CAPÍTULO 2

Himnos a Athena

—Veo vuestras ofrendas y oigo vuestras palabras, doncellas. Pocos son los que se atreven a cruzar las Doce Casas y muchos menos los que consiguen llegar a los aposentos del Patriarca: aquellos que no desfallecen, perecen a manos de los caballeros de oro que custodian los templos. —El Gran Patriarca se puso en pie, sus manos perdiéndose en el interior de la casulla. Descendió los pocos escalones que le separaban de ellas, aún inclinadas ante su figura y sin separar los ojos del suelo—. Vosotras, sin embargo, habéis demostrado vuestra fe y lealtad incondicional a Athena en cada paso que habéis dado.

Frente a él se encontraban Melita y Naida, engullidas por la alargada sombra que proyectaba ahora que la luz le daba la espalda.

—Hay talento, sacrificio, esfuerzo y valor en aquello que os fue encomendado hacer—continuó él, el semblante inexpresivo de la máscara azul y sus ojos rojos recorriéndolas desde la más joven hasta la más mayor—. Siente un gran orgullo por sus doncellas y se alegrará de recibir estos significativos regalos.

Un peso pareció desaparecer de los hombros de todas al oírle y sonrisas pintaron sus delicados rostros.

—No obstante, me temo que Athena no recibe a nadie. Le haré llegar…

—¿Disculpe?

Todas las cabezas se alzaron bruscamente; la felicidad había desaparecido para dejar paso a ceños fruncidos y murmullos. Fue Dionne la que se atrevió a hablar, a pesar de tener la mandíbula encajada, de estar hundiendo las uñas en el cuero del libro.

Él ladeó la cabeza, un diminuto bufido escapándosele, uno que sólo Melita y Calíope llegaron a oír.

—Como bien sabréis, hace diez años el traidor Aioros de Sagitario se atrevió a intentar matar a Athena al poco de nacer—su voz, de por sí intimidante, se llenó de veneno al pronunciar el nombre del fallecido caballero de oro—. Desde entonces, nuestra diosa ha vivido atemorizada ante la posibilidad de que la situación se repita: así pues, ha preferido vivir recluida en su templo, permitiéndome tan solo a mí, como su representante en la tierra, contactar con ella.

—¿Quiere decir que Athena teme a todos los humanos o a tan solo a la facilidad con la que sus caballeros pueden ser seducidos por el poder? —replicó Dionne, entrecerrando los ojos—. Porque ese, como sabrá, no es ni será jamás nuestro caso. Solo tenemos buenas intenciones para—

Arles alzó una mano, la palma extendida hacia Dionne. La matriarca dejó morir el resto de la frase en su garganta.

—El de hoy ha sido un día largo. Sé que no es una noticia fácil de digerir, así que os dejaré que os retiréis a descansar por el momento. Continuaremos esta conversación mañana—sentenció, una tregua que, aunque las dejara insatisfechas, al menos impediría que nadie dijese algo de lo que pudiera arrepentirse.

Recogió su casulla con una mano y se dio media vuelta, dirigiéndose de nuevo al trono de oro. Una mujer vestida con un chitón blanco, ceñido en la cintura y con las mangas abiertas en los laterales, surgió de uno de los arcos del ala izquierda a la vez que el Patriarca retomaba su asiento.

—Llegas justo a tiempo, Agnes, como siempre. Muéstrales el camino a la residencia a nuestras invitadas.

Se pusieron en pie, Dionne sin ser capaz de disimular el disgusto escrito en sus facciones, las demás poniéndose tan rectas que se asemejaban más a una procesión de estatuas que a muchachas. Agnes se acercó a ellas con las manos entrelazadas frente a su estómago y la nariz fruncida, levemente aguileña y de punta más ancha. A pesar de ser tan solo tres años mayor que Dionne el tiempo no había tenido tanta clemencia con ella, llenando su cabello negro de canas y el rostro de surcos. Ninguna de las dos llegaba aún a los cincuenta, sin embargo, al verlas lado a lado, Dionne rejuvenecía frente a Agnes, a la que se le sumaban unos cuántos años más con su rictus de seriedad.

—Hermana Agnes. Ha pasado mucho tiempo.

No el suficiente, pensaron casi todas.

—Matriarca.

Agnes se inclinó ante ella para después pasear la mirada por las demás. El Patriarca las observaba también, recostado sobre su puño, la forma bajo la capa evidenciando que había cruzado una pierna sobre la otra.

—Niñas…habéis crecido mucho—las saludó la mayor—. Algunas demasiado.

Lo dijo recorriendo con la mirada a Galena, imposible de obviar al sacarle una cabeza estatura a todas ellas. Calíope tuvo que morderse la mejilla para no decir nada, sintiendo cómo Galena empequeñecía tras ella por imposible que pareciera, finos dedos buscando la cinta que ajustaban el chitón de la mayor a su lugar. La mirada inclemente de Agnes se detuvo en Calíope, ahora erguida, aunque rehuyendo sus juiciosos ojillos grises, sabiendo que diseccionaba su cuerpo sin ningún reparo.

Anthea, atrás del todo, nunca se había sentido tan agradecida de tener ese lugar por su juventud: aun así, como la maestra de la sutileza que le gustaba pensar que era, alzó el ramo de flores para cubrirse cuanto pudiese y se aprovechó el parapeto que era Galena. Melita dio un paso pequeño a la derecha y carraspeó, obstruyendo la vista de Agnes y tapando con ello a Calíope.

—Mi ofrenda va a deshacerse de un momento a otro, mi señora, y querría presentarle a Athena una placenta en condiciones al menos, vaya a pensar que estoy intentando provocarle una indigestión—esbozó una sonrisa encantadora, su tono casi haciéndola parecer inocente. Casi.

Agnes alzó una delgada ceja y torció la comisura del labio. El Gran Patriarca se echó a reír; fue breve, sonoro y rasposo, haciendo eco en cada rincón del templo, sobresaltándolas. Les recordó a la risa villanesca que Helena hacía para las niñas al contarles historias antes de dormir, con una sábana como capa y una vela de compañera, asustándolas tanto como les arrancaba carcajadas, convertida en un monstruo que las perseguía para hacerles cosquillas y devorarlas a tiernos besos y bocados; las más mayores siempre terminaban por asomarse y regañarlas por el concierto de gritos, instándolas a descansar. Era extraño escuchar una risa así en un hombre adulto, de forma natural, sin ser el malvado de alguna historieta sino el respetado y adorado sumo pontífice de Athena. Tan lejana de la voz de Shion, aun si grave, colmada de suavidad y tranquilidad, de risa escasa, mas genuina y contagiosa cuando llegaba.

—Agnes es mi zácoro además de sacerdotisa, por lo que ella misma se asegurará de que todas vuestras ofrendas estén a buen recaudo y las hará llegar a nuestra diosa.

—Creía que Athena no aceptaba ver a nadie—dijo Helena, mirando de reojo a Agnes y después al Patriarca.

—No lo hace. Simplemente depositaré todo esto a los pies de su estatua y ella saldrá cuando lo desee a por ellas—replicó Agnes. Se encogió de hombros—. Es lo más cerca que podemos estar.

—¿Y eso no lo podemos hacer nosotras mismas?

Agnes esbozó una sonrisa cargada de condescendencia que resaltó las manzanas de sus pómulos y la barbilla puntiaguda.

—Cariño, para Athena, ahora mismo no sois más que extrañas. ¿Cómo te sentirías si de repente ocho personas de las que no sabes nada irrumpieran en tu casa? ¿Si intentaran forzarte a salir?

Dionne dio un paso hacia Agnes, invadiendo su espacio personal, obligándola a alzar el rostro para poder mirarse a los ojos. La atmósfera se volvió pesada, densa, casi palpable. Volvían a ser pequeñas escondidas detrás de columnas y puertas, atendiendo a lo que Melita calificaba como un "choque de dioses y titanes", una batalla que se libraba desde hacía décadas entre las dos mujeres, sin necesidad de armaduras ni de golpes, sin alzar sus voces ni sus cosmos.

—He tenido a Athena en mis brazos, Agnes, y todas las mujeres aquí presentes llevan dedicándole sus oraciones y pensamientos desde la infancia. Difícilmente puedes calificarnos como… "extrañas". —Dionne consiguió que Agnes retrocediera con la mandíbula apretada—. Por no hablar de que, según la educación que Athena debería haber estado recibiendo, ya sabe en qué consiste el peregrinaje y para qué hemos venido. Somos las doncellas de Athena, no turistas de los que se agrupan alrededor de las ruinas del Santuario.

Agnes separaba los labios para responderle cuando la pesada puerta se abrió con un chirrido. De entre las hojas asomó una cabeza con casco marrón y la punta de una lanza, sin duda uno de los guardias que las habían acompañado anteriormente.

—¡Su santidad, los caballeros dorados de Piscis y Capricornio han llegado para su audiencia de las ocho!

—Hazles pasar. Aquí hemos terminado.

La sacerdotisa tomó aire y se enderezó de nuevo.

—Seguidme—les ordenó, girando sobre sus talones.

Antes de hacer lo que decía, Dionne inclinó la parte superior del cuerpo hacia el Gran Patriarca por última vez: las demás, a falta de poder hacer la reverencia protocolaria, flexionaron las rodillas y asintieron, repitiendo un «su Santidad». Él se mantuvo impertérrito, de nuevo reposando ambos brazos en su trono y la máscara apuntando al frente, pues sus ojos se mantendrían siempre como un misterio.

Calíope, distraída aún por el agarre de su hermana y la cada vez más rocambolesca situación unida al cansancio, le añadió un «que tenga una buena noche». En cuanto se dio cuenta su rostro se encendió, aceleró sus pasos hasta casi atropellar a la pobre Melita y le rezó a Zeus, a Athena y al Olimpo entero que no se hubiera dado cuenta.

Sin embargo, los dioses no le concedieron su deseo y el Patriarca movió la cabeza lo suficiente como para decirle que, efectivamente, había oído eso. El gesto duró tan solo un segundo, uno donde el vello se le erizó y la electricidad recorrió su piel. Para rematar, Galena tiró suavemente de su cinturilla, susurrando.

—¿Acabas de desearle buenas noches al Gran Patriarca?

Se mantuvo en silencio. Cruzó el arco de piedra del que había salido Agnes, sus pasos cortos y acelerados. Había un largo pasillo de techos altos, llenos de telas carmesí y más arcos que llevaban a otras estancias. Fueron dirigidas a una habitación rectangular, vacía a excepción de la robusta mesa de madera en el centro, donde Agnes les ordenó dejar sus ofrendas. Entraron, cada una buscando un hueco; Calíope no se fijó en dónde se dejó qué, puso sin más la suya sobre la mesa y salió de nuevo al pasillo, sus pensamientos oscilando entre Athena y el Patriarca.

—Sí que lo ha hecho, sí—respondió Melita por ella un rato después, sacudiéndose las manos en el vestido tras deshacerse de la torta. Se apoyó contra la fría pared de piedra con las manos en la espalda, una sonrisa divertida que conocía demasiado bien en sus labios.

—Vas a recordármelo hasta el día en que me muera, ¿verdad? —Calíope hundió los hombros y su cabeza cayó, los mechones pelirrojos de su flequillo haciendo lo posible por tapar su rubor.

—Bien que lo sabes.

—Yo no lo veo tan terrible, es algo cortés que decir, ¿no? —Anthea se unió a la conversación, habiendo resguardado sus flores en una ánfora cuya historia aún estaba por contar.

Melita se echó a reír y Galena fue la siguiente en salir, yendo al lado de Calíope.

—«Buenas noches, su eminencia, gracias por darnos con la puerta en las narices y dejar que Agnes y Dionne casi se maten. Salude a Athena de nuestra parte si es que quiere escucharlo y que tenga dulces sueños»—Melita puso una voz melosa y batió sus rubias y tupidas pestañas en exceso a la vez que repetía su reverencia.

—¡Calla, que te van a oír! —Anthea le tiró del brazo, sus ojos saltando de Melita a la habitación, mordiéndose las mejillas para no reírse.

Calíope gruñó. La costumbre de ser la que daba las buenas noches en el Refugio, la que apagaba la luz después de recitarles poemas y despedía a Dionne o a Helena cuando venían a comprobar que estaban en sus camas le había ganado. Una familiaridad que no tenía derecho a tener allí.

Dentro, Therasia y Naida parecían haber entablado conversación con Agnes. Dionne salió arrastrando los pies, sin despegar la vista del suelo y frotándose las cada vez más notables ojeras con el pulgar y el dedo índice de su mano izquierda. Helena apareció justo después, la antorcha que trajo convertida en un candil de terracota que despedía un suave olor a aceite de oliva.

Para sorpresa de Melita, Helena se lo tendió. Observó la diminuta llama y después a Helena, su rostro un lienzo en blanco: cuando bajó la vista de nuevo, se dio cuenta del leve temblor en sus dedos. Lo cogió sin decir nada, apretando suavemente su mano un segundo antes de dejarla ir. Se preguntó si siempre había sido tan pálida comparada con ella, si el cansancio y los calambres después de tantas horas cargando la antorcha le estaban alcanzando en ese instante.

La realidad, por mucho que le costara admitirla, quedaba clara con verlas a todas; el júbilo de conocer a su diosa les había sido negado, puede que para siempre. El rito sagrado del peregrinaje era una declaración de amor a Athena y la voluntad de servirle, la renuncia a las vidas que podrían haber tenido. Según los escritos y testimonios de doncellas anteriores la presencia de Athena era sublime, un rayo de luz que purificaba y revitalizaba tanto cuerpo como alma con solo sentirla.

Y ella estaba allí, lejos del alcance, desde donde no podían recibir la caricia de su cosmos divino. Volviéndoles el rostro. Negándoles la abrumadora felicidad que les había sido prometida.


El hogar de las doncellas se encontraba a la derecha del templo del Patriarca y la estatua de Athena, una estructura simple en forma de U a la que se llegaba tras descender las escaleras de piedra labradas de la propia pared de la montaña.

Seguía teniendo el techo a dos aguas de tejas rojas y la fachada de adobe que se asomaba entre los desconchados del lucido de yeso color crema. Lo primero que Dionne notó diferente respecto a cuando vivió allí fue el patio, la pieza central del lugar y por donde se entraba, años atrás en un estado deplorable, lleno de tierra, seco e inhóspito, con apenas un pozo y piedras desperdigadas. Habían colocado solería de terracota en el suelo y construido una fuente octogonal con una estatua de una mujer sosteniendo un cántaro por encima de su hombro del que fluía más agua. Bajo el porche de madera ahora había bancos para sentarse, vasijas decorativas y cortinas de gasa blanca anudadas en las columnas que lo soportaban.

—Las otras doncellas seguirán por aquí—dijo Helena, más una afirmación que una pregunta.

Sus hermanas miraban alrededor, dándose cuenta de que, a pesar de las similitudes con su propio hogar, en los detalles terminaban por distinguirse.

Agnes sonrió, ascendiendo las escaleras hacia al ala izquierda de la edificación. La siguieron hasta una sencilla puerta de madera.

—Efectivamente. Esta noche no las veréis dado que están ocupadas preparando la cena y sirviendo al Maestro. —Se detuvo en el centro de la habitación, alargada y con ocho colchones simples repartidos por pares en cada pared, en los extremos flanqueando una ventana más grande con un pequeño asiento acolchado debajo—. Os han dejado algo de comida en la cocina, sentíos libres de serviros. La zona de baño está finalizando la preparación de las aguas termales así que tendréis que usar las antiguas instalaciones, que, aunque modestas, cumplen a la perfección su función de aseo.

Mientras las doncellas celebraban la mera mención del aseo, Dionne alzó las cejas y cruzó los brazos.

—¿Han construido unas termas? ¿Aquí?

—Es parte del proyecto de renovación del nuevo Gran Patriarca. Como verá, se han mejorado el acceso al agua y la estructura general desde que residió por última vez aquí. La pureza del cuerpo es tan importante como la del alma…en especial para nosotras. —Agnes se colocó una mano en el pecho y negó efusivamente con la cabeza. —¡No se imagina lo que se escandalizó el Maestro cuando descubrió el deplorable estado en el que se encontraba nuestro hogar!

—Necesitaba un lavado de cara, sí—contestó Dionne, entre dientes, sonriendo con la misma ausencia de genuinidad que Agnes—. El Maestro Shion estuvo muy ocupado entrenando y educando a la nueva generación de caballeros dorados como para dedicarse a realizar obras aquí. Me alegra que la sangre nueva traiga ideas nuevas.

Colectivamente decidieron que era mejor dedicarse a otra cosa mientras las mayores seguían chocando espadas si es que no querían recibir algún golpe también. Fueron escogiendo cama, Calíope y Galena asentándose en el lado derecho, cuya ventana daba al templo del Patriarca, Anthea y Melita en el otro, con vistas al resto de la montaña. En medio, Therasia, Naida y Helena se desplomaron en el primer lugar que consiguieron.

—He de marcharme para llevarle vuestras ofrendas a Athena antes de que la noche se cierre. El Patriarca es muy estricto con los horarios dada la juventud de la señorita. —Agnes les dio la espalda y su mano se detuvo a centímetros de tocar el pomo—. Que Athena os guíe en vuestros sueños, jovencitas. Nos veremos mañana.

Agnes se marchó. Todas esperaron a dejar de escuchar sus pasos.

—Eso ha sonado a amenaza—se oyó la voz amortiguada de Anthea, tendida bocabajo encima de las sábanas y con la cara enterrada en la almohada.

Hubo un suspiro por parte de Dionne y una breve risa de las demás.

—Id aseándoos, Melita y yo calentaremos la cena mientras—les ordenó, mirando con insistencia a la rubia, quien no parecía especialmente interesada en levantarse de su sitio.

Ella bufó, disfrutando de unos segundos más en la cama hasta que escuchó su nombre ser gritado desde abajo. Calíope y Galena se despidieron de ella revoloteando los dedos, cómodamente apoyadas en el alféizar, y Naida y Therasia fueron las primeras en levantarse para bajar. Se llevaron a Melita casi a rastras, empujándola al ala opuesta cuando se encontraron de nuevo en el patio.

Una hora después, cuando todas estuvieron limpias de nuevo, se reunieron en el pequeño comedor, apretujadas en la mesa de roble con bancos. Dionne y Melita sirvieron pequeños cuencos de crema de verduras, una hogaza de pan que habían encontrado y que ninguna tuvo la fuerza para desmenuzar y pollo hervido. Habían pasado casi nueve horas desde su última comida y necesitando recuperar la energía que las Doce Casas les había robado, devoraron la insulsa cena hasta donde pudieron. Dionne no se molestó en corregir las formas de ninguna de ellas y tampoco probó más de dos cucharadas de su propio plato, dedicándose a trazar círculos con el cubierto en los que se perdió.

Limpiaron entre todas, aunque se sintieron tentadas a hacer el trabajo a medias por el sueño, Helena las mantuvo firmes y no se marcharon hasta que el lugar quedó incluso más limpio de lo que se lo habían encontrado.

Cuando al fin se metieron entre las sábanas comprendieron el verdadero peso de su agotamiento.

—No siento las piernas…

—Yo las siento demasiado, ¿sabes? Como que de repente noto cada músculo y tendón y—

—Sabemos qué hay debajo de la piel, Anthea, muchas gracias—les interrumpió Naida, que aún no terminaba de apagar el farol de su lado.

—A mí las sandalias me han hecho unas rozaduras que a ver cuánto tardan en curarse—se quejó Calíope, haciéndose una trenza.

Galena le apartó las manos, deshizo el lío que había comenzado a formar y comenzó una trenza nueva.

—Seguro que las termas mágicas del Patriarca nos lo quitan todo—concluyó Melita tras escuchar cómo unas y otras aportaban sus dolencias, sus ojos ya cerrados y con las manos entrelazadas en la nuca—. Si es que nos permiten acceder y no es que Agnes se baña en nuestro nombre o algo así.

El rumor que se había formado en la habitación se convirtió en silencio. Fuera, los grillos cantaban acompañados por un suave viento. Melita tragó saliva.

Pasados unos minutos, Galena carraspeó y se atrevió a hablar.

—Sabéis, yo… entiendo que Athena no quiera ver a nadie. Que quien debería protegerte y quererte intente hacerte daño cuando no te queda otra opción que depender de ellos…

Las palabras se le atragantaron y un sollozo tomó su lugar. Calíope abandonó su cama, Galena haciéndose a un lado al instante para dejarle hueco; la pelirroja se acurrucó en su hombro, rodeó su cintura con un brazo y colocó el otro debajo de la almohada.

—Ahora estamos aquí para ella, Lena—Calíope se dirigió a la joven susurrando, mas el silencio hizo llegar su mensaje a todas—. Y le demostraremos que nada se puede interponer entre nosotras.


Se despertaron a las diez, bastante tarde para lo que acostumbraban. No tenían nada que hacer hasta las una, hora a la que Agnes pasaría a buscarlas para almorzar con el patriarca, así que desayunaron un poco de fruta, se refrescaron y aprovecharon el borde de la fuente para sentarse a esperar. Cuchichearon sobre la belleza sobrenatural de Afrodita, del aura amenazante de Shura y el aguijón de Milo, preguntándose cómo serían el resto de los caballeros y si llegarían a conocerlos.

Agnes vino a por ellas poco después y recorrieron el mismo camino por el que habían venido. Cruzaron el salón principal, observando al pasar el trono de oro vacío y las antorchas apagadas; continuaron por un pasillo más corto que los demás que desembocaba a una amplia sala, su suelo cubierto por una alfombra roja y las paredes decoradas con tapetes, viejos escudos de latón y jarrones colgantes con plantas. El corazón era la mesa, la más larga que ninguna hubiera visto con un total de catorce sillas y distancia suficiente entre ellas para que ningún comensal invadiera el espacio del otro. A la izquierda, unas escaleras de mármol conducían al segundo piso, desde el cual los rayos de sol llegaban al piso inferior, pasando entre los pilares y proyectando cálidas franjas de luz que le daban un aire etéreo al lugar, las motas de polvo suspendidas en el aire convertidas en pequeños puntos brillantes.

El Gran Patriarca las esperaba sentado a la cabeza de la mesa, su silla la de respaldo más alto y exquisitas filigranas de madera. Continuaba llevando las puntiagudas y pesadas hombreras sobre su capa blanca, cosa que les extrañó, ya que no parecía la cosa más cómoda para la ocasión.

Esa vez sí pudieron hacer la reverencia como era mandatorio, asiendo el borde de sus vestidos para levantarlos con delicadeza a la vez que extendían el pie derecho hacia atrás, posicionándolo tras el izquierdo. Descendieron con la espalda recta, sus rodillas casi tocando el suelo y la cabeza inclinada hacia el Patriarca. Anthea tenía un leve tembleque del esfuerzo y Galena casi se deja llevar por la gravedad: aún con ello, sus poses eran una forma de elegancia pura, flores blancas flotando sobre un mar carmesí.

—Doncellas. Acomodaos, por favor—el Patriarca extendió su brazo derecho, trazando un gesto que abarcaba el espacio vacío ante él.

Ellas obedecieron, sus cabezas gachas y labios sellados.

«El Gran Patriarca tiene tantas responsabilidades como poder, y por ello, su vida puede ser especialmente solitaria. Habrá ocasiones en que vuestro deber se extienda a él, y aunque amables, recordad siempre cuál es vuestra posición. El protocolo no debe olvidarse: mostrad vuestros respetos al entrar y salir, referíos por su título, si le acompañáis en las comidas sentaos según la jerarquía y edad y nunca ocupéis asientos contiguos o enfrentados a él. Él siempre comerá, hablará y andará el primero, pues la única persona por encima de él es la mismísima Athena».

Tenían presentes las lecciones de Dionne y así las siguieron, dejando un lugar entre ellas y el Patriarca a excepción de Dionne, que, como Matriarca, era considerada invitada de honor y podía ocupar el asiento a la derecha del Patriarca. Las demás se acomodaron en zigzag, con un hueco entre cada una, Anthea y Galena quedando al final de la mesa.

Acomodaron sus manos con delicadeza sobre sus regazos una vez colocaron sobre ellos las servilletas dobladas por la mitad, esperando a que el Patriarca inaugurase la comida. Curiosamente, ante él no había extendida cubertería, tan solo una copa de vino.

Él echó la silla hacia atrás, cuidando de no hacer ruido, y alzó esa misma copa hacia el cielo.

—Sabed que hoy nos reunimos bajo la bendición de Athena: vuestras ofrendas no fueron en vano, por el contrario, han llenado su corazón, y desea que gocéis de los alimentos procurados por nuestra amada tierra en su nombre. —La copa siguió los movimientos de su mano, la tela de la manga agitándose con ella. Todas le miraban atentamente, un poco menos intimidadas ahora que se encontraban a la luz del día y en un ambiente más ufano—. De hecho, tengo una petición de su parte.

La atención se convirtió en expectación y bajo la mesa, se aferraron a sus vestidos.

—Calíope.

La aludida pasó de contemplar el orgulloso dragón de su casco a mirar directamente a la máscara, sus grandes ojos avellana tan abiertos que iban a secársele. Separó los labios, tratando de controlar su respiración. Escuchar su nombre viniendo de él era aterrador, lo que parecía el preludio a un terrible castigo, y que lo recordara en absoluto ya le parecía extraño.

Recordó el desliz que tuvo al despedirse de él anteriormente y se ruborizó. Por supuesto que iba a recordarla.

El maestro Arles apuntó el filo de su copa hacia ella.

—Athena desearía que tocaras para todos en este hermoso día.

Calíope tragó saliva y esbozó su mejor imitación de sonrisa posible. Volvió a inclinar la cabeza hacia él, pensando que era lo más cercano a un castigo que podía ponerle en ese momento.

—Será un auténtico honor, su ilustrísima. ¿Disponéis de una lira que pueda utilizar?

Arles extendió la mano libre y flexionó los dedos, haciendo un gesto para que un sirviente se acercara. Caminó apresurado hasta ella e hincó una rodilla a su lado, extendiendo la lira de madera con un búho tallado en la caja de resonancia que ella misma había estado portando el día anterior, la que se supone debería tener en sus manos Athena.

—Oh, ¡qué bien! —la recibió, apretando los dientes. El sirviente desapareció sin mediar palabra.

En cuanto la tuvo en sus brazos, comenzó a comprobar las clavijas por si estaba desafinada. Nadie la había tocado. Estaba hecha para principiantes, con solo siete cuerdas, las tres primeras a modo de base y las otras cuatro con las notas ordenadas diatónicamente. El rango de melodías era limitado con tan solo cuatro notas que tocar, pero si manipulaba lo suficiente las clavijas, podría afinarlo hasta conseguir siete. Sí, eso era algo con lo que podía trabajar.

—Perfecto. Pasaremos a ello después de comer, pues.

Y con ello se sentó de nuevo, dando comienzo al almuerzo. Él no las acompañó en la tarea y ninguna lo cuestionó; se quedó con la copa en la mano, haciendo danzar la bebida en su interior al realizar movimientos circulares. Todas parecían más animadas tras sus palabras y recibieron la comida como un lujo, degustando primero una sopa de pescado y verduras con aceite de oliva y hogazas de pan recién horneado, de segundo solomillo de ternera al vino con champiñones y finalizando con una copa de yogurt griego aderezado con miel, nueces y almendras. Casi ignoraron la presencia de Arles, felices de nuevo al sentir una energía cálida acompañándolas en la mesa: realmente Athena estaba pensando en ellas.

Al terminar y retirar los platos, Calíope se acomodó la lira entre los brazos de nuevo y empezó a afinarla. Las demás comenzaron una charla ligera con el Patriarca, que le preguntó a Dionne cómo veía su hogar después de tantos años y si para las demás era lo que esperaban. Sus voces no eran más que ruido de fondo para Calíope, sumida en su propia burbuja, trabajando a la vez que consideraba qué tocaría.

Cuando estuvo como deseaba, separó la silla de su mesa, cruzó una pierna sobre la otra y colocó cada mano a un lado de la lira. El murmullo cesó y todas las miradas se posaron en ella. Calíope cerró los ojos y tomó aire.

Buscó la melodía dentro de ella, dejando que esta la tomara. Toda su energía se concentró en la punta de sus dedos y rechazó las distracciones del mundo terrenal. Tan solo era ella siendo guiada por la armonía de las notas, chispas en su pecho que llegaban a sus yemas para traer una oda que acompañó su voz.

—Comienzo cantando a Palas Atenea, deidad gloriosa, de ojos de lechuza, sapientísima, de corazón implacable, virgen veneranda, protectora de ciudades, robusta, Tritogenia, a quien el próvido Zeus engendró por sí solo en su augusta cabeza, dándola a luz revestida de armas guerreras, áureas, resplandecientes: un sentimiento de admiración se apoderó de todos los inmortales que lo contemplaron—alzó su voz en un recital, las palabras adquiriendo fuerza conforme más hablaba al igual, sus dedos oscilando entre tocar suaves notas individuales e intrépidos acordes, tan veloces que era difícil seguir el movimiento de sus manos—. Delante de Zeus, que lleva la égida, saltó aquélla impetuosamente desde la cabeza inmortal, blandiendo el agudo dardo; y el vasto Olimpo se estremeció terriblemente por la fuerza de la de ojos de lechuza, la tierra resonó horrendamente a su alrededor, y el ponto se conmovió revolviendo sus olas purpúreas. Pero de repente se calmó el agua salobre y el preclaro hijo de Hiperión detuvo largo tiempo los corceles de pies ligeros, hasta que la virgen Palas Atenea se hubo quitado de sus hombros inmortales las divinas armas; y alegróse el próvido Zeus.

Calíope exhaló cuando todos los demás parecían contener la respiración.

—Y así, salve, hija de Zeus que lleva la égida; mas yo me acordaré de ti y de otro canto.

Una última nota fue tocada, sosteniéndose en el aire unos instantes antes de ser llevada por el viento. Calíope separó los párpados poco a poco, su visión llenándose de puntos de luz de colores, ahora extrañados ante el cambio de iluminación. Su escenario ya no era una habitación oscura, sino aquel templo sagrado.

El corazón le retumbaba, cada latido palpitando en sus oídos, enviando sangre frenéticamente a todo su cuerpo, recordándole que estaba viva a pesar de la rigidez que la clavaba en la silla.

Algo muy poderoso estaba intentando alcanzarla, una abrumadora respuesta a su oda. ¿Debía temerle? ¿Respetarle?

¿Era esa Athena, brillando más que nunca por su música?

Calíope volvió de golpe a la realidad con un sobresalto, unos estruendosos aplausos retumbando en sus oídos antes de sonar como deberían con normalidad. El Patriarca había sido el primero en ponerse en pie para encomiarla seguido de sus compañeras. Sonrió débilmente y bajó la mirada, dándoles las gracias en silencio.

—Has hecho incluso más de lo que esperaba. Creo que hablo por todos al decir que la dicha de Athena es palpable.

¿Entonces sí es ella?

—Mi júbilo por haber podido complacerles es aún mayor, su ilustrísima: no podría pedir unos oyentes mejores.

Él se echó a reír, y esta vez, sonó menos arisco. Cuando su risa murió, Arles colocó las yemas de los dedos sobre la mesa, echando parte de su peso sobre ellas. Mantuvo la cabeza agachada, el dragón apuntando al asiento paralelo a él que se encontraba vacío.

—Tras este agradable interludio, puedo confirmar la decisión que tomé en conjunto con Athena—su voz seguía firme, seria. Alzó su rostro de metal poco a poco.

Calíope se dio cuenta de que realmente no estaba mirando al infinito, si no a Agnes, que había aparecido por la puerta que supuso llevaba a las cocinas y los observaba como una estatua decorativa más. Dionne se dio cuenta también e hizo el esfuerzo de no dedicarle siquiera una mirada de reojo.

—Melita, Calíope, Galena y Melita: os doy la bienvenida oficialmente como doncellas de Athena.

Galena comenzó a toser tras atragantarse con su propio vaso de agua. Calíope hizo a un lado la lira y se levantó para auxiliarla, frotándole la espalda. Seguía sin ser capaz de parpadear, algo común ahora entre la mayoría de ellas.

—No- no entiendo, su santidad—farfulló Naida, parpadeando más rápido de lo que debería, inclinada sobre la mesa.

La cabeza de Therasia se giró bruscamente hacia a Agnes, quien miraba al suelo con las comisuras de los labios torcidos y sus manos engarrotadas a sus costados.

—¿Qué significa esto? ¿Es algún tipo de broma? —Therasia rio, temblorosa, buscando respuestas en el cuerpo tenso de Agnes y el por el contrario relajado y seguro de Arles.

Helena había agachado la barbilla con las cejas levemente fruncidas. El flequillo rizado le tapaba los ojos.

Melita miró de reojo hasta que Dionne apareció en la periferia de su visión. Era la única que se había mantenido impasible, sus manos aún entrecruzadas con elegancia sobre su regazo.

Su tranquilidad era la que las tenía a todas al filo del abismo, agarrándose con uñas y dientes a la poca serenidad que pudieran mantener para no terminar de detonar a Dionne.

—Su ilustrísima, ¿podría hablar con usted en privado? —dijo Dionne con suavidad, mostrando sus dientes al sonreír.

Para Arles pudo no ser nada, pero para ellas, ver esa expresión en Dionne fue una señal de que sería un buen momento para huir.

Arles asintió. Dionne se giró hacia las muchachas, sus iris verdes aclarándose al dirigirse a ellas.

—Enseguida estaré con vosotras.

—Vamos chicas, esperemos fuera—Helena fue la primera en ponerse en pie, volviendo a su actitud de hermana mayor.

Las demás les siguieron como si fueran cuerpos vacíos que seguían moviéndose por puro instinto de supervivencia. Therasia tuvo que levantar a la fuerza a Naida, dirigiendo su rabia a sus antebrazos, uñas hincándose en la carne mientras la arrastraba fuera.

Calíope, por su parte, conducía a una Galena aun carraspeando con infinita suavidad, un brazo alrededor de su cadera y la otra sobre su hombro.

No pudo evitar echar la vista atrás una última vez, sus tupidas cejas arqueándose hacia abajo con preocupación. El Patriarca se había enderezado sin dejar de tocar la mesa y Dionne, a pesar de estar sentada derecha, parecía a punto de desvanecerse.


—¿Y bien? —le apremió Arles una vez estuvieron solos.

Dionne tomó aire.

—Mi señor, comprenderá usted mi tristeza y confusión cuando primero nos dice que Athena no quiere vernos, y ahora descarta a varias de mis doncellas cuando sabe usted bien que han sido educadas y entrenadas desde niñas para cumplir su papel junto a nuestra amada diosa.

Él ladeó el rostro, su pelo grisáceo ondulándose sobre su hombrera.

—No hay sitio para todas y las doncellas que se encuentran aquí realizan una labor encomiable. Es una cuestión práctica además de emocional: lo último que deseo es confundir a Athena haciendo que se marchen aquellas que ya conoce para empezar de cero, haría peligrar nuestro progreso.

Dionne desencajó la mandíbula y contuvo una amarga carcajada.

—Según lo que nos dice, Athena no ha querido contacto con nadie casi desde su nacimiento. No cree que, si en diez años ellas no han conseguido verla, ¿no lo harán ahora? —Dionne se inclinó hacia delante, su mano derecha ahora sobre la mesa—. Todas mis chicas merecen la misma oportunidad que ellas tuvieron. Helena ya fue obligada a dejar su puesto hace una década, esta es su última oportunidad. No se lo arrebate, ni a ella ni a las demás, se lo suplico.

Arles exhaló. Los dedos de su mano derecha tamborileaban en el mantel.

—Comprendo su desasosiego, matriarca. Lo lamento por Helena, pues bien sé que circunstancias excepcionales le arrancaron de su posición la última vez, pero esa fue una decisión que tomó Shion, no yo.

—Por ello le pido ahora, que usted tiene el poder, que lo reconsidere y—

—Creo que no me está entendiendo, o más bien, no quiere hacerlo, y he de advertirle que mi paciencia tiene un límite: estás cuestionando la voluntad de Athena y mi potestad como Patriarca. Sólo esas cuatro muchachas se quedarán.

La mujer entrecerró los ojos.

—¿Y Agnes no ha tenido nada que ver con el hecho de que sus chicas vayan a seguir ocupando un puesto que no deberían? —La impotencia desbordó a Dionne y su voz se transformó en un rugido—. ¡Por el amor de Athena, una de ellas debería haber dejado de ser doncella en el momento en que rompió sus votos, y por algún motivo, aquí sigue, mientras usted me dice que "hace una labor encomiable"!

—¡Suficiente! —bramó Arles, su grito acompañado de un puñetazo contra la madera retumbando en todo el templo, la vajilla y objetos sacudiéndose ante su furia. Cuando se encorvó, toda la magnitud de su melena lo hizo con él, y su voz bajó una octava—. Puede que Shion te permitiera tus insolencias, que te inmiscuyeras en los asuntos del Santuario, pero yo no soy él. Conozco tus pecados, mujer, unos que no se habrían cometido si Shion te hubiera puesto en tu sitio cuando correspondía. Tu título ni siquiera te pertenece, pero respetaré la voluntad de mi hermano y seguirás ostentándolo: tan solo recuerda, Dionne, que aquello que es regalado puede ser arrebatado.

Dionne se había empequeñecido en su silla, congelada ante la explosiva reacción del sucesor de Shion. Su reacción le había arrebatado toda la confianza, lo admitía, pero sus palabras se le clavaron en el pecho, abriendo heridas que había intentado convencerse de que llevaban tiempo cicatrizadas. No le quedaban lágrimas para llorar, no después de la muerte de su mejor amigo, no después de perder al muchacho que consideró un hijo, de quedarse sin aquellos que le habían dado sentido a su vida y no supo valorar.

Solo tenía remordimientos y rabia que debía tragar, pues su penitencia era una silenciosa y la culpa la limpiaba dándole los pedazos que quedaban a esas niñas que cuidaba.


—¿Ese que hemos oído era el Patriarca?

Melita se llevó los dedos a los labios, su vista fija en el suelo. Todas se habían sobresaltado al escuchar aquel rugido, tan aterrador que el creciente pleito entre ellas por la noticia había cesado, cediendo ante la preocupación por el bienestar de Dionne.

Galena no había parado de temblar desde el susto: se deslizó por la pared hasta quedar de cuclillas, con la cabeza entre las rodillas. Anthea se agachó a su lado, tomando una mano trémula entre las suyas propias. A su izquierda, Calíope le acariciaba la melena azul medianoche, colocando mechones detrás de su oreja para acercarse a musitarle algo de coraje.

—Lena, Dionne está bien. Ya sabes que siempre lleva todo hasta el final, a veces demasiado…

—El Patriarca no es un hombre malo. No le hará daño, ni a ella ni a nosotras—añadió Anthea, aunque sonaba que era más para convencerse a sí misma que a Galena—. Él nos protegerá, ¡y los caballeros dorados también! Mientras seamos doncellas de Athena, nadie podrá tocarnos.

Calíope arrugó la nariz ante eso último.

—Confiáis demasiado en la bondad de un montón de hombres desconocidos, parte de los cuales han resultado ser asesinos fallidos de bebés y desertores—replicó Galena.

Anthea y Calíope intercambiaron una mirada incrédula. No tenían respuesta para eso.

Melita dio dos pasos adelante y estiró el brazo hasta darle un golpecito en la coronilla a Galena con el dedo índice. Esta se quejó, levantando la cabeza un poco.

—Te estás olvidando de nuestro ya—no—tan—pequeño y orgulloso león dorado—Melita canturreó, provocando que un rubor apareciera en el pálido rostro de su hermana. La rubia alzó un brazo, flexionándolo, mientras el otro reposaba en su cadera inclinada—. Y estoy yo. Quien quiera meterse con nosotras tendrá que derrotarme primero.

Melita las deslumbró con su sonrisa, tan amplia que achicaba sus ojos, la dentadura tan blanca y reluciente que todas esperaron que alguna brisa mágica comenzara a hacer ondear sus cabellos de oro. Anthea infló las mejillas para contener sus carcajadas, pero para sorpresa de las tres, la que no pudo resistirse fue Galena.

—Aioria y tú, los más valientes guerreros de todo el Santuario. Tienes razón, con vosotros, nadie podría tocarnos.

—¡Ya te digo! No me dieron la armadura de Cáncer porque ese día estaba demasiado ocupada y les dije que se la pasaran al siguiente mejor…

—¿Ocupada haciendo qué? ¿Bollos? ¿Tartas? ¿Echándote la siesta? —Calíope no se pudo resistir a intervenir, sin contener tampoco su sonrisa.

Melita hizo un puchero.

—Habló la que se pasa el día en la sala de música toqueteando cuerdecitas o mirando por la ventana hacia el infinito.

Se pasaron un rato más tirándose pullas e incluso lograron levantar a Galena, siendo distraídas del hecho de que llevaban media hora en aquel pasillo y ya no se oían más voces venir del comedor.

—Parecéis estar disfrutándolo.

Las cuatro se congelaron ante la frialdad de la voz de Therasia, que sabía había estado lanzándoles cuchillos con la mirada junto a Naida desde hacía un rato. Melita la contempló por encima del hombro y Helena suspiró mientras se pasaba las manos por la cara.

—Chicas, por favor…

—¿Oh, ahora somos nosotras las malas? Tanto sobre humildad y míralas, tan contentas, celebrando que una vez más son las favoritas.

—Por todos los dioses, ya empieza otra vez—Melita bufó, dándole la espalda de nuevo.

Therasia avanzó a zancadas hacia ellas, con Nadia siguiéndole a pasos apresurados y Helena corriendo para interponerse, maldiciendo entre dientes.

—Sí, sí empiezo, Melita, porque primero recibisteis el trato favorable de Shion, que se saltó todas las reglas que pudo para consentiros mientras a las demás nos ignoraba: nos dio igual porque no necesitábamos ni el cariño ni los regalos y mucho menos ser partícipes de ese patético teatro de familia feliz—Therasia bramó y la cogió bruscamente del hombro para girarla, sacando una protesta de Melita.

Calíope se despegó rápidamente de la pared a la vez que Galena y Anthea hacían exactamente lo contrario.

—Estamos todas nerviosas, comprendo vuestro disgusto, pero nosotras estamos tan confusas como vosotras, ¿creéis que nos gusta esta situación, que habríamos elegido algo así en vez de estar todas juntas como siempre?

Naida alzó un dedo acusador hacia Calíope, que se detuvo en seco con las cejas arqueadas.

—¿Cómo siempre? —el labio inferior de Naida temblaba tanto como su voz—. Siempre nos habéis apartado. No finjáis que os importa lo que sea de nosotras, de hecho, ¡estoy segura de que tuvisteis que conteneros para no celebrar la noticia! ¡Os hacéis las tontas santurronas, pero sois unas víboras, a saber qué habréis hecho para conseguir también el favor de Arles!

Melita sacó pecho y cuadró los hombros, apartó de un empujón a Therasia y agarró a Naida del pecho de su chitón con un puño, los dientes rechinándole y sus ojos bajo un brillo peligroso, la plata del filo de una espada.

—¿Qué insinúas? —su voz se transformo en una amenaza susurrante, convertida en una figura imponente. Se acercó un poco más, hasta que las puntas de sus narices se rozaron, hasta que Naida tuvo que ponerse de puntillas por la fuerza con la que la asía—. Vamos. Como dices, soy un poco tonta y necesito que me repitan las cosas. ¿Te importaría volver a decir eso, Naida?

La mujer boqueó, aferrada a la muñeca de Melita.

—¡Muy propio de una doncella de Athena, sí señor! Tenéis suerte de contar con una matona personal, va a ser verdad que quizás deberían haberte dado una armadura—Therasia le aplaudió.

Galena se había tapado los oídos.

—¡Ya basta! —la voz de Helena se alzó acompañada de un zapatazo, el quiebre en ella tapado por la potencia de su grito—. ¿Qué clase de imagen le estamos dando a Athena? ¿Creéis que así es como va a dejar de temerle al mundo, cuando hasta sus doncellas intentan matarse entre ellas?

El agarre de Melita se relajó, así como sus hombros, exhalando hasta que su enfado se disolvió hasta la nada. Naida cayó, trastabillando, alejándose de ella lo más rápido que pudo. Helena y Calíope estaban entre Melita y Therasia, con la esperanza de evitar que aquel roce escalase a más.

—¿Qué está pasando aquí?

Dionne apareció empujando las puertas, su voz llevada a lo largo del pasillo en un eco que las hizo sobresaltarse. Todas se separaron entre sí, tratando de actuar como si nada hubiese sucedido.

La matriarca caminó hacia ellas con el peso de su cuerpo puesto en sus pasos, casi arrastrados y lentos. El Patriarca surgió de entre las sombras detrás de ella y se quedó en el marco de la puerta, una imponente silueta recortada por el sol además de un amargo recordatorio de la realidad.

Helena se acercó a Dionne de forma apresurada y hablaron a unos metros de distancia, entre murmullos. Cuando Dionne pasó su atención de ella a las demás, fue con los hombros hundidos y expresión consternada. Ninguna fue capaz de resistir la decepción, el cansancio de su mirada, volviendo los rostros y agachando sus cabezas.

Ambas continuaron hablando: Helena asentía una y otra vez conforme escuchaba las órdenes de Dionne, sus tirabuzones rebotando. La mayor la agarró por los hombros suavemente, para después descender sus manos hasta sus antebrazos mientras los frotaba con sumo cariño.

Arles seguía allí, un fantasma silencioso. Calíope intentó observarlo por el rabillo del ojo, usando su flequillo como cortinilla que lo disimulase, para comprobar si algo de aquella escena le conmovía, si le daba igual ver las tensiones que había provocado y el dolor en aquellas que estaba rechazando.

No supo si, cuando este se dignó a hablar, fue movido por ese escrutinio que desde lejos seguramente no era tan discreto o por la incomodidad que volvía aun más denso el aire.

—Podéis pasar el resto del día aquí si lo deseáis y alivia vuestro pesar. No os impediré rezar ni pasear por las inmediaciones siempre que no intentéis acercaros al templo de Athena.

—Creo que ya hemos abusado suficiente de su hospitalidad—replicó Dionne, tras dejar caer los brazos para volver a adoptar su postura elegante y serena.

Helena se había dirigido hacia Therasia y Naida, intercambiando palabras y más protestas.

—Como prefiráis—contestó con sequedad el Patriarca, asintiendo—. Un guardia os acompañará hasta Piscis.

Ante Arles se postraron las dos mayores, últimas discípulas de Agnes, alguna que otra vez consideradas hermanas, con las mandíbulas tensas y los ojos enrojecidos.

—Gracias por habernos recibido. Seguiremos sirviendo fielmente desde el Refugio, donde oraremos por su Santidad y el bienestar de Athena—dijo Therasia.

—Y si en alguna ocasión necesita a doncellas más cualificadas, acudiremos con presteza.

—Agradezco vuestras ofertas y oraciones, mas confío en que estas muchachas harán un excelente trabajo y me- le darán a Athena todo lo que pueda necesitar—replicó él, alto y claro para que las mencionadas también lo oyeran.

Las dos se levantaron con las mejillas encendidas. Caminaron a la máxima velocidad que podían hacia el arco de salida, dedicándoles un último vistazo a ellas al pasar. Melita les dedicó un guiño y un pulgar hacia arriba, Calíope se mordía el labio inferior evitando tener contacto visual con ellas y Anthea hizo su mejor intento de sonreír, agitando la mano para despedirlas.

Helena, la paciente y cariñosa Helena, extendió los brazos hacia ellas con lágrimas en los ojos. Las cinco se fundieron en un abrazo que habría sido mudo de no ser por el moqueo de Anthea y el hipido de Galena. Ella, la que podría haber sido la nueva sacerdotisa encargada de las doncellas del santuario en sustitución de Agnes, regresaría para seguir aprendiendo de Dionne y quizás, algún día, sería la siguiente matriarca.

—Admito que os voy a echar de menos, mi pequeño grupo de granujas. Portaos bien y cuidaros mucho, ¿sí? —se separó de ellas, retirando la humedad con el dorso de sus manos.

—¿Volveremos a verte pronto? —musitó Calíope.

Le sonrió y colocó un mechón rebelde tras su oreja.

—Por supuesto que sí. No os vais a librar de mí tan fácilmente.

La pelirroja asintió y le devolvió la sonrisa, esperando de corazón que así fuera.

Ver a Helena marchar fue mucho más duro, la culpa mezclándose con el miedo a lo desconocido, a la ausencia de las figuras centrales en su vida. Dionne se acercó silenciosamente a ellas cuando la silueta de Helena se desvanecía tras las cortinas rojas, carraspeando.

Antes de poder decirles nada, Galena se le echó encima, rodeándola con fuerza entre sus brazos. Dionne abrió los ojos de par en par un segundo, sorprendida, esta vez para bien, por la acción de la joven.

Su máscara de fortaleza se resquebrajó y su sonrisa fue una de inmensa tristeza al devolverle el gesto, apoyando el mentón sobre su hombro.

—Ay, mis niñas. El templo va a estar tan vacío sin vosotras.

Un temblor se apoderó de la barbilla de Calíope, que luchaba aún contra la oleada de sentimientos que la invadían. Galena se despegó de su matriarca, no sin antes tomar esta su rostro, obligándola a flexionar las rodillas para que su frente quedara a la altura de sus labios. Depositó un suave beso sobre ella y la dejó ir.

Hizo igual con Anthea, que se aferró a ella hasta apretujar sus costillas y hacerla toser. Anthea lloraba desconsoladamente, sorbiéndose las lágrimas. Dionne tuvo que acariciarle el pelo hasta que se calmó.

Después siguió Melita, quien, si se lo permitió, fue con los brazos pegados a los costados.

—Melita, como la mayor, deberás cuidar y guiar a tus hermanas—le pidió Dionne, frotando sus antebrazos tras soltarla—. Tu fuerza está en tu carácter y valentía, utilízalos sabiamente o terminarán haciéndote daño. Y por favor, no inicies peleas innecesarias, no querría tener que venir a separarte de un caballero de oro.

Melita asintió, incapaz de responderle. Recibió su beso y volvió junto a Anthea y Galena.

Calíope dio un paso dubitativo hacia Dionne, que fue la que cerró la distancia entre ambas y la apretó contra su pecho. Calíope se aferró a las telas que colgaban de los hombros de su túnica y se mordió el labio inferior.

—Sé que no siempre he hecho lo correcto y que he cometido muchos fallos a lo largo de mi camino que te han afectado, Calíope, pero quiero que sepas que jamás he tenido otra cosa en mente que no fuera lo mejor para aquellos que dependen de mí.

Saboreaba su propia sangre en la boca, inconsciente de la fuerza de su mordida.

—Melita tiene la sangre demasiado caliente, así que confío en que tú seas la voz de la razón. —Dionne la estrechó aún más contra ella en lo que podía parecer un abrazo aún más sentido, mas fue una forma de poder susurrarle con más discreción—. Calíope. ¿Recuerdas todo lo que te dijo Shion, verdad, lo que te pidió? Necesito que lo tengas siempre presente y pongas todo tu corazón en ello. Sé que puedes hacerlo, por muy tedioso que te parezca, por poco sentido que le encuentres…

—Lo sé. Yo… lo haré. Jamás rompería una promesa.

Dionne le acarició la nuca y exhaló para continuar.

—Tened cuidado con Arles, me temo que él… no es como el Patriarca que conocisteis de pequeñas. ¿Recuerdas lo que os dije de servir al maestro?

Calíope asintió, su ceño fruncido y el corazón en un puño, toda la conversación con Galena volviéndose en contra de ella.

—Procurad pasar el mínimo tiempo posible en su compañía y jamás os encontréis con él a solas. Tengo un muy mal presentimiento, Calíope.

—Me dice todo esto, pero nos deja con él de igual manera—murmuró Calíope.

La matriarca emitió un jadeo, una respuesta que atravesó su garganta.

—No tengo el poder para hacer nada ahora mismo. Y quizás, quizás me esté equivocando. Quizás Shion nos malacostumbró. De igual modo, sé que os cuidaréis entre vosotras. Vuestro lazo es inquebrantable, y el amor, Calíope, es una de las mayores fuerzas en este universo. Así nos lo dice Athena.

Dionne se apartó, sus ojos incapaces de encontrarse con los de Calíope, endurecidos ante la nueva carga que había puesto sobre ella.

Al fondo del pasillo, la impaciencia del Patriarca se hacía cada vez más notable, un carraspeo con su grave voz convertido en un claro aviso. Dionne apretó los labios e inclinó su cuerpo hacia su figura en la distancia, una última y envenenada reverencia.

—Será mejor que vayáis, nunca debéis hacer esperar al Gran Patriarca. Recordad darle las gracias.

Y con eso, Dionne les dio la espalda, siguiendo el camino de vuelta a casa.

Las cuatro la vieron marchar unos instantes antes de emprender el suyo propio.

Conforme más se acercaban al Patriarca, mayor era el nudo en sus estómagos. Su sombra, comprobaron, seguía siendo una alargada e imponente. Una bajo la que ahora debían vivir.

Al encontrarse ante él, tragaron saliva. Tan de cerca era aún más terrorífico, y la altura que pudieron creer exagerada por la perspectiva o las distancias que los separaban se convirtió en una realidad. Galena era la única que no se veía ridícula en comparación, al contrario que Calíope, que siendo la más baja apenas y le llegaba al comienzo de las hombreras.

Él pareció deleitarse con esto mismo, con hacerlas sentirse hormiguitas a punto de ser aplastadas. Su máscara apuntaba hacia Calíope, chocando con la pieza protectora del cuello a la hora de mantener lo más cercano a contacto visual.

Tras lo que pareció un eterno minuto, Arles sacó el brazo de la capa, un pequeño trozo de tela doblado en la mano que extendió hacia la pelirroja.

—Una doncella de Athena no puede ir por ahí manchada de sangre—señaló él, haciendo que Galena se asomara de la fila que habían formado para examinarla.

Calíope alzó la vista al pañuelo que le era tendido y siguió su ascenso hasta encontrar la forma de sus ojos en la máscara.

—Una doncella de Athena no acepta aquello que es ofrecido por un hombre—replicó ella, recorriendo sus labios con la lengua, saboreando el metal de la sangre para comprobar que sí se había hecho daño de más.

Arles se quedó paralizado en la misma pose, extendiendo una muestra de cortesía que no sería aceptada.

Cuando al fin reaccionó, fue soltando una potente y particular carcajada que le hizo arquear la espalda hacia atrás, esa misma mano apoyada donde imaginaban estaría su estómago.

Las cuatro se estremecieron.

Él extendió los brazos a los lados sin perder la diversión en su voz.

—Seréis unas buenas doncellas, no me cabe duda. Sed bienvenidas oficialmente al Santuario.


Lo que Calíope recita cuando toca la lira es el Himno Homérico #28.

Este capítulo viene sin ilustraciones porque ha habido interferencias de por medio pero este fin de semana tendrá las dos que les corresponde. Nos hemos quedado al fin con nuestro grupo de doncellas protagonistas, aunque aún hay que conocer a las misteriosas doncellas que ya están allí desde el anterior peregrinaje. En Twitter y DA voy a publicar las fichas de las doncellas, así que no olvidéis comprobar mis redes para más novedades. Y en AO3 o Wattpad podéis leer los capítulos con las ilustraciones.

Muchas gracias a los que han estado leyendo, y en especial a Goldxroses, Inmoes y muserato97 por los follows y favs, ¡espero que estéis disfrutando de la historia, nos vemos la semana que viene!

PD: Prometo que no muerdo, podéis comentar libremente :)