Que grato es leer sus comentarios, alegran el día y motivan a escribir.
Sutsy: el gusto es mío, es un placer leer comentarios tan largos, conocer los detalles que agradan a los lectores mejora la calidad de los escritos, espero futuras biblias que leer de tu parte, no te angusties por ello. Por otro lado, has atinado a muchas de tus predicciones, se cumplirán pero falta tiempo. Tengo un poco de conflicto en relatar abusos psicológicos detallados, por lo que ello conlleva, me es un poco perturbador ese hecho pero es un recurso invaluable para el desarrollo específico de un personaje, espero que el proceso por el que cada uno pasa sea entendible.
M.L: Que bueno que has entendido la referencia, vendrán mas. Es un gusto leer que siga agradándote y no temas que todo lo que te cuestionas será respondido, me haces reir con tu expresividad, gracias por ello. Vendrán también diálogos mas fuertes y complicados y partes que quizá sufras (jeje) pero como te he dicho antes, todo tiene una razón de ser. Ten paciencia, que sé que te gustará la conclusión.
Extra: La historia ya esta escrita por completo, son 17 capítulos pero algunos necesitan revisión, los subiré tan pronto como pueda o me motive a hacer correcciones, a veces tengo mucho trabajo. A petición de ustedes, si será una historia V/B Y G/Ch sin embargo... van a pasar cosas que tal vez no les guste leer en un principio, es necesario para hacerlo interesante, DEBE haber: drama, intrigas y confusión,. Odio las historias lineales, felices y sin líos, la vida en si es complicada y es lo que nos hace apreciarla.
En este capitulo hay una de esas escenas que quizá no les agraden. Déjenme saber que opinan al final.
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El salón de las tropas se vestía de gala, todo el complejo alistaba presentaciones, formados en enormes escuadras relucientes, listos para recibir la nave de cargo con el general principal y el comandante de la sección de inteligencia. El paso impecable de la marcha de los elementos hacia eco en los enormes muros tecnificados.
Descendió entonces, portando el uniforme de los máximos representantes de fuerza en el planeta, el soberbio general Horen, seguido de cerca por otro de los seres mas peligrosos, mas no en poderes de pelea, sino en su brillante intelecto. Mientras la atención se vertía en el primero, Panbukin se deslizó hasta los cuarteles generales, donde sabia encontraría al capitán con menos satisfacción por recibirles.
Dando al unísono un saludo marcial sus propios subordinados, Bardock supuso quien se encontraba detrás de él.
—Has tomado tu tiempo, bastardo — Replicó el jefe superior de su área, sin molestarse ante la falta de formalidades que sabia no presenciaría del otro.
—¿A eso has venido hasta este muladar? — Contestó apagando la barra de amarilis a medio terminar—Creí que habrías recibido los informes de primera mano — Se recargó en su escritorio contemplando como el resto de sus asistentes salían al recibir la orden.
—¿Tu hijo? —Contestó el obseso hombre sin interés en prolongar la razón de su estancia.
—Desafortunadamente nos pedimos el rastro — Gesticuló su pleno desinterés, enderezándose para confrontarlo —pero supongo habrá podido escapar de algún modo — admitió sin dejar de prestarle atención al otro, como si se tratara de una peligrosa serpiente en pos de atacarle.
—Conveniente — Sonrió casi convenciéndole de su inocuidad.
—¿Acaso sugieres que debía abandonar mi deber por buscarle? — su antiguo líder de escuadrón se cruzó de brazos, haciendo alusión a su impecable prudencia en el campo de batalla.
—De ninguna manera — Concedió en amable tono —supongo tendrás noticias pronto —imitó del mismo modo su gesto, estirando los perezosos dedos para fumar sin invitación una de las barras en el escritorio. Habiendo inhalado suficiente, soltó una pausada respiración aun conservando la sonrisa, en espera de recibir alguna señal de nerviosismo que delatara al hombre que interrogaba.
Beets ingresó detrás, apilando las tareas asignadas en las nuevas rutinas de entrenamiento para las tropas, complejas tareas de adaptación a ambientes hostiles, hecho que levantó de inmediato una ceja del capitán de esa sección. Del mismo modo que ingresó, el delgado saiyan salió sin hacer un solo saludo a los supuestos dirigentes de la región.
—Ese tonto es un mejor asistente que los incompetentes esclavos de palacio — Panbukin lo disculpó, retomando interés en el trabajo que su colega realizaba —Creo que pronto lo recompensaré por ello — Tomo entre manos los informes de la base en los que Bardock trabajaba —Del mismo modo que todo aquel útil a la causa recibe su recompensa — Devolvió la pueril vista en una mímica casi creíble de amistad hacia su excamarada.
—Toma un par de días para ubicar a tu muchacho — Anunció sin pretender intimidarle —Cuando lo hagas, lo traerás ante mi — Dedicó un escalofriante vistazo en su dirección—Creo tener el trabajo perfecto para el chico sin que figure un peligro para tus inquietudes.
—No veo cual sea la utilidad de integrar un evidente eslabón débil al ejército —Se apresuró a explayar intentando disuadirle de lo pensado.
—Deja las decisiones importantes a mi cargo, soldado — Recalcó su estatus, sin dar tregua a las réplicas que podría tener —He tenido suficientes consideraciones para tolerar desacatos — advirtió dispuesto a retirarse antes de recibir contestaciones irreverentes —No te preocupes por el resto, podrá traer a su pareja consigo — Frenó, dando un último vistazo —Tienes mi garantía… de que continuaran con vida.
Mas esa última declaración tenía inscrita toda sutil nota de castigo en vez de recompensa. Debía encontrar la forma de ganarles mas tiempo, pues suponía que un nuevo asalto sería pronto instaurado y los mensajes captados de los droides no eran suficientemente conspicuos para asegurarlo. Quizá habían descubierto su intervención y utilizaban eso para desorientarles.
Cual fuese la respuesta, esperaba pronto tener señales de esperanza del otro lado de la galaxia.
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Bayas de sol.
El prometedor nombre tentador para un comestible tan ordinario. Pensaba, sosteniendo la delicada frutilla, compuesta de un grupo carmesí de rombos aperlados casi traslúcidos, semejaba ciertas bayas en su planeta que representaban su alimento favorito. A simple vista brillaban, rojos como un discreto cúmulo de rubies. Sin embargo, la recompensa en su sabor era tan pobre, como nostálgico el hecho de que jamás volvería a probar las delicias de su propio mundo.
—¿¡Donde conseguiste eso!? —La chica de ojos lila se habría vuelto la única plática frecuente en el corto periodo de tiempo sobre el departamento de su adscripción. Ella siendo más agradable que la joven saiyajin que no se despegaba jamás de su presencia. Sin ser evidente para el resto, siempre parecía encontrar motivos para encontrarla, por su puesto sin que este hecho fuese especialmente pacífico. El elitismo presente en todos sus gestos y comentarios agrestes.
—Uno de los niños del área de control me obsequió un puñado —admitió observando que la saiyana estaba de nuevo guareciendo un cargamento en el pasillo de conexión al castillo.
—Ya se acerca el periodo de cosecha entonces —Le arrebató el pequeño manjar fragante, consumiéndolo de inmediato —¡Vaya suerte que algunos poseen! Son muy difíciles de hallar en este congelador— Declaró sin prestar atención al nulo enfoque de la terrícola.
—Pues todos parecen aceptar con alegría este mundo —Soltó con cierto reproche.
—¿Sigues molesta por lo mismo? —Olvidando su tarea anterior, Cheelai se recargó en los bordes de la mesa de trabajo de la científica. Un montón de cables y conos de interiores cristalinos.
—No— arqueó una ceja del modo más contradictorio a su respuesta. Cayendo en cuenta de la poca credibilidad exhaló retomando su atención a los compuestos en los que trabajaba —Es solo que…. — Inició insegura de terminar la frase — …es solo que.. no entiendo ¡¿por qué no pueden dejar de ser tan inflexibles?! — Exclamó más enérgica que lo que debía parecer, puesto que un grupo cercano interrumpió sus actividades para darle un vistazo. La otra chica simplemente disipó a los curiosos señalándolos con su arma.
—No sé cuantos días he pasado en este infierno helado — Desistió la terrícola a intentar continuar con su tarea —¡Y no he podido hablar de nuestro plan o hallazgos con nadie! —Arrojó su herramienta a la mesa cruzándose de brazos.
—Bulma… eres demasiado obstinada — La joven resopló entre un sutil escarnio —Solo estás molesta porque aquí nadie hace exactamente lo que quieres cuando quieres — Recargó ambos codos dándole la espalda, simplemente relajándose frente a la colisión mental que sabia que estaba generando —Nadie va a detener la preparación del nuevo refugio para perseguir teorías, hay prioridades ¿sabes? — Se dio la vuelta para hablar con mayor privacidad —Además, mandaste al demonio a los rangos intermedios y demandaste ser tu quien hable con el príncipe y los líderes ¿Perdiste la cabeza? — Una suave risa se colocó en sus delgados labios — Nadie —enfatizó —Habla con esos sujetos — Se encogió de hombros —Demasiado has logrado al apenas llegar y tener tu propio proyecto de defensa autorizado.
—No confían en nosotros —Puntualizó absorta en la idea —Ni siquiera lo básico me ha sido informado… ni siquiera cosas triviales como: ¿Por qué no se transforman todo el tiempo si estamos en una luna?
—No se trata de eso — La chica esclareció olvidando las irrelevantes preguntas—Puede que del sitio donde vengas, los rangos no signifiquen nada —Inició observando con detenimiento la boca de su arma —pero en este lugar los niveles son todo—Limpió el borde del gatillo extendiendo el spandex en su manga —Si no puedes pelear, no sirves para proteger y si tu única habilidad es construir…. —Guardó el arma en su funda, juntando ambas manos hasta acercarse lo suficiente al oído de la otra mujer —Entonces te vuelves materia de aprovechamiento para los fuertes.
—Entonces, todo esto es lo mismo que lo que quieren combatir — renegó en oscura realización
—No exactamente —levantó ambas manos señalando a su alrededor —Esto es una guerra terrícola, aquí esta la mejor oportunidad para ser libre, pero todo tiene un costo —Sorprendió a su oyente, manejando con mayor profundidad un concepto de ayuda que ella misma no habría meditado — Los fuertes protegen a los que no lo son, tienen sus métodos y esos han funcionado más tiempo de lo que esperábamos. De estar mal, ya habríamos caído —Se alejó, retomando la caja que llevaba en manos desde un principio —…¡Y necesitan la ilmenita para tranformarse! No hay en esta clase de luna—Contestó a la pregunta anterior alejándose. Simplemente dejándola con los estatutos de su nueva vida sembrados.
La observó el resto del camino hasta que desapareció de la puerta. Quizá habría cierta verdad en sus palabras, mas nunca ella se caracterizó por el conformismo. Sin bien no había dudas de que los dirigentes sabían bien lo que hacían, su sistema de creencias estaba fundamentado en el mismo discurso rancio disfrazado. El control no debía ser poseido por unos pocos, ¡debía ser compartido!.
Sintiendo que era suficiente, que habría seguido las reglas de esos nuevos mundos por mucho tiempo, se armó de valor. Si nadie estaba dispuesto a ayudarle, ella misma encontraría la forma de enseñarles que hay más de una forma de hacer las cosas bien. No se amedrentaría ante los guerreros saiyan, guardias, el mismo Paragus en persona…mucho menos un elitista príncipe.
Esperó terminar su jornada. Aprovechando el tiempo extra para realizar un par de ajustes a su armadura y con un rastreador en mano, esperó el anonimato de la noche para realizar su escape maestro. Cuando verificó que no había mas vigilancia salió disparada a la sala del consejo, fijando de inmediato su objetivo en ruta.
Los guardias en las grandes puertas no la vieron acercarse, la insignificancia de su propio ki jugando en su favor y dando el comando a distancia se introdujo en la sala de golpe.
—¡Solicito una audiencia con el príncipe! — Exigió en brusquedad total, producto del enorme dolor en sus piernas, inadaptadas para transitar a esas velocidades sobrehumanas.
Al centro del pequeño recinto estaban dos figuras. Una mesa escueta cubierta de planos holográficos, esquemas y dos confusas caras encontrándola con estupefacción.
—¿Pero que es…?— La saiyana estratega de mayor edad, exclamó afrentada.
—¡Majestad! — Los dos soldados se introdujeron con una combinación de semblantes entre furia, disculpa y sorpresa, se inclinaron y procedieron a retirar a la intrusa.
—¡SUELTENME BRUTOS! — Les pateó, incapaz ella misma de ponerse en pie con propiedad.
El otro joven en la sala levantó la mano indicándoles que la liberaran. El empecinado ceño fruncido ligeramente relajado, entretenido ante tal desacato de autoridad.
Ella se limpió los brazos, mostrando los dientes a los culpables de su momentáneo tropiezo. Sin perder el tiempo, caminó tambaleándose hasta las sillas donde los dos cabecillas de toda la resistencia continuaban observándola mudos.
—Escuche Majestad —Declaró con sorna —Puede que esté acostumbrado a recibir todo en la mano cuando lo exige— Comenzó sin un solo ápice de respeto —¡Pero es importante escuchar a los expertos! —Declaró poniendo en la mesa el resultado de sus investigaciones previas —Quizá para ustedes es un tema de menor preocupación —Continuó pasando la vista entre ambos — ¡y les aseguro que están equivocados! —Rabió señalando una de las piezas descritas en sus esquemas —¡Ese super …lo que sea…está siendo controlado con magia por el rey! — Espetó furiosa —Si asesinan a la fuente del problema, el pobre diablo no tendrá dirección y puede que incluso pierda esa fuerza de la que todos hablan —Pausó encontrando un poco de control en su arrebato — Ni siquiera necesitan enfrentarse en combate —Continuó con mayor recato —Solo necesitan un asesino muy silencioso que pueda acercarse y…—Tragó —neutralizarlo.
Y habiendo terminado el desordenado y poco profesional mensaje. Levantó el rostro, decidiendo que no dejaría a su dignidad escurrirse ante lo que ahora parecía haber sido una pésima idea. El semblante inexpresivo de ambos trasfirió de inmediato una cierta medida de inseguridad. Quizá incluso haberlo mencionado en voz alta tampoco habría sido una gran idea…o el contenido. Puesto que, habiéndole enfrentado antes, quizá era indagación que ellos mismos sabían. Lo radicalmente importante en su anuncio era que conocía la exacta localización del artefacto y como neutralizarlo. Hecho que había quedado completamente olvidado entre el impulsivo desplante de rabia acumulada. Se maldijo mentalmente apretando los dientes, incapaz de quitar la soberbia mirada de su rostro arrepentido.
Recogiendo su informe, resopló dispuesta a darse la vuelta con su poco orgullo flagelado aun vivo. Sin embargo captó un breve atisbo de sonrisa en el objeto de su reciente odio. El príncipe levantó su dedo, señalando en él mismo, el manchón de grasa negra que atravesaba la mejilla de la mujer.
Al levantar ella misma su mano descubrió que debía haber estado cubierta del material con el que engrasaba las piezas del escudo planetario que desarrollaba. Apenada se limpió con el antebrazo de forma hosca.
—¡Estaría mas presentable si hubiera algo decente para vestirse! —Refunfuñó dando de mala gana una reverencia y disponiéndose a salir. Dejó los documentos de nuevo en la mesa —Espero les sirva de algo — Finalizó sin siquiera voltear a verlos, en una actitud desairosa sumamente risible.
Al observar la puerta, se lamentó haber hecho tal desplante entre todo el público que habría crecido en la entrada. Un montón de jóvenes guardias intentaban reprimir una carcajada por respeto a los dos máximos lideres aun presentes.
Y ella pasó entre la pequeña muchedumbre, altiva como una reina, más por dentro, avergonzada como una niña.
—Que criatura tan interesante — Celipa declaró, volviendo a los asuntos reales. Mas el otro no contestó, solo conteniendo un leve disgusto en forma de una casi imperceptible mueca, sin dejar de mirar por donde salió. La saiyana pensó que lo que fuese ocurriera en la mente del joven, probablemente se quedaría siendo un misterio.
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Bajo el supuesto resguardo de una orden real, los viajes eran mucho mas sencillos de conseguir.
Aprovechando la estancia de su amo en la ciudad y habiendo perfeccionado la técnica del camuflaje después de un largo tiempo, pasar desapercibida a sus desconocidos era para Milk algo sumamente fácil. Hecho que únicamente era exitoso para un espectador a la vez, aquel que no conociera sus características específicas.
La insignia de la casa real infundía un miedo suficientemente estable para que nadie intentara ponerse a una distancia incómoda que delatara su olor, aparentando ser una de los guardias de asuntos internos, las preguntas se pasaban por alto.
Debía completar la misión para regresar ante su maestro, convenientemente sostenido como rehén para garantizar su regreso.
Mas, encontraba una gran ironía en el gusto de una tarea asignada por el ser a quien más detestaba. Transitar libremente en la ciudad, pese a usar únicamente los sitios menos poblados, era una experiencia gratificante. Llegó hasta el sitio señalado. Ágil como una de las criaturas nocturnas, descendió sobre el techo de la extraña vivienda rústica, ubicó el sitio donde la mayor parte de presencias en la propiedad yacían. Casi todas dormitando. Un par de ellos en el sitio más lejano, probablemente fraguando alguna reunión secreta. Descendió al máximo su presencia y ubicó la ruta hasta el lugar donde debían encontrarse los ingenuos de quienes debía sacar alguna información.
—¿Aun no hay señales de su regreso? — Una voz femenina interrogó.
—No lo sé — Escuchó al padre de Gokú hablar, su tono era casi idéntico, forjado por la mayor experiencia de la edad — Tampoco creo que los líderes compartan noticias con el resto — Admitió recargando la espalda en las sillas de ese taller improvisado.
—Ha pasado ya mas de un mes— La mujer insistió.
—Recuerda que en el espacio, el tiempo funciona de distinta forma — El contestó en tranquilo semblante —puede ser que lleven solo un par de semanas.
—Solo espero… que ambos se encuentren bien— La saiyajin masculló, sin tinte de esperanza. Acto seguido, el sujeto posó una mano con delicadeza en su rostro, las yemas de los dedos dibujando las suaves líneas de su bella compañera, su rostro liberó un inesperado gesto apacible y conmovido. Contempló con gran placer a la mujer de la que seguía visiblemente prendado.
La joven terrícola no pudo evitar levantar una ceja ante el despliegue emocional que no pensó presenciar en un miembro de esa raza. Puso especial atención a los detalles en ambos, sumergidos en un instante de vulnerabilidad que seguramente el resto desconocía. El animo entre ambos se encendió, propiciando otro tipo de acercamiento animoso, que ella no gustaba en presenciar.
Les dejó en paz, retomando su camino con la pobre información recabada. Permanecería en cercanía, esperando el momento de comunicar a su amo las nuevas sobre la supuesta desaparición de uno de los elementos mas peligrosos del imperio. Regresó en leve vuelo hasta la ventana del cuartel donde su amo ya la esperaba.
Ingresó, descubriéndose de inmediato, sabiendo que su técnica no funcionaría en alguien que de sobra conocía su olor.
El enorme sujeto la esperaba sin hablar, solo aguardando el momento en que ella decidiera soltar la preciada información.
Pero antes de hablar, ella esquivó su rostro, dándole a entender con claridad que su intervención no habría sido fructífera en absoluto. Entonces él se levantó encolerizado.
—Mas te vale que consigas algo pronto— La amenazó sometiéndola del brazo —Tu y tu maldito amigo están malgastando recursos de mi casa para mantenerlos— susurró inclemente —y si no me has de pagar con informes…. Lo harás de otro modo.
La avasalló, desproveyéndola de su disfraz con rudos tirones, subiéndole encima toda vestimenta sin ningún miramiento, saciando su repentina lujuria en el esbelto cuerpo, sin lograr arrancar un solo quejido de la víctima. Soportando ella el peso de su agresor empujándose en ella mientras la deshonraba. Y su rostro estaba en blanco, meditando en la lejanía de sus lecciones aprendidas, en algún recuerdo distante de su planeta y los privilegios que alguna vez conservó. Jurándose a si misma que no volvería a dejarse vencer por otro ser, por más terrible que su castigo fuese, tornando la frialdad de la objetividad como su fiel consejera. Y así, ausente de su cuerpo, pudo borrar las marcas físicas profanándola, liberarse de todo dolor, abandonándose a la locura concentrada en su futura venganza y en sobrevivir para concretarla.
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'Solo estás a medio camino de la grandeza'
Cuantas veces habría escuchado halagos a la promesa que su virtuoso estilo de pelea refería. La facilidad de romper sus propios limites era la habilidad en la que siempre habrían confiado todos los aliados en su historia. Ahora era incapaz de entender el procedimiento con la misma facilidad que las ultimas ocasiones en sus múltiples entrenamientos. Tenia por vez primera, muchas preocupaciones.
La luna de Yamoshi, un satélite natural del antiguo planeta Sadala, cuyos escenarios congelados servían a sus cometidos como campo de batalla, parajes cambiantes y rudos. El lado norte era un ambiente en especial complicado, de gravedad discontinua y perturbadores elementos petrificados.
Flotando en medio de un oscuro pantano congelado, el alumno escuchaba al maestro. Intentando a ojos cerrados, dejar la substancia en su presente y el pasado en el pasado.
—Tienes hoy demasiadas cosas en mente —La voz se escuchaba rebotar entre los ennegrecidos troncos.
El movimiento de la ventisca le distrajo, de la nada el combatiente asestó una patada en su espalda, estrellándolo contra tres de los colosales gigantes arbóreos. El suelo retumbó ante el vuelo emergente, contratacando sin mayor pericia que la de un niño enfadado. La sombra desaparecía a voluntad, siendo perseguida por el incansable saiyajin, quien ponía todo su conocimiento en encontrar la fuente de su sedición.
Mas otro golpe aterrizó en su nuca. Enviándolo de vuelta al suelo lodoso del pantano. Cansado por el arduo entrenamiento, se dejó caer únicamente sostenido por los antebrazos. Negó cerrando los ojos en divertida resignación. En definitiva, no se sentía como él mismo.
—El entrenamiento mental es mucho más duro que el físico — El namekiano apareció frente a él, observándole sin ofrecer ayuda alguna —Levántate e inténtalo de nuevo.
—No puedo —Jadeó dándose la vuelta con torpeza. Apenas limpiando el grueso lodo en sus ojos y cara.
—Es probablemente una disciplina nueva para ti — Estableció el primero sin ludibrio alguno — puedo ver que en tu pasado fuiste un ser sumamente impulsivo, confiado … y temerario — Levantó el mentón para continuar — hoy te preguntas, si haber vivido siempre de esa forma fue lo correcto.
Escuchando en voz sólida lo que el mismo se negaba a entender, sintió la necesidad de erguirse para interrogarle.
—¿Cómo puedes saberlo? — preguntó sentado desde el suelo. Flexionó la pierna, usándola como sostén para enderezarse y prestar mejores oídos a lo que estaba a punto de escuchar. Una ceja confundida en alto con ambos ojos negros atentos.
—Hace un tiempo —inició el otro —también fui como tu… prodigio del clan de los guerreros, la tarea de protección al patriarca me fue asignada —Suspiró con lentitud —y también fallé. Fallé por causa de mi plena confianza en el poder, habría escuchado las lecciones del gran maestro como un mero juego, recibiendo únicamente nociones básicas del poderío de la mente en el clan del dragon— Contempló al otro ponerse de pie sin moverse de su sitio — La razón por la que fracasas es porque no puedes anticipar a mis movimientos sin intentar descifrar mi ki. Tu cuerpo hace todo el trabajo, no tienes control sobre lo que sientes… y así no lograrás la transformación.
—Todo un planeta de kami-samas —Expresó perdido en la imaginación de ello.
—Somos Namekianos —Le corrigió con paciencia —Solíamos vivir en paz hasta que el nuevo rey del planeta Vegeta nos atacó — Prosiguió con lentitud —Afortunadamente en medio de esa desgracia, no pudieron encontrar lo que el mago anunciaba.
—Las esferas —Intuyó el joven ganando la mirada de asombro del guerrero. Notando su confusión Goku procedió a esclarecer — Supongo que en tu planeta existían, ya que en la tierra donde crecí Kamisama fue quien las creó.
—Así es — Asintió el otro —Pero de esa esperanza quedan solo remanentes — Pauso atraído por alguna memoria lejana, regresó de súbito su atención al chico bajo su tutela —La esperanza de todos radica en la capacidad de nuestros elementos para regresar el orden a la galaxia, si no puedes completar tu entrenamiento no serás de ayuda alguna.
—Tengo hambre — Expresó, sin ánimo de encender la ofensa que comprobaba estaba causando.
El tutor asignado aguzó el entrecejo. Guardó silencio observando las infantiles conductas con sumo desagrado, debía intentar algo más para sacarle de ese confort indisoluble.
—Tu ingenuidad ha costado mucho más de lo que era justo para quien te amase —Sentenció logrando obtener la absoluta atención incrédula de su oyente — …y el dolor de los que aún posees, será peor a consecuencia de tu incapacidad para evolucionar tus fallos — Aseguró acercándose con un ceño sumamente acusatorio —Para salvar lo que te importa en esta realidad, debes invocar el ocaso del infante y preparar el despertar del guerrero.
El dolor de esas palabras se instaló tan profundamente, que no hubo defensa alguna le relevara de la responsabilidad. Ahí estaba ese extraño visionario, propiciándole una dura dosis de su propio temor aprendido solo en el último año de su existencia. Levantando limites a los que no podía acceder con claridad y la desconfianza se dibujó en su rostro.
—Se testigo de la visión de tus propios pecados —Neil posó la mano en la frente del chico, de inmediato emergiendo cada rincón de sus recuerdos, filtrado contra el conocimiento de su visión actual, uno a uno los errores implícitos en su falta de discernimiento y perspicacia: su abuelo, su maestro y mejor amigo, su completa inmadurez regodeándose, todas las negras intenciones en la mirada de aquellos a los que perdonó sin haber previsto la consecuencia de sus actos, la desmaña en su actuar, de la pobre defensa sin estrategia establecida que montó para conservar su mundo, del engaño a manos de su hermano… y la decepción indirecta en los ojos de Milk.
Milk. La misma mujer atormentada a la que habría prestado oídos sordos, incapaz de salvarla por si mismo al haber asistido ella a ese lugar en su búsqueda, ahora convertida en una criatura sin brillo y sometida de formas brutales a los abusos del imperio. Todo, consecuencia de carecer de un entendimiento medianamente decente para haber hecho lo correcto en su momento o siquiera explicarle la razón de la promesa por la que ella condenó su existir. Su inacción clavándose como un filo indolente, justificándose a si mismo en depender de la pericia del resto para subsistir y aferrar el pretexto de su propia naturaleza a su comodidad.
No solo les había fallado a ellos, sino a si mismo.
—¡Ya basta! — se alejó con ambas manos sobre la sien, afrontando esa clase de lobotomía de conciencia sin armas para denegarlo.
Cuando abrió los ojos buscando al responsable. El escenario parecía haber sido arrancado por un colosal huracán formidable. El circulo de destrucción observándose sobre toda estructura de apariencia antes irrompible, los cúmulos de agua y lodo petrificados en alturas imposibles.
—Tienes tanto poder… — apenas recobrando el aliento, el exhausto Neil contestó—pero tu negligencia es por lo que fallas.
_... _-
El tumulto de criaturas se formaba en las largas filas de los comedores. El personal de mantenimiento, cosechas y operaciones separado de las líneas guerreras. No con fines de clase, sino practicidad, ya que las cantidades de alimento variaban de acuerdo a el tipo de especies.
El salón del comedor de ayuda menor era mas grande. Sin embargo, los platillos volaban del otro lado, donde la mayoría de los saiyanos estaban agrupados.
Entre ellos dos figuras tomaban su sitio habitual. Alejados del resto de los comensales, padre e hija compartían un breve momento.
La agraciada joven miraba en dirección vacía a los palcos superiores, parecía que los principales dirigentes tampoco les acompañarían ese día. La ultima vez que los vió compartir alimentos entre ellos se volvía un distante recuerdo.
—¿Que sucede padre? — preguntó denotando el poco apetito de su acompañante. Su progenitor la miró sin interés, devorando el bocado en su mano al instante.
—Ese infeliz Kakarotto… — Pausó Nappa sin saber cómo terminar esa frase — Cada día amplifica más su poder — admitió, sumergido en algún celoso pensamiento.
—Aunque lo haga—Ella señaló robando el resto de porción del plato de su padre —Nuestro príncipe lo supera por mucho— sonrió convencida en fantasías evocadas.
—¿y crees que se mantenga por mucho tiempo esa diferencia? — Replicó disgustado por el ademán presenciado.
—¡Por supuesto! — Ella le cortó —¿A qué te refieres? — intrigada dejó de lado su alimentación para prestar oídos a las observaciones que ella habría pasado por alto.
—El bastardo de Bardock está cerca de la transformación— Confesó inquieto —Esta mañana fui a los limites del pantano del norte, hice las mediciones…— Exhaló inseguro de continuar — puede que la leyenda no se limite solo a los poseedores de la herencia de Yamoshi.
—Eso no es posible — Hakusa denegó, pegando la espalda a su asiento con inconformidad — y el príncipe jamás permitiría que un clase baja le superara — Aseguró con fe ciega.
—Quizá el antiguo Vegeta— señaló haciendo una mueca —pero el actual, lleno de esas malditas ideas extranjeras y su sentido de igualdad… no se si siquiera recuerde los preceptos de su raza— renegó arrojando el resto de su cena, la sola idea le arrebataba el apetito.
—Quizá así lo amerite el nuevo orden padre— Contradijo pensativa sin quererlo —Ya no queda mucho que respetar de la tradición después de todo— Suspiró contemplando a lo lejos el gentío hacer algarabía en torno al ingreso de los últimos comensales —¿Cuándo habrían las elites compartido espacio con seres de inferioridad de casta? ¿Asistido a batallas auxiliados por tecnólogos expertos? —Resopló prestando atención a un área del comedor en particular — Si nuestros ancestros pudiesen vernos, se habrían dado cuenta de lo absurdo que fue entonces declarar la guerra a los Tsufur… probablemente incluso hubieran permitido las uniones entre razas para unirlos a su causa…
Y su padre se levantó con un súbito golpe sobre la mesa.
—¡Te prohíbo blasfemar de ese modo, cachorra insolente! — rugió haciendo silencio en la sala. Las miradas furtivas colocándose entre el par con amenazadoras poses sobre el otro. Unos minutos pasaron, los murmullos crecieron olvidando el altercado detrás. Finalmente uno de ellos cedió.
—Me disculpo padre —Refunfuñó la chica entre dientes —Pero es un hecho que esos seres…. Son útiles — Señaló, retomando su alimentación —Los técnicos pueden ocuparse de todas las criaturas inferiores y tendremos mucha más libertad en el campo de batalla
—Técnicos y superiores piensan igual— Señaló el indignado saiyan —Mas aun nuestro indolente líder… abstraído en sus ideales…y algunas nuevas adquisiciones.
— Esa afirmación si es absurda—La chica se carcajeó al descubrir la dirección en la que su padre miraba, una acalorada discusión una vez más protagonizada por la mujer terrícola en sus filas —Solo actúas como un tonto resentido— Terminó su bebida en tres tragos.
—Esa bruja — Afirmó sin dejar de escudriñarla, recordando la seguridad con la que se dirigía al resto, la adulación obscena de sus colegas y su insoportable pedantería detrás de cuantiosos inventos— Es aún más peligrosa de lo que crees — Aseguró sin poder despegar el desagrado de sus conductas insolentes, mientras ella recibía reprimendas de sus superiores.
—Creo que has dejado a tu imaginación transitar en lo inaudito — su hija contestó mirando en la misma dirección —La he observado, es tan blanda y caprichosa como el tercera clase que temes, es brillante ciertamente, pero es imposible que ambos representen alguna clase de amenaza a nuestro líder —Sorbió el sobrante de su bebida —Vegeta no es tan ingenuo como para no entender la utilidad y limites de los nuevos elementos, no deberías desconfiar de su criterio.
Sus palabras quedaron prendadas en el aire, ambos retomando su interés en la merienda y guardando para si sus verdaderas opiniones. Era evidente que el otro jamás estaría de acuerdo con lo que cada uno consideraba una absoluta verdad.
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Entró de nuevo en su zona de acción. Portando la imagen de la única mujer en la casa, pasando desapercibida para los inquilinos que tomaban su cena en el fuego del patio centra, observando las estrellas en las banales platicas de antaño sobre torneos y placeres de la vida humana.
Se deslizó hasta el taller donde suponía trabajaba la mujer a la que mas envidiaba en ese planeta. Al ingresar encontró casi todo el departamento vacío, únicamente una caja con viejos instrumentos a media reparación y esferas holográficas obsoletas.
Llamó su atención una prenda en particular, arrugada en uno de los polvosos estantes, estaba el gi naranja que su dueño portó en aquel torneo donde ella lo reconoció. Extendió el brazo hasta alcanzarlo, sosteniéndolo en sus manos con añoranza en el pasado. De manera automática lo dirigió a su nariz, percibiendo entre la humedad algunas de las notas de la escencia del chico ahora convertido en un hombre.
Un leve temblor se coló hasta su estómago, pensando en el sentir que por años la acompañó, Cuanto le habría admirado, cuanto habría anhelado saber lo que sería estar en sus brazos, la única cosa buena que ese planeta había engendrado. Comprometido ahora por decisión propia en el esposo de alguien más y comprendía ella a la perfección lo que significaba. El recordatorio duro de lo indigno en lo que ellos llamaban "la marca". Habiéndola usado ella misma como prueba de su pertenencia a uno de esos infames monstruos. Cuan diferente habría sido usar la de un hombre al que amase, al que ella hubiera elegido por su propio derecho. Una carcajada la distrajo, haciendo que tropezara con la caja de instrumentos y derribando su contenido. Una de las esferas holográficas rodó y en la distancia un fragmento holográfico se disparó por accidente.
'Tamo S-71'
Sonrió ella escapando del sitio a la brevedad, percibiendo que el ruido había alertado a los moradores. Tenia una información con la que intercambiaría por lo menos una noche tranquila de sueño, lejos de toda la infamia a la que era sometida.
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Abatido en su totalidad, cubierto de lodo, vergüenza y extenuación. Regresaba a su cuartel personal el saiyan-terrícola, después de días de ausencia. Necesitaba descansar, pensar nuevas estrategias y calmar el ímpetu de sus recientes descubrimientos. No quedaba en su interior ganas de indagar más. Sin embargo, sentía insuficientes las herramientas proporcionadas por su propia experiencia para entender porque no bastaba simplemente permanecer igual.
Se encontraba desorientado. Cuestionando a fondo toda su inmanencia. Saltó a las duchas colectivas, apenas revistiéndose con flojos atuendos de descanso. Cuando ingresó a su habitación ahí estaba su primera compañera de viaje. Abstraída del mismo modo en alguna cruzada intelectual fija en el horizonte, supuso. Ya que esa idéntica mirada desahuciada sostenía él mismo.
Sin hacer mas ruido, se sentó a su lado, ninguno preguntando al otro la causa de su desasosiego. Gokú suspiró una larga exhalación. Y sintiendo que ya era suficiente, recostó la cabeza en las piernas de ella, buscando un sitio seguro. Cerró los ojos y se despidió de ese día.
Ella se recargó, contemplando en el ventanal las constelaciones desconocidas. Ofendida de su propia insignificancia, simplemente arrastrada a conveniencia de seres mas fuertes, de planes mas concisos y ordenes mas apremiantes. Convertida en una herramienta del destino y peleando una guerra con solo la venganza inscrita como principal autora.
Y miró su regazo, conteniendo a otro de los seres arrastrados a esa injusticia, junto con ella. No era capaz de adivinar lo que debía estar pasando, sin embargo, tampoco podía disuadir su culpa frente a las circunstancias que le hacían encontrarse en ese estado de vulnerabilidad. Recordando que incluso ella misma le habría usado con el pretexto de salvarse a sí misma.
Acarició su oscuro cabello con sumo cuidado, sin poder detener la lágrima furtiva que alentaba su descarga silenciosa. Por un momento, sin poder sacudir el recuerdo de ese día, en que ella se habría convertido en los mismos abusadores que odiaba.
'La única forma' Bardock habría dicho 'Solo de este modo podrás ser libre' y ella aceptó, cegada por la necesidad de probar al mundo que era capaz de doblegar su destino.
—Solo guarda silencio — musitó contra las insoportables preguntas de Gokú, visiblemente molesta e incapaz de prestar atención al resto de individuos rodeándole. Recitando los dirigentes en su idioma original, la sentencia indisoluble ante el uso de las leyes mas sagradas de su raza: 'tu propiedad bajo juramento, retenida en pago de sangre o muerte' cual si no fuese suficientemente intimidante haber probado de primera mano el costo de sobrevivir en ese tipo de sociedad.
Los ancianos llamaron a una mujer de mayor edad que cualquier otro saiyajin que hubiese visto. Conocida matrona de las casas menores. Colocó a ambos jóvenes frente al grupo procediendo a terminar con el inusual intercambio.
—Extiende tu mano sobre su hombro — Le regurgitó la anciana al saiyan sin cola, sus palabras con un tremendo relente en la voz —Repetirás el juramento después de mi — Instó al despistado sujeto a seguir paso a paso las palabras que perseguirían, por honor, la conciencia de la joven por siempre.
Y así su viejo amigo le prometía protección, lealtad y consuelo, de la mano de un sitio como igual en la historia de su casa. El descontento general no era siquiera disimulado, habiendo asistido al sitio mas de un morboso inconforme para atestiguar la primera pugna concretada entre un hombre libre y una simple esclava. De toscas maneras fueron arrojados al recinto contiguo, únicamente cubiertos por cuadros primitivos de telas traslucidas.
'Tendrás solo tres campanadas para consumarlo, antes del cenit de la luna más cercana' el padre del joven les habría advertido 'si tardas más, no podrá controlarse y te herirá'. Más ella sabía que su compañero no tenía la mas mínima idea de lo que esas palabras significaban o lo que estaba por suceder. Por ende, todo dependería de ella.
Volteaba él en todas direcciones, confiado y desubicado. Había sido aleccionado para no decir pensamiento alguno, por miedo a que pudiese delatar que dicho acontecimiento no era genuino.
Entendiendo que no sería capaz de realizar la tarea, sacó de su recogida cabellera azulada el ingrediente que le daría la clave.
—Cómelo —Ella ordenó, poniendo la barra de amarilis robada en sus manos. El otro dedicó un vistazo de incredulidad, mas al ver la seriedad del temple de la chica, accedió, no si antes protestar por el amargo sabor desagradable en su garganta.
La primera campanada sonó.
—Recuéstate— Le ordenó obligándole a obedecer. Contó los minutos esperanzada en que su plan rindiera frutos.
El joven, ignaro de su propio destino, se recostó sin la mínima sospecha, ambas manos en su nuca bostezando con aburrimiento. Sin embargo, después de ese particular momento se levantó alarmado, talló sus ojos, incapaz de concentrarse, una sensación de adormilamiento en todo su cuerpo reinaba, sin dejarle pensar con claridad.
—Me siento mal — Musitó intentando concentrarse en el punto más cercano —Algo… está mal— habló de nuevo, silenciado de inmediato por el dedo de su compañera, quien le empujó con suavidad y le desvistió con rapidez.
La segunda campanada sonó.
—Solo cierra tus ojos — Requirió ella en el tono más neutral que pudo manejar.
Trepidando insegura y sumamente nerviosa subió a su compañero, entendiendo que no podía dejar a la naturaleza seguir un curso normal, avistó una postura adecuada y usó la propia suavidad de su cuerpo para iniciar la tarea de dar vida a una particular sección sureña del cuerpo de su acompañante.
Sintiendo la reacción en su propia piel, él se levantó asustado, intranquilo al ver a su compañera abrazarlo para calmarle, más al recostarle de nuevo, otra sensación más fuerte a la anterior se apoderó de su concentración. Ahí estaba ella colocándose por encima de su masculinidad despierta, completando el trabajo con determinación, sumergiéndolo de alguna manera dentro de ella. Y contuvo él su aliento sin entender, porque se sentía a si mismo invadirla, presionado en alguna primitiva forma placentera que no le permitía concentrarse en el rostro de ella. Recibía de alguna manera, la información de que una gran mueca de dolor estaba instalada en las suaves líneas faciales de su amiga, quien no parecía estar pasándola nada bien.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó aún más asustado, tiritando entre ese suave abrazo, no reconociendo el instante en que la habría aferrado como la única cosa de la que podía sostenerse en ese momento. Su propio cuerpo parecía no obedecer, trastornado en una orden subconsciente que le cerraba los ojos intentando recuperar el control sobre su indomable instinto.
Y ella, silenciada por lágrimas de indignación, comenzó a moverse sobre él. Concentrada, despiadada, febril. Haciendo al otro esconder el rostro ante el desborde de alucinaciones plácidas, apenas conteniendo su respiración profunda, rítmica, sostenida en la curva del delicado cuello femenino. Podía ella escuchar el ritmo feroz de aquel corazón y ser pronto estrujada en un enérgico espasmo final, con el que la enganchó con más fuerza, casi lastimándola. Adentrándose excitado en su interior, de forma salvajemente mecánica ante su liberación. Sus músculos se flexionaban involuntarios, resollando para regularizar su respiración.
Y lo miró al fin, temblando entre sus brazos y aún preso en sus entrañas, transpirando y exhalando completamente vulnerable, robado de toda su previa inocencia. Ese mismo niño al que hubiese procurado, a quien habría enseñado el mundo, bañado y alimentado, quien la habría salvado en tantas ocasiones. Ahora vuelto un hombre, utilizado para garantizar su libertad. Amordazaba ella su propia culpa para evitar llorar, ante la ingenuidad de esos negros ojos amables que la buscaban, intentando recibir una respuesta de lo que habría ocurrido.
No escuchó la tercera campanada. La misma anciana habría hace un momento entrado al sitio, sorprendida de encontrar el acto terminado antes de lo habitual.
Gruñendo se acercó a la pareja y sin pudor alguno, la levantó del resguardo de su compañero provocando un quejido adolorido de ambos al separarlos con tal brusquedad. Pasó la mano por debajo de la lastimada entrepierna de la humana, ganándose una serie de ofensas por parte de la implicada. Corroborando la evidencia del marcaje del joven.
—¡Está hecho! — Anunció al resto de los presentes en la lejanía. Uno de ellos leyó al resto la carta que testificaba, ahora en adelante seria reconocida como: Bulma de la casa de Serika.
El barullo de afuera no parecía importarle, concentrada en el punzante dolor de su zona intima y la incómoda impresión líquida escurriendo, acomodó sus escasas ropas todavía experimentando los efectos de su atrevimiento y nerviosismo. Tuvo a bien mirar una vez mas al otro, quien intentaba ponerse en pie con torpeza, aun víctima de los efectos del amarilis y el acto carnal. Ella sintió ese gran remordimiento instalarse. Le había quitado la oportunidad de vivir esa experiencia en brazos de la mujer que él mismo seleccionara para sí. Ahora nunca serían libres de elegir.
—Perdóname — Le abrazó tímidamente, en media voz, intentando no verse aun más vencida de lo que camuflaba con esfuerzo.
—Estoy muy mareado —Contestó él, volviendo a recostarse en su regazo, totalmente sometido en superar ese esfuerzo que no terminaba de comprender.
Despertó. Bañado en sudor sumamente agitado. El recuerdo de ese momento vergonzosamente suscrito en su reacción. Había pasado ya tanto tiempo, que no se explicaba porque su mente lo traía a colación. Su supuesta esposa habría estado durmiendo sobre él, posible causa de esa memoria corporal. La observó con detenimiento, perdida en algún otro sueño que, dado el grado de inclinación en sus cejas, probablemente no era agradable.
Talló su propio rostro desperezándose y la acomodó cediendo toda su cama. Hacía ya mucho que tampoco compartían el mismo espacio. Sin embargo, debían comportarse de esa forma ante el resto de desconocidos, pese a no existir la esclavitud en este sistema. Su padre les habría advertido no bajar la guardia. La naturaleza saiyan no perdonaría a cualquier hombre, dedicar atención a una hembra disponible. Eso, suponía, no era un buen augurio. Se quitó la holgada camisola, poniéndola sobre ella como una manta. Inspeccionó y cuando consideraba que tenía ya suficiente olor de su cuerpo, se retiró. Afuera seguía oscuro, más no era ese motivo suficiente para desistir de la siguiente cosa que su cuerpo exigía. Era hora de continuar su entrenamiento.
Quizá si lo hacía con suficiente fuerza, encontraría la forma de volverse a sentir como él mismo.
