Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Powered by 23 Kicks, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Powered by 23 Kicks. I'm only translating with her permission.
Capítulo 12
Estaba tomando nota para una publicación temática para otoño en la cuenta de Luxe cuando fui consciente de unas voces detrás de mí. Una risita chillona y una voz monótona.
Edward y Tanya.
Durante el último mes, Edward había hecho hincapié en pasar por el escritorio de Tanya casi a diario para hablar de trabajo. Y aunque sabía qué estaba haciendo él y por qué, no podía evitar sentir resentimiento de que él tuviera que seguirle la corriente así la pobrecita no se sentía ignorada.
No sabía qué pensé que sucedería después de haberle puesto al tanto, pero no había esperado que él la complaciera. Ella había insinuado que le haría algo terrible a él y a su reputación, ¿y él la recompensaba dándole atención?
Pero quizás mi verdadero resentimiento provenía del hecho que Edward se había alejado de mí en el proceso. No que él hubiera estado constantemente a mi alrededor antes, pero ahora era puro silencio. Jamás en un millón de años hubiera pensado que extrañaría ser notada por él, o la estimulación de nuestras conversaciones. Pero lo hacía, y me sentía curiosamente abandonada.
Girando mi cabeza a un lado y al otro, vi a Edward inclinarse sobre el escritorio de Tanya, su brazo moviéndose mientras apuntaba a algo en su iPad. Mientras la cabeza de Tanya se acercaba a la de él, vi a Edward apartarse ligeramente, y entonces enderezarse lentamente.
Él lo intentaba, pero no le estaba gustando.
Me ponía triste. Me ponía molesta. ¿Realmente era él tan estúpido para ser manipulado por alguien que amenazaba con acudir a Recursos Humanos? ¿Iba a arrastrarse por las inseguridades de Tanya indefinidamente? ¿Por qué no simplemente ponerla en evidencia y reportarla? Ella era una compañera de trabajo cascarrabias que había planeado crear problemas, simplemente porque creía que él había demostrado demasiado interés en mí y no lo suficiente en ella.
Y después de demostrar tal interés en mi trabajo, ¿ahora iba a ignorarme? Si así lo era, ¿no sería evidente también?
Alice, quién parecía notar todo, también estaba perpleja.
«Veo que Edward se ha alejado de ti. Está soltando las riendas. Probablemente estés contenta, ¿cierto?»
Insegura de mis sentimientos en el momento, simplemente había asentido. Sí. Contenta.
«Mientras tanto, supongo que él ha decidido tratar de cultivar el talento de Tanya. Lo cual es sorprendente, porque tenía la impresión de que él la había considerado como alguien que no estaba a la altura», había dicho ella. «Espero que funcione. Quizás ahora, Tanya no sea tan irritante con el resto de nosotros».
Claro, darle atención a la persona que se quejaba. Esperaba que detuviera ese horrible barullo y pudiera seguir adelante. Sin importar que esa persona era la que siempre era complicada, y probablemente debía ser reemplazada.
Nop, definitivamente no sentía resentimiento.
Seguía mirando en su dirección cuando Edward se dio la vuelta para abandonar el cubículo de Tanya, y nuestras miradas se encontraron, enviando una corriente de calor por mis venas. Su boca se torció en una pequeña sonrisa, casi como si no pudiera evitarlo, pero entonces apartó la mirada abruptamente.
—Bella —dijo, mientras pasaba por mi lado.
Eso... dolió. Y era la enésima vez que tragaba un tipo diferente de ira cuando se trataba de Edward: el de ser ignorada.
Me mordí el labio y giré en mi silla mientras lo veía alejarse.
Comprendía lo que estaba haciendo y por qué, pero diablos si sabía cuando había comenzado a importarme; hace unas pocas semanas, simplemente había querido que él me ignorara. Ahora que parecía como si a él no pudiera importarle menos lo que yo hacía, mis malditos sentimientos estaban heridos. Ni siquiera sabía que podía tener sentimientos sobre tal cosa cuando se trataba de Edward.
En mi mente, me veía corriendo atrás de Edward con mi iPad en mi mano, demandando que él revisara mi última idea para Luxe, solo para que él volteara y me mirara como a un insecto.
Tanya giró en su propia silla para observar a Edward irse, su atención volteando hacia mí del otro lado del pasillo. Su expresión era fría, sus ojos tanto triunfantes como despectivos. Era como si nunca hubiéramos tenido ese almuerzo juntas, dónde había intentado disminuir su ira. Resguardarla de sí misma. La sonrisa arrogante y orgullosa en su rostro me decía que ella sentía que me había ganado o algo.
Obviamente, ella no sospechaba que yo le había compartido a Edward lo que ella había dicho. O si lo hacía, quizás no le importaba.
—¿Te ayudo con algo? —Tuvo el descaro de preguntar.
—Claro —contesté, y sus cejas se alzaron con sorpresa—. No me molestaría una segunda opinión.
Ella se acercó en un mono color índigo con partes de encaje negro, claramente entusiasmada por ayudarme, y tuve otro momento de revelación: Tanya quería ser incluida. Quizás su dolor por ser ignorada por Edward se extendía a los demás también.
—No estoy segura de si enfocarme en recoger manzanas o el huerto de calabazas para un anuncio sobre muebles e iluminación de otoño —le dije—. ¿Qué piensas?
Era una pregunta vacía; porque ya sabía que optaría por el huerto de calabazas, pero estaba determinada a que ella no me percibiera como una observadora metiche de Edward.
Aunque prácticamente lo era.
Alice regresaba a su escritorio justo cuando Tanya se retiraba del mío.
—¿Qué fue eso? —preguntó Alice. Ella se movió hacia la pared baja para apoyar sus manos sobre el espacio que separaba nuestros cubículos, sonriéndome casi retorcidamente.
—Un intento de mejorar una relación de trabajo —contesté—. Le pedí su opinión sobre algo, y ella se iluminó como una vela.
—¿Su opinión fue buena?
—Sí, de hecho. Aunque difería de la mía —dije.
—Qué sorpresa. Ustedes dos no podrían ser más diferentes incluso si vinieran de extremos opuestos de la galaxia.
—Gracias —dije con alivio, ya que me sentía demasiado similar a Tanya últimamente.
—No lo menciones. Oye, tengo un favor que pedirte. Tengo que preparar un prototipo en las próximas horas y tengo que trabajar durante el almuerzo. ¿Te molestaría buscarme un sándwich vegetariano con pan de centeno en el delicatessen de abajo?
—Claro. Estaba a punto de bajar allí de todos modos.
~PJE~
Gloria me sonrió sobre el mostrador en Goodwin's. Su cabello marrón oscuro se encontraba en un rodete y bajo una cofia, y hoy, tenía puesto un par de anteojos con marco color azul brillante que hacía juego con su delantal.
—¿Quieres lo usual, cariño?
—Hola, Gloria. Sí, el sándwich Gobbler, por favor. Y, ¿puedes añadir un Larkspur con una porción de palitos de zanahoria? Todo esto para llevar.
—Enseguida —dijo, volteando hacia el refrigerador y tomando dos pequeños paquetes de palitos de zanahoria—. ¿Salsa ranchera?
—Nop. Optaré por algo saludable hoy.
—Entonces, ¿supongo que no puedo convencerte de una porción de pastel alemán de chocolate?
Bajé la cabeza.
—Quizás una pequeña porción. —Y le daría la mitad a Alice.
—El pastel alemán de chocolate de Gloria es increíble —dijo alguien detrás de mí—. El perfecto antídoto para un bajón de azúcar.
Edward.
Por un momento, me quedé sin aliento.
¿De dónde había salido?
—Qué suerte, ya que comienzo a dormirme alrededor de las tres todos los días —dije con un rápido vistazo hacia él. Su cabello era más caótico de lo normal, pero era su mirada, hermosa y suave, que le lanzó un dardo de sentimiento a mi corazón.
—No dejes que tu jefe vea eso —dije juguetonamente.
—Dudo que haya una posibilidad de eso, ya que él parece estar esquivando a la mensajera.
¡Mierda! ¿Por qué había dicho eso?
Un largo silencio pasó. Mantuve mi mirada en Gloria mientras ella guardaba la comida que había ordenado, tiempo en el cual corría hacia una rampa de embarco imaginaría, y entonces me tiraba de ella.
—No creía que lo notaras —masculló—. O que te importara.
—No lo hago —mentí—. Pero no aprecio ser despreciada. No es mi culpa que compartí algo que tú no querías ver.
Él se movió a mi lado, penetrándome con esos ojos que tenía.
—No estoy despreciándote —susurró—. Intento apaciguar a Tanya. De hecho, intento entrenarla para uno de los puestos en publicidad con Stuart. Creo que a ella le iría mejor en su departamento. Creo que a todos nos iría mejor.
—Vaya. Eso es... increíble —dije con una mirada inarticulada, y él me dio una de sus sonrisas deslumbrantes. De hecho, me hizo dar un paso atrás y al costado contra el mostrador. Apoyé una mano contra el cristal, buscando un ancla.
—Aquí tienes, Bella —dijo Gloria, y colocó mi bolsa de comida sobre el cristal, salvándome de lucir como una completa tonta—. Eso sería dieciocho con veinticinco, por favor.
—¿Me esperas? —preguntó Edward mientras Gloria pasaba mi tarjeta.
¿Qué?
—¿Por qué? ¿Acaso Tanya no nos verá regresar juntos y saltar a conclusiones de nuevo?
Estábamos susurrando como niños que contaban sucios secretos.
Su ceja se arqueó.
—Deja que salte. No estamos haciendo nada malo. Además, estaba favoreciéndote, pero era porque me sorprendiste con lo jodidamente buena que eres.
Sorprendida y avergonzada por el cumplido, solté un sonido de incredulidad mientras aceptaba mi tarjeta de crédito de vuelta. Quería alejarme de Edward y su frustrante y confusa invasión a mi espacio personal, pero tenía algo que decir... y no quería que las personas detrás de él en la fila me escucharan.
—Puede que seas el jefe, pero eres un idiota, y yo tengo suerte, eso es todo —siseé bajo mi aliento, tomando la bolsa del mostrador—. Alice es igual de buena, por no decir mejor, que yo. No quiero ninguna ayuda, ¿de acuerdo? Y, no quiero ser tratada diferente a los demás. Ves como eso puede resultar contraproducente, ¿cierto?
Él me dio una mirada de exasperación, y entonces Gloria llamó su atención.
—¿Qué será, Edward? ¿Cozumel?
Él esbozó una sonrisa torcida.
—¿Qué tal un Pentwater?
Ella se sonrojó como una adolescente ante su sonrisa. Así como Edward en respuesta, lo cual me dejó jodidamente cautivada.
Entonces, él giró y se encogió de hombros en mi dirección, como si él estuviera avergonzado ante la reacción de Gloria. O la suya.
Poniendo los ojos en blanco, suspiré y golpeteé mi pie mientras Gloria comenzaba a preparar su sándwich triple. De acuerdo, quizás esperaría como él había pedido, pero lo castigaría un poco por ello también.
—No eres el único que puede hacerla sonrojar. Ella tiene una debilidad por Seth también. Además, ella coquetea habitualmente con los hombres.
Edward dio unos pasos hacia atrás dramáticamente con una mano en su pecho como si lo hubiera apuñalado en el corazón, chocando contra la mujer detrás de él en la fila. Verlo girar para disculparse, ver la ira de la mujer cambiar a embeleso al ver el rostro contrito de él, me hizo estallar en risas. Diablos, nosotras las mujeres nos volvíamos estúpidamente locas por un chico apuesto.
—Oh, muérdete la lengua, jovencita —soltó Gloria, obviamente habiéndome escuchado. Lo cual me hizo reír aún más fuerte.
Las risas se sentían bien. Relajarme alrededor de Edward se sentía liberador; aunque, mientras me enderezaba y captaba su rostro embelesado, me detuve abruptamente.
¿Por qué él...?
—¿Por qué me miras así?
Mi respiración se detuvo mientras su mirada verde estudiaba mi rostro—mi boca, mi nariz, mis ojos, donde permaneció.
Demonios, podía sentir el horror vergonzoso de mi propio sonrojo.
—Luces feliz. Simplemente jamás te he visto así antes. Es cautivante.
La pura honestidad de su cumplido congeló mi reacción. Eso, y la fila de personas que parecían estar mirándome. Las dos mujeres tenían sonrisas débiles en sus rostros, mientras que el hombre en la fila me estudiaba con apreciación.
Era un espectáculo en vivo.
Frunciendo los labios, di un paso atrás y me di la vuelta. No tenía una respuesta para el comentario de Edward, pero quizás no necesitaba decir algo. Quizás estaba bien a veces aceptar un cumplido, incluso si era de un viejo enemigo. Especialmente cuando parecía honesto.
Caminando unos pasos hacia el costado, mantuve vigilia del mostrador de papas fritas. Lays, Fritos, Doritos. Buenas elecciones todas, a menos que ganaras peso de solo olfatear el contenido del paquete.
Edward me mantuvo vigilada, haciendo sobresaltar mi corazón con cada mirada, y que mi pie se moviera nerviosamente por el piso.
Vamos, apresúrate. Me siento estúpida esperándote.
Ni siquiera sé por qué estoy esperando.
No, no te apresures. Tengo miedo. ¿Quién soy ahora contigo?
Más pronto de lo anticipado, él estaba marchando hacia mí, su mirada fija en la mía, una sonrisa torcida en su lugar.
—Podríamos comer aquí abajo —sugirió, e inclinó la cabeza hacia la mesa vacía justo afuera de la entrada.
¿Qué?
No estaba lista para hacer algo tan civilizado con él.
—O no —añadió, leyendo la expresión de alarma en mi rostro—. Pero sí quería hablar contigo, y este parecía un buen lugar para eso.
¿Él quería hablar conmigo?
Me di la vuelta y caminé hacia la salida, y él se apresuró a mi lado, tomando la puerta por mí.
—¿Sobre qué? —pregunté, mi mente hecha un desastre.
—¿Podemos simplemente sentarnos por unos minutos? Jamás es un buen momento para hablar contigo, eso es todo.
Mi estómago se contrajo, mis pasos reduciendo la velocidad a regañadientes mientras él se detenía junto a la mesa que había indicado antes. Cuando giré para mirarlo, me di cuenta.
Él se refería a hablar personalmente, no de negocios.
—¿Y si Tanya nos ve? Porque ella podría bajar aquí en cualquier momento.
Su expresión se oscureció.
—Déjala. No estamos haciendo nada malo, pero tampoco vamos a dejar que sus quejas controlen todas mis interacciones contigo. Sin mencionar que estoy seguro que tú y yo seríamos mejores defensores de la verdad que su retorcida versión de ella.
—La verdad no importa cuando se trata de alguien como Tanya. Su percepción es la única correcta.
—No —dijo él—. No lo es, porque tú y yo tenemos nuestras propias versiones de la verdad.
Sonriendo, él apartó una silla de forma sugerente. Aunque mi interior estaba revuelto, podía sentir que mi rostro estaba tenso. Aún así, me acerqué pasivamente y me senté al borde de ella.
Temía que Edward fuera a sentarse en la silla junto a mí, por lo que estuve aliviada cuando escogió la que se encontraba frente a mí.
—¿Estás segura que no quieres simplemente comer aquí? —preguntó mientras colocaba su bolsa de comida en la mesa.
—Segura —contesté mientras mi agarre se afianzaba alrededor de la mía—. Tengo el almuerzo de Alice también, y ella está hambrienta y con una entrega.
Él rio, mirándome como si el sol se hubiera puesto ante sus ojos. No podía evitar preguntarme si estar sentada con él era la causa, y bajé la mirada hacia el diseño de hierro calado en la superficie de la mesa, incapaz de mirarlo por mucho tiempo. Un Edward serio era impresionante. Un Edward feliz era hermoso y aterrador.
—Quería agradecerte personalmente por la advertencia sobre Tanya, la cual me permitió hacer un control de daños —dijo, y mis ojos regresaron a él—. Sabía que ella no estaba feliz conmigo, pero no al grado de que ella considerara acudir a Recursos Humanos.
—Estabas preocupado antes de que saliéramos a almorzar ese día —le recordé—. ¿Puedo preguntar por qué?
Él exhaló y me dio una mirada penetrante, estudiándome como si intentara decidir qué, en tal acaso, contarme. Cuando arqueé una ceja, él rio de mala gana.
—Tus expresiones faciales divertidas son graciosísimas —dijo, su sonrisa desapareciendo mientras su mirada se volvía distante y pensativa.
»—Fui un maldito idiota y me acerqué demasiado a Tanya en la fiesta de Navidad del año pasado —continuó—. Ella creyó que significaba más de lo que fue, y estuvo molesta y herida. Reporté el problema con Recursos Humanos en caso de que hubiera problemas, pero he tenido que establecer límites claros en el trabajo con ella desde entonces. Incluso he hecho que Alice revisara su trabajo, en caso de que no fuera parcial, pero por favor, no repitas eso.
Él esperó a que asintiera antes de continuar con un tono bajo y confiado.
—Con todo eso dicho, temía que lo que ella te dijera sobre esa noche hiciera que me odiaras más.
Mariposas. En mi estómago.
—¿Por qué, porque no tengo suficiente chisme sobre ti ya? —pregunté, envolviendo mi brazo libre alrededor de mi vientre.
Él simplemente me miró con una expresión avergonzada, su pulgar deslizándose por una de sus cejas, como si esperara a que continuara. Aunque no estaba realmente lista para admitir que ya no lo odiaba, él me había ofrecido el cebo.
—No creo que te odie al punto de la distracción ya. Si lo hiciera, no podría trabajar para ti, ya que nunca has mantenido tu distancia como insinuaste en la entrevista que lo harías.
Vi su pecho subir y bajar ante mi admisión, y entonces inclinó la cabeza en mi dirección, una mirada de esperanza en su rostro.
—¿Ya no me odias?
Mi corazón se aceleró y entonces cayó.
—No... odio la persona que eres hoy —admití, otorgándole eso.
Él estaba tan visiblemente complacido con mi comentario que tuve que apartar la mirada de nuevo. No sabía cómo lidiar con este Edward. O conmigo misma.
—¿Sabes? Siempre controlo a los nuevos empleados durante el primer mes más o menos —dijo, confundiéndome por un momento, hasta que me di cuenta que él estaba contestando mi acusación de que él no había mantenido su distancia de mí.
—Tanya no estaría de acuerdo. Ella fue muy clara sobre que parecías favorecerme. O, ¿habitualmente caminas detrás del escritorio de un nuevo empleado a diario?
Con el ceño fruncido, me dio una mirada de confusión.
—El pasillo entre tu cubículo y el de Tanya va directamente a mi oficina. Así que tu acusación podría ser por alguna de las dos. O sobre cualquiera que se siente en esas filas.
—Sí, pero no estabas interesado en lo que estaban haciendo los demás, mucho menos Tanya. Ella también dejó eso muy claro.
—De nuevo, siempre controlo a los nuevos empleados. Estoy al tanto del trabajo de Tanya, y no necesitaba cuidarla.
Me tensé.
—Tampoco necesitabas cuidarme.
—Mala elección de palabras —tranquilizó—. Y no, ciertamente no lo hice. Eres nata. Estoy contento de que estés aquí, así que no creo que esté descartándote ahora. Como dije, aprecio que me hayas hecho saber cómo se sentía Tanya. Intento mitigar cualquier acusación sobre favoritismo hacia ti.
Calmada, asentí.
—Pero ahora el péndulo ahora se mece hacia el otro lado, deberías tener cuidado de cuánta atención le das a Tanya.
Él inclinó la cabeza curiosamente con una pequeña sonrisa.
—Gracias por la advertencia, pero no estás prestando atención. ¿Acaso no me has visto junto al escritorio de Anna? ¿O el de Seth?
Bueno, mierda.
—Obviamente no. De acuerdo, entonces. Estás en ello.
Él seguía sonriendo.
—No hubiera pensado que fueras tan altruista cuando se tratara de mí.
Me puse de pie.
—Gracias por la charla, ha sido esclarecedora.
Entonces, estaba riéndose.
—Tan malhumorada, Bella.
—Deja de actuar como si fuéramos amigos. No lo somos. Eres mi jefe, y te hice un favor porque mi consciencia no lo permitiría de otro modo. Eso es todo —mentí de nuevo, necesitando que él se alejara. Este costado despreocupado suyo era demasiado jodidamente agradable, y no quería que me agradara.
Su risa se murió abruptamente, y había molestia y decepción en sus ojos. Contrariamente, me sentí mal por explotar su burbuja.
—Oh, definitivamente no somos amigos. Eso sería una mala idea, considerando que somos jefe y empleada, y apenas respetas eso —dijo en un tono bajo, reprendiéndome—. Aunque creo que es debido a nuestro pasado, razón por la cual estoy interesado en aclarar las cosas. ¿Podemos hacer eso, por favor?
La montaña rusa emocional en la que me encontraba giró de nuevo; dolida de que él me haya regañado, mis palabras salieron tensas.
—Habitualmente hacías de mi vida un infierno. ¿Qué hay que aclarar? ¿El hecho que fuiste un imbécil? ¿Realmente crees que eso puede ser arreglado?
Él se paró lentamente, su mirada fijándome en el lugar.
—¿Estás lista para hablar de esto?
La esperanza en sus ojos me enfurecía y me mataba, y mis rodillas comenzaron a temblar ligeramente mientras consideraba su pregunta.
¿Estaba lista?
—Haré lo que sea que necesites —añadió.
Tan peligrosamente persuasivo.
Estaba al borde de aceptar hasta que imaginé cómo iría la conversación, y los sentimientos familiares de náuseas y pánico aparecieron.
—No —dije, y me retiré, mis tacones repiqueteando rápidamente contra el pavimento.
Él mantuvo el ritmo a mi lado, y sentí su mirada intensa como un rayo deslizándose por mi espalda.
—Pero estás más cerca.
—Deja de presionar.
—No lo hago, en realidad. He sido muy paciente.
—Entonces, ¿por qué me siento así?
—Estás asustada. Lo entiendo. Yo también.
Mierda, eso me aterraba más.
—¿Por qué estás asustado tú? —espeté, ignorando a las personas a nuestro alrededor mientras daba un paso en la apertura de la puerta giratoria, interrumpiendo su respuesta cuando él no pudo seguirme.
Aunque eso ni siquiera lo detuvo. Edward entró al edificio usando la puerta junto a la giratoria, y ya estaba esperándome con ojos fríos y una mandíbula tensa cuando finalmente pude salir.
Afianzando mi agarre alrededor de la bolsa que sostenía, pasé por su lado con una mirada enojada.
—No eres la única con un pasado doloroso —dijo él con un tono ferviente mientras caminábamos hacia los ascensores—. No eres la única víctima.
Mi garganta se cerró ante el tono de dolor puro en su voz.
—Quizás no, pero fui tu víctima, y no te debo nada.
Había esperado su ira en respuesta a mis palabras, así que estuve sorprendida de la mirada de súplica en su rostro.
—¿No quieres saber por qué?
Mi corazón saltó a mi garganta, robándome el aliento.
—Detente —susurré.
Tengo miedo, y ahora mismo no es el momento, quería decir.
Viendo mi temor, exhaló con nerviosismo, dando un paso atrás mientras una pareja pasaba junto a nosotros y hacia el ascensor abierto. Ni siquiera me había dado cuenta que las puertas se habían abierto, y aparté la vista de las miradas curiosas que me daban al pasar, sus rostros un borrón.
Congelada en el lugar, vi una de las manos de Edward levantarse para jalar duramente de su cabello. Jamás lo había visto perder la compostura de esta forma, pero él se recuperó rápidamente.
—Diablos —dijo, negando con la cabeza—. Con cada paso que doy contigo, tengo que retroceder dos.
—Supongo —contesté, triste. Molesta. Seria—. Bueno, entonces, deja de presionar.
Él me dio una mirada firme.
—Si no lo hiciera, no llegaríamos a ninguna parte. Estarías feliz de seguir apenas tolerándome.
Esto atrapó mi corazón y lo retorció, porque él estaba equivocado.
—No estoy feliz haciendo eso —admití suavemente.
—Conforme, entonces —respondió, agitando un brazo con enojo—. Y no quiero que estés conforme en ese aspecto. Quiero una empleada con la cual no tenga que ir con cuidado.
Escondí lo afligida que estaba ante sus palabras al apartarme de él y entrar al ascensor. Dolía que él se sintiera así a mi alrededor. No había algo peor que darse cuenta que hacías sentir incómodo a alguien. Pero de nuevo, él una vez me había hecho sentir así.
Pero este era el ahora, me recordé a mí misma. Diablos, tenía que dejar de pensar tanto en el pasado cuando se trataba de él.
Edward me siguió, apenas escabulléndose por las puertas del ascensor que se cerraban. Mantuve mi mirada en él, pero pasó un largo momento antes que él mirara en mi dirección.
—Lo siento —le articulé—. Lo estoy intentando.
Él me estudió por un largo momento antes de que sus ojos se suavizaran, y asintió.
Incluso cuando aparté la mirada, aún podía sentir la intensidad de la suya. Sentía su frustración, y me retorcía con culpa por dentro. Quería decir que él tenía razón. Que estaba más cerca, que sí estaba intentándolo... pero las palabras estaban atrapadas del otro lado de mi garganta dolorosamente cerrada.
Estaba emocionalmente exhausta, y no sabía por cuánto tiempo más sería capaz de escapar de mí misma. O de él.
