EYE FOR AN EYE
-Redención-
…
Lo sintió en la yema de sus dedos
Su ojo.
Su último ojo.
Ahora el momento aquel, tiempo atrás, cuando Cinder se autodestruyó de la más miserable forma, volvió a su mente. Realmente fue una estúpida al no darse cuenta antes. La luz, era lo único que podía derrotar a la oscuridad, y la única luz que le quedaba, era aquella.
La última pizca de luz que le quedaba de su madre.
Y no la dejaría ir, de no ser porque tenía esperanzas de que vería a su madre y su luz no estaría perdida por completo.
Y si no, moriría, carente de luz.
Lo sujetó entre sus dedos, y lo sacó de un tirón.
No sintió dolor, no sintió nada, más solo la anticipación, pero si notó horror en la mujer cuando hizo el acto.
¿Qué otra persona haría algo así? ¿Algo así de retorcido?
Solo alguien de su calaña.
Metió el ojo propio en la cuenca ajena, su cuerpo destrozado temblando por recuperarse, el vapor saliendo más y más, pero sin mayor resultado, y el ojo, en esa cuenca vacía, no iba a ser la prioridad cuando su cuerpo decidiese recuperarse.
Había ganado.
El vapor, apareció aún más, tal y como con Cinder, su cuerpo ardiendo de dentro para afuera, y ahora no fue diferente. Y como solo había una parte del cuerpo ajeno que estaba en posición, su rostro, lo que más notó fue el grito ensordecedor que esta soltó. El sonido rechinó por toda la sala, el suelo temblando, los vidrios trozándose, verdadero dolor en sus facciones.
Quemaba por dentro.
No la mataba, no, porque era inmortal, pero podía ver como su cuerpo se marchitaba, su cuerpo ya en trozos a sus pies. Una pila de piel y órganos sin forma.
Su ojo brillaba en su nueva posición, soltando flashes de luz, encegueciéndola por un momento, pero no lo suficiente para no disfrutar como el cuerpo destrozado temblaba aún más, ardiendo por dentro, su capacidad para regenerarse viéndose mermada por el poder de la luz intentando destruir hasta la última gota de oscuridad.
Si tuviese su otro ojo, también se lo habría puesto, solo para oír más de aquellos gritos.
Más y más.
Los vidrios reventaron ante la presión de los gritos ensordecedores, y sintió las esquirlas en su cuerpo, pero no sentía dolor, nada.
Solo éxtasis.
Satisfacción.
Estaba disfrutando de esa imagen, digiriéndola lentamente, regocijándose.
Luego de segundos eternos, los gritos cesaron, la garganta incapaz de emitir mayor sonido a pesar de que el cuerpo siguiese demostrando que el dolor seguía. Los segundos pasaban, uno tras otro, y no parecía haber señal de que se recuperase, de regenerarse, de volver a tener un cuerpo definido, una imagen imponente.
Su ojo rojo parecía desesperado, pero ya no era tan divertido como hace un rato, la adrenalina, la diversión, el gozo, se acababa.
Ya había logrado su cometido.
Y era hacer gritar de dolor a esa mujer, quitarle su ojo, y hacerle que sintiese lo que su madre sintió.
Sacó su Scroll, y llamó a Weiss.
"¿Estás bien? ¿Qué pasó? Escuchamos ese grito."
La voz de Weiss fue más rápida que su propia voz, y se vio mirando de nuevo a esa cabeza cercenada frente a ella, el ojo plateado sangrando negro mientras que el rojo parecía que se saldría de su cuenca ante la presión dentro de su cráneo.
"Todo está correcto. Dile al resto las coordenadas de donde está Salem, yo ya terminé con ella."
Weiss se quedó en silencio un momento, pensando.
Obviamente estaba pensando en lo que hizo, y no la juzgaba. Cualquier persona con la más mínima humanidad lo pensaría, y Weiss era quien guardaba su propia humanidad, quien la mantenía en el camino, sin desbocarse lo suficiente, sin marchitarse del todo.
Weiss no la juzgaría, era su compañera después de todo.
Estaban en esa cruzada juntas, todo por el bien mayor.
"Nosotras encontramos una pista, creo que sabemos dónde esta tu madre, así que nos estamos dirigiendo por la parte subterránea del castillo."
"Me uniré a ustedes apenas la encuentren."
Dijo, y colgó la llamada, y su ojo robótico se volvió para mirar a Salem. La sangre negra ahora también salía de la boca de esta, y vaya imagen más satisfactoria.
Así quería recordarla por el resto de su vida, no más como la mujer que había lastimado a su madre, si no como un saco de carne inmortal.
No, no era suficiente.
Sonrió, y se acercó, y sin dudarlo, sacó de la cuenca ajena el ojo rojo que quedaba intacto. Lo sostuvo en sus dedos, notando la sangre negra avanzar por el orbe, por sus dedos.
"¿Esto querías de mí? ¿Esto era lo que te daba tanto placer?"
La mujer, por supuesto que no pudo decir nada, de su boca saliendo nada más que leves sonidos sin sentido, desgarrados, enfermos.
Miró los nervios del ojo, viéndose tentada a poner aquel premio en su propia cuenca vacía, y así rememorar su victoria, pero no sabía con seguridad como un ojo contaminado como aquel reaccionaría con su cuerpo, lleno de luz.
Que estúpida, claro que no le pasaría nada, ya no tenía nada de luz.
Absolutamente nada.
Se vio riendo, sintiendo sus interiores removerse, la sensación de satisfacción volviendo a su cuerpo.
"Ojo por ojo, Salem."
Esta chilló, su garganta aun desgarrada, pero esta la escuchaba, se había asegurado de que los oídos estuviesen intactos.
Giró el ojo en sus dedos, y lo metió en su cuenca vacía, sintiendo los nervios entrando, rozando su piel, y la sentía picar, como siempre que pensaba de esa forma, pero no importaba, ya se rascaría.
Su aura, aun dentro de ella, rígida, comenzó a curar la herida, comenzó a sanar los nervios, lentamente.
Y lo disfrutó.
Se sentía tal y como cuando Cinder le quitó su ojo, ahora se lo quitaba a alguien más, y así seguiría todo en un ciclo de odio eterno.
La venganza se sentía tan agradable. Era lo mejor que le había pasado en toda su vida, al fin se sentía recompensada por toda la mierda que tuvo que pasar desde niña. Ese placer hacía valer cada segundo de dolor, de pena, de sufrimiento.
Cerró los parpados, sintiéndolos acomodándose en su nuevo premio, y los sintió arder, pero estaba acostumbrada a sentir ardor en su cuenca izquierda, y ahora no era diferente en la derecha.
Cuando estuvo segura de que no moría por culpa de aquella contaminación, porque nada malo parecía pasarle, estando ya carente de luz alguna, decidió seguir con su camino. Su trabajo ahí ya estaba hecho, ya le hizo la tarea fácil al resto, y ellos podían terminar la faena. Se dio la vuelta, abriendo las grandes puestas, y cerrándolas tras ella, ahora volviendo a aparecer en el pasillo del castillo.
Se topo con Emerald y Neo, ambas más descompuestas que cuando las vio por última vez. Había pasado mucho rato, y no tenía duda de que las bestias habían querido socorrer a su reina, sin lograrlo. Ahora dudaba siquiera que pudiese llamar a nadie en ese estado.
Ninguna dijo nada, ni le preguntó nada, solo vio cierta preocupación en Neo cuando notó como tenía su ojo derecho cerrado, la sangre probablemente cayendo por su mejilla. No sabía si debía mostrar su premio aun, ya que aún no sabía si este permanecería ahí cuando Salem fuese eliminada, así que no cantaría victoria hasta estar completamente segura.
"Necesito buscar un salón de trofeos antes de buscar a mi madre."
Les dijo a ambas, y Emerald fue la primera en hacer un gesto para que le diese la palabra.
"Creo que hay un lugar privado al que Salem solía ir, lo escuché de Watts."
Ahí estaría su madre.
Sus ojos.
Su luz.
Quizás la única forma de ganarse el perdón de su madre, al haber contaminado a su hija, era devolverle la luz que perdió.
"Llevame ahí."
Se vio recorriendo los pasillos, Emerald guiándolas. El lugar estaba en silencio, pero sabía que pronto el caos volvería, el grupo finalmente encontrando a la reina y acabando con esta, los muros del castillo cayéndose a pedazos sin su dueña.
Ya quería salir de ahí. Y dejar para siempre aquel lugar que tanto caos generó durante las décadas, durante siglos, durante la misma creación. Y pretendía salir de ahí con su madre, con su luz de vuelta, solo eso le daría la verdadera redención.
Llegaron al lugar en cosa de minutos, y se vio frente a una puerta, no se notaba diferente al resto, así que no habría podido ni siquiera imaginar que había algo importante ahí dentro.
Lo más importante.
Ahí yacía la luz.
El mayor miedo de la reina.
Su devastación, su debilidad.
Abrió la puerta, y aunque no les dijo a sus dos acompañantes que la esperaran afuera, estas hicieron eso, mantuvieron la distancia. Le dieron su espacio.
Sus botas resonaron en el suelo de cerámica del lugar, el eco retumbando por las paredes.
Miró a la derecha, miró a la izquierda, y veía exactamente lo mismo.
Ojos.
Ojos por todos lados.
Repisas de piedra, y en cada una de estas había frascos con líquido, ojos ajenos flotando dentro, plateados, todos ellos, los nervios danzando. Veía letreros bajo estos, nombres, diferentes, de diferentes personas en diferentes épocas de la humanidad.
Todos ahí, organizados, preservados, recuerdos, premios.
Sabía que había mucho más que estos, había muchas más víctimas de las que veía ahí, expuestas, porque Salem se encargó de experimentar con muchos más guerreros de los ojos plateados, usándolos para sus sabuesos, usándolos para quien sabe que otro propósito, o simplemente para diseccionarlos y revisarlos por dentro, abriendo la carne, analizándola.
Dijo que se había convertido en Salem, y ahora se tenía que comer sus palabras. No, nunca sería como Salem, nunca mataría a tantos, menos por miedo, porque al final, esta lo hizo por miedo, por lo poderosos que eran los ojos plateados contra un ser como esta.
Esos ojos le quitarían su trono, y Salem no dejaría su trono.
No, si es que algún día se marchitaba hasta ese punto, iba a tener una mejor razón que por mera cobardía, eso le daba asco, le daba repulsión, aquel sentimiento la hacía sentir enferma.
Avanzó, buscando, mirando, con cuidado, con detención.
Frasco tras frasco.
Hasta que lo encontró.
Summer Rose.
Ahí estaban, los ojos de su madre, la luz de su madre, inertes, en aquel líquido, preservados por mucho tiempo, aún vivos a pesar de estar lejos de su dueña durante años, y lo mismo pasaba con el resto.
Años, décadas, siglos sin estar en las cuencas de sus dueños, y ahí seguían, danzando, vivos, pero los cuerpos no tuvieron tanta suerte. Las vidas se marchitaron, evolucionaron y terminaron siendo aniquiladas.
Si, se alegraba de haberle hecho eso a Salem, de haberle hecho sentir aquel daño, se merecía eso y más, y lamentaba el haber acabado tan rápido.
De inmediato, por obra del destino, su Scroll comenzó a sonar, y lo tomó.
Era Penny.
"Está viva, la encontramos, te mandaré las coordenadas."
Justo a tiempo.
Lo sabía, sabía que estaba viva, no necesitaba que se lo dijeran, el optimismo de Ruby, de la niña que atrapó en ese cuerpo, apenas le permitía influenciar aquel pensamiento, aquella esperanza.
Se acercó, tomó el frasco en sus manos, y se dio la vuelta, saliendo del lugar.
Ese lugar podía desvanecerse con el tiempo, derrumbarse, ser destruido una vez que la reina cayese para siempre, pero no iba a dejar ahí lo que le pertenecía a su madre. Lo que le pertenecía a ella. Nada más le importaba.
No iba a dejar la luz, no la soltaría, por nada del mundo.
Recibió miradas dudosas cuando salió, viendo lo que tenía entre manos, horrorizadas, pero acataron la nueva orden, y era avanzar hasta su destino, bajo tierra. La misión debía seguir su curso, y tomarse un momento para analizar las cosas horribles que Salem hizo, solo las haría perder más tiempo, las haría sufrir por vidas que ya no pudieron salvar. Y por mucho tiempo sintió eso, ese sufrimiento, carcomiéndola, habiéndose grabado desde niña que el futuro del mundo caía sobre sus hombros.
De ahora en adelante haría las cosas a su manera.
Hacer lo correcto ya no la apresaría más.
Se apresuró, sintiéndose más impaciente que cuando tuvo que entrar en aquel salón del trono, su ojo robótico analizando las coordenadas e indicándole por cual lado debían ir, sin el mayor error. Aunque a estas alturas, habría disparado al suelo sin parar con tal de llegar pronto.
Sabía que el resto de sus antiguos amigos debían de haber llegado a estas alturas donde Salem, pero ni siquiera podía pensar en eso, en lo que significaba que vieran lo que hizo, no le importaba. Ya no iba a pensar en sus falencias, en sus errores, en lo caótico e inmoral de su comportamiento, no más.
Solo le importaba su madre.
La luz.
Su liberación.
Su expiación.
Tal vez no tendría un castigo, a esta altura, dudaba poder recibir tal daño que la hiciera pagar por sus actos, pero al menos podía redimirse haciendo algo bueno, y lo mejor que se le podía ocurrir era liberar a un verdadero héroe, al héroe que su madre era, la mujer que todo el mundo quería y admiraba, devolverle al mundo la luz que Salem opacó por años.
Iba a intercambiar a un villano por un héroe.
Sintió que llegar a la prisión bajo tierra le demoró años.
Pero ya ahí, comenzó a ver las celdas, una tras otra, algunas vacías, otras con cadáveres, otras con ya nada más que huesos y algunas otras con personas, vivas, pero en tan malas condiciones que le impresionaba siquiera que siguieran respirando, sin siquiera fuerzas para mirar arriba.
O probablemente ni siquiera tenían ojos para ver, conociendo como era Salem.
Como era ella.
Sintió que respiró en paz cuando vio a Weiss y Penny frente a una celda.
Y los ojos celestes la vieron de inmediato, esta corriendo a su lado.
Sintió las manos ajenas en sus brazos, pero los ojos celestes se fueron a su ojo cerrado, a la zona llena de sangre. Era evidente lo que había hecho, y no tenía ni siquiera que explicárselo, parecía ser que Weiss lo entendía, por la forma en que la miraba, leyéndole la mente, una vez más.
La mano de esta llegó a la zona, limpiando su mejilla de la sangre ya seca.
Cuando sus ojos volvieron a conectar, esta parecía preocupada.
"¿Estás segura de verla? Está muy mal."
Weiss no la detenía, nunca, Weiss jamás haría eso, solo se aseguraba de que pudiese soportarlo, de que pudiese lidiar con esa experiencia traumática. Y ver a su madre, luego de vivir ahí por años, encerrada, sin ver nada, cegada, hambrienta y cansada, podría ser algo doloroso de ver.
Pero ya había visto atrocidades, podía hacerlo.
La persona en la que se había convertido estaba lista para todo.
Usó su ojo robótico para mirar hacía sus propias manos, y Weiss siguió su movimiento, topándose con el frasco, con los ojos danzando en el líquido, y notó sorpresa en esta, se veía impresionada, y probablemente nadie imaginó que Salem conservaría aquellos ojos.
De hecho, también le sorprendía a ella misma.
"Tengo que darle su luz."
Y ese era su nuevo objetivo.
Weiss la miró por otro segundo, pero finalmente asintió, abriéndole el paso.
Y ahí, comenzó a caminar hasta su madre.
Todas le dieron espacio, así que se sentía sola en ese pasillo eterno de barrotes, pero no estaba sola, no lo estaría más.
Y ahí estaba.
Dentro de la celda, en un rincón, echa un ovillo, estaba su madre.
Lo supo por su cabello, ambas con el mismo cabello, el de esta ahora largo luego de años, mal cuidado como todo su cuerpo. Estaba delgada, demasiado, su humanidad envuelta en una capucha sucia y desgastada. Es sus brazos expuestos se notaba aún más lo grave de su condición, siendo prácticamente huesos envueltos en piel, sin grasa, sin musculo, sin nada. Parecía que la alimentaban, por el aroma a comida descompuesta en el lugar, pero dudaba que la alimentaran correctamente.
Miró su rostro, también delgado, sus pómulos visibles, sus labios partidos, y la venda que había sobre sus ojos estaba también sucia y gastada por el tiempo al igual que su ropa.
Pero estaba viva.
Eso era suficiente.
"Mamá."
Habló, y sabía que su voz ya no era suave, ahora era tosca, sin emociones, pero ahora parecía más en calma.
Ya había acabado.
Ya estaban a salvo.
Nadie les impediría tener un buen final, no lo permitiría.
La madre débilmente se movió, dando un salto, tomada por sorpresa, su rostro moviéndose hacia ambos lados, sin saber realmente que hacer, donde mirar, donde encontrar la fuente de la voz.
"Soy yo, Ruby, te sacaré de aquí."
Summer se quedó inerte, y su boca se abrió, para decir algo, y notó como los labios se movieron, diciendo su nombre, pero ningún sonido salió. Esta debió estar ahí en silencio por mucho tiempo, y ya no debía saber cómo pronunciar palabra.
Pero lo dijo.
Y eso fue suficiente.
Su rostro, a pesar de estar así de demacrado, le hizo saber que la recordaba, no había sido olvidada.
Esta se movió, arrastrándose por la celda, tortuosamente lento, acercándose a los barrotes. Probablemente hacer eso, no era lo más inteligente, porque no sabía si era la real o no, si era realmente su hija quien había venido o era un engaño, pero esta no tenía mucho que perder en su estado.
Dejó el frasco en el suelo, y acercó las manos a los barrotes, sujetando las manos de su madre, para evitar que esta siguiese buscándola a ciegas.
Su agarre era débil, sus dedos estaban demasiado delgados, sus manos frágiles, aun así, sintió la calidez de los recuerdos embargándola. Deseó durante muchos años el poder volver a sujetar a su madre de nuevo, y ahí estaba, lográndolo. Acabando con el mal y devolviendo la luz.
Su madre volvió a hablar, pero no logró entender lo que sus labios le decían, las manos delgadas se movieron, sujetándola, palpándola, reconociéndola. Subieron por sus brazos, y se acercó lo suficiente a los barrotes para que esta pudiese sentir su rostro. Al menos no la veía, lo cual, en ese momento, con su cicatriz visible y su ultimo ojo real desaparecido, debía ser impactante para una madre.
Ninguna madre quiere ver a su hijo en aquel estado.
Cerró los ojos, las manos ajenas pasando por sus mejillas, tanteando cada parte que tenía a su alcance.
"¿Realmente eres tú?"
La voz de su madre finalmente se escuchó, débil, demasiado, apenas logró oírla, como un susurro roto.
Y asintió, sin dudar.
"Soy yo. Siento haberme demorado tanto en venir aquí, pero tenía que volverme fuerte, yo y mis compañeras, para sacar a Salem del camino. Pero se acabó, ya eres libre."
Su madre pareció no creerle.
Eso notó en esta.
Y no la juzgaba.
Luego de tantos años ahí, la libertad debía verse como nada más que una broma. Pero no era así. Llevó una mano al rostro de su madre, y temió herirla, lastimarla, causarle un moretón con el simple roce de su mano en el cuerpo destruido. Solía sujetar a Weiss, pero sabía que esta soportaría su fuerza, su brusquedad, pero su madre, en ese estado, dudaba que fuese capaz de soportarlo.
Aun así, lo hizo.
Era su madre, su heroína, después de todo.
Si estaba ahí, aun viva, era porque no había logrado romperse del todo, y dudaba que Summer Rose algún día lograse romperse.
"Tú me enseñaste a no rendirme, a no perder las esperanzas, así que no las pierdas tampoco. Mis compañeras y yo te sacaremos de aquí, y te llevaré a un lugar seguro. Te daré la libertad que necesites, te daré lo que necesites, tu mereces más que nadie el vivir en un mundo libre de mal."
Su madre seguía incrédula, pero luego de unos minutos, sus labios se fruncieron, y finalmente esta asintió.
Recuperándose, recuperándose a sí misma.
Si, la luz en Summer Rose nunca se acababa, nunca.
Penny fue la primera en acercarse, sujetando los barrotes con sus manos. La miró, se miraron, y notó cierta impaciencia en esta.
El grupo debía de estar cerca, debían acabar con Salem, y ellas debían salir de ahí, pronto. Si se encontraban, no sabría lo que pasaría. Así que no iba a arriesgarse.
El solo pensar que ese grupo, que Yang, le quitase a su madre, la haría sentir más enfurecida que el mero hecho de que se tomasen el mérito por el trabajo que ella hizo contra Salem.
"Tu madre necesita atención medica de inmediato, tenemos que irnos."
Si, también.
Su madre necesitaba que la atendiesen.
Así como debían devolverle la vista al fin.
Su luz.
Asintió, y Penny abrió los barrotes usando su fuerza, permitiéndole el paso a su madre. Weiss sujetó el frasco, mientras ella se encargó de sacar a su madre de su prisión y la subió a su espalda con el mayor cuidado que podía tener, y comenzaron a moverse.
Su madre no tenía fuerzas para moverse, así que no lo permitiría.
Pero ahí, era peligroso.
Había enemigos, y no creía que estuviesen en posición para pelear más.
Rápidamente, pasillo tras pasillo, escalera tras escalera, avanzaron sin parar, sin mirar atrás. Su objetivo había sido cumplido, y ya no tenían mayor deber ahí. Se sentía sudar, sabiendo lo que se venía, o la posibilidad de encontrarse con el resto y verse en una disputa, y con su madre en brazos, no lo permitiría.
Si se la querían quitar, iba a matar a quien sea.
Iba a abandonar la moralidad que le quedaba, la de no matar héroes, pero estaba dispuesta a tirar todo a la basura con tal de permanecer al lado de su madre, de su luz, no podría vivir, redimirse, sin tenerla,
Pero cuando entraron en la nave, pudo respirar en paz.
Neo corrió a tomar el mando, Emerald y Penny comenzaron a preparar un lugar para poner a su madre, y ahí, con la ayuda de Weiss, la dejó ahí, el cuerpo débil temblando. Se sacó la capa y se la puso su capa encima, esperando que fuese suficiente. Temía siquiera alimentarla, su cuerpo probablemente no aceptaría lo que sea, así que necesitaban llevarla a un hospital para que la tratasen como se debía, con suero, con vitaminas, con lo que su cuerpo pedía a gritos.
"Llegaron al objetivo."
Escuchó a Penny hablar, su voz más robótica de lo usual.
No la miró, sin tener tiempo para nada más que su madre, para asegurarse que respirase, que viviese.
Sin embargo, notó como la nave se iluminó, y un segundo después, se escuchó un gran estallido.
Habían acabado con Salem.
Al fin se había acabado.
Iba a alegrarse, iba a sentirse aliviada, pero sintió ardor en su ojo.
Aquel ojo.
Se vio cayendo al suelo, sus compañeras reaccionando, acercándose, pero no pudo decir mucho, no pudo hacer mucho.
Era un ardor diferente al que acostumbraba.
Incesante.
Estaba sintiendo, luego de meses, luego de años. Estaba sintiendo un dolor como nunca antes. Una sensación que creyó completamente olvidada.
Había llegado.
Era su castigo.
Su muerte.
Pero no pudo alegrarse, no pudo sentirse feliz de expurgar sus pecados, no, porque tenía a su madre ahí, y quería ser una villana, quería ser egoísta y poder tenerla de vuelta, poder ser una familia de nuevo, ansiaba tener su luz de vuelta, el recuperar su humanidad, pero ya no podía, se acababa, la felicidad que tanto anhelo era arrebatada de sus manos de un segundo a otro.
Era su final, y no sentía el éxtasis.
No sentía el alivio.
No agradecía las llamas del infierno quemándola, si no que las maldecía.
Quería vivir.
Quería recuperar su humanidad.
Quería recuperar su luz.
Pero todo era oscuridad.
Y ahí, todo se esfumó, su vista, el dolor, y los sueños de una niña que jamás logró tener el calor de su madre.
Todo desapareció, y creyó que aquello le daría paz, pero no.
Solo sentía tristeza.
Sufrimiento.
Desesperación.
Hasta que no sintió más nada.
Absolutamente nada.
