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Ahora se viene la batalla contra Papu Papu...
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Capítulo 9
Desafíos pesados
Días después de la última carrera, Coco ya se sentía algo mejor recuperándose del resfriado, sin embargo, ella parecía estar en una crisis nerviosa, analizando en voz alta sus errores que casi la sacaron de la competencia. De ganar una llave, ella pasó a tener el menor puntaje en esta ronda y eso la hacía sentir avergonzada, junto con una confusión al no saber cómo todo eso sucedió. Haciendo memoria mientras iba y venía por la cabaña, ella resolvió que no tenía que obsesionarse tanto, situación que la llevó a presionar a sus compañeros de equipo y que ella se quedara sin descansar lo suficiente. La chica tenía que haber escuchado a la máscara mágica, quien le aconsejaba no preocuparse demasiado, y esas mismas palabras las repetía en ese momento, para que dejara su marcha hacia ninguna parte. Allí recién ella detuvo sus cavilaciones y observó a Aku Aku con angustia, para después encontrarse con los rostros de sus amigos también afligidos. Como ella no los quería ver así, les comentó que las cosas iban a salir bien, que no había que pensar en el pasado y que deberían estar preparados. Eso a su vez se lo decía a ella misma, y juntos fueron a crear una especie de estrategia para el duelo.
—Teniendo en cuenta al jefe de esta ronda, la carrera debería darse en este lugar —hablaba la pequeña bandicut a la vez que mostraba un mapa en su laptop—. Y tiene posibles atajos.
Si bien los demás no entendían esas imágenes, el saber con qué se irían a encontrar y, desde luego, descubrir que se contaba con un camino alterno, hizo que ellos celebraran y chocaran los cinco. No sólo por eso estaban felices, sino por tener en esta ocasión más chances en que los héroes salieran victoriosos y, después de la charla, los finalistas fueron a alistar sus karts. Pura fue a acompañarlos, alcanzando herramientas para Crash y Polar, y la artista marcial los veía trabajar tan animados que no quiso darles malas noticias. Sí, tenían más posibilidades si los dos se apoyaban, pero era seguro de que los rivales ya estaban al tanto sobre los puntos débiles de la pista. Había que admitir que su hermano y el osezno estaban en problemas, ya que sus enemigos eran impredecibles, conociendo que Papu Papu nunca se llevó bien con el mutante anaranjado, pero había paz si se mantenía lejos de la tribu. Es decir, ese hombre le dejaba al marsupial vivir en su isla y, a su vez, ordenaba poner trampas y atacarlo si andaba cerca de la aldea. Ella no comprendía la razón de esta guerra, y tampoco lo que le sucedía al otro competidor: N. Gin, quien al principio actuaba como un aliado secreto, mas ahora no.
—¿Y qué pudiste averiguar sobre tu desafío? —le preguntó el ser protector, y eso la alarmó.
—Pues —empezó a decir ella, dudando mucho y bajando la mirada con pena—, sí investigué aunque no pude llegar a nada. Se ve que esta vez sí que guardaron bien el secreto sobre eso.
Él sólo pudo decirle que tuviera cuidado y le deseó buena suerte para el día siguiente, el cual llegó muy pronto y todo el equipo Bandicoot se dirigió temprano hacia el podio que también era una plataforma transportadora. Tras aparecer de golpe en otro sitio, ellos observaron la llegada del N Team en seguida, quienes se mostraron más enojados al notar a los metiches. Antes de que se lanzaran amenazas entre sí, las chicas de los trofeos los estaban llamando, y lo hacían con gestos y en voz alta, así que ellos obedecieron de inmediato. Asegurándose de que los demás les seguían, ellas iban al exterior de la cueva, topándose con un día soleado y con algunas nubes. La marcha continuó subiendo por rampas, hasta alcanzar la cima de una pirámide de estilo incaico y, desde allí, podía observarse abajo el comienzo de la pista. Desde ese lugar podía observarse toda la trayectoria, algo especial para los espectadores y, para los participantes, algo los esperaba en la línea de meta. Ni bien las guías llamaron a los pilotos, los protectores de la Tierra se desearon suerte con cariño, mientras que, del otro lado, sólo gruñidos de furia le enviaron al ciborg, hechos por el científico amarillento y el brujo oscuro.
—Papu estar cansado de ver tortugas en carreras. Papu querer acción —protestó el líder de la tribu, cruzado de brazos, al tener cerca a sus adversarios que iban despacio a sus lugares.
—¡Bienvenidos a Pirámide de Papu! —anunciaron las cuatro jóvenes, girando sus sombrillas en una danza, como venían haciendo en cada pista, y eso los distrajo del susto por un rato.
—Probar que Papu ser el mejor. Papu es tan rápido, ustedes ir para atrás —amenazó aquel hombre que intimidaba con su altura y su rostro pintado, siempre mostrando estar molesto.
Comenzó la cuenta regresiva y el nativo hacía rugir el motor de su kart de color amarillo, si bien fue el marsupial quien le seguía el juego, obteniendo ambos una largada con ventaja. Sí, Crash era quien no le temía tanto a ese sujeto obeso, debido a que se enfrentaron una vez y el chico resultó victorioso. Por su parte, el jefe de los indígenas de N. Sanity lo odiaba mucho más, desde que ese loco animal entró por la fuerza a su fortaleza y golpeó a todo aquel que intentara detenerlo, incluso a él, quien sufrió una paliza humillante. Por esta razón, él quería sacarlo del camino chocándolo por un costado y alejarse no era posible para el bailarín, por culpa de un sendero estrecho. El mismo contaba con unas paredes altas hechas con gruesos bloques de piedra amarillentos, y esos cubos de roca estaban por doquier, como en la pista y en los muros de contención. Tal como los ladrillos se cortaban en líneas rectas, el pasaje así también lo estaba, porque los corredores tenían que doblar unas veces por esquinas de unos noventa grados. No sólo eso les hacía perder velocidad, sino también porque estaban sobre rampas hacia arriba y el hecho de no tener un buen espacio para maniobrar, con lo que hubo roces entre vehículos y muros. Todos parecían más aliviados cuando dejaron atrás a ese rulo.
—¡Ahi va! —exclamó el elegido de Oxide y con eso se disponía a usar sus armas, sembrando en el terreno amplio un montón de frascos con un líquido raro adentro; el autor carcajeaba.
El ataque era más bien dirigido a quienes iban detrás, al oso y al científico, los cuales hacían mil movimientos para no pisar ninguno de ellos. Por otra parte, el evolucionado se salvaba, por ahora, al estar casi al lado del atacante, y se estaba quedando atrás por distraerse al ver a su mejor amigo en problemas. Esa no era su única distracción: a los costados de la vía, en el césped, estaban unas amenazantes plantas carnívoras, esperando a quien se les acercara demasiado. Ante esos problemas, Aku Aku intervino pidiéndole al bandicut que siguiera con la carrera, mientras que él se encargaría de ayudar a Polar. Ya un poco más tranquilo, aquel conductor del auto azul fijó sus ojos verdes hacia adelante, y justo a tiempo, ya que una gran curva apareció allí, que resultaba ser también un puente. Eso significaba que, si él continuara en línea recta, caería hacia el abismo y no había guardarrieles ni nada parecido siquiera. Allí, en esa curva peligrosa, el lanzamiento de pociones bajó un poco de intensidad, y este fue el momento que esperaba N. Gin para poder adelantarse y luego escaparse de estar en la zona de tiro. Para eso último, él se desvió hacia un costado y llegó de un salto a un borde angosto.
—Eso no debería estar permitido —comentó Coco, sonando enojada y apretando los puños.
—Eso ni fue un atajo —le respondió Cortex con desprecio—, él sólo eludió esas dificultades.
En sí, él tenía razón: mientras que los demás bajaban por tres enormes escalones para volver a toparse con más venus atrapamoscas, el integrante del N Team evitó esos inconvenientes y, tras un largo salto al vacío, se colocó casi al frente de todos. Una vez allí, había un conflicto por el espacio, que el cacique aprovechó para tratar de empujar fuera del sendero, y su plan empeoraba al pasar por una curva cerrada. Sí o sí había que pasar por el medio, porque, por un lado, les esperaba una larga caída a quien se acercara demasiado, y por otro, otra de esas feroces plantas carnívoras acechaba entre las columnas de piedra. Nadie resultó herido con esos choques sin control, aunque sí por poco el cachorro blanco casi se cayó y ese vegetal de filosos dientes atrapó por unos segundos la rueda del carro del constructor de máquinas. Los daños continuaron más adelante, en el que ellos cruzaban un puente cuesta abajo y que esto se unía con el inicio de la pista: ellos ya dieron la primera vuelta. Sí, acababan de completar una parte del recorrido y la situación entre los competidores permanecía pareja. Podía ganar cualquiera y eso no se veía bien para el jefe de turno, el cual debía triunfar por un acuerdo.
—Si ganas, te daré la Isla del Árbol —le propuso el extraterrestre antes de esta competencia.
Fue por eso que ese nativo aumentó su agresión, provocando un desastre durante la ruta en hélice, consiguiendo primero que el pequeño osito se raspara contra los muros, que él usara su escudo y que eso produjera una explosión. Todos se golpearon por la onda expansiva que se liberó al tocar ese escudo, excepto Crash, quien justo usó su turbo para salir de la zona del impacto. Él ahora tenía una buena ventaja sobre los demás, si bien se sentía un poco mal por dejar atrás a su compañero, no obstante, era más importante mantener el mundo a salvo. Su guardián místico le pedía no preocuparse tanto por el úrsido, que él era más fuerte de lo que se creía, y vio luego que no se equivocaba. Al echar un ligero vistazo hacia atrás, él observó a su mascota apoderarse del segundo puesto, por el momento, seguido de aquel villano medio robótico. Eso le hizo sonreír, más aun cuando Polar apareció de repente a su lado, y todo fue gracias al dirigirse al atajo, donde siguió en línea recta y dando saltos, en lugar de recorrer la curva. Atravesarlo con éxito era una gran hazaña, sin embargo, sus sonrisas se borraron con la llegada del científico, quien también pasó por ese mismo atajo. Pero lo peor era otra cosa:
—¡Querer ganar! —rugió Papu Papu, mientras iba acercándose a una velocidad asombrosa.
Ahora era el turno de ellos tres de huir de un jefe furioso, que, también como Ripper Roo, el hombre robusto dejaba a su paso un sin fin de explosiones por sus nuevas pociones. Estas le daban al ambiente un aspecto terrorífico, tiñendo el aire de color rojo para después tornarse como una gran nube oscura de tormenta. Desesperados ante eso, y escapando de las plantas mordedoras al mismo tiempo, los participantes se agolparon en el centro de la vía, causando molestos chillidos por los karts entrechocándose. A pesar de los intentos de salvarse, dos de ellos sí fueron alcanzados por esos extraños vegetales, a la vez que el otro perdió el control y se estrelló contra un muro. Precisamente, fueron el marsupial y el ciborg los que resultaron mordidos: el primero, sujetado por su cabello, y el otro, por un brazo. Aku Aku actuó pronto para liberar a su aliado, creando una barrera entre ellos que los separara, y, por el otro lado, el sujeto con un misil tuvo que sacarse un guante para poder irse. A la vez que ambos volvían a la carrera, el animal de pelo blanco hacía lo mismo, ya que había que darse prisa antes de que los envolviera la tempestad. Con el anaranjado a la cabeza, ya todos dieron otra vuelta.
—No puedo ayudarles más —habló apenado el brujo bondadoso y se alejó—. Buena suerte.
Dueño y mascota estaban en aprietos debido a que ya agotaron sus armas ni tampoco podía contarse con aquellos escudos mágicos; no era el caso de N. Gin, que aún no usó ninguno de sus ítems. Con preocupación, ellos pasaron de nuevo por el estrecho camino en bucle, yendo con cautela y tan rápido como podían, porque no se sabía cuándo ese humano pelirrojo iba a atacar. Dejaron atrás a ese pasaje complicado para reencontrarse con esas venus de un gran tamaño, que deberían llamarse come-hombres, y parecería que allí era el momento para un combate. Esquivando esas criaturas verdes, los héroes perdieron algo de velocidad, y no sólo aquel seguidor de Uka Uka los alcanzó, sino que también lo hizo el líder de los indígenas. Ese último llegó al lado de los demás tan de repente que ellos se sorprendieron, y allí no terminó el asombro, porque el atacante tenía puesto una máscara antigás, debido a los químicos que explotaban cerca. Bajando las escaleras con un duro aterrizaje, el primero en reaccionar fue el constructor de robots, quien se cubrió con el pliegue del codo para no respirar los vapores que el viento traía. Por su parte, chicos lo imitaron, manejando ahora los tres con una mano.
—¿Eso no será tóxico? —preguntó Coco, viéndose entre enfadada e inquieta, y le pidió a ese espíritu guardián, que se reunió con el resto de su grupo, buscar la respuesta con las guías.
—No es venenoso —él explicaba con paciencia cuando regresó—, sólo causa alucinaciones.
Lejos de calmarse tras saber la verdad, la chica se enfureció y les gritaba a sus amigos desde allí, diciendo que tuvieran cuidado con esas nubes. Aparte del terror que ocasionaba oír esas advertencias, se le sumaba el hecho de que los corredores debían ir por el carril central, y así escapar de las plantas, con lo que había que estar amontonados. Por el momento, nadie fue lastimado de gravedad, pero todo cambió cuando el jefe empezó a chocar a los que estaban cerca de él, empujándolos hacia las trampas. Fue recién allí donde el científico malvado pidió la ayuda del gran Uka Uka, quien creo un escudo mágico justo cuando iba a ser atacado. Así él fue el único que se salvó de los golpes, de las mordeduras y pudo escapar a toda velocidad por unos segundos. Obtener esa aceleración y más espacio para maniobrar, le permitió a ese sujeto ir directo hacia un complicado atajo, que empezaba subiendo por una rampa y dando un salto hacia el vacío. De esta forma, él evitó ir por la curva cerrada, donde había columnas de piedra, y aunque tuvo un doloroso aterrizaje, tenía la meta muy cerca. Esas chicas de los trofeos estaban allí, sosteniendo en una mano sus banderas a cuadros, esperando agitarlas.
—Ese idiota lo logró —gruñó Neo cuando vio que su colega cruzó la línea, y sintió más rabia al escuchar el festejo de sus secuaces mutantes, que daban saltos de alegría—. Vámonos ya.
Detrás de ellos, le seguían Coco y Pura que bajaban los escalones con un poco de tristeza y enojo, si bien estaban más preocupados por la salud de sus compañeros. Ya estando cerca, y a pocos metros, quienes observaron la carrera notaron que las máscaras mágicas ya curaban a los heridos, cerrando cortes y feos raspones. El bandicut fue quien resultó más lastimado: esa planta no sólo le arrancó mechones de cabello, además casi se comió una de sus orejas. Ahora él tenía la mitad de su cara manchada de rojo, cosa que asustó mucho a su hermana, sin embargo, Aku Aku intervino pronto y, para cuando ella llegó, esas marcas de dientes se estaban cicatrizando. Lo mal que se sentía ella fue opacado por el buen humor del hechicero maligno, que exclamaba que ahora estaba más cerca de vencer a su hermano, y diciendo sus planes en voz alta, iba sanando el brazo mordido del doctor creador de máquinas. Durante la recuperación, ese gemelo oscuro no sabía que estaba haciendo doler con su labor, y a esto se le sumaba el hecho de que ese líder de la tribu se acercaba furioso en busca de venganza.
—¡Tú hacer trampa! —gritaba y perseguía al vencedor con su cetro, para darle una golpiza.
A la vez que Cortex carcajeaba al ver a su colega huir, las cuatro chicas frenaron el ataque, y le pedían a ese tipo alto y gordo que entregara la llave primero. Al escuchar mencionar sobre la llave, el hombre se detuvo, la sacó de debajo de su raro sombrero y la miró con tristeza. Él comprendió que sus sueños no se iban a cumplir y que le esperaba además una represalia de parte del ser de otro planeta. Por eso, el nativo le dio la llave a las entregadoras de premios, dando un resoplido de resignación, y planeaba subirse a su kart para alejarse de todos ellos. Las cosas no tenían que ir así, había reglas que seguir, de modo que ellas le recordaron a los gritos que viniera a cumplir con el acuerdo. Para eso mismo, todos los presentes debían ir a la zona del podio, para la ceremonia de entrega del trofeo, y así ellos se dirigieron despacio hacia allá. Las organizadoras encabezaban la marcha hacia ese lugar, mientras que el secuaz derrotado iba hasta el final de la caravana, conduciendo con pocos ánimos. Desde luego, él estaba haciendo lo posible para demorar el acto, andando lento y refunfuñando a cada rato.
—Papu no encontrarse bien hoy. Quizá Papu no comer bastante desayuno —mintió él para explicar por qué tardaba, pero no pudo más retrasar lo inevitable, así que dio la llave y unas advertencias también para los pilotos—. Tú ser rápido para tan pequeño. Llave para ayudar. Oxide ser gran problema para ustedes... Él no tan grande, pero él ser mucho más gruñón.
—Bueno, ¿ya es hora del desafío de eliminación? —preguntó Coco para cortar la premiación.
—Ya que estamos ansiosos —habló Isabella sonriendo—, pasaremos al "Desafío del cristal".
