Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi.
What If…
Chapter 6: Visita
La joven princesa resplandecía vestida con sus mejores prendas, el joven esposo era muy apuesto, dejaba ver que era la mejor carta de la familia. Kikyo estaba rodeada de gente, sonriendo, conversando animadamente, felicitando a los novios por su compromiso.
Él, no dejaba de gruñir, había demasiado cotilleo, demasiados olores y demasiadas miradas curiosas hacia él; cuando Kikyo estaba cerca, lo trataban de una manera decente, pero cuando ésta se alejaba, como ahora, él era ignorado totalmente; suspiró, eso jamás cambiaría, Kikyo era una figura demasiado sagrada para estar al lado de un hanyou como él. Solo en la aldea con sus amigos, y los aldeanos que habían aprendido a conocerlo y respetarlo se sentía a gusto.
Miró a un pequeño grupo de jóvenes varones que platicaban entre ruidosas carcajadas, el hanyou ya estaba harto de ellos y de sus comentarios desvergonzados que sus finas orejas le permitían oír.
- Menuda suerte tiene Tomaru - habló uno refiriéndose al novio.
- Y pensar que hoy es su noche de bodas, ya quisiera yo haberme casado con una mujer tan hermosa.
- Aún podrías tener suerte, en las bodas siempre hay más de una doncella deseosa de encontrar afecto.
Ya bastante ebrios no disimulaban ni un poco su asquerosa plática. El hanyou gruñó, había huido de las parlanchinas y chillonas conversaciones de las mujeres, y ahora se encontraba con esos hombres que eran peores que Miroku.
Si un solo Miroku era demasiado, esos tres eran el colmo. Aunque nunca presenció comentarios tan cínicos de su compañero monje. Escuchar esa desvergonzada plática le incomodaba demasiado y escucharlos hablar tan, específicamente de los cuerpos de las mujeres tan abiertamente le traían ciertos recuerdos vergonzosos. Tragó despacio, últimamente había estado soñando con la miko del futuro, no era que se avergonzara de ello, sino fuera por el contexto recurrente de esos sueños, en donde la veía vestida con su haori, como hacía un tiempo había tenido que usarlo en la montaña del ermitaño Tokajin, dejando al descubierto sus largas y torneadas piernas… sacudió la cabeza hacia los lados, sentía el rostro caliente, de seguro estaba sonrojado. Y ese no había el más desvergonzado de sus sueños si quiera.
Kami, era un hombre después de todo. Pero nunca había pensado de una manera tan vil y sucia como esos hombres hacían, él recordaba a Kagome, y a sus acciones dulces y gentiles, sólo que su subconsciente solía traicionarle de vez en cuando.
Un comentario del más alto del grupo lo puso alerta. ¿Qué insinuaba cuando animaba a su compañero a acercarse a la hermosa miko?
Gruñó, menudos bastardos, no podían si quiera respetar a una figura sagrada. Miró a Kikyo, si es cierto que era hermosa, muy hermosa, más con esa dulce sonrisa que bailaba en su rostro tan a menudo últimamente, también había visto muchas veces antes, las formas que dibujaba su corto Kosode cuando se bañaba, pero era una miko, una figura sagrada, no debía ni siquiera pensar en ella de otra forma. Tampoco recordaba haberlo hecho antes.
En ese momento sintió sus mejillas arder, Kagome también era una miko… ¿por qué con ella era diferente? ¿Por qué con ella todo era diferente?
- Bueno, es hora de irme - Mencionó la chica del futuro, levantándose de su lugar junto a sus compañeros.
- Fue un gusto verla de nuevo señorita.
- Kagome-chan, no dudes en volver.
La joven pelinegra miró a sus amigos atentamente, el ligeramente abultado vientre de Sango le transmitía paz, la exterminadora se encontraba sentada junto al fuego mientras Miroku le acariciaba el hombro con cariño. Era una lástima que ya tuviera que irse, hacía bastante tiempo que se había hecho de noche, se despidió de ellos prometiendo regresar, pasó por la cabaña de la anciana Kaede en su camino al pozo, ya la había visitado también, ese día había platicado con todo el mundo haciendo tiempo, por si él regresaba.
Kaede le había explicado que Inuyasha había acompañado a Kikyo a un pueblo alejado para oficiar una ceremonia. Era poco probable que regresaran ese día, pero ella había esperado pacientemente, viendo con sutileza la puerta cuando esta se abría, siempre esperando a que él apareciera, para volver a ver esos ojos dorados...
Sí que tenía mala suerte, justo el día que decidía cruzar él no estaba.
Suspiró. Tal vez era mejor, tal vez verlo acaramelado con su amada Kikyo hubiera roto lo poco que le quedaba de corazón… pero aun así, deseaba verlo.
Tal vez en su próxima visita, aunque tendría que dejar pasar un tiempo, no quería ser una molestia para nadie, y menos para él.
Al llegar al pozo giró sobre sí misma para escudriñar los árboles, un último dejo de esperanza… nada. Saltó dentro del pozo dejando su corazón en ese lugar, esperándolo.
Gruñó, el olor a sake estaba bastante presente en el aire, era tarde, ya todos los invitados se habían marchado, la joven pareja de recien casados habían subido a su habitación en el palacio, y ellos se encontraban en una de las habitaciones para huéspedes. Él y Kikyo.
Tenía tiempo desde que la miko se había dormido, y él, con la espalda contra la pared al otro lado de la habitación, no podía conciliar el sueño, no con ese hedor a sake a su alrededor. Durante el resto de la boda, ese suave pero persistente olor lo había mantenido en un estado de somnolencia, y no quería sucumbir tan fácil al sueño, debía permanecer alerta.
Kikyo había mencionado lo hermosa que había sido la ceremonia.
- Realmente son el uno para el otro - había comentado Kikyo acercándose a él, acabada la ceremonia.
- Mmm
- Hace un tiempo, nunca me hubiera permitido soñar con un momento así -suspiró la sacerdotisa, más para sí misma que esperando una respuesta - Y ¿Qué hay de ti, Inuyasha?
El hanyou meditó al ver a la pareja radiante de felicidad mientras la novia no dejaba de sonreír. Una vez el rito se había dado por terminado, la novia había empezado a llorar de felicidad.
¡Keh! Esas actitudes le habían recordado a Kagome, la dulce miko era siempre un desborde de sentimientos en situaciones así. No le cabía duda, Kagome también lloraría en su ceremonia nupcial.
El hanyou se revolvió incómodo abrazando a Tessaiga mientras fruncía el ceño. Le resultaba tan estúpido que su decisión fuera tan clara ahora que ella se había ido, ahora que Kagome ya no estaba presente solo le quedaba soñar. Fantaseaba y una sonrisa aparecía en sus labios, una sonrisa resignada a no cumplir ese sueño jamás.
No es más que una absurda fantasía, idiota.
Era consciente de que él había abandonado cualquier derecho sobre ella, jamás podría reclamarla. Debía resignarse a no estar más a su lado, a no convertirse en su fiel compañero, a no marcar su dulce cuerpo, a no poder exigirle a cualquier hombre que se alejara de ella…
Y se congeló. No podía reclamarle a ningún hombre. Kagome, ¿Cuánto tiempo tenía de no haberla visto? Meses. ¿Cuántos meses? ¿3? ¿4? Bastante tiempo, y Kagome era muy hermosa… Era un iluso si creía que en todo ese tiempo nadie se había fijado en ella, él era consciente al viajar juntos de las miradas que los hombres solían dedicarle a ella, al ser cautivados por su sonrisa. ¿Y si ella se había fijado en alguien? ¿Y si se había enamorado? Y… ¿si lo había olvidado?
Se irguió y cerró los ojos con fuerza. No, su dulce miko no lo olvidaría tan fácilmente. Pero ella creía que él estaba felizmente con Kikyo, recordó su tristeza, ¡maldición!, en ese estado cualquier estúpido pudo haberse acercado a "consolarla", mintiéndole y haciéndole creer en mentiras.
¿Y si se había entregado a alguien? Imagino a Kagome vulnerable, y a algún idiota como los de la fiesta acercándose con sucias intenciones. Imagino su hermoso cuerpo siendo ultrajado por uno de esos malditos, que no verían en ella lo que él si veía, que solo desearían su cuerpo. Gruñó. No, su Kagome no caería ante un idiota así… ¿verdad?
La duda, la rabia y los celos, rondaban su mente, nublándola de imágenes exageradas de lo que podría sucederle a Kagome sin él para protegerla, sus gruñidos eran cada vez más fuertes.
- ¿Inuyasha?
Abrió los ojos y volteó a ver a la miko a un costado de él, seguramente la había despertado.
- No ocurre nada, vuelve a dormir.
Kikyo permaneció en silencio unos segundos, y terminó por incorporarse. La manta que la cubría cayó hacía un lado, solo estaba vestida con su kosode blanco desarreglado que cubría hasta cierta parte del muslo.
Inuyasha desvió la mirada avergonzado. Sintió su rostro calentarse.
- —
Lo miró sonrojarse y ella misma sentía un ligero ardor en sus mejillas, era el momento, después esa primera vez en el río, Inuyasha no la había vuelto a besar, ni siquiera hacía el intento de acercársele. Y ella deseaba ese contacto, con su nuevo cuerpo sentía la necesidad de aprovecharlo, de usar su recién recuperado calor para estar con el hombre que amaba.
¿Y que si era un hanyou?, eso ya no le importaba, no cuando en el pasado el haberle importado le había hecho perderlo, pero ahora estaban aquí, en una habitación solos, y ella se sentía más como una mujer que como una miko en esos momentos, deseando lo que cualquier otra mujer desearía.
El cuerpo de Inuyasha le pertenecía, pero… ahora deseaba que le perteneciera de otra forma.
Lentamente se acercó al hanyou que seguía sin mirarla.
- —
Con la vista fija en la pared, esperaba el siguiente movimiento de Kikyo. Probablemente fuera a salir de la habitación, se sorprendió mucho al escucharla acercarse a él y casi dio un brinco cuando sintió su mano acariciando su cuello.
Abrió los ojos para verla y se sorprendió al encontrarla demasiado cerca, la mirada de la miko era oscurecida y determinada, pero su rostro seguía tan sereno como siempre. En cambio él podía sentir el calor de sus mejillas crecer.
- ¿Qué sucede Kikyo?
- Inuyasha…
Un murmullo en respuesta, mientras la miko acortaba aún más la distancia, inclinándose a sus labios, Inuyasha se encontraba paralizado, nunca pensó encontrarse en aquella situación. Kikyo no era así, y jamás hubiera creído que fuera tan atrevida. ¡Por Kami! ¡Estaban los dos solos en aquella habitación!
Sintió sus ahora cálidos labios tocarle, y el nervio creció dentro de él, algo le decía que la miko no pararía en un simple beso, y no se equivocó. Kikyo abrió su boca exigiéndole más, él torpemente respondía, dudando si debía hacerlo, era cierto que había decidido permanecer junto a Kikyo, pero creyó mantendrían su relación como había sido en un inicio hacía antaño, su lealtad hacía ella sería incuestionable y sería su protector, pero nada más. Además se sentía repugnante por hacer tales cosas cuando aún el recuerdo de Kagome permanecía tatuado en su mente.
Sus orejas dieron un tirón al escuchar en Kikyo algo muy impropio de una miko, un gemido, seguido de la introducción de su lengua dentro de su boca.
¡Esto se está saliendo de control!
Kikyo ahora acariciaba su pecho, era inútil, por más que quisiera corresponder a ese tacto tan íntimo, no sentía más que confusión y duda, el cuerpo de Kikyo comenzó a oler levemente a excitación y eso le alarmó más, cuanto tardaría ella en notar que él no correspondía a su pasión, ¡Kami si la besaba con los ojos aún abiertos!, los cerró al instante, sintiéndose grosero por no haberlo hecho antes, ¿Por qué? ¿Por qué no podía corresponderle? Haría todo más fácil…
Una de las manos de la miko se había colado entre sus kosodes, acariciándole la piel, fue la señal, él la separó sonrojado, ella lo miraba jadeando…
- Escucha Kikyo-
- ¡Señorita Kikyo unos bandidos atacan el castillo!
Se sorprendió de sobremanera al ver en la puerta a Kikyo con su carcaj y flechas antes de que el aldeano entrara a la habitación y los encontrara en esa penosa situación. La miko le dedicó una mirada impasible antes de salir a cumplir con el resto de sus deberes. Permaneció unos segundos más en el suelo, muy confundido, antes de seguirla al enfrentamiento.
No estaba seguro de cómo, pero debía asegurarse de que un momento como ese, no volviera a repetirse.
Una suave caricia alertó a una Kagome casi dormida.
La miko abrió los ojos alarmada, había sentido claramente una especie de caricia en su mejilla, tocó el lugar sintiendo aún el hormigueo, se incorporó buscando a alguien, pero no había nadie. Debió haber sido su imaginación, estaba muy susceptible luego de regresar del Sengoku, ver a sus amigos la había tranquilizado, pero el saber que Inuyasha había ido con Kikyo a quien sabe dónde no le había dejado conciliar enteramente el sueño. Era su segunda noche en vela.
Acarició su mejilla de nuevo, seguramente había sido un sueño. El frío de la noche acarició su piel.
Qué extraño, había jurado haber dejado la ventana de su habitación cerrada.
- —
¡Maldición!
Recargado junto al pozo en el Sengoku, cierto hanyou se reprimía por su estupidez, por su torpe atrevimiento. Miró su mano derecha, con la que delicadamente le había acariciado el rostro a la chica del futuro, sintiendo sus mejillas arder.
Soltó un gruñido al sentirse cobarde por haber salido huyendo de esa manera, pero no se esperaba que estuviera despierta, o por lo menos con el sueño tan ligero. El saberse descubierto lo hizo huir, haciéndole caso a su puro instinto, el mismo instinto que no le habían permitido detener el impulso de acariciar a Kagome, a su dulce, dulce Kagome…
Agitó su cabeza, ¡Demonios!, los meses sin verla se habían ido a la basura, aún sentía su corazón agitado de volver a ver a la miko, la adrenalina corría por sus venas y no podía borrar la tonta sonrisa que adornaba su rostro. Era una molestia.
Gruñó frustrado consigo mismo por ser tan débil, no había podido aguantar las ganas de ver a Kagome.
Luego de enterarse de que justo el día en que él se había marchado, todos los demás habían tenido el placer de recibir la visita de la chica del futuro, le había hecho rabiar.
Todos la habían visto, ¡Todos! Excepto él.
Él, que justo a la mención de su visita se sintió el ser más repugnante del mundo, por lo que la noche pasada había ocurrido con Kikyo, sintiendo miedo y culpa de que la miko pudiera enterarse de eso, causándole más dolor y haciéndole no querer regresar al Sengoku jamás.
Se relajó al saber que era imposible que lo supiera, y se sintió menos culpable al saber que él únicamente había correspondido a los actos de Kikyo, para luego dedicarle la más solemne ley del hielo durante todo el camino de regreso a la aldea.
Toda la tarde se había sentado a escuchar los relatos de sus amigos sobre la visita, tratando de mostrar indiferencia, una que seguramente nadie creía, no cuando sus orejas parecían bailar de tanto en tanto a cada mención del nombre de aquella miko. Kami, sí que había pasado un largo tiempo sin haber escuchado su nombre.
La mención de sus mejillas coloradas por parte de Shippo, solo hacían más notable lo obvio. Recordó a Kikyo salir de la cabaña sin decir una palabra y a Shippo rezongando triste por no haberla podido ver tampoco. Sus exámenes de zorro no le dejaban pasar mucho tiempo en la aldea.
Gruñó molesto apretando su mano en un puño al recordar la verdadera razón por la que había necesitado ir a verla. La razón por la que, apenas había oído dormir a todos, se había escabullido a ese tiempo a ver con sus propios ojos a la miko.
La mención de un hombre… un hombre que no era él.
Había sorprendido a todos por su brusco enderezamiento al escuchar aquello, aún con los ojos cerrados sabía que todas las miradas estaban en él. Gruñó muy bajo esperando a que continuaran. ¿Quién se supone era ese tal Makoto? ¿Y qué relación tenía con SU Kagome?
La duda y los celos crecieron ante las explicaciones de sus amigos, Kagome creía que se trataba de la reencarnación de Kouga. La ira creció en su interior, eso no podía ser nada bueno. Todas las dudas que había tenido una noche antes volvieron a él con más fuerza.
¿Podría ser que Kagome se hubiera entregado a otro?
Después de regresar de su travesía podía suspirar tranquilo. El dulce aroma a sakura de Kagome no había cambiado en nada. Sonrió, no había indicios de la peste de alguien más cerca de ella, más allá de su familia y amigas, el aroma tan dulcemente embriagante de Kagome permanecía justo como lo recordaba.
Gruñó. La había visto tan hermosa, durmiendo tranquilamente con su cabello revuelto.
Sin embargo, estaba realmente preocupado, sabía que ahora que había confirmado que aún podía cruzar el pozo, un círculo vicioso se desataba, pese a sus intentos, terminaría yendo a visitar a Kagome de vez en cuando para comprobar que su dulce aroma no hubiera cambiado.
La parte más primitiva de su mente sonreía satisfecha, Kagome no le pertenecía a nadie más. Mientras él rondara cerca eso no cambiaría, porque la dulce pureza de la miko le pertenecía solamente a él.
Gruñó, bajó de un salto del árbol donde se encontraba y corrió al río más cercano, de repente, necesitaba agua fría.
- —
