RED KNIGHT

-Apoyo-

Respiró profundo, sintiendo el aire salado tocando su piel, moviendo su cabello.

Giró el rostro, mirando hacia atrás, hacia el pequeño puerto pesquero del que habían zarpado, ahora diminuto en la distancia.

No iba a tomarles demasiado tiempo el llegar al continente de Vale, pero si más que si fuesen en un barco grande, con más potencia. Iban a estar días viajando si sus cálculos eran correctos, y si navegasen hasta Patch, serían aún más días. Al principio, su intención y su primera idea fue el hacer eso, navegar hasta Patch, sin embargo, mientras más le dio vueltas a la idea, fue siendo cada vez menos lógica. Recordaba con claridad las olas en la zona, lo turbio de esa parte del océano, sabía que no era la mejor opción, sobre todo en una embarcación pequeña como en la que iban.

No era un barco como en los que solía embarcarse, ella y las tropas, las caballerías, una embarcación enorme, poderosa, capaz de surcar cualquier camino sin importar lo feroz que estuviese el mar.

Y no era el caso.

Era evidente que el subirse en un barco semejante sería mejor para ahorrarles tiempo, pero al mismo tiempo estarían condenados si lo hacían. Eran demasiadas personas ahí dentro, demasiados oídos, demasiados ojos curiosos, y no solo eso, si no que la mera idea de toparse con un mercenario la hacía sentir enferma.

Ahí, en su pequeña embarcación, estaban a salvo, al menos de las personas.

Levantó la vista, mirando la vela ondeando con el viento, guiándolos por el camino correcto, o eso esperaba. No había navegado desde que era una niña y su padre, el rey, les pagó a instructores para enseñarle a sus dos hijas como sobrevivir en alta mar si es que llegaba el momento de necesitar dichas habilidades. Sabía con seguridad que época del año era, sabía dónde aparecía el sol y donde se ocultaba, así también recordaba cuales eran las estrellas guias.

Ahora podía poner a prueba lo que aprendió.

Pero cruzar el mar no era su única preocupación, debía asegurarse que llegarían a buen puerto, que estarían a salvo cuando tocasen tierra firme. Por suerte su conocido le habló sobre un hombre al otro lado del océano, en el continente, un amigo de este, que las recibiría y les daría un lugar para quedarse, lo que la dejaba más tranquila.

Realmente agradecía el haber ayudado a tantas personas, el conocer a tantas personas. Ambos títulos parecían servirle en una situación tan difícil en la que se había metido. Nunca creyó que recibiría algo a cambio, ni fue su intención el recibir algo a cambio, pero lo agradecía inmensamente.

Tomó el timón y reajustó la vela, corrigiendo el camino, mirando su brújula, mirando el mapa. Sabía que tendría que hacer eso bastantes veces, un cambio en el viento era suficiente para cambiar la dirección en la que iban, y como solo estaba ella para mantener todo en orden, el viaje se extendería.

Pero al menos ahí se sentía segura, en alta mar era difícil que alguien les diese caza, era mucho más seguro que ir cabalgando, pudiendo ser víctimas de cualquier tipo de persona, bandidos incluso, pero ahí, no tenía que preocuparse de nada, tal vez de alguna otra embarcación, pero podría verlas desde la distancia.

Caminó hasta la proa del barco, mirando hacia abajo, hacia el mar infinito a su alrededor.

Temía de solo una cosa, y eran las bestias.

No solían aparecer en el mar, pero eso no significaba que no existiese la posibilidad, porque por supuesto que existía, siempre existía, y eran una presa fácil.

Volvió a girar el rostro, viendo a Zwei, su corcel, acostado sobre la cubierta.

El barco no era muy grande, unos ocho o diez metros de largo, pero era más grande de lo que imaginó que sería. Ya se imaginó a si misma huyendo en un barco pesquero, pero era ridículo, no podría soportarlas a ellas y además a su caballo.

Si todo salía bien, le iba a agradecer al hombre que le consiguió la embarcación, y no solo eso, si no que le dio provisiones para los siguientes días. Por supuesto que le pagó, tenía los recursos, pero un acto así no se podía pagar solo con oro. Iba a recordar y apreciar su acción.

Se acercó a Zwei, dándole unas palmadas en el lomo. Este parecía cómodo, tenía espacio suficiente en la superficie del barco, e incluso tenía suficiente comida para él, aunque debía racionárselo, porque conociéndolo, se lo comería todo en los primeros días, y debía tener en cuenta la posibilidad de que hubiese algún tipo de problema que alargase su viaje.

Miró el cielo una última vez, no había ni una sola nube en el claro cielo, lo que agradecía, conociendo el clima tormentoso de Atlas. Esas cuatro horas de viaje parecían perfectas, y quería que se mantuviese así.

Respirando profundo, entró en una de las puertas que llevaba al interior de la embarcación, donde guardaban las provisiones, donde debían guarecerse si llovía, donde estaban las letrinas, y donde le había preparado una habitación a la princesa.

Bajó por las escaleras y llegó al amplio espacio.

Era un barco pequeño, pero no cesaba de impresionarle, sus expectativas eran bastante pobres. Creyó, genuinamente, que, en su pánico y desesperación de huir de Atlas, terminarían en el primero bote que encontrasen, sin importar lo pequeño que fuese, ni siquiera se le pasó por la cabeza que harían cuando necesitasen tomarse un momento a solas, si es que el bote no se hundía antes. Su impulsividad los hubiese mandado a los tres a sus muertes.

Avanzó hacía una de las puertas, golpeando.

Escuchó a la princesa dar un salto al otro lado de la puerta, y volvió a sentirse culpable al haber causado cualquier tipo de miedo en la princesa.

Desde que se tomó confianzas el día anterior, no tuvieron mayor conversación. Por supuesto que la había incomodado, por supuesto que la había avergonzado, y no solo eso, si no que había expuesto y recalcado algo que esta debía de intentar ocultar con todas sus fuerzas.

Tal vez ahora era un buen momento para disculparse, ahora que tenían tiempo de sobra hasta llegar al continente. Era un viaje muy largo para que siguiesen así, sin hablar, y era lo correcto el pedirle perdón por su actitud reprochable.

"¿S-si?"

La voz de la princesa sonó temblorosa, y se vio llevando las manos a la puerta, sabiendo que esta no sería abierta como esperó. Estaba teniendo expectativas muy altas en ese ámbito.

"Quería disculparme."

Sintió su cuerpo adormecido, siendo consciente del peso de su armadura sobre su carne, pero siempre se sentía en un peligro inminente, y debía de estar preparada, así que evitaba sacársela, y así sería durante el viaje. Aun así, creía que era la misma armadura la que podía hacer sentir a la princesa más y más vulnerable, viéndose grande con esta, imponente, y la princesa sintiéndose más pequeña aun en comparación.

No quería agobiarla, pero le costaba saber con seguridad que debía hacer para que no se crease discordia entre ambas. Era muy difícil. Nunca creyó que se vería en una situación tan complicada, donde iba a verse a sí misma metiendo la pata una y otra vez.

Se creía un héroe, pero con la princesa, parecía no ser capaz de actuar como tal.

"Todo está bien."

Todo está bien, no sabía porque, pero no sonaba a que todo estuviese bien.

Soltó un suspiro pesado, sintiendo como un peso en su pecho crecía.

Solo quería proteger a esa mujer, cuidarla, ayudarla, pero no importaba lo que hiciera, siempre sentía que daba un paso hacia adelante y retrocedía dos al mismo tiempo. Creyó que decirle la verdad sobre su sexo sería suficiente para ganarse la confianza, pero por supuesto que no era tan fácil. Debía ganarse a la princesa, y no creía que el haberla tocado sin su permiso hubiese hecho ayudado, por el contrario.

Era estúpido siquiera planteárselo, realmente había arruinado las cosas.

Se vio sentándose en el suelo, frente a la puerta, queriendo decir algo más, pero sin saber que decir, sin saber cómo arreglar las cosas.

Cerró los ojos, respirando profundo, y se vio recordando cuando llegó al castillo de su padre, cuando dijo cosas inapropiadas, cuando trató fatal a la familia que la recibía con los brazos abiertos. Sintió mucha ira de que la llevasen ahí cuando pudo haberse quedado sola en aquella cabaña en medio del bosque, el lugar que era su hogar, no ese castillo. Había sobrevivido ahí durante mucho tiempo, podría seguir haciéndolo, pero ahora se veía en la obligación de vestirse como el protocolo mandaba, el tener diferentes lecciones al día, el tener que obligarse a ser una princesa luego de ser solo la hija de su madre, la hija del héroe.

Por suerte su media hermana no era como creyó que sería una princesa, tenía su lado salvaje, y se sintió cómoda luego de un tiempo, sin sentirse una extraña. Yang la trató como una hermana desde el primer momento, y lo agradeció. Habría sido incluso más complicado el tener que lidiar con esa vida y pelearse con Yang al mismo tiempo, y ambas tenían un carácter fuerte que podía causar estragos.

Si, también la hizo enojar muchas veces, pero esta no era rencorosa, así que los problemas se arreglaban antes de que tuviese que decir algo para solucionarlo.

También su padre era así, relajado, despreocupado incluso, a veces le decía cosas feas, enojándose con él, pero este la perdonaba, así que muchas veces no aprendió la lección porque este era muy blanco con ella.

Ahora se sentía como en esos momentos, donde lo arruinaba y nadie iba a solucionar el problema por ella, nadie iba a perdonarla solo por su pasado, por ser una salvaje traída a la civilización. Debía encargarse por sí misma. Y en su vida, en su profesión, era sencillo, porque solo debía matar bestias, solo debía mantenerse firme y usar sus habilidades para hacer que todos estuviesen felices, pero nunca necesitó hablar, el ser más que solo el héroe que salva el día.

Un caballero no necesita demostrar sus capacidades con palabras, si no que debía demostrarlo con actos.

Y actuar, con la princesa, era más riesgoso que cualquier otra situación en la que estuviese metida, porque podría empeorarlo, podía hacerla sentir miedo, terror, y retroceder, de nuevo, dos pasos.

Volvió a soltar un suspiro.

Dio un salto cuando la puerta se abrió, la princesa apareciendo.

La notó sorprendida de verla en el suelo, así como ella misma se sorprendió de verla abrir la puerta. No esperaba eso, que esta decidiese tener una conversación cara a cara, o tener la valentía de ver a quién la atacó.

Le sonrió, sin querer decir nada más, sin querer arruinar más la situación.

La princesa la miró, una evidente mueca de preocupación en su rostro, y no lo entendió del todo.

La princesa sujetó los bordes de su vestido y se sentó en el suelo, su postura bastante elegante para estar ahí, en el suelo. Esta llevaba un vestido diferente que le consiguió, uno más abrigado para estar en un barco con la humedad del mar en cada dirección. No era tan bonito como el que esta usaba antes, pero si tenía un color similar.

Le sorprendió verla acercarse, y volvió a mantener silencio, nada de lo que salía de su boca era lo más apropiado.

Los ojos bicolores observaron alrededor, y notó su postura tensa, incluso más que cuando estaba de pie.

"Odio los barcos."

Esta dijo, su rostro cambiando en evidente disgusto, y se vio sonriendo al verla así, dispuesta a hablarle. Le causó alivio. Esa era una buena señal.

"¿Solo los barcos, o navegar?"

"Ambos."

La princesa cerró los ojos un momento, pero negó, abriéndolos. Probablemente el tenerlos cerrados iba a marearla más, sobre todo al estar ahora en el suelo, donde se sentía más cada movimiento.

Se acercó un poco más, usando sus manos para mover su cuerpo, y ahí, frente a la princesa, le ofreció sus manos. Esta la miró, sin entender a que se debía su gesto, pero luego de varias miradas desconfiadas, decidió poner sus manos sobre las suyas. Eran pequeñas, y se veían más pequeñas en comparación con las suyas, enguantadas.

Se movió por inercia, ofreciendo sus manos, pero pensándolo bien, dudaba que esta aceptase sujetarla, pero agradecía que lo hiciese. Era un paso hacia adelante. La sujetó con cuidado, llevando los pulgares al dorso de las manos ajenas, en movimientos lentos, sin querer arruinarlo, cuidando cada mínimo gesto.

"Respire profundo."

La princesa asintió luego de un momento, inhalando, y respiró fuertemente para servirle de guia.

No solía sentir mareos, y luego de todos los lugares a los que había ido, viajado, ya le extrañaría el marearse. Pero sabía cómo calmarlo, y si bien la mejor solución era estar en la proa del barco y respirar aire marino, sabía que la princesa quería evitar estar fuera, y la entendía.

Tantos años encerrada, debían pasarle factura. En lugares abiertos sentía clara ansiedad, así como estar en lugares cerrados, encerrada, aprisionada, pero al menos, encerrada, nadie podría acercarse, nadie podría lastimarla. Estar oculta, en soledad, debía de ser agobiante, pero era el mal menor, así estaría a salvo de cualquier mal del exterior, de cualquiera.

No, no podía culparla.

Luego de un rato, la princesa parecía más tranquila, su rostro hasta había tomado un poco de color.

"¿Mejor?"

Esta la miró, asintiendo levemente.

Se veía más viva, más tranquila, y se alegraba de que fuese el caso.

"Gracias por hacer todo esto por mí."

¿Cómo no hacerlo?

A penas vio a la princesa, supo de inmediato que debía de cuidarla a toda costa, que si alguien necesitaba un héroe, un caballero, era esa mujer.

Asintió, apretando levemente las manos que seguían en las suyas.

"Le prometí que la protegería, y no voy a descansar hasta que lleguemos a mi hogar y al fin esté a salvo."

Ahora debía sentir cierta calma, habiendo abandonado el continente, no había duda de eso. Ahora estaba más lejos de su padre, cada vez más lejos, y al fin podría desaparecer de su mirada, de sus abusos, al fin sería libre.

Pero no notó esa calma en sus ojos, por el contrario, su preocupación parecía haber crecido. Las manos ajenas se alejaron de las propias, y los brazos delgados de la princesa abrazaron sus rodillas, y en esa posición se veía incluso más pequeña de lo normal.

Se vio mirando sus propias manos, ahora sin nada que sujetar, y no supo donde dejarlas.

De nuevo se vio sin palabras.

"No quiero echar por la borda tus intentos de mantenerme a salvo, pero conozco a mi padre, él va a hacer lo que sea necesario para encontrarnos. Me llevará de vuelta y te asesinará por secuestrarme."

La miró, notando evidente preocupación en su rostro, y miedo, mucho miedo. Conocía a ese sujeto, de hecho, conocía lo peor de su progenitor, así que creía que este de verdad haría todo para ganar, siempre ganaba.

La mujer levantó la mirada, y pudo notar como sus ojos estaban húmedos, y su pecho volvió a apretarse, y nunca había sentido su armadura sofocándola como en ese instante, y deseó con desesperación el habérsela sacado antes de terminar ahí sentada.

"Mi padre siempre consigue lo que quiere, siempre. Puedes ser parte de la realeza, pero a él no le importará mover a sus tropas con tal de hacerte pagar, así como tampoco le importará que yo sea su hija para lastimarme."

Ya no tenía sentido ocultar los maltratos, no ahora que había logrado ver a través de la ropa de la princesa, ahora que había visto las heridas en sus brazos, tal vez había en otros lugares, pero ni siquiera quería preguntarle, recordarle aún más la vergüenza y el sufrimiento que pasó.

Se movió de nuevo, para quedar ahora al lado de la princesa. Se movió lento, para que esta pudiese notar cada uno de sus movimientos y ninguno le tomase por sorpresa.

Ahora podía sentir el frio cuerpo de la princesa a su lado, y una vez más se regañó a si misma por no sacarse la armadura, que debía verse tan tosca ahí, no era lo que quería mostrar, no era la mejor forma para acercarse a la princesa, pero ya era tarde para hacer un cambio así.

No hizo ningún ademán de abrazarla ni nada, sin querer volver a abusar de su poder por sobre el de esta, así que se quedó ahí, a su lado, sin moverse, simplemente otorgándole su apoyo y su compañía de la única forma que se le ocurría.

La miró, viendo como los ojos la observaban, dubitativos, mientras seguían húmedos, luciendo como que en cualquier momento se llenarían de lágrimas, como el día anterior, los recuerdos y el miedo atormentándola, incluso en la lejanía, incluso cuando estaba en un presente a salvo del hombre que la lastimó. No era suficiente, estar lejos no era suficiente, probablemente si se escondían al interior de su castillo, esta seguiría asustada.

Le tomaría tiempo ayudarla a superar el miedo, los traumas, la inseguridad, pero iba a hacer todo lo posible para asegurarle una vida tranquila, una vida feliz, una vida libre lejos del encierro y el abuso por el que se vio sometida por años.

"No dejaré que él la lastime de nuevo, no dejaré que él la vuelva a encerrar, y creame, no me da miedo perder mi vida, porque juré vivir para hacer lo correcto, y esto es lo correcto. La única forma en la que me detendré es si dejo de respirar, y le aseguro que me iré tranquila, con honor."

Habló segura, confiada.

No le daba miedo el rey, para nada, era solo un tipo escuálido y débil, solo que tenía un gran poder que ni siquiera había conseguido por sí mismo. No le tenía miedo a un tipo así, así que no iba a acobardarse. No iba a volver a Atlas con la cola entre las patas para devolver a la princesa, porque no era así, y la única forma en la que Jacques volviese a tomar a la princesa como rehén, sería pasando por sobre su cadáver.

Si, así era.

"Si él la quiere a usted de vuelta, tendrá que pasar por sobre mi cadáver."

Notó incluso más preocupación en la mirada de la mujer, pero esta asintió, finalmente, aceptando que estaba hablando en serio, que estaba segura de sus palabras, que era una promesa, que era así. Era fiel a su juramento, era fiel a las personas, e iba a proteger a quien necesitase protección, tal y como su madre lo hizo.

Sintió un tirón en su capa, y se vio buscando la razón.

Las pequeñas manos de la princesa llegaron a su capa, sujetando la tela. No podía ver su rostro, pero si podía notar los temblores en sus hombros, el llanto volviendo, o al menos su cuerpo le mostraba aquello. La frente ajena se apoyó en su hombro, y probablemente fuese la zona menos apta, por lo duro de su armadura, pero no iba a decir nada. La princesa había hecho un avance, y no iba a arruinarlo, iba a apoyarla, iba a dejar que esta pudiese desahogarse en paz.

Sin embargo, su instinto de protección, su instinto de cuidar al más débil, florecieron en ese instante, y por inercia llevó una mano al cabello corto de la princesa. Se acercó de nuevo, con cuidado, esperando que la princesa notase su movimiento con su ojo bueno, y luego llegó a su objetivo.

Ya no se sentía erróneo como el día anterior, donde quiso consolarla, pero sus mismos movimientos crearon aún más discordia, más miedo, más inseguridad, ahora sentía que había hecho las cosas bien, y le serviría de aprendizaje para la siguiente vez.

No cometería otro error así.

El llanto creció, pero no se movió de ahí, esperó a que la princesa terminase de llorar y lograse tener cierta calma, aunque sabía que nunca sería suficiente, que los terrores seguirían ahí. Luego de lo que le pasó, dudaba que hubiese llanto que calmase la tempestad dentro de ese pequeño cuerpo.

Al menos podía ofrecerle un hombro donde llorar.

Y para la próxima, esperaba ofrecerle un hombro sin armadura.

Otro error del que aprendería.