Capítulo 5
En el corazón del bosque
Quiero correr tanto bosque adentro que mis pasos se vuelvan de viento.
Tan perdida y lejos de quien era que en silencio y lluvia me fundiera.
Quiero desintegrarme en el aire, quiero serlo todo y no ser nadie.
Quiero ser helecho, musgo y hiedra, una hoja caída en la tierra.
Quiero ser el zorro y ser la liebre, para darme vida y también muerte.
Corazón de Roble-Alanna
El sol bañaba las Doce Casas con sus primeros rayos y los ruiseñores comenzaban sus canciones cuando partieron, envueltas en sus himation y sintiendo los párpados pesados. A pesar de estar acostumbradas a despertar alrededor de esa hora, la noche había sido una inquieta: Calíope la pasó martirizándose por lo que le dijo a Thalía con los ojos fijos en el techo y sus otras dos hermanas estuvieron contándole a Melita lo sucedido. Cuando tocó levantarse, Galena tuvo que arrastrar a Calíope fuera de la cama, por mucho que se quejara alegando dolores de cabeza, diciendo que la dejaran atrás ya que no era necesaria para recoger unas dichosas setas y no marcaría diferencia alguna que fuera o no fuera.
Melita tuvo que tomarla con firmeza por los hombros, y sin vacilar, le dijo:
—Siempre te necesitaremos. Yo te necesito ahora. Te prometo que te explicaré todo cuando estemos abajo, ¿de acuerdo? —la abrazó y aprovechó que estaba junto a su oído para susurrarle—: No te dejaré sola con ellas, Calíope.
No importaba si ella había estado fuera de lugar, si Thalía tenía derecho a enfadarse y si realmente Agnes le habría cortado la lengua de escucharla. No culpaba a ninguna de las dos mujeres por su enfado, de haber estado en su posición, si hubieran hecho tal insinuación sobre una de sus hermanas, Melita ni siquiera se habría detenido a amenazarlas: se lanzaría directa a por ellas sin importar las consecuencias. Aun así, la que le importaba era Calíope; que después le diera una reprimenda en privado no quería decir que fuera a tirarla a los leones.
Como el Patriarca les prometió, dos guardias armados con lanzas les esperaban en el principio de las escaleras.
—Buenos días y gracias por acompañarnos en el día de hoy.
Los dos hombres ladearon las cabezas cubiertas por cascos que solo dejaban ver sus ojos, como si Melita acabara de pronunciar un idioma extranjero. Al cabo de unos segundos, el más alto habló, sonando mucho más joven de lo que se esperaban:
—No es nada—carraspeó—. El camino de rosas es inofensivo: podemos avanzar.
Melita y Calíope entrecruzaron sus brazos por los codos y así fueron caminando, con Anthea medio dormida y Galena detrás. Cada una llevaba una cesta de mimbre además de una bursa de cuero colgando de sus cinturas con pequeñas herramientas o anotaciones que necesitaran.
Se les hizo extraño de primeras descender las escaleras, atravesar los templos vacíos o tan silenciosos que lo parecían: habían pasado toda sus vidas siendo preparadas para el ascenso, ansiando el día en que alcanzaran la cumbre del Santuario como si jamás fueran a abandonarla una vez estuvieran allí.
En Piscis, se encontraron una nota clavada con una rosa en una de las columnas.
«Yo, Afrodita de Piscis, les concedo permiso a las doncellas de Athena para atravesar mi templo. Desearía hablar con vosotras en este instante mas apenas he regresado esta madrugada y he de recuperar mis energías: seréis recibidas con gusto a vuestro regreso. Llevaos esta rosa de mi jardín para que así os acompañe en esta hermosa mañana».
Ninguna dudó en darle tanto la nota perfumada como la rosa carmesí a Anthea. Melita ahuecó la trenza que rodeaba su cabeza e introdujo el tallo entre los mechones rosados mientras Anthea intentaba contener su emoción. Rozó con suavidad los pétalos para asegurarse de que no se caería y una sonrisa se dibujó en su rostro, ya segura de que daba igual lo que sucediera, su día ya había merecido la pena.
Calíope pasó a ser el alma en pena oficial del grupo ahora que Anthea iba dando saltitos, repentinamente más espabilada y enérgica. Melita casi tiraba de su peso, agradecida de estar bajando y rezando porque estuviera de mejor humor a la vuelta porque para entonces no estaba tan segura de poder arrastrarla escaleras arriba.
—Debe ser uno de los templos más bonitos cuando esté en él el señor...—comentó Galena mientras pasaban por Acuario, sin duda uno de los más particulares con su planta circular y las fuentes de agua construidas en el suelo tras las columnas.
—Camus—respondió el mismo guardia de antes—. Actualmente se encuentra en Siberia entrenando a varios jóvenes, aunque bien podría haber delegado en el caballero de Cristal que tiene edad ya de enseñar a otros, a estas alturas parece que simplemente los usa como excusa para no responder los llamados del Patriarca.
Su compañero le dio un golpe con el dorso de la mano en la parte desprotegida de su nuca, que las pilló tan desprevenidas a ellas como al pobre hombre.
—¡Cierra la boca, Carlos! Eso no es asunto nuestro—se inclinó hacia él y dijo, en voz no tan baja como él creía—: ¿Quieres que vayan contándole al Patriarca que hemos largado información confidencial? ¿O que ellas mismas se lo digan al caballero de Acuario cuando aparezca? ¡Te pondrá en un ataúd de cristal!
El guardia llamado Carlos se frotaba la nuca sin pronunciar palabra. Melita le echó un vistazo a Galena y notó por los hombros caídos y la mirada gacha que ya estaba empezando a culparse por la discusión y los futuros problemas que se inventasen.
Antes de que ella pudiera abrir la boca para disculparse, Melita se adelantó, y con un tono burlón, dijo:
—De niñas creíamos que los doce templos eran como una especie de zoológico. Cabras, toros, cangrejos gigantes, leones… Y que esto—Melita extendió el brazo con la cesta e hizo un gesto circular—: era un enorme acuario. Sería el acuario de Camus, entonces. Tiene gancho.
Se hizo el silencio.
Los soldados giraron las cabezas para mirarla, el tal Carlos con una sonrisa que en cualquier momento se haría risa y el otro con aire solemne.
Enganchada a ella, notó cómo el cuerpo de Calíope sufría pequeños espasmos. Tenía los labios tan apretados que casi le habían desaparecido, absorbidos por la misma fuerza que intentaba contener dentro de sí misma, y el rostro se le enrojecía cada vez más por el esfuerzo. Por otro lado, las comisuras torcidas de Galena se habían convertido en otra medida preventiva; Anthea iba tan entusiasmada que ya había salido del templo sin siquiera escucharla.
Continuaron caminando, sin darle ninguno una mísera respuesta. El soldado murmuró unos segundos después, un supuesto comentario para su compañero que claramente no lo era.
—Ya les enseñará el Patriarca a mantener esas boquitas cerradas. Las generaciones de antes sí sabían lo que era el silencio.
Apretaron los labios. Calíope le clavó los dedos en el antebrazo a Melita, viendo sus intenciones. Para su suerte, fue Carlos el que le respondió a su compañero.
—Si tanto te gustan las de antes, ve a pedirle a Agnes su favor, haríais una buena pareja de ancianos malhumorados.
El segundo golpe en su nuca sonó aún más que el anterior.
Tras abandonar el templo de Aries fueron conducidas por un pequeño sendero, separado de los caminos al Coliseo y el pueblecito de Rodorio. Marchaban con el sonido del esfuerzo de los aprendices y pretendientes a caballeros en sus entrenamientos siguiéndolas; Aioria debería estar ahí desde la misma hora a la que ellas se habían ido, forzando su cuerpo hasta sus límites, e incluso si no pudiera tenerse en pie, sabían que seguiría allí para ayudar a los más jóvenes.
Dejaron atrás ruinas de templos, columnas que solo se sostenían a sí mismas, prado que comenzaba a comerse la tierra. El aire se volvió puro, libre del polvo en suspensión, del sudor y la sangre del coliseo, trayéndoles un aroma verde, dulce, anunciándoles que la naturaleza las recibiría una vez más; llenaron sus pechos con su fragancia embriagadora y permitieron que la frescura del rocío de la mañana les limpiara. Las copas de los abetos y las hayas luchaban por alcanzar el cielo celeste de mayo y sus nubes tímidas.
Anthea fue la primera en agacharse para quitarse las sandalias, cuyas cuerdas anudó para enganchárselas de la cesta. Echó a correr hacia el interior del bosque con los pies descalzos, los brazos extendidos y su despreocupación juvenil dándole alas.
Calíope, aun teniendo solo cuatro años más que ella, envidió la lozanía de sus tiernos dieciocho, las mariposas que revoloteaban alrededor de ella, la flor sin nombre en su pelo que bien sabían fue dejada para ella. Envidió su ingenuidad y sus ilusiones, la forma en la que corría por el prado sin pensar en todos los peligros que podían acecharla, en el que podía estar cerniéndose sobre ellas en esos momentos.
—Demasiado pronto se le está llenando la cabeza de pájaros—Melita suspiró y negó con la cabeza—. En cuanto Afrodita de verdad hable con ella va a estar aún más insoportable.
Melita seguía atrapando su brazo con el suyo. Calíope caminó, arrastrando los pies, la hierba haciéndole cosquillas allá donde el calzado no le cubría.
—Lo importante es que esté feliz, ¿no? —replicó, viendo como Anthea ya se había arrodillado en el prado, cortando con unas tijeras de jardinería los tallos de las anémonas que salpicaban de blanco, violeta y rojo la tierra.
—¿Feliz o completamente ciega y fuera de la realidad?
Entraron al refugio de sombras que creaban los árboles con los dos soldados delante. Los ojos de Calíope y los de Melita se cruzaron de soslayo.
—Vas a tener que explicarte, sobre esto y lo de ayer.
—Antes déjame conseguirnos algo de privacidad—murmuró Melita. Se aclaró la garganta y alzó la voz—. ¡Disculpen, señores!
Ambos frenaron y giraron sus cabezas hacia ellas, uno expectante, el otro haciéndoles llegar su malhumor sin sutileza alguna.
Melita agachó la barbilla y le dio un ligero codazo a Calíope para que la imitase.
—Verán, es que…—Melita batió sus claras pestañas, lanzándoles miradas tímidas a través de ellas—. Desearía poder hablar con mis hermanas de ciertos asuntos privados, y nos da mucha vergüenza que estén delante, ¿podrían…?
Antes de que pudiera siquiera acabar, uno de ellos le interrumpió, su voz inflexible.
—Tenemos órdenes estrictas del Patriarca. No podemos dejaros solas. Si algo os pasara nosotros seríamos responsables y su ilustrísima ha dejado muy claro que os quiere a todas de vuelta intactas antes de la una.
Melita hizo un puchero tan forzado que Calíope casi se echó a reír.
—No le estoy pidiendo que se vayan, solo que nos dejen espacio. ¿Sabe lo bochornoso que sería para todos compartir ciertas conversaciones? O peor aún, ¿y si debemos...miccionar? —Melita pronunció la última palabra lo más bajo y suave que pudo.
El hombre puso los ojos en blanco.
—¿Ahora os hacéis las florecillas delicadas?
—Señor Ezio. Deberíamos respetar el deseo de las doncellas. No están acostumbradas a estar con hombres y preferiría no incomodarlas ni provocar su ira.
El que descubrieron se llamaba Ezio puso los brazos en jarra. Carlos se mantuvo firme incluso cuando su superior estaba claramente asesinándolo con la mirada. Terminó por arrojar las manos al aire, soltar un improperio y acercarse al tronco del árbol más cercano. Clavó su lanza en el suelo para después escupir, provocando un gesto de asco en las muchachas, y se dejó caer contra las raíces del haya.
—¡Bah, haced lo que queráis! —exclamó y se caló el casco para terminar de cubrirse los ojos.
Carlos exhaló, hundiendo los hombros.
—Estaremos aquí para lo que necesitéis, aun así, no os alejéis demasiado, por favor. De verdad que el Patriarca nos despellejará vivos si volvéis aunque sea con una picadura de abeja.
—Un poco extremo, ¿no?
—Supongo que eso dice de lo preciadas que sois para él—Carlos encogió un solo hombro y después se quedó pensativo, con el casco alzado hacia el manto de hojas que los cubrían, mechones rubios asomando bajo él—. Y bueno, para Athena, claro. Sí, será por eso.
—Dudo que Athena esté a favor de los despellejamientos y demás torturas—incidió Melita.
—El Gran Patriarca es el hombre más poderoso y sabio de todo el Santuario, representante máximo de nuestra diosa Athena, si esa es su forma de hacer justicia, que así sea.
Y con eso, Carlos se tumbó sobre la hierba con las manos cruzadas tras la cabeza.
Calíope aún intentaba procesar toda la conversación que acababa de tener lugar cuando Melita empezó a tirar de ella de vuelta, alejándola de ellos unos metros y acercándose a sus dos otras hermanas. En algún momento, Galena había sacado una vieja libreta con ilustraciones y anotaciones para ayudarla en su búsqueda. Palmeaba el tronco liso de una haya con un gesto de concentración, sus labios moviéndose a la velocidad de sus propios pensamientos. Melita y Calíope siguieron su camino y se adentraron un poco más, no sin antes gritar:
—¡Chicas, si necesitáis lo que sea, Callie y yo estamos buscando hongos aquí al lado!
Conociéndolas, ninguna de las dos le prestaron atención.
Caminaron hasta que solo se escuchó el piar de los pájaros y sus pasos sobre hierba y ramas caídas. Melita soltó su cesta de mala manera en el suelo junto a las raíces de un árbol, a los pies de Calíope, quien la observaba con las cejas fruncidas. Cogió la cinta roja trenzada que rodeaba su frente y con ella se echó hacia atrás los dos mechones de pelo que le llegaban hasta los pómulos, despejándose el rostro por completo.
Debería haberle sorprendido verle levantarse el chitón rojo hasta descubrir su pierna derecha, donde una tira de cuero sujetaba con firmeza una navaja contra su muslo, si no fuera porque llevaba viéndola hacerlo diez años. Cuando Melita deshizo el nudo, descubrió la hendidura que el cuero había hecho sobre su piel y la forma del mango contra su cadera. Si no fuera por la caída de la prenda y las capas que se le superponían habría sido imposible no darse cuenta de que había estado ahí.
De la tierra brotaban hongos gruesos y de sombreros marrones, los boletus que crecían alrededor del Refugio también y que, entre otros, Melita llevaba recolectando toda la vida.
Melita hincó una rodilla, y, con el brazo contrario, abrió la navaja con un golpe seco de muñeca.
Siendo ella una niña y Melita una adolescente la había asustado con ese gesto: ahora, le parecía lo más natural del mundo. Aquello podía parecer un proceso aburrido y mundano, pero para Calíope, que solo podía abandonar las instalaciones cuando era en compañía de su hermana mayor para asistirla, era un ritual sagrado, de ceremonia precisa e imperturbable. Sabía que no importaba cuantos años pasaran, ella seguiría admirando en silencio cada movimiento que hiciera.
Un rayo de sol se coló entre las hojas para llenar el filo plateado de destellos.
«A veces me recuerda a tus ojos», le había dicho mucho tiempo atrás.
Asiendo el mango de color marfil y colocando un pulgar en la parte roma del filo, Melita empezó a extraer los hongos.
—Algo raro sucede en el Santuario, Calíope—dijo, echando el primer boletus en la cesta.
La solemnidad de su voz provocó que un escalofrío le recorriera. La piel se le puso de gallina. Melita no era especialmente supersticiosa y solía confiar más en su propio instinto, si decía algo así, no estaba de broma.
Calíope se acuclilló junto a ella con las manos en las rodillas: comprobó que no estaba hecha para mantener el equilibrio en esa posición y terminó por sentarse sin más, acercándose las piernas al pecho.
—Yo también me siento… rara.
—No, no me refiero a eso. Todas las circunstancias que nos rodean son extrañas, sí, no podemos hacer otra cosa que convivir con esa inquietud por el momento. Sin embargo, lo que yo me refiero es a que… Va a pasar algo terrible, si es que no está sucediendo ya. Algo para lo que no estamos preparadas.
Melita continuó cortando. Un silencio pesado cayó entre ellas.
—Dionne te dijo que Arles no era como Shion, ¿cierto? ¿Que no nos quedáramos a solas con él?
Calíope asintió. Se abrazó a sí misma, sacudida por la mera mención de ese hombre.
—Solo Athena sabrá qué transpiraría entre ellos dos aquel día, pero Dionne no diría algo así sin motivo. Calíope, no sé si te has dado cuenta, pero creo que él…—Melita se apoyó sobre sus talones y hundió la navaja en la tierra con un bufido—. Maldita sea, para qué voy a andarme con rodeos: nos ve como hetairas. Para él somos sus damas de compañía, no doncellas de Athena.
La mirada de Calíope se abrió hasta mostrar el propio miedo que ella había sido incapaz de verbalizar, ese malestar que le provocaba estar junto a él. Oírlo al fin lo volvió algo tangible, no una locura suya, si no una horrible posibilidad para la que realmente no estaban preparadas. Habían sido educadas para temer a todos los hombres, su violencia, su lujuria, mas los santos de Athena y el Patriarca eran siempre excluidos de esta fórmula bajo el argumento de que abandonaban sus deseos para servir a la diosa, que ellos se comprometían, aunque no en un grado tan extremo como el de ellas, a preservar sus cuerpos lo más puro posibles. Los pintaban como seres en otro plano, de un honor intachable.
Y llegó Shion, dejándoles que le trenzaran la melena indomable, llevando los collares de flores que le hacían, asustándolas tanto como divirtiéndolas con su extraño sentido del humor. En definitiva, mostrándoles que el Patriarca era una figura de autoridad, digna de respeto, pero al fin al cabo un hombre de carne y hueso. Uno bueno. Si había alguien en cuyas manos podrían ponerse sin temer, debería ser él.
Debería.
Y llegó Arles, con su actitud antagónica, escogiendo a dedo a quién quería quedarse y a quien no, mostrando favoritismo por doncellas que claramente vivían por y para él y no para Athena, exhibiendo su poder a través de las mujeres que tenía a sus pies y que le servían exactamente lo que deseaba con solo levantar un dedo. El que iba a matar de cansancio al pintor, el que amenazaba con muertes horribles a sus soldados.
—Agnes no lo permitiría—dijo Calíope, su mirada desenfocada, perdida en la forma de los árboles más allá de ellas.
—Lleva permitiéndolo una década. No me digas que no es consciente de lo que está pasando, de la actitud que las mujeres a su cargo tienen, del trato que el Patriarca les da. Simplemente decide ignorarlo por el lugar que se ha procurado con ello: ya vimos cómo le restregó sus estúpidos títulos y responsabilidades a Dionne.
Si de alguien habría dicho ser incorruptible sería de Agnes, siempre atada a las reglas de otro milenio, estricta hasta el punto de la crueldad, juiciosa con aquello que se salía de su pequeño cuadrado. Le ardían tanto las palmas de las manos como los glúteos de recordar sus castigos por no hacer bien la cama, por no estudiar suficiente, por no comportarse como una señorita decente con tan solo nueve años.
—Es por lo del puesto de matriarca, ¿verdad? ¿Porque el maestro Shion decidió dárselo a Dionne y no a ella?
—Y gracias al cielo que lo hizo, imagínate lo que habría salido de allí. Pero eso no quita que Agnes viene de una larga línea de sangre de doncellas con un puesto casi asegurado como matriarca desde que nacen. ¿Qué mejor venganza que desentenderse de nosotras? —Melita se puso en pie, cogió su cesta y buscó con la mirada más hongos—. Así podrá decir: «contemplad la educación y los valores que Dionne inculca a nuestras doncellas, que tanto se han desviado del camino de la virtud. ¡Oh, si hubiera podido hacer el trabajo para el que estaba destinada!».
Se mantuvo en su lugar, ahora dándole la espalda a Melita, que por el sonido supuso seguía con la recolecta. ¿Cómo podía seguir siendo tan eficiente con todas esas preocupaciones encima, con todas esas incógnitas persiguiéndolas?
—Lo que me carcome es pensar en nuestra diosa Athena. Sé a ciencia cierta que ese hombre nos está ocultando algo, porque, vaya si es conveniente para él que Athena esté aislada del mundo. Dime si no qué sentido tiene hacernos peregrinar cuando ella no ve a absolutamente nadie que no sea él, si de verdad fuera para intentar que se abriera al mundo, nos habría permitido un intento de conversación o acercarnos a su estatua, aunque sea. Y esa reacción que tuvo cuando sentimos su cosmos… No parecía en absoluto contento ni preparado para ello.
—Nos quería para él—concluyó Calíope en un hilo de voz, tapándose la cara con las manos—. ¿Pero por qué nosotras? ¿Por qué descartar a Naida y Therasia? Con su poder tampoco le habría sido difícil conseguir todas las hetairas que deseara y que fueran discretas, bien es conocido su silencio.
—Dudo que la discreción sea su mayor preocupación. Voy a suponer que por mera funcionalidad le venimos mejor, hacemos de sirvientas y le entretenemos, además: no me digas que Thalía no es una prueba viviente de ello. ¿Qué significa si no ese trato que tiene con él, lo que te dijo sobre "ocupar su lugar"? Y por si fuera poco, las doncellas despertamos más morbo con toda la historia de la pureza y el compromiso con Athena.
Por supuesto. Sus virginidades. Su desconocimiento. Su miedo.
Les llegaban historias de doncellas incapaces de terminar sus años de servicio, sin dote, sin familia ni lugar al que ir. El nacimiento de un negocio tan terrible conocido como la venta de la primera sangre, gente que pagaba precios desorbitados por una primera experiencia sexual con la que alguna vez fue una doncella de Athena, quien ganaba suficiente como para poder empezar su vida lejos de todo.
Las náuseas le regresaron dejando un gusto ácido en su paladar. De haber tenido algo en el estómago lo habría vomitado allí mismo, sobre la hierba fresca y las margaritas blancas.
—Athena es solo una niña, Callie, una a la que con mucha facilidad han podido convencer de que todo el mundo es su enemigo a excepción del Patriarca—la voz de Melita se suavizó, pesarosa—. Sabemos cuánto daño puede hacer el miedo y la soledad a alguien tan pequeño, pero también cuanto necesitan que alguien les tienda la mano.
Calíope observó el laberinto de árboles y buscó la silueta lejana de Galena, los recuerdos quemando su pecho, amenazando con llenarle los ojos de lágrimas: la imagen de la niña consumida por el hambre y la violencia desfallecida entre los brazos de una de las matronas del Refugio, sus ojos ensombrecidos por el pánico cuando cualquiera de ellas intentaba acercársele, las palabras que no brotaron de su garganta hasta muchos años después.
—Tenemos que ayudar a Athena cueste lo que cueste, ya no por cumplir nuestros deberes, si no por salvar a la niña que cayó en las garras de un malvado.
Se levantó, sintiendo que las pocas fuerzas que pudiera tener en las piernas la abandonaban, sacudió los restos de tierra de su ropa y avanzó hacia la espalda de Melita, sus nudillos palidecidos por la fuerza con la que agarraba la navaja. Cayó tras ella y rodeó su cintura con sus brazos; la apretó contra su pecho mientras apoyaba la mejilla contra su cabello de oro, aspirando su olor a esencia de vainilla, cálido y reconfortante como lo llevaba siendo toda la vida, y así le suplicó:
—Por favor, por favor, no cometas ninguna locura. ¿Qué vamos a hacer cuatro simples doncellas contra un hombre como el Patriarca? ¿Y si… y si nos equivocamos?
Melita relajó un poco las manos. Agachó la cabeza y tomó aire.
—Necesitaba hacer lo de ayer para comprobar si mi pálpito podía estar equivocado, pero… Calíope. Ya has visto cómo se comporta. Comprendo que estés asustada. Dios, ¿no crees que yo estoy aterrorizada?
—Eres la persona más estúpidamente valiente que conozco, cuanto más asustada estás, más corres de cabeza al peligro. Eso es lo que me preocupa.
Calíope encontró algo de alivio en la risa de su hermana contra su cuerpo, de su mano curtida por las horas pasadas en la cocina o limpiando contra la suya.
—Escúchame antes de hacer acusaciones. Tengo un plan.
—Sigue sonándome igual de terrible que ayer cuando no sabía nada.
—¡Lo digo en serio! —Melita se retorció intentando hacerla caer, pero Calíope le llevaba ventaja y no se movió—. No estaremos solas ni haré nada hasta que no esté segura, de que es necesario y de que va a salir bien. Voy a hacer que los caballeros de oro nos ayuden.
Melita giró el torso para mirarla con una pequeña sonrisita victoriosa. Calíope se echó hacia atrás, el rostro pintado por la desconfianza, una arruga en su ceño y el labio torcido. Al verla, Melita resopló.
—¿A qué viene esa cara de haber chupado un limón? ¿No me crees?
—Viene a que no tienen ningún motivo ni para ayudarnos ni para creernos. Mel, todo lo que tenemos son conjeturas, percepciones propias y algo que no llega a premonición.
—¡Tenemos a Aioria!
Calíope parpadeó con incredulidad.
—¿Aioria? ¿Acaso el pobre muchacho no tiene suficiente con llevar consigo las consecuencias de la traición de su hermano? Y, aunque él nos apoyara, seguiría siendo un solo caballero y cuatro idiotas contra todo el mundo.
—Por eso voy a intentar acercarme al caballero de Capricornio para que colabore también. Él salvó a Athena de bebé, y por algo se le llamará el más leal a la diosa, ¿no? —Calíope separó los labios para quejarse de nuevo, pero Melita fue más rápida y le tapó la boca—. Y si tenemos suerte, conseguiremos que Afrodita se una a través de Anthea.
Frunció el ceño aún más.
—Y tú—dijo Melita, liberando sus labios para tomarle el rostro con ambas manos—. Necesito que tantees al Patriarca.
Calíope le cogió de las muñecas, sacudiendo vigorosamente la cabeza. «Tantear», ¿eso qué demonios significaba?
—Ni hablar.
—Callie, mírame. ¿Crees que no lo haría yo? Tú misma lo has dicho, tengo la sangre demasiado caliente. Eres la única capaz de conversar con él sin perder los estribos. Carezco por completo de tu diplomacia, por eso me sorprende lo que te pasó ayer con Thalía.
—Yo tampoco entiendo lo que me sucedió, me sentí ofendida por su broma sobre nosotras, pero fue como… Como si llevase toda la vida odiándola. Aun así, sigo diciendo que no puedes pedirme que saque nada de él, sabes lo terrible que soy mintiendo y—
Un grito femenino rasgó el aire.
La burbuja entre ambas estalló. Cuando el sonido aún retumbaba en los oídos de Calíope, Melita ya estaba de pie y corriendo hacia el claro.
Se tropezó con sus propios pies y con el chitón al intentar levantarse; los latidos acelerados de su corazón y las pulsaciones marcadas en su cuello creaban una hermosa percusión del pánico. Mientras corría maldijo sus piernas cortas, el peso de sus pechos, el espesor de la melena recogida en una trenza que le llegaba hasta la cintura, cada gramo de su propio cuerpo que le restaban velocidad y agilidad para llegar hasta sus hermanas.
En el camino se encontró a Galena, aún más pálida de lo que ya era, clavada en la tierra como si fuera un árbol más y temblando como las hojas que lo poblaban. Algo viscoso manchaba sus dedos largos y delgados.
—¡Lena! ¿Qué ha pasado? ¿Has gritado tú?
Galena agitó la cabeza en silencio. Tenía los ojos muy abiertos y no parpadeaba.
Entonces fue Anthea.
Dentro de Calíope colisionaron dos impulsos: el de seguir corriendo y el de detenerse a cuidar de su muy obviamente aterrorizada hermana. Terminó por encontrar un término medio y frenó en seco, su respiración agitada, y tomó a Galena por los hombros.
—No te preocupes. Seguro que Anthea se ha cortado con algo de lo distraída que está pensando en Afrodita, ya sabes lo dramática que es.
Galena no pareció especialmente convencida. La comprendía, por mucho que quisiera tranquilizarla, las palabras endulzadas abandonaban sus labios mientras en sus ojos seguía la amargura del desasosiego. La voz le temblaba tanto como las manos, por si no tenía suficiente.
—Tienes que venir conmigo. Puede que necesitemos tu mano bendita de sanadora.
La morena terminó por asentir con tanta suavidad que apenas llegó a verlo. A Calíope le dolían las mejillas de la falsedad de su sonrisa.
—Venga, vamos.
Entrelazaron sus manos y Calíope consiguió arrancar a Galena de su sitio, cada latido un nuevo golpe de tambor en sus oídos, la ansiedad creciendo con cada pequeño y lento paso que daban.
Por favor, Athena, si puedes escucharme, que estén bien.
Conforme avanzaron aparecieron voces, femeninas y masculinas, más gritos, lo que parecían golpes. Las dos temblaban cada vez más.
Los encontraron a las orillas del lago rodeado por narcisos: Carlos tenía sujeta a Melita por la cintura, quien forcejeaba echándose hacia delante, sus manos estiradas en forma de garras.
—¡Suéltame! ¡Voy a matar a ese desgraciado, e—ese pervertido!
—¡S—señorita, no puede insultar así a un caballero de plata! —le suplicó Carlos, su casco medio descolgado y la voz ahogada por el esfuerzo.
Melita parecía un animal rabioso, mostrando los colmillos y con los ojos desorbitados, dispuesta a atacar a quien se le pusiera delante.
—¡Me importa una mierda lo que sea!
Galena y Calíope abrieron tanto los ojos como las bocas. Era la primera vez que escuchaban una palabra malsonante de ese calibre, más saliendo de la boca de Melita. Podría haberse detenido a cuestionar dónde la habría aprendido, mas prefirió empezar por la parte de «caballero de plata».
A la derecha, más cerca del agua, Anthea se frotaba las cejas. Parecía estar intentando peinárselas. A su lado estaba el otro soldado, Ezio, con los brazos en cruz, uno apuntando a Anthea y el otro a un hombre, más bien un muchacho, vestido con ropa de entrenamiento rojiza y armadura ligera de cuero.
Bien podría pasar por otro soldado raso así vestido, pero todo apuntaba a que él era el mencionado santo.
Se sujetaba la mejilla con una mano cubierta por un guante sin dedos, su mirada verdosa amplia y plagada de confusión.
—¡Calíope! ¡Ve y mátalo tú por mí! —chilló Melita una vez se dio cuenta de que estaban ahí.
El muchacho alzó las cejas y se encogió un poco más ante tal exclamación. Calíope paseó su mirada de la colérica Melita a él, que retrocedió un paso cuando sus ojos se cruzaron.
Calíope soltó la mano de Galena y avanzó a zancadas tan largas como le era posible hasta Anthea sin perder el contacto visual: él siguió su movimiento atentamente y cuando ella pasó su atención a la muchacha terminó por agachar la vista.
—¿Estás bien?
Anthea tenía el rostro enrojecido, no sabía si por vergüenza o por ira.
—Tan bien como pueda estar, sí—le contestó, su tono sin dejar duda a que efectivamente estaba enfadada.
—¿Me explicas qué ha pasado antes de que haya un baño de sangre?
Ella resopló.
—Estaba tan tranquila con mis flores cuando de repente aparece ese… ¡ese señor extraño! —apuntó enérgicamente al caballero–. Haciendo gestos confusos y escribiendo en el suelo, no entendía qué quería de mí, ¡y entonces va y se me abalanza y empieza a toquetearme las cejas! Y yo grité para que me dejara en paz y los soldados me lo quitaron de encima, pero apareció Melita y ¡pum! le dio un buen gancho de derecha en toda la mandíbula—
—Vale, vale, respira, que te ahogas.
Anthea había estado narrando su historia sin una pausa, gesticulando de forma exagerada y alzando la voz cada vez más. Calíope aprovechó el momento en el que inhaló profundamente para pasarle los pulgares por las cejas para atusárselas. Anthea cerró los ojos y se inclinó hacia su tacto gentil.
—¡Lo que yo digo, un pervertido! —acusó de nuevo Melita, aún en el cada vez más débil agarre de Carlos.
Le resultaba difícil creer que toda esa trifulca se hubiera formado por unas cejas despeinadas, y más extraño era que él no se pronunciase al respecto. Melita pegaba fuerte, pero tanto como para hacerle daño a un caballero de plata…
—Tú—dijo Calíope, mirándolo de nuevo—. ¿No tienes nada que alegar?
Él frunció el ceño. Levantó el palo que sostenía en su mano izquierda y señaló con él a la tierra, acompañando su gesto con un movimiento de cabeza.
—El chico es mudo.
Todas miraron en dirección a Ezio y después al muchacho detrás.
—¿Y lo dice ahora? —inquirió Calíope, encarándolo.
El hombre bajó los brazos y suspiró.
—A estas alturas es tan natural para nosotros que supongo que no se me pasó que no pudierais saberlo—dejó caer los hombros y se hizo a un lado—. Este es Saiph, caballero de plata de Orión. Saiph, estas son las nuevas doncellas de Athena.
Saiph hinchó el pecho, cerró los ojos y se colocó las manos en las caderas. Les apartó la cara con un mohín y las mejillas infladas.
Calíope alzó las cejas ante su gesto infantil. De fondo, Melita seguía gritando. Anthea volvió el rostro también y se cruzó de brazos, soltando un «¡hmpf!» que pretendía sonar indignado.
Galena fue la que se acercó, retorciéndose las manos, más tranquila tras ver la realidad del panorama.
—Hola, Saiph. Yo me llamo Galena. ¿Sabes lenguaje de signos? Creo que ha debido de haber algún malentendido y querríamos saber tu versión.
Observó a su hermana, asombrada por su temple y la delicadeza con la que se dirigió a él. Saiph entreabrió solo un ojo para mirarla. Galena le repitió la pregunta acompañándola de gestos fluidos, signando con lentitud palabra por palabra. Saiph negó con la cabeza. Galena suspiró.
—Explícamelo como puedas entonces.
Saiph relajó los hombros un poco y volvió a resoplar. Utilizó el palo para señalar a Anthea y la otra mano para tocar sus propias cejas, después formó dos circulitos con los dedos índice y pulgar y los colocó sobre ellas. No encontró comprensión en sus miradas, así que volvió a usar el palo para dibujar en la tierra.
Calíope y Galena ladearon las cabezas para intentar leer lo que ponía.
—Ja… ¿Jamir? —pronunció Galena, primero con una jota con fuerza y la segunda más suave, como una elle—. ¿Qué es eso?
Saiph repitió la cadena de gestos. Anthea, cejas, círculos. Jamir.
Calíope repitió las palabras también en su cabeza.
Sus ojos se abrieron de golpe y un jadeo se le escapó.
—Era el país natal del Maestro Shion. Creo que está en el… ¿Tíbet? Oh. Creo que ya sé que ha pasado—Calíope se tapó los labios con la mano—. ¿Creías que Anthea era de Jamir, por sus cejas?
Saiph chasqueó los dedos, asintiendo vigorosamente. Calíope agitó la cabeza, dejando que la mano descansara sobre su pecho, sobre el corazón que se calmaba poco a poco mientras la realidad se asentaba en él.
—Espera, ¿de qué hablas? —preguntó la perjudicada.
Melita se había quedado callada con lo que ahora parecía una arruga permanente en su frente.
Nunca pensó que aquella conversación estúpida con Shion fuera a serle de importancia algún día, mucho menos que fuera capaz de recordarla quince años después para esa situación.
—Señor Shion, ¿qué le pasa en sus cejas?
Una pequeña Calíope señaló con sus manos regordetas la frente del Gran Patriarca, que alzó las comisuras de los labios en una pequeña sonrisa. Se tocó con la yema de los dedos los dos puntos morados sobre las espinelas que parecían sus ojos.
—¿Te refieres a mis magníficos lunares, pequeña?
Calíope arrugó su naricita.
—¿Cómo van a ser eso lunares? ¡Ahí tiene que haber pelo! Dionne nos lo dijo, es para que no te entren cosas en los ojos.
Shion se echó a reír y se agachó para que ella pudiera alcanzarlo. Cuando las acarició comprobó que, efectivamente, eran suaves, de una textura ligeramente distinta a la de su piel.
—¿Y por qué usted tiene lunares y yo no?
—Porque están reservados para los que nacimos en Jamir. Son nuestro orgullo.
El Gran Patriarca le contó que su pueblo se encontraba escondido en las alturas del Tíbet, en Asia, rozando las nubes, una civilización que llevaba luchando por la supervivencia desde hacía siglos.
—Son bonitos—terminó por concederle ella—. Pero no le protegen.
—Puede ser, sí…
Un destello malicioso cruzó sus ojos rosados. A Calíope no le dio tiempo a huir antes de que Shion atacara sin piedad sus pobladas cejas, despeinándolas en todas direcciones. Calíope chilló, suplicó piedad, intentó fugarse: Shion no paró hasta que ella se echó a llorar de la frustración.
—¿Ves? A mí no puedes hacerme eso—le provocó él.
Dionne apareció atraída por el alboroto justo cuando Calíope le propinaba un manotazo en el tabique de la nariz al Gran Patriarca al grito de "¡Te odio, Patriarca malo, muy malo!".
Tras compartirles la anécdota, Saiph se unió a Calíope con una risa silenciosa, sacudiendo los hombros. Anthea se tocó preocupada la cara.
—¿En serio mis cejas parecen lunares…?
Eran pequeñas, rosadas y redondeadas. De lejos podrían fácilmente confundirse con círculos.
—Sigues sin darme motivos para que no te mate—exclamó Melita desde el otro lado, aun sonando amenazante en su nueva tranquilidad—. Que la hayas confundido con alguien de ese lugar no excusa que te abalanzaras sobre ella.
Los ojos de Saiph se apagaron. Agachó la vista, y junto a la palabra que escribió antes trazó una seguidilla de frases.
«Aquí no había nadie de Jamir además de Mu y Shion. Ninguno está ya. Creí que tú podrías ayudarme».
Galena leyó en voz alta su mensaje. Saiph revolvió la tierra para borrarlo y continuó.
«Me emocioné mucho al encontrarte. Supongo que perdón».
Él les volvió la cara de nuevo, revolviéndose el pelo con los dedos. Un leve rubor tintaba sus mejillas.
—¿Supongo? ¿Cómo que—?
Calíope le dio un codazo a Anthea en el antebrazo. Protestó, se frotó la zona del impacto y murmuró entre dientes, enfurruñada.
—Aceptamos tus disculpas, Saiph. Pido perdón en nombre de mi hermana por lo del puñetazo también. ¿Te duele mucho?
Saiph frunció los labios, bajando sus dedos del pelo a su mandíbula, que relajó y movió comprobando que todo estaba en su sitio. Alzó un hombro sin más.
«¿Vuestra hermana no es un caballero? Pega como uno».
Las tres se echaron a reír. Melita se puso colorada hasta las orejas.
—Puedo prepararte algo para la hinchazón y los morados si quieres—se ofreció Galena, sonriendo un poco.
Los soldados, con el ambiente ya calmado, dejaron de estar en guardia. Melita se zafó de Carlos para unirse a sus hermanas, girando su muñeca y soplándose los nudillos. Dejó la mano laxa y se la puso casi en la cara a Galena haciendo un puchero.
—¿Y las curitas para mí?
Galena tocó con cuidado su mano y, aun así, Melita dio un repullo, siseando de dolor. Tenía los nudillos ensangrentados. Saiph se inclinó para mirarla también y para sorpresa de las tres, le sacó la lengua en un gesto burlón.
«Eso te pasa por pegarle a un caballero de plata», pareció decirle.
—Disculpadlo, lo de la educación le entró por un oído y le salió por el otro de tal manera que a veces cuestiono si no era sordo además de mudo—les dijo Ezio, blandiendo su lanza de nuevo—. Saiph, ¿qué crees que diría tu maestro Kairos si te hubiera visto provocando estas reyertas con unas doncellas?
Se dieron cuenta de la familiaridad en su forma de hablarle, cómo su mal humor y hostilidad hacia ellas desaparecía para convertirse en una regañina casi afectuosa. Saiph se dio media vuelta tan pronto como el nombre de Kairos fue mencionado, pero en las líneas de sus músculos se adivinaba la tensión. Girado, notaron que llevaba colgado un carcaj con flechas de plumas blancas y un elegante arco de madera con un grabado de luna llena en su empuñadura.
—¿Estabas cazando por aquí? —le preguntó Melita.
—Saiph es el guardián del bosque y reside en él—explicó Ezio en su lugar—. ¿Patrullabas cuando viste a la señorita?
Oh, ahora de repente era la señorita.
El caballero de Oriónno le respondió. Lo tomaron como un sí.
—Sentimos haber interrumpido tus tareas—Calíope continuó—. Nosotras vinimos a recolectar setas y frutos para cocinar, esperamos no estar alterando la flora del bosque con nuestra visita.
El muchacho las miró por encima del hombro con repentino interés y se humedeció los labios.
Calíope leyó el hambre en el brillo de sus ojos, la soledad en las palabras marcadas en la tierra y que las flores terminarían borrando.
—¿Qué te parece si hacemos las paces con la cena? Esta noche celebraremos la finalización del retrato del Gran Patriarca y habrá sopa y tarta, entre otras cosas. Pásate a las nueve y te daremos cuanto quieras, Melita siempre cocina de más.
Las jóvenes facciones de Saiph se iluminaron. Descruzó los brazos y se dio la vuelta, haciendo como si sujetara algo en el aire y lo balancease, una pregunta silenciosa. Cuando vio que ninguno lo entendió apuntó a la cesta llena de flores que había en el suelo, cogió la rama y escribió.
«¿No traéis nada más para recoger? ¿Dónde estáis buscando?».
—Oh, nosotras hemos dejado nuestras cestas atrás al oír el grito—Calíope le indicó la zona de la que ellas tres habían venido—. Creo que tenemos lo que necesitamos, ¿no?
Se dio media vuelta hacia Melita con una ceja alzada. La mayor miró a Calíope, después a Saiph y por último el camino hacia las hayas.
—Solo me faltan las moras para la tarta y estamos listas.
—Yo también conseguí lo que quería—intervino Galena, mirándose las manos todavía pegajosas por la savia de la corteza de las hayas. Pasó de largo de ellos y se inclinó sobre el lago para lavárselas.
—Si eres el guardián de este lugar, sabrás donde están los frutos del bosque—Melita se dirigió a él con un suspiro derrotado.
Saiph le contempló fijamente con los ojos entrecerrados y tras unos segundos comenzó a trotar hacia donde le habían señalado. Melita iba a protestar por haberla ignorado, mas Saiph se detuvo a medio camino y les indicó con el brazo que le siguieran: ellas obedecieron, mas Melita y Anthea protestaron hasta el final.
Estuvieron una hora más en el bosque y cargaron la cesta de Calíope con moras, arándanos y frutos rojos, y Melita descubrió un par de especies de hongos comestibles más gracias a Saiph. El muchacho le mostró a Galena las plantas que él llevaba utilizando para sus propios mejunjes durante años y Ezio añadió que Saiph preferiría morir a ser llevado a una unidad médica del Santuario. Les preguntó sus nombres y ellas se lo escribieron en la tierra.
Saiph las vio marchar, agitando la mano en el aire mientras se despedían, su figura terminando devorada por los árboles conforme más se alejaban.
Cuando volvieron al inicio de las Doce Casas el rumor de los entrenamientos no era tanto. Las cuatro se quedaron plantadas en la entrada al templo de Aries, alzando sus cabezas para seguir el recorrido de escaleras, piedra y columnas hasta lo más alto del Santuario, tapado por el sol y las nubes. Tomaron aire, maldiciendo para sus adentros.
Al atravesar Aries, Calíope pensó en lo que Saiph había dicho: ni Shion y ni Mu, que solo conocían por boca del fallecido Gran Patriarca como su aprendiz y santo de Aries, estaban ya. Para llevar abandonado una década el templo se mantenía limpio y no daba tanto el aspecto de abandonado como el de Libra o Sagitario, llenos de grietas, polvo y telarañas. Se dio cuenta de las velas a medio quemar en los candiles, la manta doblada sobre uno de los bancos de la entrada, lo ligeros rastros de tierra sobre su suelo que se desviaban del camino que un transeúnte común tomaría.
La soledad que le transmitía era distinta a la de Sagitario o Géminis.
Era la de las noches mirando una puerta que nunca se cerraba, esperando a que alguien apareciera. Era no dejar que el polvo y el olvido reclamaran ese templo, de encender una única luz en medio de la oscuridad que dijera «yo sí sigo aquí».
Era buscar los rasgos de un rostro que ya no estaba entre los de otros.
Este capítulo originalmente tenía una longitud de 12 000 palabras, pero he decidido dividirlo en dos para que no se hiciera pesado y poder desarrollar ciertos aspectos de la segunda mitad que creo que lo necesitan. También recorté una escena con Camus en Siberia a raíz del chiste de Melita pero vi fuera de lugar esa perspectiva, pero podréis encontrarla en mis redes sociales si tenéis curiosidad. Os recomiendo que escuchéis la canción que menciono al principio ya que fue una gran inspiración para este capítulo y de por sí es hermosa.
Conocemos a un nuevo personaje, el caballero de Orión, Saiph, que es el bebé de Mischievous Whisper y en cuya historia está trabajando. Tengo el honor de poder presentarlo aquí y darle un lugar en la trama que espero os guste. ¡Proximamente publicaré su ficha de personaje para que podáis conocerlo mejor!
La poca sutileza y el ansia de poder de Arles lo está delatando, y las doncellas ya sospechan de él... ¿En qué consistirá el plan de Melita? ¿Es buena idea meter en él a Shura de Capricornio y Afrodita de Piscis? ¿Será necesario usarlo? ¿Podrá cumplir Calíope con su parte de él? ¿Qué tal les irá la cena con Saiph de invitado...?
Habrá que seguir leyendo para descubrirlo. Muchas gracias a todos los que leeis, dejais fav y follow, y como siempre, los comentarios son bienvenidos. ¡Hasta el próximo capítulo!
