Disclaimer: De Horikoshi todo, excepto los OCs que no se reconozcan.

El cumpleaños de Denki fue ayer, 29 de junio. El de Shinsou es mañana, 1 de julio. Sirva este capítulo justo en medio para felicitarlos a ambos a la vez. Es, además, lo último que escribí del fic (hace apenas unas semanas, tras haber dado por concluido el proceso de escritura). Sé que he dicho esto de otras partes del fic antes, pero es que en ese momento esto no existía (está escrito aproximadamente hacia el 20 de abril, cuando decidí que merecían este extra y condensé los cuatro primeros capítulos de extra en tres). Su primer aniversario aniversario, los cumpleaños... En fin, me parecía memorable y que se lo merecían. ¡Muchísimas gracias por leer y comentar!

Glosario:

Genkan: Un área a la entrada de un departamento japonés para quitarse los zapatos.

izakaya: Típico bar japonés, donde se sirven bebidas alcohólicas, y también refrescos y comida para picotear.

Kotatsu: Mesa de madera baja cubierta por una cobija, con un brasero.

Zabutón: Cojín japonés para sentarse.

Zaisu: Silla japonesa. No tiene patas.

Sento: Baños públicos tíicos de Japón. .

Trigger warning: Sexo explícito. Sexo anal. Besos, caricias, mordiscos, pellizcos, lametones en diferentes partes del cuerpo. Quirk Play, Rimming, Juguetes, Light Bondage, Creampie, Cum Eating, Worship con leves menciones a pies y axilas...


CAPÍTULO EXTRA. SEX SHOP

La música es atronadora. No hay micrófonos en la sala, pero el sonido de la orquesta llega hasta el último rincón gracias a la acústica con la que fue diseñada. El detalle es brutal. Hitoshi se inclina hacia adelante, fascinado, observando cómo la arpista de la orquesta se venda los ojos, discretamente, antes de que la siguiente pieza inicie, rozando con destreza las cuerdas sin dudar. Si se concentra, puede escuchar claramente el tañido de cada una de las notas del arpa, incluso aunque no sepa identificarlas, lo cual le sorprende, pues sus asientos están a más de diez metros del escenario.

La percusión estalla, rompiendo la melodía del arpa, los violines, violonchelos y flautas con fuerza, en un ritmo trepidante que vibra en el interior de Hitoshi. Un escalofrío le recorre el cuerpo entero. A su lado, Denki, que no aparta la vista del escenario, sigue el ritmo de los tambores, timbales y el enorme gong que resuena durante varios segundos con los dedos de las manos.

Al intuir que lo está mirando, Denki se vuelve hacia Hitoshi y le sonríe. En la penumbra de la sala, sus dientes blancos destacan tanto como el rubio brillante de su cabello. Sus dedos se entrelazan con los de Hitoshi, apretándolos. Sigue marcando con el pulgar el ritmo de la percusión en el dorso de la mano de Hitoshi, y regresa la mirada al escenario cuando varias trompetas se unen a la melodía en una fanfarria. Hitoshi también se concentra en la orquesta, fascinado al escuchar cómo los instrumentos que no están tocando en este momento, como algunos de los violines, el chaval jovencito del bajo, la teclista y la arpista, cantan a coro un pasaje de la canción que suena a latín.

No entiende qué dice. Tampoco conoce la melodía. Denki sí, ha comentado el programa, parloteando nervioso, antes de que el espectáculo comenzase. De hecho, mirándolo en el resto de piezas, ha podido ver cómo se anticipaba por milésimas de segundo a los giros de las melodías, las entradas de instrumentos o la irrupción del estribillo. Por no hablar de que, al contrario que Hitoshi, que ha estado a punto de aplaudir un par de veces antes de tiempo y en el resto ha preferido esperar a que el resto de la gente lo hiciese, Denki sabe exactamente cuándo ha acabado cada pieza.

Sin embargo, a pesar de su absoluto desconocimiento, la música es electrizante. Quizá por eso Denki adora la música tantísimo y está disfrutando tanto el concierto, porque en cierto sentido esta forma parte de su Don. En su caso, Hitoshi no estaba muy seguro de que no fuese a aburrirse. Ha comprado las entradas como regalo para Denki y era obvio que este iba a querer compartirlas con él, máxime siendo el día de su aniversario. O, más bien, el aniversario del día que se besaron por primera vez, un año atrás, en aquel complejo militar, tumbados en una cama demasiado pequeña para ambos. No obstante, se descubre disfrutándolo, a pesar de sus dudas. Al mirar el reloj, por mera curiosidad, constata que llevan más de una hora y todavía le quedan cosas por observar, música que escuchar y ganas de hacerlo.

Ha sido un buen regalo. Tuvo que dárselo por adelantado, para que pudiesen planificar el día e ir. Denki se había entusiasmado al recibirlas, demostrando que Hitoshi había acertado con el regalo y con la idea para la «cita» de su aniversario. No han sido caras, mucho menos de lo que esperaba cuando le había saltado el anuncio en una red social y había entrado a curiosear. De hecho, estaban casi agotadas en el momento de comprarlas, ha tenido que conformarse con una de las últimas filas, pero el auditorio está tan bien diseñado que pueden ver perfectamente a la orquesta y, sin duda, escucharla con claridad.

Al principio, cuando han llegado al auditorio, un edificio público de Osaka que sirve a propósitos múltiples, Hitoshi tenía sus dudas. Ha aprendido que Denki es un experto en música. A él le gusta escucharla, por supuesto, y tiene sus grupos y estilos favoritos, que siempre suenan en sus auriculares cuando va por la calle. Aunque lo más común es verlo escuchando rock japonés, ha podido ver a Denki escuchar cualquier artista, de cualquier país y de cualquier época o estilo. Habla sobre grupos de música o melodías famosas que Hitoshi reconoce de comerciales o películas con la familiaridad de quien las ha escuchado fuera de esos ámbitos. Se entusiasma cuando descubre canciones nuevas de artistas que le gustan, enviándoselas a Hitoshi si no están juntos o compartiendo un auricular con él si sí lo están.

Hasta tiene tres guitarras en su dormitorio, dos eléctricas y una natural, regalos de cumpleaños de diferentes etapas de su vida, y puede dar fe de que sabe tocarlas con soltura pues, ahora que vive en Osaka, Denki le ha presentado a sus amigues, compañeres de clase, con los que ha formado un grupo musical que ha llegado a tocar en modestos conciertos de bar nocturno, y acude a ver sus ensayos siempre que puede escaparse de sus obligaciones.

Con todo ese bagaje, el concierto anunciado como algo popular y de ambiente familiar, prometiendo tocar melodías conocidas, más propias de la cultura cinematográfica contemporánea que de los clásicos europeos o asiáticos de siglos anteriores, había parecido algo que difícilmente podría satisfacer el paladar musical de Denki. Afortunadamente, se equivocaba. No en el formato del concierto, que cumple lo prometido. En la sala hay gente de todas las edades, vestida de forma muy heterogénea. Incluso un niño de apenas seis años, unas filas por debajo de ellos, que baila las melodías con entusiasmo a la vez que activa su Don, aparentemente encender diversas partes de su cuerpo con luz, iluminando y apagando su piel con diversos colores.

Es una orquesta sinfónica que no tiene el glamour de las pomposas orquestas filarmónicas que está acostumbrado a ver en la televisión y los músicos van vestidos con camisetas que imitan irónicamente un esmoquin. El director dirige con movimientos entusiastas y espasmódicos, presentando brevemente cada pieza y contextualizándola. Las luces iluminan la sala de forma más similar a una discoteca que a una sala de conciertos. Con todo, Denki está disfrutándolo. Desde que han esperado su turno para entrar a la sala, parloteando incansablemente, hasta ya sentados en sus butacas, esperando que comenzase, explicándole las piezas que más le gustan, consultando el programa en su teléfono.

Un último estallido de color en las luces, acompañando la percusión, que se detiene súbitamente, dejando un violín solitario agonizar, finaliza la melodía. Hitoshi espera a que Denki levante las manos para aplaudir antes de hacer lo mismo. Las luces de la sala se encienden y el público aplaude a la orquesta una segunda vez antes de dejarlos salir del escenario para descansar y coger fuerzas para la segunda parte del concierto.

—¿Te gusta? —pregunta Denki, entusiasmado.

—Sobre todo la tercera y esta última —dice Hitoshi. La tercera es una de las que Denki le ha explicado. Eso y la introducción del director le han ayudado a escucharla con más atención que sólo la música en sí misma y que haya disfrutado mucho más de la experiencia. Y la última, quizá porque la orquesta quería dejar el momento del descanso en alto, ha sido apoteósicamente sonora.

—Sabía que la última te iba a gustar —asiente Denki. Se aparta el flequillo de la frente, recogiéndoselo detrás de la oreja, pero su cabello es fino y acto seguido vuelve a caer, estorbándole en los ojos.

—Los tambores… se meten dentro —explica Hitoshi, tocándose el pecho en el lugar donde todavía le parece sentir la música reverberar—. Y lo que han hecho con las trompetas… daban ganas de salir a pelear contra un villano

—Es una fanfarria que usaron como banda sonora de una película bélica, así que ese es precisamente su objetivo —dice Denki, riéndose.

—Nunca me había detenido a escuchar tan atentamente una banda sonora —admite Hitoshi—. Sé que están y ayudan a que la película me guste más, pero…

—Podemos buscarla, seguro que está en alguna plataforma, y verla juntos. Ahora que conoces la pieza, seguro que la identificas.

—No creo que mi televisor haga justicia a esa percusión y trompetas —dice Hitoshi, riéndose entre dientes.

—No sin que los vecinos llamen a la policía. —Denki se ríe a carcajadas y, con el movimiento, el flequillo vuelve a caerle delante de los ojos. A Hitoshi le gusta verle reírse por cualquier broma que hace, aunque sea una tan tonta—. Que la interprete una orquesta sinfónica ayuda también, desde luego. Me alegro de que no te estés aburriendo.

—Preferiría aburrirme contigo que estar en otra parte —dice Hitoshi, sonriendo. Denki, que está rebuscando en los bolsillos del pantalón, se queda quieto, momentáneamente desconcentrado, con el cabello cayéndole sobre los ojos como una cortina—. No me estoy aburriendo —aclara, por si acaso.

Sin embargo, Denki se olvida de lo que fuese que estaba tratando de encontrar y se lanza sobre Hitoshi, que se clava el reposabrazos de su butaca en la parte baja de la espalda. No le da tiempo a quejarse por el dolor, porque los labios de Denki se posan sobre los suyos, presionando con fuerza. Aunque Hitoshi abre los labios, ofreciéndole la oportunidad de profundizar el beso, Denki no lo hace, porque su pelo se interpone entre ambos, enredándose en el beso.

—Espera. —Hitoshi comprende qué es lo que Denki estaba buscando. Se quita la goma del pelo que lleva en la muñeca y se la ofrece. Es de Denki. Todas son de Denki. Él lleva el pelo revuelto, pero no tanto como para que le caiga sobre los ojos o pueda recogérselo. No obstante, desde que sale con Denki, lleva siempre una o más gomas de pelo. No sabe cuántas tiene su novio en casa, pero Hitoshi está seguro de que en su apartamento hay varias docenas, por lo menos. No se queja, porque es una prueba de que Denki se encuentra a gusto en su casa cuando va, un rastro de que ha estado allí y le gusta mucho llevarlas en la muñeca. Huelen al champú de Denki, es como llevar una parte de él siempre consigo.

—No, tendría que hacerme un moño y ahora mismo no me apetece. —Denki lleva el pelo más largo que cuando lo conoció, lo suficiente como para que se le curve en las puntas, pero no tanto como para hacerse una cola de caballo. Normalmente se lo recoge, si hace mucho calor o van a hacer ejercicio, en un lindo moño en la parte superior de la cabeza. Por fin, encuentra lo que estaba buscando en uno de los múltiples bolsillos que tienen los pantalones cortos que lleva, y saca dos broches de colores para el cabello, tendiéndole uno de ellos a Hitoshi.

Apartándole hacia atrás el mechón que le cae sobre el ojo izquierdo, Hitoshi se lo sujeta con uno de los broches. Denki está haciendo lo mismo con el otro, despejándose la cara por fin. Ahora tiene un aire infantil y un poco desenfadado. Denki sonríe y le sujeta el rostro entre las manos para, de nuevo, besarlo, lamiéndole la lengua en esta ocasión. Al separarse, una risita pueril les llama su atención.

En la fila inferior, debajo de ellos, un niño está arrodillado sobre su asiento, moviéndose inquieto. Su padre habla distraídamente con su madre, y el niño ha encontrado un divertimento mayor en explorar a su alrededor que en mirar al escenario vacío. No tiene más de siete años, probablemente menos, y se ríe cuando Denki se aparta de él, igual de sonrojado que el pequeño.

—Hola —saluda tentativamente Hitoshi, que no sabe cómo tratar con niñes. No lo ha hecho desde que él mismo era uno.

—Eres muy guapo —dice el niño, envalentonado, mirando hacia Denki. Es más pequeño de lo que Hitoshi había calculado inicialmente, a juzgar por la digresión de la conversación. O bien se le da mal calcular la edad de niños tan pequeños, o es más grandote de lo habitual.

—¿Quieres uno? —pregunta Denki, que rebusca en los bolsillos hasta que encuentra otro pasador de colores.

El niño asiente, entusiasmado, y se incorpora un poco más en su asiento. Lleva una camiseta de color blanco, con las mangas cortas en color dorado. En el pecho, en grandes números, la cifra de un millón, el logotipo de héroe profesional de Togata. Los padres del niño se dan cuenta de que está interactuando con otras personas y les prestan atención, sonriendo cuando Denki recoge el flequillo del pequeño con el broche, apartándoselo de la frente.

—¿Eres fan de Lemillion? —Emocionado, el niño se toca el pasador, tratando de mirar hacia arriba. Hitoshi es más rápido y ya ha desbloqueado su teléfono para que pueda verse reflejado en la cámara frontal.

—Te ha hecho una pregunta, Izumi —dice la madre del niño, reconviniéndole suavemente.

—¡Sí! —contesta el pequeño, asintiendo. Su voluntad aparece en la mente de Hitoshi, azul celeste, pura y zigzagueante—. ¡Lemillion es genial!

—Sí lo es —responde Denki, sonriendo—. A mí también me gustan mucho él y Suneater. Molan mucho.

—Suneater da un poco de miedo —admite el niño.

—En realidad, sólo es muy tímido y callado —dice Denki, riéndose entre dientes. El niño no capta el sentido de sus palabras, pero su mente parece hacer una relación.

—MindJack también es callado, nunca habla cuando sale en la televisión.

—¿MindJack también da miedo? —pregunta Denki, mirando a Hitoshi de reojo.

—No —dice el niño, revolviéndose, alegre por haber encontrado alguien con quien conversar de su tema favorito—. Mi mamá dice que la gente con Dones como el suyo pueden ser tan buenos héroes como los demás.

—Desde luego —asiente Denki, sonriendo, sin apartar la mirada de Hitoshi, que sonríe para sí mismo. Las luces de la sala se atenúan y los miembros de la orquesta comienzan a ocupar su lugar. El niño hace ademán de devolver el pasador a Denki, pero este niega con la cabeza—. Es para ti, quédatelo.

—Dale las gracias, Izumi —dice el padre, sonriendo a los dos chicos con simpatía.

Denki les guiña un ojo a los padres, captando su atención, y luego hace una seña a Izumi, que lo mira, intrigado. Hitoshi adivina lo que va a hacer, pero ya es demasiado tarde. Denki le cubre la boca a Hitoshi con una mano, justo como hace su distorsionador. Izumi es capaz de verlo antes, incluso, que sus padres, y su expresión de alegría muda a una de boquiabierto asombro. Denki aparta la mano de Hitoshi y se cubre los labios con el dedo índice, señalando después hacia el escenario. El niño, emocionado, mira durante varios segundos a Hitoshi, vibrando de excitación, y luego le sonríe y saluda con la mano, como si no hubiesen estado hablando hasta ahora. Se sienta, dándoles la espalda, cuando el público empieza a aplaudir, pero dirige miradas de admiración hacia atrás de vez en cuando.

Hitoshi se une al aplauso. Denki lo observa, sonrojándose con culpabilidad por haberlo delatado.

—El único problema es que no sé cuándo aplaudir —dice, cambiando drásticamente de tema de conversación para que su novio comprenda que no le ha parecido mal lo que ha hecho. Es más, le ha ilusionado que un niño, fan de Lemillion, conozca su faceta como héroe. Y que haya gente dispuesta a defender su Don ante sus hijes.

—Es fácil, cuando acaban las piezas —susurra Denki, mientras en la sala se hace el silencio. Hitoshi le dirige una mirada divertida, hasta que capta que no es capaz de determinar en todas las canciones cuándo han finalizado—. ¡Oh! Entonces, cuando te suelte la mano para aplaudir yo.

Entrelaza los dedos con los de Hitoshi, sujetándole la mano con fuerza. Le sonríe una última vez y, sin que esta decaiga de sus labios, se concentra en la presentación de la segunda parte del concierto que está haciendo el director. Sus ojos brillan con la misma emoción e ilusión infantil que ve en los de Izumi cuando este los mira de reojo una vez más, antes de que la música termine por absorber toda su atención, e Hitoshi aprieta un poquito la mano de Denki para transmitirle la intensidad del cariño que le hincha el pecho.

El concierto acaba lo suficientemente temprano como para poder dar un paseo por el barrio antes de ir a cenar al restaurante que Denki ha elegido, argumentando su derecho a encargarse de esa parte de la velada dado que su regalo de aniversario han sido las entradas del recital. Hay luz solar, pues el acortamiento de los días tras el solsticio de verano aún no se hace notar y, aunque el día es caluroso, hay mucha gente en la calle peatonal. Casi toda es de su edad y ríen mientras entran y salen de las tiendas, izakayas, karaokes y clubs que ya han encendido las luces de sus letreros para llamar la atención.

Caminan de la mano. El barrio de Doyama, en Osaka, es un antiguo vestigio de una época en la que el aspecto heteronormativo de las personas era importante y había concentrado allí una población notoriamente queer. La aparición de los Dones había provocado que gran parte de la discriminación por orientación sexual o romántica acabase derivando hacia los Dones menos atractivos o más temibles, y el barrio había recobrado una nueva vitalidad, atrayendo a gente diversa, tanto físicamente, como en función de sus Dones u orientación sexual.

Por eso, cuando Hitoshi se ha mudado a Osaka, ha preferido alquilar su apartamento en el barrio, apenas a un par de calles de donde están ahora, aunque eso haya significado conformarse con un piso más pequeño del que habría podido obtener por el mismo dinero en las afueras. Después de un año de haber desbaratado los planes de la Liga de Villanos, Yotsubashi y Shimizu, los cambios son más que notorios. La legislación prometida ya ha sido aprobada e implementada. Hay ciertas resistencias por parte de algunos grupos, más conservadores, pero la tónica general es que la sociedad estaba preparada para el cambio y lo ha abrazado con facilidad. Hitoshi imagina que eso significa que, o bien Doyama acabará perdiendo ese significado de un lugar seguro para vivir para ciertos colectivos, o bien será el lugar donde vivan aquellas personas cuyos derechos habrá que pelear en el futuro.

Hitoshi está más que dispuesto a hacerlo junto a ellos. Por eso quiere seguir siendo un héroe y por eso eligió el barrio, de Doyama. Además, se siente cómodo rodeado de gente que, como él, tienen Dones que hasta hace unos meses despertaban más recelos que ahora, de personas cuyo aspecto físico no es normativo y personas queer como Denki y él mismo, que atestan cada noche las calles donde se establecen los locales de ocio sin juzgar a nadie.

—¿Denki? —Su novio iba charlando, animado, acerca de la interpretación de la orquesta y lo bien que lo ha pasado en el concierto, pero se ha detenido en medio de la calle, observando uno de los locales, cuyo letrero acaban de encender y brilla con luz de estridente color fucsia y azul celeste.

—¡Vamos! —dice Denki, riéndose como un niño que está a punto de hacer una travesura, dirigiéndose al local y tirando de la mano de Hitoshi, que descubre, mientras se acercan, que el contraste entre su letrero y la discreta entrada de cristales oscuros para impedir ver el interior se debe a que es un sex-shop.

Al entrar, Hitoshi se sorprende. Desde fuera, la iluminación sórdida, acorde con el resto de establecimientos de la calle, y los cristales tintados casi lo habían hecho pasar desapercibido y le daban un aspecto oscuro. Sin embargo, dentro los recibe una intensa iluminación blanca y estanterías bien ordenadas y limpias donde se exponen cajas y productos. No es, para nada, como se lo habría imaginado, de haber tenido tiempo de pensar. Casi podría ser un supermercado, con sus cajas de cartón llamando la atención desde los estantes. Hay un mostrador amplio, desde donde un chico que lleva perilla y el cabello rapado teñido de rosa, blanco y azul, les sonríe afablemente y les saluda, ofreciéndose a ayudarles si lo necesitan.

Los dos agradecen con una sonrisa, pero Hitoshi prefiere seguir a Denki, que camina lentamente entre los estantes.

—Qué emocionante, ¿no? —pregunta, en voz muy baja, sonrojándose. Hitoshi pone los ojos en blanco, pero no puede evitar la carcajada que abandona sus labios.

—¿Es que tienes quince años? —se burla Hitoshi, dispuesto a admitir que él también nota un cosquilleo de excitación en el abdomen y que se muere de curiosidad por explorar el establecimiento.

—Lo que tengo es un novio muy sexy que me ha invitado a pasar la noche a su casa —responde Denki.

Su voluntad aparece en la mente de Hitoshi, eléctrica y tan brillante como su cabello. Ha cambiado desde aquellos primeros y tímidos besos en el complejo, ahora la siente más fuerte, más familiar. Destella con un latido que antes no tenía, rítmico y acompasado, igual que el de un corazón.

—Bueno, es nuestro aniversario. Podemos hacernos un regalo más —dice, mirando fijamente a Denki. Este se sonroja, pero la sonrisa de su rostro se hace más amplia y entusiasta.

—¡Claro! —Denki es muy atrevido. Fue él quien dio los primeros pasos a la hora de acercarse a él, de tomar su mano, de besarlo… Como también fue el primero en meter la mano dentro de los calzoncillos de Hitoshi, y el primero en restregarse contra él.

A estas alturas, Hitoshi ya ha aprendido a seguirle el ritmo. A adelantarle, incluso, y sorprenderle. Denki sigue siendo un terremoto constante en su vida y una panoplia de emociones que cada vez lee mejor y ya no le abruman en absoluto, pero él ha aprendido no sólo a bailar sobre sus eléctricas vibraciones, sino a devolvérselas, en un delicioso juego que ambos disfrutan. Había sido Hitoshi el primero en hacerse una dilatación en la oreja, provocando que Denki le mirase con admiración y anhelo antes de elegir para sí mismo un tatuaje. También había sido Hitoshi el primero en masturbarlo suavemente en la oscuridad de una sala casi vacía de un cine, en una de las visitas de Denki a Musutafu antes de que se mudase más cerca de él. Y el primero, en la primera noche pasada en su nuevo apartamento en Osaka, con la excusa de inaugurarlo, había doblado a Denki sobre la encimera de la cocina de barra americana para follárselo en medio del salón en lugar de llevarlo a la cama, el único mueble donde lo habían hecho hasta entonces. A cambio, más tarde esa misma noche, Denki le había sugerido utilizar sus Dones ambos para el polvo que sí echaron en la cama.

—¿Eso no es para chicas? —pregunta Hitoshi, observando la caja que Denki sostiene en las manos, observando con curiosidad la imagen de la mujer que aparece en la parte frontal, arrodillada en una cama, con las manos peinándose el cabello tras la nuca en una posición sugerente que realza sus senos, apenas contenidos por la pieza de lencería que anuncia.

—Según la caja, sí. ¿Importa? —Hitoshi niega con la cabeza, riéndose al recordar el selfie que Denki le envió en la ocasión que fue en falda a clase, solidarizándose con sus compañeras en una manifestación por los códigos de vestimenta de la universidad—. A mí me parece que es para quien quiera ponérselo.

Una imagen de Denki desnudo, cubierto únicamente por un sujetador de lencería de encaje y tela tan fina que no ocultaría el color rosado de sus pezones y un tanga similar hace que el hormigueo de su abdomen se intensifique. Denki está parloteando algo sobre que el sujetador no le quedaría bien, porque su pecho plano y menos musculado que el de Hitoshi no lo llenaría, pero la mera idea de mordisquear uno de los pezones de Denki a través de la tela lo calienta. Y la idea de la erección de este escapándose del fino raso del tanga, o la delgada tira cruzando por encima de su ano, provoca que su respiración se acelere.

Sin embargo, no dice nada cuando Denki devuelve la cajita a su sitio en el estante, caminando despacio por delante de las siguientes cajitas de cartón, que roza con las yemas de los dedos.

Tragando saliva, lo sigue en silencio. El local es más grande por dentro de lo que parecía por fuera y, salvo un lienzo de la pared cubierto por películas pornográficas y otro lleno de artículos de índole sexual claramente jocosos, para fiestas o bromas, tiene variedad de objetos. Junto a la lencería pueden encontrar disfraces de todo tipo. Desde héroes profesionales, algo que se le hace extraño ahora que conoce a algunos de ellos, a personajes de ficción, pasando por máscaras, trajes fingiendo cuero, animales o profesiones como enfermere o bombere.

Denki coge unas orejas de gato amarillas, de un color más apagado que su cabello, y lo coloca sobre su cabeza. Luego hace lo mismo con unas de color azul, poniéndoselo a Hitoshi. Hay un pequeño espejo junto a uno de los estantes y ambos se pueden mirar, riéndose al ver el aspecto que tienen.

—Eh, está el kit completo —dice Denki. Se venden por separado, pero hay desde guantes simulando zarpas hasta un traje completo que a Hitoshi se le antoja agobiante. No tanto como la cola larga y peluda que Denki sostiene entre las manos y que es más que obvio dónde y cómo se coloca—. Una para ti y otra para mí, ¿qué te parecería?

Hitoshi se lame los labios, respirando profundamente para controlar la respiración, antes de responder.

—Que querría que me la paseases por todo el cuerpo y quitártela con la boca —susurra, al final, con la voz estrangulada. La cara de sorpresa de Denki se convierte en una de travieso deseo.

—Adoro cuando te pones guarro, Hitoshi.

—¿Las quieres? —pregunta este, manteniéndose impertérrito. O intentándolo, porque nota las mejillas calientes por el sonrojo.

—Por ahora prefiero seguir mirando —contesta Denki, volviendo a colocarlas en su sitio con deliberada lentitud, mirando de reojo a Hitoshi y sonriendo.

Lo hablaron en su momento. Denki prefiere estar abajo. No es exactamente sumiso, porque le gusta llevar la iniciativa, pero también le encanta que Hitoshi le mime. Eso ha dado pie a que prueben en algunas ocasiones el Don de Hitoshi con resultados más eróticos de lo que había esperado al inicio. Hitoshi no se había planteado ninguna preferencia, porque no tenía experiencia alguna, y el placer que le provoca metérsela a Denki provoca que no eche de menos experimentar otras cosas. Sin embargo, la expresión de su novio le hace pensar que podría desear invertir los roles.

—Podemos cambiar si quieres —le dice, observándole a él en lugar de la caja que Denki está toqueteando, unos dados para jugar. Uno tiene zonas erógenas del cuerpo y el otro muestra acciones como acariciar, besar, chupar o morder.

—¿Por qué? —Denki se vuelve hacia él, sonriéndole con intriga.

—Pensé que quizá estabas considerando la idea. —Hitoshi nunca le ha preguntado si es algo que ya ha probado. Sabe que, aunque sea un par de años menor que él, tenía más experiencia que él y que ha tenido una vida sexual activa con chicos y chicas antes de salir juntos, pero no han hablado con detalle.

—Lo cierto es que estoy bien así. Prefiero ir abajo. —Hitoshi asiente. Denki deja los dados en su sitio y le mira. Una profusión de emociones le cruza el rostro—. Es más divertido para mí. Lo otro no… no termina de ser lo mío.

—¿Lo has probado? —pregunta, dispuesto a salir de dudas. Denki asiente, sonriendo con cierta nostalgia. Hitoshi se alegra de que sea un recuerdo bonito.

—Si quieres cambiar, estoy de acuerdo. No es que no me guste. Y entendería que quisieses ir abajo.

—No sé cómo es —dice Hitoshi, encogiéndose de hombros.

—Bueno, eso es algo que podemos solucionar. —La expresión de Hitoshi debe reflejar el leve agobio que siente en ese momento, determinando algo que no se había parado a considerar antes, porque Denki se ríe, tranquilizándolo—. Si quieres que cambiemos, cambiamos. Pero si lo que quieres es probar qué se siente, no es necesario cambiar.

—¿Por eso me has enseñado las colas? —Denki vuelve a asentir. Ahora está mirando con interés la impresionante colección de dildos y vibradores que ocupan los estantes de una pared entera—. ¿Porque me estoy perdiendo algo?

—Francamente, sí. —Denki se ríe y su voluntad vibra, chispeante, al alcance del Don de Hitoshi, reflejando su sincero entusiasmo—. Es muy agradable, pero no te las he enseñado por eso. Sólo… se me ocurrió.

Hitoshi sabe que lo es. Denki se estremece bajo sus embates cuando lo está follando. Muchas veces, ni siquiera necesita tocarse a sí mismo para correrse, sobre todo desde que Hitoshi aprendió a hacerlo como más le gusta y a moverse al ritmo que desemboca el orgasmo de ambos. No duda de que tanto él mismo como Denki estarían dispuestos a dejarse follar por el otro si no fuese delicioso, porque ambos disfrutan viendo cómo el otro se derrite de placer a causa de lo que hacen, pero que encima sea agradable es un plus interesante.

—Es buena idea —dice Hitoshi, alentándolo.

—Sí, ¿verdad? —asiente Denki. Tiene un vibrador en la mano, que la tienda ofrece a modo de expositor, y ha pulsado el botón que lo hace vibrar con fuerza—. Algo así sería ideal.

No es grande, ni tiene forma de pene, como otros de los que están alrededor. Más bien… es como un dedo de tamaño extra grande que dobla la yema hacia adelante. Tiene un grosor un poco menor que su polla o la de Denki y es algo más corto también. Una bolita sube y baja por esa yema al mismo tiempo que todo el objeto vibra intensamente, haciendo que la base alargada zumbe con fuerza.

—Siempre pensé que los vibradores tienen forma de… ya sabes —dice Hitoshi, interesado.

—No, no todos —se ríe Denki—. Yo tengo uno parecido a este. Y algunos como esos —añade, señalando varios tapones anales cromados, que brillan por la intensa luz del local. Hitoshi levanta las cejas, interesado. En el año que llevan saliendo, Denki no se lo había contado nunca—. Me sirven para prepararme cuando vamos a quedar, sobre todo si llevamos varios días sin vernos.

—Por eso es más rápido prepararte de lo que ponía en internet cuando lo consulté.

—Por supuesto —dice Denki en tono presumido—. ¿Quieres que lo compremos?

—De momento sigamos mirando —responde Hitoshi, replicando sus palabras de antes. Denki asiente, dejándolo en su estante.

—Es muy fácil de usar y te aseguro que las pajas no vuelven a ser las mismas una vez lo has probado.

—Te creo —dice Hitoshi. Le gusta que Denki sepa más de sexo que él y que no tenga tapujos en compartirlo, con la naturalidad que las oportunidades presentan. También que no lo trate con condescendencia sino con… Deseo. Provocación.

Estalla en carcajadas cuando Denki le sugiere, en tono evidentemente jocoso, comprar un dildo gigantesco, de forma no anatómica, del grosor del antebrazo de Hitoshi. Denki finge argumentar en serio, sin poder disimular las carcajadas que le salen al contar cómo podrían usarlo. Están solos en la tienda y el chico del mostrador finge no escucharlos, sonriendo para sí mismo, cuando Hitoshi lo mira de reojo, preocupado por si lo han escandalizado.

—¿Para qué es? —Denki no tiene tampoco ningún problema en dirigirse al chico, mostrándole una cajita. Este, con amabilidad, se acerca para explicarle no sólo su utilidad, sino también cómo funciona, antes de alejarse. Hitoshi escucha, sorprendido, porque nunca había oído hablar de una práctica así.

—¿Una jaula? —No es una pregunta, en realidad, porque ha entendido bien. Sin embargo, no hay tono jocoso esta vez en los ojos de Denki, sino un destello de manifiesto interés.

—Molaría. —Levanta la mirada hacia Hitoshi, sonriendo con la expresión que utiliza cuando está pensando o imaginando algo.

—Pero no podrías ponerte duro. Es doloroso, ¿no? —Denki se encoge de hombros, como si eso no le importase.

—Un poco de dolor a veces está bien. —Hitoshi bufa, comprendiendo que las prisas de Denki porque se la meta algunas veces no sólo tienen que ver con que se prepare en su casa—. Aquí dice que hay personas que pueden eyacular mientras la usan, pero que el orgasmo es menos intenso y su placer se arruina por la opresión de la jaula sobre el intento de erección, pero que eso puede resultar emocionante.

—Me preocuparía que no disfrutásemos —dice Hitoshi con voz queda, expresando su duda.

—Creo… Me parece que esa es un poco la gracia, Hitoshi. —Denki lo mira, con los ojos brillantes—. No que yo no disfrute, por supuesto que disfrutaría, sino que seas tú quien disfrutases todo lo que quisieras de mí.

—No lo entiendo.

—Yo me la pongo y mi polla queda inutilizada. No me la puedes chupar, no me puedes hacer una paja… Pero tú sí que puedes usar la tuya, así que…

—Se trataría de que yo te follase para mí placer —comprende Hitoshi, descubriendo que la idea le atrae poderosamente.

—Y a mí me fliparía.

—¿Quieres que la usemos? —pregunta Hitoshi, y lo dice totalmente en serio. Si Denki quiere, a él le parece bien.

—Estaría bien jodido cuando me follases. Por partida doble, ya me entiendes. —Denki se ríe de su propio chiste—. Sigamos mirando, ¿de acuerdo? Hay muchas cosas.

—Sí. —Hitoshi se humedece los labios. Tiene la boca seca. Todavía les quedan varias estanterías por revisar y ya le aprietan los pantalones en la zona del calzoncillo.

Le cuesta dejar de pensar en la imagen de Denki vestido con la lencería que han visto al principio, tumbado bajo su cuerpo, con la jaula atrapando su polla bajo la tela, mientras Hitoshi le folla sin parar, pero lo consigue en cuanto Denki descubre todo lo que hay en el siguiente pasillo. A juzgar por su reacción entusiasmada, deseando ver qué hace cada cosa y sus características, cualquiera diría que no le gusta llevar la iniciativa cuando follan, cuando en realidad lo hace a menudo.

Fustas, látigos con suaves tiras y palas almohadilladas se suman a unas cadenas que sirven, según les explica nuevamente el chico del mostrador, para pellizcar los pezones. Les advierte de que es un dolor que no todo el mundo le agrada, pero que la sensibilidad que dejan después merece la pena. Después, una enorme variedad de esposas y barras inmovilizadoras llama la atención de Denki, que enseguida elige el kit que permite esposar pies y muñecas y mantener las piernas abiertas con una barra.

—Eso te obligaría a estarte muy quieto —le advierte Hitoshi, que se está divirtiendo tanto como él.

—Y sería muy difícil —dice Denki, haciendo un mohín de fingida impresión con los labios al tiempo que abre mucho los ojos—. Quizá deberías hacerte con una de esas palas para castigarme si no lo consigo.

—Debería —asiente Hitoshi, entornando los ojos con lo que espera que sea una sensual amenaza.

—También podría ponerme esto. —Denki sujeta entre las manos una máscara con forma de cabeza de perro. Al ponérsela, le cubriría toda la cabeza, simulando incluso un hocico, con una abertura convenientemente situada a la altura de la boca.

—¿Eso no debería estar en la zona de disfraces?

—Me parece que más que un disfraz es… —Denki señala la estantería, abarcando todos los juguetes enfocados a la sumisión y ataduras—. Se trata de ser un perrito bueno. Con ella puesta, tendría que obedecer cualquier cosa que me dijeses y te adoraría por ser mi humano.

—Noto un patrón —dice Hitoshi, levantando una ceja. Le abruma un poco la sinceridad con la que Denki se está expresando y la confianza que está depositando en él al mostrarle qué cosas le gustaría probar. Ahora mismo, si pudiese, compraría todo lo que han ido viendo que les haya llamado la atención y le follaría esposado contra la cama, con la polla enjaulada, unas pinzas en los pezones y metiéndose a sí mismo la cola de zorro.

—Siempre has sido listo, Hitoshi —bromea Denki, sonrojándose. Luego, baja la voz hasta hacerla casi inaudible—. ¿No te gustaría? Podrías ordenarme hacer lo que quisiera.

—Mi Don hace exactamente eso —dice Hitoshi, que no comprende bien por dónde va Denki, porque ya lo han usado varias veces, ahora que lo domina con soltura y tiene menos reparos en ceder a las propuestas de su novio al respecto.

—Exacto —dice Denki, sonriendo más ampliamente. E Hitoshi lo entiende. Y comprende por qué Denki tomaba la iniciativa y prefería llevar el mando antes de probar por primera vez con su Don y por qué ahora lo sugiere cada vez más a menudo. También intuye que es algo novedoso para Denki, algo que no ha hecho con otras personas antes que él, que está sugiriéndolo por primera vez, a juzgar por la dualidad entre su descaro y la timidez—. Sería un buen perrito, que te recibiría a lametones. ¿Qué quieres que haga? ¿Qué te lama el cuerpo entero hasta que se me seque la lengua? ¿Meterme la polla por la boca sin que yo pueda hacer más que abrirla? ¿Qué me ponga a cuatro patas y me quede muy quieto para ti? ¿Esposarme en la cama para disponer de mí? ¿Correrte dentro de mí sin que yo pueda hacer nada más que sentir cómo me la metes porque estoy enjaulado?

Los dos miran, ruborizados, con las manos delante de los pantalones para disimular sus respectivas erecciones, hacia el mostrador, donde el chico finge estar sumamente interesado en una revista que hojea. Hitoshi no sabe que contestar

—Te adoraría como mi dueño. Puedo ser el mejor perrito, obediente y dispuesto para ti siempre que lo desees —añade Denki, casi sin voz. Luego, para distraerse, echa otro vistazo a la estantería, encontrando una cola de perro, sin la esponjosidad de las de zorro, larga y curvada, y con un plug más grande para mantenerla en su sitio—. Hay hasta colitas, podría menearla con el culo cuando esté contento con lo que hacemos. Con lo guapo que soy, me vería adorable, todo son ventajas —dice, en tono más desenfadado, habiendo recuperado el dominio de su voz.

«¿Por qué no?». Hitoshi se pregunta cuánto de su predisposición se debe a complacer a Denki y cuánta porque desde que su novio lo ha sugerido, tiene la polla dura por simple anticipación e imaginación. Al fin y al cabo, empezaron haciéndose pajas el uno al otro, con un poco de emoción y nerviosismo. Luego Denki le había mostrado cómo se sentía una mamada y a Hitoshi le había encantado recibirla y hacerla. Después, había aprendido a utilizar sus dedos con Denki y, cuando había llegado el momento de meterla, había sido tan delicioso para Hitoshi, que durante semanas no necesitó hacerlo de ninguna otra manera que no fuese con las piernas de Denki enroscadas en su cintura para poder penetrarle lo más profundamente posible sin dejar de verle la cara o besarlo.

Poco a poco había querido más. Denki le había propuesto hacerlo un día con él de espaldas, apoyado con las rodillas y manos, y aquella vez había sido incluso más profundo. Lo había cabalgado, llevando él el ritmo y con Hitoshi tumbado para dejarse hacer. Poco a poco sus posturas se habían vuelto más osadas. Denki tumbado bocabajo, con las piernas juntas, con Hitoshi a horcajadas sobre sus muslos para aumentar la presión. Con Denki sentándose encima de su polla sin más apoyo que sus propios músculos mientras Hitoshi, tumbado bocarriba, apoyaba los pies en su espalda. Utilizando sus Dones, para maximizar las sensaciones. Denki bajo él, pero con los tobillos sobre sus hombros, para llegar más profundo sin dejar de besarlo. De lado, perezosamente, al despertar una mañana tras dormir en la misma cama, arropados por el calor del cobertor. De pie, en la ducha o en la estancia principal del nuevo apartamento de Hitoshi.

Tomando en cuenta su trayectoria en el sexo, esto es, desde el punto de vista de Hitoshi, un nuevo cambio de postura.

—Serias un perrito adorable. El mejor perrito del mundo —dice Hitoshi, depositando un beso en sus labios. Denki entrelaza los dedos con los suyos y luego, intentando sin éxito disimular el rubor de sus mejillas, ambos siguen explorando los pocos estantes que les faltan de la tienda.

Uno de ellos les interesa sólo a medias. Una gran colección de lubricantes y preservativos junto al mostrador del dependiente, que les llaman la atención por la diversidad de sabores, texturas, funciones y tamaños. En el otro, al fondo de la tienda, al lado de los múltiples vídeos pornográficos, una enorme cruz en aspas, con grilletes en los extremos de cada una de ellas, corona la tienda. No se molestan en mirar el precio, porque ni siquiera podrían llevarla al apartamento, mucho menos acomodarla en algún lugar, pero las posibilidades que cruzan por la cabeza de Hitoshi, imaginándose a Denki atado a ella, inmóvil a su disposición, ya sea bocarriba o bocabajo, según quiera disponer de su culo o su boca, son bastante gráficas ahora que ha comprendido el deseo que ha despertado en su novio. Y, a juzgar por cómo traga saliva Denki y cómo le brillan los ojos, no es el único.

En el estante adyacentes hay varios dildos y objetos similares a los que han visto antes. Algo metálico que, Hitoshi deduce, sirve para mantener el ano o la boca abierta, sin posibilidad de que se cierre. Dildos de tamaños gruesos, con nudos o bolas. Velas para producir cera. Hay un dildo doble, que le llama la atención. Denki se entusiasma cuando Hitoshi manifiesta que le llama la atención, pues cumpliría la preferencia de su novio de ir abajo y paliaría las ganas de probar él si en algún momento les apetece, y tiene que dejarlo en el estante antes de que su novio lo lleve al mostrador.

—Hay que decidirse —dice Hitoshi, carraspeando, cuando no queda más tienda que explorar. Han entrado un par de clientes más. Uno de ellos charla quedamente con el dependiente, el otro deambula entre los estantes.

Le gustaría comprar todo aquello hacia lo que Denki ha mostrado algún interés. Y añadir, incluso, alguna cosa que le ha gustado a él, pero sus ingresos son limitados y el estipendio del que dispone Denki es mucho menor incluso que el suyo. Puede asumir gastarse lo que cuestan alguno de los productos menos baratos de la tienda, sobre todo aquellos que vibran o tienen funciones múltiples, pero no más de uno o con más cosas sin perjudicar su economía actual. Denki debe estar pensando lo mismo, porque hace un mohín reflexivo con los labios, observándolo con la mirada perdida.

—Tengo algo ahorrado. Tu regalo de aniversario me salió más barato de lo que esperaba. —Los dos mangas que Hitoshi ha dejado encima de la barra americana de su casa podría habérselos comprado él, pero sabía que a Denki le hacía ilusión poder entregárselos como regalo desde que le oyó que le apetecía leerlos. Pero esa había sido la razón por la que había permitido a Denki insistir en invitar a la cena en lugar de pagar a medias cuando este lo había propuesto, al recibir las entradas del concierto.

—No te preocupes, pago yo esta vez, pero tenemos que ajustarnos un poco. —Denki asiente, conforme. Hitoshi echa una cuenta rápida, calculando cuánto puede permitirse—. ¿¥12,000?

—Puede ser menos, incluso. No hace falta que arrasemos con la tienda sólo porque estemos cachondos —susurra Denki, riéndose entre dientes. Hitoshi resopla para contener una carcajada, pero está de acuerdo—. No necesito ponerme una máscara de perro. Es algo que podemos probar más adelante. Y las esposas, si quieres, a lo mejor podemos improvisarlas con otra cosa. No hace falta que sean especialmente resistentes. Es más… ¿la intención?

—¿Incluso aunque no use mi Don? —pregunta Hitoshi, curioso.

—Incluso si no usas tu Don —responde Denki. Su voluntad vibra, chispeante y sincera, ante Hitoshi, que sonríe. Denki es consciente de lo reacio que ha sido Hitoshi a utilizar su Don con él, y, aunque le proponga hacerlo, nunca lo presiona.

—Deberíamos descartar el doble que querías llevarte. Va al límite del presupuesto. ¿Quizá varias cosas más baratas en lugar de una cara?

—De acuerdo —dice Denki, con el rostro radiante.

Salen del establecimiento cargados con una pequeña y discreta bolsita, más económica de lo que esperaban. En el exterior, la tarde veraniega ha dado lugar a una luz crepuscular que hace que los carteles de las tiendas iluminen la calle con estridencia y corre un poco de aire fresco. Llegan a tiempo de cenar en el pequeño restaurante que Denki ha elegido, uno que frecuentan a menudo porque es económico y queda cerca del apartamento de Hitoshi.

No comen demasiado. Están hambrientos desde que han entrado en el sex-shop, pero de algo más que alimento sólido. No obstante, piden la cantidad habitual de comida, solicitando que les sirvan para llevar aquello que no consiguen comerse en el establecimiento. Hablan animadamente, evitando con cuidado cualquier referencia a la bolsita de papel que descansa entre los pies de ambos y que es casi una tercera presencia en la mesa. El abdomen de Hitoshi no ha dejado de cosquillear en ningún momento y ahora esa anticipación se extiende a su entrepierna. Puede ver la misma excitación impaciente en los ojos de Denki, donde el dorado de su iris queda oscurecido por la pupila, enorme, cada vez que lo mira.

No tardan en caminar de vuelta al apartamento. Como Denki no tiene clases durante esta semana, se va a quedar varios días, no sólo esta noche. Una pequeña mochila con algo de ropa, para complementar la que ya salpica los cajones y perchas del minúsculo armario de Hitoshi, descansa en el diminuto genkan de la entrada.

Es un loft pequeño. Una estancia común, conectada con el genkan por un escalón, condensa la sala de estar, el comedor y la cocina. Un kotatsu en el centro con dos zaisus y dos zabutones hace las veces de mesa de mesa de comedor y lugar donde ver la televisión. La cocina está separada por una barra americana y es pequeña y funcional, lo justo para alguien que vive solo o, como mucho, con las visitas ocasionales de Denki. Un dormitorio con suelo de tatami y el sitio justo para un armario empotrado, un espejo, una cómoda y un futón grande que puede compartir con Denki y un cuarto de baño completan la distribución.

A pesar de que sabe que si cuando su relación con Denki llegue al punto en el que ambos quieran mudarse juntos definitivamente tendrá que elegir otro lugar en vez de que Denki venga aquí, a Hitoshi le gusta su apartamento. Para empezar, le gusta el barrio. También la distribución, aunque sea pequeña, lo hace acogedor. El baño es pequeño, pero tiene un sento a apenas cincuenta metros. El alquiler es asequible para su sueldo como héroe profesional sin agencia. Y, por primera vez en su vida, vive solo.

Le encanta que Denki, que sigue viviendo en la residencia estudiantil hasta que acabe la carrera, se quede con él cada vez que puede pasar unos días en su casa y será muy feliz el día que puedan mudarse juntos. De hecho, se estableció en Osaka para estar cerca de él, al menos hasta que este termine los pocos meses de estudio que le quedan por delante. La convivencia con su novio es fácil, porque ambos están acostumbrados a compartir piso o residencia, pero también es cierto que está disfrutando de esta etapa de independencia y autonomía que hasta ahora nunca se le había presentado. Ichinose y Ojiro también han abandonado su antiguo piso, buscando nuevos lugares donde vivir e iniciando otras etapas de su vida. No han perdido del todo el contacto, porque con Ojiro comparte la experiencia de haber estado también en un complejo militar y siente simpatía por Ichinose, y los tres hablan de manera ocasional por el chat de grupo, al que ni siquiera han cambiado el nombre que le pusieron cuando vivían juntos. Se felicitan las fiestas, se informan de los logros y eventos vitales, se interesan por su salud.

Decidió no incorporarse a una de las agencias profesionales que están reclutando. Tampoco valora, como otros héroes que se han graduado al mismo tiempo que él, formar la suya propia con el tiempo. Ahora que se ha incentivado la participación ciudadana en el uso de los Dones, las agencias tienen más trabajo que nunca, pues no sólo han de atrapar villanos, también entrenar a la población, ayudarles a utilizar sus Dones, adaptarlos a la vida diaria. Le gusta la independencia que le da ser un héroe por su cuenta, como Eraserhead, que le permita seguir a Denki cuando se gradúe allá donde encuentre trabajo sin tener que mudar una empresa entera.

Cuando regresaron a casa, no retomó el empleo de la konbini. Fue a disculparse por desaparecer súbitamente, pero el dueño y sus compañeras estaban más felices de ver a un héroe nacional que dispuestos a escuchar sus disculpas. Fue ahí donde había valorado la libertad. No fueron unos meses fáciles, pues tuvo que sobrevivir a base de sus ahorros y la beca de estudios hasta que se graduó, pero mereció la pena para llegar al punto actual, donde él controla su vida y toma las decisiones que cree más convenientes sin dar explicaciones.

El trabajo le gusta tanto como había imaginado que le iba a gustar. Colabora con dos agencias de Osaka como profesor de refuerzo para el entrenamiento y adaptación de los civiles. El resto del tiempo, patrulla las zonas y los horarios que estas no llegan a cubrir con su personal. La mayor parte del trabajo es rutinario: pasear por la ciudad atento a algún conflicto, supervisar eventos públicos y multitudinarios, echar un cable si alguien tiene un problema con su Don o ayudar a niñes y ancianes a cruzar la calle. Le encanta esa rutina. Es satisfactoria. De vez en cuando hay algún villano, alguien que utiliza su Don para robar o dañar a los demás, pero suelen ser personas inofensivas más allá de la necesidad de reinserción, por mucho que permitan que Hitoshi luzca su Don y el dominio sobre su bufanda de microfibras, diferente a la de Eraserhead ahora que tiene un diseño propio, y el distorsionador de Deku.

El salario de las dos agencias y de la Comisión de Seguridad Pública es decente, al nivel de un funcionario de categoría media y le permite vivir con comodidad y ahorrar todos los meses de cara a un futuro compartido con Denki en un lugar propio. No es muy popular, al contrario que Deku, que empieza a estar en boca de muchísima gente y tiene un nicho de fans debido a su falta de Don y a que sigue trabajando para Dynamight, pero a Hitoshi le gusta más así. Se ha acostumbrado a difuminarse en el entorno y no destacar, y ahora su especialidad como héroe se basa en la misma estrategia, para preservar la eficacia de su Don lo más posible.

—Eso es nuevo —dice Denki, mientras se descalza en el genkan. Señala el lugar donde están las ropas que Hitoshi utiliza para trabajar. Son normales, no necesita un traje profesional del nivel de Katsuki, sólo ropa cómoda y flexible. A su lado, descansan el distorsionador de Deku, la bufanda que fabricaron para él, regalo del profesor Aizawa tras su graduación y unas suelas que se adhieren a sus zapatillas deportivas.

—Es un invento de Deku. Aligeran tu peso y aumentan tu velocidad. Se están volviendo muy populares entre los héroes.

—¿Te las ha regalado?

—No. —Hitoshi sonríe, orgulloso.

Han sido su primera adquisición como héroe profesional. Agradece el esfuerzo de Yaomomo, Hatsume, Deku y Aizawa por ayudarle con sus primeros objetos, que fueron vitales para obtener la licencia y comenzar su carrera, pero esta es otra parte de su autonomía que ha descubierto que tanto le gusta. Además, ha sido una buena forma de corresponder a Deku, que se lleva un porcentaje de beneficios por la patente, que fabrica Detnerat. Las suelas son la razón por la que, a pesar del buen sueldo, ahora mismo es cauteloso con sus gastos. La mudanza y las suelas se han comido casi todos los ahorros de los últimos meses. Si no fuese por eso, le habría comprado a Denki media tienda sin dudarlo.

—¿Me dejarás probarlas? —pregunta Denki, tras explicarle cuál es su función. Hitoshi asiente, dispuesto a permitírselo, pero no a que las examine en este preciso momento.

Porque ahora le interesa mucho más el contenido de la discreta bolsita de papel.

No se abalanza sobre Denki, ofreciéndole ducharse en primer lugar mientras él extiende el futón sobre el tatami. Denki acepta, y se demora tan poco tiempo en la ducha que cuando sale, con el pelo húmedo goteándole sobre los hombros y pegándosele en la frente, Hitoshi apenas ha terminado de sacar lo que han comprado y extraerlo de sus respectivos paquetes.

—Me llevo este para limpiarlo —dice Hitoshi, incorporándose para ir a ducharse él también—. Se supone que es resistente al agua. Aunque debería dejar cargándolo.

—¿En serio? —le pregunta Denki, burlón, acercándose a él.

—¡Espera, estás mojado! —trata de recordarle Hitoshi cuando tiende un dedo hacia el puerto de carga. Una leve corriente eléctrica se transmite por las gotitas de humedad de la piel de Denki, secándole y erizándole el cabello, durante unos instantes—. Deberías haber esperado a secarte.

—Está bien, Hitoshi. —Denki le guiña un ojo descaradamente e Hitoshi se ríe, dejando que su entusiasmo e impaciencia le invada.

Como Denki, no tarda en regresar de la ducha, aunque él sí se ha cerciorado de secarse en condiciones. Denki lo espera tumbado sobre el futón, desnudo y mirando al techo. Su cabello se desparrama, suave y lacio, por la tela. Tiene una mano detrás de la nuca y otra sobre el abdomen, que se acaricia lentamente, siguiendo la línea de vello rubio, brillante cuando la luz incide en él, que rodea su ombligo en dirección al pubis. Una de sus piernas reposa sobre el futón, relajada. La otra la tiene recogida, lo cual le permite ver a Hitoshi la cola de perro que han comprado, delgada, sin peluche, flexible y curvada, insertada ya dentro de su culo.

—¿Tienes prisa? —pregunta Hitoshi, divertido, al ver que también se ha atado las esposas de velcro a tobillos y muñecas, aunque no las ha enganchado entre sí.

—Ganas de ahorrarte trabajo —dice Denki, devolviéndole la broma.

Las esposas son suaves y cómodas, ajustables al tamaño deseado, con mosquetones para unirlas entre ellas o a una cuerda. En el dormitorio de Hitoshi no hay cabecero al que atarlas, así que han escogido un modelo que puede engancharse entre sí, bien ambas piernas y ambas manos, o las manos y piernas entre sí. Hitoshi no sabe bien cómo va a utilizarlas, pero la sola visión de Denki desnudo, sin nada más encima de su cuerpo que las cuatro esposas y la cola de perro, que se balancea cada vez que él se mueve, hace que su polla se ponga dura en cuestión de segundos.

—Por lo que veo, ha funcionado —bromea Denki. Su sonrisa cambia imperceptiblemente, al mismo ritmo que sus pupilas se dilatan y sus labios se entreabren, pasando del entusiasmo a la felicidad, de ahí al amor y luego a la excitación. Hitoshi sigue cada uno de estos cambios con emoción, porque le encanta ver cuántas cosas puede reflejar su novio en su rostro sin siquiera ser consciente de ello—. ¿Cómo prefieres hacerlo?

—Quiero que seas un perrito bueno, pero no sé por dónde empezar.

—Ah, por supuesto que lo soy. —La sonrisa de Denki se ensancha todavía más cuando se despereza lánguidamente. Hitoshi no puede contener una carcajada, porque la situación le resulta más cómica que excitante.

—¿Probamos primero esto? —propone, señalando los cuatro dados que han comprado. Denki asiente, incorporándose ágilmente hasta quedar de rodillas sobre el futón, sentado sobre sus talones—. ¿No te molesta? —pregunta, refiriéndose a la cola de perro, que puede atisbar curvándose sobre la espalda de Denki.

—Qué va. Al contrario. —Denki mira a Hitoshi con una sonrisa seductora. Su voluntad se retuerce, tentadora y chisporroteante, en su mente—. Es agradable y excitante.

—Sí lo es —asiente Hitoshi, notando cómo su propia polla da un saltito al oírlo.

Hitoshi rueda los dados en sus manos, dudando. Hay cuatro. Denki se inclina, interesado, para examinarlos también, y luego extiende los dedos para separar dos: el que contiene dibujos de posturas sexuales y el que el propio envoltorio definía como «spicy».

—Estos vamos a reservarlos un poco más.

—Lo otro… —Hitoshi señala el vibrador que Denki se ha empeñado en que debe probar. Al contrario que la cola de perro, que ahora está dentro del culo de su novio y no le supone ninguna molestia, su grosor de pronto se le antoja amenazante. Además, querer utilizar todo lo que han comprado de golpe, por muchas ganas que tengan de probarlo, es un poco abrumador, no sabe qué hacer con tantas posibilidades y cómo conducirlas a los deseos que Denki ha expresado.

—Más tarde —lo tranquiliza Denki, sonriendo—. Ahora sólo necesitas tirar los dados.

—¿Y tú? —pregunta, un tanto desconcertado.

—¿Yo? Yo haré lo que los dados ordenen. Al menos hasta que tú quieras tomar las decisiones sin su ayuda.

Hitoshi asiente. Aunque han usado su Don algunas veces, siempre ha sido en momentos puntuales y le ha dado las órdenes mentalmente, rompiendo el vínculo bastante rápido. Tampoco ha hecho otra cosa que ordenarle que contenga su orgasmo o lo libere al mismo tiempo que él, que se la chupe a un ritmo determinado o cómo quiere que le haga las pajas para que sea exactamente a su gusto, nunca para hacer algo que no estuviesen haciendo ya en ese momento; así que ahora no sabe qué ordenarle sin sonar ridículo o ansioso.

Tira ambos dados, que apenas ruedan por el futón, debido al material de este. Uno de ellos muestra unos labios, el otro la palabra «lamer». Denki camina sobre sus rodillas, acercándose a Hitoshi.

—Oh, empieza fuerte —dice, en voz muy baja, cuando su rostro está a apenas unos centímetros del de Hitoshi.

«¿Fuerte?», piensa Hitoshi, pero no es capaz de hilar ningún razonamiento cuando la punta de la lengua de Denki acaricia sus labios entreabiertos con delicadeza. Los abre un poco más, esperando a que lo bese, introduciéndole la lengua dentro de la boca, pero Denki no lo hace, limitándose a repasar el contorno de los labios con la lengua y retirándose con un último lametón.

—Otra vez —dice Denki, sonriendo. Hitoshi tira los dados. «Lamer» y nariz. Denki le lame la punta de la nariz, siguiendo el puente hacia arriba—. Al final sí voy a ser un perrito bueno.

Comprendiendo por qué Denki ha retirado dos de los dados antes de empezar a jugar, Hitoshi vuelve a tirar los dados. Una mano y la barbilla. O el cuello, a juzgar por cómo las yemas de los dedos de Denki le acarician desde la clavícula hasta la línea de la mandíbula.

«Órdenes progresivas, de menos a más». Hitoshi lo graba en su memoria, dispuesto a ponerlo en práctica más adelante, volviendo a tirar los dados para que estos den la orden por él. No se siente ridículo en absoluto tener a Denki acariciándole y besándole el rostro y no es tan súbito como ordenarle que le masturbe o se la chupe, por muy desnudos que estén ambos.

Ambos lo toman con calma, tirando los dados una y otra vez. Denki le acaricia, besa, lame, muerde y chupa los labios, las orejas, la nariz, las mejillas y la frente, sin dudar. En tres ocasiones, el dado de acción cae mostrando la cara que tiene un interrogante. Hitoshi no sabe qué significa, pero Denki lo interpreta por su cuenta, eligiendo él la acción, así que lo deja hacer. Nota la cara sensible, y probablemente sonrosada en aquellos puntos que más han prevalecido en el azar de los dados, ante el mínimo tacto de los labios, dientes o dedos de Denki cuando este se detiene y retira uno de los dos dados, entregándole otro.

«Acariciar» se combina con un dibujo que no deja lugar a dudas. Hitoshi levanta el brazo, estremeciéndose por las cosquillas de los dedos de Denki jugando con el vello de su axila. «Morder» sale con el dibujo de un seno femenino, y los dientes blancos y afilados de Denki le hacen dar un salto por el dolor inicial y exhalar un jadeo por el placer que lo sigue.

En algún momento, Hitoshi se ha deslizado por el futón hasta quedar tumbado, bocarriba. Tira los dados en el suelo, lo suficientemente cerca de su costado como para poder tantear para recogerlos y volver a lanzarlos, pero no ve lo que sale. Denki está entre sus piernas, abiertas para hacerle hueco, de rodillas. Camina sobre las manos cuando tiene que acercarse al pecho, rostro o axilas de Hitoshi, con la cola de perro asomando por encima de su culo cuando se inclina hacia abajo y eleva las nalgas, meneándola intencionadamente.

Denki lo mira con fervor, bajando el rostro hacia su pie derecho cuando «Besar» sale combinado con el dibujo de un pie. Su mirada de placer entregado, deseoso de seguir adorando su cuerpo, enmudece el reparo que Hitoshi tenía en la garganta, recordando que está recién duchado. Los labios se posan en su planta, haciéndole cosquillas, y luego en la yema de su dedo gordo. Nota el aliento caliente de Denki en su piel durante los instantes que tarda en volver a lanzar los dados.

—¿Ocurre algo? —pregunta Hitoshi, al ver que Denki se detiene tras mirar el resultado.

—Ha salido la interrogación.

—Pensaba que eso significaba que tú elegías. —Denki se encoge de hombros, dando a entender que lo ha improvisado—. Entonces elegiré yo. ¿Qué ha salido en el otro? —El rostro de Denki se ilumina, y su voluntad chispea en la mente de Hitoshi, lista para ser alcanzada.

—Tu culo.

—Oh. —Hitoshi comprende por qué ha dudado Denki. A pesar de su propuesta, él tampoco sabe qué pedirle. Una caricia le parece escaso, justo ahora, porque ambos disfrutan tocándose el culo el uno al otro cuando se besan. ¿Un mordisco, que pueda darle en la nalga? ¿Un beso? ¿Un lametón, aunque nunca nadie le ha lamido un glúteo y no está seguro de que eso sea agradable? Denki lo mira, un tanto impaciente, a punto de saltar, con más emoción que reparo ahora que la decisión no es suya, así que no piensa, sólo responde—. Beso.

Está a punto de darse media vuelta para permitirle acceder a sus nalgas, pero Denki lo sujeta por los tobillos, alzándolos hasta doblar a Hitoshi por la mitad y obligándole a exhibir su culo. Nota el aliento cálido y húmedo de Denki en lo más recóndito, justo entre ambos glúteos, antes de que sus labios se posen, apenas un instante, en la fruncida y suave piel de su esfínter.

—Tira de nuevo —dice Denki, sin darle tiempo a procesar las sensaciones.

Nunca le ha hecho eso a Denki. Siempre lo prepara cuidadosamente con los dedos, sin precisar mucho tiempo, algo que ahora sabe a qué se debe. Y Denki nunca ha interactuado con su culo más allá de acariciarle superficialmente durante sus besos o si caminan muy juntos por una calle solitaria y mete la mano en su bolsillo trasero. Esto es…

«Novedoso. Agradable. Excitante».

Ha vuelto a tirar los dados, y Denki está lamiéndole de nuevo, esta vez en la axila. Le besa el ombligo, le chupa los pezones, le mordisquea los dedos del pie. Hitoshi ni siquiera sabía que estaba en una de las caras, hasta que Denki le lame la polla, de abajo a arriba, tras uno de los resultados y, en la siguiente tirada, como sale junto a una interrogación, Hitoshi le ordena chupársela. Le lame los pies una vez más y le mordisquea los dedos, le muerde con cuidado el glande y cuando vuelve a salir la incógnita, combinada de nuevo con su culo, no duda.

—Chúpalo. —El dado distingue entre lamer y chupar. Denki ha hecho patente esa distinción, utilizando la lengua como quien lengüetea un caramelo cuando sale la primera opción, y succionando con labios y lengua cuando sale lo segundo.

Denki vuelve a subirle los tobillos al aire y pega sus labios a su esfínter, más tiempo esta vez, suficiente para succionar levemente mientras su lengua tantea, juguetona. Hitoshi no está seguro de que Denki esté dispuesto a dejar de jugar con los dados ahora, pero por otra parte no quiere que se detenga, porque ha sido brutalmente placentero.

—Sigue —le ordena cuando Denki se incorpora, limpiándose la saliva de los labios con el dorso de la mano. Este lo observa unos segundos, con una sonrisa satisfecha en el rostro, y luego asiente, feliz.

—Me pone mucho cuando te pones mandón, Hitoshi.

—Calla y… —Avergonzado, Hitoshi trata de disimular fingiendo severidad, pero la lengua de Denki ha regresado a su culo, humedeciéndolo de saliva y presionando suavemente, y pierde el hilo de sus pensamientos.

Con un jadeo de excitación, Hitoshi deja caer la cabeza hacia atrás, sobre el futón. Las manos de Denki descienden por sus piernas, dejando de sujetarle los tobillos, y se posan sobre sus muslos, manteniéndole las piernas abiertas para poder hundir el rostro entre sus nalgas con comodidad. Cierra los ojos, desbordado por las sensaciones, pero eso sólo incrementa su percepción táctil. Nota enfriarse el charquito de líquido que se está formando en su abdomen cada vez que su polla vibra suavemente y lo roza, contribuyendo a aumentarlo, la lengua húmeda de Denki y su respiración cálida puntear suavemente su ano, la piel sedosa de sus labios cerrándose alrededor de este, la rugosidad de la lengua cuando lame de abajo a arriba, jugueteando con sus testículos antes de seguir chupando.

Está tan relajado y ahíto de placer que, si no se corre sólo con la boca de Denki besándole y chupándole el culo es porque, antes de que la tentación de ceder y dejarse llevar le convenza, un dedo de Denki, que percibe más grande de lo que es, se introduce en su interior con facilidad gracias a que debe habérselo lubricado. Hitoshi se sobresalta. Ha perdido la noción del tiempo y no sabe en qué momento Denki ha dejado de sujetarle los muslos y es él mismo quien se agarra las piernas para mantenerlas en alto.

—Relájate —susurra Denki, con su aliento enfriándole la saliva que humedece su culo. Hitoshi abre los ojos y ve que su novio le enseña el juguete que han comprado para él.

No es grande, por lo que cuando el dedo de Denki se retira de su interior, el vibrador, el mismo que vieron que imitaba la forma de un dedo más grueso de lo habitual, entra con facilidad hasta el final. Denki lo ajusta, presionando la base durante unos segundos, antes de incorporarse. Hitoshi relaja las piernas, dejándolas caer alrededor de Denki, y aprieta el culo, tentativo, preguntándose si es así como lo nota Denki cuando se la mete.

Extraño, invasivo y delicioso.

Denki le tiende un dado, moviendo las caderas sugestivamente para hacer que la cola se menee tras él. Hitoshi lo coge. Está pringoso y frío por el lubricante que lo mancha, procedente de las manos de su novio, y al lanzarlo sobre el tatami apenas rueda.

—Túmbate —ordena Hitoshi tras ver el resultado. Denki le obedece, rodando sobre el futón hasta quedar bocarriba. Levanta cómicamente las manos y los pies en el aire y saca la lengua por la comisura de la boca, jadeando. Hitoshi no puede contener la carcajada cuando se inclina sobre él para enganchar las esposas—. Buen chico —lo felicita.

Sería fácil para Denki deshacerse de la sujeción de las esposas, pues el enganche es sencillo y prácticamente testimonial, pero este se deja amarrar las manos por encima de su cabeza, una con la otra, y los tobillos, impidiéndole separarlos. Después, Hitoshi se arrodilla sobre la cabeza de Denki, que ya ha adivinado qué ha salido en el dado y abre la boca, anticipándose por unos segundos.

Han puesto en práctica esta postura en otras ocasiones, ambos tumbados de costado, para darse placer mutuamente, pero es la primera vez que lo hacen así. Habitualmente, cada uno se hace cargo de la erección del otro a su propio ritmo, tomándola con la boca o masturbándola con la mano según su apetencia o cansancio; algo que Hitoshi ahora puede hacer con la polla de Denki, que se aprieta, dura y un poco oscura por lo intenso de su erección, pero no al contrario. Con la nuca contra el futón, Denki sólo puede lamer el glande de Hitoshi con la lengua y abrir la boca lo más posible cuando este mueve las caderas hacia arriba y hacia abajo.

Hitoshi se lo toma con calma, saboreando el pene de su novio, que tiene un regusto salado por el líquido preseminal que ha resbalado por su tronco y palpita cada poco tiempo, dando un pequeño salto en el interior de la boca de Hitoshi. Sorprendentemente, este no está a punto de correrse, a pesar de todo lo que han hecho y de la urgencia que siente por permitir que el orgasmo lo arrolle, así que disfruta de la calidez de la boca de Denki, que se la chupa al ritmo que Hitoshi impone, al mismo tiempo que masturba al chico rubio y deposita besos y lametones en su polla.

Se incorpora un poco, permitiendo que Denki inspire una bocanada de aire por la boca, para lanzar de nuevo el dado.

—¿Qué ha salido? —pregunta Denki, impaciente, cuando Hitoshi, sin hablar, guía sus tobillos para elevarlos, doblándole sobre la cintura. No le ha desatado las esposas, así que Denki sólo puede abrir las rodillas.

—Los chicos buenos no hablan, sólo obedecen —responde Hitoshi, entrecerrando los ojos. Denki abre los ojos, sorprendido, y luego sonríe ampliamente—. Trae las manos hacia acá —le ordena, amarrándole las esposas de las muñecas con la que lleva en los tobillos.

En los dados ha salido la postura del misionero, con la persona de abajo abrazando con las piernas la cintura de quien está arriba, pero Hitoshi considera que es la mejor forma de integrar las esposas sin perder la esencia de la postura. Aunque no es posible que esté cómodo, Denki no protesta, aunque jadea cuando Hitoshi le saca, de un tirón, la cola de perro del culo, y gime cuando le mete un par de dedos, asegurándose de que está lo suficientemente lubricado.

Luego, arrodillado sobre el futón, se acerca hasta alinear la polla con el culo de Denki, presionando lentamente. Como le ha confesado que suele prepararse en casa y lleva todo este rato con la cola puesta, Hitoshi no ha considerado necesario prepararlo más. Debido a esa falta de juego previo con los dedos que en otras ocasiones sí dedica, el culo de Denki está mucho menos distendido de lo habitual y le cuesta trabajo metérsela. Observa, secándose el sudor de la frente con el antebrazo, la reacción de su novio, cerciorándose de que su rostro de extasiado placer no varíe a uno de dolor, y poco a poco consigue metérsela.

Se queda quieto unos instantes, para acostumbrarse a la sensación y permitir que Denki también lo haga, pero este lo mira con una expresión descarada en el rostro. Está a punto de preguntarle por qué, cuando una suave vibración le recorre el culo. La sonrisa de Denki se ensancha al ver el rostro de Hitoshi y su parpadeo.

Es intenso. Agradable. Y la pequeña bolita que el vibrador tiene en la punta y que se desliza sobre lo que sería la yema del dedo en el juguete le acaricia una zona verdaderamente placentera de su interior que le hace comprender por qué a Denki le encanta que le folle el culo y no desea cambiar.

—¿Cómo? —le pregunta, curioso. Denki abre una de las manos, que tenía cerradas en puños, mostrándole el pequeño mando a distancia con el que controla la vibración del juguete—. Vaya, no sé si eso es de ser un chico bueno o un chico malo.

—Entonces, deberías follarme muy fuerte, ¿no? —lo provoca Denki.

Hitoshi no responde, limitándose a mover las caderas bruscamente, saliendo y entrando del interior de Denki, que suelta un gritito poco digno, pero impregnado de placer.

Sin más posibilidad de moverse que utilizar sus dedos para pulsar los botones del mando a distancia, Denki deja caer la cabeza sobre el futón, jadeando y gimiendo. Hitoshi nota en su culo cómo la vibración cambia de intensidad y ritmo al mismo tiempo que lo folla, catapultándolo al orgasmo más rápido de lo desearía.

Un grito de Denki, gimiendo mucho más alto que el resto del tiempo, y una contracción rítmica de su culo alrededor de la polla de Hitoshi le indica que se está corriendo sin ni siquiera tocarse ni rozar su pene contra el cuerpo de Hitoshi, como en otras ocasiones. Hitoshi sigue embistiéndolo profunda y rítmicamente hasta que los músculos de Denki se relajan ostensiblemente y la intensidad del vibrador clavado en su culo aumenta, indicándole que su novio se ha recuperado del orgasmo.

Justo a tiempo, porque estaba a punto de correrse él también.

Saliendo de su interior, Hitoshi respira profundamente. Bajo él, Denki respira agitadamente, pero lo mira con interés cuando busca el dado, tanteando con la mano, y vuelve a lanzarlo sobre el tatami. Tras observar qué ha salido, Hitoshi se vuelve hacia Denki, inquisitivo, no muy seguro de que este esté dispuesto a querer seguir jugando ahora que ha llegado al orgasmo, pero este le devuelve la mirada, preguntándole a su vez qué ha salido en el dado.

—Media vuelta —dice Hitoshi. Sin desatar las esposas de Denki, lo gira sobre el futón, obligándolo a aplastar la cara contra este y levantar el culo, con las manos y los tobillos amarrados bajo su cuerpo. No es una postura cómoda para él, pero Denki no se queja, dispuesto a obedecer hasta la última instancia.

El vibrador cambia de ritmo en el interior de Hitoshi. La caricia de su interior es constante, sea cual sea la velocidad y secuencia de la vibración, pero ahora vibra con varios toques cortos antes de temblar durante varios segundos sin parar. Un ritmo ideal para correrse.

De nuevo, en el dado no ha salido exactamente la postura en la que se encuentra Denki, sino una de las favoritas de Hitoshi. Follárselo cuando está apoyado sobre las rodillas y las manos le gusta especialmente, porque puede penetrarlo profundamente, controlar el ritmo, acariciarle la espalda y, sobre todo, puede ver claramente cómo su polla entra y sale de su interior, cómo el esfínter de Denki se resiste a dejarlo salir cuando lo saca, apenas una pizca, y luego lo acepta en su interior con facilidad.

En esta variante, gracias a las esposas y a que Denki está levantando el culo lo más posible, cuando le mete la polla tiene la sensación de que nunca ha conseguido metérsela tan a fondo. Esta vez es mucho más fácil que la anterior, porque lo ha dilatado más que de sobras al follárselo al principio.

Gracias al vibrador de su culo, que ya no cambia de intensidad ni de ritmo, la excitación de ver a Denki totalmente sometido a su merced, su polla entrando y saliendo de su culo sin piedad y la calidez del interior de Denki, no tarda en empujarse lo más profundamente posible, ahogando un gemido.

Se corre durante tanto tiempo, que pierde la visión durante unos instantes.

Al terminar, jadeando, el vibrador sigue moviéndose dentro de su culo, quizá un poco más intenso de lo que le gustaría ahora está demasiado sensible, pero antes de sacárselo, Denki ya lo ha adivinado por su expresión, porque lo apaga en ese momento.

Todavía con su polla, que aún conserva la erección, en el culo de Denki, Hitoshi lo mira, pensando en todo lo que han hecho, en lo que ha llevado a que lo hagan, en la confesión de Denki y en lo mucho que lo ha disfrutado. En que todas sus inseguridades sobre el ridículo o el temor a hacerle daño se han disipado y está deseando repetirlo. Sin dados, sólo viendo hasta dónde puede llegar Denki. Va a necesitar preguntarle varias cosas antes, pero ahora, con Denki mirándolo desde donde está, sin apenas conseguirlo, está seguro de que hay pocos límites que él quiera cruzar y su novio no.

—¿Confías en mí, Denki? —pregunta, un poco ansioso, sin saber cómo plantearle lo que va a proponerle.

—Con todas mis fuerzas —murmura este, con la voz impregnada del hastío posterior al orgasmo—. Sea lo que sea que estás dando vueltas en tu cabeza ahora mismo, Hitoshi, es un sí rotundo.

—Ni siquiera te lo he consultado. —Denki sonríe y cierra los ojos, relajado. Su voluntad chisporrotea en el Don de Hitoshi. Lo hace constantemente, porque Denki nunca esquiva sus preguntas, no lo ha hecho jamás. Su confianza es plena y patente.

Hitoshi saca su polla del interior del culo de Denki con cuidado y le desengancha las esposas. Este respira, aliviado, pero sus ojos se ponen en blanco cuando Hitoshi se apodera de su mente. Es capaz de percibir la forma en la que Denki se siente mientras lo controla: excitado, alegre, expectante.

Deseoso.

—Siéntate en mi cara, Denki —ordena en voz alta, tumbándose bocarriba en el futón.

Denki obedece. Un estremecimiento de placer involuntario, que ni siquiera el Don de Hitoshi puede controlar, le recorre el cuerpo entero. Una gota del propio semen de Hitoshi resbala del ano de Denki cuando este acerca el culo a su rostro, cayendo junto a su labio. Este se la relame al mismo tiempo que otra más aparece, de color lechoso y textura espesa.

No llega a caer, porque Hitoshi le guía las caderas hasta que Denki posa su culo justo encima de los labios de Hitoshi, que se lo chupa con fruición, saboreando el matiz agrio de su semen en la boca, introduciéndole la lengua lo más posible, con la facilidad de tener el ano de Denki tan distendido por su propia polla que cede sin problemas, dejando caer más y más gotas de semen directamente en su lengua y boca.

Recordando lo muchísimo que le ha gustado que Denki le haya chupado el culo, Hitoshi se lo hace durante un buen rato, atento a las sensaciones de placer relajado que percibe a través de su Don.

—Desde luego, eso era un sí rotundo —suspira Denki cuando Hitoshi rompe la conexión y ambos se dejan caer sobre el futón, sin molestarse en recoger nada de lo que han utilizado.

Denki se vuelve hacia él. Antes de abrazarlo, tantea entre las piernas de Hitoshi, que las abre para permitirle sacarle el vibrador de su interior. Luego se acurruca a su lado y susurra para sí mismo algo que Hitoshi no entiende bien, pero que concluye con «por muchos más aniversarios». Los dos dormitan varios minutos, exhaustos por el sexo.

—Creo que a mí me gusta más estar arriba. —«Y provocar este placer tan increíble en ti», piensa, concluyendo la frase para sí mismo, al creer que Denki ya está completamente dormido. Sin embargo, este hace un sonido quedo, indicándole que le ha escuchado y está de acuerdo—. Pero quiero repetir lo del vibrador más veces, porque tienes razón, es alucinante.

—Ya sabía que ibas a decir eso —presume Denki, con voz soñolienta.

—A cambio, creo que mañana te compraré esa jaula.

Acariciando el cabello de Denki, suave y brillante, y disfrutando del contacto de sus pieles abrazándose, Hitoshi se rinde a la modorra y cae dormido con un último pensamiento.

«Por todos los aniversarios contigo».


Notas:

- Una orquesta sinfónica y una orquesta filarmónica son... bueno, lo mismo. La diferencia es más etimológica y en función del origen para llamarse de una manera u otra (por eso una ciudad, como Viena, puede tener una orquesta sinfónica y una filarmónica. Es el mismo tipo de orquesta, pero les pusieron nombres diferentes para que no sonase igual y pudiesen distinguirse ambas agrupaciones independientes). Pero Shinsou no lo sabe y ha asociado sinfónica a las orquestas "pequeñas" y filarmónicas a las grandes y famosas.

- Erm... sí, escribí esto después de ir en marzo a un concierto orquestal con un amigo. Sí, había un niño pequeño en la sala disfrutando mogollón. Y una arpista que se vendaba los ojos en determinadas piezas, no he llegado a averiguar por qué. El director era entusiasta y extravagante en sus gestos, y explicaba las piezas. Oh, y estaba empezando a leer Given, la parte de señalar las guitarras y los gustos musicales de cada personaje viene por ahí xD.

- El juguete que prueba Shinsou tiene nombre y se llama Luke. No lo digo yo, jajaja.

- ¥12,000 equivalen a unos 75 euros/dólares.

- Quería expresar un poco ese punto que no es el inicial. Con estos dos no vimos el "inicio" de sus primeras veces, como con el BakuDeku (sorry, sé que hay gente que todavía me mira con los ojos entrecerrados xD). Sí vimos esa primera interacción don Dones, pero me apetecía mostrar ese pasito posterior. Hitoshi no tiene más experiencia en el sexo que con Denki y, hasta ahora, han empezado por cosas más asequibles, más interiorizadas por el pensamiento colectivo como normativo, y luego han estirado los límites. Denki tiene más experiencia, pero tampoco ha tenido parejas el suficiente tiempo como para explorar límites. Así que quería mostrar esa parte, la de cuando una pareja ya ha adquirido la suficiente confianza (a cada cual le lleva un tiempo) para proponer variantes, deseos, buscar nuevas cotas de placer y experimento, por primera vez. Al final, sí hay primeras veces.

- Es, como ya adelanté en algún momento de abril, el capítulo más largo de todo el fic, jajaja.

- Y fin del Shinkami. Se los verá, muy de refilón, en otro capítulo (el último), pero es el último centrado en ellos. Y ya sólo quedan tres.