Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Powered by 23 Kicks, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Powered by 23 Kicks. I'm only translating with her permission.
Capítulo 11
El lunes, me vestí de duelo para hacer juego con el color bajo mis ojos—blusa de encaje negro, una chaqueta sin mangas negra, y pantalones acampanados negros. Por último, me puse unos tacones color jade, y un enorme par de gafas.
Había sido un fin de semana donde dormí inquietamente. La sensación de que me encontraba al precipicio de algo grande me había mantenido al borde de los sueños. Durante el día, me mantenía al borde de donde sea que estaba sentada. Había consumido una pinta completa de helado Chunky Monkey mientras miraba viejos episodios de Anatomía de Grey, y como resultado, había comenzado a narrar mi vida como el personaje principal del programa.
Aquí se encuentra esta persona en mi cabeza: ella es brillante, capaz, y tranquila. Puede discernir una idea de campaña brillante en tiempo récord, admitir cuando está dolida y necesita apoyo, y enfrentar cualquier problema —o persona— de su pasado de frente. Ella soy yo, solo que mucho mejor.
La verdadera yo —ansiosa, hambrienta, y desvelada— lucía mucho más fuerte de lo que me sentía mientras caminaba al trabajo. Con mis gafas puestas, y la sombra creada por los edificios altos a mi alrededor, mi vista era una oscura y sombría. Cuando llegué a mi edificio de oficinas, los hombres de negocios que llevaban maletines me observaron con miradas de admiración, haciéndome sentir incómoda. Hoy, simplemente quería ser invisible. Esconderme detrás de las paredes de mi cubículo. Lidiar con el día tranquilamente.
Mientras esperaba el ascensor, alguien se acercó a mi lado. Mi piel se erizó y me quedé sin aliento mientras olía la familiar loción para después del afeitado.
Edward.
Con un traje gris oscuro y una corbata gris hielo, su ceja estaba arqueada cuando le eché un vistazo. Dios, él era alto. La cima de mi cabeza apenas llegaba a su hombro.
—Acaso no luces tenaz —masculló, elevando la temperatura de mi cuerpo varios centígrados.
—Y vistes de gris hoy —dije—. Como siempre.
Sus labios se curvaron.
—¿Notas lo que visto?
Aparté la mirada. Mierda, yo misma me metí ne esa.
Todos sus esfuerzos para permanecer inadvertida fallaron abismalmente. Ella ni siquiera había llegado a su escritorio aún, y ya había hecho algo vergonzoso.
Él se inclinó hacia mí.
—¿Sigues estando bien? Quiero decir, ¿después de la semana pasada?
¿Realmente me preguntaba sobre mi crisis nerviosa? Incluso peor, ¿creía que lidiar con ella le daba permiso ahora?
Fruncí el ceño ante las inconvenientes puertas aún cerradas del ascensor, apartándome de Edward, acercándome aún más a la persona más cercana esperando en la fila. Mi nariz se arrugó mientras una nube de aroma a flores secas penetrante me invadió; debía haber alrededor de quince personas parados allí esperando, y todos parecían tener un aroma.
Santo cielo.
Dí un paso atrás. Como una idiota ansiosa.
—Simplemente me fijo cómo estás —añadió Edward suavemente—. Asegurándome de que no tengas más preguntas o comentarios. El resto de la semana pasada estuvo muy atareado, así que no tuve la oportunidad de chequearlo. —Bajó su voz aún más—. Quiero saber lo que piensas.
Sumándole la expresión en sus ojos, sus palabras me calmaban, haciéndome sentir un poco tonta por saltar a la conclusión equivocada. Tenía que darle crédito; él ciertamente intentaba ser amigable.
—Estoy bien —contesté—. Tú explicaste tus razones para decir lo que dijiste, y aún las acepto. Gracias, eh, por mencionarle algo a Riley. Trabajar con él es mucho más fácil ahora.
Listo. Eso no fue tan difícil. Agradecerle dolió solo un poco.
Pero cuando vi la sonrisa en respuesta de Edward —y podía ver que él intentó no hacerlo al principio— mi inquietud se disolvió en una sensación de liviandad. Él tenía una sonrisa encantadora cuando estaba genuinamente feliz.
Aparté la mirada rápidamente.
—Estoy aliviado de que no sigas pensando que soy el tipo malo. —Su voz era cálida, aún manteniendo la sonrisa.
—Jamás he tenido un jefe que le importara mucho lo que pensaba —noté mientras estudiaba la espalda del hombre a unos pasos de distancia, preguntándome si no estaba escuchando—. ¿Eres así de meticuloso con todos tus empleados?
—A veces, si la situación lo requiere —masculló Edward—. Pero quizás lo sea un poco más contigo, considerando nuestra historia. Te valoro como empleada, Bella, y no quiero que sientas que has cometido un error al venir a trabajar para mí.
Parpadeé. Diablos, él estaba en una racha hoy.
—No lo hago —admití, y su sonrisa volvió por completo, era tan poderosa que tuve que morderme el labio para evitar devolvérsela.
—Puedes sonreír —me dijo—. No creo que te haya visto hacerlo antes.
—Eso es porque nunca hubo algo sobre qué sonreír a tu alrededor —dije sin pensarlo. Ante su mirada tensa, hice una mueca—. Lo siento, no fue mi intención decir eso y matar tu buen humor.
Él se inclinó para susurrar.
—No, me doy cuenta que soy el imbécil sin corazón que solía lastimarte. Estoy consciente que eso necesita ser un poco expiado.
Oh, oh, socorro.
Me quité las gafas, deslizándolas sobre mi cabeza, así él podía ver que no estaba mintiendo cuando le respondí en susurro.
—No acepté este trabajo para hacerte responder por el pasado. Lo tomé a pesar de eso, y lo sabes. Y lamento de nuevo mencionarlo, pero, por favor, ¿podemos no ir allí ahora?
Vi el remordimiento en su expresión.
—Tienes razón, este no es el momento.
Lo dijo como si él asumía que habría un lugar y un momento, y aunque tentativamente había decidido hablar con él sobre el pasado, mis latidos salieron disparados.
—Durante mi entrevista, dijiste que nos comportaríamos como extraños educados. Y luego, que seríamos conocidos profesionales —le recordé.
Su mandíbula se tensó mientras me daba una mirada arrepentida.
—Dijiste que comportarnos como extraños era lo que querías, pero nunca estuve de acuerdo con eso.
Levanté mi mirada hacia él con ira confundida.
—Semántica. Sabes que no hubiera aceptado trabajar aquí de otra manera.
Sonó la campana del ascensor, y las puertas finalmente se abrieron.
Edward se estiró y tomó mi brazo, alejándome unos pasos del ascensor y las personas que esperaban para entrar. Fui tomada por sorpresa, tanto por su tacto y por la mirada suplicante en su rostro. Él era estúpidamente hermoso cuando lucía dolorido.
—¿Cómo se supone que te demuestre quién soy ahora si no estoy cerca de ti para hacerlo?
—Sé que has cambiado. Lo he visto; no soy una idiota —le dije, viendo su expresión relajarse—. Pero no estamos operando a tu tiempo.
—El único momento que te veo es en el trabajo.
—Ja —reí—. No es verdad. Pareces tener una afición para seguirme.
—¿Edward?
Con su rostro tensándose, sus ojos se cerraron brevemente mientras registraba la voz detrás de él.
Cuando miré a su alrededor, vi a Tanya, deslumbrante en un vestido de gabardina color crema, parada allí con una expresión confundida en el rostro. Cielos, ¿estaba usando pestañas falsas?
—Buenos días —dijo ella fríamente.
Antes que pudiera contestar, Edward se dio la vuelta y colocó una mano en mi hombro, indicándome que avanzara. Ciertamente estaba toquetón hoy, y no estaba segura de si me gustaba.
—Buenos días, Tanya —dijo él brevemente.
—No fue mi intención interrumpir —contestó ella, visiblemente dolida ante su tono.
Edward no contestó, y la tensión era aplastante. Quería desaparecer en el suelo.
—Los dos lucían absortos en una conversación —me dijo Tanya, la curiosidad evidente en su voz y en su rostro. ¿Y ella no había querido interrumpir?
Vaya, ella no era para nada obvia, ¿pero no podía sentir el humor de Edward?
Echando un vistazo a su rostro, vi que él lucía impasible. Definitivamente trataba de no hacerle caso, y me daba náuseas el presenciarlo.
—Edward me estaba dando consejos sobre cómo lidiar con compañeros de trabajo complicados —expliqué con una sonrisa dolorida, sintiendo la mirada de él ir hacia mí rápidamente.
Abruptamente, me di cuenta que era la primera vez que había dicho su nombre en voz alta en su presencia, y me sonrojé ante su continúa atención.
—¿En serio? —preguntó ella, echándole un vistazo a él—. Qué extraño. ¿Alguien está siendo duro contigo?
¿Realmente ella me estaba preguntando tal cosa? Permití que su pregunta colgara por un momento, pero o ella no tenía idea, o simplemente aparentaba eso.
—Nadie con quien no pueda lidiar —respondí, y entonces envié una mirada fría a Edward.
Deja. De. Mirar.
Como si me hubiera escuchado, él apartó la mirada.
Los siguientes minutos pasaron insoportablemente en silencio mientras esperábamos el ascensor de nuevo, pero aún así se sentía todo lo contrario con cada palabra no dicha. Mientras Edward sacaba su teléfono, Tanya le volvió a echar una mirada furtiva. Me hacía preguntar qué sentían las personas cuando éramos solo Edward y yo, ya que Alice dijo que la tensión entre nosotros podía ser cortada con un cuchillo.
Porque, bueno, lo mismo podía decirse de él y Tanya. Y ciertamente hacía que él ambiente fuera incómodo.
Una vez que las puertas del ascensor se abrieron, Tanya se movió junto a Edward. Llevando su cabello detrás de su oreja de manera coqueta, susurrándole algo que no pude escuchar. Como ella era casi tan alta como él, no tenía que inclinarse mucho para llegar a su oído.
—Lo siento, no puedo. Estoy muy ocupado —respondió él, su mirada fijándose en ella solo brevemente, antes de regresar a su teléfono. Como los estaba mirando de cerca, vi a Tanya desanimarse en respuesta.
Entonces, su mirada se movió hacia mí.
—¿Qué hay de ti, Bella? ¿Quieres almorzar conmigo hoy?
El tono de voz que ella usó era provocativo, como si quisiera despreciar a Edward por rechazarla.
—Yo... —Mierda, preferiría pasar hambre, pero ella estaba mirándome—. Claro, ¿por qué no?
Cuando Tanya sonrió y agachó la cabeza para buscar en su bolso, Edward me envió una mirada de qué diablos.
—Tu culpa —articulé, fulminándolo con la mirada.
—Lo siento —articuló en respuesta con una pequeña sonrisa, pero su mirada era preocupada.
Me hacía preguntar de qué estaba preocupado.
~PJE~
—Bueno, esto es lindo —dijo Tanya mientras nos sentábamos en una mesa en Goodwin's—. Solo tú y yo.
Le sonreí mientras le quitaba el papel a mi burrito de pavo. Tenía la distintiva impresión que no le agradaba, pero aún así aquí estaba tratando horriblemente de ser buena conmigo.
No me hacía sentir nauseabunda para nada.
—Jamás salgo a almorzar con ustedes. Parece que estamos todas en horarios diferentes —dijo Tanya mientras abría su servilleta y la colocaba en su regazo.
—Usualmente solo como en mi escritorio —respondí.
Tanya me dio una mirada extraña.
—Pero veo que tú y Alice salen juntas al menos una vez a la semana.
¿Quién era ella, la vigilante del pasillo de Smith & Devaney? Sabía que ella notaba el ir y venir de Edward, pero hacía un seguimiento de todos los demás también?
—Usualmente hablamos de trabajo —expliqué—. Son más almuerzos de trabajo.
—Oh, ¿lo son?
Sí, de hecho, pero era obvio que ella no me creía. Y, ¿las dos íbamos a seguir dudando de la otra así?
—Qué encantador atuendo el que vistes hoy —le dije.
—Es un Ann Everett —dijo nasalmente, deslizando un dedo por una de las solapas.
No sabía quién era Ann Everrett, pero supuse que sería alguien importante por la manera en que Tanya pronunció su nombre.
—Chicago no es conocido exactamente por su alta costura —noté—. Creo que es más sobre las gorras de béisbol y los caquis.
Tanya me sonrió falsamente, y entonces apuñaló la aceituna de su ensalada y la llevó a su boca.
Tomé mi medio sándwich y le di un mordisco, pero no estaba hambrienta. Este almuerzo era como caminar descalza sobre chinches.
—Será mejor que te cuides de comer demasiada harina—dijo mientras estudiaba mi burrito—. No quieres ganar peso.
Mi sangre se congeló. Considerando mi pasado cuando tenía sobrepeso, era lo peor que ella podría haber dicho. Aunque a menudo comía lo que quería, me aseguraba de quemarlo en el gimnasio o en la piscina.
—Descubrí el truco de balancear la comida y el ejercicio en la universidad. Me aburriría comer ensalada todos los días —contesté con una mirada seria a la suya.
Los ojos de Tanya se agrandaron como si acabara de darse cuenta de algo, y analizó lo que podía ver de mi cuerpo por encima de la mesa.
—Jamás hubiera pensado que habías sido gorda.
Apreté los dientes. Qué ofensivamente astuto de su parte.
—Bueno, ciertamente me ha dado compasión por los demás —noté—. ¿Alguna vez has notado que las apariencias pueden engañar? He descubierto que algunas de las personas menos atractivas tienen el mejor corazón, mientras que algunas de las más hermosas parecen tener la peor de las actitudes. Es como si creyeran que un cuerpo perfecto y una buena apariencia pueden compensar por sus defectos. Es triste, en realidad.
La observación mordaz pasó desapercibida.
—Oh, lo sé. Más de un par de mis amigas encajan con esa definición.
Mientras comenzaba una diatriba sobre una de ellas, la comida que consumí cayó como una piedra en mi estómago. Me maravillaba que una narcisista pudiera ser amiga de otra narcisista; parecía estar destinado para el desastre. Y lo era, escuchar hablar de ello.
No tenía nada que decir en respuesta. Seguí masticando.
—Entonces, ¿te gusta trabajar aquí? —preguntó Tanya, sorprendiéndome por completo—. Pareces estar volando por los niveles como una Effie la Experta regular.
Esto provocó una risita de mi parte.
—¿Quién es Effie?
Ella agitó una mano.
—Stephenie. La persona cuyo puesto tomaste. Effie era su apodo.
—¿Ella era una experta?
—Bueno, ella creía que lo era. Aunque jamás fue invitada a una reunión de estrategias.
Suspiré internamente ante su tono y mirada mordaz. Aparentemente, Tanya aún tenía un interés personal.
—Estoy segura que eso solo fue cosa de una vez —dije.
—No estoy tan segura —contestó ella de inmediato—. He visto cómo Edward parece favorecerte. En un cuarto lleno de mujeres inteligentes con un historial más amplio en la compañía, eso resalta.
Ante su evidente ataque, mi cerebro quedó en blanco por unos segundos.
Ella estaba muy celosa. Era tan obvio. Y hubiera sido gracioso, excepto por la extraña expresión de desesperación en su rostro.
¿Pero era verdad? ¿Edward me favorecía?
Noooooo.
—Él definitivamente no me favorece —dije firmemente, esperando que no fuera verdad—. Solo soy la nueva en la oficina. Aunque soy buena en lo que hago, he tenido un par de golpes de suerte en la cuenta con la que comencé. Eso es todo.
Sus ojos se entrecerraron.
—No puedes hablar en serio. Él está entrenándote para un nuevo puesto de gerente de cuentas senior.
Dios, sálvame de los compañeros de trabajo celosos y dolidos.
—Bueno, estas ciertamente son noticias para mí. ¿Y cómo sabes esto?
—Bella, no puedes ser tan lenta. ¿Sabes cuántas veces he estado dentro de su oficina? Nunca. Y he estado aquí por más de dos años. Tú has sido invitada a su oficina dos veces ya. A puertas cerradas. ¿Qué es eso, sino evidente favoritismo?
Favoritismo no, quería decir. Ambas veces Edward me había llamado esencialmente para discutir. La primera vez por comportarme tan molesta durante la salida de empleados, y la segunda por creer que había algo malo con su comportamiento.
Pero sus palabras también me hacían preguntar si Tanya me había invitado a almorzar solo para tener esta conversación conmigo. Quizás le estaba dando mucho crédito, pero sentía que ella estaba castigándome porque Edward le había dicho que no.
—No te debo ninguna explicación, y no aprecio ser interrogada así —dije, apenas manteniendo el control—. Y no que sea de tu incumbencia, pero las dos veces que estuve en su oficina no tuvieron nada que ver con una nueva posición.
Sus cejas se arquearon en sorpresa.
—Bueno, ¿con qué entonces? —preguntó, e hice atrás mi silla para ponerme de pie—. No, espera.
—Terminé aquí —dije, juntando mi almuerzo sin comer. Todo lo que decía parecía enfurecerla más—. Tendrás que seguir saltando a conclusiones por tu cuenta.
Ella me miró con furia y confusión.
—Entonces, ¿no estás interesada en aclarar las cosas?
Apoyé una palma sobre la mesa y me incliné sobre esta.
—¿Qué cosa? No hay nada que aclarar. Nada inapropiado ha pasado. Todo fue relacionado con el trabajo, de lo cual no necesitas estar informada. Y si fuera tú, tendría cuidado de comenzar algún rumor.
Ella dejó caer su tenedor con un clang.
—¿Eso es una amenaza?
—No, es un hecho. ¿O no crees que podría reportarte con Recursos Humanos tan fácil como tú podrías hacerlo conmigo?
Ella puso una cara y negó con la cabeza.
—No te reportaría a ti —bufó.
Un instinto inesperado y protector por Edward me hizo parar derecha. Creía que ella simplemente estaba dolida de que él la había ignorado, y estaba envidiosa de quién fuera que demandaba su atención, pero ahora parecía que lo que ella sentía era feo y más profundo.
¿Valía la pena tratar de razonar con ella?
—No creo que eso iría bien para ti, Tanya. Tus acusaciones son infundadas. Más que eso, varias personas han notado tu fijación con Edward. Parece ser que tienes saldar cuentas. ¿Realmente quieres arriesgar tu trabajo debido a un malentendido?
Debido a tus celos, quería decir.
—Bueno, esperaba que pudiéramos ser amigas —dijo, reclinándose en su silla con malhumor y cruzándose de piernas.
La miré sorprendida. Si ella estaba buscando una amiga, no tenía ni la mínima idea de cómo ser una. Me daba tristeza por ella.
—Dudo que eso sea posible ahora, viendo que ni siquiera pudimos almorzar juntas —contesté—. Pero espero que hayas escuchado lo que he intentado decir. Espero que no quieras provocar ese tipo de problema.
Ella apartó la mirada, esquivando mis ojos, permaneciendo evasiva. Noté la curva hacia abajo de su boca, y lo grandes que eran sus ojos. Ella parecía genuinamente molesta. Y sorprendida, como si nuestra discusión se hubiera salido de control. Quizás no era su intención revelar tanto. Quizás simplemente esperaba que tuviera conocimiento de por qué ella no había sido tomada en cuenta.
Lo cual era absurdo, ya que no tenía idea sobre las acciones y decisiones de Edward, pero entonces, ella no conocía mi historia con él.
Pero, ¿iba en serio sobre querer reportarlo? Estaba indecisa; ¿quería quedarme e intentar convencerla de lo contrario, arriesgando una posibilidad a que ella pensara que tenía un interés personal cuando no era así, o simplemente debía dejarlo pasar?
Mientras ella continuaba con su postura infantil de evasión, decidí dejarlo pasar; ella no me estaba escuchando. Pero quizás podría hacerle un favor.
—¿Tanya? Lamento honestamente que te sientas ignorada. Mi sugerencia es que hables con Edward al respecto.
Su barbilla se elevó orgullosamente mientras me echaba un vistazo y asentía ligeramente.
No completamente segura de qué hacer entonces, más del hecho que no quería echar más leña al fuego, me fui. Mi mente daba vueltas con el dolor y el enfado de Tanya, y la idea de que ella pudiera hacer algo imprudente puramente por venganza. Me asombraba que ella pudiera arriesgar su trabajo de esa manera. Que ella intentara arriesgar el de Edward.
Cuando volví arriba, a mi escritorio, Alice me dio una mirada de recelo desde su silla.
—¿Cómo fue tu pequeño almuerzo?
Los últimos veinte minutos pasaron por mi mente como una película de terror, e hice una mueca.
—Solo digamos que Tanya y yo solidificamos nuestra postura como amienemigas.
Alice agachó la cabeza hacia su escritorio, sus hombros sacudiéndose mientras reía silenciosamente.
Antes de sentarme, eché una mirada rápida a la oficina de Edward al otro extremo del piso. Él tenía las cortinas cerradas contra el sol del mediodía, y estaba concentrado en su computadora. Pero como si sintiera mi mirada, su rostro volteó y nuestros ojos se encontraron. Su expresión era abiertamente curiosa.
Negando con la cabeza ligeramente, me di la vuelta.
Si buscara venganza o simplemente ser cruel, podría haberme guardado el arrebato de Tanya. Podría haber dejado que Edward se enterara de la manera dura que uno de sus empleados se sentía ignorado. Así como estaban las cosas, no podía, sinceramente, dejarlo pasar. Había algo que me decía que él necesitaba ser advertido.
Así que, le envié un mensaje privado mediante la aplicación de Teams.
Tanya está considerando reportarte con Recursos Humanos. Ella aún sigue resentida de que la chica nueva fue invitada a una reunión de estrategias, y cree que tú me favoreces porque he estado en tu oficina a puertas cerradas. Parece que deberías ser más meticuloso con ella también.
Él lo leyó casi de inmediato, pero pasó unos minutos antes de que contestara.
Gracias, Bella.
Quería voltear, mirar en su dirección de nuevo para ver cómo estaba tomando las noticias, pero no me atreví. Demasiada observación podía ser notada y malinterpretada. Alice ya había dicho que a veces lo miraba embelesada, y Dios sabía que no quería ser considerada por mis compañeros de trabajo como alguien con una fijación por Edward.
Me estremecí con horror.
Entonces, borré el mensaje.
¿Me parece a mí, o ese fue un pequeño paso? Jajaja
Gracias por leer :)
