Mientras Regina caminaba muy decidida por los corredores del castillo, su seguridad comenzó a flaquear. Debía ser cuidadosa con lo que diría pues el Rey ya le había amenazado con desquitarse con Ruby y Granny si se negaba a concebir un heredero.

Además, estaba ahora la necesidad de David y la vida de su madre. Jamás se sentiría tranquila si por su culpa la mujer moría o se quedaban sin sustento para sobrevivir.

—¿Dónde está el Rey? —preguntó a un caballero que estaba cerca de su habitación donde fue la última vez que le vio. No iba a recorrer el largo pasillo si no tenía la necesidad.

—Majestad —hizo una reverencia antes de dirigirse a ella—. Se retiró al salón de la mesa redonda con Rumpelstiltskin —respondió servicial.

—Gracias —dijo la Reina y se encaminó al lugar indicado por el caballero blanco.


Para cuando estuvo frente a las puertas del salón, Regina estaba convencida que debía buscar una forma de ganar tiempo con el Rey. Decirle que no lo haría no era una opción, tampoco confesar que fue David quien se negó a consumar el acto. Eso de seguro lo condenaría a la horca. Sin embargo, tampoco podía obligarlo a estar con ella y la única forma de conseguirlo era que el rubio pastor se convenciera de que sí quería tener sexo con él. Y eso, no sería posible si al menos no se conocían un poquito mejor.

Tomó aire profundamente recobrando la compostura y los caballeros que custodiaban la entrada abrieron las puertas para que pudiera entrar.

—Majestad. —El consejero hizo la debida reverencia cuando la Reina apareció.

—¿Tan pronto? —preguntó Leopold extrañado pues se suponía que había ordenes de que, en cuanto el pastor terminara dentro de su Reina, ésta debía permanecer acostada con una almohada elevando un poco sus caderas para aumentar las posibilidades de concepción.

—No puede hacerlo. —En realidad no era una mentira.

David había parado porque se dio cuenta que ella no quería estar con él, lo cual, Regina apreciaba profundamente. Que se preocupara por lo que ella estaba sintiendo en ese momento era invaluable.

—¿Qué? —Se levantó de su asiento estampando una mano contra la mesa haciendo que la Reina diera un saltito involuntario por la sorpresa—. ¿Es que acaso te estás negando a cumplir con tu obligación a la Corona? —preguntó empezando a sentirse furioso.

—¡No! —exclamó Regina inmediatamente—. Jamás me atrevería —dijo aunque moría de ganas por hacerlo, pero sabía que habría un precio alto por pagar si lo hacía—. Mi señor —se acercó un poco a él—, es que… —comenzó a intentar interceder, pero Leopold se le adelantó.

—¿El pastor hizo algo que no debía? —preguntó pues al ver el rostro afligido de su esposa de inmediato volcó su molestia sobre el hombre que habían elegido.

—No. Él no es el problema —suavizó la voz para que el Rey desviara su atención de David. Tomó aire para lo que diría a continuación. Era algo que de seguro haría que se le retorciera el estómago, pero no tenía otra opción—. Es que me es inconcebible estar con alguien más que no seas tú, mi señor —mintió, pero fingió una expresión de angustia que esperaba el Rey se creyera.

Él jamás le ponía atención realmente, sólo le gustaba presumirla y tenerla en su cama de vez en cuando. Fuera de eso Regina no le interesaba al Rey y era lo mismo con el consejero, las doncellas y caballeros que servían al reino. La única que se había molestado en acercarse a ella y conocerla era Ruby.

Así que ninguno de ellos podía asegurar si mentía o no.

—Oh, mi Reina. —Se acercó a ella y la tomó de ambas manos con las suyas. Las llevó hasta su boca para besarlas sintiéndose orgulloso por lo que esas palabras implicaban: su querida, joven y hermosa Reina no quería estar con nadie más que él—. Tampoco quiero que alguien más te tenga —bajó las manos de ambos y la miró fijamente. Le gustaba escucharla decir eso porque significaba que, a pesar de lo que sucedía entre ellos en la cama, su joven esposa le profesaba fidelidad—. Pero los dos debemos hacer este sacrificio por el bien del reino —le acarició un poco con los pulgares y ella asintió mostrándose comprensiva.

—Sé que debo concebir lo antes posible porque Hans está presionando, pero… —bajó la mirada y arrugó un poco el entrecejo fingiendo estar luchando contra las ganas de llorar—, quería solicitarte algo de tiempo. —Hizo que su voz sonara afectada, alzó la mirada y lo miró con súplica—. Sé que es sólo cuestión de acostumbrarme un poco al campesino —evitó usar el nombre de David para no darle importancia y levantar alguna sospecha.

Leopold estrechó los ojos y volteó a ver a Rumpelstiltskin que tenía una expresión seria en el rostro. Quería que lo aconsejara, que le dijera qué debía hacer en una circunstancia como esa. El otro hombre soltó un suspiro cansino.

—Es importante recordar que mientras más relajada y en confianza se encuentre la Reina durante el acto, le será mucho más fácil concebir —expuso mirando al Rey quien asintió pensativo. No les convenía tener que buscar a alguien más porque podían levantarse sospechas respecto a lo que estaban haciendo.

Por su parte la Reina no tenía idea si lo que el consejero decía era verdad o no, pero le convenía así que no diría nada al respecto para debatir o hacer que encontraran una razón que invalidara el argumento.

—Está bien, Regina —accedió y ella sonrió agradecida—. Pero debes concebir un heredero para la Nueva Alianza —le recordó.

—Te prometo que así será —le dijo procurando sonar complaciente, rogando internamente porque ya la soltara y le dejara ir.

—Anda a dormir entonces —indicó soltando las delicadas manos. Nada le haría más feliz que estar con ella esa noche, pero estaba demasiado agotado por el viaje.

—Buenas noches —hizo una pequeña reverencia para su marido quien solo asintió con la cabeza respetuosamente. Él jamás se inclinaba ante ella sin importar las circunstancias.

—Majestad. —El consejero hizo una debida reverencia cuando ella comenzó a retirarse.

Ninguno de los dos fue testigo del alivio y la satisfacción que el bello rostro de Regina reflejó al salir del salón.

—Trae al pastor —ordenó el Rey a Rumpelstiltskin en cuanto la puerta se cerró.


David se quedó dando vueltas por la habitación con nerviosismo pensando en todos los escenarios catastróficos posibles. ¿Qué es lo que iba a hacer la Reina? ¿Negarse a que él cumpliera con el trato? Si hacía eso su madre iba a morir con seguridad y perderían la granja. Además, después de lo que ella le dijo tenía miedo ahora de terminar en la horca por incumplir con el trato que firmó con Rumpelstiltskin. Si él moría, ¿Qué iba a ser de su madre?

Los ojos se le llenaron de lágrimas que aguantó para no dejar caer mientras se seguía atormentando con sus propios pensamientos. Y estuvo así, hasta que la puerta volvió a abrirse, revelando la figura del consejero.

—El Rey desea verte. Ven conmigo —indicó.

David tragó pesado, pero de inmediato empezó a caminar tras él. Sabía que provocar a un Rey no era la mejor de las ideas. Fue llevado por algunos corredores hasta que estuvieron frente a unas bellas puertas con el símbolo que ahora reconocía como el del Reino Blanco. El consejero abrió y entró, por lo que David hizo lo mismo y ambos hicieron una reverencia una vez que estuvieron dentro, frente al Rey.

—Acércate, muchacho —solicitó Leopold al ver al campesino.

El rubio sintió que se le detenía el corazón. Moría de miedo pues cabía la posibilidad de que estuviera ahí para ser condenado a muerte por faltar a su palabra al no haber sido capaz de tener sexo con la Reina, pero, ¿qué otra cosa pudo hacer al verla tan asustada? De haberla ignorado, estaba seguro que jamás en la vida se hubiera podido sentir como un hombre de nuevo.

—La Reina me ha dicho que no fue capaz de estar contigo —dijo el Rey con seriedad.

David abrió un poco los ojos con asombro al escucharlo, pero entonces recordó lo que Regina le dijo antes de irse: Le diré que ha sido mi culpa. Fue cuando entendió que debía seguir con la farsa pues quizá la Reina también la pasaría mal si se sabía que mintió.

—Así es, Majestad —agachó la mirada al hablar.

—Deberás entenderla y ser paciente —argumentó exigente—. La Reina es joven e inexperta y no ha estado con nadie más que conmigo como es de esperarse —aclaró con orgullo—. Me ha solicitado tener un poco de tiempo para hacerse a la idea de compartir el lecho contigo —le contó, viendo con satisfacción lo insignificante que a simple vista era el rubio a comparación suya.

Ahora que lo veía así se daba cuenta que no estaba celoso de él. No. Jamás podría estar celoso de tan poca cosa y no tenía duda de que era imposible que Regina, como princesa legítima de un reino, tan elegante y fina, se fijara en el pobre y necesitado pastor. Además, ella ya sabía bien lo que podía pasar si llegaba a hacerlo.

—Como usted ordene, Majestad —habló fuerte y claro, pero denotando su humildad.

—Bien —dijo satisfecho de la obediencia que el pastor mostraba. Miró al consejero para indicarle que era su turno.

—Se te dará vestimenta de caballero blanco para que puedas abandonar la habitación siempre y cuando te sea solicitado —aclaró y el pastor alzó la mirada para verle con atención—. Cuando eso suceda, deberás recordar que ante los ojos de los demás serás el guardia personal de la Reina Regina por lo que podrás acompañarla a donde ella desee dentro de los límites del Palacio —estipuló, como si fuese una extensión del trato que las partes interesadas habían firmado. Esta vez el rubio asintió—. Puedes retirarte. El caballero de la entrada te llevará de vuelta a la habitación —indicó.

David hizo su habitual reverencia torpe, dio la media vuelta y salió lo más apresurado que le fue posible sin llegar a correr para que no notaran lo espantando que estaba, dejando solos al Rey y al consejero.

—Cuando todo esté hecho, la servidumbre y los caballeros que están aquí deberán morir —dijo Leopold soltando un suspiro y Rumpelstiltskin asintió—. No quiero que exista ni la más remota posibilidad de que alguien se entere que el hijo que la Reina tendrá no será mío —sentenció con actitud sombría.

Ambos sabían que ellos eran quienes no tenían razón de peso para callar. Era fácil que abrieran la boca sólo por contribuir a las habladurías o a cambio de algunas monedas. Era esa la razón por la cual, mientras estuvieran metidos en eso, todos serían prisioneros en el castillo de verano y los guardias que custodiaban las afueras, no tenían permitido comunicarse con los del interior.

Nada se les podía escapar.


Al día siguiente y, afortunadamente para Regina, el Rey tuvo que salir desde muy temprano para cumplir con diligencias en aldeas cercanas. Así que la Reina tuvo ese día para ella misma, aunque, para su descontento, Johanna se presentó a primera hora, le preparó el baño y cuando iba a ayudarle a vestirse como era su deber, Regina rechazó su asistencia por lo que la mujer salió enfurecida de la habitación.


—¡Eso es inaudito! —Se quejó Johanna cuando se enteró de los acuerdos de la noche anterior—. ¿Es que es tan inútil que no puede abrirle las piernas a ese joven para que la preñe? —preguntó enojada.

Darle un heredero al reino era su maldito deber como consorte del Rey y mientras no dejara que el rubio pastor la follara no podrían irse de ahí y ella tendría que seguir aguantando sus desplantes.

—Calla, Johanna —la reprendió Rumpelstiltskin con dientes apretados—. Nadie está pidiendo tu opinión. ¿Y de dónde sacas que este bebé será el heredero al trono del Reino Blanco? —preguntó, arrugando el gesto por las locas ideas de la mujer—. Está más que decidido que la princesa es la heredera absoluta del reino.

Johanna apretó las manos en puño con impotencia porque parecía que Rumpelstiltskin no lo veía tan claro como ella, que Regina buscaría la forma de hacer que sucediera.

—Deja de inventarte historias y limítate a cumplir con las órdenes del Rey —le miró severo y la mujer asintió, pero se notaba que se estaba aguantando el coraje—. Como ya te dije, asegúrate que la Reina esté esta noche en esa habitación de nuevo —advirtió—. Regresa a tus labores —se retiró, dejando atrás a la molesta doncella.


Durante la tarde Regina pasó horas en el jardín sentada frente a su árbol de manzanas el cual le traía una inexplicable sensación de paz y tranquilidad. Le recordaba mucho a sus días en la hacienda real, donde todo fue felicidad al lado de su padre y de su fiel corcel.

Extrañaba mucho montar a caballo libremente. No lo hacía desde la última vez que intentó escapar pues después de ello el Rey ordenó que no se le permitiera hacerlo a no ser que él lo autorizara y eso, jamás había sucedido.

Por más que lo intentó no pudo sacar de su mente el hecho de que tenía que concebir un hijo a como diera lugar y se preguntaba cómo lo estaba pasando David, si Leopold le había hecho algo. Se levantó de su asiento y se abrazó a sí misma esperando que no, que nada malo hubiera pasado y que David siguiera ahí en la habitación.

Alzó la mirada fijándose en el cielo, buscando desesperada una salida para esa pesadilla en la que se había convertido su vida. Lo hacía casi todos los días con sus noches y nunca había conseguido una respuesta.

Dio un suspiro derrotado y empezó a caminar hacia el interior del castillo.


Cuando la noche cayó, Regina fue llevada nuevamente a la habitación donde habría de concebir al tan anhelado heredero de la Nueva Alianza. Debía admitir que se sentía más tranquila que la noche anterior, pero no dejaba de sentir un nudo en el estómago y nervios recorrer su cuerpo. Inhaló profundamente y soltó el aire justo antes de que la doncella abriera las puertas para ella. Entró despacio y cuando estuvo dentro, la voz de Johanna se dejó escuchar a sus espaldas.

—A ver si ahora sí puede cumplir con su deber, Majestad —dijo despectiva la doncella.

Regina volteó molesta dispuesta a decirle algo, pero las puertas se cerraron antes de que pudiera actuar.

—Maldita —dijo bajito entre dientes apretados y dio un pequeño puntapié a la madera.

—Majestad —escuchó la voz de David tras ella y volteó ahora hacia el interior de la habitación viéndolo ahí, en medio, haciendo de nuevo una reverencia exagerada y torpe.

—¿Cómo estás? —preguntó avanzando hacia él que se irguió, pero continuó con la mirada indecisa de fijarla en ella.

—Bien —respondió—. El Rey me explicó que usted solicitó un tiempo para acostumbrarse a mi presencia —le contó. Su mirada danzaba entre la hermosa Reina y cualquier otro lugar de la habitación por el nerviosismo de estar frente a ella.

Tal como la noche anterior, se veía preciosa con un albornoz de color plata atado a la cintura que se podía percibir era bastante estrecha. No sabía si llevaba el mismo camisón blanco, pero importaba poco. Así se veía hermosa, como con aire angelical.

—No se me ocurrió otra cosa—. Caminó hasta la cama donde se sentó y lo miró—. Y no me llames de usted. Puedes tutearme, hablarme por mi nombre —especificó pues pensó que la noche anterior había quedado claro que quería ser tratada de esa forma.

—Como us... tú ordenes, Majestad —respondió respetuoso.

—Ven a sentarte conmigo —le dijo poniendo la mano enseguida de ella sobre el colchón. David se movió de inmediato para hacer lo solicitado—. Y puedes mirarme —aclaró cuando se dio cuenta que verla a la cara no parecía estar dentro de los planes del apuesto hombre. Sonrió cuando pudo mirar fijamente los bellos ojos azules. Eran hermosos, profundos y sinceros.

David exhaló entrecortadamente cuando volteó a ver a la Reina. No estaba pegado a ella, pero estaban muy cerca y ese sólo hecho ya le dificultaba un poco la respiración pues no podía evitar sentirse nervioso. Nunca en su vida había estado tan cerca de alguien de la realeza, mucho menos de la Reina que era conocida como la más bella de todos los reinos.

Y ahora, podía asegurar que lo que se decía de ella era verdad. La belleza de Regina era imponente y te dejaba sin aliento.

Le estaba sonriendo y era simplemente hermoso verla hacerlo. Los bellos ojos, que se le figuraban color chocolate, le brillaban y las finas facciones le seguían pareciendo como algo divino que no debía atreverse a tocar.

—Supongo que ahora nos debemos conocer un poco —dijo Regina mordiéndose tantito el labio inferior y el apuesto rubio asintió. Soltó el aire por la boca—. Cuéntame de tu vida —le pidió mostrando interés porque sí quería saber de la vida de David y al mismo tiempo sabía que eso la ayudaría a relajarse.

—Bueno, no hay mucho que contar. Soy pastor, toda mi vida lo he sido. A mi padre lo recuerdo poco. Fue un leñador llamado Robert. Era un hombre muy bueno, pero desafortunadamente nos dejó cuando yo era pequeño. Así que desde casi siempre he vivido con mi madre en una modesta granja a las afueras del Reino de Camelot. Ella me crio y me enseñó todo lo que sabía. Nos dedicamos a criar y cuidar ovejas, vacas y gallinas para producir y vender lana, leche, queso y huevos —le explicó—. Pero con lo que sucedió se tuvo que vender prácticamente todo a excepción del caballo, un par de gallinas y una vaca —dijo con tristeza y nostalgia—. Los usamos para nuestro sustento —frunció los labios en descontento porque le encantaría que su historia fuera otra.

Aun así, no se sentía avergonzado por su situación. Sí, quizás era penosa, pero el ser humilde y tener necesidad no lo hacía sentirse menos. Lo único que sí le causaba remordimiento era la forma en la que conseguiría el recurso monetario para su madre y la granja, pero al menos no estaría robando. ¿Qué tan patético era esconderse tras esa mediocre justificación para lo que había aceptado hacer? Seguía firme en que Dios lo castigaría por eso.

—Siento mucho que te hayas visto orillado a hacer esto —dijo Regina—. Te prometo que tendrás el dinero que necesitas —le aseguró mirándolo a los ojos, queriendo jurarle que haría hasta lo imposible porque nunca les faltara nada, pero no podía hacerlo. Con seguridad Leopold no permitiría que ella volviera a saber de David después de que concibiera y si llegaba a mostrar interés por él, aunque fuera por su bienestar, seguramente lo mandaría matar.

David se le quedó mirando a los ojos, como si estuviera tratando de ver si había algún rastro de mentira en lo que acababa de decir, pero a los pocos segundos, asintió con lentitud. No había nada más que sinceridad en los bellos ojos de la Reina y creía en la promesa que le estaba haciendo, o al menos a eso se quería aferrar.

Como el rubio no decía nada más, Regina tomó aire profundamente y lo soltó por la boca en una larga exhalación para comenzar a hablar.

—Yo crecí en una hacienda real perteneciente al Reino de la Luz, que es de donde vengo —comenzó a contarle—. Mi padre era un príncipe, el último de doce hermanos, así que se pudo dar el lujo de tener una vida prácticamente normal cuando decidió casarse. Mi madre murió al darme a luz, así que nunca la conocí —alzó un poquito los hombros y frunció los labios—. Pero mi padre decía que era muy hermosa y que me amó con todo su corazón desde el momento en que supo que venía en camino —sintió un nudo en la garganta al hablar de eso porque no podía explicar lo bello que era saberse deseada y amada aun antes de nacer.

Frunció poquito el ceño con angustia pues David estaba ahí precisamente para salvar a su madre y Regina lo entendía a la perfección, ella también hubiera hecho hasta lo impensable para poder tener a su madre viva y a su padre también.

—Tuve una infancia perfecta al lado de mi padre, aunque, como princesa legítima del Reino de la Luz, me fueron enseñadas las costumbres y obligaciones de la realeza porque papá decía eran mi derecho real y que no me lo podía negar —soltó un largo suspiro—. Aun así, yo fui muy feliz. Cuando cumplí cinco años mi abuelo, el Rey Xavier, nos dio una yegua que estaba preñada y dijo que el potrillo sería mi caballo. Lo llamé Rocinante y fue mi más fiel compañero de aventuras, aunque me ocasionó una que otra caída —rio un poco al recordar—. No había mejor sensación en el mundo que montarlo a todo galope y recorrer los prados, el bosque, la orilla del río —cerró los ojos un momento recordando la sensación de libertad que le proporcionaba el sentir el viento en el rostro—. Todo eso terminó cuando, poco después de que Hans, mi primo, subiera al trono se suscitó un ataque al reino. Yo tenía trece años, mi padre fue llamado para ir a luchar y… jamás regresó. —Los ojos se le llenaron de lágrimas—. Murió en combate salvando al reino, cumpliendo con su deber a la Corona —respiró entrecortadamente.

Hizo una pequeña pausa notando que David le escuchaba muy, muy atento, con esos ojos azules tan lindos mirándola como si estuviera contando la historia más interesante del mundo.

—¿Qué sucedió después? —preguntó interesado en la vida de la Reina. No sabía por qué, pero sentía la necesidad de saber cómo es que había terminado ahí donde estaba ahora, atrapada junto con él.

—A los días Hans fue personalmente por mí a la hacienda y me llevó a vivir al castillo de la Luz bajo el argumento de que no podía dejarme sola. Él y su esposa, la Reina Anna, se aseguraron que se me siguiera instruyendo como parte de la realeza. No me importó mucho porque ya sabía prácticamente todo gracias a mi padre —sonrió un poquito—. El problema comenzó dos años después, cuando hubo un pequeño baile en honor a Anna y... —apretó la mandíbula—. Fue ahí donde se dieron cuenta que mi… —aclaró la garganta. Le costaba trabajo decirlo—, que mi supuesta belleza llamaba mucho la atención —soltó al fin con incomodidad y negó con la cabeza porque le seguía pareciendo una estupidez.

David no pudo evitar que se le abrieran los ojos un poco más por el asombro pues ya se podía dar una idea de cómo es que Regina siendo tan joven, había terminado como la esposa de un hombre que fácilmente podría ser su padre o hasta su abuelo y ahora que lo pensaba entendía por qué querían que fuera él quien embarazara a la Reina. Era obvio que el Rey estaba imposibilitado.

—Planearon durante todo un año invitar a Leopold para formar una alianza entre los reinos. Sabían que era viudo, que tenía sólo una hija que ya estaba en edad casadera y decidieron usarme para convencerlo —tomó aire profundamente.

—¿Te obligaron a casarte? —preguntó y ella asintió.

—Arreglaron el matrimonio entre nosotros para lo que llaman la Nueva Alianza. —Alzó la mano izquierda mirando la argolla de bodas que portaba—. Hans dijo que debía hacerlo porque es mi deber con la Corona. —Bajó la mano—. Y ahora, bajo ese mismo argumento, estoy obligada a concebir un heredero para esa alianza —se mordió el labio inferior brevemente.

—Lo lamento tanto —dijo David casi en un susurro mientras reflexionaba un poco. Se suponía que los Reyes vivían vidas felices, haciendo lo que quisieran y jamás se preocupaban por nada. O al menos eso era lo que había escuchado durante toda su vida y ahora se daba cuenta que no.

—Desde pequeña siempre estuve segura que cuando me casara lo haría por amor si no, no lo haría y mi padre me dijo que así sería —volvió a mirar a David que ahora la miraba con comprensión y empatía—. Ese sueño terminó cuando cumplí diecisiete años y pasé de servir los deseos y caprichos de un Rey a otro sin importar los míos —alzó poquito los hombros otra vez con el nudo atorado en la garganta y las ganas de llorar presentes.

—Regina yo no quiero… —No estaba nada convencido, no creía que fuera posible que en un par de días ella cambiara de opinión respecto a estar con él.

—Tú no eres parte del problema —aseguró antes de que David regresara a su postura de no tener sexo con ella—. Por el contrario, ayer me demostraste que, aunque sea un poco, te interesan mi sentir, mi opinión y mis deseos —se relamió los labios—. El Rey me ve como una posesión, su hija y la servidumbre como una impostora y a nadie le intereso como persona realmente. Sólo a Ruby, la doncella que me asiste oficialmente —le miró brevemente en silencio—. Y ahora a ti —dijo bajito y él asintió.

—Por supuesto que me interesan tus sentimientos y tu vida, Regina —aseguró—. Y es por eso que no… —empezó a decir angustiado.

—Y es por eso que nos estamos conociendo —le sonrió empática. Lo vio apretar los labios un poco, como si se estuviera resistiendo a decir algo más, quizá contradecirla de nuevo, pero se limitó a asentir.

—Sí —murmuró no muy convencido, aunque estaba algo pensativo—. Se me dijo que podría acompañarte fuera de esta habitación vestido como caballero blanco —le contó porque pensaba que podía ser una buena opción para seguir conviviendo más naturalmente.

—¿Quién te dijo eso? —preguntó extrañada, pues a ella no se le comunicó nada parecido.

—El consejero, y el Rey estaba presente —respondió extrañado también, pero por darse cuenta que habían dejado a la Reina fuera de esa decisión.

—Muy bien. —Se puso de pie sintiéndose un tanto molesta y no porque le incomodara el poder salir de ahí con David, sino porque no se le comunicó. Además, estaba casi segura que era algo que Johanna ya sabía y que le debió haber dicho. Oh, cómo odiaba a esa insufrible mujer.

—¿Estás bien? —preguntó David al notar que el humor de la Reina había cambiado. Estaba casi seguro que estaba molesta o enfadada y temía que fuera por algo que él dijo.

La pregunta tomó a Regina por completa sorpresa. Volteó a ver a David con ojos grandes y expresivos, asombrada por la atención que le estaba dando. Asintió desviando la mirada y acomodando un mechón de cabello tras su oreja mientras su pecho se llenaba de una sensación cálida.

—Gracias por la plática. —Se pasó una mano desde detrás de la nuca hasta el cuello desde recorrió la delicada cadena hasta encontrar el dije del cortar que portaba para jugarla un poco entre sus dedos—. Será mejor que me vaya —le sonrió agradecida.

—Buenas noches, Majestad. —Hizo una reverencia exagerada para ella una vez más.

—No bajes tanto —sugirió Regina y el rubio alzó sólo la cabeza mirándole confundido. Se acercó a él y le colocó una mano por debajo del hombro derecho y le empujó para que se alzara un poquito—. Es así, pero debes llegar hasta esta altura —le instruyó y se hizo hacia atrás para mirarlo—. No tienes que quedarte así—rio divertida al ver que David no se movía.

Algo apenado se alzó y fue imposible no quedarse anonadado al escuchar la bella risa natural de la Reina que se percibía como una suave caricia al oído.

—Buenas noches, David —hizo un respetuoso gesto con la cabeza, se dio la vuelta y se encaminó a la salida.

La escena de la noche anterior se repitió, abrió las puertas para salir y Johanna se sobresaltó pues estaba tras las mismas.

—¿Es que no tienes nada qué hacer? —preguntó algo agresiva denotando con ello que le fastidiaba que estuviera ahí esperando escuchar lo que hacían adentro.

Johanna apretó las manos con coraje mientras veía la elegante figura de la Reina alejándose por el pasillo. Dio la vuelta y entró a la habitación donde el apuesto pastor estaba parado en medio. Volteó a todos lados constatando que entre ellos no había pasado nada. Le clavó una dura mirada a David y salió tal cual entró, cerrando tras ella.

Cuando se vio solo, el rubio se acostó en la cama mirando el techo con una mano tras su nuca y la otra sobre su estómago, pensando en el momento que acababa de pasar con la hermosa Reina y en lo que hablaron.

Se seguía sintiendo contrariado, pero Regina le demostró estar en entera disposición de conocerse a fin de poder aceptar el encuentro carnal que habrían de tener. Después de escucharla no le quedaba la menor duda de que ella estaba tan atrapada en eso como él y que tenía que darle un heredero a esa alianza sí o sí. Y en parte podía ver que la Reina realmente deseaba ayudarlo, que no estaba viendo sólo por su propio beneficio.

Le encantaría poder esperar una vida por ella de ser necesario, nada le haría más feliz, pero la situación en la que se encontraban su madre y la granja lastimosamente imposibilitaban esa opción por lo que no tenía otra salida. Él también quería ayudarla y la única forma era poner todo de su parte para que ella en verdad se sintiera en confianza y quisiera estar con él. Seguiría siendo cuidadoso, pero en definitiva debía buscar la manera de que hubiera acercamiento íntimo entre ellos.

La Reina tenía sentimientos nobles, no tenía ninguna duda de ello y le parecía que era una persona justa a pesar de que la vida no lo había sido con ella.