segundo, pero es obvio que la idea ha partido del héroe. Tampoco sabe cómo interpretarla. Por un lado, es consciente de que Katsuki sabe cuál es el sueño de Izuku. Por otro, no sabe qué pensar de ellos dos. No es tan idiota como para no pensar en la excepcional cercanía que han cultivado durante el tiempo que ha durado la guerra contra la Liga de Villanos, pero no está seguro de cuál es su posición ahora que ha terminado.

No ha visto a Katsuki en las últimas semanas ni ha hablado con él. El reencuentro con su madre, reanudar la rehabilitación interrumpida y la terapia psicológica, retomar la universidad… la reincorporación a la vida habitual le ha arrollado, impidiéndole pensar en nada más que intercambiar algún mensaje de texto con Katsuki que este tarda en contestar de forma breve y concisa.

No está seguro de qué es lo que esperaba exactamente de él. Quizá que la burbuja imposible que habían podido formar no estallase jamás.

La Comisión de Seguridad Pública, por mediación de Yaomomo, les había proporcionado un coche y un chófer con el que regresar a Musutafu. Aunque no todos tomaron esa opción. Kaminari se había marchado en otro vehículo con Shouto, que regresaba al complejo de Osaka con Endeavour, despidiéndose de Shinsou con varios besos y de los demás con una sonrisa que reflejaba su tristeza y alegría simultáneas. Sero había tomado un tren rápido en dirección a Shizuoka, argumentando que no era necesario que le escoltasen. Lo habían acompañado hasta la estación, esperando con él su tren, bromeando e intercambiando pullas, hasta que se había subido, dando por finalizada su participación. Togata y Amajiki habían partido, en otro tren, en dirección a Nagoya, dejándolos solos.

Izuku apenas recuerda el viaje de vuelta. Mei, Ochaco y Shinsou se habían acomodado en el asiento trasero, cediendo a Izuku el lugar del copiloto. Katsuki conducía, con movimientos bruscos que no consiguieron evitar que la combinación del ronroneo del motor, el olor particularmente característico a quemado de Katsuki, fruto de su Don, y el cansancio le hiciesen caer dormido prácticamente al instante, durante las casi tres horas de trayecto.

—Está pensando en Dynamight. —Al oír a Mei, Izuku vuelve a sobresaltarse. Ha vuelto a abstraerse en sus pensamientos. Avergonzado, mira a sus compañeros, que esta vez no se cortan y sonríen con malicia, algunos, y con benevolente condescendencia, otros. Hasta Shinsou, se da cuenta Izuku, aunque el chico baja la mirada inmediatamente y se pone serio, ha esbozado una sonrisa breve ante el comentario.

—¡No es verdad que estuviese pensando en Katsuki! —protesta Izuku, sonrojándose involuntariamente por la mentira.

—He dicho que estabas pensando en la oferta de la agencia Dynamight, no en Bakugou —dice Mei, zalamera, sonriendo como un gato que ha atrapado a su presa. Todos los demás se ríen, encontrándolo divertido.

—¿Qué? ¡No! —niega Izuku, ruborizándose aún más al darse cuenta de que se ha delatado a sí. Con las mejillas ardiendo, Izuku remueve la comida que tiene en el plato con los palillos, observando que es el único que puede hacerlo: el resto ya ha terminado de cenar.

—A decir verdad, yo pensaba que Bakugou y tú andabais. Quiero decir… —Sero duda, incrédulo—. ¡La wea, os habéis pasado meses pololeando!

—¿Qué hemos qué? —pregunta Izuku, parpadeando horrorizado.

—¡Qué va! —dice Mei en tono conspirador—. Eso pensaba yo también el día que volvimos de Tokio, pero semanas después me enteré que nada de nada.

—¿Nada? —La expresión incrédula de Kaminari y el sonrojo de Uraraka, que se tapa la boca para disimular otra carcajada, refleja el sentir de toda la mesa.

Izuku sólo quiere hundirse en su silla hasta desaparecer. Se encoge de hombros, incómodo. No está seguro de querer hablar de eso. Lo ha hablado con Mei, para disculparse por sus continuas distracciones, pero ahora el resto lo mira con una mezcla de diversión y comprensión que no termina de agradarle.

—Ochaco ha preguntado si te interesaba colaborar con alguna agencia y, como ni siquiera la has escuchado, yo sólo he dicho que estabas pensando en Dynamight. —Es Mei quien se apiada de él esta vez, e Izuku comprende que, en realidad, su amiga sólo estaba tentándole a compartir sus propias noticias sin delatarlo.

Eso sí es cierto: no para de darle vueltas a la oferta de Dynamight.

Al llegar a Musutafu, Katsuki había dejado a cada uno en sus casas. La penúltima había sido Mei, quien había despertado a Izuku para despedirse de él. La sorpresa de descubrir que, a pesar de lo incómodo de la postura, había acabado apoyando la cabeza sobre el hombro de Katsuki en lugar de contra la ventanilla, había sido mitigada por el hecho de que ni siquiera se había enterado de que el resto había ido dejando el vehículo, sin despertarle para despedirse porque les había dado lástima hacerlo.

«¿Dónde tengo que llevarte, nerd?», había preguntado Katsuki, pero Izuku le había explicado que, aunque vive apenas a dos calles de Mei, unos minutos caminando, para llegar a su casa en coche hay que dar un rodeo absurdo por el trazado de las calles. «Muy bien».

Con un gruñido, Katsuki había estacionado el vehículo, bajando de él. Izuku había tardado un par de segundos en comprender que el héroe pretendía acompañarlo hasta su casa. Nervioso, se había despedido de Mei una vez más, que le había guiñado un ojo con picardía.

Katsuki y él habían caminado en silencio hasta el edificio de apartamentos de Izuku y luego se habían quedado de pie otro rato en el portal, en silencio. Izuku, todavía somnoliento, no era capaz de hilar una conversación. Katsuki, macilento por la noche en vela y el viaje en coche, estaba malhumorado y poco comunicativo.

Desde el punto de vista de Izuku, estar en la puerta de su casa, sabiendo que esta vez el regreso era definitivo, hacía que todo lo ocurrido hasta ese momento pareciese haber sucedido a velocidad de vértigo y los últimos segundos antes de cruzar el portal se le derramaban de entre los dedos. Katsuki había observado atentamente los bloques de edificios, todos iguales, durante varios minutos, en silencio y sin parpadear. Finalmente, dándole las gracias por acompañarlo y aún un tanto renuente a marcharse, Izuku había abierto el portal, pero Katsuki lo había retenido.

«Espera un momento, nerd». Rebuscando entre maldiciones en los bolsillos de sus pantalones, había sacado un teléfono móvil.

Entendiendo qué necesitaba, Izuku le había ofrecido una pequeña libreta con un bolígrafo diminuto que Yaomomo había creado para él durante el diseño del distorsionador de voz de Shinsou, como pobre sustituto de sus cuadernos perdidos en el incendio del complejo. Le ha gustado tenerlo estos días. Siempre solía llevar un cuaderno encima, pero perdió los últimos los perdí en el incendio del complejo y no había tenido oportunidad de reponerlos.

Katsuki había pasado las hojas con calma, examinándolas. Aunque casi no ha tenido tiempo, le ha dado lugar a apuntar algunas ideas y esbozar un par de diseños. Luego había ido al final del cuaderno, asegurándose así de encontrar un espacio en blanco, y había apuntado un número de teléfono.

«Escríbeme si necesitas algo». Izuku recogió la libreta de vuelta y Katsuki se giró y se marchó a grandes zancadas.

Sin más.

Izuku no ha vuelto a verlo desde ese día, aunque no ha parado de pensar en él ni un solo segundo. También le ha echado mucho de menos, tanto como durante las semanas que pasó en el hospital, recuperándose de la lesión del brazo y acompañando a Ochaco. Se ha acostumbrado tanto a su presencia que a veces se sorprende a sí mismo buscándolo a su lado, esperando alguna respuesta mordaz a sus comentarios o simplemente contemplándolo en silencio.

—En realidad, hemos hablado un par de veces —dice Izuku, prefiriendo satisfacer la curiosidad de sus amigos que despertar un nuevo interrogatorio si plantea la oferta de trabajo de Dynamight. Aparta definitivamente el plato de comida, apenas sin tocar, y suspira—. Bueno, nos hemos escrito. Unos pocos mensajes.

Incluso a pesar del matiz, es estirar un poco la verdad. Izuku había tardado una semana en obtener un nuevo smartphone, regalo de su madre por la alegría de tenerlo de vuelta en casa y el deseo de tenerlo un poco más localizado tras unas semanas en las que la pobre mujer había vivido una angustia y preocupación constante.

Lo primero que había hecho Izuku, antes incluso de darles la noticia a Mei y a Ochaco, había sido escribir un mensaje al teléfono de Katsuki, indicándole que ese era su número de teléfono. El «ok» que este había respondido horas después no había sido un buen aliciente para continuar la conversación. Izuku no había vuelto a contactarle hasta que recibió el correo de la agencia Dynamight. «Deberías pensarlo. No descuides tu entrenamiento», había respondido Katsuki cuando Izuku le había escrito diciéndole que había recibido la oferta.

De haber tenido más tiempo libre, Izuku se habría encontrado rumiando en silencio qué era lo que había habido exactamente entre Katsuki y él en todas aquellas semanas, analizando cuidadosamente todas y cada una de sus interacciones e intentando dilucidar en qué clase de terreno se estaba moviendo.

—Entonces… ¿No vas a presentarte al examen de la licencia de héroe profesional? —pregunta Shinsou, genuinamente desconcertado—. Creí que, precisamente tú, no te lo pensarías y que Bakugou te entrenaría.

«Como Eraserhead está haciendo con él», comprende Izuku, que no está seguro de si es una mala señal que Katsuki no haya hecho lo mismo.

—Hay tiempo —responde Izuku, que imagina que, si es una convocatoria ordinaria, todavía faltan meses. Aunque, realidad, no es mucho tiempo. Son muchas las cosas a considerar, desde el entrenamiento, trabajar en su equilibrio por la falta de brazo, buscar nuevos movimientos y pensar algún objeto para suplir un Don que aplicar…

Es Kaminari quien lo distrae de los cálculos que su mente ha empezado a hacer, embalándose por su cuenta, al golpear la mesa con tanta fuerza que los cubiertos tintinean y los camareros vuelven a dirigirles una mirada de censura.

—¡No os he contado lo que me ha pasado hoy! ¡Vais a flipar! —Una de sus manos está bajo la mesa, sujetando la de Shinsou que también está oculta, pero gesticula con la otra con entusiasmo, embarcándose en la rocambolesca historia de un taxista que hace que todos abran los ojos de par en par.

—¿Te lo has encontrado tú también? —pregunta Ochaco, intercambiando una mirada atónita con Izuku.

—¿Estaba bien? —dice Izuku, en cambio, un poco culpable por no haber pensado siquiera en él tras el ataque al complejo de Osaka, asumiendo que había abandonado el lugar antes de la llegada de los villanos. Es ahora cuando se le ocurre que había una posibilidad de que no hubiese sido así.

—Perfectamente. El tipo conduce con una habilidad que ya quisieran muchos. Y parecía muy contento de ayudarme.

—Usa su Don para predecir los cambios necesarios y optimizar la conducción —explica Izuku, aunque ya lo ha hecho cuando Ochaco y él contaron su viaje hasta Osaka—. Dentro de poco podrá hacerlo legalmente, sin necesidad de nada.

—¡Lo comentó! Parecía muy contento por eso. Dijo que es bonito que las ondas que causa una piedra arrojada a un lago lleguen a la orilla. Es muy poético, ¿verdad? —Kaminari habla rápido, excitado—. Lo peor es que yo ni siquiera caí en que debía ser la misma persona que os llevó a vosotros… ¡hasta que se lo conté a Hitoshi!

—Pues cuando cuente que yo también lo conozco… —La revelación de Hitoshi alarga aún más la sobremesa, que se alarga con unas copas en una discoteca cercana a las que Sero declina amablemente unirse.

Shinsou y Kaminari, que tras la segunda ronda se han alejado en busca de algo de intimidad, se quedan sólo un par de horas antes de marcharse con los dedos entrelazados, una sonrisa de anticipación en los labios y un beso torpe intercambiado mientras caminan con paso apresurado hacia la salida.

Las dos chicas tienen ganas de bailar y, tras acompañarlas un rato, Izuku se siente cansado y se sienta en uno de los sofás que bordea la pared de local, bebiendo lentamente del refresco que tiene en la mano. Al contrario que a Mei y Ochaco, a Izuku no le gusta demasiado el alcohol, así que ha preferido no continuar bebiendo tras la primera copa y es el más lúcido de los tres.

Es tarde cuando las chicas se cansan de bailar y abandonan el local. Izuku y Mei acompañan a Ochaco hasta un taxi, cerciorándose de que este entiende correctamente la dirección y recordándola que los avise al llegar a casa. Después, caminan juntos de regreso, viven cerca de esa zona de Musutafu. Un poco tambaleante por el alcohol, Mei se acerca a Izuku y lo coge del brazo izquierdo, por encima del muñón, sujetándose de él. Izuku adopta una postura galante, cruzando el muñón sobre el pecho para afianzar el agarre cuando Mei se tropieza con sus propios pies y ambos estallan en una divertida carcajada por la situación.

Más despejada gracias al aire nocturno, fresco y agradable en contraste con el calor que ha hecho durante el día, Mei parlotea sobre lo emocionante que va a ser su trabajo en Dynamight. Izuku la escucha en silencio, hasta que llegan a la esquina en la que se separan o encuentran cuando van juntos a la universidad. La facilidad con la que ambos lo hacen, de forma tácita, a pesar de los meses de ausencia de la rutina, fascina a Izuku, que suspira, levemente exasperado, cuando el monólogo entusiasmado de Mei discurre hacia el tema de la prótesis para su brazo izquierdo.

Retomar la terapia psicológica le ha servido para terminar de aceptar la pérdida brazo y que, con los avances actuales, sería absurdo no utilizar una prótesis, dentro de su presupuesto, que facilite su vida lo más posible. Para ayudarlo a no postergar el tema de forma indefinida, su psicóloga le ha proporcionado varios folletos informativos que Izuku ha estudiado detenidamente con su madre. Por supuesto, se lo contó a Mei al día siguiente, de camino a la universidad, y su amiga está empeñada desde entonces en diseñar una prótesis completamente funcional que le permita, además, incorporar las características con las que Izuku había dotado originalmente sus guantes, aunque este no sabe siquiera cómo cree Mei que él podría permitirse el lujo de pagar el material que necesita para hacer algo así.

El material de sus guantes, así como el que Izuku ha utilizado para las hombreras inacabadas y los audífonos de Katsuki, provenía de la universidad, que lo proporciona a los alumnos para que experimenten y desarrollen los prototipos necesarios para poder poner en práctica sus conocimientos. Y del gobierno, en el caso del taller que Katsuki le proporcionó en el complejo, o de Yaomomo para fabricar el distorsionador de Shinsou. Izuku ha hecho algunos cálculos. Es factible que, asumiendo el coste del diseño y construcción, el material de un solo guante fuese asequible para la economía de los Midoriya. Con esfuerzo, pero sería posible.

En cambio, una prótesis de gama media-baja, con funciones básicas, excede con mucho ese presupuesto. Aunque su madre hizo un esfuerzo por sonreír y asegurarle que harían lo que fuese necesario para conseguir la mejor posible, a Izuku se le dan bien los cálculos, los utiliza a diario y no precisa una calculadora para llegar a la conclusión de que, incluso centrándose en trabajar con Ingenium en la Comisión de Seguridad Pública a la vez que termina la carrera, todavía tardará meses en empezar a aportar en casa el dinero que les ayudase a ahorrar lo suficiente como para permitírsela. En el cálculo más optimista de los que ha hecho durante la cena, tras enterarse de la licencia provisional que le van a enviar, Izuku conjetura que se habrá adaptado a la prótesis con tiempo para entrenar y presentarse al examen de la licencia definitiva en la convocatoria de dentro de uno o dos años.

De la capacidad y el talento de Mei para conseguir una prótesis funcional con conexión nerviosa duda menos, porque la chica es brillante. Tiene curiosidad, de hecho, por ver el diseño que ha confeccionado. No desea que Mei desperdicie su tiempo en investigar sobre algo que no va a poder llevar a término, pero como inventor le atrae el desafío que supone afrontar todos los retos que un proyecto así puede ofrecer.

—Mei, ya hemos hablado de esto —dice, no obstante, cuando Mei suelta su brazo izquierdo para examinar con detenimiento el derecho, doblando la articulación del codo y el antebrazo.

—Y yo te he hecho el mismo caso que ahora —responde su amiga, que lo ha obligado ya en varias ocasiones a dejarla probar todas las articulaciones de su brazo para replicarlas en el diseño—. He avanzado mucho en el diseño, está prácticamente terminado. El lunes te llevo los planos a clase, por si tienes alguna sugerencia que hacer.

—Ya te dije que hay varias financiadas por el sistema público. Y unas pocas más que entran en programas de cofinanciación que creo que puedo conseguir —insiste Izuku con voz monocorde, aunque Mei lo mira con esa expresión que le hace intuir que no se va a rendir—. Mi madre y yo estamos pensando todavía cuál puede ser la que mejor se adecue a nuestro presupuesto, pero ya hemos reducido la decisión a tres que…

—No seas absurdo, Izuku. Puedo diseñar una prótesis mejor que cualquiera de esas, estoy segura.

—Cultivar la modestia es una virtud, Mei —dice Izuku, pero su amiga acepta la pulla con una carcajada.

—No una que me interese. Además… ¿En serio has pensado que vas a pagarte tú mismo esa prótesis?

—Claro —dice Izuku, sorprendido por la pregunta.

—¡Por dios, Izuku! ¡Eres tan inocente! —Mei se vuelve a reírse. Izuku pone los ojos en blanco, está más borracha de lo que creía. Al ver su expresión, su amiga se pone seria y entrecierra los ojos, con las pupilas de su Don contrayéndose al enfocar a Izuku—. Izuku, cariño, si hubiera que pagar una prótesis para tu brazo, te aseguro que la Comisión de Héroes, Dynamight, Lemillion, Shouto e incluso el gobierno, estarían dispuestos a buscar una solución para el chico que venció a la Liga de Villanos.

—¿Qué? —Izuku frunce el ceño, sin comprender a qué viene algo así.

—Pero da igual, porque no es necesario. La mayoría de los materiales de los que van a salir las piezas están ya fabricados. —Izuku abre la boca, dispuesto a protestar, pero Mei no se lo permite—. Trabajo con la heroína que es capaz de recrear cualquier material cuya composición conozca, Izuku. Dado el carácter público, universal y accesible que quiere darle al departamento de soporte de la Comisión, está muy interesada en desarrollar este tipo de tecnología, así que hemos trabajado en ello todo el mes. —Mei se vuelve a reír, demasiado alto, e Izuku teme que alguien los reprenda por hacer ruido a esas horas de la noche.

—Eso no era necesario.

—No te recuerdo poner tantas pegas cuando estabas fabricando el distorsionador de Shinsou.

—No es lo mismo…

—Podrías no haber hecho nada, o haber buscado otra solución. Pero sé por qué escogiste a Shinsou para esa parte del plan, Izuku. Y no fue por solamente porque su Don fuese oportunamente práctico, querías que su faceta de héroe destacase, que tuviera la oportunidad que no tuvo en la U.A. tras vencerte en el festival deportivo —dice Mei. Izuku agacha la cabeza, avergonzado, porque su amiga tiene razón. Al menos en gran parte, aunque también es cierto que no se arrepiente.

—Eso no justifica que…

—Sólo di gracias, Izuku —lo interrumpe Mei, alzando las cejas de forma amenazante. Izuku asiente, con un nudo en la garganta, incapaz de hablar, y los ojos llenos de lágrimas. Sonriendo, Mei se inclina para dar un beso en la mejilla a Izuku, que la atrae hacia sí y la abraza con fuerza con su único brazo.

—Gracias —susurra, finalmente, con un hilo de voz.

—No estás solo, ¿sabes? No tienes que hacer las cosas solo. Sé que no todo el mundo se ha portado siempre bien contigo y que has tenido que pelear por tu cuenta para defender tus sueños y lo que quieres durante mucho tiempo, pero eso ha quedado atrás. Es más: ahora, a ojos de la sociedad, eres un símbolo, una inspiración a seguir.

—Nunca he querido ser un referente para nadie —dice Izuku, recordando vagamente una conversación similar con Ochaco.

—Eso es, precisamente, lo que te hace perfecto para ello. Dudo que All Might hiciese lo que hizo pensando en ser el símbolo de la paz, pero lo abanderó cuando llegó el momento.

—¿Me estás comparando con All Might? —pregunta Izuku, estupefacto, no muy seguro de que Mei esté bromeando. Su amiga se encoge de hombros.

—El mundo tiene los ojos fijos en ti. Has encendido un fuego que ya no se puede apagar y que va a hacer de todes nosotres mejores personas. Has abierto los ojos de muchísimas personas a los prejuicios que tienen hacia quienes no tienen ningún Don de nacimiento, y es gente que puede hacer algo real por cambiarlo y tus actos les inspiran a actuar también.

—¿Qué tiene que ver eso con mi prótesis?

—Porque ser un héroe es ayudar a la gente, pero también es dejarte ayudar por los que te quieren, Izuku. Y a ti te queremos muchas personas. —Izuku asiente, todavía emocionado, atrapado por la intensidad del discurso y de los ojos de Mei, que no ha apartado de los suyos mientras hablaba—. Te seguimos necesitando. Hoy aquí, saliendo de fiesta con tus amigues. Mañana obteniendo tu licencia de héroe de forma definitiva. Pasado trabajando para Dynamight. En el futuro… quien sabe.

—Es mucha responsabilidad.

—No. Es mucho trabajo el que nos queda al resto para alcanzarte, porque corres un paso por delante de todes nosotres ahora mismo. Tú sólo tienes que seguir siendo tú mismo. —Tras unos segundos de silencio, le acaricia la cara y se da media vuelta, agitando la mano para despedirse—. Buenas noches, Izuku.

Trastabillando un poco, Hatsume se aleja en dirección a la calle donde está su casa. Con los ojos aún empañados por las lágrimas, Izuku la observa marcharse. Con todos los cambios y experiencias vividas, Mei y él siguen siendo amigos inseparables, a su manera, que se preocupan el uno del otro. A pesar de sus burlas, Mei ha estado muy preocupada por su ensimismamiento distraído durante las últimas semanas, demostrándolo de la manera que mejor sabe: trabajando en su taller.

—¡Y deberías escribirle de una vez para pedirle una cita y dejaros ese rollito raro que os traéis de machitos que no saben hablar de sentimientos! —grita Mei, sin darse la vuelta. Izuku, pillado por sorpresa, estalla en una carcajada histérica.


Las notas:

- El modelo cooperativo de Detnerat está directamente inspirado por el de Rólex.

- Se retira el récord a capítulo más largo del fic al 44 y se lo damos al 45, que tiene unas 500 palabras más (y supera las 11k). No sé por qué será que me pasa siempre en todos los fics que los capitulos finales se me van de las manos y duplican en tamaño los iniciales, algo que al corregir se acentúa mucho (parece que no va a ser muy difícil de corregir porque no va a crecer mucho, y acaba creciendo 5k palabras). Pero prometí que no iba a dividir y no he dividido (tampoco habría podido hacerlo sin romper el ritmo, pero dejadme que me eche flores xD).

- La canción, de Mulán, sí. Lo usé de forma literal en el capítulo 35. Aquí lo he modificado un poquitín, para este capítulo y para el siguiente. Lo que no sé es si se entenderá por dónde van los tiros, jajaj.

- El beso. Si, esto... Estaba en algún sitio, estoy seguro.