Huellas del pasado

Kagome:

Suspiro al momento de verla subir furiosa por la escalera. Ella nunca tendrá remedio. De hecho, siempre ha sido tan difícil, lidiar con su carácter de renegona y bravucona.

Desde pequeña, Moroha a demostrado ser una niña completamente imperativa. Aveces me da problemas debido a su actitud demasiado grosera y egocéntrica, que últimamente se ha intensificado. Cuando era más chiquita, solía ser muy traviesa y sonriente. Siempre hemos sido las dos solas. Y yo he educado a mi hija a como mis valores lo indican. Pero supongo que cuando uno nace para comerse al mundo, nace para eso.

Y Moroha nació para llamar la atención en todos los sentidos.

«Se parece demasiado a él» Vuelvo a suspirar, apartando el pensamiento. Es mejor no recordar personas muertas para mi.

Conozco a mi hija, y sé que el berrinche le va a durar toda la noche. Nunca me ha gustado regañarla o castigarla. Mi hija siempre ha sido libre. Pero en ciertas ocasiones me colma, y tengo que tomar estas medidas con ella.

Su comportamiento se ha vuelto mucho más rebelde a como acostumbra a ser. Supongo que se debe a que está entrando en la adolescencia, y no me acostumbro todavía a ello. Moroha nunca a sido violenta; problemática y grosera, tal vez, pero jamás violenta. Y que esa actitud contínua en ella se intensifique, es uno de mis mayores miedos.

No obstante, sé que su actitud se debe a todos los insultos de las personas hacia ella, y hacia mi. Cree que no lo noto, pero siempre estoy al pendiente de ella. Y hoy, tuve que tragarme toda la cháchara del director Totosai sobre la pelea de mi hija con la primogénita menor de los Hideo. Esa señora creía estar por encima de mí, solo porque su estatus es un poco más alto que el mío. Se sienten los dueños de Akamura, solo porque su hijo mayor se casó y dirige una empresa en Tokio.

Estuve apunto de irmele encima cuando puso el nombre de mi hija en sus labios. Quise dejar a un lado todos mis principios y pegarle la zurra de su vida ¿Qué se cree ella para burlase de Moroha en mi cara? No sabe cuanto la odio. Cuanto odio a toda la gente de este lugar que siempre me ha juzgado sin conocerme.

Cuando comencé a vivir aquí, mi abuelo me abrió los brazos en un momento tan crítico de mi vida, que un poco más y casi hasta me suicido. Las cosas en Tokio marchaban asquerosamente mal, y mi familia me echó a un lado cuando se enteraron de mi error, y me corrieron de casa ¡A su hija! ¡A su princesa! Y es que ya no confió ni en mi madre.

Y para mayor tristeza ¿Quién aceptaría en un pueblo prejuicioso, a una niña de 18 años embarazada? Nadie, absolutamente nadie, y decidí apoyarme en mi abuelo, quien murió tiempo después. Entonces, ese apoyo lo sentí en Moroha. Ella lo es todo para mi, y si aún continuo viviendo en este mundo es por ella. Viví, y vivo, por mi hija. Sin tener en cuenta la ridícula decisión u opinión de nadie.

Decido darme un baño para aliviar toda la tensión que tengo acumulada desde hace unos días. El grupo de acróbatas que conformo junto a una amiga será el primero en presentarse frente a unos misteriosos ejecutivos que en breve visitarán la zona. Eso me ha mantenido un tanto inquieta porque tengo un presentimiento raro desde hace días.

Me siento nerviosa, ansiosa, y alterada. No lo sé, pero percibo en que esto podría tratarse de una gran oportunidad para mi carrera profesional, y esa idea me emociona demasiado. Me inspira muchísimas cosas.

—¡Moroha, a cenar!—Llamo a mi hija quien no me responde. De hecho, no me ha dicho nada en toda la tarde. Ni siquiera ha salido de su habitación, he intento no subir y obligarla a ceder. Tal vez, ella necesite tiempo para estar sola—¡Está bien, no me respondas!—Protesté. Más para mi misma que para ella. No tiene remedio, pero ya el berrinche se le pasará en algún momento de la noche, y entonces tendrá hambre.

Ceno en completa calma y soledad. Comienzo a organizarlo todo en cuanto termino, apartando así, el plato de mi hija que reposa sobre la encimera. La puerta de la entrada es tocada en el momento en el que termino de fregar los trastes, y creo saber perfectamente de quién se trata.

—¡Hola!—Saluda ella con más emoción de la esperada—¡¿Me extrañaste?!—Sonríe.

—Sango—Imito su mismo semblante, en cuanto recibo a mi amiga.

Sango, es mi mejor amiga desde que tengo conciencia. Se mudó aquí, meces después de haber culminado con sus estudios de psicología. Ella tiene un consultorio en su departamento, y es mi terapeuta personal. Quién se conoce toda mi historia, y todo mi pasado. Es más, la considero "mi baúl de los secretos". Y cuando ella me comentó en que se iba a vivir acá, me dieron dos sentimientos distintos; El primero fue lamento. No quería arrastrarla a mis problemas, y que dejara sus sueños por mi. No obstante, ella insistió en que nunca me dejaría abandonada en el momento tan duro por el cual atravesaba. No sabe cuanto le agradezco todo su apoyo.

El segundo sentimiento; fue la emoción de tener a alguien cercano. Mi familia me echó de casa sin tan siquiera sopesarlo, y nadie más se preocupó por mi. Y tras la muerte de mi abuelo, literalmente me encontraba sola. Fue ella quién evitó que me perdiera a mi misma y me convirtiera en algo que no soy. Me abrió los brazos, amparándome en ellos. Y es que Sango es así. Apareciéndose en tu vida cuando menos te lo esperas, para ayudarte a salir adelante. Ella no dejó atrás sus sueños. Simplemente, estaba cuidando de mi.

En mi opinión; Sango no es una amiga, ella es una hermana.

—¿Lista para la función con los ejecutivos?—Me sonríe con emoción, y como si de su propia casa se tratase, la costumbre se había ganado el derecho de abrir el refrigerador con total confianza—Necesito una cerveza...

Sonrió traviesa. Ella sabe perfectamente que a mí no me gusta beber.

—No lo sé. Me gustaría ensayarlo por una última vez. Sabes mi obsesión con la perfección—Recalcó en su última incógnita. Embelesada en como husmea entre los envases de mantequilla, y los pomos de cristal. Finalmente, ella sonríe tomando una soda del refri—¿Enserio vas a tomarte eso?—inquirí, es extraño que tome ese tipo de elección.

Se encogió de hombros, dándose el primer sorbo.

—Pues claro ¿Por qué, no? Kagome, mi dosis diaria de alcohol me ayuda a manejar los nervios. Deberías probarlo de hecho. Aunque la soda tampoco está tan mal...siendo lo único que encuentro en tu casa—vuelve a engullir de la pequeña botella de plástico. Remarcando lo último como protesta.

—Mejor no, gracias—Negué, no muy de acuerdo con su oferta.

—Mmh...tú te lo pierdes—Me sonrío, ya que es muy difícil hacerme ceder ante aquello. También, porque resulta un poco divertido ver a mi amiga ingerir otro tipo de bebida que no sea alcohol. Es natural pensar que Sango es una alcohólica por sus expresiones, o su excesivo gusto a ello, pero digamos que solo se trata de su carácter espontáneo. A mi amiga le gusta beber, eso es todo.

Y más si se trata de momentos como el de ahora.Tanto ella como yo, estamos nerviosas por todo lo que conlleva lo de esas personas importantísimas que vendrán en breve. Somos las únicas dentro del grupo acrobático de Akamura. Es por eso, que debemos de darlo todo en el evento. Ensayamos la coreografía muchas veces. Es maravillosa y difícil. Además, nosotras no somos unas principiantes. Somos profesionales, hacemos esto desde niñas. Solo...nos sentimos algo impacientes. Ya que estamos acostumbradas a un tipo de público pobre.

Fue Sango la que decidió formar el grupo conmigo cuando se mudó a la ciudad. Sabe lo mucho que adoro mi hobbie, y de lo viva que me siento en cuanto doy volteretas saltando de un lado a otro. Comentó, de que era un buen modo terapéutico para superar mis miedos, y dejar atrás el pasado. Cosa en la que tenía razón. Pero en ese entonces, me había costado demasiado el afrontarlo. Luego de un tiempo lo asimilé, y acepté su proposición. Claro está, en que no hicimos nada arriesgado hasta después de un tiempo nacida mi hija.

Eso es otro aspecto. Sango ha estado a mi lado en todo lo relacionado con mi pequeña. Se enamoró de Moroha desde que la vio por primera vez en mis brazos, declarándose a sí misma como su "madrina" y "tía materna". Tengo resaltar también, el hecho de que haya accedido a no rebelar ciertas cosas de mi pasado, que no quiero que sean descubiertas por mi hija.

Y aunque siempre me lo reprochó, entendió mi posición de madre perfectamente.

—¿Y la mocosa?—Preguntó tras un tiempo, inspeccionando con la mirada el lugar y buscando a Moroha por todos lados. Se lanzó al sofá como si fuera de peso pluma, y posteriormente, colocó uno de los cojines sobre su abdomen—¿Te llamaron otra vez del colegio, verdad?

Suspiro. Y me siento en el otro sofá frente a ella, que se ríe de mi, en cuanto ve mi rostro de agotamiento.

—Adivino—hizo ese gesto intuitivo tan característico de ella. Arrastrado aquella palabra, como si ya estuviera colmada de dar con lo mismo de siempre—¿Otra pelea?—Encarnó las cejas con inquietud. Dando con lo mismo de siempre.

Me dejo caer en el mueble.

—Ya no sé que más hacer con ella Sango—protesté con notorio cansancio, alzando la vista hacia el techo. Y frotándome los ojos adormilados—La expulsarán del colegio si continúa así—comenté, con increíble desgano.

—Sabes, no quiero que te ofendas Kagome, pero eso ya era de esperarse—Sonríe mi amiga como lo más obvio del mundo—Despues de todo, ambas sabemos perfectamente a quién salió esa niña—me observa—Y obviamente, no me estoy refiriendo a tí.

Asiento. Y aunque me hubiese gustado de que todo fluyera de otra manera. Es imposible negar que Sango tiene toda la razón.

—Es idéntica. No solo en la apariencia, sino también en el carácter—Confirmo.

El rostro de mi hija viaja a mis ojos en esos instantes, e inconscientemente, el rostro de ese desgraciado se apodera de mi pensamiento. Moroha tiene cierta característica que la hace sumamente parecida a él; Sus ojos, tan dorados, como aquel matiz profundo de dos pozos sin fondo. Brillantes y profundos. Siendo el maldito sello que remarca, en todos los sentidos, de que viene de él.

El silencio se apodera del salón después de aquel comentario. Un instante previo a la incomodidad que solía despertar cada que se tocaba el tema, aparentemente prohibido para las dos. En realidad, más prohibido para mí que para cualquier otra persona.

—Kagome—Sango se anima a inquirir con la clara duda plasmada en sus ojos, tras el tiempo de silencio. Hablando con calma, siendo prudente en soltar la incógnita, como si fuera algo muy delicado—¿Qué tal si Moroha, se reencuentra con su...?

—Eso no pasará Sango—La corto, negándome a sopesar siquiera la oportunidad. La observo crudamente, que intenta apartar la mirada como si hubiese lastimado la llaga de alguna herida—Nunca—Pongo mucho más énfasis en la palabra, para que mi decisión sea mejor transmitida—Ese imbécil jamás, sabrá que tuvo una hija conmigo—Mi rostro se contrae con la idea. Debía esperarme que ella me preguntaría alguna estupidez así. Más no entiendo porque abarca esa duda ahora—Creía que hace mucho tiempo, dejé eso en claro.

Giré el rostro para verla. De repente el aire despreocupado desaparece de su mirada, dejando a la vista el sentimiento de angustia. No obstante, me inquieta ese estado repentino en ella.

—¡Pero Kagome, ha pasado mucho tiempo y...!

—¡Que no Sango!—Exclamé con irritación—Tú más que nadie conoces todo el daño que me hizo, y la manera tan cruda con la que jugó conmigo.

Ella suspira. Cansada de intentar razonar de este tema conmigo. Y reconozco que soy totalmente una necia. Por lo que no me gusta discutir con nadie, ya que no me hará cambiar de opinión en lo absoluto. Menos con Sango, es por eso, que intento no hablar mucho de ello. Eliminándolo de mi mente.

—Pero es su padre—Ella insiste. Rozando con mi colmo.

—No me importa, Sango ¿O acaso a él le importó humillarme de la forma en la que lo hizo?—inquiero con frialdad, tanto que me le muestro irreconocible a mi amiga, que suspiraba, acomodándose en el mueble para así mirarme a los ojos.

—Kagome. Sé que ese tipo es una mierda de persona. Fui testigo de todo tu sufrimiento ¡Le dí una bofetada en tu nombre! presa de la ira cuando me contaste lo que sucedio—sus manos, comenzaban a gesticular cada uno de sus diálogos—Creeme, que lo odio tanto como tú. Él no es ningún inocente en la historia. Pero creo que ya te estás excediendo. Porque esto, ya no se trata solo de ti o de él. También se trata de Moroha.

Me mira como si lo que tuviera para contarme, fuera mucho más que un sermón bastante conocido. Y no me gusta nada a donde se dirige esta absurda conversación, a la que le dí punto final hace mucho tiempo. Sobretodo, porque Sango no suele hablarme de él.

«Esto es raro» Me reincorporo en mi lugar. Observando detenidamente al comportamiento sospechoso de mi amiga.

—¿Por qué tanto interés en eso últimamente?—Suelto de repente sin quitarle la vista ni por un instante. Ella maldice en voz baja y aparta la mirada, cosa que me hace confirmar una vez más el que me está escondiéndo algo—Sango—Insisto. Y eso la hace entornar su mirada por unos instantes, antes de hablar.

—Volvió al país Kagome—Suspiró. liberando aquella frase sin recato alguno. Marcando la requerida seriedad que se necesita—Salió en las noticias—añade además. Dejándome en una especie de shock momentáneo.

«No es posible»

El aire abandona mi cuerpo por unos instantes, entumeciendo cada uno de mis músculos y articulaciones. Es como si todo mi mundo se paralizara, perdiendo la noción del tiempo, y el espacio. Mi garganta se descolocó levemente, entre abriendo mis labios que buscaban con urgencia el paso del aire. Incluso, sentí la quemazón de la bilis subiendo por mi garganta, que tragué, antes de que se conviertan en las arcadas que me puedan hacer vomitar.

«Eso...eso no podía ser cierto» De hecho, creía que él jamás volvería al país. No obstante, me recompongo enseguida. Esto no puede afectarme.

—Que gran noticia—Eso fue todo lo que conteste. Como si fuese algo completamente trivial, así como las conversaciones sencillas sobre el estado del día, o de si les gusta beber el té por las mañanas.

Sango se morfa de mi.

—¡¿Kagome es enserio?! ¿No dirás nada?—Su rostro se contrajo con la exclamación. Más yo me sostuve con la expresión neutra, e indiferente, que se marcaba en mi cara. La miro mal gracias a eso, ya que no entiendo todo su repentino enfado.

—¿Y qué se supone que tenga que decir?—Encarné las cejas, ante la expectativa de una respuesta coherente.

—¡Kagome, es su padre!—Sango explota del todo y maldigo su bocota, cuando el miedo de que mi hija nos esté escuchando me asalta de flechazo. Me levanto del mueble como rayo. Corriendo hasta ella con el solo objetivo de taponearle la boca, evitando así de que se le escape más nada a esa tonta.

—¡Idiota, Moroha nos puede oír!—La fulminé, y ella reprimió una nerviosa sonrisa. Hizo una ceña de disculpa, y por fin quité la mano con lentitud en cuanto entendí de que no se le iba a escapar más nada.

—Lo siento—Susurra con delicadeza, y a la vez con seguridad—Pero sabes que tengo razón en lo que digo.

Tal parece que me lee el pensamiento. E indignada, volteo la mirada a otro lado sin querer afrontar la situación. Sango bufa con cierto coraje por mi desmesurada acción en reflejo. Tomándome de las mejillas fuertemente, y haciéndome volver a encararla en contra de mi voluntad.

—¡Oye no me voltees la cara cuando te hablo!—Ordena con hostigamiento. Más su rostro se desvanece a una expresión lastimosa, en cuanto se encuentra con mi mirada pérdida. Ambas, sabemos lo mucho que significa que ese inepto haya regresado. Y aunque me haga la fuerte, es inútil fingir que no me afecta eso para nada.

—Tengo miedo Sango—Confieso en un débil y audible susurro. Con la voz tan frágil y cortada, como el contraste perfecto que tiene de mi tono irrompible y habitual. Ella me mira con compasión, mientras yo lucho porque mi cuerpo no desfallezca con el actual estado de pánico—El jamás, debe encontrarse con mi hija—sollozo, con ambos ojos cristalizados.

Sango me abraza, y acaricia lentamente mi cabello enredando entre sus dedos los suaves rizos azabache que se le escurrían como agua de manantial. Ese mimo me reconforta, porque sabe que esa noticia me hace sentir demasiado inestable. En un mundo en donde nunca me he sentido en calma.

—Sabes que te estoy apoyando en todo Kagome—besa mi frente, tal como lo haría una madre o una hermana bastante allegada—Pero sigo pensando que estás haciendo las cosas mal—Dejó en claro. Algo que nunca ha sido un secreto para mí.

Y sé que lo que hago no es lo correcto. Nunca lo fue de hecho. No lo fue, desde el momento mismo, en que descubrí que albergaba una vida en mi vientre que decidí guardar bajo silencio. Porque de haberlo contado mi suerte hubiese sido mucho peor que la de ahora, y Moroha...ella ni si quiera hubiese existido. O al menos, me la hubiesen arrebatado al momento de haber nacido. Y eso no lo podía permitir. Porque mi hija, fue la única esperanza de luz que me impulsó a continuar cuando todo el mundo me dio la espalda. Fue mi decisión tenerla. Mía, y de nadie más. Es por eso, que ella jamás va a encontrarse con su padre. No lo hará nunca.

Al menos, sé que si volvió al país se encuentra a kilómetros de Akamura.

Seguramente se encuentre en Tokio, y eso es lo bueno; que lo conozco perfectamente, y sé que jamás se atrevería a pisar un sitio como este, eso seguro. Pero aún así, el miedo y la incertidumbre, comenzaron a residir en mi cerebro en cuanto lo dejó escapar Sango, porque lo último que había escuchado de él fue de su partida definitiva a Europa. Noticia que me trajo muchísima calma, porque tenía la certeza de que jamás iba a volver. Ya veo que me equivoqué. Él está devuelta.

Cuando Sango se retira, pienso seriamente en todo lo que hablamos. ¡Maldición! Ya bastante inquieta me tiene lo de los ejecutivos, para que este nuevo sentimiento me tome...

«Miedo...tengo mucho miedo»

—Moroha—Susurro frente a la habitación de mi hija, cuando ya es súper tarde. Me preocupa el hecho de que no haya salido de su habitación en todo este tiempo. Tampoco lo de antes ha sido tan grave como para hacerme la guerra bajo su propio techo—No has comido nada, y sabes que eso no me gusta.

Hay mucho silencio al otro lado. Es...extraño.

—Moroha ¿No me digas que aún continuas molesta? ¡Vamos es solo un castigo, no es para tanto!—Hago un puchero con la infantil actitud de mi hija «¿Qué le pasa?» Ella no suele encerrarse demasiado. Cuando mucho, el berrinche le dura como máximo dos horas.

—¡Moroha, voy a entrar!—Avisé harta de tanta ignorancia. Tirando de la perilla que increíblemente cedió sin el pestillo.

No había pasado ni un solo segundo cuando el enfado volvió a colmar todo mi cuerpo. Repasando cada cosa y detalle de su habitación; La cama tendida y en perfecto estado; el escritorio y los posters de bandas de rock en la pared; sus zapatos y su ropa, esparcidos por donde quiera.

Y frente a mi, una brisa nocturna que acarició mi rostro, quedando perpleja ante su osadía.

«¡¿Como se atreve a desobedecerme?!»

Grité a mis adentros. Y con un gruñido, empuñé mis manos con enojo llamándome "idiota" a mi misma. Debía haberlo sospechado antes, la razón de demasiado silencio por este lugar.

Se escapó por la ventana, y quien sabe desde cuantas horas está fuera. Me las pagará.

...

Nota de Autor : Les traigo otro cap que seguramente los deje con muchas preguntas en su cabeza. Leeré sus opiniones con respecto al tema de Kagome, y su pasado con el dizque "padre" de Moroha.

Atte : La Kamila.