Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Powered by 23 Kicks, yo solo traduzco con su permiso.
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Capítulo 8
No estaba loca. Mi jefe —el chico que una vez había conocido como mi verdugo— estaba atrás de mí deliberadamente. Algo que me llenaba de temor, miedo, y un vergonzoso cosquilleo de emoción que recorría mi espalda como la punta de una uña.
Había algo seriamente malo conmigo.
Decidiendo tomar las escaleras hacia mi apartamento en vez del ascensor, subí corriendo los escalones en mis tacones. Al llegar al tercer piso, mis talones comenzaban a doler, pero seguí. Si alguien hubiera estado en las escaleras conmigo, hubiera escuchado lo que parecía una mujer demente, jadeando como si estuviera muriendo, y pasos rápidos y fuertes sobre el cemento.
Lo había sospechado antes, pero ahora estaba segura. Edward había admitido seguirme, a pesar que aclamaba no saber por qué.
Pero, yo sabía por qué: porque aún había una parte de matón en su comportamiento, a pesar de su preocupación. Y como esencialmente estaba ignorando que quería que me dejara en paz; se sentía un poco a acoso.
Entonces, ¿por qué no lo mencioné?
Probablemente porque cuando me encontraba a su alrededor, estaba o demasiado consumida por la ira, o la confusión, o luchando contra una atracción completamente ridícula y humillante hacia él. Incluso ahora, aún podía sentir la sensación de hormigueo de su tacto en la piel de mi brazo. Aún podía sentir el poder de sus ojos, aún podía ver la curva de su boca. Y su profunda e inesperada risa...
Atravesé las puertas de acero del quinto piso, sintiéndome como una traidora. Mientras se cerraba con un golpe detrás de mí, cojeé hacia mi puerta, jadeando. Cuando encontré mi llave, la clavé en la cerradura sobre el pomo y abrí la puerta, fingiendo que era el pecho de Edward el que estaba pinchando mientras lo atacaba con furia.
Después de mi horrible historia con él, ¿cómo podía sentirme atraída por él? Aunque él no era la misma persona que fue en la secundaria, aún no estaba siquiera cerca de estar cómoda a su alrededor. No podía simplemente ser su apariencia, por tan abrumadora que era. Él había sido igual de abrumador en la secundaria, pero después de ese primer día, definitivamente no me había sentido atraída por él.
Entonces, ¿era porque ahora era educado? ¿Porque hablaba con una voz suave y gentil? ¿Porque había aprendido a usar sus ojos y su tacto para influenciarme?
¿Realmente era yo tan superficial?
Él me hacía querer cosas que no debería querer de él. Me aterraba que me hubiera gustado sus manos sobre mí, pero al mismo tiempo, me enfurecía.
Me quité las botas torturadoras, pateándolas a un lado, y entonces me deslicé contra la puerta hasta que mi trasero tocara el suelo de madera. Mi cabeza cayó hacia atrás y observé el techo, viendo nada más que los recuerdos de la noche en mi cabeza.
Edward era un profesional consumado en el trabajo, a pesar que creía haberlo pillado chequeándome un par de veces. Él era hombre, después de todo. Al menos en ese aspecto, él era predecible. Pero, ¿por qué demonios me estaba dando toda su atención al seguirme? ¿Mi perdón era tan importante para él?
Mi respiración se aceleró de nuevo al recordar su comportamiento esta noche—como si él se sintiera atraído por mí. Sus caricias y miradas largas, la preocupación inconveniente. Una sensación de emocionado y horrible temor llenó mi pecho de nuevo. O quizás era simplemente temor y horror.
¿Estaba fingiendo? No me sorprendería, a pesar que era poco profesional y jodidamente estúpido. Pero entonces, un acto como ese parecía no ser digno del hombre que él era hoy. Pero si no era un acto, ¿qué estaba haciendo?
Quizás él creía que si yo creía que él me encontraba atractiva, sería más susceptible a una disculpa.
No lo haría.
No lo haría, porque sabía que no había manera que él pudiera sentirse atraído a una chica que él había abusado en la escuela. Desafiaba la razón y el sentido común. Éramos personas diferentes ahora, por supuesto, pero yo seguía siendo yo y él seguía siendo él. Aún teníamos esa historia fea. Todo lo que yo hacía o decía probablemente le recordaba a eso.
Sin mencionar que, un hermoso rostro no podía esconder la verdadera fealdad. Esa era una lección que había aprendido de manera dura.
Pero él ya no parecía ser feo por dentro. Esa era la cosa. Él había hecho un cambio radical al niño que solía conocer, y nuestros roles se habían invertido. Ahora yo era la enojada, y él era el que intentaba hacerme ver la razón. Todo el enojo que él una vez había demostrado parecía haberse transferido de su interior al mío. Eso, o el enojo siempre había estado allí, y ahora me habían dado la oportunidad de expresarlo abiertamente.
No me gustaba estar molesta. No era una persona molesta por naturaleza. A papá le gustaba llamarme osada —bueno, jodidamente impulsiva— e inteligente. Rose creía que era intuitiva y creativa. Ninguno de los dos alguna vez se habían referido a mí como molesta.
Me puse de pie y me agaché para tomar mis botas, y entonces me dirigí hacia mi cuarto detrás de la estantería grande y abierta. Justo detrás de mi cama con su colcha de retazos verde se encontraba la puerta corrediza de cristal que daba paso a mi pequeño balcón. Se encontraba frente a la calle LaSalle y el costado feo del edificio de la Suprema Corte, pero me encontraba inquieta y salí afuera de todos modos.
El ruido del tráfico abajo hacía eco al ruido dentro de mi cabeza.
Una parte de mí reconocía que quizás estaba conteniendo mi perdón como una manera de castigar a Edward. Dejaba una sensación de poder en mis manos, poder que nunca había tenido con él antes. A pesar de que creía que había resuelto mis problemas en terapia, no había entrado en detalles, porque seguía estando molesta con él. Aún dolía. Suponía que aún estaba un poco rota.
Diablos.
Mayormente, era porque no estaba lista para soltar los viejos sentimientos que tenía con respecto a él. Sentir odio, furia, y desconfianza era más fácil, más seguro, y menos aterrador que ceder a otros sentimientos.
Perdonarlo implicaba que tendría que enfrentar toda la fealdad, la modestia y el resentimiento del pasado. De solo pensarlo hacía tensar mi estómago y llenar de saliva mi boca.
¿Pero cuál era la alternativa? ¿Simplemente seguir sintiéndome así? Tener que seguir a la defensa a su alrededor todo el tiempo era agotador, especialmente cuando él estaba deliberadamente trabajando para atravesar mis defensas. No importa lo mucho que intentaba resistirme, podía sentir cómo me debilitaba.
Y perder esa sensación de control con él era jodidamente aterrador.
Alguien estaba riéndose. Lo escuchaba a la distancia mientras otra ronda subía por mi estómago y hacia mi boca, y vomitaba.
—Cielos, va a explotar —dijo alguien justo antes de que vomitara.
Había atravesado el resto de mi tercer año esperando que mis compañeros me notaran por razones diferentes a las que Edward Cullen quería que vieran. Quizás por la vieja camioneta Ford que conducía y cuidaba—podía cambiar mi propio neumático, por Dios santo; quizás por el peso que comenzaba a perder, o los aparatos que finalmente habían sido retirados de mis dientes; o, quizás por mi actuación de la chica acosada en la obra de teatro de la escuela, No Quiero Hablar de Ello.
Había sido arriesgado, esa parte que había escogido interpretar—hablar sobre ser acosada, y el miedo, la depresión, y la soledad que traía consigo, y el hecho que demasiados chicos se suicidaban por ser abusados. Aterrada, pero esperando lo mejor, había querido conmocionar a aquellos que se reían de mí, pero ni siquiera habían ido a la obra.
Suponía que le había predicado a un grupo de padres, porque mis compañeros solo me notaban ahora, después de haber colapsado en la pista de atletismo afuera. Las clases habían acabado, así que afortunadamente, la mayoría de ellos se habían ido, pero había sido notada por los chicos del otro lado del campo practicando béisbol. Una chica vomitando era demasiado bueno para ignorar.
—¿Estás convirtiéndote en anoréxica? —Tyler quería saber—. ¿Vas a vomitar cuando diseccionemos ranas la próxima semana también?
Parpadeé para apartar las lágrimas de agotamiento e intenté recuperar el aliento.
—¡No puedo esperar a ver lo que hace Cullen si vomitas en la mesa! —rio Mike.
—Él se volverá loco —respondió Tyler—. La rana es el ochenta por ciento de nuestra calificación.
Levanté la cabeza para fulminarlos con la mirada.
—La anorexia es un desorden donde te niegas a comer porque estás obsesionado con perder peso.
—Bueno, ¿acaso no lo estás? —preguntó alguien detrás de mí.
Con temor, reconocí la voz de Cullen.
—¿Obsesionada con perder peso? Porque si no lo estás, deberías estarlo.
Aparentemente, la práctica de béisbol había acabado si él también se encontraba aquí.
Tosí y escupí en el cemento debajo de mí, obligando a que los calambres desaparecieran.
—Simplemente pensé en darles una distracción de su práctica. Escuché que ustedes apestan.
Mi frase fue recibida con silencio.
—Ven, déjame ayudarte —dijo Cullen, y se agachó para tomar mis brazos.
Estaba tan asombrada por su giro inesperado que le permití tocarme y comenzar a jalarme para ponerme de pie. Pero antes de estar a medio camino de eso, él repentinamente me soltó, y el movimiento me hizo caer hacia adelante. Mientras las palmas de mis manos caían en el charco de mi vómito, estallaron las carcajadas.
—Oh, lo siento mucho —dijo Cullen, riendo junto con todos los demás.
—Edward —dijo alguien con reproche en su voz—, ¿qué haces?
Y entonces fui ayudada a pararme por una chica alta, delgada y rubia. Victoria Daniels. Animadora, reina del baile, estudiante en el cuadro de honor. Entre mis lágrimas, vi que también tenía shorts para correr, aunque no había visto a nadie más en la pista.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
Ni de cerca, pero asentí.
—Eres un imbécil. —La escuché decir mientras caminaba hacia el césped en el centro de la cancha para limpiar mis manos.
—Ella no importa, Vic. Déjalo —contestó Cullen.
Hubo una explosión de dolor en mi pecho ante sus palabras, e incluso más lágrimas se acumularon en mis ojos. Un grito se asomó en mi garganta.
¿Yo no importaba?
—Imbécil —dije mientras pasaba por su lado, metiendo todo mi dolor y furia en esa sola palabra. Era la primera vez que le había dicho así.
Su mirada se iluminó, y entonces se volvió fría y muerta.
—Así es —contestó, impenitente—. No lo olvides.
~PJE~
Unos días después, Ben y yo almorzamos en Goodwin, la delicatesen en el piso del vestíbulo del edificio donde trabajábamos. Aunque estaban llenos, tuvimos suerte y encontramos una mesa en el fondo.
Ben era un caballero, y me permitió escoger el asiento al frente del restaurante. Me deslicé en el banco y coloqué mi bandeja en la mesa.
—Esta es una señal —dijo mientras se sentaba en su asiento.
—¿De qué?
—Que nuestro almuerzo estaba destinado —contestó, y reí.
—Eres del tipo sentimental, ¿o no?
Lo vi sonreír mientras metía su corbata entre dos botones de su camisa. Sus ojos eran color marrón oscuro, y sin las gafas, lucía joven —a principios de sus veintes— pero suponía que él debía tener al menos veinticinco. Era un gerente de cuentas senior, y estaba segura de que eso no venía con unos años de experiencia.
—Colecciono centavos Cabeza de Indio y las guardo en sobres para monedas —confesó de manera graciosa—. Aún tengo todos los coches de juguete a escala de mi infancia. A veces, incluso llevo una pata de conejo.
—Oh, eso es serio —dije y reí—. Ciertamente le gana al suéter con monograma que tengo guardado.
—¿Aún lo usas?
Ya no cabía en él.
—No, es alrededor de tres tallas más chico. Lo guardo porque mi mamá lo hizo para mí.
Él sonrió.
—¿Tú y tu mamá son cercanas?
Bueno, mierda.
—Éramos cercanas —dije—. Cuando estaba viva. Ella murió en un accidente automovilístico cuando aún estaba en la secundaria.
—Oh. —Parecía que lo había dejado sin aliento—. Bella, lo siento mucho.
Negué con la cabeza.
—Gracias, pero no hay necesidad de lamentarlo. Soy cercana a mi papá. Él es increíble. Aún vive en el pequeño pueblo donde nació.
—¿Qué pueblo? ¿Podría haber escuchado de él?
—Probablemente no. Forks, Washington. Se encuentra alrededor de tres horas y media al oeste de Seattle.
Por detrás del hombro de Ben, vi el inconfundible color de cabello broncíneo. A cuatro mesas de distancia de donde nos encontrábamos, Edward se había unido a la fila de personas frente al mostrador de la delicatesen.
Aunque su atención estaba fija en el menú de la pared, era solo cuestión de tiempo antes de que nos viera sentados allí. El lugar no era tan grande, y la fila era de cuatro personas, así que probablemente se aburriría y comenzaría a mirar a su alrededor.
—¿De dónde eres? —le pregunté a Ben mientras me deslizaba ligeramente a la derecha, sutilmente tratando de esconderme detrás de él.
—Crecí aquí en Chicago, en Wicker Park. Mi papá es un profesor de ciencias políticas en la universidad, y mi mamá es una curadora de arte para el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago.
Le di un pequeño bocado a mi pavo y queso suizo.
—Tienes padres interesantes.
—Tengo padres demandantes —rio.
Eso llamó la atención de Edward.
Mientras Ben se lanzaba de lleno a una descripción de sus expectativas, Edward miraba en nuestra dirección. Mantuve mi mirada en Ben, pero vi a Edward girar para mirarnos desde el rabillo de mi ojo. Con sus manos en los bolsillos de sus pantalones, lo observé mecerse sobre sus talones. Incluso creía que estaba sonriendo.
Parpadeé, tratando de concentrarme de nuevo en Ben y en lo que estaba diciendo.
—...y amenazaron con enlistarme a menos que consiguiera un trabajo. —Ben rio—. Así que, no hubo veranos libres durante la secundaria para mí, pero me mantuvo lejos de los problemas.
Me encontré con su mirada y me sentí sonreír, pero estaba tan jodidamente consciente de Edward y no podía concentrarme. Cuando me moví ligeramente a la derecha para poner a Ben frente a él, Edward se movió en respuesta. Cuando me acomodé a la izquierda, también lo hizo él.
Era como un juego para él, y bajé la mirada a mi plato y la mantuve allí.
—Bella, ¿qué pasa? ¿Hay algo malo?
Mi cabeza se levantó rápidamente para ver la mirada curiosa y preocupada de Ben.
—¿Qué?
—Tenías la expresión más extraña en tu rostro justo ahora.
Mierda.
—Supongo que simplemente recordaba cómo mi mamá solía mantenerme ocupada durante el verano también —mentí—. Lo siento, Ben, no era mi intención ser una cita de almuerzo grosera.
Los ojos de Ben se iluminaron, y su boca se curvó ante la palabra cita. Internamente maldije de nuevo porque no quería darle la impresión incorrecta, pero mi cerebro era un desastre en el momento. Quizás solo debería decirle lo que pasaba.
—Edward se encuentra allí —confesé con un suspiro—. Él no para de mirar hacia aquí y es... inquietante.
Ben frunció el ceño y comenzó a girar en su asiento.
—No mires —advertí—. Intento ignorarlo.
—Él usualmente es bastante relajado —me dijo Ben—. No hay nada qué temer. Me agrada mucho como jefe.
—Bueno, el jurado sigue deliberando para mí. Él viste mucho gris.
Ben tosió y tomó su vaso, bebiendo un trago largo.
—¿Te refieres a Cincuenta Sombras de Grey? —preguntó con incredulidad divertida.
Una risita sorprendida se me escapó.
—¿Cómo...?
—Oh, vamos, todos saben de eso, Bella.
Mi risa murió mientras imaginaba a Edward como un dominante, y mi rostro enrojeció. Había dicho en el comentario él viste demasiado gris para mostrar que Edward era engreído, que sabía lo bien que lucía el gris contra su tono de piel y cabello. Pero ahora, me preguntaba si quizás había estado pensando demasiado en lo del dominante inconscientemente.
—Te estás sonrojando.
Tomé mi botella de Sprite y la sostuve contra mis mejillas calientes. Al hacerlo, la cabeza de Edward se inclinó.
—Es un pensamiento vergonzoso —dije con una sonrisa, tratando de ignorar al hombre a cuatro mesas de distancia.
Mientras la fila avanzaba, estaba agradecida de ver que la atención de Edward estaba desviada hacia una mujer en la fila detrás de él. Parecía que estaban sumidos en una conversación. Me preguntaba si se conocían, porque parecía que ella estaba coqueteando con él. Quiero decir, ¿quién no lo haría?
—...y mi hermana decidió convertirse en prostituta, pero mis padres están completamente de acuerdo con eso.
Hubo un silencio pesado, y aparté la mirada de Edward y la mujer para ver que Ben estaba dándome una mirada divertida.
Parpadeé. ¿Acababa...? ¿Acababa de decir que su hermana era una prostituta?
—¿Qué?
Él sacudió la cabeza.
—Sabía que no estabas prestando atención. ¿Es Edward?
Sentí mi boca abrirse, pero no salió nada.
—Está bien, lo entiendo —continuó Ben con un pequeño encogimiento de hombros, y su mirada tenía una expresión de decepción en ella—. Él es el tipo que todas las mujeres parecen escoger. Alto, taciturno, apuesto.
Oh, diablos, no.
Tomé un sorbo largo de mi Sprite.
—Bueno, él no es mi tipo. Un poco demasiado engreído para mí. Además, él es mi jefe.
Y lo odié una vez.
Ben se reclinó en su asiento y me dio una sonrisa triste.
—Sí. Un romance prohibido es incluso más atractivo.
—¡Ben! Lo digo en serio. No estoy interesada en él de esa manera.
—Estás sonrojándote de nuevo.
—Estoy avergonzada por tu conjetura.
Y molesta e indecisa, y quizás incluso un poco afligida, porque Ben era en quién debería estar interesada. Si quería salir con un compañero de trabajo, lo cual no quería. Estaba bastante segura de que no sería bien visto. Así que, aunque podría sentirme atraída a Edward Cullen, no estaba interesada en él.
—No te avergüences. Tiene sentido por qué notarías a Edward y te sentirías incómoda al respecto —dijo con un tono apesumbrado, ignorando totalmente lo que dije—. ¿Sabes? Creo que él podría estar interesado en ti también.
Tragué aire y me ahogué.
—Eh, no. No, por supuesto que no lo está.
Ben simplemente sonrió. Él realmente estaba molestándome.
—Estás jod-endemoniadamente loco. Sin mencionar que trabajo para él. Es ridículo.
—Quizás, pero creo que están un poco demasiado absortos en el otro —dijo, estirando la palabra.
Por supuesto, estaba absorta en Edward—mi radar interno parecía notar dónde se encontraba en todo momento. No era porque estuviera interesada en él, pero no podía exactamente contarle a Ben eso sin tener que explicar el por qué.
—No sé qué decir, más que estás equivocado —dije rápidamente, mientras Edward finalmente llegaba al mostrador, apartándose de la mujer detrás de él en la fila.
Frunciendo el ceño, Ben levantó las manos.
—Lo soltaré.
—Gracias —dije, y aparté mi plato, habiendo perdido mi apetito.
Ante su mirada preocupada, froté mi frente y cerré los ojos. Si solo Ben supiera lo completamente equivocado que se encontraba. Pero su opinión me preocupaba, porque probablemente quería decir que los demás habían notado ese comportamiento también.
Me preguntaba qué había hecho en la oficina para sugerir que estaba absorta en Edward. ¿Había sido torpemente poco amigable? ¿Me había sonrojado demasiadas veces? O, lo peor de todo, ¿lo había observado por demasiado tiempo en la reunión?
Mientras la mujer detrás del mostrador le tendía a Edward su pedido y vi que estaba envuelto para llevar, comencé a relajarme. Quería decir que él se iría, y podría concentrarme en Ben.
Siempre y cuando él terminara con su demente interrogatorio.
Pero no, Edward se apartó del mostrador y se dirigió hacia nosotros.
Mierda, ¿estaba poniendo en práctica el seremos amigables conocidos? Eso quería decir que tendría que sonreír y fingir que todo estaba simplemente marchando sobre ruedas.
—Ben —dijo Edward cuando estuvo lo suficientemente cerca, y entonces volteó hacia mí—. Bella. No quiero interrumpir, pero tampoco quería ignorarte.
—Edward —dijo Ben—. Puedes unirte a nosotros si quieres.
No, Ben no acababa de decir eso.
En respuesta, Edward giró hacia mí con una sonrisa hermosa.
—¿Sí?
Carraspeé y le devolví la sonrisa, sintiéndome un poco mecánica.
—Sí, por supuesto.
No te atrevas.
Mi respuesta solo hizo que la sonrisa de Edward se agrandara, como si hubiera escuchado mi amenaza silenciosa.
—Gracias, pero parece que los dos ya casi han terminado. Además de eso, tengo un poco de trabajo que hacer durante el almuerzo. Los veré de vuelta arriba.
Con otra mirada de reojo hacia mí, se dio la vuelta y se fue.
Solté el aire lentamente, y entonces giré hacia la mirada cómplice de Ben de nuevo.
—¿Qué? —pregunté con tensión.
En vez de ofenderse, él sonrió molestamente. Como si supiera todo lo que yo no estaba diciendo.
—Fuimos enemigos una vez —espeté, finalmente perdiendo la paciencia con la mirada en su rostro—. Él se burlaba de mí en la secundaria, ¿de acuerdo? No hay nada más que eso.
Ben estaba visiblemente sorprendido.
—¿Él era un chico malo?
Más como el engendro del demonio.
—El peor —dije de modo cortante, y entonces hice una mueca, pateándome a mí misma por haber dicho algo. ¿En qué diablos estaba pensando?—. Pero él es diferente ahora. Quiero decir, obviamente. Por favor, dime que no eres del tipo que chismea.
Si Edward escuchaba lo que le había dicho a Ben sobre nuestros días en la secundaria, me estremecí ante lo que haría o pensaría. Ciertamente no reflejaría bien sobre mí, no después de haber acordado a actuar profesionalmente.
—No lo soy —dijo Ben, sus ojos serios y preocupados.
—Gracias a Dios. Olvida que dije algo, ¿sí?
Pausó.
—No estoy seguro de que eso sea posible.
—¿Por qué no?
—Se burlaban de mí en la secundaria también, y sé cómo se siente eso.
Mis cejas se alzaron.
—Solo duró alrededor de un año —dijo con un tono pesado en su voz—. El niño que solía burlarse de mí se voló los sesos en el décimo grado. Fue horrible e inesperado. Estremeció a toda la escuela.
Sin invitación, el comentario que mi terapeuta hizo una vez sobre que los matones usualmente eran abusados, pasó por mi mente. Recordé la primera vez que había visto a Edward, recordé la mala cara en su rostro. A pesar de su popularidad en la escuela, obviamente él no había sido feliz. Incluso había dicho que había una razón por la cual había sido infeliz. Cuando pensaba en ello, sus acciones en ese entonces habían insinuado a que era más que la mierda usual de adolescente molesto contra el mundo.
—Vaya, supongo que esa es una manera de zafarse de ser abusado —mascullé.
Ben asintió, obviamente sintiéndose mal por su matón.
—Sí. Solo demuestra que nunca sabes lo que está viviendo una persona.
Diablos, él era una persona mucho mejor que yo. Pero, tenía un punto.
Pensamientos fugaces de por qué Edward podría haber sido infeliz daban vueltas por mi mente mientras vaciábamos nuestras bandejas en la basura, y salíamos de la delicatesen. Mi terapeuta había explicado que el abuso era un comportamiento aprendido, pero ¿había realmente una excusa lo suficientemente buena para la manera en que él me había tratado?
Sabía que habían diferentes tipos de matones—abusivos físicos y verbales, y agresores sexuales y hostiles. Y, si el abuso verbal era algo que Edward había aprendido de la manera dura, si ese dolor era algo que realmente había experimentado de primera mano, ¿por qué él había hecho sentir a alguien más así deliberadamente?
Un día, necesitaba preguntar por qué.
¿Por qué había sido un bastardo imbécil?
Sé que quieren saber del pasado de Edward, pero Bella aun no está lista para tener esa conversación... ¿Edward estaba feliz de verla o qué? Jaja, Bella no sabe qué pensar ni sentir.
Voy a intentar subir al menos cuatro capítulos esta semana, no prometo nada :)
Gracias por leer y no olviden que subo adelanto en el grupo. Buen comienzo de semana 😊
