Hola, después de una pausa por meses... Otra vez. Ahora porque no podía tener Internet.

Gracias por comentar, ChrisWolvShy. Espero no hacerte esperar tanto y espero tu reconfortante review.

En fin, gracias por leer.


Capítulo 13

Amenaza en Minas Dragón

Fue en verdad extraño que Oxide obedeciera lo que otro le exigía, y eso mismo era reunir a los hermanos Komodo, los cuales era la primera vez que se separaron por tanto tiempo. Fue también raro para los seguidores de aquel extraterrestre, que sólo sabían que su jefe era un mandamás y que siempre hacía lo que él quería. A pesar de todo, allí estaban esos dos como escoltas, preguntándose si en verdad había que obedecer sin más, o había algo siniestro por detrás. Ni bien ellos divisaron al lagarto en cuestión, esos reptiles del espacio dieron media vuelta y se marcharon para no tener que ver el feliz encuentro entre hermanos: Joe corrió a toda velocidad a abrazar a Moe, derramando lágrimas en el transcurso, y esas reacciones no eran muy comunes en el primero. No podía ser que él estaba así de mal sólo por distanciarse y eso quería averiguar el más robusto, observando primero el lugar en donde estaba. La zona parecía ser una enorme y oscura cueva, con apenas unas luces artificiales por algunos sitios. No había nada más alrededor y, como ya le dio un tiempo para que se desahogara, el recién llegado le pidió que se calmara, dejara de llorar, para que pudiera contestar unas preguntas.

—¿Acaso estuviste encerrado aquí todos estos días? Porque no te ves muy bien —habló tras darle un vistazo al más flaco, notando que estaba más pálido, andrajoso y temblando de frío.

—¡Así es! —gritó y se arrodilló para seguir llorando—. ¡Y estuve practicando para no perder!

Aquel obeso varano no quería ni pensar en lo que ese monstruo le dijo para amenazarlo, así que lo único que quería ahora era poner a salvo a su pariente, empezando con salir de estas cavernas. La pesada puerta por donde vino fue cerrada por completo y forzarla no era buena idea: había que buscar otra salida y, si no había, cavaría un túnel. Pero, primero, él llevó a su debilitado socio a cuestas mientras buscaba, y aquel otro le comentaba que ya intentó todo, además estaba obligado a competir. Él se negaba creer y continuó caminando hasta que vio un pequeño estanque con aguas cristalinas, para dejar que el secuestrado descansara en la orilla. Lo dejó allí para andar más rápido, aunque la velocidad no era lo suyo, y observó los rincones para planear un escape, aunque pensar tampoco no era lo suyo. A lo lejos vio una gran maquinaria que le causó impresión y regresó junto con su familiar, sintiéndose un total inútil, si bien un rayo de luz lo sacó de ese malestar. Había en el techo un pequeño agujero a la altura del agua y sólo restaba poder agrandarlo para obtener, por lo menos, un poco de la luz solar; que era tan necesario conseguir calor para la salud de esos reptiles de sangre fría.

—La única manera de salir de aquí es corriendo en las carreras —reveló el más delgado con pesimismo, sin embargo, disfrutaba el sol cuando el otro dio un certero golpe con su espada.

—Ya pronto será, así que tienes que estar listo —le respondió el rollizo, sentado a su lado.

Con la presencia de su hermano, Komodo Joe mejoró en todos los aspectos, ya sea en fuerza física y anímica; retomó el entrenamiento y le fue útil saber cómo corrían sus futuros rivales. En cuanto a los enemigos, sólo una realmente lo era y se trataba de Coco Bandicoot: no tuvo el privilegio de luchar con ella antes, así que no la conocía en persona y de lo que era capaz. Fue de gran ayuda los chismes que oyó, como tener cuidado porque a veces se ponía furiosa, y excepto por eso, él creyó que no tendría problemas con ella. Con quien sí sería un reto era pelear contra Tiny, si dejara de lado la camaradería para enfocarse en el premio, ya que esa masa de músculos lo aplastaría si Cortex se lo ordenaba. Por desgracia, ahora eran enemigos y luchar contra el tigre de Tasmania o aquel extraño científico era un verdadero desafío; fue algo reconfortante haber practicado y contar con el arma especial de su vehículo. Pese a la calma de tener un plan en mente, para Moe no era lo mismo: también pensaba en lo que le hicieron a su familia y no sabía lo que haría cuando volviera a ver al autor de tanta crueldad.

—¡Ya es hora de la carrera y será mejor que ganes! —se oyó de repente un día de aquel kart.

—¡Es Oxide! —gritó Joe y, tras el sobresalto, él se puso tan nervioso que no podía conducir.

Quien lo acompañaba buscaba calmarlo con palabras de aliento, sonando como un regaño: que no debía tener miedo si quería salvar al mundo, que se concentrara en la recompensa al derrotar a ese alíen, a los Bandicoots y al N Team para poder ser libres. Libertad, eso era tan buscado, para recorrer el mundo y dedicarse a reunir las piedras preciosas más exóticas; sí, ese era su sueño. Con mejor ánimo, fue hasta la línea de meta y punto de encuentro de sus contrincantes, justo donde comenzaba un túnel de poca altura y bajo la típica bandera larga a cuadros. A los pocos minutos, se escucharon sonidos extraños provenientes de la enorme plataforma transportadora y allí aparecieron los tres finalistas y las chicas de los trofeos. Los tres rivales antes de avanzar, observaron los alrededores, en especial, las cavernas que no se le veían ni principio ni final, sólo oscuridad como techo y suelo. Una caída representaba una terrible muerte si las máscaras mágicas no estaban allí para salvarlos, y eso mismo usaría el enemigo en contra. El llamado de las cuatro organizadoras los sacó de sus cavilaciones y se fueron a ocupar sus lugares asignados por azar, aunque antes, el jefe les dijo unas palabras.

—¿Así que han ganado a todos en estas pistas, eh? —habló con un tono burlón, siempre con su arrastre de la s y cruzado de brazos, con indiferencia—. Bueno, ahora verán porque todos me temen en el circuito… Seré yo quien se enfrente a Oxide porque los voy a hacer cenizas.

Algunos le creyeron y otros no en su amenaza, mientras que Moe por un lado le agradó que tuviera esa confianza, pero por el otro, le sorprendía estos cambios de humor. Aquel saurio fue cerca de las marsupiales anunciadoras y, desde allí, él observó el inicio de la carrera; cosa que enseguida se perdió de vista cuando los participantes doblaron por una curva. Todos se dirigieron hacia otra cueva baja, siempre con un terreno inestable, y cuando se abrió un gran espacio que rodeaba el agua, el lagarto puso en marcha su arma especial. Cada cierto trecho surgía una caja de TNT y, a veces, una de nitro, con lo que los jugadores debían hacer todo lo posible por esquivarlas. Eso era difícil, sobre todo cuando el pasaje era estrecho o había unas curvas pronunciadas; también se debía prestar atención a los carros típicos de las minas, que justo cruzaban sobre rieles y sin ninguna advertencia. Fue Tiny quien casi chocó con uno, sin embargo, él solo se llevó un gran susto y, por poco, también perdió el control de su vehículo. Sólo unas viejas tablas de madera a modo de barrera quizá lo salvarían de una abismal caída, si bien era mejor ni acercarse a probar suerte. Pronto ellos añorarían a esas roídas barreras.

—¡Oh no! —exclamó Coco con temor al ver lo que tenía delante: un angosto sendero hecho con gruesas tablas de madera, que iba entre el medio de una pared de piedra y el vacío total.

Todos tuvieron que ir con cuidado, incluso el peón de Oxide, ya que aquel trayecto tenía una forma de espiral hacia arriba, y el ruido de una vagoneta que pasaba cerca los distraía. Aquel espiral los llevó de nuevo al suelo de roca con, a un costado, una zona con gruesos maderos utilizados como puntales, y esos mismos había que esquivarlos. No sólo eso, sino también a más de esos carros que cruzaban justo por ahí, y aunque los karts estaban modificados para resistir mucho, no era conveniente impactar contra esas cajas de metal con ruedas. No había cinturones de seguridad ni nada contra un choque, ni puertas o parabrisas que protegieran ante la explosión de aquellas cajas de TNT, que no paraban de aparecer. Aun con todos esos peligros, los participantes no se quedaban atrás por mucho tiempo, y se mantenían así casi siempre a la misma distancia. Así atravesaron una gran curva y se reencontraron con aquella bandera a cuadros, que les decía que ya completaron la primera vuelta. Ahora sabiendo los sucesos que les esperaban, los retadores pusieron manos a la obra para poder adelantarse. No faltó, desde luego, cualquier truco para tomar la delantera, como los feroces empujones.

—¡Eh! —se quejó la única corredora fémina, cuando se desvió de pronto a los guardarrieles.

—Aplasta-coches —decía el tigre de Tasmania antes de dar un volantazo, para arrinconar al enemigo contra las paredes o guiarlo hacia el estanque; lo hacía seguido a pesar del peligro.

Al estar él enfocado en embestir, no vio cuando una vagoneta iba a hacer lo mismo con él, y para escapar, tuvo que usar su escudo que lo llevó a salir despedido como una pelota. En vez de que se descarrilara el carrito, tomó la dirección contraria a la que venía, y por suerte, esto no provocó más accidentes; sólo decepciones. Era de seguro que recibiría regaños por parte de Cortex, si estuviera allí, no obstante, su compañero que equipo y la máscara oscura sí se dieron cuenta del descuido que cometió. Era el deber de aquellos dos de cuidar a ese secuaz, como habían acordado, si bien no era una tarea fácil si aquel era tan impulsivo. Lo único que se podía hacer era que Uka Uka se encargara de reprenderlo y así lo hizo, después de un par de intentos por su falta de atención y comprensión. De este modo, el mutante se comportó mejor, teniendo a alguien que le diera órdenes, y pudo rebasar a los demás, alejándose de igual forma, de la zona explosiva. Esto era así porque, pasado un tiempo, las cajas sembradas explotaban y estaban provocando temblores en la mina, con una caída de rocas de variado grosor. Había que acabar la carrera rápido antes de que la cueva se desplomara sobre ellos.

—¿No creen que es un poco peligroso? —preguntó Komodo Moe a las entregadoras de los trofeos, quienes se veían bastante preocupadas—. ¡Hermano, deja ya de lanzar esas cajas!

Él gritó eso último cuando vio que su pariente se acercaba, el cual mostraba una expresión de horror y que se desesperaba tratando de apagar esa arma, sin ningún éxito. Ya al inicio de la última vuelta, las cosas se pusieron feas en cuanto a los terremotos, no sólo con el ataque con piedras, sino además que estas comenzaban a bloquear el camino. Se tuvieron que usar las armas por culpa de esto, en lugar de combatir contra el otro, y ya se volvió en una huida para salvar sus vidas. El daño fue grave cuando se desplomó parte del puente de madera, en el principio justamente, y solamente Coco y Tiny pudieron cruzar gracias a los poderes de los gemelos hechiceros. Por otro lado, N. Gin retrocedió, no para tomar impulso y saltar (como lo hicieron los anaranjados), sino para ir por un camino diferente: el de las vías del carrito, el cual se acercaba al resto del puente. Justo Joe, quien se había quedado atrás, vio como aquel ciborg tomó ese atajo y él fue tras sus huellas, regresando ambos a la competencia. Ellos se habían quedado atrás por mucho y ya calculaban que los primeros cruzaron la línea de meta.

—¿Por qué? —se quejó el científico al ver que unas rocas rodaban colina abajo, hacia ellos.

Apenas los dos terminaron la carrera, dentro de un escenario donde ya todo se venía abajo y las sacudidas eran muy fuertes. Por fin todos superaron las Minas Dragón, y las chicas de los trofeos llamaban a gritos a los últimos en cruzar, para que se subieran a la plataforma para poder irse. Un poco apretados en esa transportación, ellos aparecieron en el desierto, el sitio donde estaba construido otro podio y, a lo lejos, se veían las recientes pistas ya superadas. Alrededor del circular podio hecho con grandes bloques de piedra clara, estaban los demás participantes y un pequeño público presente, que algunos se alegraron y otros asombraron al ver el regreso repentino de los protagonistas de la última competición. Más les sorprendió al notar el mal estado en que se encontraban, cubiertos de tierra y con algún que otro golpe, con la respiración agitada y asustados. A pesar del dolor y el susto, quienes estuvieron en la mina se dispersaron y contemplaron el espacio abierto, agradeciendo estar a salvo. Pronto los espectadores se aproximaron preocupados, muchos tratando de ayudar, como el equipo Bandicoot a su compañera herida, y creían que este desafío fue de verdad un riesgo mortal.

—¡Casi no pudimos salir de allí! —exclamó Megumi horrorizada, justo cuando Crash quería presentar quejas sobre el asunto y, al oírla, él se dio cuenta que también pasó por lo mismo.

—Los karts están hechos para no averiarse… —pensó en voz alta Isabella, mientras que se unía al abrazo entre sus hermanas para consolarla—. Fue Oxide quien planeó el derrumbe.

Todos se miraron con indignación ante esa acusación; todavía más cuando ambos hermanos Komodo contaron lo que ocurrió en esas cuevas, un cruel secuestro y extorsión. "Él es capaz de todo", confesó entre lágrimas el jefe de los últimos circuitos, que "seguramente las cosas se pondrán mucho peor a partir de ahora". Esto ya pasó de ser una competencia cruel a una clase de ruleta rusa, con la diferencia en que uno buscaba obtener ventaja a toda costa. No sólo él jugó con las vidas de sus rivales, sino además con las de sus propias ayudantes, y eso las dejaba muy afectadas. "No nos dejará renunciar", comentó Ami con tristeza y eso mismo les hacía creer a los demás que no tenían escapatoria, que sólo era cuestión de tiempo para que ocurriera una tragedia, y la mayoría mostraba una expresión de desolación. Esta escena fue interrumpida tras oír un tono de llamada proveniente de la tableta de las organizadoras. La joven que usaba un traje azul respondió la llamada y se sobresaltó al oír la extraña voz de Nitros Oxide, el cual exigía a gritos que entregaran los premios de una vez y que dejaran de decir tonterías. Ellas debieron imaginar que había micrófonos por todas partes para saberlo.

—No podemos hablar tranquilos si está esa cámara también, ¿ja? —dijo el mismo sujeto que iba a cada recorrido últimamente y señaló un artefacto volador que estaba sobre todos ellos.

Ellos vieron que aquel fanático tenía razón y se sintieron algo tontos por no notarlo antes, y como aún estaban siendo vigilados, era mejor hablar de otra cosa. El tema se centró en los resultados de la carrera, a pedido de Cortex, quien ya se ponía furioso por tener que esperar tanto. Las cuatro muchachas le respondieron mostrando enojo, así como una gran parte de los que se encontraban allí, como pensando que aquel doctor no le importaba nada lo que sucedió. Al cabo de unos minutos, envalentonándose, ellas hicieron unos malabares con sus sombrillas mientras que invitaban a que todos se acercaran para anunciar al ganador. A la vez que tres de ellas hacían suspenso, una de ellas pasó el vídeo de los últimos segundos del encuentro en una proyección. Ni bien alguien cruzó la meta, se congeló la imagen y de esta manera se observó al ganador: Tiny Tiger. El triunfador tardó en reaccionar y recién se alegró cuando su colega, Dingodile, le felicitó con una palmada en la espalda. El tigre se subió de un salto al podio, y esperó ansioso a que le dieran su premio, el cual tardaba en llegar porque el jefe no tenía ánimos para nada; a pesar de lo que sentía, era necesario dirigir unas palabras.

—No eres tan lento como creía. Me has sorprendido, de veras —comentó Joe viendo al bobo y macizo mutante, quien parecía no comprender la indirecta, y luego él se puso a buscar algo dentro de su túnica—. Aquí está la llave del ganador… Aun así, no creo que seas tan rápido como para ganarle a Oxide... Vamos a perder nuestro bello planeta y eso será por tu culpa.

Después de esas duras palabras, el reptil se alejó del gentío para perderse hacia el horizonte, junto con su hermano, dejando atrás a su kart y a este asunto del desafío sin sentido. Ya con quienes debían seguir defendiendo a la Tierra, las diferentes reacciones ante el dueño de la tercera llave se apartaron para dar paso a las consecuencias de cerrar otra instancia: era el momento para anunciar a otro piloto eliminado. Este instante también era esperado por el médico en medicina malvada, ya que alguien menos significaba más oportunidad para él, y ni se le ocurría en que él también podía estar eliminado. De nuevo, una proyección decía los resultados de la ronda y, en la última fila de la tabla, se encontraba el nombre del osito. Fue entonces que la mayoría observó con sorpresa y tristeza a Polar, si bien el susodicho no se lo vio apenado, sino que aceptaba su derrota admitiendo que hizo lo posible para que ganara su equipo. Ahora, quedaban sólo los dos hermanos en el equipo Bandicoot, mientras que en el N Team había tres integrantes, con lo que las cosas estarían más difíciles para los héroes. Por hoy, ya no había pendientes por hacer, de modo que el encuentro se dio por terminado.

—Al fin volveremos al castillo —gruñó Uka Uka—. Pero hay que tener un plan contra Oxide.

—Creo que tengo una idea —murmuró N. Gin, ya sea por el cansancio y para no ser espiado.