GRIMM REAPER

-Promesa-

Cerró los ojos.

Respiró profundo.

El aire estaba contaminado, pero lo que sea que ocurría ahí, era completamente ajeno a su inmortalidad, a su posición superior. Así que podía olerlo, podía saber lo que los humanos olfateaban cada vez que intentaban respirar, pero no le causaba daño alguno, su cuerpo perpetuo a pesar de no serlo del todo.

Y deseó que le causara daño.

Ahora sentía desdicha, sabiendo que perdería a Ruby, que volvería a la oscuridad, sola, de nuevo, para vivir una eternidad más hasta que su cuerpo de carne y hueso no soportase la inmortalidad.

Así que prefería morir, prefería intoxicarse con ese aire dañino, y no tener que volver, no tener que volver a su lugar como La Muerte y simplemente desaparecer antes de tener que sufrir aquella soledad.

Su vida ya no tenía sentido sin Ruby.

Ruby le dio un sentido.

Pero se había acabado.

Giró el arma, la punta de la cuchilla apuntando al alma que se removía con locura, sabiendo lo que se venía, sabiendo que sería alejado de su cuerpo humano y desaparecería en las tinieblas, por siempre.

Y así, bajó el arma.

Pero…

Se detuvo.

Su mano ya no podía bajar más, por ende, la cuchilla no podía llegar a su objetivo.

Su cuerpo debía de arder, tal y como ardía La Muerte en el mundo humano, aun así, esa pequeña chica humana la sujetaba firmemente, abrazándola, deteniéndola, sin temer el quemarse, sin temer el sentir su cuerpo hervir con el calor del mismo infierno, por el contrario, esta no tenía miedo, ni siquiera temía sujetar con su otra mano la guadaña, evitando que bajase más, que cumpliese su cometido, usando incluso la fuerza que no tenía para detenerla.

Se le quedó viendo, sin saber que ocurría.

"Detente, dame un momento."

Esta habló, su voz alterada y difusa al tener la máscara puesta, la cual sentía enterrada en su pecho.

Levantó la mano, dejando su labor de lado, enterrando de nuevo la guadaña en el suelo, a su lado, lejos del alma que debía ser despedida de esa realidad.

Ruby se calmó al ver la guadaña ahora inerte, pero no la soltó, ahora ambas manos firmes en su capucha, echas pequeños puños, aferrándose a la tela, sin la menor intención de alejarse del calor abrumante de La Muerte, con más miedo de que hiciese su labor que el quemarse.

Cuando los plateados la miraron, estos se veían determinados.

Y temió que esta aceptara…

Tal y como dijo su Ruby, que aceptaría ir con ella si es que la necesitaba, que, si alguien necesitaba a Ruby, esta ahí estaría, siempre, y no quería que esta se viese amarrada a un mundo que no conocía. Esa Ruby no merecía ser obligada de esa forma, y ella no quería ser partícipe de estar manipulando sus sentimientos heroicos, no era justo.

Amaba a Ruby, amaba esa alma que tenía dentro, y por lo mismo no podía hacerle algo semejante.

"¿Quieres que sea La Muerte?"

La pequeña chica frente a ella habló, su voz firme.

Se vio negando, de nuevo completamente hipnotizada por esos ojos plateados que tanto adoraba, los mismos ojos que observó por siglos, y que estaba segura de que observaría por cientos más.

"Quiero que estés conmigo, quiero estar una eternidad contigo, dejar mi soledad y tenerte para siempre, pero si hago eso, tu destino estará sellado, y cuando yo desaparezca, tendrías que seguir con mi legado."

Ruby asintió, de nuevo sus ojos miraron alrededor, pensando, buscando respuestas a sus preguntas rápidamente. Luego esta se giró, mirando por las grandes ventanas que mostraban el terrorífico cielo, y bajo este, las luces brillantes que le daban algo de vida a ese mundo en permanente extinción y oscuridad. Se vio mirando también, siguiendo la mirada ajena.

Era terrorífico, sí, pero había algo hermoso en esos colores, a pesar de lo dañino que fuesen, de las cosas malas que significaban.

Podía encontrar hermosura en la muerte.

Cuando Ruby volvió a mirarla, y podía ver como sus ojos plateados sonreían, y probablemente también le ofrecía una sonrisa la cual no podía ver por la máscara de gas ocultando la mitad de su rostro, y le trajo de nuevo recuerdos del pasado, sintió la melancolía abrumándola.

El amor.

Temió que eso fuese una despedida, y lo había asumido hace solo unos momentos, pero ahora, sintiendo el cuerpo de Ruby cerca del suyo, se sentía incluso más doloroso, porque lo era, porque estaba tan cerca pero tan lejos al mismo tiempo, y eso no dejaba de abrumarla, de aprisionarla.

Se acercó, sin saber si su cuerpo había crecido más de lo que creyó durante esos años, o si el cuerpo de esa Ruby era más pequeño de lo que podía imaginar, porque, teniéndola en sus brazos, se sentía así, diminuta. La rodeo, sintiendo su propio cuerpo rebosante de felicidad con la mera cercanía. Se había acostumbrado a estar cerca de su Ruby, de abrazarla, de pasar tiempo una al lado de la otra, y cuando esta se fue, añoró la cercanía que nunca pudo tener en su vida humana.

Ruby se demoró un momento en reaccionar, y a pesar de que lo único que supiese de su persona, era el acoso al que solía someterla, mirándola a través de realidades, esta se vio en la confianza de abrazarla de vuelta. Era una persona cálida, demasiado, tanto así que no dudaba en acercarse, en sujetar a un ser inhumano, a un ser que hervía como el mismo infierno.

Y eso estaba a su favor.

Su Ruby, solía ser más fría, más reservada, también por ser mayor a la hora de pasar al otro lado y por haber estado quinientos años en soledad, pero esta Ruby aún era joven, aún tenía esa chispa infantil en sus ojos a pesar de las cosas por las que pasó, a pesar de haber estado hace unos minutos jugándose el pellejo para poder conseguir una mejor oportunidad para los suyos, dispuesta a morir por los demás, a matar por los demás.

Cuando pasó por todos sus traumas en su infancia, no pudo hacer nada más que callar, y le tomó años el poder tener el valor para tomar su espada y arrebatarle la vida a su padre, a quien la acorraló cientos de veces, quitándole su libertad y su voz. Solía ser una cobarde, lo tenía claro, pero Ruby era diferente, sin importar en que siglo se encontrase, su alma seguiría igual.

La admiraba.

Podía verla llena de vida a pesar de todo, sus ojos brillantes, tal y como solía ver a su Ruby cuando se relajaba, cuando pasaban tiempo juntas, disfrutando de la compañía, simplemente hablando de todo y de nada.

Le traía recuerdos, por supuesto, y quería seguir así, con Ruby, por siempre, por muy egoísta que fuese.

"Iré contigo."

Dio un salto al escuchar la voz difusa, pero no se separó, los brazos de Ruby sujetándola con firmeza, sin soltarla, sin dejar que se alejase, su cuerpo diminuto y débil, pero aun usando todo su ímpetu para mantener el abrazo. Aunque sus impulsos la hicieran necesitar el ver el rostro ajeno, el ver su expresión, no pudo competir con el alivio que se sentía el tenerla de nuevo apegada a su cuerpo, así que simplemente disfrutó de la cercanía.

"Es una vida solitaria, es una vida difícil."

Habló, sin querer endulzarle la realidad cruda que era el comandar esa guadaña, el llevar esa capucha.

Pudo sentir como esta se levantó de hombros, haciendo un claro gesto de estar quitándole importancia a un asunto tan importante como ese.

Al final, no era solo un trabajo más, si no que era un trabajo eterno, donde cada día se veían a cientos morir, se veían cuerpos muertos, a almas en pena, y debían de estar ahí, el ser testigos de cualquier imagen que tuviesen frente a sus ojos.

Pero a Ruby no le importaba.

"He respirado suficiente aire tóxico durante mi vida, mis pulmones apenas funcionan, dudo que viva demasiado. Mi familia es lo único que me motivaba a seguir, pero no soy capaz de seguir ayudándolos, no en mi estado."

La voz difusa siguió, y notó la madurez en su voz, siendo tan diferente a como era físicamente. Pero recordó como era cuando niña, cuando corría por las calles, cuando se metía en peleas, todo para ayudar a los demás, así que era evidente que había madurado demasiado rapido, viendo a todos morir por el gas mientras los más ricos permitían que el mundo a sus pies ardiese.

Ya se los llevaría a todos ellos al infierno.

Y lamentaba ver eso desde la lejanía y no poder ayudar, ni a Ruby ni a su familia, todos sufriendo, todos teniendo sus vidas pendiendo de un hilo, Ruby más que nadie, siendo la primera que corría al peligro, sacrificándose por todos.

La admiraba, pero como le dolía el verla retorcerse del dolor cuando llevaba su débil cuerpo hasta el extremo.

"No tengo nada que perder."

Y le creía, pero…

"Pero perderás tu vida, tu libertad, serás condenada a ver a las personas morir por la eternidad, hasta que tu cuerpo se pudra en el infinito."

Escuchó a Ruby reír, su risa resonando de manera difusa al igual que su voz.

No quería alejarse, pero lo hizo, solamente para mirarle el rostro y entender su risa, y sintió las manos ajenas firmes en su cadera, sin querer alejarse tampoco de ella. Se sentía atraída a Ruby, esa alma las unía, pero no creyó que esta sería tan receptiva a su aparición, a su calor infernal, a su aroma a muerte, a su existencia inhumana.

Los ojos plateados la miraban, tranquilos, determinados, sin ningún atisbo de indecisión.

"Aquí vería a todos morir, hasta que mi cuerpo no aguante más, no será mayor diferencia. Además, ya nadie me necesita aquí, ya cumplí mi propósito, tú me necesitas más que nadie."

Negó, sintiendo de nuevo sus ojos arder, pero ya no lloraba, su inhumanidad no lo permitía.

Sus manos permanecían sobre los hombros de Ruby, ahí inertes, pero las movió, dejándolas a los costados de la cabeza de la chica, sus manos de nuevo luciendo inhumanas en comparación.

Sostenerla así, era algo en lo que perdió esperanzas cientos de veces, pero ahora era realidad.

"¿Y si te arrepientes?"

Le preguntó, sabiendo que las venas oscuras debían aparecer por sobre su vestido, sobre su pecho, pequeñas, apenas visibles, pero Ruby podría notarlas sin ningún problema ante la cercanía que compartían.

Ruby alejó una de sus manos de su cadera, y extrañó el tacto de inmediato, pero esta solo quería sacarse la máscara, dejar visible de nuevo su rostro, sin importarle su salubridad, pero había visto a esa mujer, siendo una niña, y sacándosela miles de veces por diferentes razones, y ahora no era diferente.

"Entonces, no permitas que me arrepienta."

Esta le dijo, ahora su voz sonando ronca ante el aire toxico pasando por sus pulmones, y le recordó a su antiguo amor, ahora ahí, frente a ella, en un cuerpo físico, real. Ruby le sonrió, mostrando sus dientes, su rostro iluminándose, y sabía con eso que ya no podría poner más excusas, que con eso debería llevársela con ella, que no quería perderla.

Asintió.

Era una promesa.

Y no iba a permitirse perder una nueva oportunidad de amar.

Se alejó, poniendo espacio entre ambas, perdiendo el tacto que tenían, el cual extrañó, pero no por mucho, volvería a tener aquellas sensaciones de vuelta, pronto.

Estiró su mano, mientras Ruby volvía a ponerse la máscara, una mueca de confusión en su rostro al ver su gesto.

Era un pacto.

Era un trato.

Era una promesa.

Una nueva promesa.

Ruby la miró, y luego sus ojos volvieron a llenarse de determinación, y sin dudarlo se acercó, su mano lista para estrechar la propia. La mano era pequeña, pero su agarre era firme, seguro, sin vacilar en lo más mínimo.

Como una reminiscencia del pasado, la unión entre ambas empezó a sangrar, gotas de sangre oscura apareciendo entre ambas, poco a poco, goteando, cayendo al suelo, hasta que se formó un rio, una cascada de oscuridad, y luego, Ruby empezó a ser consumida por esa oscuridad, estaba siendo enviada al mundo infinito, tal y como ella antes, en aquel siglo. Su mundo tornándose negro, todo su alrededor, envolviéndola, hasta que no había nada más, ningún color, ningún objeto, nada, solo oscuridad en cualquier dirección que mirase, y eso debía estar viendo Ruby.

Por su parte, terminó su trabajo, con una rapidez que no había usado nunca, ya que por primera vez ansiaba volver con desesperación a su trono, a su hogar, desde que se convirtió en La Muerte pasó lentamente por el mundo de los humanos, tomándose su tiempo, sabiendo que volvería pronto a su oscuridad eterna y solitaria.

Ahora solo quería salir de ahí, terminar rápido con aquella alma, mandarla rápidamente a su lugar, ya que Ruby no estaba más ahí, si no que estaba en su lugar, y debía regresar.

Debía volver a su hogar.

Debía volver donde su amada.

Y así lo hizo, la cuchilla cortando el alma que yacía aun desesperada por zafarse, o por volver a su cuerpo, y esta desapareció en la nada, avanzando a su lugar, a donde pertenecía, donde pasaría el resto de la eternidad, y eso mismo haría ella.

Abrió el portal, enseguida.

Si, ahora le tocaba a ella volver a donde pertenecía.

Donde pasaría el resto de la eternidad, junto a su amada.