Capítulo 3
Armonía
Removió el tallo de Malevos dentro del cazo con agua hirviendo, su fuerte aroma escapándose hasta el exterior del Refugio aún con las ventanas cerradas. El invierno se encontraba en su cénit, lluvioso y frío, el paisaje aún manchado de blanco tras la reciente nevada. Por mucho que las niñas se entusiasmaran ante el prospecto de disfrutar haciendo muñecos y guerras de bolas de nieve, los beneficios que su toque traía para la tierra distaban de las consecuencias que tenía en ellas.
Lo peor le había tocado esa vez a Galena, una neumonía que al poco le contagió a Calíope por negarse a despegarse de ella. Una de las mujeres instruidas en la medicina que allí residía las había reconocido y recetado sus medicinas, pero al final siempre terminaba recurriendo al té de las montañas, tan beneficioso para la salud como difícil de conseguir, más puro conforme más alto se recolectaba.
—Dele las gracias a Mu de mi parte, debió ser una tarea compleja conseguir un Malevos de esta calidad.
Shion terminó de darle un sorbo a su té negro con limón y lo dejó sobre la mesa.
—Fue la ocasión perfecta para entrenar sus habilidades de teletransportación. Además, Saiph le estuvo ayudando a orientarse por la montaña y al final se llevó una lección sobre vegetación también. ¡Si hubieras visto la cara que ponía cada vez que arrancaba unos matojos cualquiera! —dijo él, riendo.
—No deberíais haberlos acompañado, señor, menos con este tiempo. Necesita reservar sus energías para cosas más significativas—Dionne siguió preparando el té, de espaldas a Shion, su voz sin compartir su diversión.
El Patriarca pasó un dedo por el filo de la taza, su garganta haciendo un sonido similar a un zumbido. Dionne le miró por encima del hombro con el ceño y los labios fruncidos. Shion alzó la vista del cítrico flotando en el líquido oscuro con lentitud hasta encontrarse con sus ojos verdes.
—Carezco de potestad para decidir sobre aquello que me ha sido impuesto por el destino como Patriarca, Dionne, mas quiero creer que sí tengo cierto poder para elegir qué es lo que de verdad importa en mi vida personal—la voz aterciopelada del una vez caballero de Aries fue acompañada por una pequeña sonrisa, una que pintaba una máscara de juventud sobre sus facciones pálidas, el testimonio de los años que pesaban sobre él.
Dionne se quedó callada y continuó concentrada en la olla, sin emitir un mero quejido ni cuando una gota de agua hirviendo le salpicó en la mano. Le echó la culpa a los vapores de su rostro enrojecido, de su garganta seca. ¿Qué podía responder a algo como eso?
Shion suspiró.
— ¿Cómo le va a Arles? —preguntó Dionne al cabo de un rato, mientras tomaba un par de paños de tela para asir la olla y verter el agua en una tetera.
—Lo dejé en la biblioteca y apostaría el trono a que seguirá allí cuando vuelva. Es diligente, responsable, disciplinado… pero no recuerdo la última vez que le dio el sol.
—Es su sombra después de todo, es lo que le toca—susurró ella tras terminar de preparar la bandeja con las tazas, la tetera y un par de trozos de chocolate amargo para pasar el fuerte sabor—. Su posición es una de la que sentirse honrado. Llegará el día en que el tiempo que no haya pasado en trivialidades será de utilidad para el Santuario.
Él volvió a beber, su cabeza apenas inclinada a la derecha y los ojos violáceos entrecerrados. Dionne posó uno de los platillos con un poco más de fuerza de la necesaria.
—Me pregunta por ti todos los días. Ya sabes, a su manera.
Un pesado silencio cayó entre ambos.
— ¿Quién, Arles? —contestó ella en una pretensión de humor.
A Shion se le escapó una carcajada que le hizo echar la cabeza hacia atrás, sin poder evitar llevarse una mano al estómago.
— ¿Debería preocuparme de ser cambiado por alguien doscientos treinta años más joven que yo?
—Jamás—contestó ella sin vacilar, girándose hacia él—. Por mucho que me de motivos para lo contrario.
Se sostuvieron la mirada, Dionne con las manos formando puños a sus costados y Shion cruzando los brazos sobre su pecho, encima de los collares de cuentas y la túnica blanca con bordados de oro.
— ¿Madre?
Anthea, de apenas siete años, apareció dando tumbos y frotándose los ojitos, los mechones apuntando en todas direcciones creando una divertida sombra bajo la luz que salía de la cocina. Dionne seguía sin conseguir que pronunciara su nombre o "matriarca" correctamente, y por mucho que le doliera en el pecho oír esa palabra, no se vio con fuerzas de corregirla.
—Hola florecilla.
La niña dio un salto tras oír a Shion, de cuya presencia no se había percatado, e hizo que echase a correr hacia Dionne para refugiarse en sus piernas.
— ¿Sabes lo que le pasa a los niños que están fuera de sus camas después de las nueve? —se inclinó hacia delante, la vela del centro de la mesa creando un amasijo de sombras y tétricas luces en su rostro.
Shion había usado ese truco con todos los pequeños caballeros que pasaron por él, cada vez añadiéndole más renglones y giros tan siniestros como absurdos. ¿Lo peor? Se lo había intentado aplicar a ella también demasiados años atrás, cuando apenas acababa de empezar a trabajar en el Santuario y llevaba veinte inviernos a sus espaldas, tras sorprenderla vagando de noche alrededor de la estatua de Athena. Pareció genuinamente sorprendido de haber conseguido asustarla entonces, bajo el rumor de los fantasmas de soldados caídos, de los ecos de las Athenas pasadas, con la promesa de retribución por parte de los dioses y hombres que se llevaban a jóvenes y hermosas muchachas como ella por haber sido demasiado curiosas y no estar ocupando su lugar entre las sábanas una vez la noche se cerraba.
La matriarca alzó una ceja, endureciendo su mirada para cortar con ella las intenciones de Shion, que aunque se relajó, no perdió esa sonrisita pícara que curvaba las comisuras de sus labios. Acarició el pelo rosado de Anthea, peinando su flequillo rebelde, y esta apartó la cara para observar con curiosidad a Shion.
— ¿Vendrá el hombre de fuego a por mí también? —intentó adivinar Anthea, su mano aferrando el vestido de Dionne, quien acariciaba sus rizos—. Calíope estaba soñando con él otra vez y vine como me dijisteis. ¡Pero ella está en la cama, no hizo nada malo!
Los dedos de Dionne se crisparon. Buscó el rostro de Shion, que había vuelto a descansar la barbilla sobre sus propias manos: buscó su temple, su tranquilidad, esa frialdad y seguridad del Patriarca que había terminado por odiar, pero que tan a salvo le hacía sentir en ocasiones como aquella.
—Quien quiera venir tendría que pasar primero por encima de Dionne, de mí, y todos los caballeros de oro. Y cuando yo no esté, otro ocupará mi lugar y os protegerá, como vosotras protegeréis y cuidaréis de Athena. Aun así… no tenéis que preocuparos por eso porque tenéis a la más fuerte de todos cuidándoos, nadie os tocará mientras ella esté.
Anthea abrió mucho los ojos y alzó la nariz hacia Dionne, sin saber leer el brillo acuoso acariciando sus pestañas ni las líneas tensas de su piel. Sólo podía ver a una madre.
— ¿Dionne?
Sintió dedos rodeando su antebrazo, arrancándola de la telaraña del mundo de los sueños y recuerdos. Los párpados le pesaban y notaba la boca seca, la cabeza dándole vueltas, la habitación a su alrededor un montón de manchas todavía difusas, al igual que la figura que la había despertado.
—Mi señora, lamento despertarla, de verdad…
Helena. La cocina, once años después de esa conversación.
El Refugio, sin ellas, sin él, sin…
— ¿Qué hora es? —preguntó, incorporándose de la silla, girando los hombros y estirando su espalda resentida.
—Apenas las ocho.
Había dormido poco más de una hora, entonces. No recordaba la última vez que había caído rendida de esa manera y menos sobre la incómoda y vieja mesa de roble.
— ¿Y Therasia y Naida? ¿Están bien?
Helena hizo una mueca con los dientes apretados y la nariz arrugada, su cabeza moviéndose de izquierda a derecha.
—Eh… Lo estarán. Espero. De momento se han encerrado en su habitación.
—¿Y qué hay de ti?
Helena separó los labios, tomó aire como para decir algo y se arrepintió. Sonrió con los ojos empezando a humedecerse y la tristeza y resignación se mezclaron hasta atravesar el corazón de la matriarca.
—También estaré bien, se lo aseguro.
Dionne se dirigió al fregadero y llenó un vaso con agua que fue bebiendo a pequeños sorbos. La ventana que quedaba encima tenía las cortinas a medio echar, la vista del bosque que rodeaba el Refugio cada vez más oscura. Se perdió estudiando los contornos de los árboles, las insinuaciones de flores y roca, la conversación con Arles y su imagen repitiéndose sin cesar en su mente.
Era incapaz de reconocer ninguna de las cualidades de las que Shion había hablado con tanto orgullo, las que le habían llevado a llamarlo hermano a pesar de no compartir una gota de sangre con él.
Nada de lo que creía de nadie parecía ser cierto. Aioros, el muchacho sencillo con corazón de oro y honor férreo, un vil traidor y asesino que había atentado contra Athena y herido de muerte a Shion; Saga, tan cercano a ser un dios, amado por todos y de intenciones puras, desaparecido durante más de una década sin dejar rastro; Mu, tranquilo y sabio, un reflejo de su maestro, desertor junto al viejo caballero de Libra.
Arles, ahora con tanto poder que lo había envenenado. En su discusión con él había descubierto que tenía unos afilados dientes capaces de penetrar hasta el rincón más doloroso y recóndito de uno, y en su pecho aún reconocía la marca que sus palabras le habían dejado.
Necesitaba tanto creer que Athena sería una barrera entre él y las doncellas, que su miedo no se convertiría en negligencia… Quizás era mucho pedir a una niña, pero solo podía seguir rezando e implorándole desde la modestia de su altar para que ellas estuvieran bien, para que sus peores temores no fueran más que exageraciones de una madre preocupada.
Shion… nada está saliendo como debería. Arles no es el sucesor perfecto. Yo no tengo fuerza para proteger a nadie.
—Mientras descansaba unos soldados vinieron a por los ajuares de las chicas.
— ¿Por qué no me despertaste?
—Parecía exhausta.
Enjuagó el vaso y lo puso a secar. No veía a Helena, pero notó cómo cambiaba su pesó de un pie al otro.
—Será raro no tenerlas aquí—susurró Helena.
Dionne se aferró al borde de cerámica, mordiéndose la mejilla, negándose a darse la vuelta y mirar a Helena. Sabía que, en ese estado, no se harían ningún favor la una a la otra.
—Habrá mucho silencio—la voz se le quebró y Helena intentó disimularlo carraspeando—. Echaré de menos la experimentación culinaria de Melita, la música de Calíope… y los terribles mejunjes de Galena o los cincuenta retales a medio coser de Anthea. Estoy orgullosa de ellas, si el Patriarca las ha escogido específicamente tengo fe en que es porque se ha dado cuenta de los especiales que son, para bien y para mal. Aunque si supiera la energía que se necesita para lidiar con ellas cuatro se retractaría. De hecho, estoy empezando a pensar que en menos de un mes nos las habrán devuelto por perturbar la paz del Santuario.
La matriarca empezó a reír y Helena la siguió, ambas notando el sabor salado de las lágrimas en sus labios.
—Estaba deseando ponerme algo que no fuera la ropa de ayer, pero…
Melita chasqueó la lengua. Estaba frente al espejo de pie del centro de la habitación, con los brazos en jarras y su pie derecho tamborileando rítmicamente contra el suelo.
—Vamos, Mel, no le pongas pegas, es un regalo de Athena—dijo Anthea, que giraba sobre sí misma haciendo fluir la tela alrededor de su cintura, yendo como una peonza de un lado al otro evitando las camas como podía.
—No es la imagen que tenía de algo que Athena querría que nos pusiéramos—replicó la rubia.
Después de aquél fatídico almuerzo habían regresado a su nuevo oikos con las instrucciones de acudir por la noche para celebrar sus nombramientos y conocer a las otras doncellas. A la espera aún de los baúles con los pocos enseres que tenían, nada más volver se encontraron con un vestido extendido sobre cada cama, una cinta dorada para ajustarlo sobre cada uno y brazaletes de oro a sus lados. Una nota finamente escrita les indicaba que eran presentes de su diosa como recién llegadas.
Pronto descubrieron que, contrario a los chitones y peplos que habían llevado siempre, aquellas telas venían ya con un corte y costuras: dos triángulos unidos a finos tirantes que se cruzaban en la espalda formaban un escote en V, un elástico recorriendo el final de sus pechos para ayudarlas a ceñírselo. Un segundo fruncido les marcaba la cintura, dejándoles poco espacio para darle un par de vueltas a la cinta, mera decoración ahora que la forma de la ropa no dependía de ello. El largo abrazaba sus caderas para después caer con suavidad hasta los tobillos; sobre la tela de algodón blanco roto había una muselina translúcida, formando pliegues y pinzas que convertían la estructura sencilla en piezas elegantes y fluidas.
Su mirada pasó de su reflejo a su lado derecho donde Galena intentaba con todas sus fuerzas cerrarle más el escote a Calíope, una gotita de sudor recorriendo su frente. Calíope tomó sus finas muñecas con suavidad y se las apartó, depositando un beso rápido sobre sus dedos.
—Da igual, Lena. Termina de vestirte tú que ya casi son las nueve y no queremos llegar tarde. Suficiente tiempo hemos perdido averiguando cómo se ponía esto.
Galena suspiró con un mohín, mirando de reojo una última vez a su hermana antes de pasar a su propio asunto.
—Vas a resfriarte—comentó igualmente, haciéndose un nudo con la cinta dorada.
—Todas vamos a resfriarnos llevando esto, que a Calíope se le vayan a salir los pechos no la hace más susceptible a ello—Melita repuso, pasándose las manos por encima del torso y frunciendo el ceño—. Por esa regla de tres entonces yo sería inmune.
— ¡N—no quería decir eso! —Galena se tropezó con sus propias palabras y alzó con rapidez los brazos—. Es solo que todos los vestidos están muy bien ajustados de largo, a todas nos llega a donde debe como si fuera hecho a medida y no sé por qué la parte de arriba está hecha tan mal como para que no cubra también lo que debe.
— ¿Mal hechos? —Melita se echó a reír. Dio unos pasos hasta la morena y tomó a una confusa Galena de las mejillas, obligándola a flexionar un poco las rodillas para que Melita pudiera darle un beso en la frente—. Eres demasiado inocente, hermanita.
La joven arrugó el ceño, sin entender del todo a qué se refería.
Calíope se encontraba observándolas, habiendo terminado de ponerse los accesorios y tras haberse peinado el cabello como pudo con los dedos. Melita estaba en lo cierto con sus suposiciones, o al menos así lo creía ella: Dionne les había mostrado años atrás la vestimenta que el patriarca Shion les regaló a las de su generación, la reglamentaria, chitones exquisitos en su simpleza con grabados de oro en los bordes. La modestia y el decoro era un pilar de sus vidas y aun faltando Athena esas décadas atrás, sabía bien qué es lo que una doncella de la diosa virgen debía llevar.
Dudaba que Arles no estuviera al tanto de ciertos protocolos concernientes a ellas, mucho menos con Agnes siendo su sombra, por mucho que su cargo lo hubiera recibido de rebote y por sorpresa, había tenido tiempo de sobra para saber que sus vestimentas no debían incitar a las miradas ajenas.
Las palabras de advertencia de Dionne resonaban en su cabeza. Había pensado que nacían de las rencillas personales que tuviera con él, al fin y al cabo, ningún sustituto de Shion sería lo suficientemente bueno para ella. Con aquel pequeño gesto, Arles daba el primer paso en su declaración de intenciones y Calíope comenzaba a entender las preocupaciones de su matriarca.
Su alivio era que Melita parecía estar dándose cuenta sin necesidad de que ella compartiera el último mensaje de Dionne.
Así se lo hizo saber tras soltar a Galena, dirigiéndose a ella para seccionar su largo cabello en el frente. Colocó cada parte de la melena cobriza con cuidado para cubrir sutilmente sus pechos y dejó que el resto cayera sobre su espalda desnuda.
Compartieron un instante de silencio, su mirada de plata diciéndole aquello que necesitaba al apoyar su frente con la de ella.
Estamos juntas en esto.
Risas femeninas se oían desde el piso inferior, una cháchara animada ajena a ellas. Subieron al balcón por las escaleras que habían visto al mediodía en el comedor con la sensación de que estaban irrumpiendo una reunión privada: velas y candiles iluminaban apenas el lugar, una luz tenue, cálida, casi íntima; había flores frescas en jarrones de porcelana sobre pedestales, peonías rosas, blancas y la ocasional roja que creaban una alfombra perfumada, guiándolas hasta ellos en una imagen para la que no estaban preparadas.
Al final del camino se abría la noche, dos pares de columnas paralelas más robustas diferenciando el espacio y guiando sus miradas con la ayuda del camino rojo y las flores hacia el centro, donde un Kline—no, más amplio que este, un diván, coronaba la estancia. El diván era de un color beige, con cabecera y reposabrazos en el lado derecho, y sus patas de caoba encerada simulaban las de un león. La asimetría marcaba la dirección en la que uno podía recostarse, y efectivamente, podían ver el dragón carmesí asomando en el lado izquierdo. Para acoger a un hombre del tamaño del Patriarca debía medir fácilmente dos metros de largo.
A sus lados había mesas circulares rebosando de frutas, botellas de vino, jarras de latón y copas.
Solo una mujer estaba de pie, pálida y llevando un modesto chitón cerúleo, su cabello rubio platino en cortos tirabuzones semirrecogido por una tela de un azul más oscuro. Rizos más finos enmarcaban un rostro anguloso, de pómulos altos y labios gruesos. Estaba concentrada rellenando una copa que no veían de la mano del Patriarca.
Melita fue la primera en dar un paso al frente, una mano sobre la otra ante su estómago y la espalda recta.
—Lamentamos el retraso.
La mujer las miró de soslayo mientras terminaba de servir, dos orbes de cristal en los que no parecía haber emoción alguna.
—Venid—ordenó el Patriarca, alzando la mano derecha y flexionando los dedos índice y corazón hacia él.
Se sintieron como perros siendo llamados por su dueño era quedarse corto. Calíope apretó los dientes, Galena intentó dar un paso atrás y Anthea alzó una ceja. Melita extendió un brazo hacia atrás con la palma de la mano abierta, invitando a cualquiera de ellas a tomársela. Fue Galena quien se aferró a ella, a su vez trayendo a Calíope consigo. Las cuatro formaron una cadena y pasaron junto a la mujer sin nombre, devolviéndole la indiferencia con la que ella les había tratado.
— ¡Oooh, pero mira a quienes tenemos aquí!
A los pies del Patriarca había unas escaleras que conducían a la balaustrada que rodeaba el segundo piso, y sobre ellas, sendos cojines y flores. Sobre ellos descansaban otras dos mujeres, una con el cuerpo girado hacia la noche y la otra justo debajo de Arles, sus codos apoyados sobre el poco espacio que el robusto cuerpo del hombre le dejaba en el diván. Fue ella la que soltó la exclamación, las comisuras de sus labios curvándose de forma casi felina.
Era hermosa, debían admitir: morena y de piel atezada, el pelo le caía en suaves ondas hasta la cintura, sin adornos ni tocados. Su mirada coral tenía un destello de picardía y dada la posición en la que se encontraba, con la cabeza casi echada sobre el regazo de Arles y una pierna extendida asomando entre las telas de su ropa blanca, parecía encontrarse bastante cómoda tanto con el Patriarca como consigo misma.
Admitían, también, que aquello las intimidó tanto como las preocupó.
Melita la recorrió con la mirada sin tapujos, pasando por el muslo desnudo hasta las cuidadas y largas uñas en unas manos que no parecían conocer el trabajo de una doncella. Detrás de ellas, la rubia dejó de nuevo la jarra en la mesita y las rodeó para sentarse sobre sus rodillas un poco más atrás, convirtiéndose en algo similar a una estatua de mármol más decorando el lugar.
La mujer del fondo estaba absorta contemplando la luna sin siquiera dedicarles un vistazo.
Anthea pasó su peso de un pie a otro, meciéndose ante la presión del silencio.
El Gran Patriarca se incorporó al fin sobre su propio codo, pasándose la bebida a la otra mano mientras maniobraba para sentarse recto. La que compartía el espacio con él se hizo a un lado y extendió los dedos en su dirección, haciendo así que Arles le pasara la copa.
Cuando estuvo en pie, sacudió la capa blanca y con una elegante floritura se la enrolló en el brazo izquierdo.
—Al fin, todas las doncellas os encontráis reunidas. Esta será una noche llena de dicha.
Las cuatro se encogieron ante su altura, ante su figura tan repentinamente humana. Sin las exageradas hombreras ni la casulla que ocultaba su silueta tuvieron el agridulce recuerdo de que Arles era de carne y hueso, un humano. La túnica azul oscuro se ajustaba en sus hombros anchos, adornados por una banda de oro a la que se unía la capa por detrás; cintas rojas la ceñían a una, cabe decir, inesperadamente estrecha cintura. Su melena gris claro caía hasta casi sus rodillas, salvo un mechón ondulado que descansaba sobre su hombro.
Sin mostrar apenas un poco de piel, Arles había logrado poner rubor sobre sus rostros y vergüenza en sus analíticas miradas. Si no tenían suficiente con ello él continuó hablando con la cabeza ladeada.
—Estáis arrebatadoras—su voz rasposa, acompañada de esas dos simples palabras, hicieron que quisieran cavar un agujero en la tierra para esconderse en él.
Agacharon las cabezas, se encorvaron, soltaron las manos unas de otras para abrazarse a sí mismas y sentirse menos expuestas, encogiéndose en sus propias pieles.
—Hiciste un trabajo magnífico con los vestidos, Briseida—dijo él con la barbilla apuntando más allá de ellas.
Briseida abandonó su estudio lunar con un suspiro y les encaró con los brazos cruzados bajo generosos pechos, tapados apenas por un escote cuadrado. Tenía un aire más maduro que las demás, resultando imponente tanto por su corpulencia como por su mirada afilada, oculta a medias por un flequillo.
Se levantó tras escudriñarlas unos segundos y caminó hacia ellos, la luna reflejándose en la pieza de oro que levantaba su cabello caoba en una coleta alta.
—Gracias, señor—le respondió, tomando por sorpresa a todas con la profundidad de su voz.
Hizo una reverencia y se sentó junto a la chica rubia. Una al lado de la otra y estando bien iluminada, quedaba claro que Briseida debía ser la mayor, líneas de expresión tempranas marcando su frente y su labio superior.
—La que está junto a Briseida es Hatria—explicó Arles, haciendo que la mencionada inclinara la cabeza hacia ellas.
La mejor forma de definir a Hatria era como una muñeca de porcelana de ojos vacíos.
—Y esta de aquí es Thalía. Cuidado con ella, puede llegar a morder—dijo él, riéndose, su mano posándose sobre la coronilla de Thalía, que no hizo más que ensanchar su sonrisa.
Melita arrugó el ceño, pasando la vista de uno al otro. Calíope le pellizcó en la espalda para que no torciera el labio inferior también, por mucho disgusto que la escena le provocara.
El Patriarca hizo un gesto con su mano, señalando los cojines a sus pies como si fuera lo más natural del mundo.
—Por favor, sentaos.
Se miraron entre ellas, sin saber muy bien qué hacer. Si se iban demasiado lejos, podían ofenderle, pero ponerse de esa manera tan cerca…
Calíope tomó aire y dio el primer paso, pasándose las manos por la parte de atrás del vestido antes de sentarse en el primer cojín que pilló, a la izquierda de Thalía. Dejó las piernas ligeramente estiradas hacia un lado y se apoyó sobre el brazo del lado contrario.
—Te daría la mano, sabes, pero no puedo soltar la copa.—Thalía se inclinó hacia ella para susurrarle. Calíope no se dignó a volverse a ella, más preocupada por ver cómo procedían sus hermanas—. Es un placer conocerte.
—Sí, igualmente—le contestó Calíope, siguiendo con la mirada a Melita, que se puso detrás de ella junto a Galena.
—Debes ser Calíope, la de la voz hermosa.
La cabeza de Calíope se giró bruscamente hacia Thalía, el principio de un nudo formándose en la boca de su estómago.
— ¿Disculpa?
Thalía rio suavemente.
—Vamos, no seas modesta, el Patriarca se ha deshecho en halagos sobre el recital que les diste—la morena le dio un toque suave, juguetón, con la punta del pie en la cadera y bajó aún más su tono—. Y te aseguro que él no es un hombre adulador precisamente, todo lo contrario, así que debes haberlo impresionado, señorita.
La tensión abandonó su cuerpo al escucharla, siendo reemplazada por bochorno. Empezaba a entender por qué era ella la que se encontraba en esa posición: con su lengua dulce y palabras de caramelo, podría endulzarle el oído a cualquiera.
Por otro lado, Anthea estaba agachándose cuando Arles la detuvo, extendiendo la palma de la mano hacia ella.
—Anthea, ¿por qué no le sirves algo a tus hermanas?
Los ojos de la más joven se movieron a gran velocidad de ellas a Arles y de Arles a ellas. Se vio obligada a enderezarse y esbozar una sonrisa de cortesía.
—Por supuesto.
Fue hasta la mesa, Arles mientras ocupando de nuevo su sitio en el diván, ahora con Calíope a un lado y Thalía al otro. Anthea echó un vistazo dentro de las jarras de bronce hasta encontrar una donde parecía haber agua, después alcanzó un pequeño platillo con miel y se dispuso a preparar la bandeja con todo. En su interior, Anthea repasaba todos los temas de conversación que habían estudiado, buscando algo que pudiera ayudar a relajar el ambiente.
Había sido concedida el honor de servir a Athena cuando otras habían sido rechazadas, a pesar de sus metidas de pata y sus nervios, y le tocaba demostrar que tenía algo que aportar.
Levantando la bandeja, sus ojos se encontraron de vuelta con los jarrones y sus flores.
—Es una hermosa elección, las peonías—comentó, atrayendo todas las miradas hacia ella.
Mientras les diera la espalda, mientras no hubiera contacto visual, podría seguir haciéndose la interesante.
— ¿Saben cuál es su origen?
Vertió el agua con delicadeza en los vasos, les añadió dos cucharadas de miel y los removió. Se oyó tela moviéndose, alguien que se acomodaba en un cojín.
—Han sido las flores de la nobleza en China durante siglos, como signo de suerte, honor y buena voluntad, además de un deseo de paz—dijo Hatria con voz monótona.
Thalía abandonó su atención al Patriarca un segundo para contemplar a su compañera, tendiéndole de vuelta el cáliz.
Anthea asintió, pero no comentó nada.
—S—según tengo entendido es por Paeon—contestó Galena al poco, las sílabas temblándole al principio. Melita le apretó la mano para que continuase—. Era el médico de los dioses Olímpicos, habiendo sanado heridas de hasta las batallas más arduas, y por ello le tenían en alta estima. Había sido discípulo de Asclepios, el dios de la medicina. A su maestro no le sentó nada bien que pusieran a su alumno por encima de él, así que intentó matarlo, pero Zeus, en agradecimiento por su labor, evitó su muerte convirtiéndolo en una flor que se llamaría peonía.
— ¡Típico de los dioses! Tienen un ego de porcelana—bufó Thalía—. ¿Y qué clase de solución es esa?
—Un dios siempre temerá aquello de lo que carece—añadió Arles, haciendo girar el vino dentro de su cáliz.
— ¿Y qué no tienen, además de inmortalidad, poder, belleza…?
Arles rio ante la incisión de Melita.
—La capacidad para progresar. Nunca serán ni peor ni mejor de lo que ya son, nunca aprenderán de sus errores porque no los ven como tal. Un ser humano tiene potencial infinito precisamente porque su existencia es finita.
Todas le escucharon atentas, con labios entreabiertos y ojos brillantes.
—Es por ello que podemos obrar lo que conocemos como "milagros" y en todas nuestras carencias como mortales, somos capaces de superar a los mismos dioses. Por eso Paeon, como dice Galena, fue más allá de lo que Asclepios podía.
Anthea se giró de nuevo, sosteniendo la bandeja. Fue dándole un vaso de aguamiel a cada una, flexionando las rodillas para mantener todo en equilibrio y poder alcanzarlas. Su sonrisa ahora sí alcanzaba sus ojos, resaltando la juventud de sus suaves facciones.
El Patriarca comenzó a llevarse el cáliz de oro, repleto de filigranas y con una ametista engarzada en una de sus caras, al rostro. Calíope se preguntó si pretendía beber con la máscara puesta. Thalía le dio un tironcito del pelo para llamar su atención, y al mirarla, vio que había girado su cuerpo hasta estar de cara a la luna. Su curiosidad, que veía en los rostros de sus hermanas, fue a más cuando se dio cuenta de que Hatria y Briseida habían hecho lo mismo.
La copa parecía haberse quedado suspendida en el aire, a centímetros de su objetivo. Expectante.
—Entiendo vuestra confusión. Cuando beba, cuando coma, no esperaré otra cosa de vosotras que no sea volver la cara y el cuerpo si hace falta. Seré paciente con vosotras estos primeros días hasta que os acostumbréis—explicó Arles, tranquilo, hasta que su voz adquirió un tono más oscuro—. Si intentáis mirarme mientras tenga el rostro descubierto las consecuencias serán graves. No me hagáis repetirme en el futuro.
Calíope, Galena y Melita maniobraron para darse la vuelta tragando saliva. Anthea, que había terminado de servir mientras Arles habló, volvió a la mesita y se tapó la cara con la bandeja.
Se oyó un clic metálico y un líquido oscilando. Calíope y Thalía, siendo las más cercanas a él, oyeron perfectamente cómo tragaba el vino, el pequeño suspiro cuando el oro y su néctar borgoña dejaron de rozar sus labios.
¿Cómo sería el rostro de un hombre que tanto se empeñaba en ocultarse? ¿Tendría la piel rota por las cicatrices, caída por los años? ¿Se consideraría una aberración que debía mantenerse lejos de las miradas juiciosas del mundo, como en aquellas novelas góticas que habían leído a escondidas? ¿De qué, o de quién, podría esconderse el hombre más poderoso de todo el Santuario?
Estaban engarrotadas, temerosas de hacer un mal movimiento y provocar su ira.
—Llegará el día en que esto os será natural y entenderéis mis gestos y deseos sin que os diga nada, así como yo espero conocer los vuestros. La armonía entre nosotros, como representante y doncellas de Athena, es esencial. Y me refiero a una armonía consonante, no disonante. Calíope, tú debes entender a lo que me refiero.
Todas pusieron caras raras, frunciendo los ceños, a excepción de Calíope, que vagaba entre maravillarse porque el Patriarca supiera de esas nociones y ofenderse por las implicaciones que traían consigo. Él era la nota fundamental, y ellas, las notas armónicas, subyugadas y condicionadas a estar en equilibrio con él para llegar a esa consonancia, véase, paz y tranquilidad. Una salida de tono, algo no acorde con él, y esa armonía se convertiría en tensión. Disonancia.
Con palabras bonitas les acababa de decir que él era el nuevo centro de sus universos y debían orbitar alrededor de él.
Calíope se clavó las uñas en los muslos y se mordió el labio. Melita y Galena se dieron cuenta y alzaron las cejas.
—Sí, su ilustrísima. Está claro.
Supieron que se había vuelto a colocar la máscara cuando regresó el sonido metálico. Su voz volvía a sonar ligeramente opacada por el metal.
—Anthea, puedes continuar.
Regresaron a sus posiciones originales, Melita murmurando entre dientes y con el enfado escrito en la cara. Galena, que había estado brillando al contar la historia de Paeon, volvía a tener los hombros hundidos. Bebieron de sus vasos con timidez.
Anthea seguía con la bandeja en alza.
— ¿Seguro…?
Arles se echó a reír.
—Sí, tranquila, ven aquí.
La joven soltó la bandeja y se desplomó sobre el cojín al lado de Calíope, cruzó las piernas y se inclinó hacia delante. Arles volvió a tumbarse, apoyado sobre su codo y con la copa claramente vacía.
—La historia que yo conozco de las peonías tiene cierta similitud con la de Galena y podría decir que su conclusión es la misma—dijo, ensimismada en tirar de un hilo suelto del cojín—. Paeonia era una ninfa tan hermosa que Apolo se vio completamente encandilado por ella. Se dice que cuando las ninfas atraían la atención de los hombres, se ocultaban en arbustos para rehuir sus miradas. Afrodita consideró insultante que pusiera su belleza por encima de la de ella y creyó, en su ataque de celos, que lo de Paeonia no era vergüenza ni timidez, sino coquetería. Así que la castigó convirtiéndola en una flor, la peonía, evitando que Apolo pudiera estar con ella y pasando a poblar esos arbustos para que siguiera cobijando a sus hermanas.
Arles hizo un sonido con la garganta, entre zumbido y carraspeo.
— ¿Y?
—Hatria dice que las peonías son por la realeza, pero me gusta pensar que son un buen símbolo para nosotras. Belleza, modestia, vergüenza, pureza. Así como tomamos de ejemplo a Dafne, que prefirió convertirse en un árbol de laurel a sufrir la pasión desenfrenada de Apolo, Paeonia tampoco escogió ser amada por este ni se proclamó la más hermosa, sufrió el castigo de una diosa lujuriosa e insegura de su propia imagen por culpa de un dios que seguramente se olvidó de ella al instante, así como habría hecho de conseguir consumar su deseo con ella.
Anthea alzó la cabeza, aun sonriendo y con el rubor plagando su redondo rostro. Arles parecía estar buscando algo que contestarle, pero Thalía se adelantó, tumbada ya por completo y con la cara apoyada en un puño, casi reflejo de la postura de Arles.
—Mi conclusión es que estaríamos mejor sin ser mártires ni convirtiéndonos en historias motivacionales sobre virginidad con alegorías de florecitas. Y bueno, que a Apolo deberían castrarlo y convertirlo en un arbusto cualquiera para que los perros se meen en él.
Durante unos segundos, tan solo se oyó el canto de los grillos y el titilar de las estrellas.
Calíope intentó contenerse, pero fue superior a ella y las carcajadas brotaron, haciendo que tuviera que sostenerse el estómago, la fuerza de la risa mandándola hacia atrás hasta quedar tendida con el pelo desparramado sobre el suelo y lágrimas en los ojos.
Después del estupor inicial ante tal despliegue de maldiciones y vocabulario soez, la risa terminó por contagiarse. Incluso Hatria rodó los ojos y esbozó una sonrisa, mostrando el hueco entre sus paletas.
Arles se unió también, con su voz ronca superponiéndose a las de ellas.
—¿Qué te dije de usar ese lenguaje, Thalía? —inquirió él.
—¿Que lo dejara para cuando Agnes no está?
Él rio con más fuerza.
—Parece que lo estáis pasando bien.
La voz de Agnes fue un cuchillo afilado cortando el buen humor y ambiente distendido que habían logrado, un relámpago que atravesó a las cuatro nuevas doncellas para hacerlas enderezarse y convertir sus expresiones en temor. Calíope no podía ocultar la rojez de su piel y Galena, la que más tranquila había estado sin terminar de superar el haber escuchado el nombre de Apolo ser profanado, empezó a temblar. Agnes las recorrió a todas con los ojos entrecerrados y la boca torcida, pero las mayores no cedieron ante ella y Hatria fue la única en inclinar la cabeza al verla en saludo respetuoso.
El Patriarca giró la cabeza por encima del diván hacia ella, sin cambiar su postura mas sí su tono.
—Agnes… Has venido antes de lo que esperaba.
—Pensé que estarían tan ansiosos por el nombramiento como yo—replicó la mujer, fallando en el intento de sonreír y más aun de sonar sincera.
Al oír la palabra "nombramiento" se percataron de que traía un cojín rojo de terciopelo alargado sobre sus manos. Desde ese ángulo no podían ver el contenido y solo les quedaba asumir que sería algo importante.
Arles no tuvo reparos en suspirar mientras se erguía. Dejó la copa en una de las mesas y se alisó las arrugas de la túnica, recogiendo su capa de nuevo sin perder la elegancia a pesar de su evidente descontento.
—Está bien. Sin embargo, Agnes…—él se colocó frente a la mujer, una vista imponente que lo convertía en un gigante a punto de devorar a su víctima. Su voz se volvió un susurro oscuro y apenas Thalía y Calíope consiguieron escucharlo—: que esta sea la última vez que te presentas sin haber sido llamada.
Calíope abrió los ojos de par en par. Melita le hacía señas con las manos, intentando que le contase que estaba diciéndole sin éxito, pues estaba demasiado ocupada maravillándose al ver a Agnes siendo puesta en evidencia. Un cosquilleo extraño le invadió al posar su vista en la espalda ancha del Patriarca, una angustia traída por los sentimientos contradictorios de rechazo y lo que catalogó como admiración por hacer lo que ellas siempre habían soñado cada vez que Agnes las había maltratado.
Notó un golpe suave en su hombro y Thalía apareció en su campo de visión, echada ahora sobre ella.
—Descubrirás que nuestro señor tiene dos tipos de enfado: los que son placenteros de presenciar y le sientan maravillosamente bien y aquellos en los que no te conviene cruzarte en su camino. Puede ponerse algo… explosivo. Este, por suerte, es del primer tipo.
Calíope frunció el ceño.
—No entiendo…
Un destello desconocido para Calíope pasó por los ojos de Thalía.
—Ya lo harás.
A pesar de no saber de qué estaba hablando ni encontrarle el sentido a que ver a alguien enfadado como bueno, y más el Patriarca, Calíope sí reconocería que podía llegar a ser… satisfactorio.
Arles dio un paso atrás y se hizo a un lado para permitir a Agnes pasar. Si ya había tensión antes en su piel, en cada gesto, ahora se mezclaba con una pobremente ocultada rabia y vergüenza, una que temerían descargase sobre ellas más tarde. Agnes avanzó hasta dejar atrás al Patriarca y extendió los brazos hacia las doncellas, todavía confusas, sentadas en el suelo sobre alfombra y cojines.
La mujer carraspeó.
—Poneos en pie, doncellas—ordenó el Patriarca.
Todas le obedecieron sin dudarlo, intercambiando alguna que otra mirada de reojo.
Ya de pie, pudieron ver lo que había sobre el cojín rojo que Agnes sostenía. Se irguieron al reconocer los cuatro pequeños objetos ante ellas, igual que aquel que Dionne todavía conservaba. Agnes alzó la barbilla y chasqueó la lengua tras analizarlas, pero ninguna tenía su atención puesta en la intensa mirada de desprecio sobre sus cuerpos.
—Estas fíbulas que tengo entre mis manos pueden parecer meros objetos, mas prueban vuestra entrega total a Athena, os recuerda diariamente a quién servís y quién os juzga. Es bendición y es consagración. Aquellos que os miren y encuentren estos broches sobre vuestro corazón, sabrán que no puede tener dueño y que las intenciones pérfidas y deseos lascivos serán juzgados a través de los ojos de este búho, símbolo de la sabiduría de nuestra Diosa y su custodia sobre nosotras—la voz de Agnes recorrió el aire de la noche, dándoles escalofríos con su severidad—. En el momento que toméis estas fíbulas y ocupen su lugar, seréis distinguidas oficialmente como Doncellas de Athena.
—Y aquellos que osen atentar contra vuestras vidas y honor se verá al otro lado del filo de la espada de la justicia—remató él, solemne y firme, sin dejar duda alguna de que iría más allá.
Melita fue la primera en avanzar, sin dudas, sin miedo. Tomó la fíbula y la apreció bajo la luz unos segundos, la luna reflejándose en su superficie de oro, resaltando las plumas talladas y ojos sabios del búho. Abrió la aguja y la pasó a través del tirante izquierdo del vestido para después cerrarlo con un click. Vieron como acariciaba con suavidad su superficie con la yema de los dedos, presionándolo contra su pecho, lo más cerca de su corazón posible.
Cuando las cuatro se lo hubieron colocado, alzaron sus barbillas y miraron al frente, más allá de Agnes, del Patriarca, de los muros y habitaciones.
En sus ojos se reflejaban las llamas de un fuego lejano.
Un aura cálida las envolvió: la verdadera armonía, de sus cosmos, de sus corazones, de sus deseos.
Thalía, Hatria y Briseida se miraron entre ellas, habiéndose puesto de pie lentamente.
Arles tensó sus hombros y apretó la capa blanca, y cuando habló, su propia voz sonaba contenida, rasposa al estar luchando por salir de él:
—Mi enhorabuena y bienvenida. Ahora sois oficialmente doncellas de Athena. Ella parece… feliz, de teneros aquí, como ya habréis notado.
En sus palabras no había nada de esa felicidad, tan solo aristas.
El Malevos es denominado el "té griego de las montañas" (Τσάι Μαλεβού), con muchas propiedades medicinales y comunmente usado en invierno para sanar enfermedades como el resfriado. Crece en las montañas de Malevos, de ahí su nombre, Kyllini y Taygetos, y su pureza y calidad aumenta cuanto a más altitud se encuentra.
Este capítulo llega un poco más tarde porque este viernes 10 de febrero estuve nada más y nada menos que en La Doceava Casa hablando de Saint Seiya y en especial del fic, ¡así que os invito a todos a ver la entrevista si queréis saber más sobre la historia, algunos pequeños spoilers y el desarrollo detrás de ella!
live/2J9t_tK_v44?feature=share
Con esto finalizamos oficialmente la introducción a esta historia y la llegada de las doncellas, cuyas fichas podéis encontrar en mi twitter o en mi DA . Ahora toca comenzar sus trabajos, lejos de Athena pero con su cálido cosmos acompañándolas, y empezar a conocer el Santuario y sus sistemas.
Mil gracias a todos los que estáis leyendo y dejando favs y follows! Y también podéis dejar reviews, que prometo que no muerdo. ¡Nos vemos en el siguiente capítulo!
