MAD WORLD
-Rabia-
…
Si estaba ahí, en la sala del trono, era por algo.
No le agradaba estar ahí, aun se sentía incómoda, pero había sido llamada antes de que su tiempo de búsqueda acabase, así que sabía cuál había sido la razón de eso.
Su plan había funcionado.
Justo a tiempo.
"Hay algo que tengo que discutir contigo, sobre tu búsqueda."
La mirada de la reina seguía como siempre, sin nada, vacía.
Eso era exactamente lo que esperaba oír.
"¿Qué es lo que sucede?"
Habló, esperando que no se le notase que sabía lo que ocurría.
"Te apoyé en tu intención de encontrar a tu media hermana, y ahora sé que estuvo bajo mi poder todo este tiempo."
Si, realmente había funcionado.
El haber tenido un día con la reina había servido, aunque hubiese terminado hablando de los sentimientos, de su madre, de aquella enferma mujer que les daba caza a los ojos plateados. No fue fácil hablar de eso, y hubiese sido simple el solo hablar de su hermana, de su apariencia, y nada más, pero no se podía evitar. Nunca se sentía cómoda con esos tópicos, y se vio perdiendo en control, sintiéndose vulnerable, débil, en la mira de aquella mujer, su enemigo.
Pero al parecer, todo eso sirvió para ganarse la confianza de la reina.
Seguir cordial era la única forma para conseguir tiempo, ya que era evidente que no iba a ganar nada como Yang hacía las cosas, con brutalidad, violando y lastimando a quien sea que le negase el paso, no era esa clase de persona. Al menos sin ver a nadie a los ojos, podía tomarse un tiempo de pensar en la mejor manera de solucionar las cosas sin derramar aún más sangre de la que se derramaba a diario.
Ese retorcido mundo sangraba día a día para aumentarlo con sus sentimientos desbordados.
Por suerte Weiss Schnee era más fácil de tratar de lo que creyó, se ganó su confianza, y tal vez era la misma mente lógica de esta lo que la ayudó. Ahora solo debía fingir que no sabía nada, que no sabía que esta tenía a Yang en su poder, simplemente fingir demencia.
Estaba demente, sabía cómo resaltarlo aún más.
"¿En serio? Eso limita mi búsqueda. Probablemente cualquiera pensaría que mi hermana era parecida a mí. No la culpo por asumirlo."
"Belladonna."
Weiss habló con más fuerza de lo habitual, su voz retumbando en la habitación.
Giró el rostro, agradeciendo ya no sentirse inquieta al dejar de mirar al monarca. Observó las grandes puertas de madera que se abrían de par en par. La gata hizo una leve reverencia al entrar, seguida de Yang, la cual parecía limpia, se notaba que los harapos que tenía con anterioridad habían sido cambiados.
Que considerada la reina de darle algo de humanidad a ese ser inhumano que mantenía encarcelada.
Sonrió un poco más auténticamente al ver que su hermana estaba viva. Estaba la posibilidad de que esta perdiese los estribos, de nuevo, e hiciese una estupidez que le costara la vida, o el brazo que le quedaba.
Tres guardias las seguían, manteniendo la distancia, pero siempre listos para actuar. No creía que hubiese necesidad. La gata era capaz de detener a Yang si esta intentaba escapar o algo similar.
Volteó a mirar a la reina, la cual no había dejado de mirarla ni por un segundo.
Cada vez que esos ojos celestes la miraban, y ella la miraba de vuelta, tenía esas ganas, ese deseo, de poder usar sus ojos para inyectar sentimientos en vez de solo adquirirlos. Quería usarlos y enloquecer a Weiss, ver como su rostro se contorneaba, los sentimientos nunca antes experimentados dejándola sin cordura.
Jadeaba de solo imaginárselo.
"Es ella. Es Yang."
Confirmación lista.
"Lamentablemente, sus crímenes en contra del reino siguen siendo superiores a la condena ya efectuada. No puedo dejarla en libertad."
Negó de inmediato, lo entendía, no esperaba que fuese liberada solo por llevarse bien con la reina, los pecados se pagaban, incluso en ese mundo. Ser liberada así sin más, era imposible, menos al ser la reina quien la tenía atrapada entre sus garras soberanas.
No sabía que había hecho Yang, pero si sabía lo capaz que era y como sus crímenes se caracterizaban, así que podía tener una idea. Iba a tener que poner de su parte para asegurar la seguridad de su hermana. Podía hacer eso. Había roto miembros y desfigurado rostros con tal de vengarse de quien lastimó a alguien preciado, tal y como era su deber, como la voz de su madre le recordaba a menudo, así que no era un problema el bajar la cabeza un poco más.
Solo debía mantener el control.
Podía ser usada por ese reino, no tenía problema alguno, era un precio bajo en comparación a la vida de su hermana, y ya era evidente que la reina se había interesado en ella, en sus habilidades, en sus ojos.
No era difícil hacer un trato que beneficiase a ambas partes.
"Le ofreceré mis servicios con tal de asegurar la vida de mi hermana. Estoy dispuesta a todo por mermar su castigo."
Le dio una leve reverencia a la mujer, más con su rostro que con otra parte del cuerpo, y no dejó de mirarla ni un segundo. Sabía que esa era la mejor forma de agradecerle.
La reina asintió en respuesta.
"Sé que eres hábil, y hacer que trabajes para mi será beneficioso, sin embargo, cuando pagues tu condena me costará dejarte ir."
Soltó una risa ante sus palabras.
Probablemente no encontraría a alguien como ella en otro lugar. Guerreros de ojos plateados había pocos en el mundo, de hecho, que estuviese viva a su edad, seguía siendo extraño. Era un hito viviente. Al último que vio vivo era a un animal de ojos plateados, siendo torturado por una gran masa de personas en un pueblo alejado, el pobre se retorcía, pero sus ojos seguían ahí, inertes, atrapando tantas emociones que lloraban sangre, listos para explotar ante la presión.
Le parecía interesante saber de qué era capaz la reina con tal de atarla al reino.
Quizás eso haría emerger sentimientos en esta, retorcidos sentimientos, y no podía evitar sentirse interesada en verla así, en ver hasta qué punto podía llegar con tal de tenerla bajo su poder.
Escuchó un gruñido y se vio en la obligación de separarse de la mirada de la mujer.
"¿Acaso vas a trabajar para esta víbora?"
No tenía que mirar a Yang para sentir su rabia. Se había acostumbrado a reconocer su ira, con la intención de poder huir de su mirada. Sentía su piel erizarse ante la simple idea, ante lo que significaría el mirar fijamente a esos ojos que se teñían de rojo. Si había alguien que sintiese con mucha intensidad, incluso más que ella misma, era su hermana.
Pero no eran muchos sentimientos, no, eran solo dos, ira y placer.
El placer de matar.
Le sonrió a su hermana, mirando el piso.
"Muestra más respeto, Yang, que mereces más castigo que una jaula. Y si, si tengo que mantenerte con vida, voy a trabajar aquí por el tiempo que la reina estime conveniente."
Yang volvió a gruñir.
Era impresionante como ese gélido lugar empezaba a calentarse poco a poco.
Esta dio dos pasos hacia adelante, haciendo retumbar el suelo. Su único puño se apretó con fuerza, blanqueando sus nudillos. Probablemente su cabello estuviese cambiando de color, pero estaba tratando de mantener la mirada lo más lejos de la ajena. Normalmente mirar el rostro o no enfocarse en los ojos era suficiente, pero con Yang, era más complicado.
Era su hermana, su conexión era diferente, más íntima, más cercana.
Llevaban años conociéndose, conviviendo, no podía huir de esta.
Sabía la intensidad de esos ojos.
El desastre que provocaba en ella.
"¡Eso es una traición!"
Negó, empezando a sentirse inestable.
Su instinto primario, fue llevar su mano a la frente, y así estar lista para taparse los ojos. Sentía la sangre bombear con más rapidez, el caos inundando sus interiores, ahogándola por dentro. Esa ira, esa rabia, era demasiado intensa, no podía mantenerse al margen.
No podía resistirse ante la tentación.
Sus ojos deseaban ser corrompidos por semejante explosión de ira, de placer.
"No lo es. Necesito sacarte de este reino y esta es la única forma. Tú te metiste en este lío."
"Ruby, mirame."
El gruñido la desestabilizó, y se vio riendo, desesperada, las ganas, la necesidad, empezaban a envolverla, a inquietarla, el deseo de sentir más, descontrolándola por completo.
Oh no.
"No."
No lo haré.
No de nuevo.
Podía sentir los espasmos en la mano que seguía a su costado. Solo unos metros de separación bastaban para sentir la influencia de la ira ajena en ella. Ya ni siquiera sonreía, ahora sentía la mandíbula apretada, sus dientes apretándose, su risa dejando de ser carcajadas y volviéndose nada más que gruñidos.
Ojalá fuese tan simple como su propia ira, pero esta era diferente, era un deseo, un placer, unas ganas de matar que le daban nauseas.
Pero que se sentiría tan bien dentro de ella.
Era abrumador, pero tan agradable.
Anhelaba ese placer.
Alguna de las dos no iba a salir viva de ese lugar, ya lo tenía claro.
"MIRAME."
"¡Te dije que no!"
Gruñó también, sintiendo la garganta irritada.
Debía luchar, debía evitarlo, debía controlar sus ojos.
Yang ya estaba demasiado cerca, la sentía cerca, se había escapado del agarre ajeno. En un movimiento brusco esta golpeó su mano que protegía su vista, y luego la agarró de la mandíbula, su fuerza siendo capaz de triturar sus huesos con facilidad, pero no lo hizo, solo tenía un objetivo en mente, que la mirase, y así fue.
La forzó, y sus miradas chocaron.
Yang sabía lo que la hacía sufrir, lo que más la lastimaba, y como siempre, disfrutaba de herir a los demás, incluso a su propia hermana, al final, la odiaba, por supuesto que la odiaba, era un engendro de la naturaleza, ¿Cómo no iba a odiarla? A ella y a su madre, siempre.
Cuando Yang perdía la razón por la ira, recordaba que eran enemigas, que, aunque fingieran para hacer feliz a su padre, aunque pretendieran ser hermanas reales, de sangre, no era nada más que una falsedad tras otra, y hubo tiempo donde realmente se creyeron la mentira de su amor fraternal, hasta que la realidad les golpeaba.
Y la realidad siempre golpeaba.
Honestamente, ella también odiaba el calor, el fuego, lo que describía a Yang, ya estaba harta de eso, mucho daño ya le había causado.
Los ojos de Yang estaban rojos, llenos de furia, sus cabellos ardiendo, quemando, calentando todo alrededor.
Aun recordaba la última vez que vio esos ojos, y deseó no tener que verlos así de cerca nunca más en la vida. También, al igual que ahora, notó el rostro iracundo cambiar levemente, la mueca de ira tornándose en una sonrisa sádica, dispuesta a hacer lo que sea para sentir satisfacción, placer.
De quebrar, de violentar.
De inmediato perdió la cordura.
Su propia ira era suficiente para ser controlada, pero con esto, era demasiada estimulación. Poco a poco, segundo tras segundo, toda esa ira atravesaba sus ojos, y como una corriente entraba en sus venas, palpitaba. Transformaba todo lo conocido en caos. Podía asegurar que las venas de su rostro se teñían de rojo, de sangre, de rabia.
HERIR.
MUTILAR.
VIOLAR.
DESTRUIR.
TRITURAR.
MATAR.
Soltó un gruñido, y llevó su puño a la cara de Yang.
Nunca peleaba con los puños, pero la ira, la ira de Yang, la forzaba a ser así, a usar todo su cuerpo, a ser un animal tal y como esta lo era en esos momentos, una creatura inhumana llevada por el deseo de ver a su contrincante sufrir, destruyéndolo, rompiéndolo. El golpe logró hacer que esta la soltase, pero rápidamente Yang usó su cuerpo para empujarla. Cayó al suelo, y pudo ver como esta se iba a lanzar. Hubiese hecho tantos movimientos diferentes, habría atacado de tantas otras formas, pero esa ira palpitante solo ocasionaba que su cordura y raciocinio desapareciese.
Y era eso, un animal.
Deseando enterrar los dientes, los puños, en la carne ajena.
Y disfrutar del dolor ajeno.
De los gritos.
De las suplicas.
De la muerte.
No se demoró en levantarse y lanzarse también, ambos cuerpos chocando una vez más.
La golpeó con la cabeza en el rostro, pero esta solo lo tomó como un desafío.
Le llegó el puño ajeno en la cara que la hizo sentirse mareada, pero el deseo de hacer sangrar a Yang evitaba que pusiese atención a su propio dolor. Yang podía tener un solo brazo, pero ese brazo seguía teniendo la misma fuerza sobrehumana de siempre. Se movió, y usó una de sus piernas para darle a esta una patada en el abdomen que le hizo ganar espacio. Pero no, no tomó distancia para intentar volver en sí misma, de hecho, no podía.
Luego de que la ira, que los sentimientos ajenos llegaban a ese punto, no podía detenerse hasta que la fuente desapareciera.
Cuando los ojos perdiesen la vida, también lo haría el calor en sus venas.
Así fuese su propia hermana, y la misma Yang lo tenía claro.
Eso mismo ocurrió aquella vez.
Con esos ojos ámbar.
Con esa mujer quien la quiso convertir en cenizas, quien la hizo arder.
Aprovechó esos pocos pasos de distancia y procedió a meter una mano en su bolso. Sacó su cuchilla, sin siquiera importarle la forma en la que la tomó y como la misma se enterró en su piel. No había pensamiento alguno, solo las ansias de llevar a cabo su cometido. Solo el instinto básico llevado por la ira, de matar, de destruir. En ese instante su meta era deshacerse de Yang.
Quería verla gritar, verla sufrir, verla llorar, quería hacer que sangrase, que gritase, que suplicase.
Y no iba a dudar, de hecho, la locura, el caos, no se lo permitía.
No era ella misma. No lo era.
Esos ojos, eran una maldición.
Morir, es un regalo.
Ojalá pudiese ser capaz de escuchar su propia cabeza. Ojalá fuese capaz de cerrar los ojos, pero estos estaban bien abiertos, deseando consumir más, a costa del huésped.
Yang levantó el puño, dispuesta a todo, esta tampoco se detendría.
Ninguna lo haría.
Y así, atacaron sin duda alguna. Sus conciencias eliminadas por la ira.
O al menos, así fue por un momento.
Un segundo después vio todo oscuro.
Era difícil saber que pasaba, pero bendecía esa oscuridad que permitía que la calma poco a poco llegase, o más bien, que toda la ira desapareciera. Poco a poco. Algo presionaba en sus ojos, algo frio, algo gélido que poco a poco contrarrestaba el calor en su mirada, sus ojos antes plateados debían de estar inyectados en sangre, ardiendo, y esa frescura hizo que los sintiese normales de nuevo.
Hizo que ella misma se sintiese normal.
Lo más normal que podía ser siendo ese engendro que era.
"Enciérrala. Se acabaron las reuniones familiares."
La voz de la reina resonó, callando sus pensamientos alborotados en su cabeza, silenciando todo.
Cuando volvió a ver, cuando sus ojos fueron liberados, notó como Blake mantenía agarrada firmemente a Yang, mientras esta poco a poco perdía el calor, y, de hecho, notaba como uno de los guardias tenía una cubeta que al parecer tenía agua, el líquido estaba botado en el suelo, bañando las baldosas, junto con algunas manchas de sangre.
Las baldosas teñidas de rosa y rojo.
Notó la cuchilla en su mano ahora manchada, y la sola imagen le impresionó.
Nunca había llegado tan lejos si se trataba de Yang. Siempre fueron golpes, donde ambas perdieron la conciencia.
Fue años atrás, y ninguna era tan fuerte como ahora.
Por inercia dejó que el arma cayese al suelo. Temblando. Ahora sentía sus propias emociones desbocadas saturándola. Las ajenas iban desapareciendo, pero al mismo tiempo, las propias iban quedando tan latentes, tan vivas, incontrolables.
Eso era lo que no debía hacer, no, su madre le dijo que debía proteger a su familia, vivir por otros, por quienes amaba, y lastimar a Yang era todo lo contrario de lo que debía hacer.
Debía salvarla a toda costa.
No matarla.
No era lo correcto.
Nunca hacía lo correcto con esos ojos.
"Atiende sus heridas y llama a alguien de la servidumbre que venga a limpiar este desastre."
"Eso haré, su majestad."
Y así, la gata y su hermana desaparecieron por las grandes puertas, junto con los guardias.
No era capaz de mirar a la reina, sintiendo aun la adrenalina de sus ojos en su cuerpo. No podía siquiera mirar a alguien a la cara por el mero trauma de lo ocurrido.
Sus ojos habían probado sentimientos ajenos y ahora querían más, sin detenerse, y temía moverse, buscar a una presa, inyectarse una vez más de la sensación adictiva que sus ojos ansiaban, la de sentir el sentimiento ajeno en sus venas, consumiéndola.
Recordó aquel día, de nuevo.
Su intención nunca fue matar a Cinder, pero los sentimientos desbordantes, tanta rabia, tanta envidia, tanto desprecio, con todo eso en sus venas le fue imposible contenerse, y todo porque la mujer insistió en que la mirase. Esta le gritaba, una y otra vez, que iba a quemarla, que iba a destruir su rostro, que quería ver el miedo en sus ojos plateados, y sentir el placer de conseguir venganza.
No sucedió como esta quería.
Solo bastaron unos segundos para que sus ojos absorbieran toda esa maraña se sentimientos que tenía la mujer dentro. Ni siquiera podía enfocarse en el dolor de su cuerpo al ser quemado, su piel hirviendo, burbujeando, tiñéndose de rojo, eso no era suficiente para hacerla salir del trance.
El dolor no era suficiente para detener la ira que sintió.
La destrozó aun más de lo que ya había hecho en una pelea que tuvieron previamente, y no pudo parar. No hubo límite alguno. Se apoderó de todos esos deseos de la mujer, todo lo que Cinder le quería hacer, fue lo que le hizo a esta. No fue hasta que los ojos ajenos dejaron de tener vida que sus propios ojos volvieron a la normalidad.
Hacer daño por placer propio nunca era su intención.
Era difícil sonreír en aquel entonces, por la muerte de su ser querido, y también por el miedo de sí misma, al saber hasta qué punto podía llegar la maldición de sus ojos.
Ahora lo tenía claro. Ahora sabía lo que era capaz.
Deseaba, con fervor, el no tener a nadie.
No le quedaban muchas personas, ni había hecho lazos con muchas personas, porque ansiaba su muerte, pero si tenía a alguien a quien proteger, debía procurar vivir. Eso era lo que su madre le enseñó.
Y sonreír.
Siempre sonreír.
No se puede morir en vano, no está permitido.
Se quedó ahí, inerte, mirando el charco de sangre suyo y de su hermana. Aunque sabía que podía pasar, fue imposible el detenerse. No era capaz. Ni siquiera la evidencia del desastre detenía a esos ojos egoístas. Ni siquiera al haber vivido una experiencia tan similar.
Recordó, de nuevo, otra de las frases de su madre, pero no podía sonreír ya.
Le era imposible.
Sonríe, sin importar lo intensos que sean los sentimientos.
Casi mata a su hermana. ¿Cómo iba a sonreír después de eso? Debía protegerla, vivir por la última persona en el mundo que le quedaba.
Sus piernas no pudieron con su peso y cayó al suelo, las protecciones metálicas en sus rodillas resonando con las baldosas.
Se sentía débil.
Fue demasiado lejos.
Tomó la cuchilla ensangrentada y la miró.
Sus ojos, eran una maldición. Como odiaba esos ojos. Como de imposible le habían hecho la vida. Todos los que tenían esos ojos morían terriblemente, y no quería terminar así, no quería explotar como tantos, sangrar como tantos, pero vivir, vivir era tan difícil.
Tan complicado.
Era tan fácil como…
Sacárselos…
