'Un juego peligroso' Le habría advertido.

Repasaba en su mente, incapaz de aceptar lo que la evidencia señalaba. Toda esa semana intolerable bajo la influencia del fugaz intercambio que le habría dejado en un pésimo estado de humor. Shoga se habría marchado, dando regreso al namekiano en guardia. Siempre a una corta distancia dispuesto a bloquearle apenas hubiese una señal de peligro.

Ella seguramente lo notaba, fascinada con esa nueva sensación de seguridad, insistente en su búsqueda provocando todos los días una reacción en su trato que ahora era todo menos indiferente. Y en cada jugada, él habría caído con tan pocas victorias, que le parecía insostenible seguir fingiendo ese burdo desinterés irreal. Hundiéndose a sí mismo en el borrascoso tramo de la atracción tendida por su enemiga. La peor de sus derrotas había sido reflejada de la visita de su fiel consejera. Quien le habría puesto frente a frente con una verdad inadmisible.

¿Cómo lo lograste? —Celipa le daba la espalda, estoica frente al ventanal en sus aposentos.

Está en mi naturaleza ser resiliente —Contestó sin interés alguno de explicar los motivos.

Estas mintiendo — Ella viró encarándole —Te he escuchado alardear por tantos años — negó intentando esconder la molestia en su voz —y nunca una de tus pretensiones tuvo un tono tan patético —se aproximó dispuesta a llevar el dialogo a sus últimas consecuencias.

Guarda tus sermones Celipa — Le gruñó impaciente —No tengo humor para escucharlos —latigueó la cola de forma involuntaria. Se recargó en uno de los asientos, entrecruzando los brazos con pereza.

Mas debo insistir—amenazó con sutileza —Alteza — puntualizó el poco respeto que él no esperaba escuchar —en que tu ingenuidad está decantándose en un juego peligroso.

No sé a qué te refieres— Se irguió con ánimos de hacerle entender su autoridad.

Lo sabes —Ella continuó —Lo sabes mejor que yo — Insistió sin dejarse amedrentar —Pero tu ceguera no es solo física — Ladeó el rostro intentando encontrar la sentencia adecuada para lo que debía esclarecer.

No te conviene continuar ese trecho Celipa —Murmuró en peligrosa advertencia —No te debo tanto como para pasar tus faltas por alto— se acercó dirigido por una creciente furia incontrolable.

¿Y a ella?— Interrogó deslavando toda emoción del semblante de su oyente.

Un silencio se instaló entre ambos, renuentes a abandonar su bélica postura.

Desde el momento que entró en la sala de consejo —Celipa continuó con el rostro fijo sobre el acusado —Lo sospeché— Farfulló tomando un respiro para continuar —Tu reacción inmediata al mirarla, la renuencia a acercarte con detenimiento, tu insistencia en provocar su ira, la gana absurda de buscar su admiración —Puntualizó uno a uno sus visibles errores, trayendo consigo una carga de vergüenza que obligó al más joven a darle la espalda — y ahora poniéndote en un inminente riesgo… salvándola de un ataque causa de otro, que tú mismo no pudiste contener —Bajó la voz, cerrando los ojos — te comportas como un cachorro obsesionado.

¡Suficiente! — Volteó el agraviado encendiendo una involuntaria llama de ki en su aura —No me obligues a tener que recordarte la casta de donde provienes — Rumoreó en casi letal inminencia.

No me dañan tus dagas mordaces Vegeta—sacudió las ínfulas del otro —pero veo el peligro que eres incapaz de entender —Esclareció sin temor —Mucho tiempo te has mantenido al margen de tus instintos, pero esa espera te está cobrando toda inexperiencia — Pausó eligiendo sus palabras con detenimiento—estas cayendo al filo de una ruta indigna.

No entiendo tus conjeturas absurdas —El acusado insistió sin dejar de lado la pantomima —No me interesa en lo mas mínimo esa insignificante criatura de la que hablas — Negó con suma lentitud peligrosa.

La encontraste entre un grupo de meta-groks—Puntualizó incrédula —Carente de todo sentido de detección avanzado, solo significa que estás tan adecuado a buscarla que no te requiere esfuerzo localizarla —Agregó haciendo irrefutable su evidencia. Sin embargo, el agraviado no tomó parte en ello, dándole la espalda una vez más, para dar cortos pasos buscando apaciguarse.

Es una vil injuria — Externó en cierta calma —Regresaron casi todos mis sentidos en ese mismo día —Explicó rápidamente dirigiendo el rostro hasta el sitio donde la escuchaba —¿Debía dejar que le devoraran entonces? —Preguntó cínicamente.

No es así — Sin dejarse impresionar, su jueza prosiguió —Lo sabes tanto como yo —Se acercó intentando calmar la discusión —No es una deshonra admitirlo —Mordió su propio labio —Pero negarlo es aun peor, pues dejarás que esa emoción continue adentrándose.

¡No hay ninguna!—Perdió él la calma ante la necedad de esa aseveración —¡Son tus malditas suposiciones!—Le gritó incapaz de doblegarse a seguir escuchando tales infamias.

Estás enamorado de ella.

Se congeló.

Su cabello erizado en un pánico ascendente, expuesto de una indigna forma, sintió el calor de su rabia acrecentarse. Dando zancadas sonoras se acercó hasta la mujer de frente, tomándola con firmeza del cuello, temblando cada musculo con esfuerzo en impedirse a si mismo hacer algo que lamentaría.

Si no fueses mi más confiable consejera… — Le acercó caminando la delgada línea de la locura —en este mismo instante te rompería el cuello — Obligó a sus dedos a desistir, ganando un quejido de la criatura en su agarre.

Hazlo si sosiega tus culpas —Le gruñó ella sin temor —Pero debo advertirte de la infamia que cometerás—Continuó sin emoción alguna — Aunque su especie no importe a tus preferencias— asió el brazo de hierro que la sostenía en el aire —Aunque tenga esas magnificas virtudes mentales desperdiciadas en tu cama—Continuó faltándole el aire —aunque te enfrentes a todo el repudio saiyan justificando tu elección — Fijó los ojos sobre su verdugo, incapaz de ceder pese a la pérdida de su propia fuerza— …ella… le pertenece a otro.

Y la claridad de ese estatuto golpeó a ambos con la fuerza de un terremoto. Bajándola de su sitio, sin poder hacer a su mano obedecer por completo la orden de liberarla, permaneció en muda pose, solo volteando el rostro bajo un temblor de impaciencia.

Conoces la ley—Celipa prosiguió en una voz más clara —¿Pagarás el precio por tenerla? — Le interrogó observando subir un color fúrico sobre la estampa del otro — ¿Desafiaras a muerte a Kakarotto, te desharás del aliado mas poderoso un nuestras filas por una mujer? —Subió ella el tono de forma involuntaria —A toda luz es evidente… que él jamás la cederá.

No tengo intención en responder a todas las blasfemias que has estipulado— Contestó sin siquiera voltear. Soltándola con sumo desprecio.

Envíala de vuelta—Acomodó su armadura — Déjala partir con las noticias urgentes que le has negado de los miembros de su casa—Sentenció completamente consciente de la estrategia que su líder habría seguido a espaldas del resto —Su trabajo aquí ha concluido.

Una pausa sobrevino, entendiendo el aludido que no había forma de esconder lo que incluso a si mismo se negaba pronunciar. Todo ese tiempo luchando contra sus demonios internos, fraguando planes deshonrosos para evitar que partiera de inmediato, ya fuese para su beneficio directo o el de sus protegidos, pero simplemente no podía permitir que la lealtad de la humana le fallase.

Yo decidiré cuando eso sea determinado — Renegó en completa necedad — Por ahora… quiero que te largues en este instante— La tomó una vez mas con brusquedad haciendo uso de su superioridad para alejarla de su presencia.

La enervada mujer suspiró rendida. Entendiendose a si misma como parcialmente responsable de ese desenlace. A pesar de las claras señales de cortejo en su pupilo, ella fue quien los puso en ese lugar. Sacudió su traje haciendo una perfecta reverencia. Sin siquiera voltear desapareció por los aires entendiendo que el siguiente límite a tocar costaría un poco más que una simple reprimenda. La advertencia estaba hecha, no había más que decir.

Desempolvaba la vergüenza en ese recuerdo, cuando la causante de su desgracia interna atravesó la puerta.

—Debo revisar tu progreso después de la sesión de ayer — Anunció animada, aproximando los escáneres — Las lecturas indican que hoy por fin será el gran día— Colocó los aditamentos iniciando el proceso de inserción. Se sentó frente a él, cual si se tratase de uno de sus confiables amigos de la infancia. Completamente ingenua ante los pensamientos previos de esa torturada mente inconforme. Inició el desplazamiento de la dosis subcutánea sin retirar el vendaje, moviéndose de un lado a otro sobre él, tocándolo en plena confianza y cercanía, con la libertad de una mariposa revoloteando ingenua en la hierba. Cuando el proceso estuvo completado, se irguió con su atención fija en él.

—Retiraré el vendaje — Le anunció como un procedimiento de rutina — Debo registrar todo lo que sientas que ocurre— Extendió los brazos liberando el amarre en su temple. Las gruesas pestañas finalmente abriéndose paso para revelar los duros ojos ébano, fijos en el horizonte. Sin embargo, el movimiento de estos no parecía errático. Dirigidos hasta un punto específico en los ojos de ella, concentrados en clara señal de funcionamiento adecuado.

—¡Por los dioses! — Ella exclamó llevando sus manos a la menuda boca, incapaz de doblegar la alegría de su éxito —¡Dime que puedes verme! — Exhortó sin darse cuenta de la estoica estampa del otro misteriosamente inamovible.

—¿Que me has hecho? — Preguntó él aun persistente en esa fija mirada asombrada.

—Introduje uno de los sueros de células ma…—

—¡No! — Se levantó de golpe haciéndola levantarse del mismo modo, sumamente alarmada. Retrocediendo incapaz de entender lo que pasaba por la mente del inestable hombre enfrente.

—¿Qué has hecho conmigo? —Preguntó una vez más intimidante e irreflexivo —¿Tienes alguna clase de magia en tu especie? ¡¿Lo has estado planeando?! — La arrinconó sin darle tiempo a contestar todas las acusaciones que ella parecía ignorar por completo. Tragando la infortunada su saliva en seco, intentando comprender el motivo de esa repentina ira, la cola de su atacante desenvuelta latigueaba y su mirada, aun más pesada de lo que podía recordar, no se apartaba ni un instante de sus ojos incrédulos. Ella se inmovilizó, incapaz de encontrar la valentía en su cuerpo o las palabras para enfrentarlo.

Entonces lo observó rendirse, bajando su rostro buscando las respuestas en su propia sapiencia, se disponía ella intentar la retirada, cuando uno de esos brazos se interpuso entre ella y la pared en su espalda impidiendo el paso.

Y devolvió ella la vista al atormentado saiyan, buscando él aun una respuesta desesperada entre sus facciones. La cercanía de su estampa haciendo a sus propios nervios saltar, insegura de estar siquiera despierta. No podía ser real, tal intensidad, tal declaración de guerra envuelta, un atractivo sendero prohibido a transitar, como una canción hipnótica subconsciente. Ella entendió que no habría oportunidad alguna de escapar a lo que en ese momento se engendraba, no había ya atisbo de furia disfrazada, juegos previos a aceptar la razón de sus actos. Era un crudo desplante de anhelo, era un cortejo declarado a sus propios deseos. Mirándole ahí, toda esa férrea estampa fiera, rendida a un silencioso secreto que ella intuía. Todo ese tiempo a su lado, traicionando la sensación de plena seguridad que del mismo modo la tenía preguntándose en que momento esa catástrofe habría sucedido: en la que se transformaban ambos en la innegable tentación del otro.

Echó ella de forma hipnótica ambas manos sobre el rostro de su captor y arrastrada por esa orden imborrable, se fundió sobre él en un intimo beso suave, simplicidad convertida en torrente, cual fuego libre extendido sobre la seca llanura.

El par era incapaz de entender, de retroceder, de arrepentirse de todo aquello que les costaría mas que su orgullo, por saldar el mundo incinerado detras. Devoró él implacable esos labios imitándole, rodeándola con su rebelde potestad, cual si fuese el agua de un oasis bendito, perdiendo toda voluntad contraria a sus deseos, se apresó imperioso contra ella, la tocó sin freno a su avaricia, amoldando su hermosa figura a la perfección sobre sí. Deslizando la mano en su espalda, entre sus piernas, escalando la necesidad de acercarse aún más, sentirla aún más, entendiendo ahora que no había forma de tener suficiente.

Pero la realidad arruinó la súbita irreverencia.

La soltó con la misma emergencia con la que todo habría iniciado. Ambas pupilas sumamente dilatadas y sus músculos incapaces de responder con una orden coherente. Su rostro fijo en dirección a la puerta donde ella habría ingresado. Incapaz de hablar o mirarla, simplemente envuelto en un ademán de arrepentimiento mudo.

Ella exhalaba, recargando su peso sobre la pared, aun víctima de los efectos de esa intensidad que jamás habría experimentado. No podía dejar de mirarlo, dejar de pensar en lo ocurrido o siquiera decir alguna de sus cáusticas respuestas ingeniosas para ganar una posición menos vulnerable.

Ahí estaban ambos, expuestos en plena desnudez de sus emociones. Habiendo admitido su debilidad cruda ante su enemigo de afrentas.

Sin poder aceptar lo ocurrido, él dio un paso atrás. Meditando sin mirar y finalmente salió por la puerta, incapaz de regresar a encarar el terrible error del que había sido previamente advertido. Todo su cuerpo intoxicado en ese olor, en el duro deseo corriendo por sus venas. En la necia obsesión, desencadenada por un solo momento absurdo de languidez. Despegó de inmediato, borrando de su mente todo rastro de su previo encuentro. Dispuesto a retomar la totalidad de sus deberes, pleno en funciones, poder, nuevas estrategias que consolidar. Ya era hora de continuar con su rebelión pausada, habría perdido suficiente tiempo.

_..._

El ánimo lúgubre de la casa de Serika decaía aún más ante las nuevas escuchadas. Presentada la orden de forma directa, por los atentados a palacio, sobre todo apoderado de un terrícola.

—Lo saben— En desconsolado gesto, el jefe de la casa sostenía entre manos el decreto público.

—¿Como es posible? — Gine temblaba comprendiendo la seriedad de esa situación —¡No pudieron haberte visto! No conocen a ninguno de ellos—Insistió pretendiendo de algún modo borrar el temor de su clan con esas simples suposiciones.

—La orden es clara— Bardock le silenció —deben presentarse al tribunal los terrícolas en posesión de las casas— Estrujó el comunicado desintegrandolo —Buscará en especial a los libertos de la casa de Serika— Supuso con plena amargura en su tono.

—No podemos permitirlo— Gine externó en torno a los demás decaídos.

Sin embargo, el mayor de ellos ya había incursado ese peligroso terreno, sabiendo a ciencia cierta lo que el jefe de esa búsqueda pretendía obtener. De boca de su propio asistente.

—Panbukin nos dejará una salida— Agregó mirando con atención la reacción de todos los presentes —la más nefasta— Escupió —quiere a Kakarotto como su sirviente…bajo un juramento de sangre.

Ninguno expresó su pensamiento. Pese a desconocer en su totalidad el proceso que conllevaría, su sola mención sonaba como un asunto de vida o muerte.

—Debemos irnos— El implicado se levantó, había cosas más apremiantes en las que pensar y no estaba dispuesto a permear más temores entre sus protegidos. Observó a su padre dando completa fe de comprensión.

Ambos guardaron silencio.

—He informado a la resistencia— Krillin interrumpió —pero temo que el mensaje no llegue a tiempo — Prosiguió inseguro —puede asistir un solo representante de acuerdo a la orden, puede tratarse de Bulma e ir bajo resguardo, así darnos tiempo de buscar un escape seguro para Gine.

—Hablaremos de esto después— Gokú insistió caminando fuera del recinto en torno a finalizar el último ritual, del que su mente no podía ser piadosamente indultada.

….

La negra noche estrellada atestiguaba las silenciosas figuras, siseando en la gruesa arena de las dunas del sur. Cinco individuos con solemne estampa construían el altar representativo de los funerales más dignos de ese planeta.

Reunidos todos, en la cima de la duna más alta, levantaron la pira fúnebre con la que eran honrados los caídos más reconocidos. Al rededor, la devoción de la última generación de discípulos del gran maestro de la escuela tortuga, despedía en silencio la forma corporal de uno de los seres que más importancia tuvo en sus vidas.

Su padre se adelantó, observando con detenimiento el rostro inconsolable de su hijo. Entonces tomó la decisión de darle una de las ultimas lecciones que conferían consuelo a toda su raza.

—Lo que sientes— habló con un tono más suave del acostumbrado — puede ser el combustible para tu propósito— Recalcó, ganando la atención del joven mientras el resto proseguía en la construcción — Por su importancia, tres juramentos son los más sagrados por las antiguas leyes saiyan: de sangre, de lazo y de enmienda — Prosiguió a explicar con paciencia —Por eso los tres se pagan con muerte al incumplirse.

El muchacho levantó una ceja con mayor seriedad a la que su rostro estaba acostumbrado a emitir, dispuesto a comprender el legado que todo ese tiempo se habría negado en aceptar.

—No caerá tu maestro en vano— Repitió las antiguas palabras que ese acto requería —Hónralo bajo juramento de enmienda — Resonó con rencor en su voz —Sobre el cadáver de tus aliados, lo proferirás — Tomó entre sus manos la cinta de la tela del desgastado pantalón del anciano. El gi proporcionado por su propio alumno— Lo llevarás como recordatorio hasta haber vengado esta muerte de quienes te lo arrebataron.

Entregó el fragmento en sus manos, el olor del maestro pulsaba fuerte en sus sentidos. Cerró el joven su puño resguardando el cinto, intentando doblegar la lágrima que amenazaba con salir. Mas no por cobardía o vergüenza, sino por el respeto que ese momento demandaba.

'La renuncia, es solo el comienzo' Le habría dedicado sus últimas palabras, dándole a entender que la única forma de subsistir en ese infierno era reinventarse ante las circunstancias.

Regresó a su deber al concluir el resto las labores. Compartió la misma llama con su viejo amigo al momento de encender la pira, sus dos discípulos la depositaron al mismo tiempo la cama de ofrendas. La insignia de su casa y el último recuerdo valioso de su planeta.

Así, observando todo ser consumido por el fuego, dejó al dolor permear en su alma por primera vez, mecida su salvaje cabellera por el viento y la canción de venganza entre las flamas. Esa noche incineraba del mismo modo al niño que alguna vez fue, surgiendo en su lugar el fiero guerrero, dispuesto a enfrentar todo lo subsecuente por mantener con vida a los últimos seres que daban una razón a su existencia.

No fallaría, nunca más se permitiría volver a fracasar sin importar cual fuese el costo, incluso si se trataba de su antiguo yo o su propia vida.

—No es necesario esperar a que Bulma regrese y ponerla en riesgo— Afirmó sorprendiendo de inmediato a sus padres, pues no sospechaban que el hubiese escuchado la conversación previa — Si así es necesario, no tengo miedo de aceptar las condiciones de ese sujeto.

Declaró sin escuchar el resto de replicas de sus camaradas de la tierra. Tal cual su padre habría dicho, no había forma de librar a todos sus seres queridos mas que aceptar el nefasto castigo.

_..._

—¿No ha sido ya suficiente? — El par de inconformes soldados se quejaba ante la incesante entrada de transportes de alimentos, disponiendo de toneladas de hielo y nieve para ser transportadas a los dominios de la otra rebelión apenas conocida.

—Al parecer en su planeta no tienen acervos suficientes de agua— Cheelai argumentó del mismo modo sin entender la desesperada forma de resguardar el elemento, siendo que algunos de los seres se arrojaban con gran placer en la fría nieve.

—De todos modos, desecarán nuestras propias reservas a este paso— otra voz inconforme se unió al par, emitiendo los informes al mismo tiempo que los cargueros despegaban.

Una entrada desconocida ingresó al panel tecnológico. Habiéndose ausentado la principal responsable del área, las tareas asignadas eran repartidas entre los elementos de confianza de la científica. Sin embargo habiéndose atrevido a abrir ese mensaje, el rostro verdoso de la chica palideció aun mas. Una alarmante nota escondida en esa insignia derivo su curso a otras, todas pasadas por alto por los mandos principales.

—Ella debe saberlo— Cheelai resopló comprendiendo que sus autoridades habían intentado mantener esa información oculta. Dejó de lado su obligación momentánea y corrió a encontrar a la verdadera dueña de esos mensajes.

_..._

La larga lista de traidores menores a su causa traía un dolor de cabeza indomable al general, ahora nuevo inquisidor. Pero debía seguir el protocolo si quería ser convincente.

—¿Quién eres? — Beets interrogó al siguiente enviado.

—Kabu…—El soldado habló —De la casa de Nikinu-ka.

—¿Dónde están tus esclavos?— El asistente prosiguió al ver que nadie le acompañaba.

—No tengo en mi poder ningún sobreviviente— Admitió con cierta insolencia inscrita.

—Dos terrícolas eran parte de los esclavos de tus filas— Beets revisó los informes con minuciosa calma—¿Qué has hecho con ellos?.

—No te importa, ni a tu amo clase baja usurpador — Dirigió sus ofensas al director de la operación, sentado en el podio detrás.

Panbukin sonrió, sumamente admirado por la bravuconería atestiguada. Si bien, no se trataba de un oponente formidable, era ciertamente entretenido contemplar el nivel de atrevimiento a los que el vulgo había escalado en ese último año. La mejor estrategia se le ocurría de pronto.

—Dos semanas en las mazmorras — Anunció a los guardias, esperando que el hombre mordiera el anzuelo. Estaba ansioso por probar los resultados del entrenamiento de su mejorada guardia.

—Oblígame a hacerlo…general—Resopló el sujeto, cansado de seguir fingiendo respeto ante uno de los seres que todo el pueblo consideraba que no lo merecía.

—Milk— Llamó el ofendido a la joven en pie detrás, tan silenciosa que apenas habría sido notoria para el resto de asistentes y ciudadanos en las filas de revisión —No tengo ánimo de ensuciarme las manos hoy — Se estiró con pereza —Mátalo.

El hombre implicado soltó una estrepitosa carcajada. Todo murmullo de curiosos circundantes terminó, al saltar el impío contrincante contra la minúscula figura de la mujer que se desprendía de su capa. El puño feroz del saiyano aterrizó en la nada. Habiendo la chica driblado a tiempo hasta la zona mas vulnerable en su víctima, un certero rayo de luz atravesó el cuerpo del osado saiyan, quien ni siquiera comprendía de cierto, la razón por la que sentía la vida drenarse de su cuerpo. La terrícola saltó evitando el esfuerzo de su oponente por alcanzarla y de un tajo cercenó la cabeza del hombre. Cayendo ambos al suelo al mismo tiempo.

Habiendo terminado su labor, ella pasó por encima del cuerpo. Tomó su capa del suelo colocándola con total cotidianidad. No se detuvo a observar los incrédulos rostros sorprendidos que ahora divagaban entre el odio y la incomprensión. Era una humana sin duda, pero ciertamente una ensayada asesina. De pronto la duda estaba sembrada; si una criatura de esas proezas otorgaba su servilismo a un ente considerado como un desprestigio de fuerza, significaba que quizá había algo de mayor peligrosidad en ese trepador.

El resto de eventos en la revisión, transcurrió sin otra novedad subsecuente. El día terminaba.

—Lo has hecho bien— Dijo el general, complacido en el efecto de sus acciones —Ahora puedes ir por tu maestro.

La joven no aguardó mas tiempo. corrió con toda la velocidad que sus piernas rendían, hasta los cuarteles donde sentía la firma de vida del anciano al que buscaba rescatar. En una cama de paja, aguardaba tendido, su precario estado de salud levantaba las alarmas de la joven, quien de forma inmediata procedió a levantarlo para llevárselo.

—Aguarda niña— El hombre suplicó, con una mueca de dolor instalada — La joven giró en dirección a la mano que su maestro intentaba apuntar, descubriendo con un dolor terrible que ya no se trataba del mismo hombre con quien había convivido. Rendido a su suerte, ahora carente de habilidad para moverse con libertad, dos muñones infectados en el sitio donde habrían estado sus piernas.

—¿Maestro Tsuru? —Preguntó temblando la voz atormentada por el insolente llanto —¿Qué ha..?

—El precio que debí pagar hace tiempo —El otro admitió solemne —Lo único noble que jamás haré.

—Voy a sacarlo de aquí — Susurró ella con total dignidad, no mancharía con inútiles sentimientos el acto de valor perpetrado por su mentor, su alma estaba en paz a pesar de lo perdido. Ahora ella no se arrepentía del trato acordado, pues una vez más había salvado sus vidas con el precio de su inefable obediencia.

Salía del lugar, cargando el maltrecho anciano con delicadeza. Dos soldados menores encontraron el acto como un evento sumamente risible. No pudo ella soportar las burlas, en el fondo de su ser corría libre la sed de esa venganza tanto tiempo aplazada, ya era tiempo de cobrar las injusticias con la misma moneda pagada. Depositó al viejo Tsuru en el suelo y de inmediato dobló su temple irascible, el aura de un demonio encarnado en una mujer.

Embistió en un parpadeo a uno de ellos, enfrascándose este en una torpe defensa que rápidamente se transformó en su ruina. Dos golpes después, su cabeza estaba desprendida de su cuerpo. El otro guardia temblaba, temiendo como nunca lo habría hecho, pero al abrir los ojos cerrados de forma involuntaria, la chica ya no estaba ahí. Inseguro de haber presenciado una alucinación, dudó en buscar ayuda, simplemente desapareciendo de su puesto sin querer tentar más a su suerte.

De camino a su choza, Milk lloró. Sin ruido alguno, sin un soplido, sin siquiera percatarse el ser al que llevaba a cuestas. Solo dejando al viento borrar sus lágrimas, engullidas sin decoro por la fría noche. No volvería a ser débil. Descubría que ningún código de honor realmente lo valía.

_..._

Estrujó con tal furia los informes, que casi encarnó sus propias uñas en la palma de sus manos. Bulma apenas contenía su rabia. Tomó ruta hasta donde el culpable de negarle tal información se encontraba. No escucho advertencia alguna, escurriendo entre el resto con toda la potencia de su armadura, dispuesta a hacerle saber de forma directa la decisión tomada.

Ingresó cual huracán a la sala menor, donde el solitario príncipe resolvía situaciones menores desde su asiento. Solo el reproche inundaba su temple.

—Me voy —Afirmó ella enfrentándolo con una voz contenida en ira. No así los ojos desbordantes de odio —Tomaré una capsula de escape, yo misma he acondicionado el escudo de indetectabilidad — Anunció sin darle oportunidad de replicar —regresaré a Luna Yamoshi—Lo observó del mismo modo indiferente usual, incrementando su rabia —La indetectabilidad requiere un motor más poderoso para hacer todo el viaje—Su pecho subía y bajaba conteniendo la ansiedad —Mi nave fue dejada atrás durante la evacuación.

Ninguno habló. El tiempo transcurrido siendo el único testigo de la batalla silenciosa de las voluntades de hierro, blandiendo estandartes de orgullo frente al otro. Una corta historia incriminatoria detrás. Llegado a un punto lejos del retorno, ninguno fingiría cortesía.

—Nadie tiene autorizado regresar a nuestra base— Señaló, en arrogante estampa, jugueteando la sensación de los guantes con gran atención a la reacción provocada por sus palabras —Es arriesgado incluso liberar el complejo de almacenaje.

—He calculado el riesgo — Ella continuó firme a denegar el gusto de verla afectada —Solo un viaje no podría ser detectado — Continuó con la seguridad de un monarca —mi XT19 tiene mucho mejores circuitos para despegar sin ser…

—Es una orden — La interrumpió aburrido de la conversación, levantándose cual fiera salida de un letargo, con la vista fija sobre ella sin minúsculo signo de condescendencia.

—No necesito tu permiso— Alzó altiva el rostro con toda la sedición inscrita —Considéralo un aviso formal— Cerró los puños conteniendo las ganas de dar una peor respuesta.

—No permitiré que quebrantes la ley — Contestó desde su sitio autoritario consolidado.

—¿Y que me harás? —Se atrevió ella a aproximarse, incapaz de continuar con la farsa de control —Yo cumplí con mi servicio —Acusó furiosa —Mientras tu mentías para seguir usándome— plantó un golpe seco sobre la mesa enseñándole la evidencia de su culpa, todas las transcripciones de su familia omitidas en sus líneas —Tienes tu vida de vuelta ¡Felicidades! — Rumoró con suavidad sin dejar de destilar ira en su postura —Ya no te debo nada, Vegeta.

A unos centímetros del otro, sintiendo la distancia como una galaxia entera, opuestos en ánimo y deseo, no podía él impedir admitir su culpa si abría la boca una vez más. Entendía que tarde o temprano esa información llegaría a sus manos, entendía que ella tendría la incansable necesidad de acudir al llamado de sus allegados… pero no estaba listo para permitirle seguir su camino.

Ella giró sobre sus talones, cansada de todo lo vivido, de todo lo sentido, escapaba como si pudiese dejar atrás todo con ello. Él no hizo ademán alguno en replicar su desdén, tomando asiento de nuevo, intentando frenar esa insoportable voz. Asfixió la sensación que se apoderaba lentamente de su subconsciente, hasta lograr silenciarla por completo.

Detrás de ella ingresó el alto y corpulento jefe naranja del complejo de holística, sin comprender lo que habría pasado en ese intercambio inició su petición, absorto de la lucha interna que su líder libraba. No obstante, esa distracción servía a la perfección para apaciguar su ánimo por lo menos por un instante.

….

—Los recursos durarán hasta el final del invierno—Shoga prosiguió con —pero tenemos probabilidad de ser punto de anclaje de la otra base a la que hemos estado asistiendo—

—No puede ser a estas alturas —Uno de los líderes Hadorat enunció

—Así es— Celipa afirmó entregando la evidencia en manos del consejo—los líderes del campamento distante nos han contactado por medio de viejos aliados, otro regimiento de miles de sobrevivientes comandados por algunos sobrevivientes de la patrulla galáctica— La conmoción de esas noticias no se dejó esperar.

—Han sabido de nuestra existencia por años, según lo que los cargueros dicen—Shoga agregó para terminar de convencer a los incrédulos oyentes.

No eran sin embargo, noticias favorables para el líder de la causa. Sospechaba que los nuevos aliados no poseían entes de valía para el incremento de sus fuerzas, de otro modo no habrian permanecido en el completo anonimato por tanto tiempo. Presentía por el contrario que se trataba de un grupo intentando sumarse a los propios. Mas bocas, menos recursos.

—Debemos recuperar el control de Kurovo-sei— El príncipe habló priorizando la estabilidad de sus propios dominios.

—Es ..prácticamente imposible alteza— Celipa esclareció ante la evidencia presentada.

—No lo es — Vegeta insitió, dispuesto a desafiar lo que el resto creía —Nuestras sondas han calculado el numero de guardianes, nuestros espías también han hablado de las insurrecciones en Vegeta-sei y la nueva enmienda de Broly— No pudo evitar soltar un bufido burlón ante la completa imprudencia de su némesis jurado, descuidar los terrenos recién conquistados siempre era un error fatal—Este es el momento oportuno para contraatacar.

—Lo es quizá— Celipa admitió contemplando ella misma los hechos inscritos—Pero no aconsejo tomar un riesgo de esa talla.

—Jamás estas dispuesta a hacer lo necesario para ganar— Nappa interrumpió cegado por la lujuria de pelear una vez más y restaurar su honor como combatiente— Quizá es por ello que hemos tardado tantos años en recuperar el poder.

—No seré cuestionada por un tonto visceral— Ella se erizó cubierta de indignación silenciosa.

—Es nuestro líder quien lo ha propuesto—Se escudó el gigante exgeneral ganando la aprobación del resto del consejo. No durarían mucho sin el total abastecimiento de recursos que consideraban prioritarios.

Más el cabecilla de toda esa junta, estaba absorto en otro tipo de realidad. Visualizando de primera mano un movimiento inusual en el complejo de naves. Buscó la presencia de la humana de quien sospechaba se trataba esa rebeldía y palideció al encontrar su firma en el mismo sitio donde esa anomalía ocurría. Esa insubordinada buscaba escapar.

—Su…¿Alteza? — Shoga habló sin comprender el cambio de furor repentino —¿Está todo en orden? — insistió regresando al aludido a su presente.

—Debo atender un asunto que no puede esperar — Se levantó, ágil como un pensamiento, saliendo sin siquiera esperar los saludos acostumbrados.

…..

La tormenta de hielo rugía furiosa en todo el paraje, cristalinas estacas como agujas ensordecían su choque contra el hangar donde ella efectuaba las ultimas reparaciones para partir.

—Apártate — Escuchó ella la voz de sus pesadillas detrás aterrizando como un rayo. Viró para encontrar la palma extendida de la encarnación del caos en su vida.

Dispuesto a exterminar en un rayo el trabajo que ella resguardaba detrás, no había signo alguno de piedad en los negros ojos que la aterraban al mismo modo que la cautivaban.

—¡No te atreverás! — Amenazó ella extendiéndose frente a su nave, dispuesta a apostar contra el atrevimiento del príncipe iracundo.

—Te di una orden— Amenazó con el eco de la tormenta detrás —No pasarás por encima del resto — continuó circulando sobre su poderosa estampa el aire de su aura enfuriada—¡Yo soy tu líder!.

—¡Mas no eres mi amo! — Le retó, sin mover un solo musculo pese a verlo acortar la distancia.

—Te creí más inteligente—Rugió con amargura —¡infeliz criatura impulsiva! — Flameó aún más las ráfagas a su alrededor —¡Tienes un trabajo que hacer aquí! —Gritoneó incapaz de controlar su rabieta —¡¿Es que no puedes controlar el mundano deseo de que él te marque?! —soltó sin así desearlo, cubierto de rabia y vergüenza por las palabras incomprensibles que se negaba a externar, sin siquiera él mismo comprender la razón de su arrojo.

—Eres un cretino — Protestó ella ante tal acusación infame —No puedes entender nada que sea más grande que lo que conoces — Replicó decepcionada de la opinión vertida sobre ella —No me importa que algún día lo hagas — Se dio vuelta sin prestarle más interés —Tengo un deber que cumplir con los míos a pesar de tus amenazas — Anunció sumergida en el honor de sus palabras —Podrás quitarme la vida, pero jamás te cederé mi libertad.

—¿Que hay de la mia?— Habló sorprendiéndola. No podía creer que estuviese escuchando lo que suponía que él insinuaba—Todos exigen una justicia cobrada por mi propia mano, haciéndome su maldito mártir —Confesó atormentado, colocando ambas manos en los frágiles hombros de la desesperante mujer—¡No he tenido un instante de libertad en mi vida! — Se lamentó ensombrecido en su suerte—Pero solo un puñado de seres me han arrebatado lo más preciado— levantó ese rostro aturdido con un solo dedo — ¡Tú me has arruinado! — Fijó la mano sobre su mentón, ofuscado ante el efecto de ese sutil contacto —Debería odiarte por esto.

—¿Qué quieres de mí? — Susurró ella, sin poder despegarle la vista. Su corazón saltando en un ritmo audible.

—No puedo… — La soltó recobrando la razón, pasando la mano inconforme sobre su propio cabello, indultándose en recibir el castigo mental que merecía escuchar de sí mismo.

—¿A qué has venido? — Tomó ella su mano decidida a escuchar lo que necesitaba. Sacando de su oyente un respiro de duda —Dime ¿Por qué has venido? —Exigió sin dar tregua —¡Dímelo Vegeta!

Y él la acercó a sí mismo, reclamando todo incentivo que ese tiempo le habría otorgado, desistiendo de continuar el absurdo vaivén indeciso en su subconsciente. Simplemente haciendo lo que deseó desde el primer instante que puso ojos sobre esa mujer.

—A detenerte— Contestó sobre su rostro, arrancando la inevitable danza sobre esos labios.

La besó en el mismo anhelo que ese lejano comienzo, ninguno de los dos mortificado en el destructor devenir de la tormenta detrás, de lo circundante o el riesgo. Su misma vida pudo haber acabado sin que alguno protestara. Nada ni nadie les frenaría.

Despegó, desfigurando el suelo bajo sus pies, un solo rumbo en mente persistía, acarreando involuntariamente a su valiosa carga, sin darle tregua a meditarlo. Sin poder despegar sus labios o caricia alguna de ella, en minutos estaba una vez más frente al destruido complejo donde antes fueron confinados, entró en las únicas secciones aún en pie. Figuraría aquello como un nido provisional a sus codiciadas andanzas.

— ¿Que estás haciendo? — Intentó ella protestar, siendo silenciada por la intensidad de una boca insaciable sobre su cuello, las manos bebían la sobrada bastedad de sus formas y ella del mismo modo lo aferraba, perdida en la imposición de ese ejemplar tan exquisitamente dominante, como siempre imaginó sería un encuentro bajo su pertenencia.

Era tan salvaje como crudo, aprisionándola contra la pared de esa improvisada mina en la que tanto tiempo convivieron forzadamente. Sin dar tregua a la infinidad de diferencia entre sus fuerzas, no la bajó, descendiendo en su lugar el cierre del traje, dibujando su nariz insolente repasando la suavidad de la piel descubierta. Quería grabar todo su olor, todo recoveco y centímetro conquistado, trofeos de guerra en ese indudablemente largo cortejo invisible.

Arrancó sus guantes con desespero, ávido de tocar la silueta semidesnuda en su poder.

Y la tibieza de su tacto masculino era un bálsamo en su carne, involuntariamente dejando salir un breve gemido que incitó aún más la llama del momento. En su idilio, el instinto primal se apoderó de sus acciones: tocando, lamiendo, explorando toda la suavidad de las curvas que tanto tiempo admiró. No había un orden inscrito, girando uno sobre el otro, imponiendo una necesidad creciente a cada segundo, ambos amantes empapados en el insaciable combustible del deseo.

— No es correcto — Recobró ella brevemente el sentido, en un vano intento por detener la cuesta de locura por la que deslizaban sus cuerpos. No sirvió esa pausa más que para encontrar ambas vestimentas arrancadas con una velocidad impensable. Y su amante, bebió de su imagen desnuda con un oscuro semblante embelesado, labrando complacido en su mente el instante en que cometería tal atrevimiento.

La besó de nuevo, recostándola sobre la primera superficie a su alcance, apenas conteniendo su respiración, perdidos en la cegadora emoción ansiosa. Ludiéndole ásperas palmas sobre esas suaves piernas blancas, repasando la línea de la suave espalda hasta el límite de su gloria, se acomodó al centro de ella, apenas rozando su propio cuerpo con impaciente espera.

Los negros ojos intensos buscaban un atisbo de clemencia, el acalorado rostro sonrojado de la mujer entre sus brazos lo prendía con el mismo ahínco, incapaz de desviar la penetrante mirada seductora. No hablaría, más no le negaría esa esperada entrega.

Y comenzó así él su invasión, con la misma vehemencia de un esclavo rendido a su calvario, temblando la misma fervorosa insistencia de la punta de las manos hasta los pies. Escapando de ambos un gemino involuntario. Tocó él un paraíso en el húmedo centro que descorría la orden de embestirla. Lo hizo, disfrutando cada instante profanando esa estrechez tensa, repitiendo el acto una y otra vez, de principio suave y final enérgico. Arqueaba sobre ella su espalda, invadiéndola con descaro, hipnotizado en el tacto, tersura y olor, aprehendiéndola aún más cerca, extasiado en la perfección de su piel, en el sabor del sudor escurriendo en esas blandas formas adictivas entre sus dedos, quería aun más de ella, deseaba declararla solo suya. Impregnarla de su propia esencia.

Buscó ella su mano, sintiendo al otro fijar sus caderas en un abrazo posesivo, deleitándose ella en la ofrenda del primer hombre a quien habría tomado por pleno deleite.

Cobró fuerza el paso del encarecido vaivén, asomando la cúspide de un enorme espasmo en el punto de su unión, pausado en tres últimos movimientos lentos y un escandaloso estallido en ambas voces. Era esa intoxicante sensación totalmente nueva, el mejor fruto prohibido jamás imaginado, jadeaban sobresaltados incapaces de soltarse, estrechando el cuerpo del otro sin importar que el mismo mundo se fuera el demonio en ese instante.

Fue él, el primero en desadormecer su extasiada conciencia. Sosteniendo su peso sobre ella, prendando la bella imagen en su subconsciente. Ambos atados a los ojos del otro, no había palabra alguna que concediera suficiencia justa a lo que sentían.

No se permitió él retroceder un solo fragmento, pues apenas ella recobró el ritmo de su latido, la asaltó de nuevo, poseyéndola, llenándola de sí una y otra vez en todas las ocasiones que así lo deseó. Saciándose en su piel hasta borrar por completo la memoria de esa nefasta realidad, donde ninguno debió atreverse, donde eran culpables de encender un deseo indigno. Una verdad secuestrada y amordazada en el más recóndito límite de su moral del deber.

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Los rumores de un ataque eran innegables. Pero del otro lado, los atisbos de levantamientos eran ya incontrolables. Se erguía ante el minúsculo consejo el verdadero poder de ese imperio, haciendo demandas y exigencias que fueron imposibles de revirar.

—¡No puedes enviar seres ajenos a nuestro circulo de líderes!— Paragus intentaba todo de su fallida paciencia por no levantar el indomable carácter de su hijo. Leyendo de primera mano quienes serían los entes que responderían al ataque de las tropas enemigas— Apenas conocemos a esos malditos bastardos —Controlaba a marcha forzada su propio tono.

—Tienen un juramento que probar— El príncipe inquirió —Su recompensa será grande al retornar— Se sentó a la cabeza, llamando la atención del resto de sus hombres.

—No sabemos si serán capaces de vencer a esos traidores anormales— Panbukin insistió tratando de ganar tiempo para hacerle desistir de la orden emitida.

—Uno de mis soldados leales ha sido quien les descubrió— Broly prosiguió convencido en sus propias meditaciones, mucho tiempo habia atrasado ya su ingreso en la política de su planeta —no puedo dar mas signos de desconfianza al pueblo…ni desatender mas tiempo sus revueltas.

—Son preocupaciones menores— El rey suplicaba eludir esa decisión perdiendo la paciencia—¡Tu deber es traer el cadáver de Vegeta!.

—¡Mi deber es mi reino!— Rugió resquebrajando en dos partes la soberbia mesa de roca sobre la que discutían—Reino del que he permitido que abuses mucho tiempo—Reverberó las acusaciones con especial sutileza sin dejar de mirarlo.

—De que estas hablando cachorro insolente —Incrédulo, su padre se levantó poniendo espacio suficiente —Yo fui quien te puso en la senda del poder— Gruñó con incompresible recelo— ¡Yo fui quien puso el trono a tu alcance! — Vociferó incapaz de apaciguarse, viendo el control escurrir de sus manos lentamente sin posibilidad de que su allegado brujo interviniese—¡Ibas a ser exiliado a un maldito mundo inhóspito! y fui yo ¡quien convenció al cretino rey Vegeta de conservarte!

—Solo has utilizado mi poder en tu beneficio— El joven contestó en un indolente ademán macabro —-Pero no sobrepasarás un día mas mi derecho real— Pausó eligiendo con cautela sus palabras —El más fuerte, es quien debe reinar…considera una mera cortesía, que te deje conservar el título que usurpaste.

—¿Qué sucede contigo? — Paragus intentó su última carta para devolverle el curso de sus planes, dando vistazos furtivos a Hoi quien no podía mas que observarles boquiabierto. Intentó acercarse a pesar del riesgo, no había forma en la que se atreviera a hacerle daño, tenia que estar convencido de ello y hacer su jugada maestra para dominarle.

—Apártate— No le dejó siquiera acercarse, haciendo paso entre los grandes pasillos para ir a cumplir su misión. Acompañado de un hombre cuya insignificancia profería la mejor coartada, para no determinar que era el autor intelectual de todo el desastre que se avecinaba.

Raditz se felicitó, siguiendo al príncipe con diligencia.

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El frio hizo aparición entre la cansada estampa somnolienta. Había amanecido hace algunas horas.

Apenas cubriéndose con las mantas térmicas de estados sumamente descuidados, se sentó con torpeza, sin querer emitir sonido alguno, causa del dolor e incomodidad de su pélvis. Frente a ella. La exquisita figura masculina se sentaba en una de las bancas sin vulnerabilidad alguna en su desnudez, de estética admirable y poderosa aura, recordaba en mayor medida a un ser mitológico que a un mortal abstraído. Simplemente relajado, moviendo la punta de la cola con la vista fija al horizonte en el grueso cristal de la escotilla.

Se recostó ella de nuevo, un indudable quejido doloroso la acompañaba en ciertos sitios de los que habría abusado en uso, más era del mismo modo, el acto más embriagador de su existencia.

Estiró ella sus miembros con descaro, enrollándose en una de las amarillentas mantas, el sol azulado en la distancia inundaba de claridad el escenario postguerra. Caminó adolorida hacia él, ni siquiera molestándose éste en voltear, encerrado en alguna conclusión de la que ella prefería no indagar. Se detuvo de frente, sintiendo una ridícula sensación prematura de apego. Suspiró decidiendo prolongar ese intimo instante y se sentó con suavidad en sus fuertes piernas. Instaló un ligero beso sobre sus labios, de inmediato correspondido.

—Se que no lo entenderás — Inició con una caricia suave sobre el duro maxilar de su atento oyente —Pero… debemos regresar — Insistió en una mueca de súplica. Incapaz de renunciar a la conciencia que arruinaba uno de los pasajes más exquisitos de su vida.

—No por ahora — Aseguró con una extraña amabilidad, que no correspondía a la orden emitida. Levantó los dedos, acomodándole el cabello desarreglado de ese agraciado rostro. Intentando con exigencia besarla de nuevo.

—¿No puedes verlo? —Continuó ella, intentando disuadirle de algún modo — La guerra no ha terminado — Se apartó enderezando su espalda — No puedo dejar que sean enjuiciados sin hacer nada— Tembló imaginando el peor escenario por su tardanza —Debes permitir que me vaya.

—Tus invenciones aún son requeridas— Sentenció el implícito deber de colaboración con el que intentaba disfrazar la causa de su negativa—Tendremos nuevos aliados en la batalla, no es momento de tomar riesgos innecesarios—Añadió con seguridad —El asalto a Kurovo-sei es prioritario, serán requeridos más ensamblajes…— Pero ella tomó su rostro entre manos.

—Los otros maestros técnicos tienen mis propuestas, nuevos suplementos incluso para tu entrenamiento— Suspiró acariciando su rostro —No puedo seguir aquí—Soltó a pesar de lo terrible de esa afirmación para ella misma —No los dejaré morir. Algo que deseas más que esto, es poder restaurar el orden de todo—Intentó convencerle una vez más —Necesitamos salvarlos — rogó en queda voz pretendiendo convencerle—Los necesitas para ganar.

Desistió él de dar más explicaciones, dirigió los ausentes ojos a la exquisita vista frente a él, dando un tirón a la cobertura en la que refugiaba a su amante. Su mano encontró el indulgente camino hasta la apetecible piel en esos muslos descubiertos, subiendo lento por detrás de la pronunciada retaguardia generosa. Arrancó un sobresalto en la cadenciosa respiración de la joven, la señal dispuesta para continuar el curso de sus instintos.

La acercó con firmeza, plantando el calor de sus labios en la piel de su vientre, grabando la tersura y el olor del plácido recorrido hasta doblegarla en el olor del deseo. Creía entender el poder, más no era esa emoción previa comparable con el acto de hacerla sucumbir en plena necesidad de su cuerpo, adueñándose de cada espacio de su piel con caricias volátiles que dejaban marcas más indelebles que duras laceraciones. Era el dueño absoluto de la voz clamándole y eso a su vez, lo volvía un obediente servidor.

Repitió los ávidos recorridos de días previos, disfrutando esa hermosa vista frontal de exuberante redondez, dejando de lado el deber por un breve espacio. La acarició hasta domar sus protestas, sometiéndola de nuevo en su poder, erizando su piel con los labios, haciéndola venerar su nombre en cada embate concedido a su cuerpo, hasta terminar rendido en ella. Incapaz de aceptar su suerte o el terremoto de la beligerancia en puerta.

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Detrás del magnífico atardecer, un proyectil acortaba la distancia en el horizonte. Descendió en la misma imponencia que una majestuosa rapaz, perchándose invulnerable sobre la dura superficie del atrio del complejo.

—Kakarotto.

El perverso líder de inteligencia le saludó, entendiendo con ello que su pequeña guerra estaba ganada. Aceptando la sumisión del segundo ente mas fuerte del planeta para disponer de él como lo requiriera. Su gesto era ilegible, poco congraciado con la imagen de su primera impresión. No había en su semblante signo alguno del muchacho inexperto que ese día conoció.

—Un placer tenerte aquí— Saludó con impecable afabilidad —Hay rumores de algunas perdidas valiosas en sus filas domésticas — Atizó la llama del escarnio —De ser cierto, puedes disponer de alguno de los esclavos de mi casa— Sonrió aún más al denotar la severidad en la reacción del joven, entendiendo éste a la perfección la burla intrínseca en su declaración y lo que sabía.

—Acompáñame—Le señaló el curso a tomar, disolviendo la tensión previa. No sabía la forma en la que tomaría juramento de un hombre sin cola, pero ciertamente no dudaba de su palabra.

Su distraída esclava humana frenó al escuchar los pasos de otro acompañándolo al frente. Apenas protegida por las paredes del complejo, se escondió intentando investigar de quien se trataba.

Lo vio.

Ahora era más alto, fornido y si fuese posible aún más atractivo de lo que recordaba. Su calmo semblante enmarcado por las finas líneas de su perfil, imponente como suave en trato. Sabia incluso de su fama a voces de mujeres mayores que rondaban los burdeles de las tropas, a quienes en repetidas ocasiones había escuchado admirar de ese ejemplar como en mucho tiempo no habría sido vislumbrado, la combinación perfecta entre la belleza de su madre y fiereza del padre.

Y gracias a esas habladurías es que conocía el nivel de bondad del que él no se avergonzaba. Todas las historias de piedad con la que hacían burla eran pruebas de la gran valía que poseía, pese a haber sido integrado por la fuerza a un mundo en decadencia. Ahora estaba ahí para pagar la cuota de muerte sobre las acusaciones de su familia, eligiendo el amor sobre el orgullo.

Era eso lo que le impedía sepultar la atracción que alguna vez sintió por él. Lo observó con secreto anhelo en su atención, caminar acompañado de su amo hasta el pabellón de los pequeños infantes a ser instruidos. Sintiendo el hielo en su corazón descongelarse al verlo acariciar con benevolencia una de las pequeñas cabezas que le observaban. Bajó hasta su nivel escuchando divertido las ocurrencias de los niños, no tomando interés u ofensa en las palabras que el otro adulto le profería al haberlo sobajado como su sirviente. Menospreciarlo con un trabajo tan bajo era una completa burla a las habilidades de las que casi todos hablaban a voces, rumores que lo colocaban incluso como el probable saiyajin verdaderamente legendario.

Y se sintió ella desfallecer, sabiendo que no encontraría jamás la ocasión de confesar cuanto significaba. Cuanto esa estampa incorruptible la hacía poseer una admiración ciega y constante en su favor. Cuánto hubiese dado por estar en la piel de la que todos reconocían como su esposa. Creciendo en su centro aún más el monstruo de odio erigido en contra de la otra humana, dotada de mayor gracia y suerte en todo aspecto, sin que ella misma mereciese de algún modo el camino que había sido obligada a seguir. Quedaba en su cuerpo el consuelo de que alguna vez habría sentido un amor tan real, que habría renunciado a todo por seguirle.

Se fue, entre las sombras del complejo acatando la orden de marcharse del complejo. Decayendo como la marchita escarcha de la hermosa flor que algún día fue, sin querer que él la viera de nuevo en ese estado, sin querer encontrarse de frente con el recordatorio de que él, al nunca contaminarse con sangre en sus manos, tuvo incluso mayor humanidad que ella.

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El sol ocultó su presencia, el ruido de naves rugía en la distancia. Hordas de aliados ingresando al sistema, preparados para el siguiente gran ataque. No había más tiempo que perder.

Desapareció, usando el cobijo de la noche, habiendo dado un suave beso en los labios del hombre con el que había yacido. Retrasando el despertar de su amante con un somnífero encontrado en los viejos almacenes conservados. Por fortuna, uno de los viejos vehículos de reconocimiento por tierra, aún se conservaba en funciones. Crecía en su centro el temor a los groks del área, pero no había forma de retrasar más su partida. Debía tomar el riesgo, debía aprovechar la apertura de los escudos de navegación del planetoide

Con la velocidad en su máximo, la suerte de su lado y dos horas de viaje llegó al hangar. Intentando su furtivo escape una vez más. Otro obstáculo impidió su salida.

—Has profanado todo lo sagrado que este mundo respeta — La tranquila voz le recibió sosteniendo en manos la capsula que ella buscaba utilizar.

Pero no podía ella emitir una sola palabra.

—Te odié por tanto tiempo— Continuó — Tu arrogancia incongruente a tu estatus, tu presunción vulgar y siempre encontrabas la forma de salirte con la tuya— Pausó en las últimas palabras con gran pesadez — Pero comprendí que no eras un débil ser ordinario, incluso llegue a respetarte y temer por tu maldito bienestar —Ronroneó con cinismo sin dejar de evaluarla.

—No es el momento Hakusa — La terrícola externó, nerviosa ante la obvia declaración que proseguiría y el desenlace.

—Y ese día, como una pobre ingenua te seguí buscando resguardarte— Perdida en su rabia apuntaba las finas cejas en contra de la insegura mujer —Mi absurda tarea autoimpuesta se regodeaba en mi decepción…— Sus puños apenas conteniéndose de atacarla, buscando la voluntad de externar lo que diría — …viendo como mancillabas el honor del único príncipe legítimo entre tus brazos— Soltó con suma inestabilidad.

La joven confrontada encontraba incapaz a sus miembros de responder.

—No es ..—

—¡¿NO?! — Gritó encolerizada —Hoy regresas totalmente impregnada en su marca, sin siquiera un rasguño en tu sucio cuerpo— Rugió entrando en su mente la nauseabunda idea de todo lo que habría ocurrido esos días previos.

La tensión era palpable, incapaz de poder defenderse, Bulma buscaba alguna salida en los objetos presentes aunque sabía que no sería tan rápida para escapar de ella. El odio en esa mirada era tan letal como la amenaza de lo que la haría pagar. Sin embargo, la dureza en esas facciones desapareció de un momento a otro.

—Márchate — Arrojó a sus manos la cápsula — Nuestra gente tiene una deuda contigo y la deuda esta saldada, aunque seas la peor escoria desleal oportunista— Aseguró con gran amargura, en idéntica pose a la de su padre —Dejaré el escudo abierto un minuto más… pero nunca más volveré a ayudarte — Sentenció con severidad —Si regresas a buscarlo, si intentas hacerlo desistir de su deber y seducirlo de nuevo…seré yo misma quien acabe contigo.

Dio la vuelta a grandes zancadas, la violencia en sus acciones hablaba del gran esfuerzo en no externar el grado de decepción en el que se encontraba.

Se instaló ese conocimiento cual plomo sobre su estómago. Entendiendo de mejor forma que cualquiera, el tamaño del descaro proferido. Era un error, un terrible error de catastróficas consecuencias para todos. Lo mejor que podría hacer era olvidarse de todo lo vivido ahí, no era realmente libre ante esa sociedad. Cuanta mas ofensa seria proferida, de saberse enredada con el principal líder de la causa, con el único representante de lo justo en ese mundo. Habiéndolo profanado ante ojos de todo seguidor, convertido en prisionero de sus deseos.

Retomó su escape, con la infranqueable carga de la vergüenza. De huir en un modo tan innoble, de haber cedido de tal forma a un desliz sin razón alguna. Ingresó a la capsula, completando a la brevedad todo el viaje cual había sido planeado. Recriminándose todo el largo camino su falta.

Indetectable como ingresó, se encontraba de nuevo en las puertas del palacio blanco. Después de recolectar lo que buscaba, se dispuso a abandonar de inmediato el sistema con todo lo requerido. Antes de ingresar al hangar dio un último vistazo al sitio. Sentía recorrer el hormigueo de la ansiedad, el pensar en su largo viaje, en el estado en que encontraría a sus amigos, en el estado en el que dejaba a sus aliados y en particular, a uno solo que embargaba todo su pensamiento en ese momento. Pensó en todo lo vivido, en todo lo aprendido y sobre todo en lo que ahora sentía.

No habría podido reconocerlo, más nadie antes había logrado inspirarle tal arrebato de pasión, en todo aspecto, en toda forma. Tal sensación de atracción, tal admiración a su determinación y bravura. Haber encontrado su digno equivalente, un hombre de tal astucia, de tal coraje y espíritu. El deseo que de niña soñó pedir, encarnado en ese recóndito sitio del universo, una coincidencia invaluable. Aquel ídolo que alguna vez observó con terror, la miró con ojos llenos de pertenencia. Y valía todo lo sufrido, aunque lo viviese únicamente por una sola vez.

Subió a su nave, guardando en sus labios el secreto y el sabor. El estado de hibernación comenzó su curso. El panel anunciaba el aterrizaje al volver a retomar la conciencia después del recorrido inmenso a través de la galaxia. Después de tanto tiempo, por fin pisaba el viejo territorio en el que todo comenzó. Sin embargo, en algún velado motivo incierto, esta vez para su tormentoso ciclo de inconformidades, no se sentía en absoluto como regresar a casa.

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Gracias a todos aquellos que siguen apoyando la historia.