Chispas
Levantarse no fue difícil, lo difícil fue entrar bajo el agua de las duchas, no quería lavarse el cabello, tenía poca energía, aun así, hizo un esfuerzo mágico e intentó quedar completamente limpia, lavando todo a su paso, incluso un poco esos malos sueños que se manifestaban casi todas las noches y le quitaban el aliento. Se cambió sin prisas, aún tenía unas buenas dos horas antes de sus clases, realizó un hechizo para manejar su cabello y se llevó sus pergaminos y tintas para tomar apuntes.
En el comedor estaba sola en la mesa de Gryffindor y solo tomó un jugo, mientras lo hacía pudo notar que llegó Parkinson justo al frente de ella en la mesa Slytherin, concentrada en lo que estaba haciendo y chocó miradas con la castaña. La miró por un segundo y se fue con un panecillo en la mano y en la otra una bebida caliente.
No sabía por qué, pero le inquietaba un poco su presencia, ¿cómo se sentía? ¿cómo fue para ella la guerra? ¿Cómo vivieron los Slytherin los juicios? Eran preguntas tontas y tal vez muy personales, pero quería entenderlo desde una postura objetiva y sin prejuicios.
Al terminar la jornada decidió caminar un poco y saludar a Hagrid, pues, aunque lo había visto el primer día, quería saber cómo se encontraba. Un poco entusiasmada se dirigió hacía allí y saliendo del castillo se tropezó con alguien de forma violenta, en el suelo alzó la mirada y se encontró con unos ojos verdes que la miraban con mucha furia.
-Mira por dónde andas Gryffindor, que seas una heroína de guerra no te da el derecho de tirar a los demás solo por placer- dijo una furiosa Parkinson mientras se miraba la mano ensangrentada. Se levantó con mucha elegancia, si eso era posible, y retomó una postura bastante recta y altiva.
- Lo siento, venía sin ver realmente, de verdad perdóname- le devolvió Hermione mientras se ponía de pie- Yo te curo esa herida, fue mi culpa, al fin y al cabo. Sin darle tiempo de responder a la Slytherin, le cogió la mano y con un rápido Episkey le cerró las heridas. Pansy la retiró al instante y se fue sin decir palabra alguna.
La castaña se molestó un poco porque a pesar de haber tenido la culpa, trató de repararlo en el instante y aun así fue bastante apática su respuesta. Decidió entonces sin más, ir a la cabaña de Hagrid.
A medida que se acercaba podía ver que Fang la reconocía, no porque se levantara a saludarla, pero sí porque había levantado la cabeza en su dirección y esperó a que llegara para abrirse de patas y dejar que lo acariciara a todo dar. Tocó la puerta y la recibieron unos enormes brazos que la levantaron del piso y la hicieron quedar colgando por un buen minuto.
- ¡Hermione! ¡Qué alegría verte, niña!
- Qué gusto verte, Hagrid. Estás más grande que la última vez que te vi- y se dispusieron a hablar sin parar de todo y de nada, en especial de la guerra.
-Hermione, es extraño todo lo que queda después de la guerra, Frances y yo aún nos mantenemos en contacto, pero aún nos sentimos un poco infelices por nuestro pobre papel en la batalla- dijo Hagrid sacando un Whisky de fuego- además, jamás olvidaré haber cargado a Harry muerto durante el último momento- sirvió dos copas- solo podía pensar en que yo era culpable de todo, yo lo cargué la noche en que Voldemort intentó asesinarlo la primera vez ¿Sabes? – brindó con ella- al menos ahora tenemos paz.
Era difícil tener esta conversación, pensó Hermione para sus adentros, no quería ni imaginar la carga emocional que tenía Hagrid en su interior. No obstante, era un poco tranquilizante que los intereses románticos aun tuvieran cabida en la vida del semigigante, eso le ayudaba un poco a sentirse acompañado en ese sentimiento.
-Hagrid, no deberías pensar así, pues sabemos lo mucho que se esforzaron con los gigantes y fue cuestión de suerte. Eres una persona maravillosa y te apreciamos infinitamente, saber que estás bien nos regala más tranquilidad de lo que crees.
Así, pasaron el resto de la tarde hablando de aquellas cosas buenas y difíciles que vivieron mientras estuvieron en caminos separados y la castaña terminó con las mejillas enrojecidas por el whisky.
Sin más preámbulo, a las seis de la tarde se dirigió al castillo y caminó en dirección a la biblioteca, quería entrar por unos libros antes de irse a su habitación. Ahora que era una heroína de guerra, Madame Pince le permitía estar en la biblioteca hasta 20 minutos después de cerrada si sabía por lo que iba y eso le daba unos buenos minutos a solas en uno de sus lugares favoritos.
Mientras saludaba a Pince, se dirigió hacía la zona de Runas y hechizos y buscó uno de los libros que le ayudarían a entender ciertas cosas que se verían durante ese último año. Quería tener a la mano además el diccionario del hechicero, uno de los libros más importantes para quien quisiera pasar con éxito sus EXTASIS. Cuando estaba llegando al pasillo más alejado de la biblioteca escuchó una suave música, parecía jazz pero con un hechizo de moderación pues apenas era audible. Sin dudarlo se acercó y se encontró con un rincón bastante agradable y escondido de la biblioteca, con cojines y una mesa de centro muy baja con una Slytherin profundamente dormida.
Ella era bastante reconocida por ser valiente y curiosa y decidió sin miedo entrar en ese lugar íntimo y muy acogedor. No obstante, antes de despertar a la ojiverde la miró fijamente, ella tenía facciones como las de un gato, un gato que descansaba cómodamente y si fuera un gato estaría ronroneando. Se sentó junto a ella y observó sus pergaminos, estaba estudiando para aritmancia y estaba revisando el problema que ella ya tenía claro cómo resolver. No quería pasar por grosera o invasora, así que despertó a la Slytherin tocando de su mano derecha. En ese momento hubo una fuerte chispa de color ámbar que subió hasta el techo y explotó. No hizo mucho ruido, pero fue bastante evidente que aquello no se lo había imaginado.
Pansy se levantó de un salto y la miro sin creérselo.
-Lo siento. Solo quería despertarte, la biblioteca ya está cerrada, te puedes meter en problemas si te quedas aquí- dijo la castaña.
- Gracias, Granger. Se te está haciendo costumbre salvarme. No tienes por qué hacerlo. Yo también se solucionar mis propios problemas.
Aun así, Parkinson se levantó, hizo un encantamiento convocador y en menos de un minuto ya tenía todo en su mano derecha. Se acercó a Granger y la arrinconó a una estantería, sacándole una cabeza de altura, bajó la mirada y la atrapó con esos ojos verdes como si de un hechizo petrificante se tratara, con mucha seriedad le dijo lentamente.
-No le digas a nadie lo de la chispa, olvídate que pasó y no me vuelvas a tocar sin mi consentimiento- Sin más se marchó y la castaña necesitó de al menos tres minutos para poder reponerse de la cercanía de la Slytherin. Luego corrió antes de que se le pasaran los últimos minutos para irse y se fue hacía su habitación.
Esa noche estuvo en la sala de Malfoy Manor siendo torturada por Bellatrix Lestrange sin descanso, ese sueño la perseguía mucho últimamente. Supo que gritó demasiado porque la despertó su propio llanto, se levantó sudada en medio de la madrugada y notó que sus hechizos de protección habían sido atacados por ella misma con magia involuntaria mientras dormía.
Se quedó despierta y decidió leer un poco, tomó su libro favorito "Historia de Hogwarts" y leyó unas páginas hasta que llegó a la parte de la biblioteca, dejando el libro de lado recordó lo que había ocurrido y pensó por al menos una hora, ¿por qué salieron chispas de sus manos cuando tocó a Parkinson, si antes cuando la sanó no aparecieron?
