Instante
Dos días habían pasado desde la llegada del ambarino al país. Hoy por fin partiría al misterioso pueblo entre las montañas de Akamura, con el resto del equipo de la empresa de su padre. Debían de estudiar muy bien la zona, antes de dar inicio al proyecto principal que desarrollarán en las tierras montañosas. E Inuyasha personalmente se iba a encargar de eso.
Por su parte, quiso ir totalmente solo. No le convenía la presencia de su padre, que le era bastante molesta de por sí. Y por supuesto, para algunas cosas el viejo ese no podía mover un dedo. Pero para otras tenía más vitalidad que un veinteañero en noche de fiesta. No obstante, ni se molestó en quejarse de ello. Era mejor así, mientras menos gente se meta en sus cosas mejor. Eso incluye a su mujer, que tampoco quiso interferir con sus asuntos. Kikyo se caracterizaba por ser una mujer bastante inteligente, y sabía que esos temas del negocio familiar no eran de su incumbencia. Más si aquello se trataba específicamente de los dos principales socios, que a pesar de ser padre e hijo, las cosas entre ellos resultaban ser demasiado tensas. Ella respetó su privacidad laboral. No obstante, permanecería en la ciudad debido a su carrera de modelaje.
Anteriormente, su amigo se había dispuesto a ir con él. Dándole la típica escusa de que sería una buena oportunidad para conocer la zona. Le había dicho, que esos tipos de lugares entre la naturaleza desprendían un aura de tranquilidad que le recordaba a su infancia dentro de los grandes templos, en el condado religioso en el que fue educado. Inuyasha no dudó un segundo de la coartada, pues conocía perfectamente los intereses de su amigo. Y por eso mismo, también desconfiaba de su palabra. Había algo extraño con Miroku y su repentino interés en el viaje. Más no se interesó en ello, seguramente toda esa charla convencedora de "bonitos paisajes rurales" solo era una especie de camuflaje para irse a fisgonear a las faldas campesinas. Y si eso era así, entonces suponía que su presencia iba a ser igual de mediocre como siempre acostumbraba. Por ende, no le interesaba en absoluto su cercanía. A no ser, si ese curioso interés por su trabajo se incrementaba. Tomó nota mental de que lo estaría observando para mantenerlo a raya. Por muy gran amigo suyo que sea, no quería romper con sus principios en cuestión a sus asuntos en Akamura. Solo aquellos a los que llamaban "ejecutivos", más cierto personal de la empresa tendría conocimiento de aquello. Hasta que sea el momento preciso para sacarlo a la luz. Lamentablemente, le surgieron algunos imprevistos en su trabajo como fotógrafo y editor profesional, que no debía pasar por alto. Por lo que acordó alcanzarlo en cuanto resuelva sus propios problemas. Y todo eso obviamente, sin tener en cuenta las tantas negaciones del ambarino por acompañarlo, para hacerle de niñera.
Suspiró. Recién se empezaba a adaptar a la ciudad que había abandonado durante los diez años en que se desligó de todo. Recordando los lugares que solía visitar, más las costumbres que habituaba tener. Y ahora que se encontraba momentáneamente en el país, aprovecharía para reencontrarse con algunas personas que le fueron de ayuda en su pasado. Ya que, tenía absolutamente previsto, en que no se quedaría toda la vida en el oriente del mundo.
Y cuando los primeros rayos del día iluminaron su departamento, no desaprovechó ningún instante para desaparecer de allá. Esa mañana, había despertado entre sábanas blancas, abrasado a la tipa con la que mantenía un vínculo ante las leyes. Vínculo que solo se reforzaba a base de encuentros intensos, tal y como había sido la noche anterior. Sin tener ningún tipo de sentimiento de por medio, a no ser el morbo habitual. Así que si esa jodida mujer se lo quería tomar como la luna de miel que nunca han tenido, ya eso sería lío suyo, y de su mente fantasiosa llena de clichés románticos. Porque nunca en la vida podría sentir algo por Kikyo. O por ninguna otra mujer.
Revisó su celular. Tenía seis llamadas perdidas de Inu No Taisho, y algunos otros miembros de la empresa. Se levantó con pesar. Y así, como Dios lo había mandado al mundo, se acercó a su portal para recibir la esencia mañanera que suele desprender el sol. Perdió su mirada en la sociedad urbana que se empezaba a despertar. Tomando en cuenta, de que mientras respiraba el aire matutino en completa desnudez, alguna vieja necesitada (o algún marrano enfermo) podría estarse masturbando a su costa en alguna sombra desapercibida. Realizó una cuantas llamadas a la empresa, y también a Italia. Myoga se estaba ocupando de todo lo estimado, y Verónica le seguía poniendo especial interés al trenzado que tanto le chocaba, incluso desde antes de su partida. Y cuando recibió la conveniente información, entonces, se decidió a alistarse para largarse de Tokio rumbo al "culo del mundo". No demoró mucho en acicalarse. Tenía prisas, por lo que optó por ir vestido de manera casual. Total, era el jefe y podía hacer lo que se le diera en gana. Como si no iba a supervisar ningún trabajo, si así lo quería. Luciendo solo con una camisa oscura, y pantalones ajustados. Dejando las hebras platinadas caer lacias y suaves por todo lo ancho de su espalda masculina. Y finalmente, se colocó su reloj de plata. Notando que aún llevaba la molesta alianza de boda que compartía con la otra, para disimular su interés. Pronto se la quitaría, y esperaba no olvidarse de ello.
La mujer aún dormía al momento de abandonar el apartamento. No pensaba despedirse, o dejarle una nota ni nada. Ya le mandaría algún mensaje de texto o algo así en otro momento. Ahora mismo su prioridad era llegar al sitio acordado. Donde los ejecutivos lo esperaban antes de emprender el viaje. Remarcando la suma importancia que tiene su presencia como director del proyecto.
Salió sin siquiera responder el "amistoso" saludo de la recepcionista. No porque se la haya follado, significaba que le respondería a su llamado como antiguos compañeros de la vida. Inuyasha sabía respetar muy bien sus pautas de "cero confianza". Salió al aparcamiento. Y ahí, lo esperaba su auto negro, que por tanta modernidad más bien lucía como una nave espacial. Eso sí era una maravilla de coche, al contrario de la porquería que conducía su amigo.
"...El hijo menor de unos de los empresarios más influyentes del país, Inuyasha Taisho, ha regresado después de tanto tiempo..." Pronunció la voz chillona y molesta por la bocina.
No sabía porqué carajos había encendido la radio. Y claro, ni siquiera había comenzado a despuntar el día, y ya estaba malditamente encabronado. ¿En dónde quedaban ahora los conflictos políticos? ¿En dónde quedaban ahora, los desastres naturales por los que atraviesa el planeta? ¿En dónde diablos quedaban los robos, los atentados, y los asesinos? ¡¿Por qué coño de lo único de lo que se hablaba últimamente en las noticias era de su regreso?! «¡Bah!» Era un tonto titular, que se dedicaba a entretener a gente sin vida personal que se interesa por los chismes ajenos. Y su vida siempre resultaría ser un suculento manjar para ese tipo de personas. Se preguntaba como mierdas actuarían si conocían a fondo su verdadera historia. A ver si iban a seguir comentando de él como si fuese lo último del siglo. Se sentía hostigado por ello. Odiaba que ahora, todo lo que se mencionara en todas partes fuera el hecho de su regreso, con el nombre de Inu No Taisho por encima. Dió un gruñido al verse comparado con esa despreciable persona. Y molesto, apagó la radio. Manteniendo su ceño fruncido, que solamente se concentró en llegar al lugar destinado. Aquel punto de encuentro, fue acordado en una autopista despejada. Allí tomarían un tren privado que los llevaría directo hacia Akamura. No eran muchas personas quienes lo acompañarían en el viaje. A penas solamente eran doce. Que al contrario de él, estos sí respetaban su trabajo yendo correctamente vestidos de traje y corbata. Lo saludaron con la misma actitud profesional. Aunque eso no impedía, que las pocas mujeres que lo acompañaban retuvieran sus suspiros al verle, ligeramente sonrojadas. Y se sonrió interiormente con ello. Todos los hombres de la familia Taisho, son extremadamente guapos en todo sentido de la palabra. Sin excepción alguna a ello. Más Inuyasha reconocía engreídamente ese hecho, puesto que en algunas ocasiones este le era de gran utilidad. De hecho, segurísimo estaba de que solamente con hablarles y ya estarían chorreando y abriéndose de piernas.
No obstante, la situación era divertida. Algo que le solía pasar prácticamente siempre. Además estaba enfadado. Por lo que el ambarino ni siquiera se fijó en ellas. No eran de su interés.
—Koga—Llamó a su secretario. Era un hombre que aparentaba su edad, y que aunque no le convenciera del todo era uno de los que su padre puso a su mando.
—Señor Taisho—Dijo con respeto el moreno de ojos azules—Estamos cumpliendo con lo estimado. Solo faltaba que usted llegara con nosotros para comenzar el viaje.
Inuyasha lo analizó de pies a cabeza. Mantenía un porte sereno, y tranquilo. Y por lo que oyó, era un hombre con bastante experiencia en la empresa de su padre. Aún así, desde el primer instante en que se fijó en él, hubieron ciertas desconfianzas ya que no acostumbraba a trabajar con otras personas. Más bien, su trabajo era el papeleo, viajar, y mantenerse en una oficina.
Esto ya empezaba a agobiarle.
—Andando—Ordenó sin más, tras echarles otra mirada recelosa a cada uno de los integrantes. Suponía que no los iba a ver mucho. Y que ellos ya debían de estar alertados con respecto al carácter de su persona—Koga tu vendrás conmigo, necesito la información a detalle—No era mentira. Todavía habían muchas cosas que desconocía de su trabajo. Más esa no era su intención. Inuyasha era un hombre de instinto, y quería saber quién era "su secretario" para ver si realmente le convenía dejarlo en el puesto.
—Como diga—Acató. Manteniendo el paso seguro por detrás de su jefe. «Los rumores no se equivocaron» sopesó, debido a todos los comentarios que había oído sobre el hijo menor de Inu No Taisho. Por un momento se planteó en simpatizar, aunque algo dentro de él lo incitaba a guardar silencio.
Pronto, se dirigieron al tren que los esperaba en la raíles. No era demasiado moderno. Tenía la suficiente comodidad como para que sobrevivan el largo viaje que darían. Todos, buscaron acoplarse enseguida en los vagones. E Inuyasha, ya no pensó en más nada que no fuera en los temas de trabajo. Así pasaron seis largas horas en movimiento. Quedando la ciudad de Tokio atrás, y demostrando el paisaje montañoso, con grandes y tupidas arboledas que se apoderaron de los alrededores. Aquella apariencia que sin duda su amigo hubiese admirado con asombro. Y a pesar de llevar una distancia considerable del punto inicial. Inuyasha no pudo evitar resoplar un tanto inquieto. Esos sitios no eran su ambiente. Encontrándose solo dentro de su vagón privado, para tomarse el tiempo de revisar algunos papeles que su secretario sospechoso le había entregado antes de dejarlo en soledad. Incluían los expedientes de los que lo acompañaban, más información añadida que dudaba si realmente sería de utilidad. Entonces, su móvil vibró nuevamente, y puso los ojos en blanco por decimocuarta vez.
"Amor. Gracias por no despertarme"
Frunció la mirada. Conocía perfectamente el tono sarcástico de su mensaje. Estaba molesta con él pero eso a Inuyasha no le interesaba. Más bien, le dio una tonta excusa antes de apagar por completo el celular, obviando el resto de mensajes que le siguieron a ese seis horas después. Ahorrándose molestas llamadas de reclamos. Luego cerró sus ojos, echando la cabeza hacia atrás con tal de "relajarse" de alguna manera. Estaba en tensión. Ansioso por llegar, e incluso, podría atreverse a asegurar de que se sentía hasta nervioso. Cosa que lo extrañó. Puesto que Inuyasha no es el tipo de persona que suele sentir con facilidad. Más no le puso atención a eso. Y seguramente era una tontería.
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Moroha jugaba ávidamente en aquel juego del gatito negro, en la máquina vieja del Yambani. La tensión se respiraba en el ambiente. Más el aura de diversión que la envolvía en los tentadores retos que muy bien la podrían beneficiar. Pero más que obtener una ganancia, le complacía cerrarles la boca a sus contrincantes para luego ella reírse en sus caras. Esta vez, su compañía eran unos chicos apenas mayores que ella, que gritaban su nombre con insistencia, ya que la partida era sumamente intensa. Ella era buena en el juego cuando había dinero de por medio. Más cometieron el gran error de intentar provocarla. Despertando así, el lado competitivo y altanero de la jovencita. Adoraba las apuestas. Sobretodo, cuando tenía todas las de ganar. Además, ella no era de especular sobre sus habilidades. Pero si la provocaban lograban sacar lo mejor de ella. Como sucedía justo en ese momento.
Ganó unas cuantas partidas al final. Desempatando los primeros logros de sus sus contrincantes, que eran dos pendejos que la desafiaron al momento de entrar al Yambani. Dos pendejos, que al parecer no les gustaba perder.
—¡Exijo la revancha!—Se quejó uno de ellos como niñita llorona. Haciendo que Moroha lo mirase con suficiencia. Resaltando una sonrisa picosa en sus labios.
—¿Qué?—Se burló—¿No te gusta perder?—Inquirió sarcástica. Consiente del problema que podría ser provocado mediante ello. Los chicos que apostaron a su nombre le entregaron el montón de dinero recogido. Y como buena ganadora lo aceptó sin deseos de continuar con las apuestas. Ella sabía perfectamente el momento en que tendría que parar. Más volvió a reír nuevamente de forma triunfante. Haciendo el ademán de marcharse con lo suyo.
—¡Ey, espera niña!—El chico con tendencias de niñita llorona, parecía profundamente inconforme con la victoria de la chica. Y la tomó bruscamente del brazo por ello. Recibiendo una fuerte patada en su cara, que incluso lo hizo caerse al suelo. Esta lo miró de muy mala manera. Con el límite de la paciencia muy corto en esos instantes.
—Ya terminamos de jugar. Si tienes algún problema, ve a llorar como nenita a otra parte. No tengo tiempo para estupideces hoy—lo fulminó con los radiantes ojos que portaba en su mirada. Por supuesto que no iba a perder el tiempo con mediocridades. Hoy su madre daría la famosa presentación a los ejecutivos que llegarían en breve. Y necesitaba darle su apoyo. No sentarse a jugar videojuegos. Por muy conveniente que resultase.
Pero claro, los hombres son muy malos perdedores. Y más si una chica menor les gana en su cara.
—Tú no irás a ningún lado niña—Nada más volteando rumbo a la salida, fue la rodeada por el escuadrón perdedor. Los otros que acompañaban al chico y toda su huelga sin sentido.
Moroha puso los ojos en blanco. «¿Esto es enserio? ¿Por qué simplemente no podían aceptar que les gané?» Maldijo a los mil demonios por animarse a competir contra ellos. Volviendo a levantarles aquella la mirada oscurecida. Mucho más amenazante.
—Quítense—Mandó ella. Algo molesta y hostigada.
—No niña—Ellos se negaron como era de esperarse. Y chasqueó la lengua con ello. Al parecer las cosas iban a ponerse algo intensas—Vas a quedarte un rato más con nosotros—No eran menos de seis que la sobrepasaban en altura. Más ella no era una chica que le huyera a los problemas. Por eso les alzó la mirada con seguridad. Utilizando el típico tono provocativo.
—¿Y si no quiero?—Los retó. Apartando a un lado a uno de los chicos para pasar como si nada—¡Ya déjenme en paz!—Exclamó. Más el mismo que apartó, se lanzó hacia ella sin meditarlo. Ella ya lo había previsto mucho antes de soltar el comentario. Esquivándolo rápidamente, y demostrando su agilidad. Entonces, la persecución se desató. Los demás intentaban atraparla pero resulta que la muy maldita le hacía la competencia a una liebre corredora. Ella era muy rápida. Y su madre era acróbata. Así que no era muy tonto asumir que pudo adquirir algunas de sus habilidades. La poca gente que se encontraba también animaba al momento. Y finalmente, ella saltó por encima de un tonto y emprendió la huida. ¡No podía contra seis chicos ella sola! Y tampoco podía permitirse un atraso más. Empujando a un señor en la entrada del recinto, que derramó todo su café por su camisa, y la llenó de maldiciones y promesas de muerte. Corriendo por todo el pueblo, mientras los malhechores perseguían, llamándola con claras expresiones de enfado. Y morfándose en sus adentros, sopesó, en que su madre tenía razón con respecto a ella.
No había un maldito día de este mundo, en el que no se metiera en problemas.
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El tren se detuvo en la vieja estación de Akamura. Dió un resoplido con ello, apresurándose a bajar del incómodo vagón solitario. «Con que esto es Akamura» Observó a su alrededor. Dándole en parte la razón a su amigo, que se le metía en la cabeza de imprevisto, así como sus apariciones repentinas en el momento menos indicado. Estaban en un condado montañoso. Notando lo pequeño que era el pueblito a comparación de la gran ciudad. De hecho, aquel lago que reinaba a su alrededor, era muchísimo más grande que el montículo de casitas que se iban demostrando en la distancia. Fueron recibidos por su gente, quienes esperaban alegremente su llegada. Y por suerte, ninguno de ellos parecía conocer sobre los orígenes de Inuyasha. Más eso no removía el sentimiento empalagoso que les producía. Haciendo una mueca de repulsión con simpatizante hospitalidad «Que gente tan extraña»
No había que pasar mucho tiempo ahí para darse cuenta de que esa gente solo era un montón de hipócritas. Inuyasha conocía muy bien el sentimiento, que obviamente era notable en que se esforzaban estúpidamente de ocultar. De repente odiaba a todo el mundo. Sobretodo aquellas miradas indiscretas de las señoras que incitaban a sus horribles hijas a acercársele. Y debe aceptarlo, a él le gustaban mucho las mujeres. Pero en ocasiones tiene cierto límite, y esta era una que lo amerita. No quería tener nada que ver con la gente del sitio.
La ciudad le sorprendió con el transcurso de su recorrido. Era pequeña, alejada, y con campos de arroz que cubrían casi toda la zona; parecía un sitio tranquilo, pero también algo desactualizado en algunos aspectos. Demasiado...tradicional, para ser exactos. Siendo guiados por un hombre de barba larga y kimono azul. El pueblo estaba perfectamente decorado a su espera con linternas, y más decoración oriental, haciendo que le hostigara muchísimo más las raíces de su origen. Algunas personas también se paraban a lo lejos para chismosear. Siendo un lugar tan estrecho, que supone que ellos debían de ser la atracción del año. A pesar de recibir turistas y visitantes.
El anfitrión del pueblo, les dió una aburrida charla de bienvenida que incluían algunos datos, de como fue que surgió este pequeño condado en medio de las montañas hace 500 años; Cuando un antiguo comandante retirado, comenzó a residir en el territorio debido a la fertilidad de sus tierras, y la poca probabilidad de guerra en el sitio. Observó a las personas que lo acompañaban. Frunciendo el ceño, en cuanto notó que estaban ridículamente embelesados con todo. Y sin evitarlo, se fijó en su secretario con los ojos entrecerrados, mucho más tiempo del debido. Era el único que no parecía tan entusiasmado respecto a todo. Anotando algunas cosas en un pequeño informe, que creía que serviría de utilidad para para el verdadero objetivo de su visita. «¡Feh!» No lo aguantaría seguramente por mucho más tiempo. Solo esperaba que no rebelarse nada, si no era tan estúpido como para arriesgarse a perder el trabajo. Apartó la mirada y bostezó con pesar. Ya se estaba cansado de tanta habladuría por esas personas «Que ingenua es la gente» pensó, preguntándose además como coño ellos habían sido alertados de su llegada. De todas formas, sus intenciones en aquel lugar no tenían nada que ver con ellos. Y podía sentir hasta pena por esas personas que fantaseaban con no sé que mejora para sus tierras. Alejándose del grupo en cuanto encontró la menor oportunidad. Y dejó que Koga fuera la cabeza líder por el momento. Ya que si algo detestaba el platinado era llamar la atención. Cosa que naturalmente le ocurría siempre. Detestando a todas aquellas personas con risas fingidas. Sobretodo a las que se detenían a mirarlo lentamente. No podía soportar todo eso. Así que era mejor que asumieran que Koga era "el jefe"
Decidió salir a caminar, y explorar por su propia cuenta. Inspeccionando el sitio con más calma cuando se alejó de todo el alboroto. No tardó en hacerse presente aquel presentimiento raro que extrañamente había comenzado a tomarle. Y respiró profundo, cuando se vió en un paisaje pleno entre la naturaleza. Sentándose en la banca de un pequeño parque con vista al bosque. Inclusive, habían pocos niños jugando en las atracciones simples. Recordándose a sí mismo en su niñez. Cuando su madre, y su abuelo lo llevaban a parques que probablemente superaban el tamaño de todo este pueblo. Aquel sentimiento que lo volvió a abarcarlo con mucha más profundidad. Al punto de quitarle el aire. Entonces gruñó con enfado. ¿Qué mierdas hacía pensando en esas cosas en ese lugar? No era el momento preciso para detenerse a recordar su infancia. Solo debía enfocarse en su trabajo, para terminar de una vez con esto y marcharse nuevamente a Europa. Esa sería la meta definitiva en su mente.
Y fruncido, se levantó de aquella banca. La tarde era cálida y pronta a el atardecer. Con aquellas tonalidades de rojo, naranja, azul, rosa, y violeta; que convertían el cielo en una gran paleta de colores.
—¡Moroha!—Una de sus orejas se movió con el llamado. Como si aquel nombre desconocido fuese una especie de señal de "pare" para él. Normalmente la vida cotidiana de los demás no le interesaba, pero aquel presentimiento raro lo volvió a alertar. Contrayéndole el rostro levemente—¡Detente ahí niña del demonio!
El ambarino frunció más el ceño con los gritos. De repente se arrepentía por perder el tiempo en esas cosas. Centrando su vista en los chicos que corrían de forma desesperada gritando y llamando a alguien. A quién seguramente le darían su merecido.
—¡Párate ahí maldita!—Gritaron desaforados. Y al parecer bastante ofendidos. Más Inuyasha hizo una mueca de desagrado, haciendo nuevamente el ademán de marcharse.
«Que gente más escandalosa» Sopesó, negando hacia ambos lados. Y no se había terminado de voltear completamente, cuando recibió el impacto de un pequeño cuerpo contra el suyo, que seguramente le había dejado sin aire en los pulmones. El encabronamiento lo tomó en esos instantes. Disponiéndose a gritar enfurecido cuando sus ojos dorados enfocaron las orbes encendidas de una pequeña chica. Los abrió de golpe, sintiendo el estremecimiento extraño, como rayos que recorrían toda su columna vertebral. La vió agitada y alterada. Tal vez, hasta algo molesta. Más no pudo evitar el latido profundo que resonó en su pecho cuando la reciente molestia se transformó en...asombro.
Porque sus ojos, eran iguales a los suyos.
—¡Apartese!—Vociferó ella. Y sin terminar de reaccionar en lo absoluto, se sintió bruscamente empujado por la que le daba una mala mirada. Apenas y pudo articular palabra cuando salió corriendo a una velocidad increíble, y sin darse cuenta, ella rápidamente se había alejado sin pedirle siquiera una disculpa. Entonces, volvieron los llamados y las maldiciones de aquellos que la perseguían. Quienes al parecer no la encontraron, y enfurecidos se marcharon de ahí.
E Inuyasha no dejaba de ver asombrado a la escena. Sin comprender del todo aquello que lo tomó de sorpresa. Y por esa misma razón, se preguntaba que pudo haber sucedido para que esos muchachos reaccionaran así, solamente por una chiquilla con aires de malhumorada.
Volviéndose levemente, para mirar otra vez hacia la dirección en donde esa niña había huido.
«¡¿Pero quién demonios era ella?!»
...
Nota de Autor: Lamento la demora. Pues me encontraba ocupada con otros asuntos que no podía descuidar. Este capítulo lo hice con la narración modo omnipresente. Y esta historia se caracteriza por no tener un tema "fijo" en su escritura.
Estén atentos a las próximas actualizaciones ¡Ahora es que comenzamos la con historia!. Finalmente, agradezco todos los reviews que me han dejado. Me gustaría responderles a cada uno, más no se si exista esa posibilidad ya que no te dan la opción. Les pido paciencia conmigo, puesto que aún no conozco del todo como son las cosas aquí.
Tan solo espero que hayan disfrutado del capítulo. Y por supuesto, del breve reencuentro entre padre e hija.
Atte: La Kamila.
