Capítulo 4

El recuerdo que dejas

El trabajo en el Santuario parecía no tener fin: era fácil imaginarse el lugar lleno de sirvientes, de encargados de las labores religiosas, de soldados rasos y doncellas, aquellos que mantenían en pie realmente el lugar y mantenían el orden. Sin embargo, la imagen que contemplaron fue una bien distinta, una de vacío, de ausencia: les llegaron oídas de que el personal había sufrido de numerosos recortes y cambios desde que Arles ocupara el trono, aunque Briseida les aseguró que comenzó con aquella fría noche de octubre diez años atrás, manchada de sangre y traición.

Una semilla de miedo y desconfianza fue plantada cuando Aioros de Sagitario decidió tomar el poder en sus manos, llevándose por delante a soldados y sirvientes por igual, dejando al que creían todopoderoso patriarca Shion convaleciente, oscilando entre la vida y la muerte durante años. Unos decían que aquello era una maldición, otros que Athena intentaba cada día salvarlo aun si con ello prolongaba su sufrimiento: era un bebé, después una niña, por muy diosa que fuera, el poder para realizar semejante milagro parecía estar fuera del alcance de sus manos.

Una grieta apareció así en la fe y dedicación a la diosa ausente.

El personal fue disminuyendo hasta quedarse bajo mínimos: trabajar en lo alto de la colina se convirtió en un acto de valentía; Arles tachó a los demás de cobardes, desagradecidos que le daban la espalda a una diosa que no se merecían. Los sirvientes que desaparecían sin dejar rastro eran cada vez más y con los cambios en el poder, pérfidos rumores al respecto comenzaron a circular.

Así, las tareas de las doncellas se extendieron más allá del templo que ocupaba Athena y su estatua, zona a la que no tenían acceso en primer lugar, y las jornadas de trabajo en el Santuario eran largas. La primera semana Agnes les explicó detalladamente qué debían hacer, desde limpieza general, organización de archivos o realización de inventario hasta ocuparse de las comidas y hacer la colada, señalándoles en una pizarra colocada en la pared de la cocina sus asignaciones. Tampoco se privó de recalcar qué zonas estaban fuera de sus límites o tenían a una única persona al cargo, como eran los aposentos del Patriarca y sus termas, siendo esta la zona de Briseida, o la propia Agnes con los aposentos de Athena. Las semanas siguientes a su llegada aprendieron las distintas rutinas básicas y le demostraron a Agnes que eran lo suficientemente competentes para realizar tareas específicas, a excepción de Anthea, que tenía prohibido acercarse a cualquier planta hasta que Afrodita regresara. Les extrañó poner una tarea tan trivial bajo la supervisión de un caballero dorado que seguro tendría cosas mejores que hacer, pero órdenes eran órdenes.

Acabó pues con Thalía, a quien Agnes no se contuvo en calificar como inútil profesional.

Anthea no puso ninguna queja en trabajar con ella, le parecía agradable y carismática; a decir verdad, lo que le convenció fue la posibilidad de sacarle jugosos cotilleos e historias que compartir con sus hermanas. Por mucho que le regañaran para que dejara de meterse en esas cosas, Anthea siempre replicaba que lo suyo era el comercio de la información y no simples chismorreos.

—Oye, tú que llevas más aquí, ¿has conocido a todos los caballeros? —le preguntó Anthea al mes de su llegada, habiéndose apoyado en una columna para descansar.

Thalía se deslizó por la pared del templo con las manos en la espalda y se quedó acuclillada junto a ella. Sus labios se estiraron hacia un lado cuando vio a Anthea sacar un par de galletas de un saquito bien escondido entre los pliegues de tela de su chitón.

—Eh, tampoco he visto más que vosotras—Thalía se encogió de hombros—. La mayoría están en sus campos de entrenamiento o de origen y solo han aparecido para reportes rutinarios. Los hacéis más interesantes de lo que realmente son, te lo aseguro.

Anthea le escuchó, masticando en silencio una de las galletas de mantequilla que Melita había hecho, sus ojos tan abiertos como sus oídos.

—Ahora que el Patriarca ha formalizado su cargo supongo que los llamará de vuelta al deber. Si no vienen a presentar sus respetos como mínimo, bueno, no creo que acabe bien para ellos. Ya podrás ir formándote tu propia opinión.

— ¿Y fe hay def cabero de Junini?

La mayor se giró para mirarla con una ceja enarcada y un ¿eh? Anthea se tapó los labios con una mano, terminó de masticar y tragó saliva.

—Digo que qué hay del caballero de Géminis… ¿tú crees que hay posibilidades de que vuelva? ¿O se sabe algo de qué fue de él?

Thalía meneó la cabeza de lado a lado, sopesando su pregunta.

—En su momento había quien decía que seguía vigilando a Poseidón, que el mar Egeo se lo tragó o un marina acabó con él. Otros especulan que se encontraba en el Santuario aquella noche y fue asesinado por Aioros o que aprovechó la confusión para desertar, pero nunca se ha hecho un comunicado oficial respecto a él, ya es cuestión de qué historia quieras darle. Aunque…

Anthea se relamió los labios, sus ojos casi soltando destellos. Apoyó las manos en el suelo y se inclinó sobre Thalía, que retrocedió por instinto ante esa repentina invasión del espacio personal.

— ¿Aunque? —insistió la más joven.

Esto debe ser a lo que llaman ojos de cachorrito.

Thalía miró a un lado y después a otro, comprobando que no había guardias alrededor, y después se acercó más a Anthea para susurrarle:

—Ya habrás oído las leyendas—Anthea asintió vigorosamente—. Sobre todo, por las noches, hay quien dice que se escuchan los pasos del fantasma de Géminis vagando por su templo, una armadura vacía que monta guardia y atrapa en otra dimensión a aquellos que lo ven. Pero… ¿y si no es un fantasma? ¿Y si son ilusiones creadas por el de verdad, oculto en algún lugar del Santuario, un agente entre las sombras?

— ¿Insinúas que está vivo y lleva todos estos años aquí? ¿Por qué iba a—

Un estruendo interrumpió a Anthea, haciendo que ambas se sobresaltaran y Thalía se cayera de culo. Contuvieron la respiración, esperando a que aquel del que hablaban apareciera de verdad ante ellas para aplicarles el castigo que correspondía. Sin embargo, fue Briseida la que apareció, escoba en mano y una mueca en el rostro que no les auguraba un destino mucho mejor que de haberse tratado de un fantasma vengativo.

Las dos soltaron el aire contenido y se echaron a reír.

— ¿Es en serio? —inquirió Briseida, golpeando el suelo con las cerdas de mijo, sus ojos posándose con insistencia sobre Thalía.

La morena le sostuvo la mirada, respondiendo al ceño fruncido de su compañera con las comisuras de los labios estiradas y tono juguetón.

— ¿Se te cayó algo? ¿Te estás haciendo ya demasiado mayor para esto, Bri? ¿O el vapor y los aceites del baño del Patriarca te han dejado con mareos?

Briseida chasqueó la lengua contra su mejilla, la punta de su sandalia tamborileando en el suelo a la par que agitaba la escoba.

Anthea, ya no tan contenta de estar separada de sus hermanas esa mañana, se puso en pie tambaleándose. En el rostro agudo de Briseida leyó intenciones poco beneficiosas para Thalía, que estaba segura iba a recibir un escobazo quizás bien merecido.

— ¿Y tú a dónde te crees que vas?

Por desgracia, no fue tan rápida como para escapar de ella.

—Oh, bueno, pensé que, hmm, Callie y Lena me necesitarían en la biblioteca—

—Créeme, no quieres estar con ellas bajo la supervisión de Hatria, es una dictadora en cuanto a su zona se refiere.

—Oye, no es tan mala, solo tiene un sistema muy específico de clasificación, alguien tiene que conservar los libros en buen estado y al Patriarca le facilita mucho estud—

—Thalía, cállate, nadie te ha dado vela en este entierro.

—Tú sí que eres una mandona—se quejó antes de agachar la cabeza.

Briseida suspiró.

— ¿Me iré a ayudar a la cocina con Mel entonces…?

—Termina de barrer aquí y después vete a donde te de la santa gana, solo dejad de hacer el tonto. Tenéis suerte de que os haya pillado yo y no Agnes.

Un escalofrío las recorrió a ambas.

—Una última aclaración—Briseida hizo bajar su tono a uno más sombrío—. Jamás e insisto, jamás, mencionéis a ese hombre de nuevo. El morbo que os dé teorizar sobre él o alimentar cuentos para no dormir no merece el castigo que conlleva. Su nombre y su existencia deberían ser borrados por el tiempo, pero mientras las arenas corren y las malas lenguas hablan, es obligación nuestra hacerlo desaparecer guardando silencio. ¿Queda claro?

El color abandonó la piel rosada de Anthea. Se pasó la lengua por el labio inferior y agachó la cabeza.

—Sí señora.

—No me digas señora o te prometo que vas a probar la escoba también.


Los fornidos sirvientes depositaron los cuatro baúles junto a la fuente del patio y se marcharon con una disculpa: Agnes se había negado rotundamente a dejar pisar a cualquier hombre su templo y mucho pelearon ya para conseguir que fueran más allá de las escaleras. Al menos pudieron subirlos ellas mismas de dos en dos, eso sí, resoplando y con los rostros enrojecidos por el esfuerzo. Thalía les preguntó si llevaban piedras dentro y Agnes les soltó un sermón sobre la humildad y sencillez de la vida de las doncellas, el peso de las posesiones acercándolas al sufrimiento eterno de la segunda prisión del inframundo.

No dijo nada más al ver que pocas eran en verdad sus pertenencias, un par de conjuntos de ropa, apenas ningún accesorio además de fíbulas y un brazalete o colgante heredados; lo que más tenían eran libros y cuadernos junto con los objetos que les permitían practicar sus artes.

Calíope sacó su lira y comprobó que no hubiera recibido daños en el transporte, pasó el dedo por sus nueve cuerdas y ajustó sus clavijas. Notaba los ojos de Thalía quemándole la piel, estudiando el instrumento con algo indescifrable tras su mirada.

¿Algún problema? —le espetó.

Detrás de las curvas de Thalía pudo ver cómo Melita, de rodillas en el suelo e inclinada hacia el interior de su baúl, levantó apenas la cabeza y le echó una mirada de reojo.

— "Una tornasolada concha es tu atavío, tortuga que vives en los montes"—Thalía le mostró una sonrisa cautivadora—. Me preguntaba si es real o una reproducción de una, nada más.

Pasó los dedos por la textura del caparazón de tortuga que formaba la caja de resonancia, por la suave piel de vaca estirada en su interior, apretó contra ella los brazos de ébano que sostenían las cuerdas.

Hasta donde sé, es real.

¿Oh? —Thalía ladeó la cabeza—. Creía que os hacían por encargo vuestro instrumento una vez se pasaba la prueba para hacerse doncella.

Melita seguía sin despegar la vista de ella, haciendo como que revolvía sus cosas. Alzó un hombro para frotarlo contra su mejilla, una forma no tan sutil de indicarle que estaba preparada para intervenir en cualquier momento. Antes de poder contestarle, Hatria, que había estado hablando con Galena, se acercó a ellas, o más bien, a los libros que había extendido sobre su cama.

¿De dónde habéis sacado todo esto? —le preguntó.

Por primera vez, Calíope vio algo de brillo en la mirada de Hatria. Entre sus manos tenía el libro primero del Tratado del Cielo de Aristóteles, una edición con más de un siglo sobre su tela azul y letras de oro.

Menudos interrogatorios os traéis hoy—intercedió Melita al fin, cerrando con fuerza su baúl.

Hatria la ignoró. Calíope se hundió un poco más en la cama bajo el peso de sus ojos de cristal azul.

El maestro Shion nos los dio hace muchos años, cuando aún éramos demasiado niñas para entenderlos.

En la otra mano llevaba un cuaderno de cuero cosido sin ningún distintivo, uno que llevaba viendo a Galena devorar desde que tenía memoria y una fuente continua de discusiones.

Notas de Odiseo de Ofiuco. Galena lo llamaba un tratado sobre medicina y técnicas revolucionarias jamás vistas, un uso del cosmos exquisito unido a lo especial de la sangre dorada con la que llevaba a cabo auténticos milagros. Melita siempre decía que aquello no era más que la biografía de un hombre al que le gustaba darse aires de dios, que aun con sus buenas acciones, seguramente tenía más de cuento que de salvador. ¿Quién en su sano juicio iba a tirarse a un volcán? ¿O enfrentarse a una manada de leones? ¿O drenarse de su supuesta sangre especial por cualquier persona que se le cruzase? Ni siquiera entre los caballeros de Athena podía existir alguien tan altruista.

Hatria arrugó las cejas.

Que Athena lo tenga en su gloria, pero a ese hombre le gustaban demasiado las trastadas. Estos libros desaparecieron de la biblioteca del Santuario hace más de una década sin dejar rastro y a saber qué más se habrá llevado. Me vio buscando por cielo y tierra, le pregunté en varias ocasiones y jamás dijo nada. ¿Por qué haría eso?

Calíope hizo a un lado su lira.

Porque Shion creía que estaría aquí para devolverlos. Nos hizo prometer que, cuando fuéramos doncellas oficialmente, seguiríamos llenándonos con el saber del Santuario para ayudar a Athena.

Hatria exhaló, un pequeño silbido escapándosele cuando el aire pasó entre sus paletas. Le tendió de vuelta el libro a Calíope con una expresión severa e hizo lo mismo con Galena.

De acuerdo. Os tocará ayudarme en la biblioteca las próximas semanas.


Y allí se encontraban, un mes después de haberse asentado.

La biblioteca era más pequeña de lo que esperaban, de piedra desde el suelo hasta los techos, sus estanterías de madera oscura supliendo el espacio que le faltaba en el resto. Unas escaleras con ruedas descansaban junto a una de ellas. Algunas mesas serpenteaban el lugar con pequeños atriles para colocar libros, candelabros y papel en blanco. Lo más llamativo era un artefacto con lo que parecían timones de barco a cada lado y soportes parecidos a atriles entre ellos, varios libros ya abiertos descansando en aquel particular objeto. La curiosidad pudo a Galena, que impulsó una de las tablas horizontales con un dedo, haciéndolo girar hasta que los libros desaparecieron en el lado contrario. Galena dio un repullo, observó con los ojos muy abiertos el invento y después a Calíope, igual de asombrada que ella. La pelirroja ya estaba extendiendo la mano para probar a moverlo también cuando Hatria se interpuso.

—No es un juguete.

— ¿Y qué es?

—Obviamente, una rueda de lectura. El Patriarca la está usando para estudiar y alternar más fácilmente entre sus distintas fuentes de información—explicó Hatria tras poner los ojos en blanco y suspirar, dándose la vuelta para mover con delicadeza la rueda hasta devolverlo todo a su posición original—. Es un hombre de cultura muy rica y siempre está buscando cosas nuevas sobre las que aprender. Ya lo iréis viendo conforme habléis con él. Tampoco le gusta que toquen o desordenen sus cosas, por lo que os desaconsejo volver a repetir algo como eso.

Galena agachó la vista.

— ¿Y qué está aprendiendo ahora? Si no es mucho preguntar.

Hatria se apartó, trazando un arco en el aire ante ella.

—Puedes verlo tú misma, mientras no cambies las páginas.

Sintaxis Matemática, de Ptolomeo. Había una cita en el pliego a la cual Calíope se acercó para poder recitarla, las letras griegas diminutas sobre el papel desgastado.

— "Bien sé que soy un mortal, una criatura de un día. Pero si mi mente observa los serpenteantes caminos de las estrellas, entonces mis pies no pisan la Tierra, sino que al lado de Zeus mismo me lleno con ambrosía, el divino manjar".

El resto de volúmenes abiertos utilizaban una jerga tan compleja que le pareció un idioma completamente distinto. Supuso que serían sobre astronomía también para seguir el hilo de Ptolomeo, nada fuera de lo común tratándose del Patriarca, quien según tenían entendido debía ser capaz de leer en las estrellas y la posición de los cuerpos celestes el advenimiento de las guerras santas.

— ¿Y bien? —les apremió Hatria, sus manos entrelazadas en su regazo.

Calíope dio dos pasos atrás y se encogió de hombros. Galena seguía con la vista saltando de un lado a otro.

—Me la imaginaba más… no sé, grande. Antigua, quizás.

—Esta biblioteca no es más que una pequeña fracción del saber acumulado en el Santuario durante milenios, aquella a la que nosotros los sirvientes de la diosa podemos acceder. Existe una segunda biblioteca a la que solo el Patriarca, Athena y los caballeros dorados pueden acceder, resguardada por la piedra de la montaña y oculta por las escaleras de los Doce Templos. Aunque aquí encontraréis libros sobre la historia de las guerras santas no son más que resúmenes y simplificaciones: allí se encuentran y se redactan los textos sobre los acontecimientos con detalle a mano de los Patriarcas, entre otros textos de carácter cósmico o bélico. Ese diario de Ofiuco—Hatria apuntó con la barbilla a las manos de Galena—, debería estar allí.

La joven tensó los dedos sobre el cuero.

—Lo siento—murmuró—. De haber sabido que tenerlo causaría problemas lo habría devuelto. Recibiré el castigo pertinente.

Hatria la recorrió con la mirada y Calíope notó cómo perdía un poco de la rigidez de su porte. Juraría incluso que un amago de sonrisa apareció por sus labios, pero se fue tan rápido como llegó.

—Si alguien debería haber sido castigado ese sería el Maestro Shion por sacar material prohibido fuera del Santuario, más tratándose de una reliquia como esa.

— ¿Y quién se supone que tiene el poder para juzgar y sancionar a un Patriarca si es el que se encuentra por encima de todo? —Calíope cruzó los brazos bajos sus pechos y enarcó una ceja—. En caso de que Athena no pueda porque no haya descendido aún entre nosotros o sea una infante, me refiero.

Se hizo el silencio. Esperó por una respuesta seria, algún conocimiento al que ella no tuviera acceso, un poder oculto más allá de la diosa a la que el Patriarca debería servir y representar. Hatria no le respondió, sin embargo, fueron dos personas las que pasaron por sus cabezas.

El otro superviviente de la anterior Guerra Santa, Dohko de Libra, y la actual matriarca, Dionne.

Shion había sido un hombre de corazón bondadoso, estricto cuando debía, prudente y tranquilo, con una vena juvenil que solo sacaba con sus más allegados. Romper una regla debía haber sido una decisión que sopesara bastante y los resultados tendrían que justificar esa infracción, no es algo por lo que le viera pidiendo disculpas, tan solo aceptando en silencio las consecuencias. Se preguntaba si, de haber llegado a verlas convertirse en mujeres adultas, en doncellas de Athena, ¿diría que había merecido la pena?

El imaginárselo con su sonrisita misteriosa, apenas visible bajo las sombras del casco dorado, alzando una mano para revolverles el pelo mientras Hatria y Dionne le regañaban por irresponsable y problemático, hizo que su pecho se hundiera bajo la presión de la pena.

Ojalá fueras tú el que estuviera aquí. Ojalá pudiéramos estar devolviéndote la fe y el cariño que pusiste en nosotras.

Una chispa de oscuridad la inundó al pensar en Arles. Dudaba que ese hombre tuviera un Dohko y una Dionne, que permitiera una sola palabra en contra suya, que escuchase los consejos de nadie y mucho menos que los cumpliera. Cuando se está tan alto se necesita a alguien que tire de ti, que mantenga tus pies lo más cerca de la tierra posible, que te recuerde que tienes que mirar al frente y no hacia abajo.

¿Quién le recordaba a él que seguía siendo humano?

Perdida en sus pensamientos, tardó en percatarse de que Hatria había extendido el brazo izquierdo hacia Galena, quien abrazaba el libro contra su corazón. Tenía los ojos acuosos y las comisuras de los labios torcidas hacia abajo.

—Venga, Lena, dáselo—tocó su hombro con suavidad y le apartó un mechón ondulado—. Si quieres volver a leerlo, se lo pediremos amablemente al Patriarca, seguro que te deja.

—Dudo que—

Calíope giró la cabeza bruscamente hacia Hatria, que no pudo hacer otra cosa que callarse ante el fuego detrás de sus irises avellana.

—Yo también tengo que devolver el mío, ¿ves? —se alejó de su hermana, cogió el libro que había dejado en la mesa más cercana y se lo entregó a Hatria. Galena observó el intercambio y aflojó su agarre—. Así podremos buscar cosas nuevas que leer.

Costó unos segundos más, pero Galena terminó por separarse del diario, no sin antes acariciar su tapa una última vez. Hatria lo tomó con sumo cuidado, al contrario que con aquel que Calíope le había dado y ahora descansaba apretado a su costado por su propio brazo; ojeó las páginas amarillentas por el tiempo, comprobó que no había nada doblado ni arrancado y que la única tinta fuera la del mismo Odysseus.

—Su ilustrísima estará muy complacido de tenerlo de vuelta—dijo Hatria al terminar su minucioso examen. Les dio la espalda, soltó el libro de Aristóteles en un carrito a medio llenar, envolvió el diario en una gruesa tela y lo colocó en una cajón de la mesa que hacía de escritorio principal—. Le avisaré para que pueda guardarlo debidamente. Ahora, dejadme que os enseñe lo que hacemos aquí.

Y con eso, Hatria empezó a explicarles el sistema de clasificación, agrupado primero por numeración decimal según el tema y por orden alfabético dentro de este para encontrar autores exactos gracias a las etiquetas que colgaban de su interior. Les señaló los números grabados en los costados de madera de las estanterías como guía; sacó además un pesado tomo lleno de marcadores de terciopelo, que abrió para señalarles los registros y órdenes explicados allí con más detalle. Tras el escritorio que ella había estado utilizando había una estructura que les recordó a un panal de abejas, lleno de huecos octogonales algunos ocupados por pergaminos y otros vacíos.

—Algunas veces lo utilizamos para almacenar correspondencia o peticiones para el Patriarca. Como podréis imaginar, recibe una cantidad ingente de correo y este debe pasar ciertos filtros antes de llegar a él, tome el tiempo que tome.

Calíope recordaba aún todas las cartas que habían escrito entre Melita, Anthea, Galena y ella para Shion, para la pequeña Athena que algún día iba a llegar. Recordaba que en algún momento habían empezado a decorar las páginas con borreguitos de pelaje verde y rosarios coloridos y Dionne siempre luchaba contra las carcajadas mientras redactaba lo que ellas le dictaran. Shion les respondía sin fallar, hablándoles de su aburrido trono, de los traviesos caballeros de oro y las historias que las estrellas le susurraban en Star Hill. De nuevo, no podía imaginarse a Arles escribiéndose adorables cartas con nadie, al contrario, creía que si se acercase a un niño este se echaría a llorar, una reacción que entendían. ¿Qué le dibujarían? ¿Pinchos? ¿Mascaritas?

Notó que Galena ladeaba la cabeza para contemplarla con curiosidad. Debía haberse dado cuenta de que se estaba mordiendo el interior de la mejilla para no reír.

— ¿Qué te pasa? —le susurró en cuanto Hatria las dejó libres para empezar a pasar el plumero por las estanterías.

—Después te cuento.

Trabajaron en silencio durante una hora tras la cual Hatria les indicó la siguiente tarea: reubicar los libros del carrito. Galena cogió una pequeña pila y Calíope otra y empezaron a buscar las secciones debidas. Hatria, mientras tanto, se sentó a escribir en el registro, levantando la cabeza de vez en cuando para comprobar que estaban haciéndolo bien.

Mientras recogía libros de las mesas dispuestas al otro la de la biblioteca, Calíope se dio cuenta de que había una puerta doble, ornamentada con filigranas y un dragón de oro en su tirador además de una cerradura.

—¿A dónde lleva esta puerta?

Hatria no se molestó en mirarla siquiera.

—Al estudio del Patriarca—respondió, como si fuera lo más obvio del mundo.

Calíope alzó una ceja y decidió no insistir.

Pasó a buscar la sección de ciencias naturales y dentro de ella la de astronomía. Además de su propio tomo, asumió que la mayoría de lo que llevaba había sido consultado por el Patriarca. Encontró la letra "A" en cuestión de segundos y, efectivamente, había un hueco allí donde el primer tratado del cielo debería estar. Al devolverlo a su hogar, Calíope sintió que cerraba un capítulo de su propia vida; al ver los otros tres libros que conformaban Sobre el cielo, al sacar el segundo y tenerlo entre sus manos, sintió que daba el primer paso hacia su futuro. Hacia su promesa con Shion.

Cuando estés en el Santuario, podrás leer este y muchos otros libros que puede que ahora no entiendas, pero entonces cobrarán sentido.

Toda la búsqueda y el estudio es para que puedas encontrarla, Calíope.

La música de las esferas.


A los tres días, después de haber terminado las tareas de la mañana y haberse refrescado, Melita las reclutó para "hacerle una visita al Patriarca". Ninguna de las partes sonaba bien, primero, porque era un plan de Melita, segundo, implicaba buscar a aquel aterrador hombre. Llevaban más de un mes casi sin verle, prácticamente desde aquella noche en el balcón, y cada segundo lejos de él había sido un agradecimiento a los cielos. Si no le veían, si no le escuchaban, podían fingir que tenían una vida relativamente normal, sin temor a equivocarse ni despertar su ira.

Melita era la primera que se había enfurruñado por tener que cocinar para él y que iba escondiéndose si lo oía pasar, ¿para qué iba a querer verlo de repente?

"Vosotras seguidme la corriente y poned vuestra mejor cara de muchachas inocentes". Dioses, sonaba cada vez peor.

Pero como era Melita, le siguieron arrastrando los pies y sin cuestionarla más.

A través de los pasillos, llegaron hasta una sala cuya entrada estaba tapada por una cortina roja. Melita apenas la abrió para poder pasar y les indicó agitando la mano que fueran detrás de ella, sujetando aún la tela. Hicieron una cadena humana sujetándose de las manos, con Anthea al final.

El silencio era casi tan absoluto como la falta de luz natural. Anthea le clavó los dedos a Galena y por acto reflejo ésta se los clavó a Calíope, que se inclinó hacia el oído de la mayor.

—Parece que nos estás llevando a un matadero.

Melita se llevó un dedo a los labios para después señalar hacia delante con un gesto de cabeza, haciendo mecer los mechones rubios que caían sobre su frente.

Agudizando el oído sí se podía notar algo: pinceladas.

Avanzaron unos pasos más y, en lo alto de un balcón interior, con un haz de luz contrapicada apuntándole, estaba él.

Un escalofrío recorrió a Calíope, uno que debió contagiarle a las dos más jóvenes por el temblor en sus brazos.

Llevaba su casulla blanca y las hombreras rojas con pinchos, la misma indumentaria de cuando las recibió, además de los rosarios. La iluminación desde abajo creaba sombras siniestras y agresivas sobre los rasgos de su máscara, convertía la tela en una forma blanca perfecta y brillante. Solo una mano asomaba, apoyada al barandal, el único indicio de que aquello era un hombre de verdad y no una estatua. El dragón del casco abría las fauces y desplegaba sus alas como pura oscuridad detrás de él.

La figura de Arles era tan aterradora como imponente. Una sensación desagradable se asentaba en su estómago y le secaba la boca conforme más le miraba, su porte, su orgullo.

¿Cuánto tiempo había estado esperando para que hicieran su retrato, para que su imagen pudiera ser admirada en los pasillos del Santuario durante los siglos venideros?

El cuadro era de proporciones gigantescas, bien podría medir más de cuatro metros. El artista, un hombre flaco y muy bajito, pintaba desde la altura de la escalera más grande que habían visto en sus vidas. Le daba vértigo de solo imaginarse allí arriba, teniendo que hacer malabares entre la paleta, que tampoco se quedaba atrás en tamaño, los pinceles y estar sujeto a la estructura. Parecía estar trabajando en su melena gris, casi blanca con el contraste del fondo negro, que fluía hacia su lado derecho como si una brisa la estuviera moviendo.

Tenía que admitirlo, era impresionante.

—Callie, no respires tan profundo que te vas a tragar las emisiones tóxicas de los disolventes y los óleos—le dijo Galena en tono preocupado.

Le hizo caso a su hermana y unió de nuevo los labios.

— ¿Cómo tiene que estar el pobre señor de allí arriba entonces, que vete tú a saber cuánto tiempo pasa al día aquí encerrado? —replicó Anthea, señalando con la barbilla al pintor.

Galena frunció el ceño. Se quedó mirando fijamente al hombre, incluso cuando Melita alzó la voz.

—Su santidad, hemos venido a verle.

Tanto Arles como el pintor giraron la cabeza para mirar hacia abajo, hacia las diminutas hormiguitas que ellas parecían. Melita soltó la mano de Calíope e hizo su reverencia hasta que el chitón azul descansó en el suelo. Las demás la imitaron.

Arles escondió su brazo en la casulla e inclinó su torso sobre el balcón, algunos mechones grises cayendo a su lado.

— ¿Oh? ¿A qué debo este placer, mis doncellas?

No pudieron apretar los puños al estar sujetando los vestidos, pero sí tensaron sus mandíbulas. Calíope casi escuchaba los dientes de Melita rechinar.

—Llevamos demasiado sin disfrutar de su compañía. Estábamos pensando que quizás podría tomarse un descanso para cenar con nosotras.

Mantuvieron las cabezas gachas mientras él reía, haciendo que hasta el pintor se encogiera en sus escaleras.

—Una muy tentadora oferta, mas este cuadro tiene que quedarse terminado lo antes posible—por su tono, más que informarles, estaba amenazando al pobre artista—. Creedme, ¿quién preferiría estar aquí los días encerrados con este a pasar una noche con vosotras?

Y soltó una carcajada, rasposa y desagradable. Melita, morena como era, se puso pálida al punto de no parecer ella. Escuchó algo crujir y rezó para que Melita no se hubiera partido un diente por la presión. Calíope sintió la bilis quemándole la garganta tras la insinuación tiñendo de rojo sus palabras.

Aún era pronto para juzgarlo, se decía, no lo conocían realmente. Démosle una oportunidad, repetía Galena, quizás nos sorprende, añadía Anthea. Con lo que les estaba mostrando de sí mismo no les estaba animando a nada de ello.

Notaron cómo las recorría con la mirada tras la máscara.

Hormiguitas esperando a ser pisadas.

— ¡Apeles! —gritó el patriarca, dando un golpe con la palma de la mano en la baranda. El aludido dio un respingo del susto e hizo que la escalera se tambaleara, contra la que luchó unos segundos para estabilizarse incluso si con ello sacrificaba los pinceles que sujetaba.

— ¿S—sí su ilustrísima?

— ¡Quiero el cuadro terminado para mañana!

—Pero su ilustrísima necesitaríamos unas cuantas sesiones—

—Te he dado una orden. Ya he posado suficiente, tengo asuntos que requieren de mi atención y no pasaré un día más después de hoy en este cuarto al borde del envenenamiento.

Se compadecieron de Apeles: aunque ninguna fuera pintora, sabían que las prisas no traían nada bueno, y mucho menos con un pincel en mano. Para sus ojos inexpertos el cuadro ya estaba hecho, pero para Apeles, seguramente habría cientos de detalles que añadir y retocar, cosas cuya ausencia no notarían hasta que las vieran brillar sobre el lienzo.

—Y vosotras. Aceptaré esa cena para mañana.

—Con gusto, señor—asintió Melita sin flaquear. Calíope envidió su firmeza, de haber hablado ella, solo habría salido veneno hacia él—. Le prepararé mis mejores platos, pero para ello, querría antes pedirle permiso para hacer una salida al bosque al amanecer.

— ¿A cuál bosque? ¿El del pie de la montaña?

—Ese mismo. Deseo nada más que los mejores ingredientes y me quedaría más tranquila si los escojo yo misma, como llevo haciendo todos estos años. Prepararé la mejor sopa de setas y tarta de moras que haya probado.

Arles tamborileó los dedos.

—De acuerdo. Dos guardias te acompañarán y deberás regresar antes del mediodía.

—De hecho, estaba pensando que mis hermanas aquí presentes me acompañasen también, si no es mucha molestia para usted. No me vendría mal una ayuda.

Sin volverse para mirarlas, Melita les hizo un gesto con la mano derecha para que hablasen.

—Yo buscaría flores con las llenar el templo, señor—dijo Anthea primero.

—Y-yo conseguiría plantas medicinales que pudieran sernos de ayuda, h-he estado leyendo mucho sobre la flora local y me gustaría tener especímenes con los que hacer pruebas—le siguió Galena, con voz trémula.

Calíope frunció el ceño, sin poder evitar alternar su mirada entre las dos más jóvenes y Melita. ¿Se habían preparado un discursito sin comentarle nada?

—Ya veo—Arles ladeó el rostro—. ¿Y tú, Calíope, ¿qué quieres del bosque?

Maldita sea. Buscó una respuesta factible en su mente, se imaginó el bosque y pensó sobre qué le ofrecería.

—Su música, señor. Ayudaría a mis hermanas en lo que necesitaran, y si me es posible, escucharía las canciones de los pájaros y los poemas de la naturaleza para llevárselas a nuestra diosa Athena que tanto tiempo lleva sin disfrutar de sus regalos—contestó Calíope, remarcando la última parte, sabiendo que estaba pisando terreno peligroso.

No le hizo falta verle la cara a Melita para saber que se estaba mordiendo el labio inferior, luchando contra una sonrisa. El ambiente se hizo más denso: durante unos minutos solo se pudieron oír sus respiraciones. Empezaron a marearse con el olor a esencia de trementina y aceite de linaza.

—Está bien. Que Agnes os entregue los permisos firmados: los guardias os esperarán en las escaleras hacia Piscis a las siete de la mañana.

—Gracias, su ilustrísima—Melita profundizó su reverencia hasta que su frente casi tocó el suelo—. Que tenga una buena tarde.

Las cuatro se incorporaron, inclinando sus cabezas hacia el balcón antes de girar sobre sus talones y dirigirse a la tela roja que cubría la salida.

—Una cosa más.

Frenaron en seco al oír de nuevo su voz. Contuvieron un suspiro.

—Si intentáis engañarme, lo sabré.

Su advertencia tomó la forma de un afilado cuchillo siendo presionado contra sus gargantas.


Melita avanzó a zancadas rápidas, resoplando, con tan solo Galena pudiendo seguirle el ritmo. Calíope esperó hasta estar fuera del templo del Patriarca para alzar la voz ya que con sus pasos atropellados no la alcanzaría.

— ¿A qué ha venido todo esto, Mel? ¡Habría estado bien que me contaras algo antes de ese numerito!

Fue ignorada, continuando hasta las escaleras hacia el templo de las doncellas.

— "Llevamos demasiado tiempo sin disfrutar de su compañía"—repitió en tono de mofa, agitando las manos en el aire. Casi se tropieza con un escalón—. ¡Y te metiste conmigo por decir simplemente un buenas noches! ¿Qué me dices de ti?

Anthea se rio entre dientes, cubriéndose la boca con una mano.

—Tiene a ese pobre hombre a punto de desfallecer, ¡solo Athena sabe hace cuánto descansó o comió! —Galena murmuró escandalizada.

—Aquí cada loco con su tema, ¡y tú Melita sigues sin contestarme!

Pasaron por delante de las cariátides que sostenían el lado derecho y rodearon la fuente, en cuyo borde estaban sentadas Hatria y Thalía, la primera sumergida en un libro y la segunda con la barbilla apoyada en su hombro intentando asomarse. En cuanto vieron aparecer a Melita, Hatria cerró con tanta fuerza las tapas que hizo eco en la montaña y se levantó como si la fuente quemase. Thalía se quedó medio echada en el aire, parpadeando confusa ante la repentina ausencia junto a ella.

— ¿Está Agnes en su habitación? —le preguntó Melita a Hatria, que unió sus cejas casi inexistentes.

Entre su palidez y el cabello tan claro que bajo el sol parecía blanco, su sonrojo era tan escandalosamente notorio que se compadeció de ella. Aun estando ruborizada hasta el nacimiento del pelo, Hatria se aclaró la garganta y cuadró sus hombros.

—Sí. Volvió hace poco. ¿Dónde habéis estado vosotras?

Melita la ignoró y subió las escaleras. Thalía silbó, ahora con una pierna cruzada sobre la otra y el rostro apoyado sobre su mano. Calíope se plantó frente a ellas con el labio torcido y negando con la cabeza, sus manos en las caderas.

—Perdonadla, hoy está de un humor raro. Fuimos a ver al Patriarca y mañana volveremos a cenar con él.

Oyeron cómo Melita tocaba a la puerta de madera perpendicular a la del dormitorio común. Agnes, como responsable de las doncellas, sacerdotisa y zácoro de Arles podía tener su propia habitación que hacía las veces de despacho también.

— ¿Tanto lo echabais de menos? —dijo Thalía—. La nueva generación sois de lo más atrevida, aunque el patriarca estará encantado de que seáis vosotras quienes lo hayáis buscado. Iniciativa femenina y todo eso.

Y ahí estaba esa sonrisa felina, la que le hacía sentir que podría sacarle hasta los secretos más sucios con solo mirarla, con su dentadura perfecta y sus labios carnosos. Un deseo irracional de borrársela de la cara la poseyó, le llenó el pecho de algo desagradable, desconocido, que trepó por su garganta y poseyó su lengua para hacer que lo escupiera en forma de ironía:

—La verdad es que pensé que echarías de menos estar entre sus piernas e hicimos un apaño.

Calíope se llevó ambas manos a los labios y soltó un jadeo angustiado en cuanto lo dijo, arrancadas por un enfado que no comprendía y que la abandonó al pronunciarse.

Thalía alzó las cejas. Galena y Anthea, que habían preferido limitarse a ser espectadoras, abrieron los ojos de par en par y permitieron que sus mandíbulas cayeran.

El rojo del rostro de Hatria se transformó de la vergüenza a la rabia.

—Cuida esa lengua o terminarán cortándotela por injurias y calumnias—Hatria dio un paso adelante y después otro hasta tenerla dentro de su espacio personal. Era apenas cinco centímetros más alta que Calíope, pero en ese momento, sintió cada uno de ellos como un abismo. Sus ojos azules volvían a estar tan vacíos como cuando la vio por primera vez, al igual que su voz carecía de emoción alguna—. No te permitiré semejante lenguaje cuando nos encontramos en tierra sacra y con los ojos de Athena puestos sobre nosotras. ¿Queda claro?

—Yo… Sí. Sí, por supuesto. De verdad que lo siento, no entiendo por qué dije eso, Thalía, perdona que…

Thalía se había levantado, sin abandonar su sonrisa, y se colocó al lado de Hatria. Le echó un brazo por encima de los hombros y la sacudió, riéndose, Hatria imperturbable y clavando a Calíope en el sitio bajo la fuerza de su presencia.

— ¡Vamos, vamos, relajémonos! —le dio unas palmaditas en el antebrazo—. Hattie, déjala, que la estás asustando. Ha sido un desliz, habrá tenido un mal día, todos decimos cosas que no sentimos cuando estamos alterados… Además, ya echaba en falta alguien que me respondiera, le da emoción a mis repetitivos días.

Le pareció mentira cuando Hatria volvió el rostro hacia la morena.

— ¿Qué está mal contigo? ¿No piensas defender tu honor? ¿Acaso te gusta que te insulten? — le espetó, deshaciéndose de su agarre bruscamente y apartándose de ella.

—No hay nada que defender. Sé muy bien qué he hecho y qué no y solo hay una persona a quien debo rendirle cuentas, y no es ninguna de ellas—Thalía se encogió de hombros, su mirada fija en la de Hatria—. Tampoco negaré que se está muy bien a los pies del Patriarca. La vida da muchas vueltas y quizás una de ellas ocupe mi lugar un día y entenderán cómo funcionan las cosas en realidad. Para entonces yo estaré subida en una tabla de surf en la playa de Laga con una belleza esperándome en la arena.

Estiró una mano para tocar de nuevo a Hatria, sin embargo, esta la apartó de un manotazo, retrocediendo hasta que la parte de atrás de sus rodillas chocó con la fuente.

—Eres la persona más estúpida que he conocido además de una descarada. No sé por qué pierdo el tiempo defendiendo lo indefendible.

Hatria recogió su libro y marchó escaleras arriba. Se cruzó con Melita, que bajaba sonriente agitando un papel firmado en la mano.

— ¡Chicas, ya tengo los permisos firmados!

Sus hombros se chocaron, mas Hatria continuó sin pedir disculpas hasta desaparecer en el ala derecha, donde probablemente estaría Briseida cosiendo.

Melita se quedó plantada en el escalón, siguiendo con la vista a Hatria y después pasando su atención al pequeño corro que habían formado en el patio.

Calíope se apretaba las mejillas, queriendo ser tragada por la tierra. Anthea y Galena cuchicheaban entre ellas.

— ¿Qué es surf? —le preguntó Anthea a la nada.

Galena meneaba la cabeza.

— Empezamos mal, muy mal.

—A ver, pensarlo, lo pensábamos…

— ¡Pero esas cosas no se dicen!

Thalía había dejado de sonreír: observaba con la mirada desenfocada el lugar donde segundos atrás había estado Hatria, sin parecer oír realmente a Calíope, quien rogaba su perdón, con la cara tan roja que se confundía con su pelo, las lágrimas surcando su rostro.

La mano con la que había intentado alcanzar a Hatria cayó.


¿Eso se fue de madre, no?

¿Os gustó la referencia al doblaje latino del anime? Sí o sí tenía que poner a Junini, vi la oportunidad y la tomé. Desde ya aviso que esta es la primera de muchas ya que le tengo un cariño inmenso a este doblaje. ¿Qué habrá sido del caballero de Géminis, me pregunto?

Os animo a buscar la rueda de lectura en google, es una cosa de lo más curiosa. Me encantaría tener una. Sobra decir que el cuadro de Arles es el que Gigas y otros suelen admirar en el anime. No ha pasado mucho en este capítulo, es más uno de transición entre la introducción y el primer arco, pero a partir de aquí se vienen cositas. ¿Qué se trae entre manos Melita y qué pretendía con esto? ¿O quizás solo quiere hacerle una tartita al Patriarca? Quién sabe.

El detalle de la biblioteca subterránea está sacado de la novela Gigantomachia, y obviamente ya sabéis de donde sale Odysseus y sus hazañas.

Muchas gracias a todos los que leeis, a los que dais fav y follow, y espero os haya gustado el capítulo. ¡Nos vemos la semana siguiente! Eso sí, advierto que el próximo es LARGO, asi que id dejando hueco para el fin de semana. ¡Un abrazo a todos!