Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Powered by 23 Kicks, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Powered by 23 Kicks. I'm only translating with her permission.


Capítulo 10

Invoke lucía como un estudio de escala superior que se tomaba en serio el trabajo, y la principiante de yoga en mi interior se movía nerviosamente por dentro como una niña de siete años con una picazón en la entrepierna.

Le envié una mirada preocupada a Alice, pero ella ya se encontraba en modo zen con una expresión de ensueño distante. Enderezando mis hombros, la seguí fuera del vestidor con apariencia de spa con la boca cerrada, porque había carteles sobre una política de No Hablar por todas partes. Había uno incluso colgado de manera amenazadora en la puerta que llevaba al estudio: Cualquiera que interrumpa la vibra se le solicitará que se retire de inmediato.

Bueno, eso no era para nada estresante.

Alice declaró que yo necesitaba descomprimir, e inmediatamente me invitó a su estudio de yoga. Había aceptado a regañadientes porque no estaba acostumbrada a hacer yoga, y temía que pasaría vergüenza cuando no pudiera hacer las posturas. Pero, me gustaba la idea de ejercitarme y aliviar un poco de estrés, y eso quería decir que podía pasar tiempo con Alice fuera del trabajo.

Necesitaba hacer control de daños.

Ella aún no estaba satisfecha con mi explicación de por qué ella no había sido invitada a la oficina de Edward hace tres días durante el escándalo con Riley. Aparentemente, la explicación de Edward no había sido la mejor, y las miradas que ella me daba eran más curiosas que nunca. Ella sabía que pasaba algo entre Edward y yo, y había comenzado a insinuarlo con indirectas.

No sabía qué le iba a decir, pero obviamente necesitaba darle una oportunidad.

En pantalones de yoga largos hasta los gemelos y un sostén deportivo a juego, caminé descalza por el suelo de madera lustrada junto a Alice hacia el fondo del salón. Era como caminar a través de la tranquila austeridad. La luz entraba por las ventanas de tres paredes de ladrillo expuesto, demasiado altas para ver el tráfico exterior. Suaves tonos de canto se escuchaban a través de parlantes escondidos, y el lugar olía ligeramente a incienso, calmando mis nervios casi de inmediato.

Desenrollé la colchoneta que había comprado en su tienda, colocándola de forma diagonal en el suelo mientras Alice hacía lo mismo con la suya, y entonces me puse de rodillas. Entre tanto que las otras personas entraban al salón, estudié a la quieta y callada instructora que estaba arrodillada sobre su propia colchoneta. Ella era delgada con notable musculatura, vestía shorts holgados y un top de cuello halter. Su cabello rubio estaba recogido en un rodete bajo, sus ojos cerrados, su cuerpo relajado.

Pronto, todos los que habían entrado adoptaron la misma posición. Miré de reojo a Alice, notando que ella se encontraba en su propia postura de meditación.

Fíngelo hasta que lo logres.

Cerré los ojos, y los segundos se estiraron en minutos mientras el sonido de los cantos continuaban. El aroma en el aire era increíble. Necesitaba preguntar qué era así podía comprarlo para mi apartamento.

Quizás esto no era tan malo.

Quizás debería reconsiderar el yoga.

Mientras más tiempo pasaba, mis pensamientos gradualmente comenzaban a calmarse, y mis hombros comenzaron a relajarse. El cántico era reconfortante, gentilmente vibrando a través de mi mente y mi cuerpo, calmando y aliviando. Antes de darme cuenta, estaba respirando al ritmo de su enérgica cadencia, mi cuerpo quedándose quieto y suave con tranquilidad.

Inhalé profundamente, mi mente moviéndose a través de un túnel gris, suavemente dirigiéndose hacia la luz adelante...

—Bienvenidos a su clase de yin yoga de honesta compasión de sesenta minutos —escuché una voz decir—. Hoy, vamos a embarcarnos en un viaje juntos, acercándonos más a nuestra percepción y consciencia del corazón, mente, y cuerpo, llevándonos a un estado de paz, con suerte deshaciéndonos de la carga y todo lo que ya no nos sirve.

Era una gran declaración, sin mencionar una promesa arrogante. Y aunque ella pronunciaba las palabras lenta y suavemente, sin fuerza, aún así fui llevada a la consciencia y la percepción, y abrí un ojo.

Los ojos de la instructora aún seguían cerrados. Así como los de los demás.

—Tómense un segundo conmigo ahora. Inhalen profundamente —dijo la instructora, y cerré los ojos de nuevo—. Inhalen, llenen sus pulmones por completo. Ahora exhalen, soltándolo todo, simplemente tomando este momento para comenzar a preparar la intención de paz, calma y conexión.

Lo que le siguió fue un montón de respiración forzada, aparentemente para trabajar en la consciencia sin sentido y limpiar mi sistema de la energía negativa. Me sentí ridícula al principio, pero mientras más continuaba, mejor me volvía en ello. Para el momento que estaba estirando mis brazos hacia el techo, y me indicaban que pensara en por qué había venido y cuáles eran mis intenciones, fui capaz de admitirme a mí misma lo mucho que necesitaba un poco de paz interna.

Cuando la instructora gentilmente añadió que el yoga a menudo te daba exactamente lo que necesitabas, mi pecho y mi garganta se cerraron. Sentía extrañamente cómo si pudiera llorar.

¿Había algo en el incienso que me afectaba?

Y entonces ella nos pidió que nos inclináramos hacia la postura del niño. Que nos estiráramos, respiráramos, y permaneciéramos quietos. Echando un vistazo, vi que su cuerpo estaba curvado hacia sí mismo, sus rodillas contra su pecho, con sus brazos estirados completamente frente a él.

Fue difícil al principio porque mis hombros y mi espalda baja aún seguían demasiado tensos, pero mientras más tiempo me concentraba en respirar y permitía que mi cuerpo se hundiera, más fácil se volvía la postura. Mientras más me perdía en el momento. Hasta que parecía como si solo la instructora y yo estuviéramos en la sala.

Por cada movimiento que ella me pedía hacer después de eso, ella también me pedía que fuera consciente de mis emociones en el momento, que me pusiera en contacto conmigo misma. ¿Cómo me estaba sintiendo?

Sorprendentemente relajada.

¿Por qué había estado pasando?

Ira, pérdida de control, vergüenza.

Mientras ella me pedía que regresara a la postura del niño, mi garganta se cerró.

—Respiren —me dijo—. Respiren a través de ese trauma y esa carga emocional.

Lo intenté.

Con cada inhalación de aire, dos más parecían salir en jadeos.

Mierda, no alteres la vibra.

—Guardamos tanta carga y trauma emocional en nuestros músculos —continuó, abriendo aún más la brecha mientras mi pecho y mis hombros comenzaban a temblar—. Soltar eso y permitirse un momento para estar presentes, puede ser la cosa más importante que hagan en su viaje hoy.

Asombrada, me escuché sollozar. Mis dedos se curvaron, enterrándose en la suavidad de mi colchoneta mientras buscaba aferrarme a algo.

—Asegúrense de que mientras experimentan estas emociones, se encuentren en paz al dejarles hacer lo que necesitan hacer.

Otro fuerte sollozo se escapó de mi garganta.

Si esto era la paz, sonaba jodidamente aterrador.

—Déjenlos salir en cualquier forma que necesiten, ya sea tristeza o alegría, felicidad o frustración.

Era más una angustia dolorosa, y no quería parar.

—Lo que sea para ustedes, tomen nota mientras sucede.

Presioné mi boca contra el suave material de la colchoneta mientras los sollozos continuaban escapándose de mi cuerpo. Ellos nacían en lo bajo de mi vientre, y entonces se abrían paso hacia arriba, haciéndome temblar. Ignorando mi necesidad por controlarlos, estos se forjaban sin advertencia por mi garganta. Me escuchaba a mí misma, escuchaba el esfuerzo con el que cada sollozo era soltado mientras llegaba, y me maravillaba de los sonidos que salían de mi cuerpo.

—Inhalen, sigan respirando, sigan elongando —me dijo—. Y suéltenlo, suelten todo.

Lo hice. No podía no hacerlo.

Porque no se podía detener nada.

Estallaba de mi interior en ataques y sacudidas, y eventualmente, me volví más buena en soltarlo. En aceptar que estaba pasando.

Un momento más tarde, volví a mí misma y levanté la cabeza, mirando alrededor de la sala con culpa. Con ojos llorosos e hinchados, estaba asombrada y abrumada de ver que todos seguían en sus posturas. Nadie me estaba prestando atención.

Era seguro soltarse aquí.

Después de eso, me tranquilicé y seguí con el resto de la clase. Elongando, inclinándome, respirando. Sollozando a veces, pero permitiendo que viniera, todo mientras tenía una sensación de alivio y libertad de la resistencia. Después de haberme contenido con tanto control estricto, la pérdida de inhibición era liberadora.

Al final de la clase, después de haber soltado mi última respiración purificadora, me sentía tan ligera como un globo de helio.

Alice me abrazó fuerte, y entonces me llevó con ella para presentarme a la instructora. Su nombre era Irina, y aparentemente, una de sus cosas favoritas era conseguir que las personas soltaran su tensión a través de las lágrimas.

Quería matar y besar a Alice.

—Bueno —dije y me sorbí la nariz—, misión cumplida.

~PJE~

Fuimos a Beatnik después, un restaurante hermoso de estilo marroquí. Espejos y telas colgaban de las paredes construidas con madera oscura y tallada, con intervalos de azulejos de mosaicos incrustados. Arañas de cristal colgaban sobre largas mesas de caballete con caminos color escarlata, candelabros dorados y pesados, y porcelana en tonos rubí. Era sofisticado, oscuro y abrumador, y aunque era hermoso, Alice y yo decidimos sentarnos en el patio con sus alfombras coloridas con manchas de té con vistas al río Chicago.

Era solo después de la una de la tarde del sábado, pero pedimos copas de vino de todos modos. Como se hacía después de una clase de yoga.

—Eres increíble —me dijo Alice casi melancólicamente.

La verdad era que aún me sentía increíble. Mi cuerpo se sentía cálido y fluido, y estaba tranquila y calmada por primera vez en un largo tiempo.

—Me llevó más de varias clases entrar en sincronía lo suficientemente con mi cuerpo y mis emociones para poder soltarme como tú lo hiciste. Usualmente se necesita práctica, así que realmente debías estar en contacto contigo misma.

—O todo se encontraba justo bajo la superficie, listo para explotar —respondí—. Me siento increíblemente ligera; aunque sentí vergüenza y sorpresa de haber perdido tanto el control al principio.

Alice negó con la cabeza con desaprobación.

—El yoga puede ser transformador. Simplemente lo acabas de descubrir de primera mano.

—¿Me atrevo a decir que una clase de yoga es más relajante que una copa de vino?

Ella sonrió y levantó su copa hacia la mía en brindis.

—Por suerte para nosotras, podemos experimentar ambas.

—Puede que tengan que rodarnos para sacarnos de aquí cuando terminemos —dije, mis ojos siguiendo el progreso de un pequeño bote en el agua. Un padre y su hijo; un capitán y su primer oficial.

—Esta última semana con Edward y Riley realmente te afectó, ¿o no?

La voz de Alice era suave y vacilante, pero aún así me hundí con arrepentimiento por dentro. Era hora de pagar las consecuencias.

No creía que mi festival de sollozos en la clase de yoga fuera completamente por esa situación, aunque quizás había sido el detonante. A pesar de haber ido a terapia, sabía que había estado llevando una carga grande por años.

No ser capaz de despedirme de mamá, soportar las burlas, tratar de lidiar con todo por mí misma, dejar a papá, aprender a lidiar con Edward de nuevo, necesitar asegurarme de que hacía un buen trabajo.

Cuando pensaba en ello, era demasiado.

—Definitivamente fue una sorpresa —admití con un suspiro—. La manera en que percibí a Edward en ese momento fue completamente equivocada.

Ella jugó con el borde de su copa de vino.

—¿Oh? ¿Cómo lo percibiste?

Ciegamente. Como un maldito matón.

—Creí que estaba siendo muy duro con Riley. Que estaba injustificado en su ira. No sabía que Riley tenía una mala reputación.

Alice lucía ligeramente avergonzada.

—Podría habértelo dicho, pero no quería que te preocuparas o influenciar tu opinión sobre él. A veces es mejor descubrir quién es una persona por tu cuenta. Crear tu propia opinión.

—Bueno, Riley ha sido una bestia con la cual lidiar, pero creo que Edward realmente lo asustó.

—Edward tiene una personalidad fuerte, pero salta a la defensa de nuestro departamento. Él es protector con nosotros —dijo Alice, de manera directa—. Así que no dejes que su arrebato oscurezca tu opinión sobre él demasiado, ¿de acuerdo?

No lo haría. No ahora que me di cuenta que él esencialmente me había defendido.

—Has sido una bendición en el trabajo, ¿sabes? —añadió—. Puede ser estresante, hacer lo que hacemos. No es fácil siempre pensar en ideas frescas, y luego tienes que vendérselas al cliente. Lidias con ello realmente bien. Voy a pedirle a Edward que te dé las otras dos cuentas. Creo que estás lista.

—Vaya —dije—. Gracias.

En el silencio que siguió, ella me estudió de cerca, y mi estómago se retorció.

—¿Jasper está trabajando un sábado de nuevo? —pregunté para distraerla. Alice me había dicho que él era un abogado de divorcio, y trabajaba muchas noches y fines de semana.

—Él tiene una audiencia el lunes —contestó con un tono pesado—. Es un trabajo feo e interminable con muchas decepciones, de acuerdo con él. Hacemos... que nuestro tiempo juntos valga la pena, pero es difícil a veces sentir como si estuviera compitiendo con su trabajo. También me preocupo de que vaya a quemarse si sigue a este ritmo.

Le di una mirada de compasión mientras la brisa se aceleraba y acariciaba mis brazos desnudos, levantando el borde de mi servilleta de tela bajo mi plato de aperitivos.

—Pero olvida eso —dijo Alice, llevando su cabello por detrás de su oreja—. Tanya dijo que lucías realmente alterada cuando pasaron por su lado ese día.

Me recliné contra mi silla, sintiendo una pizca de enojo.

—Tanya debería preocuparse por sus malditos asuntos.

Alice soltó una risita.

—Eso nunca sucederá, al menos no cuando se trata de Edward.

—¿Qué pasa entre ellos, de todos modos?

—No estoy segura. Ellos estuvieron muy amigables en la fiesta de Navidad del año pasado, pero creo que eso solo fue el alcohol. Edward tiende a soltarse un poco después de un par de tragos. Pero desde ese entonces, Tanya lo ha estado siguiendo como un cachorro perdido. Toda la oficina lo ha notado, aunque no es como si ella lo esconda.

Así que Tanya estaba obsesionada con Edward. Qué triste para ella que fuera tan obvio, especialmente desde que no había un buen resultado. No recordaba ver una política de relaciones entre compañeros de trabajo en el manual del empleado, pero probablemente era seguro apostar que no sería bien visto.

—Ella necesita una amiga que le dijera que vuelva a la realidad —comenté.

—Ella necesita que Edward le diga que lo deje en paz, y asumo que lo hizo en términos directos pero ella obviamente no lo captó.

Miré hacia la luz solar que bailaba sobre el agua, preguntándome si Edward había tenido una charla con Tanya. ¿Cómo siquiera hubiera sido eso?

Estaba borracho cuando te besé esa noche, pero eso termina aquí. Eres mi empleada.

Oh, pero Edward, ¡no me importa! Renunciaré a mi trabajo por ti.

¿Qué parte de "estaba borracho" no entendiste?

—Y bien, ¿qué pasa entre ustedes dos?

Parpadeé ante su pregunta directa.

—¿Qué?

Ella terminó su copa de vino y me fulminó con la mirada.

—No me respondas así, Bella. Creí que fue extraño meses atrás cuando Edward dijo que él iba a llevar a cabo las entrevistas para la posición disponible, porque él usualmente me permite aprobar los candidatos antes que él se involucre. Así que, eso quiere decir que él vio tu nombre y decidió que te entrevistaría personalmente.

Tomé mi copa de vino. Era difícil no beberla por completo.

—¿No crees que es hora de finalmente ser honesta? —preguntó.

No pasaba nada, quería decirle, pero podía sentir que la mentira ya estaba escrita en mi rostro.

Bueno, nada excepto que él me siguió y esperaba que lo perdonara por ser un bastardo.

Y mi ira por Edward Joven.

Y mi inconveniente atracción por Edward Adulto.

—Cuando tú y Edward se encuentran en la misma habitación, la tensión puede ser cortada con un cuchillo —dijo con énfasis.

Intenté no retorcerme bajo su escrutinio, pero mantener el contacto visual era imposible.

—Fuimos a la secundaria juntos —dije suavemente.

—Lo recuerdo. Me dijiste que tú y él no se juntaban, pero creo que hay más que eso.

Y allí estaba.

No nos juntábamos —admití con un suspiro pesado—. Nos odiábamos. Bueno, él me odiaba. Decir que no nos llevábamos bien sería quedarse corto.

—¿Y?

—¿Y qué?

Ella inclinó la cabeza en mi dirección.

—¿Por qué se la jugó por ti? ¿Por qué tengo la sensación de que él te debe?

—Tendrías que preguntárselo a él.

—Te lo pregunto a ti. He estado esperando pacientemente por el resto de la historia, pero lo que pasó el miércoles con Riley me lleva a creer que hay más de lo que sospechaba. Ninguno de ustedes me dice lo que estaba pasando.

—Porque no pasa nada —insistí.

Ella me dio una mirada de desaprobación.

—Bella, he visto la manera en que lo miras. La mitad del tiempo, luces absolutamente asesina, y la otra mitad, pareces estar embelesada.

¿Estaba qué?

Tuve un pequeño ataque de tos mientras ella continuaba sin piedad.

—Al principio, creía que quizás ustedes eran viejos novios que aún sentían algo por el otro. Pero entonces estuvo la canción que cantaste durante el evento de karaoke, la cual obviamente fue dirigida a él. Y la manera en que furiosamente te apartaste de su contacto cuando él intentó ayudarte a ponerte de pie. Y la manera en que no podías parar de mirarlo después.

Quería desaparecer. Patearme a mí misma. Mierda, ¿era tan obvia?

Obviamente .

—Nos odiábamos en la secundaria —le dije, mientras llevaba una mano hacia mi frente y la frotaba—. Se burlaba desagradablemente de mí, hizo de mi vida una miseria, y permití que se saliera con la suya. ¿De acuerdo?

Ella asintió.

—Eso supuse. Pero... ¿le permitiste que se saliera con la suya? ¿A qué te refieres?

Mi pie rebotaba bajo la mesa.

—Jamás se lo dije a nadie.

—Oh, Bella —susurró.

—Lo sé —dije.

Aunque realmente no lo hacía. Porque debería habérselo contado a papá. Al menos. La vergüenza había sido incapacitante, pero más que eso, ni siquiera había sabido por dónde comenzar. Había necesitado meses viviendo con él para que la extrañeza de estar cerca de él se esfumara. Y entonces, había sido importante que él me viera como una adulta. Simplemente no podía imaginar ir a él diciendo, alguien está siendo malo conmigo en la escuela.

Solía escribir sobre ello. Había llenado páginas y páginas de un cuaderno universitario con dolor e ira horrible. Narraba lo que fuera que sucedía con Cullen durante el día, dándole a la situación un nuevo fin donde yo lo enviaba al diablo o lo intimidaba, y entonces quemaba las páginas hasta que quedaran hechas cenizas en la chimenea antes que papá llegara a casa.

Después que mamá murió, le escribía a ella sobre mis días, dándome cuenta con ironía que no había sido capaz de contarle nada sobre mi situación cuando ella estaba con vida, pero podía confesarle todo a su recuerdo.

«Eres una protectora», había dicho mi terapeuta. «Proteges a los demás, y en el proceso, te descuidas a ti misma».

Nuestra segunda ronda de tragos llegó, junto con nuestros aperitivos. Alice aceptó su copa y tomó otro sorbo, y entonces la bajó con un clic distintivo que captó toda mi atención.

—Entonces, si Edward te desagrada, y tienen toda esta historia, ¿por qué trabajas para él? Esa fue una decisión jodidamente difícil.

Me estiré para tomar un palillo de pan, y entonces lo partí al medio.

—No me desagrada. Al menos, ya no —admití, sumergiendo el extremo del palillo en un plato de aceite—. Pero no estoy aquí por razones altruistas; estoy aquí por el dinero. Y me encanta este tipo de trabajo.

—Aún así. ¿Cómo funciona eso? ¿Ver a alguien que a diario solía reírse de ti en la escuela?

Mi boca se torció.

—No es sin dificultades, especialmente al principio cuando creía que él estaba pasando por mi escritorio con mucha frecuencia. Pero ahora ya me he acostumbrado a ello.

Sí, como te acostumbrabas a tener una piedra en tu zapato.

—¿Ustedes dos... hablaron sobre el pasado?

—No —mentí, esperando que ella soltara el tema.

Ella inclinó la cabeza, mirándome como una Mona Lisa apenada.

—Pero, Bella, ¿cuántas personas verdaderamente tienen la oportunidad de confrontar a quienes abusaban de ellos de niños? Y Edward obviamente está ansioso por compensártelo.

Sí, él lo había dejado más que claro, pero los sentimientos que sus palabras trajeron a mi mente llenaron mi estómago de mariposas.

—No estoy lista para abrir viejas heridas —dije, y le di un mordisco al pan. Sabía a aserrín—. Y él realmente excavó unas profundas.

—Aferrarte a esa ira no puede ser bueno para ti —dijo gentilmente—. Ya sabes, uno perdona a los demás por su propia paz mental, no necesariamente porque se lo merezcan.

Ella no estaba diciendo algo de lo que no había escuchado o leído antes, pero no me encontraba allí aún.

Sospechaba que temía soltar mi ira. Soltar mi manta de seguridad.

—¿No crees que te mereces eso?

En respuesta, bajé el aserrín con varios tragos de vino que ardían mientras tragaba.

—¿A qué le temes, Bella?

Le di una mirada mordaz.

—Por favor, no intentes psicoanalizarme, Alice. He estado en terapia. Sé que el perdón es una elección. Simplemente no la he hecho aún.

Ella sacudió la cabeza con tristeza.

—Oh, cielo. No dejes que esto se infecte. Podría dañar tu relación de trabajo con él, y entonces ¿dónde quedarías tú? Las personas ya notan la tensión entre los dos, y no quieres que esto afecte tu trabajo.

No llores. Ya has llorado suficiente hoy.

—Estoy trabajando en ello —dije.

Estaba tan exhausta de estar molesta con él. ¿Cuándo se iban a ir estos sentimientos?

La cosa más valiente que podía hacer era perdonar a Edward, pero no me sentía lo suficientemente valiente aún. Parecía como si el lado protector finalmente había asomado su cabeza, advirtiéndome del inminente dolor que implicaba... ¿confrontarlo?

Porque sabía que lo haría. No podía simplemente perdonarlo, oh no. El maldito no se liberaría así de fácil. Tampoco yo, porque él merecía enfrentar cada pizca de mi rabia.

Me hacía sentir completamente nerviosa de solo pensar en ello, porque Dios, ¿por qué tenía que ser de esta manera?

Pero como él parecía sincero respecto a enmendar las cosas, ya no parecía algo fuera de las posibilidades. Ya no me hacía sentir náuseas, de todos modos; simplemente había una sensación de extrema reticencia a confrontarlo por todo.

Aparté una mosca de la fruta de mi copa de vino, y entonces tomé otro trago largo. Como el sol, el vino calentó mi pecho. Ayudaba a calmar una pequeña parte de mi postura tensa, mientras sonreía débilmente y me encogía de hombros en dirección a Alice.

Si fuera inteligente, simplemente me hubiera lavado las manos de todo. Dejaría que el dolor y la ira se fueran, y entonces caminaría hacia el atardecer como un personaje de película de los años cincuenta mientras silbaba una melodía feliz.

Pero no podía silbar. Y tendía a hacer las cosas de la manera difícil.

Alice se estiró hacia mí sobre la mesa, y sus dedos eran firmes y fuertes alrededor de los míos.

—Estoy aquí para ti. Solo hazme saber si puedo hacer algo, ¿sí? En cualquier momento.

—Ya lo haces —admití con la garganta tensa—. Gracias.

Sus ojos marrones oscuros eran intensos con lágrimas sin derramar, y le di un apretón a su mano en respuesta. No sabía qué había hecho para merecerla, pero ella estaba resultando ser una amiga cercana e inesperada.

Lo cual quería decir que tenía otra persona a la cual proteger de lo peor de mi dolor.