A primera hora del día siguiente Regina fue llamada ante la presencia del Rey. Johanna llegó a su habitación apenas salió el sol, urgiendo a apresurarse a estar lista lo antes posible. La Reina odiaba cuando eso sucedía, porque no importaba qué hiciera o dijera, la entrometida y odiosa mujer no la dejaba en paz hasta que la llevaba frente a Leopold. La lealtad que le tenía al hombre era impresionante, hasta digna de reconocerse porque el Rey no era precisamente una persona encantadora, aunque ella tampoco. Eran tal para cual.
Regina estaba ansiosa y hasta un poco nerviosa, porque la última vez que Leopold la mandó llamar fue para decirle que tenía que acostarse con otro para engendrar un heredero, así que no sabía qué esperar. Fue llevada hasta el despacho real donde el Rey la esperaba en compañía del fiel consejero.
—Mi señor. —Regina hizo la debida reverencia en cuando estuvo ante la fastidiosa presencia de su marido.
—Estoy ya al tanto de que anoche estuviste con el pastor y que no sucedió nada aun —miró brevemente a la doncella quien le había contado todo.
—Sí, yo… —trató de responder, pero él volvió a hablar sobreponiéndose a su tono de voz haciéndola callar.
—El día de hoy, después de la merienda, el pastor podrá salir de la habitación. Ve con él a la biblioteca, al jardín, a donde quieras dentro del palacio —aclaró para que no se le ocurriera siquiera sugerir la posibilidad de salir a montar.
Oh, con que ahora Leopold tenía interés porque ella pasara tiempo con David. Aclaró su garganta e hizo una mueca de descontento y abrió la boca para decir algo.
—Sin peros —dijo con advertencia al ver las intenciones de la Reina de hablar. Seguramente iba a debatir su decisión, como siempre. Esa muchacha podía llegar a ser tremendamente obstinada y orgullosa. Nada que ver con su amada Eva que jamás hacía intentos por oponerse a sus deseos. Así que nada le satisfacía más que imponer su voluntad sobre la de ella—. Me pediste tiempo para acostumbrarte y se te fue concedido. Ahora pásalo con él —habló autoritario y le clavó la mirada casi como retándola a discutir al respecto. La vio apretar la mandíbula y alzar la barbilla con orgullo.
—Sí, mi señor —respondió fingiendo que la situación le resultaba indignante cuando era todo lo contrario. Estaba emocionada de poder ver a David fuera de la habitación.
—Bien —asintió satisfecho—. Anda y ve a elegir vestidos nuevos, tomar el té, pasear por el jardín o lo que te plazca hacer —le dijo dando por terminada esa pequeña reunión.
Regina, muriendo de coraje por lo que acababa de decirle, hizo una pequeña reverencia esta vez. Se dio la vuelta y salió de ahí haciendo gala de la extrema elegancia que la caracterizaba. Johanna se fue tras ella luego de hacer la debida reverencia para el Rey.
—¿Crees que esté preñada para mi cumpleaños? —preguntó Leopold a su consejero en cuanto estuvieron solos.
—Me temo que eso es incierto, Majestad —respondió sincero pues faltaban escasos días para ese evento—. Lo importante es no presionar a la Reina —comentó manteniéndose firme en su postura y conocimiento de que una mujer podía concebir más fácilmente si se encontraba totalmente relajada al momento de consumar el acto.
No había nada qué temer, si el pastor intentaba pasarse de listo o si Regina equivocadamente se llegaba a interesar en él, lo podían matar y ya. No veía el mayor problema en dejar que la Reina se acostumbrara a la presencia de David, aunque sabía bien que para el Rey era distinto pues si bien no amaba a Regina no toleraba que hubiera interés entre su esposa y otra persona. Ni de un lado, ni del otro. Pero obviamente a ella no la iba a tocar; al menos no para matarla.
—Además, en caso de que sucediera, su cumpleaños está demasiado próximo así que no sería posible asegurar que la Reina haya concebido para ese entonces —informó con su habitual despliegue de conocimiento pues la fecha estaba a escasos días. Evitó que en su rostro se reflejara lo absurda que sonaba esa idea.
El Rey soltó una exclamación de fastidio porque no le fue dada la razón y ya no dijo nada más. Regresó a su labor respondiendo correspondencia de asuntos de gobierno del reino.
Regina no permitió que esa pequeña reunión con el Rey arruinara su día. Prefirió concentrarse en que podría ver a David fuera de la habitación, así que la sensación de coraje se transformó en entusiasmo y algo de ansiedad mientras esperaba impaciente porque la hora llegara.
Era un poco extraño que en esos escasos días se encontrara anhelante por ver a David, pero era algo normal, él era la única compañía que tenía en ese castillo al momento y comenzaba a agradarle, lo cual interpretaba como una buena señal.
A pesar de todo no se podía olvidar que tenía que irse a la cama con él y prefería que fuera con total voluntad. Soltó un pequeño suspiro al pensar en que pronto estaría embarazada y no podía estar más agradecida de que no sería del Rey. Siempre le causó estrés pensar en tener un hijo de Leopold. Se angustiaba preguntándose qué iba a sentir al saberse embarazada de él.
Afortunadamente ese día nunca llegó y todo ese circo que estaban montando confirmaba que era imposible que sucediera. Y por ese lado, Regina sentía un gran alivio.
Poco después de la hora de la comida Johanna llegó a la habitación de David con la ropa que se le informó se le daría para poder salir de la habitación.
—Aséate y ponte esto —dijo colocando todo sobre la cama y, mientras lo miraba parado ahí sin decir nada, se comenzó a dirigir hacia la pequeña mesa—. Me llevaré la bandeja y volveré. Deberás estar listo para entonces —agarró de la mesa la charola de plata con los platos y cubiertos que el pastor usó para comer y se retiró de la habitación dejándolo solo.
David corrió a tomar un baño, apresurarse a cumplir con lo que se le estaba indicando porque no se quería retrasar ni un solo segundo. Quería reunirse con Regina lo antes posible.
A la hora acordada, Regina fue llevada a la biblioteca pues se negó a recibir a David en su habitación, alegando lo impropio que le parecía para seguir con su farsa de no encontrar agradable la compañía del rubio. Pero lo cierto, era que sabía que eso se podía malinterpretar y si tenía algo muy claro era que debía cuidar la vida del apuesto rubio. Era su responsabilidad por lo que debía ser muy cuidadosa.
Johanna la escoltó, refunfuñando porque Regina caminaba con extrema lentitud haciendo que el trayecto pareciera eterno. Lo peor era que debía ir un par de pasos tras ella y eso la tenía al borde de la histeria. No sabía si lo hacía por fastidiarla o porque no deseaba llegar al lugar del encuentro. Esperaba que fuera lo segundo, pues le causaba satisfacción pensar en el sufrimiento de la joven Reina. Le abrió las puertas para que entrara y, cuando Regina estuvo dentro habló:
—Iré por el pastor —dijo, saliendo y dejándola ahí. Eso no debía ser porque a los monarcas no se les debía hacer esperar, pero como ella misma se encapricho en ir hasta ahí a paso de tortuga, ahora debía esperar.
Regina soltó un suspiro largo de alivio cuando Johanna salió de la biblioteca y sonrió divertida pues sabía había logrado fastidiarla. Decidió entretenerse un poco en lo que llevaban a David. Agarró un libro entre sus manos que pronto se encontró abriendo y cerrando gracias a la ansiedad que se había apoderado de su cuerpo. La espera se le estaba haciendo eterna hasta que, por fin, la puerta se abrió y entró el consejero con Johanna y David tras él. Notó de inmediato que el apuesto rubio portaba ropas de caballero blanco.
—Majestad —dijo Rumpelstiltskin y los tres hicieron una reverencia.
Regina no pudo evitar alegrarse al ver que el rubio lo hizo como se lo indicó la noche anterior.
—David será su compañía durante la tarde de hoy —informó, aunque sabía bien que eso ya era del conocimiento de la Reina, pero era parte del protocolo de oficialización.
—Gracias, Rumpelstiltskin —le sonrió con suavidad a pesar de que su semblante era sereno.
El consejero inclinó la cabeza con respeto y se retiró con Johanna siguiéndole, dejándolos solos.
—¿Cómo estás? —preguntó David en cuanto la puerta se cerró y el rostro de Regina se iluminó por completo como por arte de magia.
—Muy bien —agachó brevemente la mirada porque no estaba acostumbrada a ese tipo de atención tan personal—. ¿Y tú? —preguntó.
—También —respondió sonriendo ligeramente—. Se supone que soy tu guardia personal —dijo haciendo alusión a las ropas de caballero blanco que vestía. La Reina asintió pensativa mientras dejaba el libro que llevaba en las manos en uno de los estantes.
David estaba fascinado por ver alegría reflejada en el bello rostro de la Reina pues la imagen de ella aterrada sobre la cama la tenía muy clavada en la mente. Se veía deslumbrante con ese vestido azul de bordados dorados que enmarcaba muy bien la figura esbelta hasta la estrecha cintura donde se ensanchaba un poco. Llevaba el largo cabello en un recogido elegante donde se apreciaba una corona delicada.
—Voy a mostrarte el palacio —dijo entusiasmada—. Esta es la biblioteca —volteó alrededor del lugar.
—Es enorme —murmuró el apuesto rubio mientras veía también alrededor.
—Es pequeña en comparación a la del otro castillo —le contó—. Este fue diseñado al gusto de la difunta esposa del Rey, la Reina Eva. —No hubo emoción alguna al referirse a Eva pues Regina no tenía ninguna especie de sentimiento hacia la mujer. Simplemente odiaba que la quisieran comparar con ella o que la trataran como una intrusa por supuestamente estar tomando su lugar como esposa del Rey y Reina del Reino Blanco.
Regina trataba de entenderlos pues le fueron muy fieles y la quisieron mucho, pero lamentablemente murió y ella no tenía la culpa de eso ni tampoco de que Leopold se quisiera casar con ella.
—¿Podría…?
David la sacó de sus pensamientos en los que por un segundo se perdió. Volteó a verlo dándose cuenta que señalaba algo dubitativo a los estantes llenos de libros.
—Por supuesto —respondió al entender a lo que se refería—. Puedes tomar los que gustes —le sonrió empática cuando esos ojos azul profundo la miraron con agradecimiento.
David comenzó a buscar lo más rápido que le fue posible entre los muchos estantes e hileras de libros. Después de un pequeño rato, tenía tres en la mano con los que se acercó a ella quien los tomó.
—Los pondremos aquí y pediremos a Johanna que los lleve a tu habitación —dijo colocándolos sobre la mesa de lectura—. Prometo que un día podrás quedarte aquí toda la tarde viendo libros y leyendo si quieres —ofreció mirándolo con una pequeña sonrisa en los labios.
—Gracias, Regina. —No pudo evitar dar un suspiro y es que la amabilidad con la que la Reina lo estaba tratando lo hacía sentir de una u otra forma digno a pesar de lo que había aceptado hacer con tal de conseguir dinero.
No podía estar más agradecido por la empatía con la que era tratado por ella a pesar de ser un simple y humilde pastor, pareciera como si a Regina eso no le importara y buscara convivir con él como su igual cuando estaban muy lejos de eso pues ella llevaba sangre real en las venas. Era una Princesa de un reino poderoso y la Reina de otro igual y, en su poco conocimiento de la realeza, podía entender por qué esos reinos pudieran buscar formar una alianza a fin de unir dos fuerzas y volverse aún más poderosos.
Y ahora querían un heredero…
—Vamos —lo invitó caminando hacia la entrada del lugar. Ella misma tomó la puerta para abrirla y salió sin esperar nada.
—¡Espera! —exclamó David, apresurándose hasta llegar a su lado pues Regina se detuvo al escucharlo—. ¿No debería abrirte la puerta yo? —preguntó algo confundido.
—Sí —asintió Regina recordando que se suponía que David estaría jugando el papel de su caballero personal. Lo miró con ojos llenos de emoción, juntó sus manos tras ella en su espalda y se inclinó ligeramente hacia él—. Pero puedo hacerlo sola —y entonces avanzó, alzando la cabeza muy orgullosa de sí misma y con una bella sonrisa divertida en el rostro dejándolo aún más confundido.
Se quedó parado totalmente sorprendido por la actitud tan divertida de Regina y de pronto reaccionó apresurándose para alcanzarla quedándose a un par de pasos atrás de ella como le fue indicado pues no podía caminar al lado de la Reina por nada del mundo.
Regina lo llevó por todos los pasillos y rincones, enseñando no sólo los lugares sino explicando la estructura y contándole algo de historia de los mismos dejando a David maravillado con la inteligencia que mostraba. Y cada palabra que salía de la hermosa boca sólo le confirmaba que él no era nada a comparación de ella.
Lo metió en la cocina y las cocineras se le quedaron viendo al rubio con extrañamiento, pero Regina no les prestó atención. No le importaba lo que pensaran y, como era la Reina, no podían cuestionarla.
—Y este —dijo cuando estuvieron en el último rincón del jardín—. Es mi árbol de manzanas —lo señaló con ambas manos, mostrándoselo con orgullo, con una bella sonrisa en el rostro.
—Es hermoso —se acercó a la pequeña cerca que delimitaba el perímetro alrededor del árbol para poderlo admirar mejor. Ahora entendía por qué estaba ahí escondido: era majestuoso e imponente, como Regina.
—Es de la hacienda real, donde crecí —empezó a contarle mientras miraba las manzanas—. El Rey accedió a darme el gusto de traerlo y plantarlo aquí. —Soltó un suspiro y se abrazó a sí misma—. Creo que es el único gesto amable que ha tenido conmigo —dijo muy bajito porque no quería que nadie los escuchara por casualidad.
A David no le agradó escuchar eso y no quería odiar al Rey, pero saber que se casó con ella teniendo tanta diferencia de edad, tratarla como una posesión y quererla obligar a engendrar un heredero a como diera lugar sólo le daban una clara imagen que no ayudaba en nada a verlo con buenos ojos.
—Eso y darme unos días para hacerme a la idea de estar contigo. —Volteó a verlo cuando dijo eso y se dio cuenta que él ya la miraba aparentemente conmovido por su relato. Los ojos azules eran profundos, pero también penetrantes, casi hipnotizantes y Regina soltó un suspiro involuntario que la hizo reaccionar al instante.
David se relamió los labios al darse cuenta que se le quedó viendo fijamente y que ella se dio cuenta. No sabía si eso estaba bien y no deseaba incomodarla bajo ninguna circunstancia. Entonces pensó en que quizá deberían comenzar a hablar sobre el tema de la intimidad entre ellos cuando la doncella apareció haciendo una pequeña reverencia para la Reina.
—Es hora de volver a la habitación —le dijo a David con actitud déspota.
—Deja de fastidiar —demandó Regina con dientes apretados—. Mejor ve a la biblioteca y lleva los libros que están en la mesa de lectura a la habitación de David —ordenó.
—El Rey ha ordenado que el pastor vuelva ya —argumentó la doncella continuando con su actitud. La joven podría ser la Reina y tener autoridad por encima de ella, pero no la tenía sobre la del Rey—. Usted debe ir a la suya para cambiarse de ropa pues será llevaba de nuevo a la habitación con…. —Miró al rubio de arriba a abajo—, con este —dijo con desprecio.
Regina apretó las manos con algo de coraje, pero prefirió no seguir discutiendo con Johanna mucho menos cuando había una orden de Leopold de por medio pues temía que David resultara perjudicado.
—Los libros —le dijo con advertencia y empezó a caminar con dirección al interior del palacio dejando a David con Johanna con la confianza de que, dentro de un par de horas a lo mucho, estaría reunida de nuevo con él.
—Es una altanera —se quejó Johanna apretando los dientes y con un tono de voz bajito para que nadie la escuchara, pero David tenía muy buen oído.
Cuando la mujer volteó a verlo, él le lanzó una mirada poco amigable por la forma que empleó para referirse a Regina. Era la Reina y le debía todo el respeto del mundo, y además, era Johanna precisamente quien se empeñaba en no ser amable.
—¡Camina! —ordenó la doncella al apuesto rubio al darse cuenta que la miraba muy serio, como si estuviera molesto y la juzgara. Empezó a andar a sabiendas de que él tendría que seguirla.
Esa mujer no le agradaba a David en absoluto.
Regina decidió esperar hasta que Johanna llegara para empezar a prepararse. No quería que notara su entusiasmo por volver a reunirse con David. Se sentó frente a su tocador, deshizo el elegante moño que llevaba dejando caer su largo cabello que de inmediato comenzó a cepillar con calma pues la sensación le resultaba muy agradable y, mientras lo hacía, pensó en lo mucho que extrañaba a Ruby.
Para su mala suerte, no pasó mucho tiempo para que la doncella entrara.
—Majestad —dijo a regañadientes y pensó que no, pero Regina notó a través del espejo que no hizo la debida reverencia.
Dejó que la doncella la ayudara a desvestirse y bañarse, lo hizo con la finalidad de fastidiarla pues sabía lo mucho que le pesaba a Johanna asistirla, pero era su deber. Así que le gustara o no, tenía que hacerlo.
Le ayudó a secarse el cuerpo y después a vestirse con otro camisón blanco mientras Regina se preguntaba cuál era el afán de que fuera de ese color. No era su noche de bodas y tampoco le gustaba recordarla. Luego procedió a cepillarle el largo y ondulado cabello, le puso las zapatillas de piso y, para su sorpresa, esta vez el albornoz que ajustó alrededor de su cuerpo, sobre todo en su cintura, era de color rojo.
La llevó después por los pasillos del palacio hasta las puertas de la ya conocida habitación.
—¿Trajiste los libros? —Regina le preguntó de pronto, viéndola por encima de su hombro derecho pues la mujer se encontraba tras ella.
—Sí —respondió de mala gana.
—Sí ¿qué? —preguntó con tono de advertencia.
—Sí, Majestad —dijo a regañadientes la doncella.
Regina volvió orgullosa su cabeza hacia el frente sin darle las gracias a Johanna puesto que la mujer no se lo merecía. La doncella le abrió las puertas, las cuales se cerraron tras ella en cuanto estuvo dentro.
—Hola, Majestad —saludó David bajándose de la cama para hacer la debida reverencia con un libro en las manos.
Sonrió al verla, toda hermosa como siempre, con la misma aura divina que le había cautivado desde el primer momento y se sorprendió al verla vestida de rojo. El color le sentaba muy bien, aunque el azul y el gris plata también. Era tan bella y elegante que estaba seguro que no había nada que le quedara mal.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó acercándose a él mientras David miraba de nuevo el libro que tenía en las manos. Se sentó en la cama, enseguida de donde él había estado.
—Es una historia de un príncipe que se ha enamorado de una princesa y ella de él, pero no permiten su amor —le contó cerrando el libro, sentándose al lado izquierdo de Regina cuando ella puso una mano ahí, invitándolo a acompañarla.
—No me digas que no lo permiten porque ella o él están comprometidos en matrimonio con alguien más —dijo fingiendo fastidio por la historia.
—No —rió con suavidad, poniendo el libro a un lado—. Es porque creen que él no es digno del amor de la princesa —sonrió un poco.
—De seguro es porque su reino es pequeño y hay otro prospecto que es heredero de uno poderoso —dijo ella poniendo los ojos en blanco haciendo reír a David.
—Algo hay de eso en la historia —siguió riendo.
—Típico —arrugó un poquito la nariz al decir eso.
—Pensé que ustedes hacían lo que querían —confesó de pronto—. Me refiero a la realeza. Es decir, conocía estos cuentos. —Tomó el libro de nuevo entre sus manos y clavó su mirada ahí—. Mi mamá me contaba alguna de estas historias de pequeño para que me durmiera. Sé que hay héroes y villanos y que a veces hay brujos, hadas, dragones, magia, pero creí que eso no sucedía en la vida real. —Volteó a verla—. Siento mucho que te hayan obligado a casarte con el Rey y que no pudieras cumplir tu sueño de casarte por amor —le dijo sincero mirándola con intensidad.
Regina se sintió ligeramente intimidada por la intensidad con la que los ojos de David brillaban llenos de sinceridad y empatía. Él la estaba viendo como lo que era, un ser humano, una mujer que a sus diecinueve años había sufrido bastante a pesar de ser una princesa y una reina. Sintió de pronto sus ojos algo calientes y al instante se le llenaron de lágrimas.
—Basta. Me harás llorar —dijo conmovida por las palabras del rubio—. Gracias, de verdad —asintió agradecida echándose aire con las manos para espantar las lágrimas.
—Regina —la llamó y se relamió los labios ya que le causaba nerviosismo lo que haría—. ¿Nunca has pensado en escapar? —preguntó algo temeroso de estar diciendo algo indebido, pero es que no lo podía evitar. Le parecía tan injusto que alguien tan joven, tan bella y de tan buenos sentimientos estuviera atrapada en ese castillo, en un matrimonio arreglado, obligada a hacer cosas que en realidad no quería.
—Sí —asintió mirando hacia el suelo—. Cuando recién me trajeron a vivir al Reino Blanco lo intenté varias veces. La última le dispararon flechas al caballo donde iba y caí haciéndome una herida en el labio. Por eso mi cicatriz —le contó y volteó a verlo brevemente, regresando la mirada al suelo—. Desde entonces tengo prohibido montar a caballo libremente. Leopold y mi primo temen que intente escapar de nuevo —dio un largo suspiro al concluir y cerró los ojos con algo de dolor.
—Lo lamento —susurró el rubio entendiendo cada vez más a Regina.
—¿Sabes? —volteó a verle otra vez—. No lo había pensado, pero tener un bebé podría ayudar mucho a que deje de importarme estar aquí atrapada en un matrimonio sin amor con un hombre que por la edad podría hasta ser mi abuelo. Y créeme que nada me hará más feliz que el hecho de que el bebé no vaya a ser de él —le sonrió levemente.
—Eso es bueno —asintió devolviéndole la sonrisa pues aparentemente Regina comenzaba a verle el lado positivo a la situación y eso era un buen paso. Además, a él tampoco le molestaba pensar en que ella sería la madre de su primer hijo. Al menos le quedaría la satisfacción de que, aunque nunca lo conocería, tendría a una madre de buenos y nobles sentimientos que lo iba a amar con todo el corazón. Sin mencionar que sería un príncipe o una princesa pues iba a tener sangre real por parte de Regina—. Pero para eso, primero tenemos que… —aclaró su garganta mientras ella reía con discreción—. Tener intimidad —terminó.
—Lo sé —asintió acomodándose de nuevo un mechón de cabello tras la oreja con nerviosismo.
—La buena noticia es que no tiene que ser una experiencia mala, podemos hacer al bebé de manera disfrutable —se mordió brevemente el labio inferior pensando en la sensación a la que se refería.
—¿De qué hablas? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Del sexo —aclaró—. Ya sabes, es disfrutable y se siente muy bien —dijo.
—No hay forma en que eso se sienta bien —negó con la cabeza y se acomodó en su lugar juntando las piernas.
Eso extrañó por un segundo a David, pero de inmediato supo cuál podría ser el problema.
—Regina, perdona la indiscreción, pero… ¿alguna vez has tenido un orgasmo? —preguntó con cuidado de no incomodarla.
—No —respondió extrañada. Sabía a grandes rasgos de qué hablaba pues alguna vez Ruby le preguntó lo mismo y le explicó lo mejor que pudo.
—¿Has sentido placer alguna vez mientras estás con él? —preguntó buscando más detalles. Consideraba que debía saber para no cometer un error al momento de tocarla.
—No —respondió sintiéndose incómoda ahora y desvió su mirada.
Eso encendió las alarmas en el apuesto rubio que tomó aire profundamente para seguir con su pequeño, pero importante interrogatorio.
—¿El Rey te lastima en la intimidad? —preguntó con voz suave.
—N-no —respondió insegura y el rubio la miró serio y en los ojos azules podía ver claramente la insatisfacción con la respuesta que le dio—. No se siente nada bien, ¿de acuerdo? —admitió al sentirse ligeramente presionada y eso pareció ser una importante revelación para David pues su apuesto rostro cambió de expresión—. Pero no me golpea, ni me tortura —aclaró antes de que se hiciera ideas que no eran.
—Pero cuando estás con él, ¿lo haces porque quieres? —insistió.
—¿Qué importancia tiene eso? —Fue perceptible la frustración en su voz mientras lo miraba con un poco de reproche y no contra él, sino por estar condenada a vivir eso.
—Porque es importante que quieras estar con tu marido en la intimidad —le explicó entendiendo por qué Regina reaccionó como lo hizo la noche en que estuvo sobre esa misma cama. Con lo poco que le había contado era fácil unir todas las piezas: La Reina no disfrutaba del sexo porque al Rey no le importaba lo que ella sintiera durante el acto.
Maldito viejo egoísta y abusivo…, pensó con rabia. Era un desgraciado poco hombre.
—David, soy la Reina consorte del Rey. Si él me quiere en su lecho ahí debo estar, quiera o no —sentenció más para sí misma que para el apuesto rubio. Era una cruel realidad con la que tenía que vivir y de la cual, por obvias razones, no le gustaba hablar. Si tuviera el poder de borrar todo eso para siempre lo haría sin dudar.
—No debería ser así —refunfuñó molesto y se cruzó de brazos. Exhaló con fuerza mientras se tragaba el coraje contra el miserable Rey.
Regina empezó a sobar sus manos con algo de ansiedad en cuanto sintió el silencio. No sabía cómo seguir hablando con él después de eso y la realidad era que moría por preguntarle sobre el sexo disfrutable. Tenía mucha curiosidad y se preguntaba si ella era capaz de sentir eso que hacía que les gustara tanto.
—¿De verdad se siente bien? —preguntó mordiéndose el labio inferior. No tenía mucha referencia al respeto mas que la poca que Ruby pudo brindarle cuando recién comenzaron a conocerse.
—Mucho —respondió suavizando su expresión al notar la genuina curiosidad en ella por el tema. Además, nada de eso era su culpa—. Es diferente para los hombres que para las mujeres. Ustedes son capaces de sentir con mucha mayor intensidad —le explicó entusiasmado porque oh, cómo amaba verlas disfrutar.
—¿Me enseñarías? —preguntó mirándole con ojos grandes llenos de curiosidad.
—Por supuesto —asintió soltando una larga exhalación viendo esos ojos tan bellos mirarle con atención y anhelo. Se relamió los labios, dispuesto a explicarle sobre el placer que ella misma se podía proporcionar tocándose, pero escucharon algo fuera de la habitación que robó la atención de ambos.
—¿Qué fue eso? —preguntó bajito pero alerta mirando hacia la puerta.
—La entrometida de Johanna —respondió Regina con fastidio por la insistencia de la doncella.
—La mujer no es nada agradable, ¿cierto? —preguntó sonriendo un poco de medio lado mientras miraba a Regina quien hizo una mueca de disgusto a pesar de que sonrió.
—Es insufrible y que la hayan asignado a asistirme mientras esté aquí es como un castigo —soltó un pequeño gruñido, odiando a Leopold pues él era el responsable de todo.
—¿Y qué crees que esté haciendo? —preguntó con interés.
—Viendo si puede escucharnos tener sexo —respondió negando con la cabeza en clara desaprobación.
—Con que quiere escuchar, ¿eh? —preguntó el rubio con una expresión de maldad mezclada con diversión en el apuesto rostro.
Subió las piernas y se puso de pie sobre la cama sorprendiendo a Regina quien volteó a verle no muy segura de lo que sucedía. David comenzó a saltar provocando que la cama rechinara lo suficiente para que se escuchara desde afuera.
—¡Oh sí! —exclamó simulando estar teniendo sexo mientras Regina bajaba de la cama—. ¡Es tan bueno! —gimió, mirando divertido a la Reina que comenzó a reír al ver lo que hacía—. Ven —la invitó dándole una mano que ella aceptó. La jaló para ayudarla a subir y comenzó a brincar junto con él, riendo porque David seguía soltando gemidos y jadeos escándalos.
Hasta que de pronto tropezaron el uno con el otro al momento de caer al mismo tiempo a la cama después de brincar. David de inmediato rodeó la bella y esbelta figura de la Reina con sus brazos a fin de sostenerla para que no cayera.
Regina seguía riendo divertida, pero al verse de pronto tan cerca del apuesto rubio su risa cesó dando paso a una extraña atmósfera en la que se vio envuelta. Ambos jadeaban por la actividad y se miraban con intensidad.
La Reina no sabía si su corazón latía con tanta fuerza por la cercanía de David o por los brincos que dio, pero tenía una cálida y embriagante sensación que lo acaparaba todo, algo muy diferente a lo que había llegado a sentir, era nuevo y único, y se dejaba sentir en su vientre.
Impulsada por ese sentimiento, levantó una de sus delicadas manos hasta posarla sobre una de las mejillas del rubio y se alzó de puntitas para unir sus labios con los de él.
